diez, á besar las manos al Visorrey don Francisco de Toledo; alegróse
dello, recibióles muy bien y agasajóles, y fingidamente (como es su
costumbre) le dijeron no querian ya más guerra ni enemistad con los
cristianos, ni les hacer mal en las chácaras, como dos años antes lo
habian hecho, sino toda paz y concordia, á lo cual salian para que si Su
Excelencia la queria admitir, volverian á sus tierras y traerian curacas
y indios principales con quien se asentase. El Visorrey admitió su
demanda y envió con algunos dellos, quedando otros como en rehenes de
que no harian mal, á un soldado, por nombre Mosquera, mestizo del Rio de
La Plata, hombre de bien, y en la lengua chiriguana, y en la nuestra,
bien experto; entre los Chiriguanas que quedaron fué un muchachon de 18
á 20 años, que se comenzó á hacer medio chocarrero, á quien, aunque no
le baptizaron, llamaron en palacio don Francisquillo; vistiéronle como á
español, y entraba é salia en palacio, y comenzaba á gorjear en nuestra
lengua, agudo y vivo como un fuego; fué Mosquera y volvió, y con él más
de treinta naturales, Chiriguanas como veinte, y los demás de servicio
indios Chaneses, y entrellos dos Chiriguanas más principales, el uno
llamado Marucare y el otro por excelencia Inga Condorillo, y otro indio
de nacion Chicha, que confinan con estos Chiriguanas, de los cuales
habemos tractado y habemos de tornar á tractar cuando prosiguiéremos el
camino de Talina á Tucumán; este indio se llamaba Baltasarillo,
baptizado, á quien desde niño le crió en este reino el capitan Baltasar
Velazquez, hombre principal y rico, teniendo á su cargo las haciendas de
Hernando Pizarro, de cuyo repartimiento era este indio, porque las
Chichas eran de Hernando Pizarro, digo de su encomienda; bien dispuesto
y en la lengua general y en la nuestra bien ladino. No le pareciendo
bien vivir como cristiano, ni en su natural, se pasó á los Chiriguanas,
y habia ya tomado sus costumbres, y los capitaneaba contra nosotros y
contra su propia nacion y sangre. A estos Chiriguanas se les señaló casa
por sí, y proveyóseles de mucha comida y bebida, entre los cuales no
Chiriguanas salieron dos de servicio, varon é mujer, que si fueran bien
proporcionados eran de género de gigantes; eran de nacion Chaneses. El
Visorrey fué deteniendo á estos indios más de lo que ellos quisieran, y
los parientes que allá en sus tierras los esperaban, aunque es así que á
cabo de muchos meses casi á la mitad dellos dió licencia para que se
volviesen, y entrellos á Marucare, detuvo al Inga Condorillo y al
Baltasarillo. Como los de acá se tardaban, los Chiriguanas que allá en
sus tierras vivian, deseando saber si los suyos eran muertos ó vivos,
hacen y componen una fiction, y con ella envian cuatro indios mozos,
bien dispuestos, á la ciudad de La Plata, para que con ella engañando al
Visorrey los dejase volver á todos, y la fiction fué: los cuatro indios
Chiriguanas que vinieron, cada uno traia una cruz hecha de madera,
colorada, de una pieza, tan grande y gruesa como un bordón, y lisas que
no parecian sino bruñidas; realmente bien hechas. Con éstas partieron de
sus tierras, y entrando en los términos de la cibdad de La Plata, por
los valles que habemos dicho ser poblados de chácaras de españoles,
aunque pasaban por las chácaras pedian comida y eran conocidos ser
Chiriguanas, ninguno les hacia mal, antes les daban matalotaje,
principalmente viéndolos con cruces en las manos, y preguntando por el
Apo, que es decir el Virrey, y encaminaban de valle en valle, hasta que
entraron en la cibdad, en la cual cuando los indios de la plaza los
vieron se alborotaron como quien via á enemigos capitales y comunes, y
de algunos nuestros españoles se alborotaban, no para tomar armas, sino
por verlos con cruces, y preguntando por el Visorrey, con esta palabra:
Apo, Apo, no decian más, y esta no es de su lengua, de la deste reino la
han tomado, con la cual bien se entendia, buscaban ó preguntaban por el
Visorrey. Digo, pues, que los nuestros españoles se admiraban verlos con
cruces en las manos, como cosa nueva. Preguntando, pues, por el Apo,
encamináronlos á la casa del Virrey, donde llegados, aunque el Virrey
estaba enfermo mandó se les diese entrada; en la cuadra donde yacia
enfermo tenia un adoratorio bueno como de Visorrey, en un encaje de una
pared, guarnecidas las paredes con paños de seda; en entrando y viendo
el adoratorio, ningun caso hicieron del Visorrey, sino del adoratorio,
hincándose de rodillas; no rezaron mucho, no son muy amigos de saber las
oraciones; levantándose á su modo hicieron su reverencia al Visorrey;
esto le admiró mucho, y á sus criados y á otros que á la sazon con el
Visorrey estaban, y entre ellos al padre fray García de Toledo, deudo
muy cercano del Visorrey, y religioso nuestro, de quien dijimos haber
sido provincial, pero fuelo despues desto. La cibdad aguardaba saber
esta novedad, y en la sala y patio habia mucha gente de toda suerte.
CAPITULO XXXI
REFIÉRESE LA FICTION CHIRIGUANA
Vistos por el Visorrey los Chiriguanas, mandó llamar un lengua, y fué
uno de dos, ó Mosquera, de quien dijimos haber sacado los treinta
Chiriguanas, ó aquel mestizo Capillas, que habemos referido vive agora
con los Chiriguanas, que junto á las casas de la morada del Visorrey
vivia, y creo fué éste, por estar más cerca; venido, sea ó el uno ó el
otro, proponen su embajada y dicen que los curacas de los Chiriguanas y
demás indios los envian al Apo para hacerlo saber cómo ellos no quieren
guerra con cristianos, ni quieren ya comer carne humana, ni tener
acceso á sus hermanas, ni casarse con ellas, ni los demás vicios que
dejamos referidos, de que son contaminados, sino servir á Dios y al rey
de Castilla, y ser baptizados y cristianos, porque Dios les habia
enviado un ángel, á quien despues llamaron Sanctiago, que de parte de
Dios les dijo se apartasen destos vicios y enviasen al Apo del Perú á
pedirle hombres de la casa de Dios, que son sacerdotes, para baptizarlos
é industriarlos en cosas de la fe; y en señal desto ser verdadero traian
aquellas cruces, y pues no dijeron se las habia dado aquel ángel fueron
inadvertidos, porque tambien fueran creidos. Visto é oído por el
Visorrey y de los de su casa allí presentes, y el padre fray García,
lloraban de gozo dando gracias á Nuestro Señor por tantas mercedes como
á estos bárbaros habia hecho. Luego el Visorrey mandó tomar por relacion
lo dicho por estos come hombres, lo cual hizo el secretario Alvaro Ruiz
Navamuel, y mandó se diese aviso á la Sede vacante, para que salgan á la
puerta del Perdon, de la iglesia mayor, cercana á la puerta de palacio,
con cruz alta, un prebendado con capa reciba las cruces y las ponga en
el altar mayor al un lado y otro del altar, porque estos Chiriguanas
vean la reverencia que los cristianos hacemos á la cruz, lo cual así se
hizo, y el arcediano, que á la sazon era el doctor Palacio Alvarado, se
vistió, recibió las cruces y las puso en el altar mayor, y allí
estuvieron muchos dias á vista de todo el pueblo.
CAPITULO XXXII
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO CONVOCA AUDIENCIA SEDE VACANTE Y
PRELADOS DE LAS ÓRDENES, Y PIDE PARECER.
Hecho esto, otro dia, el Visorrey, para las dos despues de medio dia,
convocó el Audiencia, Sede vacante, prelados de las Ordenes, cabildo de
la ciudad y letrados del Audiencia, y los más principales del pueblo,
para leerles la relacion que se habia tomado de los Chiriguanas que
trujeron las cruces; en nuestra casa á la sazon, porque el superior
estaba ausente, el vicario del convento mandóme fuese á ver lo quel
Visorrey queria; no sabiamos qué. Llegada la hora y entrando en la
cuadra donde el Visorrey yacia en su cama, á la cabecera se asentó el
Presidente Quiñones, y luego los Oidores por su antigüedad; de la media
cama para abajo corrian las sillas para los prelados de las Ordenes; yo
tomé el lugar de mi Orden; luego el guardian de San Francisco, prior de
San Augustin, y comendador de Nuestra Señora de las Mercedes. Leyóse la
relacion, de tres pliegos de papel; los que viven á _placebo_,
admirándose, muchos visajes con el rostro y cuerpo; otros, los menos,
reianse que se diese crédito á[14] indios Chiriguanas; finalmente, el
Virrey habló en general, refiriendo algunas cosas de las en la relacion
puestas, y luego volvió á hablar con las Ordenes, pidiendo parecer sobre
lo que los indios pedian, haciendo grande hincapie en la veneracion y
reverencia que hicieron al adoratorio, y la que tenian ó mostraban tener
á la cruz, y repitiendo cómo, visto el adoratorio, se humillaron sin
hacer caso del mismo Visorrey ni de los demás que allí estaban, y pidió
parecer si seria bien enviar á la tierra Chiriguana algunos sacerdotes,
creyendo ser milagro la fiction destos come gente; porque pedir parecer
si era fiction, no le pasó por el pensamiento; siempre el Visorrey, y
los de su casa, creyeron ser verdad. Es así cierto, que como se iba
leyendo la relacion, y viendo el crédito que se daba á estos más que
brutos hombres, come gente, me carcomia dentro de mí mismo, y quisiera
tener autoridad para con alguna cólera decir lo que sentia, sabia y
habia oído decir de las costumbres destos Chiriguanas y sus tractos.
Empero, guardando el decoro que es justo, luego que el Visorrey pidió
parecer á las Ordenes, yo, aunque no era prelado, sino representaba el
lugar de nuestra religion, levantándome y haciendo el acatamiento
debido, sin saber hasta aquel puncto para qué éramos llamados, y
tornándome á sentar, dije: No se admire Vuestra Excelencia qu'estos
indios Chiriguanas hagan tanta reverencia á la cruz, porque yo me
acuerdo haber leido los años pasados dos cartas que el reverendísimo
desta ciudad, fray Domingo de Santo Tomás, que está en el cielo, de
nuestra sagrada religion, llevó consigo á Los Reyes, yendo al Sínodo
episcopal, de un religioso Carmelita, scriptas al señor obispo, el cual
entre estos indios andaba rescatando indios Chaneses. En diciendo estas
palabras, no habiendo concluido una sentencia, sin dejarme pasar más
adelante, el Presidente de la Audiencia, el licenciado Quiñones, dice:
No hobo tal Carmelita. Empero, estando yo cierto de la verdad que queria
tractar, respondí: Sí hobo. El Presidente, por tres veces y más
contradiciendo, é yo por otras tantas, no con más palabras de las
dichas, afirmando mi verdad; en fin, el licenciado Recalde, Oidor de la
Audiencia, volvió por ella, y dijo: Señor Presidente, razon tiene el
padre fray Reginaldo: un religioso Carmelita anduvo cierto tiempo entre
ellos. Callando el Presidente, y esta verdad declarada, prosigo mi
razonamiento y dije: Estas dos cartas, el Reverendísimo, cierto dia,
despues de comer y de una conclusion que cuotidianamente se tiene de
Teologia en el general della, las sacó al padre prior, que á la sazon
era el padre fray Alonso de la Cerda, despues obispo de esta ciudad, y
dijo: Mande vuestra paternidad se lean estas cartas, que dará gusto
oirlas á los padres. El padre prior me mandó las leyese, y en ellas el
padre Carmelita, despues de dado al Reverendísimo alguna cuenta del
sitio de la tierra, le decia haber no sé cuantos años, de tres ó cuatro,
que entraba y salia en aquella tierra, tractaba con estos Chiriguanas y
les predicaba, y no le hacian mal alguno, antes le oian de buena gana, á
lo que mostraban, y tenia hechas iglesias en pueblos, á las cuales
llamaba Santa Maria, en cuyas paredes hacia pintar muchas cruces, mas
que no se atrevia á baptizar á ninguno, ni decir misa, ni para esto
llevaba recado; dejábalo en la tierra de paz. A los niños junctaba cada
dia á la doctrina, y se la[15] enseñaba en nuestra lengua, y la letania.
Delante las iglesias habia hecho su placeta, en medio de la cual tenia
puesta una cruz de madera, muy alta, al pie de la cual en cada pueblo
enseñaba la doctrina, y otras veces en la iglesia. Persuadia á todos los
indios, grandes y menores, que pasando delante de la cruz hiciesen la
reverencia; y más decia, que faltando un año las aguas, y las comidas
secándose (no es tierra muy lluviosa), vinieron á él los Chiriguanas del
pueblo donde residia, y le dijeron: Las comidas se nos secan; ruega á tu
Dios nos dé aguas; si no, te mataremos. El cual oyendo el amenaza, dice
que se recogió en su corazon lo mejor que pudo, encomendóse á Dios,
junctó los niños de la doctrina, púsose con ellos de rodillas en la
plaza delante de la cruz, comenzando la letania con la mayor devocion
que pudo. Al medio de la letania revuélvese el cielo y llovió de suerte
que no pudiendo acabarla donde la habia comenzado, se entró con los
niños en la iglesia para acabarla, y dende entonces les proveyó Nuestro
Señor de aguas; el año fué abundante de sus comidas; hecho esto y pasada
aquel agua, luego hizo su razonamiento á todos los indios que á la
letania se hallaron presentes, persuadiéndoles diesen gracias á Nuestro
Señor, se enmendasen y reverenciasen mucho á la cruz; decia más, que
entre otras cosas que les procuraba persuadir, y algunas veces salia
con su intento, era no comiesen carne humana, por lo cual, viendo que ya
tenian á pique de matar al chanés para se lo comer, se lo quitaba, y aun
casi por fuerza, y no se enojaban contra él; otras veces no podia tanto;
reprehendiales gravemente el ser deshonestos con sus hermanas, y referia
que un Chiriguana, enamorado de su propia hermana, y ella no arrostrando
á esta maldad, hallándola un dia aparte donde le pareció poner podia su
maldad en ejecucion, ella se le escapó de las manos y corriendo se le
entró en la iglesia, donde el perro Chiriguana y bestial no se atrevió á
entrar, y visto por la hermana le dijo: Bellaco, yo diré al padre te
castigue; ¿no se te acuerda que nos dice que manda Dios no hagamos esta
maldad? La muchacha diciéndoselo reprehendió al hermano ásperamente.
Reprehendiales gravemente el vicio bestial de comer carne humana, á lo
cual algunas veces le respondian que si la comian era asada ó cocida,
pero que no treinta leguas de allí habia otros indios muy dispuestos,
llamados Tobas, que la comen cruda; estos eran malos hombres, y no
ellos, porque cuando van en el alcance, al indio que cogen, echándoselo
al hombro y corriendo tras los enemigos, se lo van comiendo vivo á
bocados; y que si queria, le llevarian á la tierra destos gigantes, á
los cuales por verlos hizo le llevasen allá, y decia que los habian
visto desde un cerro, mas que no se atrevieron á bajar al llano, y á su
parecer serian de estatura de tres varas y media, ó cuatro de alto,
fornidazos, y visto, dió priesa á los Chiriguanas se volviesen antes de
ser sentidos, y este valle dista, á su parecer, no cien leguas de la
ciudad de La Plata. Todo esto, dije, yo leí en el lugar referido; por lo
cual, no es milagro reverencien tanto á la cruz, enseñados por aquel
padre carmelita. En lo tocante al milagro que dicen Dios les ha enviado
un ángel que les predica y ha mandado vengan á Vuestra Excelencia á
pedir sacerdotes, y lo demás, téngolo por fiction, y aun por imposible,
porque esta es una gente que no guarda un punto de ley natural, tanta es
la ceguera de su entendimiento; y á éstos enviarle Dios ángel no es
creible, porque es doctrina de varones doctos, que si hobiese algun
hombre que en la edad presente, gentil, que guardase la ley natural,
volviéndose á Nuestro Señor con favor suyo, Su Majestad le proveería de
quien le diese noticia de Cristo, porque dice San Pedro que en otro no
hay ni se halla salud para el ánima, como envió á San Pedro á Cornelio,
y á Filipo diácono al eunuco, y á los Reyes Magos trujo con una
estrella; aunque no niego que Nuestro Señor, usando de su infinita
misericordia, no pueda hacer con éstos lo que dicen, pues los hombres
igualmente le costamos su vida y sangre; mas los que agora éstos dicen
téngolo por falsedad y fiction. En lo que toca á irles á predicar, si la
obediencia no me lo manda (no me atreveré á ofrecerme á ello) iré
trompicando. Lo que éstos pretenden es: saben que Vuestra Excelencia
hizo guerra al Inga, le sacó de las montañas donde estaba, trújolo al
Cuzco é hizo dél justicia, y temen Vuestra Excelencia ha de hacer otro
tanto con éstos, por los daños que en los vasallos de Su Majestad y en
los pobres inocentes han hecho y hacen, y quieren entretener á Vuestra
Excelencia hasta que tengan todas sus comidas recogidas y puestas en
cobro, y los Chiriguanas que están agora en esta ciudad, á la primera
noche tempestuosa se han de huir y dejaran á Vuestra Excelencia
engañado. Dicho esto y otras cosas, hecho mi acatamiento, concluí mi
razonamiento. El padre guardian de San Francisco, llamado fray Diego de
Illanes, pidiéndole su parecer, dijo: No parece, Excelentísimo señor, si
no queremos negar los principios de Filosofía, sino que Nuestro Señor ha
guardado la conversion destos Chiriguanas para los felicísimos tiempos
en que Vuestra Excelencia gobierna estos reinos; y poco más dicho, cesó.
El padre prior de San Augustin, fray Hierónimo, no era hombre de letras,
buen religioso, remitióse al parecer de los que mejor sintiesen; lo
mismo hizo el padre Comendador de las Mercedes. El padre fray Juan de
Vivero, que acompañaba al padre prior de San Augustin dijo que iria de
muy buena gana á predicarles, como en público y en secreto lo habia
dicho muchas veces.
[14] Tachado: _los_.
[15] En el ms., _le_.
El Visorrey, oído esto, pidió parecer al padre fray García de Toledo, de
quien habemos dicho ser hombre de muy bueno y claro entendimiento, que
un poco apartado de nosotros tenia su silla, diciéndole: y á vuestra
merced, señor padre fray García, ¿qué le parece? No respondió palabra al
Visorrey sino vuelto contra mí, dice: con el de mi Orden lo quiero
haber; yo púseme un poco sobre los estribos, viendo ser una hormiguilla,
y mi contendedor un gigante, y dijo: ¿cómo dice vuestra reverencia lo
afirmado? ¿no sabe que Dios envió un ángel á Cornelio? Respondí: Sí sé,
y sé tambien que antes que se lo enviase, ya Cornelio (dice la Sagrada
Escriptura) era varon religioso y temeroso de Dios, y cuando llegó San
Pedro hacia oracion al mismo Dios. Luego nos barajaron la plática, é yo
quedé por gran necio y hombre que habia dicho mil disparates, sin haber
quien por la verdad ni por mí se atreviese á hablar una sola palabra. Es
gran peso para inclinarse los hombres, aun contra lo que sienten, ver
inclinados á los príncipes á lo que pretenden, por ser necesario pecho
del cielo para declararles la verdad. No digo lo tuve ni lo tengo, mas
dióme Nuestro Señor entonces aquella libertad cristiana.
CAPITULO XXXIII
HACE EL VIRREY INFORMACION DEL MILAGRO
Persuadido el Visorrey don Francisco de Toledo que los indios
Chiriguanas le tractaban verdad, para más en ella confirmarse y
confirmar á otros determinó hacer una informacion de todo lo dicho por
los indios que trujeron las cruces, y los testigos que tomaba y
examinaba eran los mismos que dijeron la fiction, y algunos de los que
estaban acá; hízose la informacion con esta solemnidad; hallóse presente
á ella el mismo Visorrey, el Presidente de la Audiencia, Quiñones; el
dean de La Plata, el doctor Urquiza; el licenciado Villalobos, vicario
general por la Sede vacante, un hombre gran cristiano; tres secretarios:
el de gobernacion, Navamuel; el del Audiencia, Pedro Juares de Valer; el
de la Sede vacante, Juan de Losa; tres lenguas: un religioso nuestro
nacido y lego en el Rio de la Plata, llamado fray Agustin de la
Trinidad; Mosquera, de quien habemos tractado, y el mestizo Capillas. La
hora señalada era de las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche;
yo me hallé á toda ella, porque iba por compañero del religioso lego, y
así lo pedí para ver en qué paraba esta fiction. Los indios que vinieron
con las cruces fueron los primeros examinados, y declararon como habian
referido en su embajada. Luego llamaron á otros de los que estaban acá
que decian saber lo propio, y nunca tal dijeron hasta venidos los de las
cruces; declararon tambien el don Francisquillo, y sucedió lo que diré:
declaraban dos juntamente, y disparaban de lo que los otros habian
declarado; á este tiempo el don Francisquillo, haciendo fuerza al
portero del Virrey, como lo tenian por medio truhan, y el Visorrey
gustaba de verle tartamudear en nuestra lengua, entró dentro de la sala
donde el Visorrey y los demás estábamos, y arrimóse á la pared frontera
de donde era el examen; el cual, oyendo cómo disparaban de lo quél y los
demás examinados habian declarado, díjoles: Hermanos, ¿no os dije ayer
todo lo que habiades de decir? ¿cómo decís al contrario? y todos tres
lenguas fueron tan cortos, que no advirtieron al Visorrey de lo que
aquel don Francisquillo les dijo, para que se entendiera la fiction
destos. Dijéronlo ya que nos veníamos á nuestras casas acompañando al
dean, porque era todo camino entonces, y aun más de una cuadra; lo
dijeron porque veniamos tractando que era fiction y mentira, y ellos
para confirmarlo dicen lo que el Francisquillo dijo á los que disparaban
de los demás encaminados, y fué promision de Dios, porque aunque lo
dijeran, no fueran creidos. Con mi poco talento yo me deshacia viendo lo
que pasaba, y que el Visorrey nos detuviese allí tanto tiempo, y otra
noche siguiente díjele: Suplico á Vuestra Excelencia sea servido oirme;
respondióme: Decid; Señor, dije, si es verdad lo que éstos dicen que
aquel ángel les predica, y afirman que unas veces le ven, otras no, y
cuando le ven entra en la iglesia muy resplandeciente y hermoso, no hay
duda sino que, para confirmacion de que es ángel, ó Sandiago, como ellos
dicen, enviado de Dios, que para que le crean habrá hecho algun milagro.
Porque esta es orden de Dios, como consta de Moisés, con los hijos de
Isrrael, que para que le creyesen hizo milagros delante dellos, y lo
mismo hicieron los apóstoles y otros muchos sanctos para confirmacion de
la fe y predicacion evangélica; mande Vuestra Excelencia se les pregunte
si ha hecho algun milagro. El Visorrey dijo: Bien decís; pregúntenselo.
Pregúntanles las lenguas si aquel ángel ó Sandiago ha hecho algun
milagro; responden haber hecho tres; el primero fué que le llevaron una
yegua picada de una víbora, que era de un curaca, para que la sanase, y
la sanó; este buen milagro es, porque convenia no se perdiese la casta
de los caballos en los Chiriguanas. El otro, que á un muchacho picado
de otra víbora, llevándoselo, lo sanó. El tercero fué, que no queriendo
unos Chiriguanas salir de las casas donde estaban, á oirle su
predicacion, les dijo: ¿así, no quereis oir la palabra de Dios? pues yo
haré venga del cielo fuego y os abrase, y descendió fuego del cielo y
los abrasó; y aun añadieron otro, que son cuatro: que en un pueblo
llamado Cuevo, no le queriendo oir, les dijo: Pues yo me iré, y os
dejaré; é se fué, y la cruz que estaba en la plaza de la iglesia se
levantó y se fué en pos de Sandiago y se plantó en la plaza del otro
pueblo. Examinando á otros dos indios, y preguntándoles destos milagros,
en los dos primeros confirmáronse; en lo del fuego de la casa, dijeron
haberse quemado acaso, pero que dentro della nadie pareció; y lo de la
cruz de Cuevo no hobo tal, sino que allí está, y en el otro pueblo los
indios dél pusieron una cruz delante de la iglesia; y con todo esto se
pasó adelante con la fiction, y se creyó, y en la informacion se
escribieron ochenta hojas, ó pocas menos; empero, cuando se huyeron los
Chiriguanas (como en el capítulo siguiente diremos), ya entonces se
creia la fiction ser mentira, é yo me atreví á hablar cerca desta
materia y que habia salido verdad lo por mí dicho, que no querian sino
engañar al Visorrey, y á la primera noche que sucediese tempestuosa,
huirse á sus tierras, como lo hicieron.
CAPITULO XXXIV
LOS CHIRIGUANAS SE HUYEN
El Visorrey don Francisco de Toledo, hecha la informacion, fué
deteniendo á los indios Chiriguanas, sin dejarles volver á sus tierras,
lo cual ellos sintiendo determinaron de huirse; esto fué descubierto, y
el Visorrey mandó que de una casa que les habia dado, un poco apartada
del pueblo, en la parroquia de San Sebastian, se mudasen á otra dentro
del pueblo, donde se tuviese un poco de más recaudo con ellos, y si se
huyesen luego fuese sabido; subcedió, pues, así, que venida una noche
muy tempestuosa, como las suele hacer en aquella cibdad y en toda la
provincia, se huyeron todos los que habian quedado, y entre ellos
Baltasarillo y el Chiriguana llamado Inga Condorillo. Sabido en casa del
Visorrey por sus criados, antes que amaneciese dispiertan al Visorrey, á
quien ni en aquella hora ni en otra, como durmiese, se atrevian á
despertar, y dícenle: ¡Oh! señor, los Chiriguanas se han huido; entonces
díceles: No me quede ninguno de vosotros en casa que no los vaya
siguiendo y me los traya; sale la voz por el pueblo, de donde algunos de
los criados del Visorrey y otros de la ciudad, con sus vestidos negros,
sin esperar á más, toman sus caballos, y aun los ajenos, que hallaban á
las puertas de sus amos, y sin más detenerse, unos por una parte y
camino, otros por otra é por otro camino, se parten en busca de los
Chiriguanas, sin saber el camino que llevaban; dióse aviso luego á los
chacareros de los valles por donde necesario habian de pasar, y á los
que á las riberas de los rios tenian sus haciendas, que velasen é
procurasen haberlos á las manos. Prendieron al Baltasarillo y á otros
tres, que trujeron al Visorrey. El Inga Condorillo con los demás aportó
al valle do Oroneota, donde hay un poblezuelo pequeño de los indios
llamados Churumatas; en el paso estaban un mulato con dos indios, á
donde llegando el Inga Condorillo con sus compañeros, con un cuchillo
carnicero hirió al mulato, que luego huyó, y luego acometen á los
indios, hiérenlos á ambos, al uno de muerte, de que dentro de breves
dias murió; al otro más livianamente, con lo cual se escaparon hasta
hoy, de suerte que lo que yo dije salió verdad; pero primero que saliese
andaba como corrido, sin atreverme á hablar, ni haber quien se atreviese
de los pocos que conmigo concordaban y sentian, aunque despues que los
recogieron á la cibdad, algunos libremente decian su parecer.
CAPITULO XXXV
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO DETERMINA IR Á LOS CHIRIGUANAS EN
PERSONA
Sintió gravemente el Visorrey la huida de los Chiriguanas, como á quien
unos indios bárbaros así burlaron, por lo cual, y porque convenia
hacerles guerra, subjectarlos, ó echarlos á lo menos de aquellas
montañas y carnecerias donde vivian, dende á pocos dias determinó él en
persona ir á castigarlos, y de allí entrar en Santa Cruz de la Sierra y
sacar á don Diego de Mendoza y justiciarle, como lo hizo despues, y de
un tiro matar dos pájaros; sacó tiendas, las cuales armaron delante de
su casa, en la cuadra de la iglesia mayor; nombró por capitan general á
don Gabriel Paniagua, vecino de la ciudad de La Plata, hombre muy rico,
comendador de Calatrava; por maestre de campo, á don Luis de Toledo, su
tio. Antes de se determinar tuvo muchos acuerdos y consejos, en los
cuales por el Audiencia siempre fué contradicho su parecer de ir en
persona, y se lo requirieron, porque para aquella guerra era suficiente
un capitan general con ciento y cincuenta soldados y tres capitanes, á
quien mandase ir al puesto del rio de los Sauces, dond'el capitan Andrés
Manso tuvo poblado, y de allí hiciese la guerra como convenia hacerse á
estos come hombres, lo cual mejor que otro lo haria Pedro de Segura, de
nacion vizcaino, cursado en guerra contra los Chiriguanas, á quien ya
tenia perdido el miedo; envióle á llamar, que vivia pobremente con su
mujer y hijos en un valle llamado Sopachui, más de veinte leguas de la
ciudad de La Plata, el cual venido y ofreciéndose á servir á Su Majestad
y al Visorrey en lo que le mandase, conforme á su obligacion de
hijodalgo; empero pidiéndole algun socorro para dejar á su mujer y
hijos, no se le dió, y le despidió diciéndole se volviese á su casa.
Determinóse, pues, el Visorrey, contra el parecer del Audiencia y de los
demás vecinos y hombres que tenian experiencia cómo se habia de hacer
aquella guerra, de ir en persona, y así aderezó y mandó aderezar las
cosas necesarias.
CAPITULO XXXVI
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO PIDE PARECER SI DARÁ POR ESCLAVOS Á
LOS CHIRIGUANAS