Mientras madre e hija espaciaban a sus anchas y a solas los sentimientos
y ternezas de su corazón, yo me encontraba (seis horas después de lo
contado, y ya muy entrado el día) frente a frente de mi señora doña
Flora, separada su persona de la mía tan sólo por la breve superficie de
una mesa, donde dos regulares tazones de chocolate nos servían de
almuerzo. Hablamos un rato del acontecimiento que mis lectores conocen,
y después, arrimando con arte la conversación hacia asunto más de su
gusto, me dijo:
--Amaranta me asegura que no miras con malos ojos a esa jovenzuela que
nos trajiste anoche. ¡Bonita formalidad es la tuya! ¿Y qué dirán de un
chiquillo que en vez de inclinarse a buscar apoyo para sus
inexperiencias en la compañía de personas mayores, se enloquece con las
niñas de su misma edad?... Vuelve en ti, hombre... oye la voz de la
razón... penétrate bien de...
--Vuelvo, oigo y penetro, señora doña Flora. Estoy arrepentido de mi
locura... Tentome el demonio, y... Pero siento pasos, que se me figura
son los del Sr. D. Pedro del Congosto.
--Jesús, María y José... ¡Y tú ahí tan serio tomando chocolate
conmigo!... Pero hombre, ¿y el pudor y la decencia?
No pudo continuar porque entró D. Pedro, todo lleno de bizmas y parches,
fruto amarguísimo de la brillante campaña del Condado. Levantose azorada
doña Flora, y dijo:
--Sr. D. Pedro... es una casualidad, créalo usted, que se encuentre aquí
este mozuelo... Nunca está una libre de calumnias... Este chico es tan
loco, tan imprudente...
Congosto me miró con ira, y tomando asiento, habló así:
--Dejemos a un lado esa cuestión. A su tiempo será tratada... Ahora
vengo a decir a usted que se prepare a recibir a la señora condesa de
Rumblar, que viene seguida de respetables personas para que le sirvan de
testigos.
--¡Dios mío! ¡La justicia en mi casa!
--Parece que lord Gray robó anoche a la señora doña Inesita,
depositándola aquí.
--¡Es un error! ¿Pero de veras viene doña María? Yo estoy temblando...
Alguien ha entrado en la casa.
No había acabado de decirlo cuando sintiose gran ruido abajo y arriba
gran conmoción. Apareció Amaranta, apareció Inés, emitiéronse distintos
pareceres, pero prevaleció el de que se recibiese decorosamente a la de
Rumblar, contestando a sus cargos en el terreno legal, si ella en el
mismo los hacía.
Todos menos Inés nos reunimos en la sala, y a poco entró el lúgubre
cortejo, presidido por doña María, con una pompa y severa majestad que
le habrían envidiado reinas y emperatrices. Profundo silencio reinó en
la sala por un instante, mas rompiolo al fin, sin gastar tiempo en
saludos, doña María, no pudiendo contener el volcán que bramaba dentro
de las cavidades de su pecho.
--Señora condesa--dijo--venimos a casa de usted en busca de una doncella
puesta a mi cuidado, la cual ha sido robada esta noche de mi casa por un
hombre que se supone sea lord Gray.
--Aquí está, sí, señora--repuso Amaranta--. Es Inés. Si estaba puesta al
cuidado de personas extrañas, yo la reclamo porque es mi hija.
--Señora--dijo doña María temblando de cólera--ciertas supercherías no
producen efecto ante la declaración categórica de la ley. La ley no la
reconoce a usted por madre de esa joven.
--Pues yo me reconozco y declaro aquí delante de los que me escuchan,
para que conste con arreglo a derecho. Si usted alega una ley, yo alego
otra, y entretanto mi hija no saldrá de mi casa, porque a ella ha venido
espontáneamente y por su propia voluntad, no seducida por un cortejo,
sino con deliberado propósito de vivir a mi lado, como hija obediente y
cariñosa.
--No me sorprende la conducta de lord Gray--dijo doña María--. Los
nobles de Inglaterra suelen corresponder de este modo a la hospitalidad
que se les da en las casas honradas... Pero no debo culpar tan sólo a
él, hombre de mundo, privado de ideas religiosas y ciego ante la luz de
la verdadera y única Iglesia, no. ¿Qué ha de hacer el ciego sino
tropezar? A quien principalmente acuso es a ella; lo que más que nada me
asombra es la liviandad de esa muchacha casquivana... Verdaderamente,
señora condesa, voy creyendo que tiene usted razón en llamarla su hija.
Árbol y fruto con iguales propiedades se distinguen.
--Señora doña María--replicó Amaranta con la voz tan temblorosa, a causa
de la cólera, que apenas se entendían sus palabras--no vino mi hija
seducida por lord Gray. Vino acompañada por él o por otro, que esto no
hace al caso, y movida de propia inspiración y deseo. Me congratulo de
ello, porque así la persona que más amo en el mundo estará libre de
corromperse con el mal ejemplo de dos conocidas niñas mojigatas, que
esconden a sus novios bajo las faldas de brocado de los santos que
tienen en los altares de su casa.
Doña María se levantó como si el sillón en que estaba sentada se
sacudiera repelido por subterránea explosión. Sus ojos fulminaban rayos,
su curva nariz, afilándose y tiñéndose de un verde lívido, parecía el
cortante pico del águila majestuosa: moviose convulsivamente su barba
picuda, reliquia de la antigua casta celtíbera a que pertenecía, hizo
ademán de querer hablar; mas con gesto majestuoso semejante al de las
reinas de la dinastía goda cuando mandaban hacer alguna gran justicia,
señaló a la otra condesa, y desdeñosamente dijo:
--Vámonos de aquí. No es este mi lugar. Me he equivocado. Señora
condesa, quise que no se agriara esta cuestión; quise evitar a usted la
visita de los emisarios de la ley. Pero usted no merece otra cosa, y no
seré yo quien desempeñe en esta casa el papel que corresponde a
alguaciles y polizontes.
--Como experta en pleitos--repuso Amaranta--y conocedora de tal laya de
gente, puede usted buscar en la familia de estos una esposa para su
digno hijo el señor conde, varón insigne en las tabernas y garitos de
Madrid. Jugando al monte podrá restablecer el mermado patrimonio, sin
verse en el caso de solicitar un enlace violento con una joven
mayorazga.
--Salgamos de aquí, señores; son ustedes testigos de lo que aquí ha
pasado--dijo doña María dirigiéndose a la puerta.
Y sin esperar a más, resueltamente y bramando de ira, que expresaba con
olímpico fruncimiento de cejas, salió de la sala y de la casa, seguida
de los mismos que le habían acompañado, a cuya cola iba D. Paco.
Por largo rato reinó profundo silencio en la sala. Amaranta, después de
desahogar las antiguas cóleras de su pecho, estaba meditabunda y aun
diré que arrepentida de todo lo que había dicho, doña Flora preocupada,
y Congosto, con los ojos fijos en el suelo, revolvía sin duda en su
cabeza altos y caballerescos pensamientos. Sacó a todos de su
perplejidad una visita que nadie esperaba, y que causara general
asombro. En la sala se presentó de improviso lord Gray.
Advertí en su fisonomía las huellas de la agitación de la pasada noche,
y lo turbado de su hablar indicaba que aquel singular espíritu no había
recobrado su asiento.
--En mal hora viene milord--le dijo secamente D. Pedro--. Ahora acaba de
salir de aquí doña María, cuyo enojo por las picardías de usted es tan
fuerte como justo.
--La he visto salir--repuso el inglés--. Por eso he entrado. Deseo
saber... ¿Se sospecha de mí, señora condesa, se me acusa?...
--¡Pues no se le ha de acusar, hombre de Dios!...--dijo D. Pedro--. Pues
a fe que echó requiebros la señora doña María... y con mucha razón por
cierto. Pues qué, robar a la señora doña Inesita, aun con consentimiento
de la que se llama su madre...
--Vamos, estoy tranquilo--dijo lord Gray--. Veo que me imputan las
hazañas de este pícaro Araceli, dejando en el olvido las mías propias.
Desvaneceré el engaño, aunque en realidad, yo acepto todas las glorias
de esta clase que me quieran adjudicar... La señora condesa estará ya
contenta.
Amaranta no contestó.
--Disimule usted--dijo D. Pedro--. Eche usted sobre el prójimo sus
abominables culpas.
--Veo con dolor--repuso lord Gray jovialmente--que en el rostro de
usted, Sr. de Congosto, están escritas con parches y ungüentos las
gloriosas páginas de la expedición al Condado.
--Milord--exclamó el héroe con ira--, no es propio de un caballero
zaherir desgracias motivadas por la casualidad. Antes que hacer tal cosa
examinaría yo mi conciencia por ver si está libre de faltas. La mía no
me acusa de haber cometido en ningún tiempo bellaquerías como la de
anoche.
--¿Cuál?
--Ya lo sabe usted. Acabamos de oír a la señora de Rumblar--añadió la
estantigua enfureciéndose gradualmente--. Digo y repito que es una gran
bellaquería.
--Eso va con usted, Araceli.
--No, con usted, con usted, lord Gray. Usted es quien ha sacado a esa
joven de aquella honesta casa, morada augusta de los buenos principios;
usted quien la ha quitado de la protección y amparo de doña María, cuya
santidad y nobleza engrandecen cuanto a su alcance se halla.
--¿Con que es una gran bellaquería?--repitió lord Gray burlonamente--.
Eso quiere decir que soy un gran bellaco.
--¡Sí señor, un grandísimo bellaco!--repitió don Pedro, poniéndose tan
encendido que las arrugas de su rostro semejaban los pliegues y
abolladuras de un pimiento riojano--. Y aquí está D. Pedro del Congosto,
para sostener lo que ha dicho, aquí y fuera de aquí en la forma y manera
que usted lo crea conveniente.
--¡Oh, Sr. D. Pedro!--exclamó lord Gray con júbilo--. ¡Qué gran placer me
proporciona usted! Desde que por primera vez visité esta noble tierra,
he buscado ansiosamente al gran D. Quijote de la Mancha; yo quería
verle, yo quería hablarle, yo quería medir la fuerza de mi brazo con la
del suyo, pero ¡ay!, hasta ahora lo he buscado en vano. He revuelto
media península buscando a D. Quijote, y D. Quijote no parecía por
ninguna parte. Yo creí que tan noble tipo se había extinguido,
disipándose en la corruptora sociedad de los modernos tiempos; pero no,
aquí está, al fin le encuentro con idéntico traje y rostro, un Quijote
algo degenerado en verdad, pero Quijote al fin, que no se encuentra ni
puede encontrarse más que en España.
--Si usted bromea, señor lord, yo soy hombre serio--repuso D. Pedro--.
Yo tomo a mi cargo la defensa de esa ultrajada señora que acaba de
salir; yo desharé su agravio y me tomo a pechos el castigar esta gran
injuria que ha recibido limpiando con la sangre del traidor la infame
mancha. Esto digo sin nada de quijotería. Ya se ve... en esta casa no me
entienden. Es indudable que han entrado aquí las ideas filosóficas,
ateas y masónicas, según las cuales ya se acabó el honor y la grandeza,
lo noble y lo justo, para que no haya más que pillería, liberalismo,
libertad de la imprenta, igualdad y demás corruptelas... Lo dicho,
dicho. Este traje que visto prueba que he tomado a mi cargo la defensa
de los principios en cuyo nombre se ha levantado la nación contra
Bonaparte. ¡Oh, si todos me imitaran!... ¡Si todos empezando por el
traje acabaran por las obras!... Pero basta de palabras. Elija usted
hora y sitio. Acción tan aleve no puede quedar sin castigo.
--D. Quijote, sí, es él mismo--dijo el inglés--. D. Quijote degenerado y
nacido de cruzamientos, pero que algo conserva de la generosa sangre del
padre, como el mulo lleva en sí un poco de la dignidad y nobleza del
caballo.
--¡Cómo! ¿Llama usted mulo a un hombre como yo?--exclamó Congosto
requiriendo coléricamente la espada.
--No, caballero insigne; decía que el quijotismo español de hoy se
parece al antiguo, como se parece el mulo al caballo. Por lo demás
acepto el reto de usted y nos batiremos a la jineta, a pie, con sable,
espada, lanza, honda, ballesta, arcabuz, o como usted quiera. Pronto
partiré de Cádiz, quizás mañana mismo. Disponga usted de mí cuando
guste.
--¿De verás se marcha usted?--dijo Amaranta saliendo de su atonía.
--Sí, señora, estoy decidido... Vendré a despedirme de usted... Conque
Sr. D. Pedro...
--Lo dicho, dicho. Enviaré mi padrino.
--Lo dicho, dicho. Enviaré el mío.
D. Pedro salió mirándonos con altanera soberbia, que nos hizo sonreír a
todos menos a doña Flora, la que reprendió al inglés su deseo de sujetar
a nuevas pruebas la quebrantada osamenta del héroe del Condado. Después
la condesa, que no participaba de nuestro humor festivo por la escena
cómica que había seguido a la trágica, cual ordinariamente ocurre en el
mundo, llevome aparte, y con aflicción me dijo:
--Temo haberme dejado arrastrar demasiado lejos por la ira que me
produjo la presencia de aquella mujer. Le dije cosas demasiado duras, y
cada palabra me pesa sobre la conciencia. Exasperada por lo que le dije,
tomará venganza de mí, y si acude a la ley, no creo que la ley me sea
favorable. Yo no tomé precaución alguna cuando se verificó el
reconocimiento de Inés.
--Venceremos esas y otras dificultades, señora.
--Yo transigiría con ella y con mi tía, con tal que me dejaran a Inés.
Creo que cediendo a doña María parte de mis derechos mayorazguiles,
sería fácil aplacar esa furia. La de Leiva no es ni con mucho tan
inconquistable.
--¿Quiere usted que lo proponga a la señora doña María?... Nada se
pierde... No sé si me recibirá; pero intentaré hablarla. Me favorece el
que no sospecha nada de mí en el suceso de anoche.
--Es una buena idea. Sí... tampoco sería malo que yo me mostrase
arrepentida de las atrocidades que le dije... no... ¡Oh, qué confusión,
Dios mío! No sé qué hacer...
--Cualquiera de esos actos me parece aceptable.
--¿Te parece que debo ir allá?
--Hoy no es conveniente. Se reanudaría al punto la reyerta, porque aquel
volcán en erupción estará echando fuego, humo y lava por algún tiempo.
Será prudente que yo me anticipe e indique a doña María esa idea de
transacción que usted le propone, con tal que no la priven de su hija.
--Sí, hazlo tú primero. Yo me arriesgaré a tratar con mi tía, que es el
jefe de la familia, pero antes conviene tantear a la de Rumblar, a ver
qué tal se presenta.
--Ante todo debo indicar prudentemente a doña María que usted reconoce
haber estado algo dura en la entrevista.
--Sí... lo encomiendo a tu habilidad, y me quedo tranquila... Si te
recibe mal, no te importe. Con tal que te deje hablar, aguanta
desprecios y desaires.
Hago mención de este diálogo que tuvimos la condesa y yo, para que
comprenda el lector la razón de la extraña visita que hice a doña María
un día después de aquel de tanto ruido en que ocurrió lo que acabo de
contar.