En efecto, traslademe a hora que me pareció oportuna a casa de doña
María, recelando no ser recibido, pero con el firme propósito de no
salir de allí sin intentar por todos los medios ver y hablar a la
orgullosa dama. Encontré a D. Diego, quien, contra mi creencia,
recibiome muy bien y me dijo:
--Ya sabrás los escándalos de esta casa. Lord Gray es un canalla. Cuando
yo dormía en casa de Poenco, fue allá y me sacó las llaves del
bolsillo... No podía haber sido otro. ¿Le viste tú entrar?
--Sr. D. Diego, quiero ver a la señora condesa para hablarle de un
asunto que a esta familia, lo mismo que a la de Leiva, importa mucho.
¿Tendrá la señora la bondad de recibirme?
Madre e hijo conferenciaron a solas un rato allá dentro, y por fin la
señora se dignó ordenar que me llevaran a su presencia. Estaba la de
Rumblar en la sala acompañada de sus dos hijas. La madre tenía en el
altanero semblante la huella de la gran pesadumbre y borrasca del día
anterior, y la penosa impresión se traslucía en una especie de repentino
envejecimiento. De las dos muchachas, Presentación revelaba al verme
cierta alegría infantil, que ni aun la proximidad de su madre podía
domar, y Asunción una tristeza, una decadencia, una languidez taciturna
y sombría, señal propia de los muy místicos o muy apasionados.
La señora de Rumblar, después de ordenar a Presentación que se alejase,
me recibió con un exordio severísimo, y luego añadió:
--No debía ocuparme de nada que se refiera a aquella casa donde ayer por
mi desgracia estuve; pero la cortesía me obliga a oírle a usted, nada
más que a oírle por breve tiempo.
--Señora--dije--yo me marcharé pronto. Recuerdo que usted me rogó que no
volviese más a su casa. Hoy me trae un deber, un deseo vehemente de
restablecer la paz y armonía entre personas de una misma familia, y...
--¿Y a usted quién le mete en tales asuntos?
--Señora, aunque extraño a la casa, me ha afectado tan profundamente el
agravio recibido por esta augusta familia, a quien respeto y admiro
(aunque mis enemigos calumniadores hayan hecho creer a usted lo
contrario) que me sentí vivamente inclinado a terciar de parte de usted.
Señora doña María, vengo a decir a usted que la condesa se muestra hoy
arrepentida de las duras palabras...
--¿Arrepentimientos?... Yo no lo creo, caballero. Suplico a usted que no
me hable de esa señora. Si es eso lo que usted quería decirme... La
justicia está ya encargada de esto y de devolver a Inés al jefe de la
familia.
Asunción alzó la vista y miró a su madre. Parecía deseosa de hablarle,
pero con tanto miedo como deseo. Al fin, cobrando valor, se expresó de
este modo con voz quejosa y tristísima, que producía en mí extraña
sensación.
--Señora madre, ¿me permite usted que hable una palabra?
--Hija mía, ¿qué vas a decir? Tú no entiendes de esto.
--Señora madre, déjeme usted decirle una cosa que pienso.
--Está delante una persona extraña y no puedo negártelo. Habla.
--Pues yo pienso, señora, que Inés es inocente.
--He aquí, Sr. D. Gabriel, lo que es la limpieza de corazón. Esta tierna
y piadosa criatura, a quien una celestial ignorancia de las maldades de
la tierra eleva sobre el vulgo de los mortales, es incapaz de comprender
que haya ruines pasiones en la sociedad. Hija mía, bendita sea tu
ignorancia.
--Inés es inocente, lo repito--afirmó Asunción--. Lord Gray no puede
haberla sacado de esta casa, porque lord Gray no la quiere.
--No la quiere porque no te lo ha dicho... ¿Qué sabes tú de eso, hija
mía? ¿Tienes acaso idea de los ardides, de la perfidia, de los disimulos
y malignas artes que usa la seducción?
--Inés es inocente--repitió cruzando las manos--. Algún otro motivo la
habrá impulsado a abandonarnos, pero no el amor de lord Gray. No, lord
Gray no la ama. ¿Cree usted en los Evangelios? Pues tan verdad como los
Evangelios es esto que estoy diciendo.
--En otra ocasión me enfadaría--dijo la madre--al ver la exageración de
tu benevolencia. Hoy mi espíritu está quebrantado: anhelo la
tranquilidad y te perdono.
--¿No me deja usted decir otra cosita que me falta?
--Acaba de una vez.
--Yo quiero ver a Inés.
--¡Verla!--exclamó con enfado doña María--. Mis hijas no estiman sin duda
su dignidad.
--Señora, yo quiero verla y hablarla--prosiguió Asunción con suplicante
acento--. Si hay en ella pecado, estoy segura de que me lo confesará. Si
no le hay, como creo, tendré la dicha de descubrir la verdadera causa de
su fuga, y reconciliarla con la familia.
--No pienses en eso. Que cada cual se entienda con su conciencia. Si tú
a fuerza de devoción y reconcentración, y gracias también al rigor de mi
prudente autoridad has logrado elevar tu alma a cierto grado de
beatitud, concedido a pocos, no te achiques empeñándote en disculpar a
los demás. La perfecta virtud anda muy escasa por el mundo. Si en
algunas honestas moradas, inaccesibles a las profanidades de hoy, se
conserva encerrada como el más precioso tesoro, no debe contaminarse con
el roce de la desenvoltura. En infausta hora vino Inés a mi casa.
Renuncia a verla y a hablar con ella, mientras esté fuera de aquí. Tu
sublimada virtud debe quedar satisfecha con perdonarla.
--No, yo quiero verla, yo quiero ir allá--exclamó la joven derramando de
súbito un torrente de lágrimas--. Yo quiero verla. Inés es una buena
alma. Estamos engañados. Ella no puede haber cometido ninguna mala
acción. Señora, lord Gray no la ama ni puede amarla. Quien lo dijese es
un infame que merece arder en el infierno por toda la eternidad,
traspasada la lengua con un hierro candente.
--Asunción, sosiégate--dijo la madre con menos severidad, al notar que
la infeliz muchacha padecía una febril excitación, semejante a los
primeros síntomas de una enfermedad grave--. ¿A qué tanto empeño?
Siempre eres lo mismo... Tus manos arden... los ojos se te quieren
saltar de la cara; estás lívida... Hija, tu piedad exaltada de algún
tiempo a esta parte te hace mucho daño, y es preciso no olvidar la salud
del cuerpo. Tus largos insomnios cavilando en las cosas santas, tus
meditaciones sin fin, la viva pasión que te consume por lo religioso, te
han marchitado en pocos días.
Y luego, dirigiéndose a mí, añadió:
--Yo no quisiera que se extremara tanto en sus devociones; pero no se la
puede contener. Su alma es muy vehemente, y una vez que logré dirigirla
al santo fin que me proponía, hase inflamado en una piedad estupenda. Es
un fuego abrasador su espíritu, no un vano soplo, y la creo capaz de
grandes cosas en la esfera de la vida mística que tan celosamente ha
abrazado.
--Por Dios y todos los santos, ruego a usted, señora, que me permita ver
a Inés. Es mi amiga, mi hermana. Yo tengo orgullo en su virtud, yo me
siento ofendida y lastimada por la mala opinión que hoy se tiene de ella
en esta casa. Quiero hacer una buena obra y volverle su honor. ¿Por qué
ha de intervenir en esto la justicia, si yo confío en que la traeré a
casa? La justicia es el escándalo... Yo quiero ver a Inés, y conseguiré
de ella con una palabra más que toda la curia con una montaña de
papeles. Señora madre, esto que digo es inspiración de Dios, me salen
estas palabras del fondo del alma, siento dentro de mí un blando
susurro, como si la voz de un ángel me las dictara. No se oponga usted a
esta divina voluntad, pues voluntad divina es en este momento la mía.
La señora de Rumblar reflexionó, miró al techo, después a mí, luego a su
hija, y al fin exhalando un hondo suspiro, dijo:
--La dignidad y entereza tienen su límite, y la razón no puede a veces
resistir a las súplicas del sentimiento y la piedad reunidos. Asunción,
puedes ir a ver a Inés. Te llevará D. Paco.
La muchacha corrió ligera a vestirse.
--Pues como indiqué a usted, señora condesa...--dije, reanudando mi
interrumpida conferencia diplomática.
--Haga usted cuenta de que no ha indicado nada, caballero. Todo es
inútil. Si el objeto de su visita es traerme recados o proposiciones de
la condesa, puede usted retirarse.
--La señora condesa se apresura a conceder a usted...
--No quiero que me conceda nada. El jefe de la familia es la señora
marquesa de Leiva, y a estas horas ha tomado todas las providencias
necesarias para que todo vuelva a su lugar. Nada me corresponde hacer.
--¡La señora condesa está tan arrepentida de aquellas palabras!
--Que Dios la perdone... Mi responsabilidad está a cubierto... ¿Pero a
qué estos artificios, Sr. de Araceli? ¿Cree usted que no le comprendo?
--Señora, no hay artificio en lo que digo.
--Vamos, que a mí no se me engaña fácilmente. ¿Me faltará entendimiento
para comprender que todos esos supuestos recados de la condesa, son
pretexto que usted toma para entrar aquí y ver a mi hija Presentación,
de quien está tan enamorado?
--Señora, la verdad, no había pensado...
--Un ardid amoroso... en efecto, no es ningún crimen. Pero ha de saber
usted que he destinado a mi hija al celibato. Ella no quiere casarse...
Además, aunque de mis repetidos informes resulta que no es usted mala
persona, no basta... porque, veamos, ¿quién es usted?... ¿de dónde ha
salido usted?
--Creo que del vientre de mi madre.
--Bueno será, pues, que renuncie a sus locas esperanzas.
--Señora, usted padece una equivocación.
--Yo sé lo que digo. Ruego a usted que se retire.
--Pero... si me permitiera usted que acabara de exponerle...
--Ruego a usted que se retire--repitió con grave acento.
Me retiré, pues, y en el corredor, una puerta se entreabrió para dejarme
ver el lindo rostro de Presentación y una blanca manecita que me
saludaba.