Poco después entraba en casa de doña Flora. Después de enterar a la
condesa del resultado de mi visita, dije a Inés:
--Asunción vendrá aquí. Ahora salía con D. Paco.
Un momento después, Asunción entró y las dos amigas se abrazaban
llorando. Salimos del gabinete Amaranta y yo, dejándolas solas para que
hablaran a su gusto; pero la condesa apostándose tras de la puerta, me
dijo con malicioso acento:
--Yo me quedo aquí para oírlo todo. Será curioso lo que hablen. Ya sabes
que en palacio he realizado grandes cosas escuchando detrás de las
cortinas.
--No es ningún negocio de Estado lo que van a tratar. Yo me voy.
--Quédate, necio, y oye... Por no querer oír rompimos las amistades en
el Escorial... Considera que han de hablar algo de ti...
Verdad es que si la delicadeza me ordenaba cerrar los oídos, la
curiosidad me impulsaba a abrirlos. Venció la curiosidad, mejor dicho,
venció la pícara Amaranta, que no podía dejar de ser cortesana. Las
muchachas hablaban en alto y lo oímos todo, y aun veíamos algo.
--No quería mamá que te viera, Inés--exclamó Asunción--. ¡Qué raro
acontecimiento! Yo me despedí creyendo no verte más... y ahora yo estoy
en casa y tú fuera. Hipócrita, tan preparado lo tenías, y no me habías
dicho nada.
--Te equivocas--repuso Inés--yo no he salido como tú... Pero no quiero
acusarte ahora, puesto que arrepentida de tu gran falta, volviste a casa
de tu madre. ¿Has conocido tu error, has abierto los ojos comprendiendo
el abismo de perdición en que ibas a caer, en que quizás has caído ya?
--No sé lo que me pasa--exclamó Asunción apretando las manos de su
amiga--. Estoy horrorizada de lo que hice. Me volví loca, se me
encendieron en la imaginación unas llamas que no me dejaban vivir, y
conociendo el mal me era imposible evitarlo. Lord Gray ha tiempo que
quería sacarme de la casa; yo me resistía; mas al fin tanto pensé en
ello, tanto discurrí sobre aquel gran pecado a que él me quería inducir,
que se me clavó dentro de la cabeza la idea de cometerle, y sin saber
cómo lo cometí. ¿Por qué no te echaste en mis brazos para impedirme
salir? Ahora vengo a que me fortalezcas. Yo no puedo vivir lejos de ti;
y si desde mucho antes no caí en el lazo, lo debo a tu buena amistad.
¿Nos separaremos ahora? Entonces voy a ser muy desgraciada, querida mía.
Vuelve a casa, por Dios, y yo te juro que lucharé con todas las fuerzas
de mi alma para olvidar a lord Gray, como tú deseas.
--Yo no podré lograr ahora lo que antes no logré--repuso Inés--.
Asunción, entra en el convento mañana mismo. Cuando traspases la puerta
de la santa casa, deja fuera todos los pensamientos de este mundo, pide
a Dios que te libre de la gran enfermedad que padece tu alma, procura
formarte de nuevo y ser otra mujer diferente de la que hoy eres.
--¡Ay!--exclamó la otra con dolor, arrodillándose delante de su amiga--.
Todo eso lo he intentado; pero cuanto más he querido no pensar en él,
más he pensado. ¿De qué me vale rezar, si no puedo representarme imagen
ninguna de Dios ni de santo que sea distinta de la suya?... ¡Ay, Inés!
Tú sabes muy bien la vida que llevamos en casa de mi madre; tú sabes muy
bien la espantosa soledad, tristeza y fastidio de nuestra vida. Tú sabes
muy bien que allí quiere una rezar y no puede, quiere una trabajar y no
puede, quiere una ser buena y no puede. Obligadas por el rigor de mi
madre, trabajan las manos, pero no el entendimiento; reza la boca, pero
no el alma; se ciegan y abaten los ojos, pero no el espíritu... Las mil
prohibiciones que por todas partes nos entorpecen, despiertan en nuestro
pecho ardientes curiosidades. Ya sabes que todo lo queremos saber, todo
lo averiguamos y de todo hacemos un objeto de afanes e inquietudes. Como
sabemos disimular, vivimos en realidad con dos vidas, una para mamá y
otra para nosotras mismas; una vida, acá para una sola, y que tiene sus
pesares y sus delicias... Como nos apartan del mundo, nosotras nos
hacemos un mundito a nuestro modo, y echando fuego, mucho fuego al horno
de la imaginación, allí forjamos todo lo que nos hace falta. Ya lo ves,
amiga. ¿Tengo yo la culpa? Si no lo podemos remediar, si se nos ha
metido dentro un demonio, un demonio grandísimo, Inés, al cual no es
posible echar fuera.
--Tú y tu hermana seréis muy desgraciadas.
--Sí; desde que éramos chiquitas, mamá nos asignó a cada una el puesto
que habíamos de tener en la sociedad: yo monja, mi hermana nada. A mí me
educaron para el claustro; a mi hermana la criaron para no ser nada.
Nuestro entendimiento, nuestra voluntad, no podía apartarse ni tanto así
del camino que se les había trazado; a mí el camino del monjío, a
Presentación el camino de no ser nada. ¡Ay, qué niñez tan triste! No nos
atrevíamos a decir, ni a desear, ni siquiera a pensar cosa alguna que
antes no estuviera previsto e indicado por mamá. No respirábamos en su
presencia, y nos infundían tanto, tanto pavor sus mandatos y
reprimendas, que nos era imposible vivir. ¡Ay, para poder vivir nos fue
preciso engañarla, y la engañamos!... Dios, o no sé quien, nos inspiraba
un día y otro mil ingeniosidades, y se desarrolló en las dos un talento
superior para el engaño. Yo me esforzaba, sin embargo, en tener
devoción, y pedía a Dios que me diera fuerzas para no mentir y que me
hiciera santa; yo se lo pedía todas las noches cuando me quedaba sola y
podía rezar con el corazón. Delante de mamá no rezaba sino con los
labios... Pues bien; en cierta época de mi vida llegué a conseguir lo
que a Dios pedía; llegué a aficionarme a las cosas santas; llegué a
sentir un entusiasmo, una exaltación religiosa semejante a la que ahora
siento por muy distinto objeto. Me consideraba feliz y pedía a la Virgen
que conservara en mí tan agradable estado. Entonces me perfeccioné por
algún tiempo, se acabaron los disimulos y tuve la gran satisfacción de
hablar repetidas veces con mi madre sin decir cosa alguna que no saliese
de mi corazón. Raudales de verdad, de fe, de amor apacible y místico a
los santos y santas brotaban de él. Yo dije: «¡Qué fortuna he tenido en
que me destinaran al claustro!». Mis insomnios eran dulces y
placenteros, y mi imaginación era como un celaje poblado de angelitos.
Cerraba los ojos y veía a Dios... sí, a Dios, no te rías; a Dios mismo,
con su barba blanca y su capa... pues, como le pintan...
--Todo eso duró hasta que viste a lord Gray con su pelo rubio y su capa
negra... pues, como es--dijo Inés.
--Me lo has quitado de la boca--prosiguió Asunción, siempre de rodillas
y con los brazos apoyados en los de su amiga--. Lord Gray fue a casa; yo
le miré y dije para mí que se parecía a un San Miguel que está pintado
en mi devocionario. Le dijeron que yo era muy piadosa y él hizo
demostraciones de gran admiración. Después, en las noches sucesivas,
empezó a contar las maravillosas aventuras de sus viajes, y yo le oía
con más religiosidad que si fuera el primer predicador del mundo
narrando las hermosuras del cielo. En aquellas noches yo no veía
alrededor de mí más que tigres del África, cataratas de América,
pirámides de Egipto y lagunas de Venecia. Estaba encantada y bendecía a
Dios por haber creado tantas cosas bellas, incluso a lord Gray.
»¡Oh! Lord Gray no se apartaba de mi imaginación. Al sentir sus pasos me
era difícil disimular la alegría; si tardaba me ponía triste; si hablaba
con vosotras, y no conmigo, me moría de rabia... Le decían siempre que
yo era muy piadosa; ya recordarás que él me alababa mucho por esto. Mamá
nos permitía a las tres que habláramos con él. Con el pretexto de la
piedad, me decía mil cosas sobre asuntos de religión delante de
vosotras. Una noche que pudo hablarme a solas me dijo que me amaba... Yo
sentí un sacudimiento; me pareció que el mundo se había abierto en dos
pedazos debajo de nosotras. Le miré y él clavaba los ojos en mí. Estaba
fascinada y no acertaba a contestarle... Todas las noches hablaba, como
sabes, de cosas santas; con dificultad me decía algunas palabras a
solas; me preguntó durante tres noches seguidas si le amaba, y a la
tercera noche le contesté que sí... Tú sabes muy bien cómo nos
entendíamos. Lord Gray me dijo: «Yo hablaré con Inés cerca de ti. Pon
atención a lo que le diga y haz cuenta de que te lo digo a ti. Habla tú
con tu hermano y procura contestarme con palabras dirigidas a él...».
»Teníamos además mil señales. Tú eras tan buena que te conformaste con
tu papel. Ojalá no hubieras sido tan condescendiente. Cuando lord Gray
me arrojaba cartas por la ventana y tú te apropiabas la culpa para
librarme de las crueles reprensiones, lejos de detenerme en la pendiente
me hacías precipitar más por ella. Nada conoció ni ha conocido mamá;
¡ojalá lo conociera, aunque me hubiese matado!... ¿Te acuerdas del día
en que fui con ella al convento del Carmen, convidadas por fray Pedro
Advíncula para ver desde una tribuna la función de la Virgen? ¡Ay!
Después de la función, un lego nos llevó a ver la sala de capítulo. No
sé cómo, ni por qué causa me encontré separada de los demás en una
celdita sombría. Tuve miedo... de repente se me presentó lord Gray,
quien me estrechó en sus brazos repitiéndome con ardientes palabras que
me quería mucho. Fue un segundo y nada más, pero en aquel segundo lord
Gray me dijo que me era forzoso partir con él, porque si no moriría de
desesperación...
--Nada de eso me habías dicho.
--Te tenía miedo. Verás lo demás. Me reuní al instante con mi madre y
con el lego. Aquella súplica, o más bien que súplica mandato de huir con
él, se me clavó en el pensamiento como una espina. No dormía, no vivía,
no pensaba más que en aquello. Me parecía un delito horroroso: echaba de
mí esta idea y cuando me encontraba sin ella salía volando a buscarla,
porque sin ella no podía vivir... No creas que aborrecí la devoción, al
contrario. La meditación era mi delicia y meditando era feliz... ¡Ay!
Lord Gray en todas partes; lord Gray en los altares de la iglesia, en el
de mi casa; lord Gray en el breve espacio de calle y de mundo que se nos
permitía ver desde nuestro cuarto; lord Gray en mis rezos, en mi libro
de oraciones, en la oscuridad, en la luz, en el bullicio y en el
silencio. Las campanas tocando a misa me hablaban de él. La noche se
llenaba toda con él. ¡Oh, Inés de mi corazón! ¡Cuán desgraciada soy!
¡Tener esta enfermedad en el espíritu y no poderla desechar, tener esta
fragua de pensamientos en el cerebro y no poder echarle agua para que se
apague...!
Breve rato permanecieron las dos amigas en silencio y después Asunción
prosiguió de este modo:
--Nos comunicábamos al fin por un medio que tú no conociste ni llegaste
a sospechar. Parece imposible que por tanto tiempo pueda guardarse
secreto tan peligroso sin que por nadie sea descubierto. Yo le había
dicho que si por indiscreción o vanidad suya alguna persona, cualquiera
que fuese, llegaba a conocer nuestro secreto, le aborrecería... Después
del día en que hablé con él en las Cortes, cuando se empeñó en que le
habíamos de seguir a bordo de no sé qué barco, y al fin nos envió a casa
con fray Pedro Advíncula; después de aquel día, digo, no le había vuelto
a ver... Mi madre sospechaba de ti y le había prohibido entrar en casa.
¿Recuerdas aquella anciana pordiosera que iba a casa a vender rosarios?
Pues ella me traía sus recados y le llevaba los míos. Yo le escribía
poniendo ciertos signos con lápiz en una hoja arrancada de la <i>Guía de
Pecadores</i> o del <i>Tratado de la tribulación</i>; de modo que el gran fray
Luis de Granada y el padre Rivadeneyra han sido nuestras estafetas.
»Él me decía cosas hermosísimas y apasionadas que más me arrebataban y
confundían. Me pintaba su infelicidad lejos de mí y las grandes dichas
que Dios nos tenía reservadas. Por algún tiempo dudé. Yo creo que
viéndole, hablándole, o distrayendo con el trato de diversas gentes mi
espíritu, se habría aplacado la efervescencia, el bullicio, la borrasca
que yo sentía dentro de mí; pero ¡ay!, el largo encierro, la soledad, la
idea de sepultarme para siempre en el claustro me perdieron... Inés,
figúrate que el corazón se destroza y se oprime, que con la opresión de
la naturaleza toda, alma y cuerpo estallan; figúrate que se siente por
dentro una iluminación, una inquietud no comparable a las demás
inquietudes, porque es la sed del espíritu que quiere saciarse, una
quemazón que crece por grados, un mareo que desfigura todo cuando nos
rodea, un impulso, un frenesí, una necesidad, porque necesidad es la de
romper el cerco de hierro que nos estrecha; figúrate esto, y me
comprenderás y me disculparás...
»Yo decía: «Sí, Dios mío, me marcharé con él, me marcharé». Momentos de
alegría loca sucedían a otros de tristeza más negra que el purgatorio.
Glorias e infiernos se sucedían rápidamente unos tras otros dentro de mi
pecho. Dudaba, deseaba y temía, hasta que un día dije: «Sé que me
condenaré, pero no me importa condenarme...», y después me ponía a
llorar pensando en la deshonra de mi familia. Por último, pudo más mi
amor que todas las consideraciones y me decidí. Lord Gray por unos
moldes de cera que le envié, falsificó las llaves de la casa, le escribí
fijando hora, fue... salí... Pero ¡ay!, al verme fuera de casa, parece
que se me cayó el cielo encima con todas sus estrellas... lord Gray me
llevó a una casa que está muy cerca de la nuestra, en la calle de la
Novena... No era aquella su vivienda. Salió una señora de edad a
recibirnos. Yo me sentí acongojada y aturdida, empecé a llorar y pedí
ardientemente a lord Gray que me llevase otra vez a mi casa.
»Quiso consolarme; el sentimiento del honor se encendió en mí con
inusitada fuerza, y la vergüenza me inflamaba el alma como momentos
antes la pasión. Deseé la muerte y busqué un arma para extinguir mi
vida; lord Gray fingió enojarse o se enojó realmente. Díjome algunas
palabras duras. Prometí amarle con más vivo cariño si me volvía a mi
casa. Viendo que no accedía a mis súplicas, grité, acudió la señora
anciana, diciendo que la vecindad se había alarmado y que nos fuéramos a
otra parte. Irritose lord Gray y amenazó a aquella señora con ahorcarla.
Después pareció conformarse con mi deseo, y dándome mil quejas llevome
sin dilación a mi casa. Por el camino me aseguró que partiría pronto
para Inglaterra y que le concediera otra entrevista fuera de casa. Yo se
lo prometí, porque al paso que me aterraba la idea de mi deshonor, me
hacía muchísimo daño su determinación de partir para Inglaterra... ¡Ay,
Inés qué noche! Entré en casa llena de miedo. Me parecía ver a mi madre
esperándome en la escalera con una espada de fuego... subí temblando...
Tardé más de una hora en volver a mi cuarto, porque no andaba, sino que
me arrastraba lentamente para no hacer ruido. Al fin, llegando a la
alcoba, corrí a tu cama para confesártelo todo y no estabas allí.
Figúrate cuál sería mi confusión.
--Yo desperté--dijo la otra--. Creí sentir pasos dentro de la casa. Te
vi salir, y por un instante el temor no me permitió hacer ningún
movimiento ni tomar resolución alguna. Quise después correr tras de ti;
yo sabía que tenía poder bastante para destruir tu alucinación, y fiaba
en el cariño que nos profesábamos, en lo que me debes, en la deuda que
tienes conmigo por haberte librado de las sospechas de tu madre. La idea
de tu deshonor me volvía loca... Salí en busca tuya. Lo demás no
necesitas saberlo. Yo no soy esclava de la autoridad de doña María como
lo eres tú; aquella casa no es la mía; mi casa es esta. Asunción,
querida amiga y hermana mía, nos separamos hoy quizás para siempre.
--No te separes de mí--exclamó Asunción abrazando a su amiga y besándola
con ardiente cariño--. Si te separas, no sé qué será de mí. Recuerda lo
que hice anoche... Inés, no me dejes. Vuelve a mi casa, y prometo no
hacer cosa alguna sin tu permiso, esclavizando mi pensamiento al tuyo, y
lograré adquirir una parte al menos de la santa serenidad que te
distingue. He venido sólo a rogarte que vuelvas a mi casa. Prométeme que
volverás.
--Por distintos caminos nos lleva Dios a ti y a mí, Asunción. Por de
pronto no admitas cartas, ni avisos, ni recados de lord Gray. Levántate
a la altura de tu dignidad, abraza con resignación la vida del claustro,
y dentro de algún tiempo te verás libre de ese gran peso.
--No, no puedo. La vida del claustro me aterra. ¿Sabes por qué? Porque
tengo la seguridad de que en el convento he de amarle más, mucho más. Lo
sé por experiencia, sí: la soledad, el mucho rezar, las penitencias, las
meditaciones, las vueltas y revueltas y dolorosos giros del pensamiento,
más y más avivan en mí la pasión que me quema. Lo sé muy bien, lo veo,
lo toco. Yo he amado a lord Gray porque en mis solitarias devociones se
ha apoderado de mi espíritu como el demonio tentador... No, no iré al
claustro, porque sé que lo tendré siempre delante, mezclado con aquella
dulce poesía del coro y el altar. ¡Ay, amiga mía! ¿Creerás esto que te
digo? ¿Creerás esta profanación horrible? Pues sí, es verdad. En la
iglesia ha tomado cuerpo esta insensata inclinación. Tal efecto hace en
mi espíritu turbado todo lo que se refiere a devociones y piedades, que
siempre que escucho el son de un órgano, tiemblo de emoción; las
campanas de la iglesia hacen palpitar mi pecho con ardiente viveza; la
oscuridad de los templos me marea, y Jesucristo crucificado no puede
serme amable si no me lo presento con el mismo rostro que veo en todas
partes... Esto espanta, ¿no es verdad? Pero no puedo remediarlo. Yo creo
que esto es una enfermedad. ¿Tendré yo un mal incurable? Ojalá me muera
mañana de él. Así descansaría...
»No, no quiero claustro. Quiero distraerme con el trato de multitud de
gentes, ver diversidad de espectáculos, visitar el mundo, la sociedad,
asistir a tertulias donde se hable de muchas cosas que no sean lord
Gray: quiero que mi pensamiento se enrede aquí y allí, se desparrame
pasando y repasando por distintos caminos, para dejarse un vellón de
lana en cada flor, en cada espina. Lo que me ha de curar es el mundo,
amiga querida, es el mundo con todo lo bueno que encierra, la sociedad,
la amistad, las artes, el viajar, el mucho ver y el mucho oír; que
verdaderamente, aunque mi madre crea lo contrario, la mayor parte de lo
que se ve y oye en el mundo es honrado, lícito y provechoso... Apártenme
de la soledad, que es causa de mi perdición; apártenme de las
meditaciones, del cavilar, de este perenne volteo y constante rodar
sobre el eje de una sola idea. Si he de curarme, no me curarán los
conventos. Querida amiga, segura estoy de que si entro en él, amaré más
locamente a lord Gray, porque no habrá cosa alguna que lo aparte de los
vigilantes y calenturientos ojos de mi espíritu; y si ese hombre se
empeña en perseguirme aun en la casa de Dios, como sabe hacerlo, no
podré guardar la santidad de mis juramentos, y rompiendo rejas y votos,
me asiré a la primera cuerda que ponga en la ventana de mi celda para
arrojarme a la calle. Yo me conozco, querida mía; sé leer claramente en
este oscuro libro de mi alma, y no me equivoco, no.
Oyendo estas palabras en boca de la infeliz joven, al paso que
compadecía su desventurada pasión, admiraba la gran perspicacia de su
entendimiento.
--Pues ten valor. Di a tu madre que no quieres ser monja--indicó Inés.
--Ayudada por tu amistad, podría hacerlo. Sola no me atrevo. Ella
considerará esto como una deshonra, y entonces tendré el claustro en
casa, porque me encerrará para siempre.
--Todo eso puede vencerse. Principia por rechazar a lord Gray.
--Lo haré si no le veo, si no me persigue...
Asunción pronunciaba estas palabras, cuando sentimos los pasos de lord
Gray.
--¡Es él!--dijo con terror.
--Ocúltate y sal de la casa.
Amaranta hizo pasar a lord Gray a una estancia inmediata y al instante
me llamó a su lado. El inglés afectaba tranquilidad; mas la condesa
adivinando sus propósitos, le desconcertó al momento.
--Ya sé a que viene usted--le dijo--. Sabe que Asunción ha entrado en mi
casa... Por Dios, lord Gray, retírese usted. No quiero tener nuevas
ocasiones de disgusto con doña María.
--Discreta amiga mía--repuso él con vehemencia--. Usted me juzgue mal.
¿Impedirá usted que me despida de ella? Dos palabras nada más. ¿Saben
que me voy esta noche?
--¿Es de veras?
--Tan cierto como que nos alumbra el sol... ¡Pobrecita Asunción!...
También ella se alegrará de verme... Vamos, no salgo de aquí sin decirle
adiós...
--Francamente, milord--indicó Amaranta--. No creo en su partida.
--Señora, aseguro a usted que partiré de madrugada. Me ha detenido tan
sólo la broma que pensamos dar a Congosto... Sea testigo Araceli de lo
que digo.
La condesa sin aguardar más, abrió la mampara, y las dos muchachas
aparecieron ante nosotros.
Asunción no podía ocultar la angustia que la dominaba y quiso retirarse.
--¿Se marcha usted porque estoy aquí?--dijo secamente lord Gray--.
Pronto saldré de Cádiz y de España, para no pisar más esta tierra de la
ingratitud. Los desengaños que aquí he padecido me impelen con fuerza a
huir, aunque mi corazón no ha de encontrar ya reposo en ninguna parte.
--Asunción no puede detenerse para oírle a usted--dijo Inés--. Tiene que
marcharse a su casa.
--¿No merezco ya ni dos minutos de atención?--afirmó con amargura el
noble lord--. ¿Ya no se me concede ni el favor de una palabra?... Está
bien, no me quejo.
--Ahora parece indudable que parte--dijo Amaranta.
--Señora, adiós--exclamó lord Gray con emoción profunda, verdadera o
fingida--. Araceli, adiós; Inés, amigos míos, procuren olvidar a este
miserable. Y usted, Asunción, a quien sin duda debo haber ofendido,
según el encono con que me mira, adiós también.
La infeliz se deshacía en lágrimas.
--Había solicitado de usted el último favor, una entrevista para
despedirme de la que tanto he amado, pero no espero conseguirlo. He sido
un insensato... Ha hecho usted bien en cobrarme de pronto ese
aborrecimiento que me están revelando sus bellos ojos... ¡Miserable de
mí, he aspirado a lo que me era tan superior! En mi demencia juzgué
posible apartar esta noble alma de la piedad a que desde el nacer se
inclina; aspiré a lo imposible, a luchar con Dios, único amante que cabe
en la inconmensurable grandeza de ese corazón... Adiós, vuelva usted a
sus santidades, remóntese usted a aquellas celestiales alturas, de donde
este infame quiso hacerla descender. Entre usted en el claustro... entre
usted... Perdóneme Dios mis arrebatados pensamientos... cada cual a su
puesto. Ángeles al cielo, miseria y debilidad a la tierra... Antes amor,
locura, ardientes arrebatos; ahora respeto, culto. Mañana, como ayer,
vivirá usted en mi corazón; pero ahora, santa mujer, está usted dentro
de él canonizada... Adiós, adiós.
Y apretando calurosamente las manos de la joven, partió con tales modos,
que todos le creíamos con el corazón despedazado y tuvimos lástima de
él.
Poco después Asunción, acompañada de su ayo, salió a la calle, y la
santa imagen, entrando en la casa materna, volvió a su altar.
Mis lectores creerán, juzgando a lord Gray por las palabras arriba
reproducidas, que el astuto seductor partía realmente renunciando a la
empresa frustrada en la célebre noche. ¡Qué error! Sigan leyendo un poco
más, y verán que aquella despedida, admirable y hábil recurso
estratégico empleado contra la alucinada muchacha, sirviole de
preparación para el hecho (catástrofe podemos llamarlo) consumado
aquella misma noche, y con el cual da fin la curiosa aventura que estoy
contando.