XXIX

En efecto, traslademe a hora que me pareció oportuna a casa de doña

María, recelando no ser recibido, pero con el firme propósito de no

salir de allí sin intentar por todos los medios ver y hablar a la

orgullosa dama. Encontré a D. Diego, quien, contra mi creencia,

recibiome muy bien y me dijo:

--Ya sabrás los escándalos de esta casa. Lord Gray es un canalla. Cuando

yo dormía en casa de Poenco, fue allá y me sacó las llaves del

bolsillo... No podía haber sido otro. ¿Le viste tú entrar?

--Sr. D. Diego, quiero ver a la señora condesa para hablarle de un

asunto que a esta familia, lo mismo que a la de Leiva, importa mucho.

¿Tendrá la señora la bondad de recibirme?

Madre e hijo conferenciaron a solas un rato allá dentro, y por fin la

señora se dignó ordenar que me llevaran a su presencia. Estaba la de

Rumblar en la sala acompañada de sus dos hijas. La madre tenía en el

altanero semblante la huella de la gran pesadumbre y borrasca del día

anterior, y la penosa impresión se traslucía en una especie de repentino

envejecimiento. De las dos muchachas, Presentación revelaba al verme

cierta alegría infantil, que ni aun la proximidad de su madre podía

domar, y Asunción una tristeza, una decadencia, una languidez taciturna

y sombría, señal propia de los muy místicos o muy apasionados.

La señora de Rumblar, después de ordenar a Presentación que se alejase,

me recibió con un exordio severísimo, y luego añadió:

--No debía ocuparme de nada que se refiera a aquella casa donde ayer por

mi desgracia estuve; pero la cortesía me obliga a oírle a usted, nada

más que a oírle por breve tiempo.

--Señora--dije--yo me marcharé pronto. Recuerdo que usted me rogó que no

volviese más a su casa. Hoy me trae un deber, un deseo vehemente de

restablecer la paz y armonía entre personas de una misma familia, y...

--¿Y a usted quién le mete en tales asuntos?

--Señora, aunque extraño a la casa, me ha afectado tan profundamente el

agravio recibido por esta augusta familia, a quien respeto y admiro

(aunque mis enemigos calumniadores hayan hecho creer a usted lo

contrario) que me sentí vivamente inclinado a terciar de parte de usted.

Señora doña María, vengo a decir a usted que la condesa se muestra hoy

arrepentida de las duras palabras...

--¿Arrepentimientos?... Yo no lo creo, caballero. Suplico a usted que no

me hable de esa señora. Si es eso lo que usted quería decirme... La

justicia está ya encargada de esto y de devolver a Inés al jefe de la

familia.

Asunción alzó la vista y miró a su madre. Parecía deseosa de hablarle,

pero con tanto miedo como deseo. Al fin, cobrando valor, se expresó de

este modo con voz quejosa y tristísima, que producía en mí extraña

sensación.

--Señora madre, ¿me permite usted que hable una palabra?

--Hija mía, ¿qué vas a decir? Tú no entiendes de esto.

--Señora madre, déjeme usted decirle una cosa que pienso.

--Está delante una persona extraña y no puedo negártelo. Habla.

--Pues yo pienso, señora, que Inés es inocente.

--He aquí, Sr. D. Gabriel, lo que es la limpieza de corazón. Esta tierna

y piadosa criatura, a quien una celestial ignorancia de las maldades de

la tierra eleva sobre el vulgo de los mortales, es incapaz de comprender

que haya ruines pasiones en la sociedad. Hija mía, bendita sea tu

ignorancia.

--Inés es inocente, lo repito--afirmó Asunción--. Lord Gray no puede

haberla sacado de esta casa, porque lord Gray no la quiere.

--No la quiere porque no te lo ha dicho... ¿Qué sabes tú de eso, hija

mía? ¿Tienes acaso idea de los ardides, de la perfidia, de los disimulos

y malignas artes que usa la seducción?

--Inés es inocente--repitió cruzando las manos--. Algún otro motivo la

habrá impulsado a abandonarnos, pero no el amor de lord Gray. No, lord

Gray no la ama. ¿Cree usted en los Evangelios? Pues tan verdad como los

Evangelios es esto que estoy diciendo.

--En otra ocasión me enfadaría--dijo la madre--al ver la exageración de

tu benevolencia. Hoy mi espíritu está quebrantado: anhelo la

tranquilidad y te perdono.

--¿No me deja usted decir otra cosita que me falta?

--Acaba de una vez.

--Yo quiero ver a Inés.

--¡Verla!--exclamó con enfado doña María--. Mis hijas no estiman sin duda

su dignidad.

--Señora, yo quiero verla y hablarla--prosiguió Asunción con suplicante

acento--. Si hay en ella pecado, estoy segura de que me lo confesará. Si

no le hay, como creo, tendré la dicha de descubrir la verdadera causa de

su fuga, y reconciliarla con la familia.

--No pienses en eso. Que cada cual se entienda con su conciencia. Si tú

a fuerza de devoción y reconcentración, y gracias también al rigor de mi

prudente autoridad has logrado elevar tu alma a cierto grado de

beatitud, concedido a pocos, no te achiques empeñándote en disculpar a

los demás. La perfecta virtud anda muy escasa por el mundo. Si en

algunas honestas moradas, inaccesibles a las profanidades de hoy, se

conserva encerrada como el más precioso tesoro, no debe contaminarse con

el roce de la desenvoltura. En infausta hora vino Inés a mi casa.

Renuncia a verla y a hablar con ella, mientras esté fuera de aquí. Tu

sublimada virtud debe quedar satisfecha con perdonarla.

--No, yo quiero verla, yo quiero ir allá--exclamó la joven derramando de

súbito un torrente de lágrimas--. Yo quiero verla. Inés es una buena

alma. Estamos engañados. Ella no puede haber cometido ninguna mala

acción. Señora, lord Gray no la ama ni puede amarla. Quien lo dijese es

un infame que merece arder en el infierno por toda la eternidad,

traspasada la lengua con un hierro candente.

--Asunción, sosiégate--dijo la madre con menos severidad, al notar que

la infeliz muchacha padecía una febril excitación, semejante a los

primeros síntomas de una enfermedad grave--. ¿A qué tanto empeño?

Siempre eres lo mismo... Tus manos arden... los ojos se te quieren

saltar de la cara; estás lívida... Hija, tu piedad exaltada de algún

tiempo a esta parte te hace mucho daño, y es preciso no olvidar la salud

del cuerpo. Tus largos insomnios cavilando en las cosas santas, tus

meditaciones sin fin, la viva pasión que te consume por lo religioso, te

han marchitado en pocos días.

Y luego, dirigiéndose a mí, añadió:

--Yo no quisiera que se extremara tanto en sus devociones; pero no se la

puede contener. Su alma es muy vehemente, y una vez que logré dirigirla

al santo fin que me proponía, hase inflamado en una piedad estupenda. Es

un fuego abrasador su espíritu, no un vano soplo, y la creo capaz de

grandes cosas en la esfera de la vida mística que tan celosamente ha

abrazado.

--Por Dios y todos los santos, ruego a usted, señora, que me permita ver

a Inés. Es mi amiga, mi hermana. Yo tengo orgullo en su virtud, yo me

siento ofendida y lastimada por la mala opinión que hoy se tiene de ella

en esta casa. Quiero hacer una buena obra y volverle su honor. ¿Por qué

ha de intervenir en esto la justicia, si yo confío en que la traeré a

casa? La justicia es el escándalo... Yo quiero ver a Inés, y conseguiré

de ella con una palabra más que toda la curia con una montaña de

papeles. Señora madre, esto que digo es inspiración de Dios, me salen

estas palabras del fondo del alma, siento dentro de mí un blando

susurro, como si la voz de un ángel me las dictara. No se oponga usted a

esta divina voluntad, pues voluntad divina es en este momento la mía.

La señora de Rumblar reflexionó, miró al techo, después a mí, luego a su

hija, y al fin exhalando un hondo suspiro, dijo:

--La dignidad y entereza tienen su límite, y la razón no puede a veces

resistir a las súplicas del sentimiento y la piedad reunidos. Asunción,

puedes ir a ver a Inés. Te llevará D. Paco.

La muchacha corrió ligera a vestirse.

--Pues como indiqué a usted, señora condesa...--dije, reanudando mi

interrumpida conferencia diplomática.

--Haga usted cuenta de que no ha indicado nada, caballero. Todo es

inútil. Si el objeto de su visita es traerme recados o proposiciones de

la condesa, puede usted retirarse.

--La señora condesa se apresura a conceder a usted...

--No quiero que me conceda nada. El jefe de la familia es la señora

marquesa de Leiva, y a estas horas ha tomado todas las providencias

necesarias para que todo vuelva a su lugar. Nada me corresponde hacer.

--¡La señora condesa está tan arrepentida de aquellas palabras!

--Que Dios la perdone... Mi responsabilidad está a cubierto... ¿Pero a

qué estos artificios, Sr. de Araceli? ¿Cree usted que no le comprendo?

--Señora, no hay artificio en lo que digo.

--Vamos, que a mí no se me engaña fácilmente. ¿Me faltará entendimiento

para comprender que todos esos supuestos recados de la condesa, son

pretexto que usted toma para entrar aquí y ver a mi hija Presentación,

de quien está tan enamorado?

--Señora, la verdad, no había pensado...

--Un ardid amoroso... en efecto, no es ningún crimen. Pero ha de saber

usted que he destinado a mi hija al celibato. Ella no quiere casarse...

Además, aunque de mis repetidos informes resulta que no es usted mala

persona, no basta... porque, veamos, ¿quién es usted?... ¿de dónde ha

salido usted?

--Creo que del vientre de mi madre.

--Bueno será, pues, que renuncie a sus locas esperanzas.

--Señora, usted padece una equivocación.

--Yo sé lo que digo. Ruego a usted que se retire.

--Pero... si me permitiera usted que acabara de exponerle...

--Ruego a usted que se retire--repitió con grave acento.

Me retiré, pues, y en el corredor, una puerta se entreabrió para dejarme

ver el lindo rostro de Presentación y una blanca manecita que me

saludaba.

Cádiz · 第 33 / 40 题