Alonso Ramirez de Vergara, varon de grandes prendas y muy docto y muy
galano predicador, limosnero, y que en su iglesia catedral de los
Charcas labró, segun soy informado, dos capillas y las dotó con
abundante renta, de quien yo recibí y me invió quinientos reales de á
ocho de limosna para ayuda á venir á este reino de Chile al obispado de
la Imperial, que si con ella no me favoreciera, con dificultad viniera á
él. Fué Dios servido de llevarlo casi súpitamente con una sangría que
sin discrecion de los médicos se le hizo. A la hora que esto se escribe
tengo por nueva cierta es promovido á aquel obispado el reverendísimo de
Quito, de quien arriba tenemos hecha mencion.
CAPITULO VI
DE LOS REVERENDÍSIMOS DE TUCUMÁN Y PARAGUAY Ó RIO DE LA PLATA
La provincia de Tucumán, con distar muy lejos del obispado de los
Charcas por más de 200 leguas, las más despobladas (como tractaremos
adelante), era del obispado de los Charcas; dividióse habrá treinta
años, poco más ó menos. El primer obispo fué don fray Francisco de
Victoria, de nacion portugués, hijo de nuestro convento de la ciudad de
Los Reyes, en el Pirú, donde fuimos novicios juntos; varon docto y
agudo; fuese á España, donde murió en Corte, y hizo heredero á la
majestad del Rey Filipo Segundo, de mucha hacienda que llevó, y
loablemente lo hizo así.
Sucedióle el reverendísimo don fray Francisco Trejo, que agora reside en
su silla y resida por muchos años.
De los reverendísimos del Paraguay, ó Rio de la Plata, despues que el
reverendísimo fray Alonso Guerra salió de aquel obispado promovido á
otro en el reino de México, como dijimos arriba, no sé cosa en
particular que tractar, más que le sucedió el reverendísimo Liaño, varon
apostólico y de grandes virtudes; fué Nuestro Señor servido llevarlo
para sí dentro de pocos años despues que llegó á su obispado; á quien
sucedió el reverendísimo don fray Ignacio de Loyola, fraile descalzo,
que hasta agora lo gobierna loablemente.
CAPITULO VII
DE EL LICENCIADO VACA DE CASTRO, BLASCO NUÑEZ VELA Y DON ANTONIO DE
MENDOZA
Habiendo brevemente tractado, no conforme á las calidades de las
personas, de los reverendísimos obispos é ilustrísimos arzobispos deste
reino, por no quedar cortos, con la brevedad que más pudiéremos
tractaré, y con toda verdad, sin género de adulacion ni malevolencia, de
los Virreyes que he conocido en estos reinos de cincuenta[5] años á esta
parte, y tomando un poco atrás la corrida.
[5] Tachado: _cuarenta_.
El primero que los gobernó despues de la muerte del marqués de Pizarro,
por Su Majestad, fué el licenciado Vaca de Castro, el cual, cuanto al
gobierno de los indios y de los españoles, lo que dél se tracta fué buen
gobernador, porque desembarcó en la Buena Ventura, y de allí atravesando
la gobernacion de Belalcazar vino á la ciudad de Los Reyes; vió la
tierra y calidad della y de los indios, que es gran negocio y principio
para acertar á gobernar; halló alterado á don Diego de Almagro, y
tiranizado el reino; juntó campo contra él, habiéndole primero requerido
se redujese al servicio de su rey; dióle batalla campal en Chupas, legua
y media de Guamanga, donde le venció y cortó la cabeza como á traidor;
allanó la tierra, hizo ordenanzas buenas, conforme al tiempo, para los
indios y españoles, principalmente mandando que para el servicio de los
tambos, y aderezarlos, sirviesen los mismos que el Inga tenia señalados;
estas ordenanzas se guardaron algunos años; ya no hay memoria dellas.
Sucedióle el Visorrey Blasco Nuñez Vela, que luego le prendió é puso en
un navio en el puerto del Callao; de allí fué á España, donde muchos
dias y años estuvo preso; la causa no sé, mas despues salió de allí y
fué presidente del Consejo de Indias.
Blasco Nuñez Vela, por no moderar su condicion y dejar las cosas para su
tiempo, perdió en la batalla de Quito la vida, y puso el reino en riesgo
de que perpétuamente se apartase de la corona de Castilla. Es suma
prudencia en un Rey y en un Virrey disimular cuando no se puede hacer
otra cosa, so pena que se recrecerán gravísimos males, irremediables por
fuerzas humanas; desto en las divinas Escripturas leemos una prudencia
digna de ser imitada, y para esto se puso y escribió por órden del mismo
Dios, en David, el cual, no se hallando poderoso para castigar á su
sobrino y capitan general Joab la muerte de dos capitanes generales que
habia cometido, Abner, hijo de Ner, y Amasa, disimuló con él, y el
castigo cometió á su hijo Salomón, el cual hízolo por superior mandado,
y aunque David dilató el castigo, no por eso le reprehende la
Escriptura. No es inconveniente seguir el tiempo que pide el tiempo.
Al Virrey Blasco Nuñez Vela sucedió el prudentísimo y bonísimo Visorrey
don Antonio de Mendoza, primero Visorrey de Méjico; el cual, por venir
muy enfermo, y acabar presto sus dias en este reino, no sé cosa notable
que dél se pueda tractar, sino que así enfermo y tendido en la cama era
temido y amado de los españoles y naturales.
CAPITULO VIII
DEL MARQUÉS DE CAÑETE
Al Visorrey don Antonio de Mendoza sucedió don Andrés Hurtado de
Mendoza, marqués de Cañete, cuya memoria permanece con alabanza
perpétua; varon realmente de muchas y admirables virtudes, dignas de ser
imitadas de todos sus subcesores, y alabadas de los historiadores, y
puestas sobre las nubes, pues para tractar dellas se requeria otro
talento qu'el mio, y facundia más aventajada; por lo cual confieso ser
atrevimiento mio, criado (puedo decir) en estas remotas partes, á quien
lenguaje y órden de escribir le falta, que ni he visto cortes de Reyes
ni príncipes, ponerme á escribir lo que otros, haciéndome grandes
ventajas, han reusado; mas viendo que no era decente que sus virtudes y
hechos en el rio del olvido quedasen anegados, en breve escribiré lo que
todo este reino de su gran cristiandad experimentó, ánimo generosísimo,
entrañas más que de padre para los pobres, afabilidad para los humildes
y pecho para rebatir los ánimos soberbios, y finalmente, mereció ser
llamado padre de la patria.
Partió de España el año de 56, y llegando con buen tiempo á Tierra
Firme, halló en ella muchas cartas de la Audiencia de Los Reyes, en que
le avisaban que don Pedro Luis de Cabrera, vecino del Cuzco, se habia
retirado medio casi rebelado á la ciudad de San Miguel de Piura,
teniendo en su compañia algunos de los notablemente culpados en la
rebelion y tirania de Francisco Hernandez Giron, uno ó dos de los cuales
habian sido sus capitanes, por lo cual viese lo que convenia ser hecho;
y porque se entienda lo que vamos tractando, don Pedro Luis de Cabrera,
caballero conocido, natural de Sevilla, era vecino (como dijimos) del
Cuzco, y de muy buen repartimiento; concluida la guerra de Francisco
Hernandez, y tirania, donde sirvió muy bien, bajando á Lima no sé con
qué ocasion, con alguno ó con todos de los Oidores se desabrió, por
ventura por la compañia que sustentaba, y desabrido se vino con los
suyos á Trujillo, de Trujillo á Piura, donde muchas veces fué requerido
por la Audiencia de Los Reyes despidiese aquellos traidores; si no,
procederian contra él.
El Audiencia por entonces no era poderosa contra don Pedro de Cabrera,
por no alborotar la tierra, porque los ánimos de los que en la guerra
habian servido á su costa, hallándose pobres y sin remedio de que se les
gratificasen sus servicios, no sabiendo quién era proveido por Virrey, y
no lo esperando tan presto, descomedíanse, y aun hacian algunas befas, y
hobo dia que muchos destos pretensores juntos se fueron al acuerdo donde
los Oidores estaban, á pedirles les diesen de comer, con no poco
descomedimiento; bastante fué ir junctos á esto; de suerte que por ver á
la tierra en la condicion y estado referido, los señores de la Audiencia
sufrian más de lo que en otro tiempo no sufrieran.
Don Pedro de Cabrera hacia poco caso destos requerimientos ó cartas, ni
despedia la compañía de traidores; ya dije no eran todos. Despachó el
Audiencia al factor Bernardino de Romani, hombre de pecho, y prudente;
pero no se atreviendo á ejecutar lo mandado, ni llegar donde don Pedro
de Cabrera estaba, se volvió á Los Reyes. Luego la Audiencia, temiendo
alguna rebelion, despachó al licenciado Hernando de Santillan, Oidor,
que despues fué Presidente de Quito y obispo de la ciudad de La Plata,
contra don Pedro de Cabrera, con copia de criados, porque ruido de armas
no convenia, porque la tierra no se alborotase si con soldados y armas
descubiertas le despachara, para que le redujese, y si fuese necesario
prendiese, y preso lo trujese á Los Reyes; sabido esto por don Pedro de
Cabrera, salióse de Piura con toda su gente y dió la vuelta sobre la
isla de la Puna, donde se hizo como fuerte y estaba como medio
encastillado; por lo cual el licenciado Santillan se quedó en Piura, no
pasando más adelante, casi como en frontera, para que si don Pedro se
desmandase le pudiese refrenar. Vistas, pues, estas cartas por el
Marqués, ignorando que don Pedro estaba en la Puna, despachó luego de
Tierra Firme á un caballero de su casa, don Francisco de Mendoza,
nobilísimo caballero, deudo suyo, muy discreto y no menos gentil
hombre, con cartas para don Pedro de Cabrera, regaladas y discretas (yo
las vi y leí en Túmbez), en que le mandaba que, recibidas, se partiese
luego para Los Reyes y allí le aguardase, porque no pensaba desembarcar
en ningun puerto hasta llegar al del Callao, adonde le veria, porque
traia órden de Su Majestad el emperador Carlos Quinto, de gloriosa
memoria, de tenerle muy cerca de sí, de quien se habia de informar del
estado de todo el reino, y con su parecer hiciese merced á los
beneméritos. Llegó don Francisco á Paita, y sabiendo don Pedro se habia
retirado de Piura para la Puna, despachó luego las cartas del Marqués
con un criado suyo, las cuales recibidas, con gran alegría se embarcó
con aquellos capitanes y soldados en balsas, para la playa de Túmbez,
adonde llegando en dos dias y aun ante se desembarcó con todos ellos,
confiadísimo que el Marqués habia de hacer muchas mercedes á los que
traia consigo.
Llegado á Túmbez, luego se partió para Trujillo; perdióse en el camino
antes de llegar á Piura, adonde Nuestro Señor le proveyó de un aguacero;
si no, pereciera de sed, y los suyos, ó porque olieron el poste ó porque
fueron mejor aconsejados, desde Piura cada uno tiró para su parte, que
nunca más se vieron; llegó á Trujillo y luego cayó en la cama
indispuesto.
CAPITULO IX
DEL MARQUÉS DE CAÑETE
El marqués de Cañete, embarcándose en Panamá con su casa mucha y muy
buena, y con muchos caballeros pobres que salieron de España con el
Adelantado Alderete para Chile, el cual muriendo en la isla de Perico ó
Taboga, los dejó pobres y desamparados; mas el buen Marqués los recogió
y á la mayor parte dellos recibió en su casa; á los demás dió pasaje.
Con próspero viento, en el navio de Baltasar Rodrigues, en breves dias
(era tiempo de brisas) llegó á Paita, y de allí, prosiguiendo su viaje,
con la intencion dicha, de no desembarcar en puerto hasta el Callao,
enfadado de la navegacion, saltó en tierra en un puerto no seguro,
conforme á su nombre, llamado Mal Abrigo, diez leguas más abajo de la
ciudad de Trujillo, adonde no halló ni habia recado, ni para el Marqués
ni para sus criados, sino fué un asnillo, el cual le aderezaron lo mejor
que pudieron sus criados, y en él vino hasta un poblezuelo tres leguas
de allí, ó poco menos, llamado Llicapa, de la encomienda de un vecino de
Trujillo, llamado Francisco de Fuentes, de donde ya con todo recado
llegó al valle de Chicama, dos leguas de camino, donde le aposentaron en
el ingenio del capitan Diego de Mora. En breve tiempo, desembarcado el
Marqués en Mal Abrigo, se supo la nueva en Trujillo, donde á la sazon le
estaban aguardando muchos caballeros y capitanes de Su Majestad que en
la guerra contra Francisco Hernandez le habian servido, gastados della,
é para comer tambien allí habian venido, entre ellos, el general Pablo
de Meneses, aunque no habia venido sino á besar las manos al Virrey que
viniese y á darle noticia del estado del Reino; de Huánuco, á lo menos
de Chachapoyas, habian venido vecinos y capitanes á lo mismo; todos
estos caballeros, capitanes y vecinos de Trujillo, sabida la nueva,
luego vinieron á Chicama, donde le besaron las manos y fueron del
Marqués muy alegre y benignamente recibidos.
Don Francisco de Mendoza, que dijimos haber venido despachado por el
Marqués para don Pedro de Cabrera, llegando á Piura hizo no sé qué
liviandad de caballero gentil hombre y cortesano, la cual en
desembarcando el Marqués se la dijeron; sintiólo mucho, y luego propuso
de lo embarcar para España, y lo tractó ó amenazó lo habia de hacer. Su
hijo don García de Mendoza, caballero de 22 años, de grandes esperanzas,
allí en Chicama una noche, andándose paseando el Marqués por una sala,
con no poca pesadumbre de lo sucedido[6], en pie, en cuerpo, la gorra
quitada, suplicábale templase aquel rigor y no embarcase á don Francisco
de Mendoza, ejecutando la primera justicia en un deudo y caballero de su
casa, representándole lo que le habia servido en mar y tierra; á lo cual
el cristianísimo Marqués le respondió, oyéndolo todos aquellos
caballeros que esperaban la resolucion y deseaban se quedase en la
tierra don Francisco de Mendoza, el cual ya les tenia con su tracto
cortesano y nobilísimo ganadas las voluntades, dijo: Por vida de la
marquesa, que si como don Francisco hizo esta villanía la hicieras tú,
del primer árbol te dejara ahorcado. No traigo yo hijos, deudos ni
criados, para que agravien al menor indio del mundo, cuanto menos á
ningun hombre honrado y vecino, sino para que los sirvan, agasajen y
honren. A estas palabras no se atrevió su hijo á replicarle más, y todos
aquellos caballeros quedaron muy tristes y entendieron el pecho
cristiano que el Marqués traia, y que no se habian de burlar con él.
Todo esto y lo que se sigue vi con mis ojos.
[6] Tachado: _Don García_.
CAPITULO X
EL MARQUÉS LLEGA Á TRUJILLO
Aquí en Chicama fué servido el Marqués con todo el regalo posible,
porque así lo mandó doña Ana de Valverde, mujer que fué del capitan
Diego de Mora, en cuyo ingenio fué hospedado (como habemos dicho) con
gran abundancia y todos que iban y venian; de donde partió para la
ciudad de Trujillo, cinco leguas de camino, en la cual fué recibido con
mucha alegría y gasto de aquellos vejazos vecinos, en palio. Entró en un
caballo blanco que le dió la ciudad y lo compró el comendador Melchior
Verdugo, vecino de aquella ciudad. Trujo mucha casa: un mayordomo
mayor, hombre muy principal, de mucho gobierno, de pocas palabras, pero
muy discretas y graves, llamado Diego de Montoya; cuatro mestresalas;
dos capellanes, y luego recibió en su servicio otro, un hermano mio,
llamado Juan de Ovando; dos caballerizos, mayor y menor; muchos pajes y
lacayos, y su guarda con su capitan; tanta y tan buena casa, que ningun
Visorrey la ha traido tal, harta ni abastada. Fuese á posar á las casas
del Capitan Diego de Mora, donde fué servido como era justo se sirviera
un varon y señor de tanto valor y ánimo. Prestólo allí doña Ana de
Valverde 12.000 pesos ensayados para su gasto; volvióselos de la
Audiencia de los Reyes en oro. En llegando, la primera cosa que hizo fué
mandar embarcar á don Francisco de Mendoza en un navio que acertó á
estar en el puerto, para le llevar á Tierra Firme y se volviese á
España, con lo cual los ánimos soberbios comenzaron á humillarse y á
temer.
Entre otros capitanes y caballeros pobres gastados de la guerra que
habian bajado á Trujillo á matar la hambre, bajó el capitan Rodrigo
Niño, caballero pobre y adeudado de los gastos de la guerra, el cual á
la sazon estaba en la cama enfermo, que no tenia sobre qué caer muerto,
en casa de doña Isabel Justiniano, señora principal, que movida de
caridad le regalaba en su casa y curaba. El cual así enfermo, diciéndole
y pidiéndole albricias, que ya el Marqués habia desembarcado en la
tierra y costa del Perú, preguntó que dónde; respondiéronle en Mal
Abrigo; entonces dijo: Más quisiera desembarcara quinientas leguas más
abajo, porque quien desembarca en Mal Abrigo no nos puede abrigar bien;
mas engañóse diciéndolo, porque luego que el piadosísimo Marqués supo
estaba enfermo, y sus servicios, le envió con un paje 1.500 pesos
ensayados, para su enfermedad, animándole á que procurase[7] su salud,
que dándosela Dios, en nombre de Su Majestad le haria merced, como se la
hizo dándole 5.000 pesos de renta, y no los quiso; mandó el Visorrey al
paje no recibiese un grano del capitan Rodrigo Niño; vuelto el paje y
dada la respuesta, preguntole: ¿qué te pasó con el capitan? respondióle:
señor, porfió mucho conmigo que tomase las barras para calzas, y como
llevaba órden de Vuestra Excelencia que no recibiese un grano, no las
quise recibir. Entonces dijo el Marqués: ¿es posible que un hombre que
no tiene un grano de plata, tenga tanto ánimo? ¿quién ha de hartar los
ánimos de los hombres deste Perú? y quien esto hacia con el capitan
Rodrigo Niño, no le queria abrigar mal. Oí decir que el Marqués en
España era tenido por escaso.
[7] En el ms., _procurando_.
No se puede creer, por la liberalidad que mostró en estos reinos en
todas sus cosas, siendo, como es así, verdadero refran que los que pasan
la mar mudan los aires y no los ánimos; que es decir: múdanse de un
reino á otro, de una region á otra, pero no mudan sus inclinaciones
naturales. En esta ciudad se detuvo casi un mes, en el cual tiempo
muchas veces enviaba á visitar á don Pedro de Cabrera, el cual, como
dijimos, llegado á ella enfermó, y don Pedro deseaba mucho la salud, por
besar las manos al Marqués, pensando habia de destruir á todos los
Oidores, segun tenia contra ellos cosas verdaderas ó fingidas, y
fingidas debian ser, porque los Oidores de aquella sazon eran varones
muy libres y enteros de lo que á algunos suelen infamar. Ya que estuvo
con salud, envió pedir licencia al Marqués para le besar las manos.
Envíale á su capitan de la guardia con cuatro alabarderos y una mula
para que lo lleve al puerto y lo embarque en el navio donde estaba
embarcado don Francisco de Mendoza, y de allí lo lleven á Tierra Firme,
y dende á España, como se hizo. Fué justísimo embarcarle, con que admiró
á muchos y sosegó á otros.
Cuando llegó á esta ciudad, la justicia tenia preso á un vecino della,
llamado Lizcano, por sospecha que habia hecho un libelo infamatorio,
contra el cual hobo algunos indicios, los cuales si se le probaran
corriera riesgo de la vida, como lo merecen semejantes malos hombres y
peores cristianos; no se le probó. El Marqués muy buenos, sí los
mostraba, de le mandar justiciar; mandólo desterrar á España, y
embarcáronle en el mismo navio.
Hiciéronse muchas fiestas de toros y cañas, y el Marqués, como
aficionado á caballos y ejercicio dellos, los domingos y fiestas salia á
caballo y hallábase en la carrera; hízosele allí un picon gracioso.
En la ciudad vivia Salvador Vazquez, muy buen hombre de á caballo de
ambas sillas, pero de la jineta mejor; tenia bonísimos caballos hechos
de su mano; un dia en la carrera tractó con el general Pablo de
Meneses, y comendador mayor Verdugo, de hacer el picon, y puesto en ella
parte con su caballo, y ya se le caía la capa, ya la gorra, ya estaba en
las ancas del caballo, ya en el pescuezo; finalmente, paró, y fínjese
muy enojado, y vuelve á pasar delante del Marqués. Cuando emparejó
díjole el Marqués: bueno está, señor, no os pongais en más riesgo; la
culpa fué del caballo; no paseis adelante, por mi vida. Salvador
Vazquez, responde: suplico á Vuestra Excelencia sea servido darme
licencia para pasar otra vez la carrera, porque estoy corrido y
afrentado que este caballo delante de Vuestra Excelencia haya hecho
tantos desdenes y á mí caer en una falta semejante.
Los que sabian el caso suplicaron al Marqués lo dejase volver á pasar la
carrera; consintiólo, y puesto en ella, parte Salvador Vazquez con su
caballo como un gamo, y antes de parar el caballo hecha mano á la capa y
espada, y desnuda, jugó della muy bien, y tornó á ponerla en la vaina y
su capa en su lugar. El buen Marqués recibió mucho gusto y dijo
riéndose: Bueno ha estado el picon; yo me he holgado de ver la segunda
carrera, porque delante del príncipe nuestro señor se pudiera hacer.
CAPITULO XI
PARTE EL MARQUÉS DE TRUJILLO
Partió desta ciudad de Trujillo para la de Los Reyes en un machuelo bayo
que trujo desde Tierra Firme, en el cual, llegando al rio de Sancta, en
todo tiempo grande y pedregoso, lo pasó á vado por más que le suplicaron
tomase un caballo, y en el mismo vadeó el de la Barranca, que es el más
raudo, mayor y de más piedras de todos los Llanos.
Al valle de Guarmey, que es la mitad del camino, le salió á besar las
manos don Pedro Portocarrero, vecino del Cuzco, maese de campo en la
guerra contra Francisco Hernandez, el cual fué haciendo la costa al
Marqués con mucha abundancia, trayendo lo necesario en sus camellos y
mulas, hasta la ciudad de Los Reyes, y abajando á la sierra de la Arena,
seis leguas de Los Reyes, en un arenal hizo banquete general á yentes y
vinientes, y otro aparte para el Marqués, con bastante agua fria para
todos, que es el mayor regalo, porque allí ni callente la hay; ramadas
hechas, debajo de las cuales se pusieron las mesas; llegando á tambo
Blanco, que es en el valle de Chancay, nueve leguas de Los Reyes, le
salieron á besar las manos los criados que habian sido del Visorrey don
Antonio de Mendoza, su mayordomo mayor, Gil Ramirez Dávalos, y el
secretario, Juan Muñoz Rico, y otros, y algunos vecinos de Los Reyes.
Conociendo el Marqués la suficiencia de Juan Muñoz Rico, le mandó
sirviese en el mismo oficio que habia servido al Visorrey don Antonio de
Mendoza. Podia servir en aquel oficio al gran monarca Carlos Quinto, lo
cual Juan Muñoz Rico hizo en el tiempo que vivió con toda la fidelidad
que el oficio requiere; empero no vivió tres años y murió súbitamente.
Llegando á media legua de la ciudad, ó poco menos, á una chácara ó viña
de Hernando Montegro, vecino della, de los antiguos conquistadores,
adonde le tenia aderezada la casa como se requeria, aquí se detuvo hasta
el dia de San Pedro, que debieron ser dos dias, mientras la ciudad
acababa lo necesario á su recebimiento. Antes de llegar á esta viña, los
vecinos viejos le hicieron una escaramuza á la jineta en un bosquecillo
que habia antes de llegar á la viña; holgó mucho el Marqués de verla y
dijo: Así, ¿esto hay por acá? ¿esto hay por acá? galanísimamente han
escaramuzado; casi parecia de veras. Luego se hizo un combate de un
castillo por infanteria, los infantes muy bien derezados, la cual
acabada entró en la viña y estuvo el tiempo que habemos dicho.
CAPITULO XII
ENTRA EL MARQUÉS EN LOS REYES
Dia de San Pedro partió desta viña despues de comer, y llegando á la
ciudad fué recibido de la Audiencia y de toda ella debajo de palio, en
un bonísimo caballo muy ricamente aderezado, los regidores llevando las
varas, y dos de los más antiguos el caballo de diestro, con sus ropas
rozagantes de terciopelo carmesí, gorras de lo mismo bien aderezadas y
cadenas riquísimas de oro, con gran alegría de todo el pueblo, como
aquel que se esperaba ser padre de la patria, como lo fué; delante del
cual marchaba un escuadron de infanteria, el que hizo la escaramuza, con
diferentes vestidos; desta suerte llegó á la iglesia mayor, donde el
Dean y Cabildo della con toda la clerecia le recibió con la cruz alta,
cantando: _Te Deum, laudamus_, y hecha oracion y la ceremonia
acostumbrada, dió la vuelta para las casas llamadas de Antonio de
Ribera, á una esquina de la plaza, las más cómodas para le aposentar,
porque no están de las casas Reales más que una calle en medio, y á
ellas se pasa por un pasadizo de madera, donde fué aposentado. Dende á
pocos meses llegaron los procuradores de las ciudades, los más
principales vecinos dellas, con mucho aparato de gasto de casa y
criados, y luego tractó de reformar el reino. Envió por corregidor del
Cuzco al licenciado Muñoz, que trujo consigo de España, hombre docto en
su facultad, el cual cortó las cabezas á los capitanes Tomás Vazquez y á
Piedrahita, y á otros vecinos, porque fueron los principales en la
tirania de Francisco Hernandez Giron. Esto hizo por órden del Marqués, y
el Marqués por órden del Emperador Carlos Quinto, de gloriosa memoria,
que le mandó que á los que hobiesen sido cabezas, despachase.