los malos corregidores apodéranse dellos, y si no digo la provincia de
Chucuito, que es fama pública en el reino haberse ido della, dejando sus
mujeres, hijos y haciendas, más de 8.000 indios á la provincia de los
Chunchos, indios de guerra, de donde han enviado á decir no volverán á
sus tierras mientras así los tractaren; no es posible sino que sean
apóstatas, y se vuelvan á sus idolatrias; yo he visto muchas veces esta
tierra desde Los Reyes á Potosí, donde la obediencia me ha enviado á
servir con lo que mi pobre talento alcanza, y he tenido muchos dares y
tomares con los corregidores de los partidos, y administradores, sobre
las haciendas de los indios y sus menoscabos, y no hay hacerles creer á
los administradores que son como tutores de los indios, y que así como
el tutor no puede sacar para sí, ni por sí, ni por tercera persona, la
hacienda de la menor, ellos tampoco la pueden sacar, por más razones que
se les traigan delante, porque están persuadidos que, dando lo que otro
diera por ella, ellos la pueden sacar, y no hay sacarlos de aquí, y
corregidores, preguntándoles si juran guardar las ordenanzas de
corregidores, me han dicho que no, y por esto los tractos y contratos
son no pocos, en sus distritos, con gran detrimento de los indios, de
los cuales pusiera aquí algunos si fuera deste intento tractarlo, los
cuales he visto con mis propios ojos; tambien para los caminantes es
inconveniente, porque como los corregidores malos vendan en ellos todo
lo necesario, pan, maíz, vino, tocino y otras cosas, ¿cómo han de poner
los precios en el arancel? lo más subidos que pudieren, de suerte qu'el
arancel y lo en él contenido es del[11] corregidor. Los bienes de las
comunidades que se sacan á vender en pregones, cuales son carneros de
los nuestros, carneros de la tierra, coca, maíz y otras cosas, los que
los han de rematar lo sacan para sí, echando terceros, y luego se sabe
es para el corregidor, protector ó administrador, y por ventura para
todos tres; porque el lobo y la vulpeja, si alguno lo quiere poner en
precio, luego le dicen á la oreja: no hable en ello, porque es para el
corregidor, so pena que si lo hace se malquista con los tres, y lo echan
del repartimiento, donde el pobre anda afanando un tomin, y desta suerte
¿cómo no se han de menoscabar las haciendas de los indios? Diré lo que
me dijo un indio, agora catorce años, yendo á Potosí, y llegando á la
venta llamada de En Medio; pedíle una frezada para una noche, que es
como bernia de marinero, y es uso darla á los pasajeros; respondióme no
la tener; díjele: ¿Tú no eras del general Lorenzo de Aldana?
respondióme: Sí; díjele: Pues ¿qué es de tanta hacienda como os dejó,
vacas, ovejas y otras más, para que me digas no tienes un chusi? Así se
llaman estas frezadas; respondióme: Estos administradores lo han
destruido todo. Pues es así verdad, que tenian tanto ganado de todo
género, y principalmente vacas y ovejas nuestras, cuando los padres de
San Agustin que doctrinan á estos indios eran los administradores de sus
haciendas, por institucion del general Lorenzo de Aldana, que viviendo
yo en la ciudad de La Plata, donde cae este repartimiento, que es el de
Paria y Capinota, se vendieron en la plaza, en pública almoneda, 3.000
cabezas de vientre, de vacas, á 30 reales, puestas donde el comprador
las quiso. Pues de donde se sacan 3.000 cabezas para vender, ¿cuántas
han de quedar? más habian de quedar de 6.000; si agora tienen ganado,
sea testigo la experiencia. En esto que vamos tractando no culpamos al
Visorrey don Francisco de Toledo, porque esto es cierto que no puso los
corregidores para la destruicion de los indios, ni para que se
aprovechasen de la plata de la comunidad, como parece por las ordenanzas
que hizo, muy justas y buenas, y por las penas puestas á los
corregidores, tractantes y administradores, sino para el bien de los
naturales; pero la avaricia ha crecido tanto que por ventura convernia
quitarlos; porque yo sé de un corregidor, proveido por el mismo don
Francisco de Toledo, hijo de un Oidor de Lima, y corregidor del
repartimiento que vamos tractando, que diciéndole tractaba con la plata
de la comunidad, envió á hacer informacion secreta contra él, y le
castigara, por más hijo de Oidor que fuera, por las penas puestas, sino
que fué avisado, y cuando el que habia de hacer la informacion llegó,
halló las cajas llenas y enteradas. Poner administradores para las
haciendas de los indios no sé si fuera tan acertado, porque más
haciendas tenian cuando ellos las gobernaban, puesto un indio de razon
por administrador, y tambien sé que gobernando don Francisco de Toledo,
no se atrevian los corregidores á tractar ni contractar tan públicamente
como agora. Oí decir á uno y delante de muchos: El Visorrey no me envia
para que me esté mano sobre mano, sino para que me aproveche; y así,
juro á tal, que en viendo la ganancia al ojo no se me ha de ir de las
manos, y en dos años sacó con que vive honradamente.
[11] Tachado: _arancel_.
CAPITULO XXVI
DE LA GUERRA QUE HIZO AL INGA
Prosiguiendo su viaje don Francisco de Toledo, Visorrey destos reinos,
desde Guamanca al Cuzco, y llegando á esta ciudad, fué recebido
solemnísimamente por el cabildo della y demás ciudadanos, y en la puerta
de la ciudad, jurando de guardar los fueros y derechos della; al tiempo
de firmar, el escribano de cabildo le dió una pluma de oro con que
firmase. El primero dia de fiesta se lucieron muchas con toros y juegos
de cañas guarnecidas con plata. Descansando allí unos pocos de dias del
trabajo del camino, que lo es y muy áspero, aunque para Virreyes,
obispos, prelados y otros personajes desta calidad no lo es tanto,
llevando desde Guamanga noticia de los daños que los Ingas que se
quedaron en los Andes y no quisieron salir cuando el marqués de Cañete
el Viejo, de felice memoria, sacó al Inga (como dijimos), determinó por
bien ó por mal sacarlos, allanarlos y reducirlos al servicio de Su
Majestad, porque salian con mano armada y hacian particularmente daño,
robando y matando en los términos de Guamanga y el camino Real que hay
desde allí al Cuzco; por lo cual nombró sus capitanes á Martin de
Arbieto de Mendoza, capitan general, á Martin de Meneses capitan,
vecino del Cuzco, y á otros, é publicó la guerra con toda solemnidad
acostumbrada; envió algunos criados de su casa, lanzas y arcabuces, que
salieron desde Lima acompañándole, como tenian obligacion, mal pagados;
entraron en las montañas de los Andes; los Ingas habian alzado y jurado
á su modo por rey á un Inga, muchacho de 18 á 20 años, de la casa de los
Ingas señores, porque viejo ni otro no habia más cercano; los cuales,
viendo la pujanza de los españoles, ni los esperaron á batalla ni
acometieron; antes se fueron huyendo un rio grande abajo, en pos de los
cuales en balsas los nuestros se echaron; alcanzáronlo y prendieron al
pobre muchacho y los principales de sus capitanes, con los cuales se
volvieron al Cuzco muy victoriosos, porque ni de la parte de los
nuestros ni de los Ingas hobo derramamiento de sangre.
Llegados al Cuzco, mandó el Visorrey que en la fortaleza que llaman del
Cuzco, casa de don Carlos Inga, hijo de Paulo Inga, el cual ayudó á los
españoles á conquistar el Collao con 40.000 indios que traia consigo, é
fué con don Diego de Almagro el viejo á Chile, que no es muy fuerte, le
mandó poner preso, creo sin prisiones; empero á sus capitanes todos en
ellas y á buen recado con guarda de españoles lanzas y arcabuces, y de
indios Cañares. Procedió contra el Inga y sus capitanes, y mandó á
religiosos de nuestro convento del Cuzco los industriasen y enseñasen
las cosas de la fe, para que si quisiesen ser cristianos los baptizasen,
y lo mismo al Inga, los cuales, particularmente el Inga, como era de
poca edad, en breve deprendió las oraciones, y persuadiéndole fuese
cristiano y pidiese el sacramento del Baptismo, lo hizo é fué baptizado.
El Visorrey procedia y hacia sus informaciones contra el Inga é los
demás, que cometió al capitan general, y por lengua á un mestizo que
consigo traia para este objeto, muy gran lengua y en la nuestra muy
ladino, llamado Fulano Jimenez, empero en comun llamado Jimenillo;
hechas, pareció, conforme á lo que el Jimenillo interpretaba, tener
mucha culpa el Inga de los robos é muertes que los suyos hacian,
saliendo á hacerlos al distrito de Guamanga y camino Real de allí al
Cuzco, y condenóle el Visorrey á cortar la cabeza; hicieron en la plaza
su cadahalso para el dia señalado, y aunque fué importunado el Visorrey
por el reverendísimo de Popayán, augustino, que se halló en el Cuzco,
varon religiosísimo, tenido en su obispado y acá por un hombre perfecto,
no quiero decir sancto, amado de todo el reino, que de rodillas, no es
encarecimiento, le suplicó no le justiciase, sino lo enviase á Su
Majestad, porque era muchacho y habia poco tiempo le habian jurado por
rey, y no era posible que entendiese ni mandase hacer aquellos robos ni
muertes que se habian hecho, y cargando los prelados de las Ordenes, no
fueron poderosos para que no ejecutase la sentencia dada; sacáronle, y
subiéndole al cadahalso para cortarle la cabeza, y viendo el pobre
muchacho que no habia remedio, sino que habia de morir, dijo: Pues ¿para
matarme me persuadieron me baptizase y fuese cristiano? Lo cual en los
que se hallaban presentes causó muchas lágrimas y sentimiento, pero no
aprovechó cosa alguna para que se le otorgase la vida. Cortáronle la
cabeza y á los capitanes ahorcaron, y en una frontera llamada
Villcabamba mandó el Visorrey poblar un pueblo, donde puso por capitan
general de aquella frontera y provincia al mismo Martin de Arbieto, y el
dia de hoy está poblada, y la tierra pacífica; empero Martin de Arbieto
es ya muerto y el Visorrey tambien, los cuales de la justificacion han
dado cuenta, y si fué justa, lo habrá Nuestro Señor pagado, y lo mismo
si injusta.
_De_ las informaciones hechas por la interpretación de Jimenillo,
resultó alguna culpa contra los Ingas que vivian en el Cuzco, y en
particular contra don Carlos, casado con una española, de la cual tenia
entonces un hijo niño, llamado don Melchior; decian que los Ingas de los
Andes y los demás del Cuzco le habian jurado por rey destos reinos, por
lo cual se procedió contra don Carlos. Quitóle el Visorrey la casa y
puso en ella guarnición de soldados lanzas y alguna artilleria, é indios
Cañares, en la cual se guardaban las costumbres que en las fortalezas, y
por castellano á don Luis de Toledo, caballero muy principal y deudo
suyo.
Privó á don Carlos de los indios que tiene perpétuos; empero apelando
por via de agravio, el Audiencia de Los Reyes se los ha vuelto, y casas
y demás haciendas, y por su muerte las posee su hijo, ya hombre, casado
con una española; á los demás Ingas desterró para Lima, y no sé si aun
para Tierra Firme, los cuales apelando como don Carlos, los más murieron
en Los Reyes, como mueren muchos de los serranos, y de los que
volvieron de sus casas al Cuzco libres por el Audiencia, venian tales
de la tierra callente, que en llegando acabaron sus dias; de suerte que
de los Ingas descendientes de Guaina Capac, ninguno, ó pocos, ha
quedado.
CAPITULO XXVII
EL VISORREY EN SU VIAJE SE ENCONTRÓ CON EL GOBERNADOR CASTRO
Todas estas cosas concluidas y dado asiento en otras, salió el Visorrey
don Francisco de Toledo del Cuzco, prosiguiendo su visita para el
Collao, en el cual, en el pueblo llamado Pucara, famoso porque allí se
desbarató el tirano Francisco Hernandez, se encontró ó halló al
gobernador Castro, que bajaba de la visita de la Audiencia de la ciudad
de La Plata, á quien preguntando el Visorrey y diciendo: ¿Qué le ha
parecido á vuestra señoria de la tierra que ha visto, é yo tengo de ver?
respondió: Paréceme, señor, que Su Majestad debe hacer merced á los
hijos é descendientes de los conquistadores, muy crecidas, porque si
nosotros, que caminamos en hombros de caballeros (y es así, en lo llano
caminaban en literas de acémilas, y en los malos pasos, ó cuestas, en
literillas de hombros), comiendo á cada paso gallinas, capones, manjar
blanco, con todo el regalo posible, y no nos podemos valer del frio por
la destemplanza del aire y altura de la tierra, los desventurados que
andaban por aquí á pie, descalzos, las armas acuestas, con un poco de
maíz tostado y papas cocidas, conquistando el reino á Su Majestad ¿qué
no merecen, y por ellos sus hijos? Palabras verdaderas que procedieron
de un ánimo cristiano, benignísimo, muy prudente y gran servidor de Su
Majestad, pues conocia las mercedes que Su Majestad, para descargo de su
conciencia, debia hacer á los descendientes de los conquistadores; pero
es la desventura de los conquistadores, pobladores, y de los que de
muchos años en estas partes vivimos, ó por mejor decir, son nuestros
pecados, y de nuestros padres, que no hay quien venga de España, en la
cual no se saben tener en una burrica, ni limpiar las narices, ni en su
vida echado mano á la espada, (helos visto, en todo género de estado),
que no les paresca, los que vivimos en estos reinos de antiguo, que
somos poco menos que indios, y merecen ellos más en venir, que los
miserables conquistadores, pobladores, ni sus hijos é nietos, ni los que
ayudan á sustentar este reino y lo han ayudado á sustentar de cincuenta
años á esta parte; pero hase de cumplir como se ha cumplido y se va
cumpliendo, que por ser un discurso notable lo quiero escrebir.
En el reino de Chile hay una ciudad llamada Valdivia, de la cual
tractaremos cuando de aquel reino tractaremos; poblóla don Pedro de
Valdivia, el primero gobernador de aquella tierra; fué muy rica de oro y
de indios; estaba el don Pedro de Valdivia en la plaza sentado en un
poyo arrimado á la pared de la iglesia, en buena conversacion, alegre,
con otros vecinos conquistadores con él allí asentados; levantóse á
deshora y comenzóse á pasear delante dellos, la cabeza baja y mustio;
admirados los vecinos, uno dellos le preguntó: Señor, ¿no estaba vuestra
merced agora (no habia señoria para los gobernadores) aquí con nosotros
en buena conversacion y alegre? ¿qué tristeza es esa? Respondió: Rueguen
vuestras mercedes á Nuestro Señor por mi salud; paréceme tengo de vivir
poco (y no vivió seis meses), y la causa de parecer estoy triste es que
se me ha representado aquí agora que están en Valladolid (la corte
residia allí entonces) los niños en las cunas y otros que se andan
paseando ó pasearán por ella muy pintados con medias de aguja y zapatos
acuchillados, que han de venir á gozar de nuestros trabajos, y nuestros
hijos é nietos han de morir de hambre; si así pasa, testigo es todo el
reino, éste y el otro, y el otro.
CAPITULO XXVIII
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO LLEGA Á POTOSÍ Y DE ALLÍ Á LA CIUDAD
DE LA PLATA
Despidiéndose de Pucara el Visorrey del gobernador Castro, el uno para
España y el otro para Potosí, el Visorrey llegó á Potosí, donde se le
hizo un costoso recibimiento y muy bueno, como en las demás partes, y
deteniéndose allí poco tiempo, no creo fueron tres meses ó cuatro, por
la destemplanza del asiento (entraba ya el verano, que es el tiempo más
frio) para dar asiento á las cosas de aquel pueblo, muchas y muy
graves, vínose á la cuidad de La Plata, temple más moderado mucho, y
donde á todo tiempo y todas horas se puede negociar, y donde reside el
Audiencia, y los vecinos de aquella provincia; presidia en el Audiencia
el licenciado Quiñones; los Oidores, licenciado Haro, licenciado
Matienzo, licenciado Recalde, doctor Barros; fiscal, licenciado Rabanal,
todos en sus facultades eminentes y buenos jueces; hízosele al Virrey
muy bueno y costoso recibimiento; sirvióle la ciudad con un caballo en
que entrase, del más galano pellejo que se ha visto; no parecia sino un
brocado de tres altos, crin y cola blanca, y muy bueno, en quien entró
debajo de su palio. El Audiencia (esto vímoslo todos los religiosos y
otras personas eclesiásticas, prebendados y los demás que allí estábamos
aguardando para recebir en la Iglesia con la Sede vacante al Visorrey);
el Audiencia, digo, habia mandado llevar sus sillas con asientos y
respaldares de terciopelo carmesí, fluecos grandes de oro y seda; no
faltó quien dello dió aviso al Visorrey, y viniendo ya cerca de la
ciudad envió un criado ó portero que las quitase y pusiese una de las
más comunes con guarniciones de cuero, y no muy nuevo. Es el Audiencia
avisado desto; envian un portero y quitan las mandadas poner por el
Visorrey, é pone las de la Audiencia, las cuales se quedaron. Los que
allí estábamos, viendo quitar unas sillas é poner otras, admirábamos; en
la rueda estaba el licenciado don fray Pedro Gutierrez, su capellan, que
fué del Consejo de Indias, y dijo: como su excelencia fué criado del
Emperador Rey nuestro señor, es muy ceremoniático (propias palabras) y
así quiere que todo se guarde muy puntualmente; pero el Audiencia se
asentó en sus sillas y dende adelante sin innovarse otra cosa.
CAPITULO XXIX
EL VISORREY DIÓ ASIENTO Á LAS TASAS Y COSAS DE POTOSÍ
En esta ciudad de La Plata concluyó la tasa de los indios á ella
subjetos, y los de la provincia de Chucuito, y dió asiento á muchas
cosas acerca del cerro de Potosí y azogue; tasó los jornales que se
habian de dar á los indios señalados para el cerro; hizo muchas
ordenanzas acerca del buen gobierno de los naturales y españoles,
justas, aprobadas despues por el Consejo Real de las Indias; empero
pocas se guardan y no nos admiramos, porque la ley de Dios es más justa
y á cada paso la[12] traspasamos. En estas ordenanzas manda se castiguen
con rigor las borracheras, que si los corregidores de los partidos las
ejecutasen, no habria tan poca cristiandad en los indios.
[12] En el ms., _las_.
En este tiempo se descubrió el beneficio de los desmontes, que es el
metal desechado de los señores de las minas, y sacado fuera dellas sin
hacer caso dello más que de escoria, y por el tiempo que duró, que fué
poco, se sacó mucha cantidad de plata, lo cual viendo, hizo una ó dos
ordenanzas acerca desto, muy buenas y justificadas: la una, que los
declaraba por bienes comunes, pero que ninguno pudiese recoger más
metales de aquellos que en quince dias pudiese beneficiar, so pena de
tanto; ley bonísima para que los que tenian muchos indios, beneficiasen
como muchos; los que no tantos, como no tantos; y porque los que tenian
muchos indios no se ocupasen en amontonar, y á los pobres no dejasen
desmontes, mandó tambien que los señores de minas no se pudiesen
aprovechar de desmontes ni los beneficiasen, aunque estuviesen dentro de
sus pertenencias y les hobiese costado su plata sacarlos fuera de sus
minas.
Esta entre teólogos no se tuvo por tan justa, pues de los bienes comunes
nadie debe ser privado sino por delito; si otro se puede aprovechar de
la escoria del herrero, aunque la haya echado al muladar, ¿por qué no el
herrero? Esta hizo diciendo que los señores de minas labrasen sus minas,
y los que no las tienen, los desmontes, y así se sacaria más plata.
Estos desmontes fueron de mucha riqueza, porque algunos dellos, y todos
generalmente, acudian á cinco pesos por quintal, que es mucho, y hobo
algunos de á siete y á más; y porque no volvamos á ellos, cuando el
Visorrey salió de los Chiriguanas halló que muchos (aunque les
predicábamos no lo podian hacer sin injusticia) habian recogido, á
20.000 y á 30.000 y dende arriba quintales de metal, traspasando su
ordenanza: penólos á tres tomines por quintal, de donde sacó más de
40.000 pesos, con que enteró la caja Real de lo que habia gastado della,
y satisfizo á algunos que fueron con él, que gastaron mucho en la
jornada, sin hacerse cosa de provecho, por nuestros pecados. Asimismo en
esta ciudad, como en las demás, habia algunos amancebados con indias;
quísolos castigar públicamente, y cierto dia á deshora vemos entrar en
el gato[13] al presidente Quiñones, licenciado Matienzo y licenciado
Recalde, y ellos propios sacar las indias de los tales españoles, y
entregándolas á los alguaciles las llevaron á la cárcel; á unos pareció
poca autoridad de Presidente y Oidores; á otros no pareció tan mal;
otros Oidores reian grandemente dello.
[13] _Gato es como mercado_ (nota marginal).
Así las desterró y condenó á plata á los españoles, y algunos revueltos
con mujeres casadas, no de calidad alguna, los desterró del pueblo.
Tambien en esta ciudad concluyó las cuentas que habia comenzado á tomar
en el asiento de Potosí á los oficiales reales, á dos particularmente,
el tesorero Robles y al factor Juan de Anguciana, que eran propietarios;
el contador habia poco era proveido por el mismo Visorrey por muerte del
contador Ibarra, contra quien no hobo las cosas que contra los dos, á
los cuales privó de los oficios, quitóles las minas é ingenios que
tenian en Potosí; túvolos presos y aun á canto el uno dellos que se le
volara el juicio, é los desterró á España, ó envió, ó ellos apelando de
la sentencia fueron, donde les mandaron volver sus oficios y haciendas,
y condenados en costas, á lo menos al factor Juan de Anguciana (vi la
ejecutoria) como no pasasen de 400 ducados de Castilla. Pero el pobre
caballero viniendo murió en Panamá; el tesorero Robles llegó á Potosí;
volviéronle sus haciendas y le vimos servir en su oficio.
CAPITULO XXX
SALIERON LOS CHIRIGUANAS Á BESAR LAS MANOS Á DON FRANCISCO DE TOLEDO