hasta que fué desbaratado en Pucara, como dijimos; pero viéndose
perdidos y sin cabeza, se vinieron al campo de Su Majestad, y los
Oidores les perdonaron, volvieron sus indios y haciendas, y los hijos
las tienen hoy dia por los padres, mas ellos se quedaron justiciados; si
justamente, otros lo juzguen.
En este tiempo tambien mandó ahorcar á Pavia, por traidor, que habia
sido criado del Visorrey don Antonio de Mendoza, el cual fiando en
esto, ó en no sé qué, se andaba paseando por la ciudad, y con avisar el
Marqués á los criados de don Antonio le dijesen se le quitase delante
los ojos, avisado no lo quiso hacer, antes un dia principal pasó la
carrera delante del Marqués, el cual enfadado de tanto desacato le mandó
prender y justiciar, y porque entendió habia de ser muy importunado le
otorgase la vida, el dia que le ahorcaron se salió de la ciudad muy de
mañana; debia la muerte bien debida, porque no se redujo al servicio de
Su Majestad hasta ver desbaratado de todo punto en Pucara á Francisco
Hernandez; he dicho esto porque algunos tuvieron por riguroso al Marqués
por la muerte de Pavia.
CAPITULO XIII
El MARQUÉS HIZO PERDON GENERAL
Dia de Sant Andrés adelante se celebraron fiestas en la ciudad, con una
sortija y muy costosas libreas; los más principales del reino corrieron;
hallóse presente el Marqués, y dió perdon general á los culpables en la
tirania de Francisco Hernandez, si no fueron aquellos cuyas causas
estaban pendientes y presos, entre los cuales en la cárcel de Corte
habia algunos, no llegaban á veinte; á éstos, porque el Marqués era
humanísimo y nada amigo de derramar sangre, los condenó á que
aherrojados con grillos trabajasen en la labor de la puente que mandó
hacer en el rio desta ciudad, como arriba tractamos; mas trabajaron
pocos meses, algunos de los cuales, teniendo amigos conocidos ó
conterráneos mercaderes, se encomendaron que les pidiesen limosna y
comprasen negros, y por ellos los diesen al Marqués; hiciéronlo así los
mercaderes (era mucha lástima ver aquellos miserables cargar ladrillo y
mescla, aherrojados); fuéronse al Marqués y dícenle: Señor, vuestra
excelencia tiene condenado, y justísamente, á fulano á que trabaje en la
puente, como trabaja; vuestra excelencia sea servido recibir un esclavo
negro que traemos[8] por él, y desterrarlo ó hacer lo que vuestra
excelencia fuere servido; el negro ofrecemos á vuestra excelencia para
que perpétuamente sirva como lo es, y despues de acabada la puente
aplíquelo vuestra excelencia á quien fuere servido. El Marqués holgó
extrañamente con la merced que se le pedia, y alabóles el hecho, porque
ya sus entrañas no sufrian ver españoles en estos reinos trabajar
aherrojados como esclavos en la puente con indios y negros; concedió lo
pedido, y uno desta manera libre, los demás así se libertaron, á los
cuales desterró del reino, y embarcó, unos para México, otros para el
reino de Tierra Firme; fuéronse y no volvieron más. Los negros creo se
aplicaron para la ciudad. Despues desto, porque el capitan Martin de
Robles, suegro del general Pablo de Meneses, se descomidió (segun dicen)
á decir que el Virrey venia mal criado y era necesario bajar á Los Reyes
á ponerle crianza, mandó por una carta al licenciado Altamirano, Oidor
de la Audiencia, á quien habia hecho corregidor de la ciudad de La Plata
y Potosí (entonces este corregimiento, como agora, era uno) que hiciese
justicia dél. Prendiólo y ahorcólo; que fuese justamente justiciado ó
no, no es de mio juzgarlo; á lo menos, las palabras fueron
demasiadamente descomedidas (no digamos desvergonzadas), porque sabian á
rebelion, y por ellas y por otras que se escribian al Marqués,
libérrimas, mandó lo referido. Era el capitan Martin de Robles (no le
conocí) hombre que se picaba de gracioso y decidor y no perdonaba por un
buen dicho (así lo llamaba el vulgo necio, siendo mal dicho y
pernicioso) ni á su mujer ni á otro, y por eso, por donde pecó pagó. Era
fama en Los Reyes que el Marqués, enfadado desto, decia al general Pablo
de Meneses, yerno de Martin de Robles: escribid á vuestro suegro venga á
esta ciudad; pero que el general Pablo de Meneses le escribiese, ó no,
no lo sé; á lo menos del ánimo generosísimo del Marqués se collige que
si bajara, no muriera como murió. Fué su muerte en Potosí, donde á la
sazon estaba.
[8] En el ms., _atraemos_.
CAPITULO XIV
CÓMO PROVEYÓ POR GOBERNADOR DE CHILE Á SU HIJO DON GARCIA DE MENDOZA
Hecho esto, luego determinó remediar el reino de Chile, porque demás de
la guerra con los indios araucanos, que se habian rebelado y muerto al
gobernador don Pedro de Valdivia, entre dos capitanes, Francisco de
Aguirre y Francisco de Villagrán, habia disensiones sobre el gobierno,
cada uno pretendiéndolo para sí: por lo cual nombró por capitan general
á su hijo don García de Mendoza que consigo trujo, de 23 á 24 años, de
grandes esperanzas, como las ha cumplido, y diremos cuando de su
gobierno en estos reinos tractaremos; con quien fueron muchos y muy
buenos soldados, viejos y bisoños, y caballeros principales desta
tierra, con los cuales y con el favor de Nuestro Señor en breve redujo
al servicio de la corona Real los indios rebelados; repartiólos y dejó
el reino tan llano como este del Perú, y porque esta historia en la
_Araucana_ de don Alonso de Ercilla se puede ver, desto no más.
Compuesto el reino y gozando de mucha paz, tractó de hacer mercedes á
los beneméritos, así capitanes como soldados principales, que en la
tirania de Francisco Hernandez habian servido á Su Majestad gastando lo
poco que tenian y de sus amigos, como fueron los capitanes Diego Lopez
de Zúñiga, Rodrigo Niño (de quien dijimos), Juan Maldonado de Buendia, y
otros bravos y famosos soldados, á los cuales llamándoles y haciéndoles
su razonamiento, con esperanzas de les acrecentar las mercedes, les daba
á uno 7.000 pesos ensayados por dos vidas, á otros cinco, á otros
cuatro, á los soldados, á dos mil pesos, porque la tierra no sufria más
por entonces, no habia repartimientos vacios: empero ellos, no usando de
la cordura que se requeria, no quisieron recebir la merced que se les
hacia, y dijeron les diese de comer conforme á sus méritos, y si en
breve relacion se ha de tractar verdad, y en larga, otros méritos no
tenian más de haber servido de capitanes, porque hacienda no tenian
mucha; pues experiencia de guerra, no creo ninguno dellos habria servido
en Italia, y por eso dijo Martin de Robles: Malograda de la madre que
este año no tuviese hijo capitan; y en esta guerra contra Francisco
Hernandez, ninguno derramó gota de sangre, porque con él nunca llegaron
á las manos, y cuando Francisco Hernandez se desbarató y perdió, como
referimos, no hobo quien contra los traidores echase mano á la espada;
de suerte que muy bien pagados eran los unos y los otros, y yo sé que se
arrepintieron más de seiscientas veces por no haber admitido las
mercedes que en nombre de Su Majestad el buen Marqués les hacia.
El cual, oyendo la respuesta, no tan prudente ni humilde como era justo,
les respondió: en hora buena, yo os daré muy bien de comer; los cuales
despedidos, luego llamó á su mayordomo Diego de Montoya y dícele: Mañana
han de comer conmigo los capitanes; aderécese bien de comer: hízose así,
convidólos á comer; comieron espléndidamente; empero túvoles aparejadas
mulas y su guardia, con el capitan de ella, y embarcólos á España,
diciéndoles que Su Majestad les daria de comer allá, porque tenia mucha
necesidad dellos para la guerra de San Quintín, donde el rey nuestro
señor, entonces príncipe, estaba ocupado; dióles cartas de
recomendacion, alabándoles de valientes, y suplicando les gratificase
conforme á sus servicios; dióles alguna plata para el camino, á unos
más, á otros menos: naipes y cintas para que jugasen en la mar, y
encomendó los llevase á España el capitan Gomez Zeron, el cual, en la
mar, antes de llegar á Tierra Firme, ahorcó á uno de los soldados
embarcados, llamado fulano Chacon, bravato y de muy buena presumpcion,
porque le quiso matar, y si le acertara de lleno, acabárale. Destos
capitanes y soldados ninguno volvió á casa, si no fué el capitan Diego
Lopez de Zúñiga, y el capitan Juan Maldonado de Buendia; el primero
murió pobre y ningun Visorrey le hizo merced, ni pudo cumplir las
cédulas de Su Majestad en que mandaba se les hiciese, por no haber vacos
indios; el otro volvió casado y pobre, é yo le vi en Los Reyes, y toda
la ciudad, padecer gran necesidad; agora vive en el Cuzco, creo con
3.000 pesos de situacion; los cuales si recibieran la merced que el
Marqués les hacia agora cuarenta años, hobieran della gozado todo este
tiempo y murieran ricos; empero la imprudencia no puede ser causa de
sosiego.
CAPITULO XV
NOMBRÓ EL MARQUÉS GENTILES HOMBRES LANZAS Y ARCABUCES
Embarcados estos no muy prudentes capitanes y soldados, no con poco
asombro de la ciudad, para enfrenar y sosegar la soberbia de los
soldados de la necia valentona, y para gratificar á otros más cuerdos, y
visto lo que pasaba, se humillaban, instituyó cien gentiles hombres,
que llamó lanzas, con 1.000 pesos ensayados cada año, con su capitan
general y alferez. Por capitan nombró á don Pedro de Córdoba, caballero
muy principal y discreto, del hábito de Santiago, deudo suyo, que con el
Marqués vino de España, con 5.000 pesos ensayados; alferez fué nombrado
Muñoz Dávila, vecino de Los Reyes, de poca renta, con 3.000 pesos,
encomendero de Guarmei; estos pesos se pagaban por sus tercios de cuatro
en cuatro meses infaliblemente; los lanzas eran obligados á tener
caballo y armas y cuartago, coracinas ó cotas, y lanzas y adargas. Dos
dias antes de la paga salian á la plaza en reseña con sus dobladuras,
ellos en sus caballos, los criados en sus cuartagos. Poníase el Marqués
en los corredores de las casas de la Audiencia y pasaban delante dél la
carrera, y al tercero dia les pagaban el tercio de los 1.000 pesos, que
son 333 pesos, 2 tomines y 8 granos. Con esta paga vivian de dos en dos;
tenian sus casas muy concertadas, sus caballos muy gordos, ellos bien
vestidos y contentos. Los arcabuces gentiles hombres fueron cincuenta
con 500 pesos de acostamiento; éstos habian de tener sus cotas,
arcabuces y mulas; nombró por sus capitanes á Domingo de Destra y á Juan
de Ribera, vizcainos, bonísimos soldados; éstos salian el mismo dia que
los lanzas á su reseña en sus mulas y arcabuces; pagábaseles su tercio
de la plata el mismo dia que á los lanzas. Dicia el prudentísimo Marqués
que los instituia para que anduviesen, fuesen y viniesen con el
Visorrey, y cuando se tractase alguna cosa contra el servicio de Su
Majestad, los lanzas y arcabuces se hallasen á pique para hacer lo que
se les mandase.
Era mucho gusto ver las barras que atravesaban de las casas Reales por
medio de la plaza para las casas de los mercaderes, que á este crédito
daban á los unos y á los otros sus haciendas. Esta paga perseveró todo
el tiempo que vivió el Marqués, y despues algunos años; mas agora no se
pagan con tanta solemnidad, ni tan bien, y un Virrey les quita un
pedazo, otro, otro. Para esta paga señaló ciertos repartimientos que
halló vacos, y otros que vacaron, de donde bastantemente se pagaba dia á
dia; á sus tres capellanes tambien señaló á 1.000 pesos ensayados, y se
les pagaba en el mismo dia que á los lanzas, y es cierto que si los
lanzas fueran pagados y arcabuces, y de hambre los unos no se hobieran
comido las armas y lanzas y los otros los arcabuces, cuando el cosario
capitan Francisco inglés, entró en el Callao, no se saliera riendo ni
robara lo que robó. Pero ni los gentiles hombres lanzas las tenian, ni
los arcabuces, escopetas, ni polvo de pólvora; no les pagaban,
habíanselos comido, y por eso el enemigo se fué riendo con tanta
riqueza, y no menor infamia de los leones del Perú. Nombró otro capitan
de artilleria al capitan Ximeno de Berrio, hombre en quien cabia muy
bien el cargo. Esta artilleria se guardaba en palacio con bastante copia
de municiones, para cuando fuesen necesarias; desta suerte enfrenó los
ánimos indómitos y necios deste reino, que les parecia para cada uno el
Perú era poco.
CAPITULO XVI
EL MARQUÉS QUISO PRENDER AL DOCTOR SARABIA, OIDOR
Gobernando, pues, el valeroso Marqués con la prudencia suya el Reino, no
sé qué cizaña se comenzó á sembrar entre él y el doctor Sarabia, Oidor
más antiguo de la Audiencia; por lo cual el Marqués, enfadado, y con
razon, determinó prenderle y ponerle en la fortaleza que hizo reparar de
Cañete, donde tenia por castellano al capitan Hierónimo Zurbano, hombre
principal. Esta fortaleza no es tan perfecta y acabada como las de
nuestra España. El Inga á su modo la hizo; reparóse, hiciéronse en ella
algunos aposentos donde el castellano viviese, y donde si algun hombre
principal se hobiese de prender y no estuviese seguro en la ciudad, le
llevasen á aquella fortaleza, pero ya ni hay castellano, aunque la
fortaleza así persevera. Una noche envió á don Pedro de Córdoba, general
de las lanzas, á llamarle; el doctor Sarabia entendió la balada; acababa
de cenar; dijo: en hora buena, luego salgo; mientras, me visto;
levantóse de la mesa, donde estaba con una ropa de levantar; entróse en
su cámara, y por una ventana, no era alta, descolgóse á la huerta, y de
allí por la puerta falsa que sale al rio, dió consigo en nuestro
convento, donde le pusieron en casa de novicios. Don Pedro, viendo se
tardaba, entró en el aposento; no le hallando, y hallándose burlado, se
volvió al Marqués, el cual viendo que no se lo trujo, luego de mañana
despachó á Chancay á nuestro provincial, que á la sazon era fray Gaspar
de Caravajal, que allí estaba en una hacienda del convento visitándola,
dándole relacion de lo pasado; que luego se partiese y viniese á tractar
de las amistades, sin que se entendiese que por su parte se comenzaba
primero. Nuestro provincial vino luego y tractó de la confederacion;
salió el doctor Sarabia de nuestro convento, fuese á su casa y de allí á
la Audiencia, sin que más sobre este particular se tractase.
El vulgo decia que el Marqués, si le viera de sus ojos aquella noche, le
diera garrote en palacio; es falso. Lo que pretendió no era sino
enviarlo á la fortaleza de Cañete, y para esto tenia aparejadas acémilas
con repuesto, hasta cocinero, uno de dos que tenia, y para el aposento
tapiceria y servicio de plata. Sobre qué se armase este nublado, no sé;
unos dicen que tractaba mal el doctor Sarabia del gobierno del Marqués,
y sobre ello, con otros personajes graves, habian escripto á Su
Majestad, y aun otros añaden le imputaban se queria alzar con el Reino:
esto, porque seria temeridad afirmarlo, no haré tal; pero colígese por
lo que el magnánimo Marqués dijo en los corredores de la Audiencia á los
mismos Oidores y otros caballeros que allí estaban, que fueron estas
palabras: Bueno seria, por cierto, que perdiese yo un estado que vale
millon é medio por ser capitan de bellacos. Sea lo que fuere, yo me
meteria en un fuego por la inocencia del Marqués en este particular.
CAPITULO XVII
DE LAS ENTRADAS QUE EN SU TIEMPO SE HICIERON
Hay en este reino grandes noticias de entradas y nuevos descubrimientos;
los más son sobre mano izquierda, al Oriente. El generosísimo Marqués,
para descargar el reino de gente ociosa, pidiéndole el capitan Gomez
Arias una entrada á las espaldas de Huánuco, donde era vecino, se la dió
con las instructiones cristianas necesarias; esta entrada se llama de
Rupa Rupa; salió de Huánuco en prosecucion de su jornada con doscientos
hombres, pocos más ó menos, pero dando en unas montañas asperísimas,
calurosísimas y despobladas, no se atreviendo á pasar más adelante, que
fuera locura, se volvió sin hacer otro efecto más que gastar mucha
hacienda; murieran todos de hambre si la prosiguiera.
Dió tambien descubrimiento adelante los Bracamoros al capitan Antonio de
Hoznayo; fueron con él algunos lanzas, por mandado del Marqués, y casi
150 soldados; tambien se volvieron temprano, porque no hallaron sino lo
mesmo que el capitan Gomez Arias; perdiéranse si pasaran adelante.
Vino despues desto el capitan Pedro de Orsúa de Tierra Firme, á quien
habia encomendado la pacificacion de los negros cimarrones, que llaman
la pacificacion de Ballano; despues de pacificados, aunque se tornaron á
rebelar, llegó á la ciudad de Los Reyes; _era_ de buen cuerpo y
conforme á él gentil hombre; _de_ nacion guipuzcuano[9], si no era
navarro; muy bien criado, afable, y parecia en viéndole ser hombre
noble; llevábase los ánimos de los hombres tras sí; realmente tenia
muchas y muy buenas partes, á quien el Marqués, para acabar de limpiar
la tierra, dió el descubrimiento y entrada del rio Marañon, para lo cual
le ayudó con plata y municiones bastantes, y en la ciudad de Los Reyes
se le junto mucha gente, y de otras ciudades bajaron soldados para irse
con él, como se fueron. Esta entrada se habia de hacer por la ciudad de
Chachapoyas, el Rio Grande abajo, y como por rio habian de ir, dióle el
Marqués todo lo necesario para hacer bergantines. Túvose por cosa cierta
que los que allá fuesen habian de hallar montes de oro, porque como no
hay casamiento pobre ni mortuorio rico, así no hay descubrimiento pobre.
A esta fama bajó del Cuzco, y aun de más arriba, un viscaino llamado
Lope de Aguirre, de mediana estatura, no muy bien tallado, cojo, gran
hablador y jurador, si no queremos decir renegador, con una hija suya
mestiza, no de mal parecer; vi á este Lope de Aguirre muchas veces
siendo yo seglar, sentado en una tienda de un sastre vizcaino, que en
comenzando á hablar hundia toda la calle á voces. Llegóse tambien á
Pedro de Ursúa un caballero, creo de Xerez, llamado don Fernando de tal,
pequeño de cuerpo, de buen rostro, la barba un poco roja, y despues allá
en Chachapoyas, ó cerca, otro soldado casado en Los Reyes, llamado Juan
Alonso de la Valentona, bien dispuesto el rostro, nariz aguileña, de
buen color, que por cierta pendencia no le convenia quedar en la tierra.
Nombro á estos tres por lo que adelante sucedió; y aunque tracté al don
Fernando, más á este Juan Alonso. En Los Reyes habia un clérigo llamado
Henao, de edad al parecer de 50 años, y para su estado tenia con
suficiencia lo que habia menester; dió su hacienda á Pedro de Ursúa,
como otros se la daban, y fuese con el despacho Pedro de Ursúa de Los
Reyes, _con_ los que se le junctaron (no hobo atambor ni bandera) y
todos, unos en pos de otros tomaban su camino para Chachapoyas, cuales
por la Sierra, cuales por los Llanos. Pedro de Ursúa tomó el suyo por
Trujillo, donde estaba viuda aquella señora con quien don Francisco de
Mendoza, siendo casada, tuvo ciertos dares y tomares; concertáronse los
dos fácilmente (dicen era muy hermosa mujer) y llevósela consigo, que no
debiera, por ser la causa de su perdicion. Llegó Pedro de Ursúa á
Chachapoyas, donde junctó 400 hombres, ó poco menos, bien aderezados de
armas. Los que nombró por capitanes creo fueron á don Fernando y á Lope
de Aguirre, y creo al Lope de Aguirre hizo maese de campo; con esta
gente y lo necesario para hacer los bergantines caminó en demanda del
Rio Grande, que se hace de todas las vertientes de la cordillera de
Pariacaca y de Villcanota, de donde dijimos una laguna vertia á una y
otra mar; componen este rio el de Jauja, Villcas, Amancay, Apurimac y el
de Quiquixana, que es el que comienza de la laguna de Villcanota con los
demás que con éstos se junctan. Llegado á él (hasta entonces ni
poblazones de indios, ni tierra donde pudiesen parar hallaron) hacen sus
barcas y bergantines, y échanse el rio abajo, mientras más abajo mayor,
y la vuelta arriba imposible; finalmente, á lo que me refirieron
soldados conocidos antes, que con él fueron, y despues volvieron acá,
andadas á su cuenta más de 200 leguas el rio abajo, sobre mano derecha
dieron en una barranca grande, encima de la cual habia gran cantidad de
indios con sus arcos y flechas bien dispuestos, que les prohibian salir
á tierra, y en canoas les daban en qué entender; pero, finalmente, los
arcabuces y versetes los aojearon; saltaron en tierra, toda llana y
rasa; la de la mano izquierda, montosa é cenagosa, inhabitable, y el rio
ya de más de tres leguas de ancho, aunque llano. Saltando en tierra
hallaron un camino anchísimo y más trillado, que venia á dar al rio; no
vieron poblazones; siguieron algunos soldados con su capitan el camino;
empero como le iban siguiendo se iba ensangostando, y sendillas á una y
otra parte. Estos indios deben vivir sin república ni señor, cada uno en
su casa por sí, y de sus casas venian al rio á tomar agua, y á pescar
por sus sendillas, hasta que cerca del rio hacian, juntándose las
sendillas, aquel camino ancho. El capitan con los soldados volviéronse
sin traer más relacion que la dicha.
[9] Tachado: _y que parecia en viéndole_.