indios, no tantos como el primer dia, diciendo: ¡Omagua, Omagua! muchas
veces. El capitan y los demás ¿qué pensaron? que el descubrimiento que
buscaban se llamaba Omagua, donde los arroyos manaban oro, y no les
querian decir sino: abajo, abajo, como si les dijeran: no pareis aquí,
pasa adelante. El desdichado Pedro de Ursúa, habiendo de parar donde los
indios le salieron á defender salir á tierra, y enviar á descubrirla,
sus pecados que le cegaron, siguió el rio abajo, más de otras 200 leguas
de aquí, donde no vian indio en la costa ni barranca, y la vuelta al
Perú más imposible. Los soldados ya murmuraban del capitan, y
principalmente por la mujer que llevaba, de suerte que los tres, don
Fernando, Lope de Aguirre, Juan Alonso, se concertaron de matar á su
capitan Pedro de Ursúa y á la pobre mujer, y como lo concertaron así lo
hicieron; llegan todos tres, no creyendo Pedro de Ursúa sino que le
querian hablar como otras veces, dánle de puñaladas y mátanle, y luego
matan á la desventurada señora, que ni lágrimas, ni lástimas, ni su
hermosura le aprovechó para librarse destos malos hombres. Luego tocan
arma y levantan por rey á don Fernando; júranle por tal todos, más de
temor que de amor. Luego se les reviste el demonio en el cuerpo á estos
sacrílegos demonios (nómbrolos así por lo que luego diré) y
principalmente á Lope de Aguirre, y conjurado, era esto de mañana,
llaman al padre Henao, hácenle decir misa en una ramada en tierra, y
mándanle consagre dos hostias, que consuma la una y deje la otra. El
pobre y pusilánime sacerdote hízolo así; dice misa, consagró dos
hostias, consumió la una, dejó la otra sobre los corporales en el ara;
acabada, llegase Juan Alonso (si no me acuerdo mal, éste fué, á lo que
me dijeron): toma la hostia con sus sacrílegas manos, consagrada; hácela
tres partes ¡oh, Señor! y cuánta es vuestra misericordia y paciencia;
es misericordia y paciencia de Dios, pues allí no se abrió la tierra y
vivo tragó á este más que sacrílego demonio; da la una á don Fernando,
otra á Lope de Aguirre y toma él la otra, y allí se conjuraron de no ir
ni venir el uno contra el otro, ni el otro contra el otro, y en señal
partian la hostia; invencion de más que demonios. Los demás soldados
estaban atónitos y fuera de sí viendo una maldad, un sacrilegio jamás
oído; empero Nuestro Señor, que no deja sin castigo semejantes
impiedades, dentro de pocos dias ya el Lope de Aguirre tenia muertos á
puñaladas á los dos, al negro rey y á Juan Alonso, que si no me engaño
era nombrado maese de campo, y el Aguirre coronel, ó al revés; poco va
en esto: Lope de Aguirre volvióse la bestia y tirano más cruel que ha
habido en nuestros tiempos, ni en pasados, y lo que más admira, que con
abominar los soldados aquellas impiedades, le temian tanto que no se
atrevian ni á mirarle; mató á muchos: si se reian, los mataba; si
estaban tristes, los mataba; si se juntaban, los mataba; si se paseaba
uno solo, le mataba; no se ha visto ni leido semejante ánimo de demonio.
Parte, pues, de donde cometieron esta más que impia maldad, su rio abajo
(el temple todo desde que se echaron al agua hasta desembocar en la mar
del Norte, calidísimo) y ya cerca de la mar dieron en muchas islas
pobladas de indios desnudos, de las costumbres Chiriguanas; las casas
como las tenemos dichas ser las de los Chiriguanas; duermen en hamacas,
gente desnuda y bestial; adonde ocupaba á los soldados que deshiciesen
las hamacas y destruyesen para aderezar los bergantines, y la cabuya
sirviese de estopa, porque su intencion era en desembocando procurar
volver al Perú. Allí se rehizo lo mejor que pudo; comida no les faltaba
de la que tenian los indios, y mucho pescado y marisco, y entre los
peces unos que llamaron roncadores, porque en pescándolos roncaban como
un hombre cuando duerme, grandes y sabrosos. Vino á desembocar por el
rio en la mar del Norte, llamada la Burburata, donde dicen tiene ochenta
leguas de boca; es el mayor del mundo. De allí vino á la Gobernacion de
Venezuela, y saltando en tierra, persuadia con oraciones, como un
Ciceron, no le dejasen hasta que sus ojos viesen al Perú y sus pies
hollasen aquella tierra, donde los pensaba hacer señores della;
llamábalos mis marañones, porque se tenia por desgraciado morir en otra
parte, y más en aquella miserable y pobre Gobernacion. El desventurado
bien conocia que, vista la suya, todos los soldados se le habian de
huir. Aquí mató uno, si no fueron dos religiosos nuestros, porque
persuadian á los soldados les dejasen, pero de temor hasta que vieron el
estandarte Real no lo hicieron; llegó la voz al gobernador; juntó gente;
vino contra este peor que demonio; los que con él venian, visto el
estandarte Real, luego todos le desampararon; pero era tanto el temor
que le tenian, que ni los que con él vinieron, ni los de la tierra le
osaron llegar á prender, si no de fuera le arcabuceban á un hombre solo,
cojo, con una partesana en las manos, el cual viendo su perdicion, llega
á su hija y dala de puñaladas, diciendo: No te han de llamar hija de
traidor. Luego diéronle un arcabuzazo y dijo: Este no: pero al segundo,
diciendo: Este sí, cayó muerto el más que miserable, muriendo como un
gentil y que no tuviera conocimiento de Dios. Decia: Yo bien sé que me
tengo de condemnar, pero en el infierno no tengo yo de estar con la
gente bahuna, sino con Alejandro Magno, con Julio César, con Pompeyo y
otros príncipes del mundo: puede ser que se halle con otros más infames
pecadores que éstos, y sus tormentos sean mayores, por tener
conocimiento de Dios más que aquellos gentiles, y ser cristiano, y sin
puede ser lo podemos decir, porque un hombre sacrílego como éste, y que
murió impenitente, habiendo hecho tantas crueldades y muerto dos
sacerdotes ¿por qué lo habemos de poner en puede ser? Desta manera acabó
este impiísimo tirano, que quien le conoció en este reino é oyó decir
las maldades que hizo, se admirará. Todos los que con él fueron tambien
perecieron, unos en unas partes, otros en otras; en este reino tres vi,
los cuales en diferentes tiempos informándome de lo que habia pasado, me
refirieron en suma todo este suceso. No tracto de las cartas que dicen
escrebia á Su Majestad del Rey nuestro señor; algunas vi en pedazos,
llenas de mil disparates, aunque daba algun poco de gusto leerlas, por
solo ver el frasis, que no sé quién se lo enseñó. Su Majestad mandó que
á todos los que con él llegaron á la Venezuela y la Burburata, las
justicias hiciesen castigo en ellos; mas los que lo olieron no se
descubrian á todos. Tambien mandó aprestar dos navios, en que envio á
descubrir el estrecho de Magallanes, en uno al capitan Ladrillero,
vecino de La Paz, á quien subjectó el otro navio; capitan un maestresala
suyo, llamado el capitan Cáceres. Salieron del Callao; el capitan
Cáceres, no pudiendo sufrir los temporales de Chile, arribó á
Valparaiso. El capitan Ladrillero pasó más adelante, pero no entró en el
Estrecho, y si entró, por ser el tiempo de nieves, habiéndosele muerto
marineros y soldados, volvió al puerto de la Concepcion, donde una
negra, viendo la tierra y puerto, de alegría se quedó muerta, y sin
hacer ningun efecto cesó este descubrimiento.
CAPITULO XVIII
EL MARQUÉS MANDÓ TRAER Á LOS REYES LOS CUERPOS DE LOS INGAS
Cuando aquel más que impio tirano Lope de Aguirre tractaba de crueldades
y de hacer grandes ofensas contra Nuestro Señor, el marqués de Cañete
tractaba de componer la tierra, y quitar á los naturales cualquier
ocasion del deservicio de Dios Nuestro Señor; por lo cual, sabiendo que
en el Cuzco los indios tenian en mucha veneracion y como por dioses
suyos, á quien adoraban y reverenciaban, los cuerpos de Guaina Capac y
de otros Ingas que fueron señores destos reinos, mandó los sacasen de su
lugar y los trujesen á Los Reyes para quitar esta ocasion á los indios y
darles á entender no eran más que cuerpos muertos; hízose así y
trujéronlos á Los Reyes, enteros, sin corrupcion. Tienen estos indios
sus yerbas, que antiguamente en su infielidad á los cuerpos de los
señores aplicaban, con las cuales no se corrompian, como si los
embalsamaran. Mandó, pues, los pusiesen en el hospital de los españoles,
en un aposento donde ningun indio los viese. Despues desto, sabiendo
tambien que en los Andes, que son unas montañas muy calurosas y
lluviosas, á las espaldas de Guamanga, y no lejos della, se habia
retirado un Inga, y allí vivia con otros Ingas en unos valles asaz
cálidos, procuró reducirlo y sacarlo y hacerle merced, por lo cual envió
á dos religiosos nuestros, el uno llamado fray Melchior de los Reyes,
hombre docto, gran cristiano, y que todo el tiempo desde que llegó á
este reino se ocupó en predicar el Evangelio á estos indios, gran lengua
y de muchas y buenas partes, y con él fué otro religioso nuestro llamado
fray Pedro de Arrona, hombre esencial y buen fraile: juntamente con un
vecino del Cuzco llamado Betanzos entraron en los Andes, hablaron á el
Inga, que lo reverenciaban los demás que allí vivian, y servian con las
mismas ceremonias que en tiempos antiguos en estos reinos; descendia de
los Ingas, señores desta tierra; persuadiéronle saliese con todos los
demás, que el Marqués les enviaba á este efecto, con protestacion de le
hacer muchas mercedes en nombre de Su Majestad: finalmente, tanto
pudieron con él y con algunos de sus capitanes, que le persuadieron á
que saliese. Otros Ingas le persuadian lo contrario, y éstos no
quisieron salir, dando allá sus excusas, no muy fuera de razon;
finalmente, el Inga salió, vino á la ciudad de Los Reyes; trujéronle
los indios en unas andas guarnecidas con plata. El Marqués le recibió
muy alegre y afablemente, prometióle mucha merced en nombre de Su
Majestad si se volvia cristiano y se quedaba en la tierra; mirase lo que
más le convenia, y si se queria volver, libremente se volviese; dióle de
su hacienda algunas preseas buenas y el Inga determinó quedarse y
baptizarse, aunque no se baptizó en Los Reyes. Esto asentado, con órden
del Marqués volvió al Cuzco, donde se baptizó y casó con una deuda suya,
en grado para los indios no prohibido, y dispensado por la Sede
Apostólica, llamada la Coya, que quiere decir la Emperadora dona Maria,
mujer de no mal parecer y de buen entendimiento; hízole el Marqués
merced, en nombre de Su Majestad, de 12.000 pesos de renta perpétuos en
indios.
Tuvo una hija, llamada doña Beatriz, heredera, porque no tuvo hijo
varon, á la cual criaron, muerto el padre (no vivió muchos años despues
desto), en casa de un vecino principal donde la enseñaron toda buena
policia y costumbres con las demás cosas que se suelen enseñar á las
mujeres generosas; la cual casó despues el Visorrey don Francisco de
Toledo con el comendador Martin García de Loyola, como despues diremos.
La madre, digamos la Coya, así la llaman los Ingas que se quedaron en
los Andes y en aquellos valles, luego levantaron por cabeza á otro Inga
de la casa destos señores, pariente más propincuo; de los cuales,
tractando de don Francisco de Toledo, y _lo_ sucedido en su tiempo,
habremos de volver á tractar dellos.
CAPITULO XIX
EL MARQUÉS SE MOSTRÓ GRAN REPUBLICANO
En todo el tiempo que el generosísimo Marqués gobernó, se mostró gran
republicano, y quien lo es merece nombre de padre de la patria, y el que
no mira por el bien de la república no merece el nombre de padre della,
y en una de las cosas en que el buen príncipe se muestra ser padre de la
patria, es en traer siempre delante de los ojos lo que los filósofos
antiguos con lumbre natural alcanzaron, que el príncipe es por el reino,
y no el reino por el príncipe; de donde luego el buen príncipe, con
todas sus fuerzas procura la conservacion de su república y augmento
della; que se guarde justicia y se haga que los vasallos sean ricos y
prósperos, y otras cosas que ni deste lugar ni tiempo es agora
tractarlas.
Todo esto pretendia el buen Marqués y en esto se desvelaba.
Sabiendo que en este reino habia rios, y muy grandes, donde perecian á
los iviernos algunos indios y españoles, mandó hacer puentes y se
hicieron: la de Lima; en el rio del valle de Jauja, dos; en el de
Abancay, otra; en los dos rios que hay de la ciudad de La Plata á
Potosí, en cada uno la suya, y si viviera, la del rio Grande de
Chunguri, como habemos dicho, la acabara, y la de Apurima.
Los caminos bien aderezados, los tambos bien proveidos lo fueron,
pagando á los indios comidas y trabajo. La justicia siempre estuvo en su
punto, y los indios muy favorecidos y amparados. Pretendia que todos los
que viviesen en estos reinos fuesen ricos; los nobles como nobles y los
labradores como tales, y si alguno por su suerte buena alcanzaba á ser
rico, dándosela Dios, San Pedro se la bendijese (como dicen), y por esto
muchas veces entre semana iba á las huertas de los hombres pobres, que
en contorno de la ciudad tenian, animábalos á que plantasen, trabajasen;
preguntábales qué fructa buena tenian, y decíales le enviasen della, y
el servicio, y si era necesario más, que les favoreceria: porque no
siendo, como no era, hombre de letras, Nuestro Señor le dió un
entendimiento acendrado, con el cual alcanzaba que la proporcion que hay
de los miembros á la cabeza esa hay de los vasallos al Rey. Entonces el
Rey es poderoso, rico y temido, cuando los vasallos son ricos; entonces
se defiende y ofende; ofende digo á quien le quiere ofender, y
fácilmente le conquista. Entonces el brazo defiende bien la cabeza y
sufre el golpe que sobre ella viene, cuando es recio y sano; el manco no
tiene fuerza, no se puede levantar, y siendo esto así, ¿cómo defenderá
la cabeza? Los vasallos ricos muy bien defienden el reino; al reino
pobre, como no tenga fuerzas para defenderse, cualquiera un poco más
poderoso se lo atreve, y fácilmente lo conquista. Por eso, el otro, para
conquistar cierta fuerza, ó cibdad, pedia dinero y más dinero.
Un año, habiendo mucha falta de trigo, llamó á los vecinos que lo tenian
sobrado; persuadíalos lo trajesen á la plaza, y moderasen el precio;
hízoseles de mal; tomó cantidad de plata, envióla en barcos grandes por
los valles; trujo bastante trigo; socorrió á su cibdad; hizo alhóndiga,
y los vecinos quedáronse con su trigo comido de gorgojo, por no hacer lo
que el justísimo Marqués les mandaba y aconsejaba, y perdieron, de lo
que pensaron ganar, no poca plata.
Saliéndose á pasear un dia de trabajo, volviendo para palacio, en la
plaza vió á un espadero, llamado Mendoza, que con un jubon de raso
carmesí, y carzas de terciopelo carmesí aforradas en los mismos, estaba
acicalando una espada; paró el caballo, y díjole: Buen hombre, ese
vestido más es para los domingos y fiestas que para entre semana; por mi
vida que lo guardéis para entonces; en algo nos habemos de diferenciar
en estos dias; y luego, volviendo la cabeza á un criado llamado
Parrilla, díjole: De aquel paño pardo que me envió la marquesa, dad á
este buen hombre para que haga un vestido con que entre semana trabaje,
y pues la marquesa (dice al espadero) me lo envió para que yo hiciese un
vestido, bien podéis vos vestiros dél. El espadero estaba en pie, su
gorra quitada; besóle las manos diciendo haria lo mandado por Su
Excelencia; luego, preguntábale: ¿Cómo os llamáis? respondió: Mendoza;
dijo el Marqués: ¿Mendoza? parientes somos, y volviéndose á sus criados
mandóles diciendo: Todas vuestras armas traérselas á Mendoza como las
habeis de llevar á otro; es mi pariente; habémosle de ayudar todos.
Fué amicísimo de que todo el reino viviese en servicio de nuestro Señor,
y así casó muchas mujeres principales, y no principales, principalmente
de las que venian con el Adelantado Alderete, que traia muchas. Mis
padres vivian en Quito, y allí les casó dos hijas, y todos los
casamientos subcedieron bien; solo uno salió avieso. Entre estas señoras
venia una llamada doña Graciana, mujer principal, discreta, no muy
hermosa, pero gallarda. Casóla con un vecino del Cuzco, rico, llamado
Villalobos; allá en el Cuzco no sé que desabrimiento tuvieron; el vecino
era mal acondicionado, ella mal sufrida; el desabrimiento no fué por
cosa que doña Graciana no debiese hacer conforme á su calidad; no fué
cosa que tocase á honra, y el demonio, que no duerme, el Villalobos
dióla de puñaladas; la justicia prendióle y encubóle, y perdió la vida
con este ejemplar castigo; desto no tuvo la culpa el buen Marqués, sino
los pecados del Villalobos; esto me pareció no dejar en olvido, cosa
rara y que en reinos más extendidos subcede pocas veces.
Los vecinos que tenian hijos diéronselos para que le sirviesen, á los
cuales en su casa les enseñaban toda buena crianza y policia, y les daba
estudio dentro de palacio; algunas veces comiendo tomaba un plato y
llamaba al que le parecia y decíale: Ve á tu madre y dile que, por que
me sabia bien esto, por amor de mí lo coma. Partia el paje; llamábalo y
preguntábale: ¿qué te dije? Señor, respondia, esto, y esto; decíale: Mas
mira que cuando entres delante de tu madre le has de hacer la reverencia
con el pie izquierdo; con el derecho á Dios y á sus imágines; y cuando
volvia preguntábale cómo la halló, cómo hizo la reverencia.
Parecerá esto cosas muy menudas y no dignas de un Visorrey del Perú, que
es lo mejor que Su Majestad tiene que proveer; no es sino muy esencial,
porque la crianza de los muchachos conviene mucho les sea enseñada, y
mejor la toman del señor que del maestresala, y más le temen. Dia de la
Asumpcion de Nuestra Señora, habiéndose de hacer fiestas en la plaza, de
toros y cañas, se dijo en el pueblo, sin saber de dónde, ni cómo habia
salido: El Emperador es muerto. Viniendo de misa de la iglesia mayor,
despues de comer, el mayordomo mayor le dijo: Señor, esto se tracta en
el pueblo, que el Emperador es muerto; Vuestra Excelencia, aunque no sea
sino por esta nueva, mande no haya hoy fiesta. Sintió la nueva el
Marqués, porque el Emperador le tenia en mucho y dél hacia mucho caso;
en diciéndoselo, dice: bien decís; avisa á los alcaldes deshagan las
barreras, y si así es, yo no soy Virrey del Perú. Fué así, que aquel dia
ya era enterrado el Emperador, de gloriosa memoria, y Su Majestad del
Rey nuestro señor habia proveido por Visorrey destos reinos á don Diego
de Acevedo, aunque no llegó asá, por morir en Sevilla. Tardó la nueva
cierta más de seis meses; llegada, mandó se hiciesen las honras del
Emperador con mucha solemnidad; hiciéronse en la iglesia mayor; salió
todo el pueblo del monasterio de Nuestra Señora de las Mercedes, los más
principales llevando las insignias. Otro domingo adelante se hicieron
las fiestas del nuevo rey con mucha solemnidad, y el Marqués tomó la
posesion por Su Majestad deste reino; juróse con la solemnidad
acostumbrada, batióse moneda, y derramóse cantidad della, así en la
iglesia mayor como en la plaza, con gran alegría de todo el pueblo.
CAPITULO XX
DE LA MUERTE DEL MARQUÉS
Cuatro años habia, poco más, que gobernaba el Marqués, padre de la
patria, siendo amado y tenido de los buenos y de los malos, cuando
Nuestro Señor fué servido llevarle para sí, recibidos devotísimamente
todos los Sacramentos, que muchas veces frecuentaba, sabida ya la venida
del conde de Nieva por Visorrey destos reinos, proveido luego que murió
don Diego de Acevedo. El dia de su muerte fué muy triste para la cibdad
de Los Reyes, y para todo el reino; fué llorado de todos y en particular
de los pobres. Enterróse en el convento del seráfico San Francisco, de
donde, sacados sus huesos, fueron llevados á España por el padre fray
Juan de Aguilera, comisario de aquella Orden en estos reinos.
Era hombre de mediana estatura, más grande que pequeño, espaldudo, y de
miembros fornido, de gran ánimo y generoso; nada amigo de derramar
sangre, empero que se hiciese justicia; amigo de los hombres animosos.
No se espantaba de que hobiese algunas pendencias, porque es imposible
menos. Sucedió lo que diré: Acabando de comer (no dormía la siesta, sino
por maravilla), salíase á pasear á una sala cuya ventana en la esquina
salia á la plaza; cuando á ella llegaba, sacaba el cuerpo fuera y miraba
si habia algo en ella; á una vuelta, mirando la plaza, vió que se
encontraron dos caballeros de Jerez, enemistados, ó escogieron aquel
lugar para reñir á tiempo que en ella no pareciese nadie; echaron mano á
sus espadas don Yelmo de Gallegoso y el capitan Patiño, y comenzaron á
reñir con gentil donaire y ánimo. El Marqués recostóse sobre el pretil
de la ventana mirando cómo reñian, en lo cual tardaron buen rato sin que
la justicia ni hombre acudiese á meterles en paz; hiriéronse ambos y
mal; acude la justicia, préndelos; entonces el Marqués mandó al paje de
guardia que vaya alcalde y le diga de su parte no los lleve á la cárcel,
sino á cada uno les dé la posada por tal, que aquella causa tomaba para
sí; y luego envíales á cada uno una barra de plata diciéndoles les ha
visto reñir desde el principio, y se habia holgado, y lo habian hecho
como muy buenos caballeros; se curasen y recibiesen cada uno su barra
para pollos, y sanos, tractaria de las amistades. Los heridos besáronle
las manos, y que Su Excelencia hiciese dellos lo que fuese servido.
Sanaron, hízoles amigos; don Yelmo siguió su viaje á España; el otro se
quedó acá en el reino. Hacia burla de cosas de alzamientos y rebeliones,
de lo cual otros han hecho gran descargo de servicios á Su Majestad.
Hobo en Los Reyes cierto rumor de alzamiento; salíase á pasear una y dos
veces cada semana, y las fiestas y domingos íbase por las chácaras, y á
los que le acompañaban mandaba se quedasen, y con un solo paje se iba
buen trecho solo. Su mayordomo mayor decíale: Señor, ¿cómo se va
Vuestra Excelencia solo sabiendo lo que se ruje en la ciudad?
Respondióle diciendo: Por eso me aparto solo, para ver el ánimo destos.
Pues esta gente, ¿se ha de atrever á eso? Sucedió así que de la cibdad
del Cuzco le enviaron un soldado, con informacion no muy bastante, sino
de indicios leves, que se queria alzar ó tractaba dello, para que el
Visorrey le mandase castigar. En una visita de cárcel (no perdió
ninguna), salió el pobre soldado aherrojado, y leida en breve la causa
de su prision, llamóle y díjole: ¿Vos os queríades alzar con el Cuzco?
el miserable, temblando, respondió: No, señor; ¿quién soy yo ni qué
calidad tengo para eso? Enemigos que en el Cuzco tengo me han impuesto
ese testimonio. El Marqués llama al alcaide (el pobre ya pensó estaba
ahorcado), y dícele: Quitad las prisiones á ese hombre; y al hombre
dícele: Andad, id luego derecho al Cuzco, y alzáosme con aquella ciudad;
si no, por vida de la marquesa, que tras vos envio para que si no lo
hiciérades os hagan cuartos. ¿Cada chirrichote se ha de alzar contra la
Majestad del Emperador y rey nuestro señor? El otro, en saliendo de la
cárcel, no pareció más ni fué al Cuzco; bien sabia el magnánimo Marqués
que no habia de ir aquel miserable al Cuzco.
En manos de otro cayera, que por lo menos fuera á remar á las galeras.
CAPITULO XXI
DE LAS VIRTUDES DEL MARQUÉS
En tiempo que vivió en estos reinos fué castísimo y muy amigo que todos
los de su casa, como es justo, lo fuesen, y mirando por esto y por el
buen ejemplo que están obligados á dar los que gobiernan. Diré lo que
dijo el padre Molina. Este padre Molina se consagró á servir á los
españoles en el hospital llamado San Andrés: en él era capellan,
mayordomo, y toda la casa quien la gobernaba, y todas las haciendas. El
piadosísimo Marqués acudia á hacerle muy crecidas limosnas, porque le
dió más de 30.000 pesos de su hacienda; el padre Molina venia de noche á
tractar con el Marqués las necesidades del hospital, y como de clérigo,
los vestidos eran largos; díjole el Marqués: Padre Molina, ya sabeis que
para vos no hay puerta cerrada, ni hora ocupada; no vengais más de
noche; traeis esas faldas largas; algun malicioso pensará sois mujer;
mirad que en público y en secreto somos obligados á dar buen ejemplo.
Como se preciaba tanto de ser padre de pobres, fuera de las limosnas
hechas al hospital de los españoles, y aun al de los indios y al
convento de San Francisco, hizo otras en particular, no pocas, pero
destas referiré dos ó tres. Un buen hombre vino de México, casado y
pobre; entró á pedirle limosna (para los pobres no habia puerta
cerrada); mandólole dar una barra; las limosnas luego se daban sin
réplica ni libramiento, porque luego mandaba á su mayordomo y mandábale
diciendo: Dad tanto á este buen hombre; luego era cumplido. El buen
hombre, muy contento con su barra, antes que saliese de la sala, tornólo
á llamar el piadoso Marqués y dícele: Buen hombre, ¿sois casado?
respóndele: Sí, señor, y traigo mi mujer é hijos; dice al mayordomo:
Montoya, dadle otra barra; no tiene para zapatos; y luego pregúntale:
¿Tenéis oficio? y respondióle: Sí, señor; sé mucho de labranza y
crianza; el buen Marqués dícele: Mucho me alegro de eso, porque agora
mando poblar un pueblo 22 leguas desta ciudad, de muy fértil suelo; ídos
allá con vuestra mujer é hijos; yo os daré una carta para el capitan
Zurbano; allí os dará solar para casa, tierras para pan y para viñas;
hacedme allí una heredad muy buena para vos y para vuestros hijos, y
cuando tuviéredes necesidad, no vengais acá, sino escribídmela, yo os la
remediaré. Con esto se fué el hombre muy contento, y de aquí á Cañete.
Levantábase muy de mañana, y sólo con un paje de guardia se iba al rio
arriba, rezando en unas Horas; prosiguiendo su camino oyó lloros como de
mujer que se estaba acuitando, porque una sola negra que tenia, con que
amasaba un poco de pan, y lo sacaba á la plaza, y desto se sustentaba
trabajosamente, se le habia muerto aquella mañana. El pientísimo Marqués
¿qué pensó, cuando oyó los gemidos y voces? que la hacian alguna fuerza;
alargó el paso y púsose á la puerta para oir lo que pasaba, y como
entendió á la mujer que se lamentaba y la causa, diciendo: ¡Ay! cuitada
de mí, que sola una negra que tenia, que me ayudaba á pasar mi trabajo,
me ha llevado Dios; ¿qué tengo de hacer, miserable? y otras cuitas que
las mujeres pobres en semejantes trances suelen hacer. Luego el padre de
pobres y buen Marqués da la vuelta y con el paje que le acompañaba le
envió una barra de plata de 250 pesos ensayados (entonces aun no valian
tanto los negros bozales), diciéndola no se afligiese más, y que con
aquella barra comprase otra negra y supliese su necesidad, y con las
demás acudiese, que se las remediaria. Desta manera favorecia á los
pobres y les hacia bien y mercedes y limosnas.
Otras muchas limosnas hizo á caballeros pobres y á personas necesitadas,
que seria largo de contar, y nuestro intento no lo permite; pero
decillas en breve, pídelo; finalmente de su hacienda dió de limosnas
pasados de 80.000 pesos, por lo cual su hijo, don García de Mendoza,
bajando de Chile, bien pobre, hallando muerto á su padre y en el
gobierno al conde de Nieva, que consigo trujo á don Juan de Velasco su
hijo, estando juntos los dos, don Juan de Velasco dijo á don García de
Mendoza, como por baldón y mofando: ¿Qué hizo su padre de vuestra merced
en este reino? al cual con mucha prudencia respondió don García de
Mendoza: Un monasterio de San Francisco, donde se enterró, y un hospital
de españoles, donde como á pobre me den de comer; y guárdele Dios á
vuestra merced no muera su padre en el Perú, y vuestra merced entonces
se halle en él, porque se verá uno de los más desventurados caballeros
del mundo. Parece le fué profeta, porque se vió paupérrimo y con suma
pobreza, y esto allí le vimos y tractamos.
En su tiempo los mercaderes de la ciudad de Los Reyes, juntándose,
tractaron de pedir limosna para los pobres de la cárcel, que se iban
multiplicando, no con título de cofradia, sino por via de caridad;
despues se constituyó cofradia y creció como habemos dicho.