A esto los demás tomaron sus escopetas, y puestos en órden, como mejor

pudieron se defendieron y ofendieron al enemigo, sin que ellos

recibiesen en la persona daño alguno; al ruido de los arcabuces, los

caballos, que no estaban atados, se metieron en la montaña y se

desaparecieron, pocos de los cuales volvieron á la compañía; esta fué la

mayor pérdida que subcedió al general don Gabriel, ni tuvo otro

encuentro. Puesto, pues, en medio de las montañas Chiriguanas, no sabia

cosa alguna del Visorrey; no le avisó, ni pudo, como estaba concertado;

indios no le molestaban ni los hallaban; el tiempo del verano era

acabado; las aguas comenzaban, hasta que desde un cerro le dijeron los

enemigos todo lo que pasaba en el campo del Visorrey: la enfermedad, la

hambre, y que ya el Visorrey habia dado la vuelta al Perú; que se

saliese, por ser ya tiempo de sembrar, y no les impidiese las

sementeras, porque si aguardaba á las aguas ni él podria salir, y le

faltarian las comidas, ni ellos sembrar, y así perecerian todos; el

consejo no fué errado.

El general, pues, viendo, y sus capitanes, ser posible lo que los

Chiriguanas decian, considerando el tiempo y lo demás, determinó de dar

la vuelta al Perú, y saliendo sacó toda su gente sana y salva, sin más

pérdida de aquellos pocos caballos que se huyeron en la refriega dicha;

en llegando á tierra de paz, luego fué cierto de lo que los Chiriguanas

le habian dicho ser verdad, y viniéndose para la cibdad de La Plata

halló en ella dias habia al Virrey muy enfermo.

CAPITULO XLIII

DESPIDE LOS SOLDADOS EL VISORREY Y LLEGA Á LA CIBDAD DE LA PLATA

En este valle de Tomina despidió los soldados, dándoles licencia, en

donde descansó el Visorrey hasta adquirir unas pocas de fuerzas, las

cuales, en dándole los aires del Perú comenzó á recobrar, y la

enfermedad á disminuírsele, pero no de manera que se pudiese tener en

pie ni andar un paso; mas sintiéndose ya con algunas fuerzas se puso en

camino para la ciudad de La Plata, adonde llegó en una literilla de

hombros en que le traian dos lacayos, tan flaco y desfigurado, que se

tuvo muy poca esperanza de su salud; mas Nuestro Señor se la dió

enteramente, y todo el pueblo dió muchas gracias á la majestad de Dios

porque le sacó vivo. Alcanzada esta salud y compuestas algunas cosas

tocantes al buen gobierno de aquella provincia, dende á cinco ó seis

meses tomó el camino para Potosí, á donde, hallando que muchos de los

que tenian indios para sus ingenios se habian ocupado más en recoger

metales de los desmontes, y en traspasar la ordenanza por él hecha

(como dejamos dicho), que en beneficiar y labrar sus minas, los condenó

á tres tomines ensayados por quintal, con los cuales enteró la caja Real

de lo que della habia sacado para la guerra chiriguana, y lo demás

repartió en los que más habian gastado, como fué al licenciado Recalde

aplicó cierta cantidad y á otros.

Pudiera escrebir otras cosas particulares que en esta provincia

sucedieron, mas déjolas porque no paresca se tratan con alguna manera de

pasion, de la cual estamos muy lejos; empero la verdad de la historia no

se ha podido dejar. Partió de Potosí, asentado todo lo necesario para su

buen gobierno, para la ciudad de La Plata; de allí á Arequipa, de donde

se fué á embarcar, creo son 22 leguas, á la playa de Quilca; embarcado,

en breves dias llegó al puerto del Callao, de la ciudad de Los Reyes,

adonde fué muy bien recebido.

CAPITULO XLIV

DEL CAPITAN FRANCISCO DRAQUE, INGLÉS, QUE ENTRÓ POR EL ESTRECHO DE

MAGALLANES

El año de 77, así como en España y toda Europa, pareció en la media

region del aire el más famoso cometa que se ha visto; tambien se vió en

estos reinos á los 7 de Octubre con una cola muy larga que señalaba al

estrecho de Magallanes, que duró casi dos meses, el cual pareció ser

anuncio que por el Estrecho habia de entrar algun castigo enviado de la

mano de Dios por nuestros pecados, como sucedió; que dende á dos años,

poco más ó menos, que se acabó, y el Visorrey don Francisco de Toledo

residiendo en la ciudad de Los Reyes, entró en el puerto della un navio

inglés, enemigo, con un capitan llamado Francisco Draque, de noche, sin

que hobiese imaginacion que tal pudiese subceder, en el cual tiempo en

la ciudad de Los Reyes no habia un grano de pólvora, ni gentilhombre

lanza que tuviese lanza, ni gentilhombre arcabuz que tuviese arcabuz,

por se los haber comido y no les haber pagado lo situado por el marqués

de Cañete, de buena memoria. El ejercicio de las armas se habia

olvidado, no sólo en aquella ciudad, sino en todo el reino, por haber

mandado el Visorrey ningun hombre caminase con arcabuz, so pena de

perdido, y á los corregidores de los partidos tenia mandado lo

ejecutasen. En esta sazon, pues, llegó este pirata, que robase y

afrentase y le diese un bofetón de los grandes que han recebido, ni creo

recibiran tan presto los leones del Perú.

El capitan inglés, luterano, con órden de la reina Maria, inglesa,

tambien luterana, una de las malas hembras y crueles que ha habido en el

mundo, se aventuró con tres navios _á_ salir de Inglaterra y venir á

estos reinos á robarlos y á hacerse señor de la mar, caso jamás

imaginado, y de ánimo más que inglés, porque salir de su tierra y venir

por mares y temples tan contrarios al temple inglés, y seguir derrota

que tantos años no se seguia, ni otra que la nao _Victoria_ no habia

hecho, porque de las que con ella salieron sola ésta volvió, las demás

se perdieron, y de las del obispo de Plascencia don Gutierre de

Caravajal, ni una sola se salvó: atreverse este capitan inglés á renovar

esta navegacion, ya casi olvidada, y á meterse en las manos de sus

enemigos, como se metió, tan apartado de donde le pudiese venir socorro,

fué más que temeridad, sino que como venia para castigo destos reinos

por nuestros pecados, todo le subcedia bien. Partió, pues, de Inglaterra

con tres navios, segun algunos referian habérselo oído; piérdense los

dos á la entrada del Estrecho, ó á la salida; sólo él desembocando de la

vuelta sobre mano izquierda, costeando la tierra y costa primera de

Chile, donde en el puerto Valparaiso, viniendo falto de comida, halla

dos ó tres navios con oro, aunque poco; no fueron 30.000 pesos; halla

comida, y vino, y proveyéndose de lo necesario, costeando, sondando los

puertos y las caletas, sin que hallase resistencia alguna, viene hasta

el puerto de Coquimbo, adonde, no hallando qué pillar, treinta leguas de

allí, ó poco más, llegó á la bahia. Salada, donde estuvo dos meses y más

dando carena á su navio y haciendo una lancha, sin que le diesen la

menor pesadumbre del mundo, pudiéndosela dar y facilísimamente. No

parece sino que todo le subcedia al sabor de su deseo, y á los nuestros

les faltaba el consejo, como es así realmente. Era azote enviado de

Dios; habia de azotar. En Chile, á la sazon, Rodrigo de Quiroga, de

quien tractaremos adelante, bonísimo caballero, estaba en Arauco con la

gente de guerra; despacha al capitan Gaspar de la Barrera, y deshace el

campo, pero no fué de ningun efecto, porque se tardó mucho (y no pudo

ser menos) en aprestar el navio, y cuando llegó á Coquimbo ya el capitan

Francisco habia salido de la bahia Salada con su navio y lancha, y no

fué seguido porque el capitan Gaspar de la Barrera no llevaba más

comision de hasta los términos de Chile. Sale de la bahia Salada y llega

en breve al puerto de Arica, donde halla tres navios, y como tal no

habia caido en entendimientos de los nuestros, viéndole venir de arriba,

que es decir de Chile, alegráronse todos los del puerto diciendo: ¡navio

de Chile, navio de Chile! de donde habia dias ninguno bajaba; solo un

piloto, nombrado maese Benito, en viéndole dijo: No, aquel no es sino

navio enemigo. Hacian todos burla dél, y él más se afirmaba en decir era

navio enemigo. Conocióle, como dijo despues, en las velas; las nuestras

son blancas mucho, las de los ingleses son pardas, no son tan blancas

como las nuestras. Pues como el navio enemigo se viniese llegando al

puerto, antes de surgir dispara una pieza de artilleria; luego se

entendió ser verdad lo que decia Maese Benito. La poca gente del pueblo,

con el corregidor y tesorero del Rey, Pedro de Valencia, pusiéronse en

arma para se defender; á las mujeres enviáronlas la tierra adentro, pero

el enemigo no curó saltar en tierra (ni supiera, porque, como habemos

dicho, no tiene sino una caletilla muy angosta para desembarcar; lo

demás es costa brava, llena de peñascos); en surgiendo con la lancha y

batel llenos de gente armada vase á los navios, que sin gente estaban, y

en el del pobre maese Benito, que habia tardado del puerto del Callao

hasta Arica más de seis meses y no habia aun descargado el vino de

Castilla que llevaba; entra en él y halla 150 botijas de vino de

Castilla; en los otros dos solamente halló; en el uno, 12.000 pesos en

barras que habia embarcado un buen hombre, llamado Céspedes, que con su

mujer se embarcaba para se ir á España; tenia embarcada la plata, y él

con solos 500 pesos estaba en tierra, y su mujer, aguardando á que el

maestre con el navio se partiesen; llevóse el capitan Francisco esta

plata y vino; los navios quemólos, no curando de saltar en tierra; no le

convenia.

Luego el corregidor despachó un hombre al puerto de Arequipa, que por la

posta fuese á dar aviso de lo que pasaba, y si algun navio habia en el

puerto, avisase luego alzase velas y se fuese, y si tenia algunas

barras, las echase en tierra; fué Nuestro Señor servido que, con no ser

de viaje por la mar más de un dia natural de Arica al puerto de Chile,

así se llama el de Arequipa, por falta de tiempo tardase el capitan

Francisco Draque tres dias; llegó el aviso por tierra; en el navio, que

era de un Fulano del Rio, donde yo estaba fletado para bajar á Los

Reyes, estaban embarcadas 1.200 barras del Rey y de particulares. Luego

á gran priesa las desembarcaron, y á la última batelada el Francisco con

el navio, y la lancha con el batel, el cual con la mayor priesa que pudo

se metió en la caleta, en la cual echó todas las barras, que eran las

últimas, por miedo de la lancha, que le venia ya en los alcances, la

cual no se atrevió á entrar dentro de la caleta. La caleta es angosta,

fondable, y el agua tan clara que parece _se_ pueden contar las arenas,

y muy segura[19].

[19] En el ms., _seguras_.

El capitan Francisco entró en el navio, y no hallando sino el casco, lo

tomó y llevó consigo, y en alta mar lo dejó con sus velas altas y

prosiguió su camino y viaje para el puerto del Callao. Del puerto de

Chile luego dieron mandado á la ciudad, que son 18 leguas, y no de buen

camino, y sin agua, la cual se alborotó grandemente, y el corregidor

despachó tres ó cuatro vecinos en muy buenas mulas al puerto, para que

viesen lo que habia y avisasen; creyeron que el otro habia de ser tan

necio que habia de saltar en tierra y venir á robar la ciudad.

Los que tenian registradas sus barras, que eran no pocos, luego con sus

armas caminaron al puerto, mas cuando á él llegaron hallaron sus barras

en tierra y el enemigo partido. Sola una barra de más de 1.200 faltó, de

un soldado que en mi compañia habia venido desde Potosí á aquella

ciudad, para se ir á España con 3.500 pesos que en breve habia ganado.

La barra valia más de 380 pesos ensayados; el cual para cobrar su barra

fué discreto: hizo un anzuelo de cincuenta pesos de plata; echólo á la

mar y halló su barra, que es decir dijo públicamente: mi barra no se

puede esconder, el que la tomó dela á tal persona; yo no quiero saber

quién es, y he aquí cincuenta pesos, que él dará luego los cincuenta

pesos; diólos á la persona señalada, y otro dia pareció su barra. De

aquí del puerto se despachó otro español por tierra por la posta que

diese aviso al Visorrey en la ciudad de Los Reyes, que son 160 leguas

tiradas; fué con toda la brevedad posible, y en todos los valles luego

le daban recado de cabalgaduras para pasar adelante, hasta dos leguas de

Los Reyes, en un pueblo llamado Surco, donde halló al corregidor, que no

debiera, llamado Puga, portugués, ó gallego, el cual diciéndole á lo que

venia, y que le diese un caballo para _ir_ de allí á Los Reyes para

avisar al Visorrey, le tuvo por loco y que venia borracho, y aun dicen

le echó en la cárcel; finalmente, no le dando recado, un dia que le

detuvo y más, en este tiempo llegó el capitan Francisco con su navio; no

pudo antes, porque en este tiempo que navegó por nuestra mar á Los Reyes

era verano y hay muchas calmas en la mar, y por esto llegó el mensajero

por tierra primero que él por la mar; si el corregidor le diera crédito,

el puerto estuviera apercebido, y no se fuera el enemigo riendo, ni

robara lo que robó; pero era azote de Dios, y habia de azotar. El Puga

tenia en casa del Virrey amigos que ataparon la boca al mensajero para

que no dijese nada al Visorrey. Llega, pues, el capitan Francisco al

Callao, y aunque le vieron sobre tarde, entendióse era navio que bajaba

principalmente de Arequipa, á quien aguardaban por momentos; fué cuerdo,

entró de noche por no ser conocido y se atrevió á mucho á entrar aquella

hora por el estrecho, que será de una legua, que hace la isla con la

tierra firme, porque aunque es limpio y fondable, han de entrar por

cuatro brazas de agua casi al medio dél. Pero es fama traia desde el

paraje de España un portugués por piloto, que lo habia sido en esta mar;

de otra suerte no se atreviera á entrar; porque yo he venido de Arica

al Callao, y con ser el piloto muy bueno y muy cursado, llegando á boca

de noche no se atrevió á entrar, y nos quedamos mar en través á la boca

de la isla; finalmente, él entró, y anduvo picando cables, y aun

preguntando si el navio de San Juan de Anton estaba en el puerto, que no

sabemos quién le dijo se habia fletado en él la cantidad de plata que le

tomó. Pero de un maestro ó piloto fué conocido, el cual de su navio

echándose á nado salió á tierra diciendo: ¡arma, arma! Alborótase toda

la gente, que seria poco menos que á media noche; luego despáchase al

Visorrey, no diciendo ni sabiendo si eran luteranos, ó si era navio de

tiranos, alzados en el reino ó en Chile. El Visorrey, oida la nueva, y

la ciudad, tocan cajas, y en las calles ¡arma, arma! sin saber contra

quién, y como no habia armas en la ciudad, hallóse grandemente confuso.

Con todo eso, al amanecer entró en el puerto, y toda la ciudad con él,

sin arcabuces ni artilleria, que ni en la ciudad, sino una poca y sin

municiones _habia_. Pero ¿qué habia de hacer? y es así que en toda esta

costa en todo tiempo, en anocheciendo, casi cesa el viento, y no torna á

ventar hasta las ocho de otro dia. El Francisco no se atrevió, ni le

convenia, saltar en tierra, porque en las ventanas de las casas,

rompiendo sábanas, y por las puertas, hicieron mechas y las encendieron

para que el luterano creyese eran arcabuces; habiendo picado muchos

cables, y los navios sin amarras andando de aquí para allí, él se apartó

y pretendió salir del puerto, y seguir su viaje, sino que le faltó el

viento, y cuando el Visorrey llegó al Callao le vió y todos los demás,

en calma, las velas pegadas á los mástiles. Empero, como no tenia armas

ofensivas más que espadas, cotas pocas, no se atrevió á enviar contra él

algunos bateles grandes y barcos de pescadores; que si hobiera con qué

esquifarlos y arcabuces para ofender al enemigo luterano, armando cinco

ó seis contra él, antes que viniese la marea, pudiera ser le rindieran y

le hicieran pedazos el timon; pero no habiendo un grano de pólvora en la

ciudad, no se podia hacer esto. El enemigo, á vista de todo lo mejor del

reino, en comenzando la marea sigue la mar abajo su derrota. Los

mercaderes que en el navio de San Juan de Anton, que habia pocos dias se

habia partido del puerto para Tierra Firme, que enviaban en él sus

barras, así para aquel reino como para España, dijéronle al Virrey;

Señor, en el navio de San Juan Anton enviamos nuestras haciendas; dadnos

licencia para que despachemos de aquí un barco grande destos de

pescadores á avisarle; ya nos habemos concertado con el señor del barco,

y dice él irá y avisará por dos ó tres barras que le demos; con vuestra

licencia lo enviaremos á nuestra costa, porque el Rey no pierda 300.000

pesos que allí iban ni nosotros nuestras haciendas. El Visorrey no quiso

dar la licencia; por ventura entendió era imposible que el enemigo

alcanzara al navio de San Juan Anton; esto á uno ó dos de los mercaderes

que allí enviaban su plata, y al mismo pescador que se ofrecia á ir, lo

oí como lo tengo referido, y es así. No siendo, pues, avisado el navio

de San Juan de Anton, como se fuese deteniendo por los puertos, y el

enemigo en busca suya, finalmente le alcanzó en la punta llamada de San

Francisco, ya que queria atravesar para Tierra Firme, y aunque nuestro

navio le vió, no imaginó tal, antes, creyendo era navio de los que

quedaban en el puerto del Callao, que bajaba tambien á Tierra Firme, le

aguardó.

El capitan Francisco, llegándose cerca dél, dispárale una pieza de

artilleria y dícele: Amaina, por la tierra de Inglaterra; los nuestros

pensaron ser burla, y dijéronles una palabra afrentosa, sin saber eran

luteranos; entonces el enemigo afierra con el navio nuestro; entró, ni

llevaban armas los nuestros para ofender ni defenderse; ríndense, roba

el luterano cuanta plata en él habia, más de 400.000 pesos ensayados; á

los nuestros no les hizo otro daño que quitarles las haciendas; no venia

por más. El Visorrey, como mejor pudo despachó uno ó dos navios contra

el enemigo, y metió en ellos los vecinos criollos sin armas, sin

artilleria, sin municion, con sus capas negras y medias de punto y

vestidos de ciudad; siguieron al enemigo sin verle dos ó tres dias, al

cabo de los cuales volvieron al puerto; el Visorrey mandólos poner en

carretas, y así los trujo á la ciudad afrentosamente, y no sé si con

prisiones, y los tuvo algunos dias en la cárcel.

Despues de lo cual armó dos navios como mejor pudo; nombró por capitan á

un criado suyo llamado Frias, y por almirante al capitan Pedro de Arana,

con órden que siguiese al enemigo hasta la costa de la Nueva España;

salieron del puerto, y muy buenos soldados y hombres de vergüenza en

ellos; pero como el enemigo habia pasado adelante, sin hacer otro efecto

se volvieron al Callao.

El capitan Francisco Draque prosiguió su viaje á la costa de México,

donde tomó otro navio que del puerto de Guatulco habia salido para estos

reinos cargado de mercaderias, y como no venia por ropa, sino por plata,

dejóle seguir su derrota, tomando algunas cosas de que tenia necesidad,

cuales eran velas y jarcias, y sus soldados tomaron algunos fardos de

ropa, no en mucha cantidad, y pasando adelante siguió la derrota á la

China; de allí, la que hacen los portogueses, y la volvió á entrar en el

mar Occéano, y de allí á Inglaterra, cargado de barras de plata.

CAPITULO XLV

LA INQUISICION VINO Á ESTE REINO

Al mismo tiempo que Su Majestad proveyó por Visorrey destos reinos á don

Francisco de Toledo, proveyó tambien Inquisidores que residiesen en la

cibdad de Los Reyes; un proveimiento acertadísimo y necesarísimo, en lo

cual se manifestó cuánta verdad sea que el corazon del Rey está en las

manos de Dios. El mismo Dios, para bien de todos sus reinos, muchas

veces le pone en el corazon cosas necesarísimas, que se hagan, las

cuales estaban como olvidadas, y si no olvidadas, no parecia haber

necesidad de hacerse; fué, pues, mocion del muy Alto que la majestad del

rey nuestro señor en aquel tiempo se acordase de inviar Inquisidores á

estos reinos y al de México, en la misma flota que vino el Visorrey don

Francisco de Toledo; vinieron proveidos por Su Majestad dos varones

tales cuales convenian para asentarla y para las cosas que subcedieron:

Licenciado Bustamante, que murió en Tierra Firme, y el licenciado

Cerezuela; al licenciado Bustamante subcedió el Inquisidor Antonio

Gutierres de Ulloa, todos en sus facultades muy doctos, grandes

cristianos, celosísimos de las cosas de la fe, de mucho pecho y no menos

prudencia, dotados del mismo Dios de las partes requisitas para el

oficio; vino fiscal el licenciado Alcedo; secretario, Ambrosio de

Arrieta; todos cuales se requerian. Entraron en la cibdad de Los Reyes,

hizóseles el recebimiento cual convenia conforme á lo ordenado por Su

Majestad; asentaron la Inquisicion prudentísimamente, y comenzaron á

hacer su oficio con tanta rectitud y cristiandad cuanta se requiere, y

todo el reino conoció y conoce. Luego se vió la necesidad que della

habia, y cómo fué inspiracion de Dios que Su Majestad la enviase, porque

si no, corria gran riesgo la cristiandad en estas partes, como pareció

por las personas luteranas, y no sé si me diga peores, que luego

prendieron, y por el primer aucto de la fe que hicieron, donde se vió

claramente el riesgo de todo el reino, de lo cual no es de nuestro

intento tractar agora, más de lo que habemos dicho, que fué providencia

admirable de Dios que en este tiempo la enviase, la cual es imposible

falte para el buen gobierno de toda la cristiandad.

Hecho el primer aucto, que fué famoso, el licenciado Cerezuela,

proveyéndole Su Majestad á una silla episcopal de Las Charcas, por su

mucha humildad y cristiandad no la aceptó, antes pidió licencia para se

volver á España, la cual alcanzada, llegando á Cartagena, dentro de

pocos meses loabilísimamente acabó sus dias. Quedó por algunos años el

Inquisidor Ulloa justísima y prudentísimamente haciendo su oficio, hasta

que vino el doctor Prado, varon realmente humanísimo, benignísimo,

afabilísimo y humildísimo, y dotado de una gravedad, que se hace amar de

todo el reino y reverenciar, por Visitador de la Inquisicion, y

Presidente en ella mientras hacia su oficio, la cual visitó con

admirable rectitud, como ha parecido y parecerá en todos siglos, con la

cual volvió á España, y allá, aprobándola, volvió con su presidencia,

donde murió; antes que el doctor Prado volviese de España llegó á la

cibdad de Los Reyes el licenciado don Pedro Ordoñez Flores, por

Inquisidor, varon no menos loable que los referidos, integérrimo en toda

virtud; trajo recados para que el Inquisidor Ulloa fuese á visitar el

Audiencia de la cibdad de La Plata; quedó solo en el oficio hasta que

vino el doctor Prado, gobernándolo con la prudencia, discrecion y

justicia que todo el reino ha conocido y conoce. El Inquisidor Ulloa

partió de Los Reyes; fué á visitar el Audiencia, de donde bajando á la

cibdad de Los Reyes, dentro de pocos dias, no fueron seis, con gran

sentimiento de la cibdad, y aun del reino, pero con gran conocimiento de

Dios, recebidos todos los sanctos sacramentos, murió; hízosele

solemnísimo enterramiento, donde se hallaron presentes Virrey,

Audiencia, Inquisicion y todas las Ordenes; así honra la Majestad de

Dios á sus siervos que en las cosas de la fe le sirven. Tambien murió

antes el secretario Arrieta, y el licenciado Alcedo, fiscal; ambos

acabaron loablemente; en lugar del secretario Arrieta los Inquisidores

nombraron por secretario, mientras de España venia otro, á Melchor Perez

de Maridueña, suficiente para el oficio por su mucha virtud y

cristiandad, y en lugar del licenciado Alcedo á don Pedro de Arpide, el

cual murió en Cartagena de camino para España; en lugar del secretario

Arrieta vino de España proveido Jerónimo de Eugui, por secretario, varon

de muchas y muy buenas prendas y loables costumbres, con las demás

partes que para el oficio se requieren, como la experiencia lo ha

mostrado y lo muestra.

CAPITULO XLVI

DE LAS VIRTUDES DEL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO

Descripción colonial, libro segundo (2/2) · 第 9 / 19 段