Concertáronse que dos cada semana pidiesen por amor de Dios para los

pobres della, y les diesen de comer, y cuando las limosnas no

alcanzasen, de su casa les proveyesen; la segunda semana cupo á dos,

Juan Vazquez y Juan Vaz, hombres de caridad, casados y ricos; conocílos

y tractélos mucho; convinieron en ir á pedir limosna al Marqués;

entraron y dícenle lo que habian ordenado, y que suplicaban á Su

Excelencia les mandase dar limosna; alabóles mucho la buena obra, y

mandóles dar, para aquella semana (como tractando de la fundacion desta

cofradia dejamos dicho), cien pesos, y para cada mes cincuenta, y que no

se los viniesen á pedir, sino á su mayordomo, lo cual infaliblemente el

tiempo que vivió se cumplió así.

Diré otra, que fué graciosa. Pocos meses despues de llegado á la ciudad

de Los Reyes, cantó misa un clérigo llamado el padre Roberto; hallóse

presente el Marqués y el Audiencia y todo el pueblo; entonces de tarde

en tarde se cantaban; salió el misacantano á ofrecer. El Marqués habia

pedido al mayordomo un pedacillo de oro de 25 pesos; ofreciólo; luego

los Oidores, los cuales no ofrecieron, mandaron, y las mandas se

escribieron; en las fuentes llevaban papel y tinta: hobo quien dijo

dellos (si no me acuerdo mal fué el licenciado Santillan, de quien

arriba tractamos): Escriban 50 pesos; el Marqués casi corrióse, y dijo:

Pues dijéranme que se usaba mandar por escripto; yo tambien mandara;

escriban 100 pesos, y así ofreció 125 pesos, los 25 en oro; y á quien

era tan limosnero y liberal, no es necesario alabarle que jamás recibió

dádiva, ni nadie se atreviera á ello, ni á cohechar al menor de su casa;

y que esto se entienda ser así, es verdad lo que diré: habia en la

ciudad un mercader rico y de mucho crédito, llamado Gonzalo Fernández,

de cuya casa se proveia todo lo necesario para la del Marqués, y era

como el cambio del mayordomo mayor, y el salario del Marqués todo

entraba en casa deste mercader. Tractábase como criado del Marqués, y no

perdia en ello nada. Quiso hacer un servicio á la marquesa, y tuvo para

servirla un cofrecito de plata como el segundo del terno, y en él no sé

qué sortijas con esmeraldas y otras piedras; no faltó quien se lo dijo

al Marqués, ignorándolo Gonzalo Hernandez, y un dia llamóle y díjole:

Dícenme que enviais á la marquesa no sé qué regalo; por mi vida ¿qué es?

El mercader respondióle: Es verdad, señor, que á mi señora la marquesa

tenia determinado servir con un cofrecito de plata, y otras cosas no de

mucho valor, conforme á mi posible y no conforme á quien es mi señora la

marquesa. Mandóle lo trujese; holgóse de verlo, y díjole: ¿Qué vale

esto? El mercader respondió: Señor, no tracte, suplico á Vuestra

Excelencia, deso; es muy poco; finalmente, dijo á su mayordomo que

supiese de los oficiales lo que valia y lo pagase al mercader, y que él

lo queria enviar en nombre del mismo Gonzalo Hernandez. Quien esto hizo

no puede ser notado de avariento, ni cobdicioso, ni que jamás recibió

cohecho.

Las vísperas de Pascua, en las visitas de cárcel, jamás ningun Virrey

(sin les hacer agravio) dió tantas limosnas, pagando por los pobres que

no tenian dónde pagar, lo cual con suma liberalidad hacia. Ninguna

destas visitas le costaba menos de 1.000 pesos, pues para cobrarlo no

era necesario más que pedirlo al mayordomo. ¿Quién ha hecho tal? Pero no

lo echaba en saco roto; Nuestro Señor se lo ha pagado cient doblado, y

porque para todas las limosnas y mercedes que hacia de su hacienda no

habia libramientos, mandó en su testamento que no pidiesen á su

mayordomo, sus herederos, más cuenta de la que él quisiese dar, ni

libramiento para lo que hobiese dado de limosnas, y bien seguramente lo

mandó, porque el mayordomo no le hiciera menos un grano.

CAPITULO XXII

CUÁN ENEMIGO ERA DE ACRECENTAR TRIBUTOS

Siempre miró mucho por la conservacion de los naturales, para que con

todo el descanso posible pagasen sus tributos. Sucedió así: proveyó por

corregidor de la provincia de Chucuito á García Diez de San Miguel,

hombre muy cuerdo, y benemérito y noble, al cual mandó que visitase toda

aquella provincia; hasta entonces no se habian hallado más que 17.000

indios tributarios; éstos pagaban del tributo 24.000 pesos en plata

ensayada y 12.000 pesos en ropa de la tierra: visitados, parecieron mil

indios más. García Diez de San Miguel, pareciéndole ganaria gracia con

el Marqués, avisóle del augmento de los indios, y que se les podia

acrescentar el tributo, pues para tantos indios era poco, mayormente que

para pagar los 24.000 pesos de plata, en Potosí residian 500 indios que

fácilmente los pagaban; á quien respondió: Escribiéradesme vos que

abajara los tributos, de muy buena gana lo hiciera; pero augmentarlos,

no haré tal; ¿qué cosa hay más grave que el tributo? Otro lo subió á

102.000 pesos ensayados en plata y ropa, como diremos.

Decia que si su parecer se hobiera de seguir, que de toda la renta que

Su Majestad tiene en este Perú se habria de hacer tres partes: una, que

se llevase á Su Majestad: otra, para pagar los ministros de la justicia,

así acá como de España; otra, que se quedase en este reino para lo que

puede suceder y para casar hijas de conquistadores y pobladores pobres á

quien Su Majestad no ha hecho merced ni gratificado sus servicios. Por

lo cual comenzó á edificar en el lugar donde agora es la Universidad una

casa de recogimiento, á quien llamó San Juan de la Penitencia, á donde

se recogieron algunas hijas destos conquistadores y pobladores, con

renta para su sustento; mas como murió temprano cesó el edificio y agora

no hay memoria dello; y para hacer puentes, hospitales, iglesias y otras

obras pias y públicas, como los reyes han hecho en España, y para

socorrer á caballeros pobres que vienen de Castilla encomendados de Su

Majestad, que le han servido y no les ha gratificado, mientras vaca en

qué ocupallos. A los negros horros que habia en Los Reyes, qu'es la

ladronera de los cimarrones, sacó de la ciudad y envió al asiento de

minas de Caravaya, que es tierra calurosa y lluviosa, y era tan humano

con ellos, que no se desdeñaba de responder á las cartas que le

escrebian.

Esto así en breve se ha dicho del magnánimo marqués de Cañete, de buena

memoria, padre de la patria y de pobres, como epílogo de sus virtudes,

dejando de tractar más difusamente á otros que sean dotados de más

facundia y mejor estilo que el nuestro; concluyamos que fué gran

vengador de los juramentos falsos en daño de tercero; mandó quitar los

dientes á un Fulano de Quintana porque juró falso delante de la

justicia. Tambien mandó que ningun negro cargase con botija de agua ni

otra cosa á ningun indio, al negro so pena de caparle y á la negra de

docientos azotes, y en quien primero se ejecutó la sentencia fué en un

esclavo suyo; vió que traia á un indio con una botija de agua cargado

del rio; llamó al caballerizo; preguntole cuántos caballos tenia, y

cuánto servicio de esclavos; respondióle que para los caballos tenia

bastante servicio; ¿pues cómo esclavo mio ninguno ha de cargar á indio

libre? luego mandó se ejecutara la ordenanza, y de allí adelante no se

atrevió negro á cargar indio. Era lástima, y hoy lo es, que el negro y

negra esclavos se vienen las manos en el seno, y el indio libre las trae

en la botija de agua, la canasta de la ropa y la carne de la

carneceria, ó del rastro, como si ellos fueran señores y los indios los

esclavos. Duró poco esta ley, no más de cuanto vivió el Marqués.

CAPITULO XXIII

DEL CONDE DE NIEVA

Al liberalísimo y cristianísimo marqués de Cañete sucedió el conde de

Nieva don... de Velasco, bonísimo caballero y buen gobernador, de quien

no podemos decir cosas notables que en su tiempo subcedieron; no las

hobo; el reino gozó de mucha paz y abundancia. Entre otras cosas buenas

que tenia era ésta, gran paciencia para oir á los pretensores que les

parecia estar agraviados del liberalísimo marqués de Cañete por no los

haber dado todo el Perú, y para los demás negociantes.

Diré una cosa de admirable paciencia para quien tenia la suprema del

reino: acabando de comer se levantaba y oia á los negociantes y

pretensores, arrimado á una ventana; llegó un pretensor, y por ventura

fatigado de la hambre, y por otra parte demasiadamente atrevido, por sus

servicios, y pidiendo remuneracion dellos, levantó la voz más de lo

justo; á quien el Conde con gran paciencia y con voz baja le dijo: Habla

más paso; el nescio pretensor, no curando del buen consejo, levantó más

la voz, representando sus servicios; díjole otra vez el Conde: Ya os he

dicho que hableis paso; respondió el pretensor: ¡Oh, señor, soy

colérico! á esto respondió el Conde con la paciencia de que habia usado:

Tambien soy yo colérico y me modero en mis palabras; andad con Dios, y

otro dia venid más moderado. Los circunstantes admiráronse de tanta

paciencia y salieron alabándola. Despues desto, dijéronle que un soldado

escrebia á Su Majestad cosas del gobierno del Perú, y algunas no muy en

favor del Conde; mandóle llamar, y díjole: Dícenme que escrebís al Rey

Nuestro Señor. El soldado respondió: Sí, señor, han dicho verdad á

Vuestra Excelencia. A quien no dijo más palabra: En hora buena,

escrebidle; pero advertid que le escribais verdad, porque si no, la

carta que le escribiéredes ha de volver á mis manos, y lo que no fuere

verdad pagareis.

Trujo buena casa y música, la cual ni hasta entonces ni despues ningun

Visorrey la ha traido. Con el Conde vinieron el licenciado Muñatones,

Diego de Vargas Caravajal, el contador Melgosa, á tractar la perpetuidad

de los vecinos y encomiendas, pero no se concluyó cosa alguna.

En el tiempo que gobernó fué amado de todo el reino por su mucha nobleza

y afabilidad, si no fué de algunos pretensores por que no les daba de

comer, no habiendo cosa vaca. Murió al fin de los cuatro años de su

gobierno, teniendo ya nueva que el gobernador Castro venia y estaba en

el reino por subcesor suyo. Su muerte fué de mucha lástima en toda la

ciudad; murió de una apoplejia. No bebia vino, sino agua, y muy fria con

nieve. Es así que el licenciado Alvaro de Torres, médico muy experto,

estando comiendo, le dijo: Vuestra Excelencia no beba tanto y tan frio,

porque si frecuenta esa bebida, dentro de pocos dias morirá de

apoplejia y dejará á todo el reino muy lloroso; hizo burla dello, y

murió en breve. Su hijo don Juan de Velasco se halló presente, y muerto

su padre se vió en la ciudad de Los Reyes uno de los caballeros más

pobres que se ha visto en el; salióle el prognóstico de don García

verdadero.

CAPITULO XXIV

DEL GOBERNADOR CASTRO

Dende á pocos meses de la muerte del nobilísimo conde de Nieva, entró en

la ciudad de Los Reyes, con título de gobernador, el licenciado Lope

García de Castro, del Consejo de Indias, y aunque con título de

gobernador, con todo el poder que traen los Visorreyes; hízosele el

recibimiento que á los Visorreyes se suele hacer. Gobernó poco más de

cinco años, con mucha paz y tranquilidad, y aunque en su tiempo hobo

algunos rumores de motines, y no eran rumores, sino más, con todo eso

los apaciguó sin derramar gota de sangre. Fué gran cristiano y

afabilísimo, y muy amigo de hacer merced á los hijos, nietos y demás

descendientes de los conquistadores, porque como vacase repartimiento

destos tales, no lo habia de quitar á los hijos segundos, nietos ó

tataranietos de los conquistadores, y así lo decia, como lo hizo con don

Juan de Ribera, el viejo (hijo de Nicolás de Ribera), el cual muriendo,

y por su muerte heredando el hijo mayor, Alonso de Ribera, que murió

sin heredero, los indios de la encomienda dió á don Juan de Ribera, hijo

segundo, mandándole se llamase don Juan de Ribera, y no de Avalos, como

se llamaba, porque la memoria de su padre no pereciese, pues los indios

no se los encomendaba por ser Avalos, sino por ser Ribera; y lo mismo

tenia determinado hacer, y la cédula firmada, si muriera el capitan

Diego de Agüero, el mozo, de una enfermedad de que estaba desafuciado,

para dárselos al mayor de sus hijos, porque las dos vidas en él se

concluian, en lo cual mostraba bien el ánimo suyo para con los

conquistadores y sus descendientes. Tuvo algunos émulos en los

pretensores, y no pudo satisfacerlos, porque en el tiempo que gobernó

vacaron muy pocos repartimientos, y no vacando no tenia que encomendar,

por lo cual para entretener, con acuerdo de la Audiencia y del

ilustrísimo Arzobispo y prelados mayores de las Ordenes, instituyó

corregidores en partidos de los indios, que por entonces pareció

convenia; mas dende á poco tiempo se vieron grandes inconvenientes, y no

tantos como agora; señalábales salario repartido por cabezas de los

indios, para los que eran corregidores; no los sacaban de las tasas como

agora se sacan. Por lo cual en nuestro convento de Los Reyes nos

mandaron los prelados, á los que podiamos confesar, no confesásemos á

corregidor, ni que lo hobiese sido, ni lo pretendiese; buscasen otros

confesores; destos corregidores por ventura volveremos á tractar

adelante, y no será muy tarde, cuando tractaremos del gobierno de don

Francisco de Toledo.

En su tiempo despachó á un sobrino suyo, llamado Alvaro de Mendaña,

caballero de 25 años, pocos más, de grandes esperanzas, nobilísimo y de

muy buenas partes, con dos navios y muchos y muy buenos soldados

antiguos y modernos, al descubrimiento de las islas de Salomón, con

título de gobernador y capitan general, y por su maese de campo á Pedro

de Ortega Valencia, hombre de mucho gobierno, á quien, si Alvaro de

Mendaña faltase, le instituia en el mismo cargo; con próspero viaje, en

breve tiempo caminando, ó por mejor decir navegando al Poniente, sin se

apartar de la línea equinoctial más que á doce grados de la una y otra

parte della, descubrió cantidad de islas, todas pobladas, y algunas muy

grandes, y en particular una que, por descubrirla el maese de campo,

natural de Guadalcanal, le puso el nombre de su patria. Esta es muy

grande y pobladísima; la gente es morena, y alguna que come carne

humana; bien dispuesta y valiente; usan arco y flecha, qu'es el arma más

antigua del mundo, y dardos de palma arrojadizos, con los cuales

fácilmente pasan una rodela; los que fueron eran pocos para poblar, y se

habian de dividir, porque en un navio necesariamente habia de volver con

la nueva y relacion de lo descubierto, y en él algunos de los soldados,

y los que quedaban eran pocos para sustentarse; determinaron dar la

vuelta al Perú, donde aportaron. Despues fué Alvaro de Mendaña á España,

hizo relacion de lo que habia visto y descubierto; hízole merced Su

Majestad del Adelantamiento dellas, y dióle cédulas y recados para que

el Visorrey le diese lo necesario.

Vino con ellos á tiempo que gobernaba don Francisco de Toledo, el cual

dilató el cumplimiento de las cédulas. Lo mismo hicieron sus sucesores,

hasta que don García de Mendoza las cumplió, el cual, partiendo del

puerto del Callao con dos navios y una fusta para correr la costa y

reconocer los puertos, con su mujer y la gente que pudo juntar y le

pareció bastante para su intento; el piloto que llevaban no era tan

experto como el primero, erraron la derrota, aunque dieron en otras

islas pobladas, creo mucho más adelante de las que descubrió primero,

por lo cual, ó por no sé qué ocasion, su maese de campo, Fulano Merino,

se le quiso amotinar con parte de los soldados, de quien hizo justicia,

y de los más culpados. Pero dende á poco murió el pobre caballero, y su

mujer, con parte de la gente, aportó á las islas de Manila, adonde se

casó segunda vez con un hermano del gobernador de aquella isla, y dió la

vuelta para este reino, y desta suerte se desbarató y perdió aquella

jornada. Vi una carta en que decia les habia Nuestro Señor ofrecido muy

buena y gran ocasion para que tuviera buen fin este viaje, pero no la

supieron conocer, porque no llevaba capitanes expertos, y por eso la

perdieron; algunos de los soldados que fueron, han vuelto pocos; no los

he visto para informarme de lo sucedido; otros lo escribirán.

Un año antes ó poco más, en la ciudad del Cuzco so tractó una rebelion

contra la Majestad Real, por un soldado llamado Fulano de Tordoya,

emparentado en el Cuzco, el cual, no se atreviendo ponerla en ejecucion,

se salió de la cibdad y con sus valedores, unos por una parte y otros

por otra, en número más de 130 se fueron á una provincia llamada de los

Chunchos, indios de guerra, adonde en alguna manera se hicieron fuertes,

teniendo tractado con un Fulano Galvan, que residia en la provincia de

Chucuito, valenton, que habia de ser maese de campo, que juntase los más

soldados que pudiese en aquella provincia y otras comarcanas al Cuzco y

avisase al Tordoya, con quien se comunicaba, de la gente que tenia

persuadida á la rebelion, y entonces Tordoya con los suyos habia de

salir, y juntándose con Galvan tiranizar la tierra.

Descubrióse este tracto y llegó la nueva[10] á la ciudad del Cuzco, de

donde por la posta salió el capitan Sotelo, vecino de aquella ciudad, á

dar favor á Diego de Galdo, corregidor que á la sazon era de la

provincia de Chucuito, donde Galvan solicitaba traidores; el cual

capitan Sotelo cuando llegó, ya el corregidor Diego de Galdo habia hecho

cuartos á Galvan y puesto la cabeza en el rollo de Chucuito, y hecho

justicia de algunos traidorcillos que halló culpados, á cuyo castigo

salieron tambien el corregidor con los vecinos de la ciudad de Arequipa,

que dista del pueblo de Chucuito cuarenta leguas, poco más. El capitan

Sotelo tenia comision, desde el Cuzco para adelante, del gobernador

Castro, hasta la provincia de Chucuito, para cognocer de semejantes

delitos y castigar los culpados; mas como halló hecho el castigo,

componiendo algunas cosas se volvió á su casa.

[10] Tachado: _á la Audiencia de los Charcas y á la ciudad del

Cuzco_.

Sabido por el Presidente de la ciudad de La Plata, licenciado Juan

Ramirez de Quiñones, y Oidores, despacharon al licenciado Recalde, Oidor

de aquella Real Audiencia, con poderes bastantes para cognocer y hacer

justicia y lo demás necesario; el cual, llegando á la provincia de

Chucuito, y poniéndose lo más cerca que pudo de la provincia de los

Chunchos, donde estaba Tordoya con sus secuaces, los curacas de los

indios Chunchos le enviaron sus mensajeros á decir qué queria que

hiciesen de aquellos españoles que allí se habian recogido; les

respondió que los matasen todos; lo cual los indios hicieron de muy

buena gana, porque ninguno dellos jamás salió de aquella provincia.

Proveyó Su Majestad por Visorrey destos reinos á don Francisco de

Toledo, el cual, llegando á la ciudad de Los Reyes, tomó residencia al

gobernador Castro, contra quien no halló en qué condenarle, porque Su

Majestad le mandaba que, dada la residencia, subiese á visitar el

Audiencia de la ciudad de La Plata, subió á visitarla, lo cual hizo con

toda la rectitud y cristiandad posible; yo me hallé entonces en aquella

ciudad; á unos privó, á otros condemnó, á otros de los Oidores

suspendió. Contra quien no halló querella ni otra cosa fué el fiscal, el

licenciado Rabanal, que hacia su oficio muy cristianamente. Hecha esta

visita volvió á la ciudad de Los Reyes, y dende á España con próspero

viaje, donde dentro de pocos meses murió (dicen) Presidente del Consejo

de Indias, loablemente.

CAPITULO XXV

DEL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO

Sucedió (como acabamos de decir) al humanísimo gobernador Castro don

Francisco de Toledo, caballero del hábito de Alcántara, de bonísimo y

delicado entendimiento; fué recibido en Los Reyes con la solemnidad

acostumbrada. Luego dentro de pocos meses procuró reformar algunas cosas

en la ciudad dignas de reformación, de servicio de Dios Nuestro Señor,

que fueron ciertos públicos amancebamientos, los cuales reformados, y

aun castigados, y acabada la residencia del gobernador Castro, en la

cual tuvo poco que entretenerse, salió á visitar todo el reino, como

traia órden de Su Majestad para ello, cosa necesarísima para todo el

reino, de Lima hasta Potosí, que es lo principal, y siendo informado, y

viéndolo en muchas partes por vista de ojos, cuán derramados vivian los

indios en poblezuelos pequeños, si no eran los del Collao, que éstos

tenian sus pueblos grandes y formados, y aun aquí se redujeron no pocos

que habia en la Puna, ó Xalca (Puna ó Xalca llamamos á la tierra fria

donde se cria el ganado), mandó hacer esta reducción, de muchos años por

los sacerdotes deseada; obra de mucho trabajo, por la dificultad que en

los indios se halló para dejar sus casillas donde sus antepasados habian

vivido, pero de gran bien para la instrucción de los naturales en la

doctrina cristiana, porque antes pueblos que hora son de trescientos

vecinos y cuatrocientos, y más, estaban divididos en más de diez y doce

poblezuelos, en circuito de más de tres leguas; por lo cual el sacerdote

vivia en perpétuo movimiento, fuera de que, como en esta miserable gente

ha entrado tan mal la fe y ley evangélica, volvíanse fácilmente á sus

idolatrias y ritos antiguos. Agora, viviendo el sacerdote con ellos y

ellos con el sacerdote, evítanse grandes inconvenientes, y acúdese á las

confesiones y administración de sacramentos con mucha facilidad. Tasó de

nuevo la tierra, y en muchas partes, por hallar multiplicados los

indios, ó por ser la tierra más rica, subió los tributos. Pocos, creo,

rebajó; á la provincia de Chucuito (como habemos dicho) lo que va á

decir: de 36.000 pesos ensayados á 102.000, en lo cual si acertó ó erró,

Nuestro Señor lo ha ya juzgado. En las tasas señaló el salario á los

sacerdotes, á los corregidores de los partidos, porque antes pagábanlo

los indios fuera de la tasa, y al curaca principal; luego al

encomendero. Las más de las tasas redujo casi á plata, quitando no

pagasen los indios tributos en cosas que en sus tierras tenian, conforme

á las cédulas de Su Majestad hasta entonces usadas y guardadas; por lo

cual la tierra ha venido á carecer de las menudencias que antes andaban

rodando.

La tierra _estaba_ más harta, y las casas de los vecinos más abundantes

y llenas, y los indios con menos trabajo pagaban sus tributos, porque

como parte fuese en plata, parte en ropa, parte en trigo, maíz, sogas,

alpargates, gallinas, huevos, cebones, etc., si no era la plata, lo

demás tenian en su tierra sin salir della; agora en las partes donde las

redujo á plata, han de salir los miserables á buscarla á otras partes, á

donde no pueden ayudarse de sus mujeres, y así las dejan, y hijos, y

unos se mueren, otros se quedan, otros se meten en valles apartados de

su natural, donde ojalá y no se casen otra vez; y con estos y otros

inconvenientes, los más de los pueblos padecen detrimento, lo cual

experimentamos con evidencia, porque en pueblos de 1.000 vecinos

tributarios no se juntan á la doctrina, los domingos y dias para ellos

forzosos, 250, y al respecto en lo demás. Allégase á esto para que

acudan menos los tractos y contractos de los corregidores, que ocupan

los indios enviándolos lejos de sus tierras, particularmente los del

Collao, por trigo é maíz, más de treinta y cuarenta leguas, y por vino á

la ciudad de Arequipa y á otras tierras de los Llanos, adonde corren

riesgo de salud; por lo cual lo que se pensó que poner los corregidores

habia de ser para bien de los naturales y para librarlos de las tiranias

de los curacas, y malos tractamientos de algunos españoles, y para el

augmento de sus haciendas, es la total destruicion de las haciendas de

los indios, y mayor cuando se les ponen administradores, como los más

los tienen, y para diminucion de los naturales.

Descripción colonial, libro segundo (2/2) · 第 5 / 19 段