Determinado el Visorrey de entrar en persona contra estos come hombres,

enemigos comunes del género humano, llamó á consulta al Audiencia, Sede

vacante, Cabildo de la ciudad de La Plata y á las Ordenes, y en

particular á estas, y letrados, si podia lícitamente dar por esclavos á

los Chiriguanas que se prendiesen en aquella guerra; juntos á la hora

señalada, y pidiendo parecer, y dando las causas que le movian á poderlo

hacer, hablando primero el doctor Urquizu, dean, le dijo que en la

guerra justa, como era la presente, era lícito al rendido captivarle,

por ser ya Derecho y comun consentimiento de las gentes, porque si á un

enemigo, en la tal guerra, teniéndole rendido, le puedo quitar la vida,

gran beneficio le hago, dándosela, hacerle mi esclavo; empero porque él

habia visto una cédula del Emperador y rey nuestro señor Carlos V, en

que mandaba que á ningunos indios, por delictos gravísimos que tuviesen,

ni porque se hobiesen rebelado contra su corona Real, ni por comer

carne humana, ni por otros ningunos de sus Virreyes, gobernadores, ni

capitanes generales, les pudiesen dar por esclavos, ni á los ya

reducidos á su servicio, ni á los que de nuevo se reduciesen, y así

ponia en su libertad á todos los indios que como esclavos servian,

vendidos y comprados; por lo cual, conforme á esta cédula, usada é

guardada, no era lícito darlos por esclavos, por ser ley de nuestro Rey

y príncipe, en la cual para con estos indios moderaba la ley y Derecho

de las gentes de que arriba hicimos mencion que en la guerra justa al

rendido justamente se hace esclavo; á esto respondió el Virrey, aquella

cédula haberla Su Majestad despachado y establecido aquella ley para los

vecinos de México, donde el Visorrey don Antonio de Mendoza tuvo muchos

esclavos indios con sus ingenios, y que no se entendió en estos reinos.

Oído esto por el doctor Urquizu, dijo: Si Vuestra Excelencia esa ley

puede así interpretar, con justo título los puede dar Vuestra Excelencia

por esclavos. Con este parecer fueron todos los demás prelados de las

Ordenes, y casi concluida la consulta, y en este parecer resuelta,

viéndome el Visorrey, mandóme decir lo que sentia, y es cierto que no

siendo yo sino un muy simple y sencillo religioso de mi Orden, era

compañero de mi prior, me habia asentado muy abajo, y aun casi me

escondia, porque ni me viesen ni me preguntasen, pareciéndome ya en este

particular de los Chiriguanas me tenian por sospechoso. Pero no me pude

esconder qu'el Visorrey no me mandase decir mi parecer, al cual dije (no

parezca á nadie alabo mis agujas; tracto verdad _coram Deo et Christo

Jesu_): Señor, si la ley del Emperador y rey nuestro señor, de gloriosa

memoria, no se entiende en estos reinos, lo que á Vuestra Excelencia se

ha respondido se puede justísimamente hacer; pero aunque sea así,

Vuestra Excelencia debe mandar se modere este rigor desta suerte,

pareciendo conviene que los niños y mujeres inocentes, excepto las

viejas, porque éstas son malditas, por cuyo consejo estos Chiriguanas

van á la guerra, no se den totalmente por esclavos, sino que el que los

captivare se sirva dellos toda su vida como de tales, no los pudiendo

vender ni enajenar, y que si algun otro se los hurtare ó sosacare, sea

castigado como si cosa propia se le hobiera hurtado; los demás inocentes

queden libres como vasallos de Su Majestad, para que Vuestra Excelencia

los encomiende á quien fuese servido. Muévome á esto, porque todos estos

reinos se han de reducir á la corona de Castilla, y en contorno de los

Chiriguanas hay indios, y lejos dellos, que no están reducidos. Pues si

estos tales oyeren decir que los cristianos han hecho esclavos, compran

y venden y han destruido á estos come hombres, no sabiendo la razon é

justicia de parte de Vuestra Excelencia para mandarlo, tenernos han más

aborrecimiento del que nos tienen, y el nombre de cristiano se hace más

odioso. El Visorrey dijo era piadoso parecer; empero, no lo queriendo

admitir, mandó al general don Gabriel saliese á la plaza y con la

solemnidad acostumbrada publicase á fuego y á sangre la guerra contra

estos Chiriguanas, declarándolos y dando por esclavos á todos cuantos en

ella se rindiesen y prendiesen; lo cual hizo luego, y en la plaza

públicamente se publicó y pregonó como el Visorrey lo mandaba.

CAPITULO XXXVII

EL VISORREY MANDA AL GENERAL DON GABRIEL ENTRE CONTRA LOS CHIRIGUANAS

POR EL CAMINO DE SANTA CRUZ.

Publicada la guerra á fuego y sangre, y dados por esclavos los

Chiriguanas, mandó el Visorrey al general don Gabriel que con 120

soldados, sin la gente de su casa, entre contra estos enemigos comunes

por el camino que va á Santa Cruz de la Sierra, y procure allanar al

cacique Vitapue, que está en medio del camino, ó á lo menos impedirle

que no pueda ir á socorrer á los demás contra quien el Visorrey entraba.

Apercibióse el General de lo necesario, y con los soldados dichos, muy

buenos y bien aderezados, tomó su camino. Lo que le subcedió diremos

cuando hobiéramos concluido con lo que _aconteció_ al Visorrey.

CAPITULO XXXVIII

EL VISORREY NOMBRA CAPITANES Y ENTRA EN LA TIERRA CHIRIGUANA

Nombró tambien otros capitanes: por la ciudad de La Plata, á don

Fernando de Zárate, vecino della; por la villa de Potosí, á Juan Ortíz

de Zárate, su criado. Mandó que todos los vecinos del Pueblo Nuevo

viniesen á servir á Su Majestad en esta jornada, ó enviasen personas en

su lugar con sus armas y caballos; los más vinieron; los otros enviaron

soldados á su costa; otros muchos hijosdalgo, conforme á su obligacion,

se ofrecieron á servir y fueron sirviendo sin interés ni socorro alguno.

Partió, pues, el Visorrey llevando en su compañía los lanzas y arcabuces

para la guarda de su persona, y para hacer lo que se les mandase. Por

justicia mayor del campo, al licenciado Ricalde, con buena casa de

soldados vizcainos y mucho gasto. Salieron con él de la ciudad de La

Plata pocos más de 400 soldados, todos deseosos de concluir con esta

maldita canalla y de vengar la injuria hecha al Visorrey, engañándole

como le engañaron; fueron tambien con él otros soldados que tenian sus

haciendas en los valles fronteras desta gente, y que aquella tierra la

habian visto muchas veces.

La primera jornada fué legua y media de la ciudad, á un valle llamado

Sotala, á donde se acabaron de juntar las cosas necesarias de

mantenimientos, y carneros para llevarlos; vinieron tambien allí indios

de servicio y de los Chichas, que es gente buena y bellicosa, con sus

arcos y flechas. En este valle quisieron algunos criados del Virrey

saber qué tan fuerte era el arco Chiriguana, y tomando una cota la

pusieron en un costal de paja y á los indios Chiriguanas que llevaban

para guias hiciéronlos tirasen á la cota, y á los Chichas; los Chichas

desembrazaron primero, pero sus flechas resurtieron. Los Chiriguanas

desembrazando pasaron la cota y costal de banda á banda, de lo cual

fueron no poco admirados; es el Chiriguana bravo hombre de arco y

flecha, como dejamos dicho: y aunque es así que se llevó gran cantidad

de comida, porque siempre se temió hambre, y temiéndola, los cursados en

aquella tierra y el camino que llevaban, dijeron al Virrey que para tal

tiempo proveyese, á lo menos dejase proveido, que de la ciudad de La

Plata y sus términos, en el rio de los Sauces, ó asiento de Condorillo,

le tuviesen comida, porque seria necesaria; no los quiso oir, y subcedió

así como diremos, que si lo dejara proveido, no se viera el campo en la

necesidad que se vió. Llegando, pues, á las puertas de las montañas

Chiriguanas, luego despachó al capitan Juan Ortíz de Zárate con su

compañía de cincuenta soldados, sin otros diez que le dió viejos y

cursados, á un pueblo, creo llamado Tucurube, el primero por aquel

camino; el cual llegó á tan buen tiempo, que no halló indio en él que le

pudiese hacer resistencia, sino las mujeres y niños, por haber tres ó

cuatro dias se habian partido á cazar indios chaneses para su

carniceria, y entre las mujeres vivia una mestiza que dijimos haberse

quedado en los Chiriguanas cuando mataron al capitan Andrés Manso y á

todos los que con él estaban, la cual con las demás indias se huyó al

monte, y conocida por algunos, llamándola, no quiso volver, tiró su

camino con las demás y hasta hoy se quedó hecha chiriguana. Hallóse aquí

mucha comida de maíz, frísoles, zapallos, yucas y otras suertes de

mantenimientos de que se sustentan y hacen sus brevajes en mucha

cantidad; oí certificar á algunos que con él fueron serian de todas

comidas más de 3.000 fanegas. Apoderóse del pueblo, que no era más de

tres casas como las usan, muy anchas y más largas. Los del pueblo _van_

al monte _y_ avisan á los Chiriguanas den luego la vuelta, porque los

cristianos se han apoderado de las casas y comidas; los cuales dentro de

pocos dias volvieron y entraron como de paz, no todos, sino los más

principales, que á escondidas preguntaban quién era el capitan; si era

conocido dellos, viejo ó chapeton, ó si por ventura era el capitan

Hernando Diez de Recalde, que allí como soldado iba. El capitan Hernando

Diez era dellos muy conocido por muchas y muy buenas suertes que habia

hecho con ellos; temianle y deseaban haberle á las manos; mas como

supieron era chapeton, y dellos no conocido, luego le tuvieron en poco y

engañaron, comenzándole á servir y traer agua y leña y lo que les

pedian. El capitan Juan de Zárate despachó luego al Visorrey un soldado

con la nueva de la presa de la comida que tenia; el capitan alojó sus

soldados á lo largo de los buhios, de suerte que por las espaldas

estaban seguros; empero los Chiriguanas le persuadieron se metiese en

uno dellos, porque las indias que traian leña y agua y demás cosas para

guisar de comer tenian miedo de los soldados, y no venian de buena gana,

ni se atrevian á entrar dentro del buhio; persuadióse á ello, aunque por

algunos soldados le fué rogado no lo hiciese ni desamparase su

alojamiento; con todo eso se metió dentro de la casa, á donde por

algunos dias le aseguraron los Chiriguanas sirviéndole con mucho

cuidado. Empero no eran tan recatados que los que tenian alguna

experiencia de sus malas costumbres, por los ademanes y otras cosas,

entendianles los pensamientos, por lo cual avisaron al capitan se velase

y no hiciese tanta confianza de aquella gente sin Dios, sin ley y sin

rey; no quiso admitir este buen consejo, diciendo no era él hombre á

quien los Chiriguanas habian de engañar, no se acordando habian engañado

al Visorrey, con todo su buen entendimiento. Los que se recelaban, que

fué el capitan Hernando Diez de Recalde, con un hijo suyo y un negro, y

otros tres ó cuatro que se le llegaron, no dormian en el buhio, sino

fuera, las espaldas seguras con unas piruas de maíz juncto al buhio

(pirua es un cercado como de dos varas y media, redondo, de cañas, donde

se encierra el maíz), y la noche de cierto dia que conocieron lo que

habia de hacer la gente enemiga, se repararon lo mejor que pudieron y

estuvieron apercebidos velándose; esta noche, el capitan descuidado, dan

los Chiriguanas en él y en los demás que dormian á sueño suelto y sin

centinelas; mataron á un español y á uno ó dos mulatos, y no sé cuántos

indios, y hirieron á otros, y á soldado hobo, y lanza, que le pasaron un

muslo con una flecha, revuelto con su frezada. Los que estaban fuera,

éstos detuvieron á los indios que no entrasen tan de golpe, y mataron

algunos con sus arcabuces, porque los que hicieron daño en el buhio

fueron los que allí se habian quedado, como ellos decian, á dormir, y á

la hora señalada tomaron las armas que entre la leña metieron, y con

ellas hicieron el daño dicho, y al capitan hirieron livianamente en una

mano. Los Chiriguanas, como los de fuera les daban priesa, huyeron al

monte; llegó el dia; curaron los enfermos y enterraron los muertos, y el

capitan fué á buscar los enemigos, pero no hallándolos, se volvió; los

cuales se entiende haber recebido no poco daño, por la sangre que á la

mañana se vió juncto á la casa. Dende á pocos dias determinó el capitan

dejar el pueblo y comidas, y dar la vuelta en busca del Visorrey, á

donde llegando, y sabido el subceso, no lo quiso ver ni hablar por

muchos dias, y no sin mucha razon, porque si el capitan Juan de Zárate

siguiera el parecer de los expertos en la guerra Chiriguana, casi la

habia acabado; pero, como dijimos arriba, los que vienen de España

tiénennos por más que bárbaros; dijéronle no desamparase la comida sin

órden del Visorrey, ni el pueblo, la cual, si no dejara, era fácil

llevarla al real y no se padeciera la hambre que despues se padeció, á

lo menos no tanta.

CAPITULO XXXIX

EL VISORREY NOMBRA CAPITAN Á BARRASA, SU CAMARERO, Y LO ENVIA AL PUEBLO

DE MARUCARE

Prosiguiendo la tierra adentro el Visorrey con su campo, lo asentó en

cierta parte cómoda, de donde nombrando por capitan á Francisco Barrasa,

su camarero, le mandó escogiese cincuenta hombres en todo el ejército, y

con ellos fuese á un pueblo del curaca Marucare, que dijimos haber

salido á la cibdad de La Plata con Mosquera, pero el Visorrey le dió

licencia para volverse á su tierra.

Antes que pasase más adelante, se me podria preguntar por qué el

Visorrey no quiso recebir el consejo de los vaquianos. A esto respondo

lo que oí á un personaje con quien el Virrey tractaba lo íntimo de su

corazon, que era el padre fray García de Toledo: el Virrey se persuadió

á que viendo los Chiriguanas la pujanza con que entraba él propio en

persona, y que por ninguna via se podian huir de sus manos, se le habian

de venir á entregar sin tomar armas; que no se pudiesen huir, era como

demostracion, porque _los de_[16] Vitupue habian de caer en las manos de

don Gabriel, general del campo; si _huían_ á Santa Cruz, en las de don

Diego de Mendoza, á quien mandó saliese hasta tal puesto con sesenta

soldados y algunos amigos indios, cual lo hizo; si la tierra adentro,

habian de dar en los Tobas, que dijimos ser gigantes y enemigos

capitales de los Chiriguanas; persuadido con estas conjeturas no hizo

caso de los buenos consejos; digo tambien que la gloria de la conquista

de los Chiriguanas se la quiso atribuir á sí y á los suyos, y no á los

capitanes y soldados viejos, como la del Inga, porque al mismo padre

fray García oí decir que si los chapetones no fueran á ella, no se

hiciera el efecto que se hizo, porque éstos se echaron el rio abajo,

pidieron y sacaron al Inga y á sus capitanes.

[16] En el ms., _porque á_.

Volviendo á nuestra historia, el capitan Barrasa escogió los más

principales del ejército en linaje y no en trabajo, ni en ejercicio de

guerra, que fueron á los vecinos de la cibdad de La Paz y otros. Desta

suerte salieron en sus caballos hasta el pie de una cuesta por donde no

se podian aprovechar dellos, y el pueblo estaba fundado en lo alto

della; la cuesta agria y larga, el calor mucho, los cuerpos cargados de

armas y no acostumbrados á traerlas, hobo algunos que dieron señal, y

muy baja; finalmente, llegaron á lo alto; los indios, que antes que

subieran la cuesta los habian visto, no se atreviendo á resistirlos se

metieron en la montaña con sus hijos y mujeres, dejando las casas

desamparadas; los nuestros, cuando llegaron ya llevaban alguna hambre, y

entrando en las casas buscaban qué comer; dieron en una olla grande

llena de maíz cocido; metian las manos y á puñados sacaban el mote (mote

es maíz cocido), lo cual con mucho gusto comian; empero uno, metiendo la

mano un poco más adentro, encontró con un brazuelo de un niño; sacólo á

fuera sin saber lo que sacaba; en viendo los nuestros la carne humana,

fué tanto el asco que recibieron, que lo comido y lo que más tenian en

el cuerpo, con grande asco lo lanzaron fuera, y sin hacer otro efeto se

volvieron al real. No hallaron alguna comida porque los indios la tenian

en la montaña puesta en cobro, y si fueran hombres de guerra y dieran

sobre los nuestros cuando andaban sin órden buscando la comida, no sé

cómo volvieran.

CAPITULO XL

DE LA HAMBRE QUE COMENZABA EN EL REAL Y ENFERMEDAD DEL VISORREY

De aquí partió el Visorrey, donde tenia alojado el campo, la tierra

adentro, y prosiguiendo su camino dió en el rio llamado de Pilaya, á

quien algunos llamaron el rio Incógnito, no lo siendo; muchos iban en el

real que le habian visto antes. Ya en este tiempo se comenzaba á sentir

falta de comida en el real, porque la tierra no la lleva sino en los

lugares donde los Chiriguanas siembran sus comidas, y siendo la tierra

montosa, los árboles son infructíferos, si no son unos llamados

cañares[17] que son los azofeifos nuestros; otros no sé que lleven

fructa, sino muchas garrapatas, á los cuales arrimándose, á un hombre

caen tantas que le cubren de arriba abajo. Los Chiriguanas sus comidas

habíanlas metido en la montaña, y aunque las buscaban los nuestros, no

las hallaban. El Visorrey, ó por la destemplanza de la tierra del mucho

calor ó por otras causas que descomponen los cuerpos humanos, comenzó á

enfermar de unas bravas y recias calenturas que le iban creciendo y

enflaqueciendo mucho, por las cuales é no poder caminar el Virrey en su

literilla de hombros (la tierra no sufria litera de acémilas que

llevaba) se detenian en los alojamientos más de lo necesario para pasar

adelante; su médico todo lo posible hacia para su salud, y dia de

Nuestra Señora de Agosto, cuando se pensó tener acabada la guerra, le

desafució, y con todo esto el Visorrey no queria sino proseguir su

jornada. Lo cual visto por el licenciado Recalde, entrando á visitarle

en la tienda le dijo el estado de su enfermedad, y que si Nuestro Señor

disponia dél en aquella tierra, allí le habian de sepultar, aunque esto

no hacia al caso, porque la comun sepoltura de todos los hombres es la

tierra. Lo que más se habia de advertir, y por lo que más se habia de

mirar, era que todos se perderian cuantos con él entraron, y el reino

del Perú corria mucho riesgo (como era verdad) de perderse con alguna

tirania, y subcediera así si Nuestro Señor otra cosa no ordenara.

Tambien le puso delante de los ojos la hambre que se augmentaba en el

real, y quien más la padecian eran los pobres indios; por tanto, le

suplicaba mirase los grandes inconvenientes que se siguieran,

irremediables, por los cuales perderia el crédito que con Su Majestad

habia ganado hasta allí, y no permitiese que los miserables indios, á

quien sacó de sus tierras, tan miserablemente murieran, porque acosados

de la hambre se huian del real, sin saber camino, los cuales cayendo en

las manos de los Chiriguanas, luego eran comidos, y cuando no, daban en

manos de tigres, de que es aquella tierra poblada, y los despedazaban;

lo cual siendo como era así, Su Excelencia mandase dar la vuelta al

Perú, pues ya se habia hecho todo lo posible, y los Chiriguanas no

parecian en el mundo.

[17] Tachado: _camotes_.

CAPITULO XLI

EL VISORREY MANDA VOLVER EL CAMPO AL PERÚ

Viendo, pues, el Visorrey su poca salud, y lo que el licenciado Recalde

le aconsejaba era lo justo, bueno y sancto, y el riesgo qu'el reino

corria, determinó mandar se diese la vuelta al Perú, ya todo el campo

muerto de hambre, y los que más la padecian eran los pobres indios, los

cuales si encontraban con algunas sillas se comian los cordobanes y

guarniciones; los más se aventuraban á salir á este reino, y salieron

algunos; vi un indio en la cibdad de La Plata, del repartimiento del

capitan Hernando de Zárate, que á su ventura se atrevió á salir y llegó

á la cibdad, y fuese derecho á casa de su amo, donde á la sazon

estábamos dos religiosos; doña Luisa, mujer del capitan don Fernando,

cuando le vió compadecióse grandemente y todos nos compadecimos;

regalóle, acaricióle, mandó que le diesen de comer; no parecia sino la

estatua de la muerte, en los puros cueros y en los huesos; al cual

preguntándole el estado de los nuestros, dijo lo que habemos referido.

Preguntámosle más: ¿cuántos Chiriguanas traian en colleras? lleváronlas

Chichas de acá. Respondió estas palabras: Ni solo una uña de chiriguana

traen los cristianos.

Todo el real casi venia á pie, porque los caballos, pasaron de más de

1.600, se quedaban estacados de cierta yerba que comian, haciendo

espumarajos; salieron cual ó cual, y como no habia en qué traer la ropa,

quedábanse los toldos armados y las petacas llenas.

El licenciado Recalde se mostró gran cristiano para con los indios, y

Nuestro Señor se lo pagó, porque encontrando al indio animado ó á la

peña, transido de hambre, le hacia dar de comer, lo traia en su

compañia, y si no podia caminar, en sus caballos ó mulas lo mandaba

subir; dejando su caballo, y quitándolos á sus criados y á los de su

casa, los daba á los indios; albergábalos, curábalos en sus toldos, con

lo cual libró no pocos de la muerte y sacó á esta tierra; finalmente,

sus toldos eran las enfermerias de los pobres indios. Con mucho trabajo

salió el Visorrey y el campo á la tierra del Perú, á un valle llamado

Tomina, sin que en el camino recibiese algun daño de los Chiriguanas,

que fué no poca merced que Nuestro Señor hizo á todo el reino, y si bien

se considera, confesaremos que el mismo Dios puso[18] en las manos de

los nuestros á los Chiriguanas, y los cegó para que no conociesen la

oportunidad, creo por la gran soberbia con que entraron.

[18] Tachado: á los nuestros.

Si el capitan Juan de Zárate siguiera el consejo que le daban, habria

preso y captivado muchos de los principales Chiriguanas, enseñándoselos

con el dedo en el pueblo donde dijimos llegó y no halló resistencia

alguna. Fué señor de la comida, y si no la desamparara no se padeciera

en el real la penuria que della hobo, ni hobiera hambre, y la guerra

casi era acabada, y si no acabada, se habria puesto en término de

acabarla presto. Puso tambien Nuestro Señor á los españoles en las manos

Chiriguanas; empero, usando de su acostumbrada misericordia con ellos,

cegó á los Chiriguanas para que no conosciesen el tiempo, ni se

aprovechasen dél ni de sus propias costumbres de pelear, porque con ser

gente que no pelea sino á traicion y de noche, con nosotros pocas veces

de dia, sí de noche; si fueran dando arma en el campo, de suerte que los

desvelaran y hicieran estar en arma toda la noche, hambrientos, sin

fuerzas para tomar armas, y desvelados, ¿cómo volvieran á este reino?

¿por qué camino?

Abriéndolo venian; cególos Dios, y olvidáronse de su órden de pelear.

Del campo dióse aviso al Audiencia y á la cibdad cómo salian y cuán

destrozados y hambrientos. Salió con la brevedad posible el Presidente

Quiñones á les llevar refresco, el cual llegando al valle de Tomina y

sabiendo cuánta más necesidad traian de la que en las primeras cartas se

habia significado, y que los gastadores estaban cerca, ya casi arrimados

á los árboles, tomando su mula y en ella unas alforjas, y los demás que

con él iban haciendo lo mismo, con la priesa posible llegaron donde los

gastadores estaban, entre los cuales hallaron dos ó tres ya arrimados á

unas peñas, los ojos vueltos en blanco, de hambre; animóles y dióles el

refresco que llevaba, con lo cual los volvió en sí y avisó al campo

cómo habia llegado con bastimentos y otro dia seria con ellos; con esto

los unos y los otros se animaron y llegaron al valle nombrado Tomina,

sin que se perdiesen tres soldados, á donde fueron muy caritativamente

recebidos de los que en él habitaban, españoles chacareros, que con gran

liberalidad daban de comer á todo el campo, vaca, ternera, cabritos,

ellos y sus mujeres amasando de dia y de noche el pan para los que á sus

casas llegaban con no poca pérdida del crédito español.

CAPITULO XLII

LO QUE SUBCEDIÓ AL GENERAL DON GABRIEL PANIAGUA

El general don Gabriel Paniagua, prosiguiendo su viaje por donde le fué

mandado, con 120 soldados (como dijimos), entró en la tierra Chiriguana

sin que los indios se le atreviesen á salir al camino, ni estorbar el

paso; solo un dia, en un pajonal crecido, le tenian armada una celada,

que si no se descubriera acaso, le hicieran algun daño; llegó á este

pajonal ya tarde, donde, alojando la gente, ya comenzaban á armar sus

toldos, atar los caballos y el bagax ponerlo en medio del alojamiento;

un soldado iba en busca de su caballo, que se le habia apartado un poco

de trecho del alojamiento, el pajonal adelante, y era hacia aquella

parte donde los enemigos estaban acachados y escondidos, para en

comenzando á cenar, ó al primer sueño, dar en los nuestros.

Los indios como vieron que el soldado iba para ellos con su escopeta al

hombro, pensaron ser sentidos, levántanse y descúbrense de la emboscada.

El soldado, vistos, disparó su arcabuz contra ellos y volvióse al campo

tocando arma.

Descripción colonial, libro segundo (2/2) · 第 8 / 19 段