XXXI

Narraré punto por punto. Aconteció, pues, que cerca ya del oscurecer en

el siguiente día entraba yo con toda tranquilidad en casa de doña Flora,

cuando esta, Amaranta y su hija saliéronme al encuentro con gran

sobresalto y alarma.

--¿No sabes lo que ocurre?--dijo doña Flora--. El bribón de lord Gray ha

cargado con la santa y la limosna. La Asuncioncita ha desaparecido

anoche de la casa.

--Pero ha sido violentamente--dijo Inés--porque D. Paco apareció atado

al barandal de la escalera. Ella debió de resistir... A sus gritos

despertose doña María, pero cuando salieron ya estaban fuera. Esta

mañana, Presentación, hostigada por su madre, hizo confesión de los

amores de su hermana.

--No me digan a mí que ha resistido--objetó doña Flora--; lord Gray es

muy galán y muy lindo mozo... ¿A qué vienen con hipocresías?... La niña

se marchó con él porque le dio la gana.

--Doña María estará satisfecha de la formalidad de las niñas...--dijo

Amaranta riendo--. Ahora repetirá su muletilla: «Yo educo a mis hijas

como me educaron a mí».

--¿Pero se ha marchado lord Gray con ella?--pregunté.

--Se dispone a partir.

--Ahora acaba de estar aquí un capitán de navío, el cual me ha dicho que

milord ha fletado el bergantín inglés <i>Deucalión</i>, que sale mañana.

--¿Pero no corremos a impedirlo?--dijo Inés con gran zozobra--. Aún es

tiempo.

--Eso será de cuenta de doña María.

--Pero será forzoso avisarle que el <i>Deucalión</i> sale esta noche y que

lo ha fletado lord Gray.

--Sí, es preciso avisárselo--repitió Inés con energía--. Iré yo misma.

--Gabriel irá al momento.

--¿Por qué no? Aunque doña María me arrojó ayer de su casa, no tengo

inconveniente en prestarle este servicio.

--Pero no pierdas tiempo... Yo me muero de impaciencia--indicó Inés.

--Ve pronto, que la niña se impacienta.

--Allá voy... De veras no creí volver a poner los pies en aquella

casa... ¿Conque el <i>Deucalión</i>?... Un bergantín inglés... Me parece que

no les atraparán.

Corrí a la casa de Rumblar, y desde que entré todo me indicó que reinaba

allí la consternación más profunda. D. Diego y D. Paco estaban sentados

en el corredor, el uno frente al otro, mirándose como dos esfinges de la

tristeza, y en las manos del último los verdes cardenales indicaban el

suplicio de que había sido víctima. El infeliz anciano a ratos hendía

los aires con la ráfaga de sus fuertes suspiros, que habrían hecho

navegar de largo a un navío de línea. Cuando entré, levantáronse los

dos, y el ayo dijo:

--Vamos a ver si la encontramos ahora. Es el sétimo viaje...

La condesa de Rumblar y su hija menor estaban escondiendo su dolor y

vergüenza en un gabinete inmediato a la sala, y en ésta la marquesa de

Leiva, atada por el reuma a un sillón portátil; Ostolaza, Calomarde y

Valiente sostenían viva polémica sobre el gran suceso. Cuando oí la voz

de la de Leiva, lleno de recelo, aunque sin arredrarme, dije para mí:

--Ahora va a ser la tuya, Gabriel. La marquesa te conocerá, con lo cual,

hijo, has hecho tu suerte.

Entré, sin embargo, resueltamente.

--De modo--decía la marquesa--que un inglés se puede burlar impunemente

de toda España...

--En la embajada--indicó Valiente--rieron mucho cuando les conté lo

ocurrido, y dijeron: «Cosas de lord Gray».

--Yo he afirmado siempre--dijo Ostolaza con petulancia--que la alianza

con los ingleses sería a España muy funesta.

Yo corté de súbito el coloquio, diciendo:

--Traigo noticias de lord Gray.

La marquesa examinome de pies a cabeza, y luego, señalándome

impertinentemente con la muleta que sus doloridas piernas le obligaban a

usar, preguntó:

--¿Usted?... ¿Y usted quién es?

--Es el Sr. de Araceli--dijo Ostolaza con sonsonete desdeñoso.

--Ya... ya conozco a este caballero--dijo la de Leiva con malicia--.

¿Sigue usted al servicio de mi sobrina?

--Me honro en ello.

--¿Viene usted de allá? ¿Inés está ya dispuesta a volver a su casa? Ya

sabrá que el gobernador de Cádiz va esta noche misma por ella...

--No saben nada--repuse tan desconcertado como sorprendido.

--Creo que bajo el punto legal, la cosa no ofrecerá dificultad alguna,

¿no es verdad, señor de Calomarde?

--Absolutamente ninguna. La niña volverá a casa de usted, que es el jefe

de la familia, y cuantas sutilezas se aleguen en contrario no tienen

fuerza de derecho.

--Tal vez la señora condesa--dije--alegue algún motivo que no esté

previsto.

--Todo está previsto; Sr. Calomarde, ¿no es verdad? Y agradézcame mi

sobrina que no he solicitado se dicte auto de prisión contra ella...

Pero a esta fecha no nos ha dicho usted lo que anunciaba con respecto a

lord Gray. ¿En qué piensa usted, señor de... de qué?

--De Araceli--repitió Ostolaza con el mismo sonsonete.

Muy brevemente les dije lo que sabía.

--Pues hay que avisar a la Comandancia de Marina--replicó la de Leiva

con viveza--. Plumas, papel...

En aquel instante entró en la sala un personaje grave, al cual saludaron

todos con el mayor respeto. Era D. Juan María Villavicencio, gobernador

de la ciudad, varón estimabilísimo, buen patriota, instruido, algo

filósofo y hábil por demás en el conocimiento y trato de las gentes.

--Ya tenemos datos, Sr. Villavicencio--dijo la marquesa, contándole lo

del <i>Deucalión</i>.

--En este negocio, señora--respondió el funcionario bajando la voz--hay

que andar con prudencia... Antes de ocuparme de lord Gray voy a cumplir

el acto legal, en cuya virtud la Inesita volverá esta noche a su casa.

El alma se me partió al oír esto.

--Pronto, pronto, amigo mío--dijo la reumática--. También temo que se me

escapen. La gente de esta casa se marcha por el escotillón, y esto

parece escenario de un teatro... Y creímos que había sido robada por

lord Gray. La pícara se marchó sola...

--En cuanto a lord Gray--dijo Villavicencio en tono dubitativo y con

cierto embarazo--me parece que no podemos hacer nada contra él... La

Asuncioncita volverá al lado de su madre o a donde la quieran llevar;

pero eso de prender y castigar a milord...

--Pero...

--Señora, no podemos chocar con la embajada... Ya conoce usted las

circunstancias; Wellesley es quisquilloso... la alianza...

--¡Maldita sea la alianza!

--¡Y esto lo dice una dama española--exclamó Villavicencio con

entusiasmo--el día en que nos llega la noticia de una gloriosa batalla,

de esa gran victoria, señores, ganada por españoles, ingleses y

portugueses en los campos de Albuera!

--¡Otra batalla!--exclamó la marquesa con hastío--. Siempre batallas, y

la guerra no se acaba nunca.

--Creo que ha sido muy sangrienta--dijo Calomarde.

--Como todas las que damos--repuso con orgullo Villavicencio--. Hemos

perdido cinco mil hombres y matado a los franceses más de diez mil...

¡Precioso resultado!... Han muerto dos generales franceses, dos

ingleses, y de los nuestros han quedado heridos D. Carlos España y el

insigne Blake.

--De todo eso se deduce que no podemos hacer nada contra Gray--dijo con

disgusto la de Leiva.

--Nada, señora... Se va a erigir un monumento a Jorge III... La embajada

inglesa... Wellesley... ¡Oh!, esta batalla de la Albuera estrechará más

aún las relaciones entre ambos países.

--¡Gran victoria!--dijo Valiente--. En Extremadura nos envalentonamos un

poco.

--Pero está muy mal de la parte del Ebro. Tortosa ha caído ya en poder

del enemigo...

--Traición, pura traición del conde de Alacha.

--También se han apoderado los franceses del fuerte de San Felipe en el

Coll de Balaguer.

--Pero aún resiste Tarragona.

--Y resistirá más todavía.

--Y de Manresa, ¿qué se ha dicho hoy?

--Ya es seguro que ha sido incendiada.

--Nada de eso nos importa por ahora--dijo la marquesa, interrumpiendo la

chispeante conversación patriótica--. En suma, Sr. Villavicencio, si

milord se escapa...

--¡Qué le hemos de hacer! Nadie sabe dónde está.

--Creo que esta noche se le podrá ver--dijo Valiente--porque a las diez

se verificará, según he oído, entre lord Gray y D. Pedro del Congosto

una especie de desafío quijotesco con que espera reírse mucho la gente.

--Bobadas... En fin, señora marquesa, Wellesley me ha prometido que la

muchacha volverá, pero hay que dejar en paz a lord Gray... Señora

marquesa, me llama mucho la atención este extraño caso. Soy experto en

ciertos asuntos, y creo que en el lance de que nos ocupamos juega alguna

persona que no es lord Gray.

--¿Lo cree usted? Yo opino que Inés se ha marchado sola.

--Pues yo creo que no.

--O con lord Gray. Ese señor inglés se propone desocupar mi casa.

--Algún otro pájaro, señora, algún otro pájaro ha enredado aquí, y no

pararé hasta averiguar quién es... Los dos raptos tienen entre sí íntima

conexión.

--Busque usted, pues--dijo la marquesa--a ese cómplice desconocido, y

haga caer sobre él todo el peso de la ley, si es que nada puede hacerse

contra lord Gray.

--Espero sacar mucho partido de mis averiguaciones esta noche.

--Verdaderamente--dijo Calomarde--si ha de haber un choque con la

embajada inglesa, lo mejor es dar fuerte sobre el pobre cómplice si se

descubre, y decir: «aquí que no peco».

--Así anda la justicia en España--objetó la de Leiva.

--Veremos lo que saco en limpio--dijo Villavicencio--. Vaya, señora mía,

me voy a hacer una visita de cumplido a la calle de la Verónica. Creo

que bastará mi autoridad...

De pronto presentose D. Paco en la sala sofocado y jadeante, y exclamó:

--¡Ahí está, ahí está ya!... al fin la encontramos.

--¿Quién?

--La señora doña Asuncioncita... ¡Pobre niña de mi alma!... Está en la

escalera... No quiere subir... ¡parece medio muerta la pobrecita!...

Cádiz · 第 35 / 40 题