--¿A dónde me llevas?--exclamó Inés con espanto cuando me senté junto a
ella dentro del coche que empezó a rodar pesadamente.
--Ya lo has oído. No me preguntes por qué. Allá lo sabrás. He tomado
esta resolución y no hay fuerza humana que me aparte de ella. No es una
calaverada; es un deber.
--¡Qué dices! Yo salí para salvar a mi amiga de la deshonra, y la
deshonrada soy yo.
--Inés, oye lo que te digo. ¿Estás decidida a casarte con D. Diego?
--Déjate de simplezas.
--Pues entonces calla y resígnate a ir a donde yo te lleve. Una serie de
acontecimientos providenciales te ha puesto en mi poder y creería
cometer un crimen si te llevara de nuevo a aquel aborrecido encierro,
donde al fin serías víctima del egoísmo fanático y de la insoportable
autoridad de quien no tiene ningún derecho a martirizarte... Pobrecilla,
graba en tu memoria lo que te estoy diciendo y más tarde bendecirás esta
locura mía. No, no volverás allá. No pienses más en doña María. Confía
en mí. Dime: ¿te he engañado alguna vez? Desde que nos conocimos ¿no has
sido para mí una criatura venerada a quien de ningún modo se puede
ofender? ¿No has visto siempre en mí, junto con el cariño más vivo que
jamás se tuvo hacia persona alguna, un respeto, un culto superior a
todas las debilidades humanas? Inés, tú eres víctima de un gran error.
¿Temes a doña María, temes a la de Leiva, temes a esas siniestras y
medrosas figuras que constantemente te están vigilando con sus ojos
terribles? Pues bien; esas dos personas no son para ti otra cosa que dos
figurones como los que asustan a los chicos. Acércate, tócalos y verás
cómo son cartón puro.
--No sé qué quieres decir.
--Quiero decir--continué hablando con tanta vehemencia como rapidez--que
te has forjado respetos de familia, consideraciones e ideas que son
hijas de un error. Te han engañado, están abusando de tu bondad, de tu
dulzura para fines execrables, y no pudiendo amoldar tu hermosa
condición a la suya, te corrompen por grados, falsificándote, querida
mía, con la escuela del disimulo. No hagas caso, no pienses en ellas,
considérate libre. Vivirás al amparo de la única persona que tiene
derecho a mandar en ti; serás libre, disfrutarás de los goces inocentes,
de los nobles placeres de la Naturaleza; podrás mirar al cielo, admirar
las obras de Dios, podrás ser buena sin hipocresía, alegre sin
desenfado, vivir rodeada de personas que te adoren, y con la conciencia
en paz y tranquila. No interrumpirá tu sueño la cavilación de los
fingimientos que tendrás que hacer al día siguiente para que no te
castiguen. No te verás en el doloroso caso de mentir; no te aterrará la
idea de desposarte con un hombre aborrecido; no estarás expuesta a la
alternativa de que peligre tu virtud o seas desgraciada, desgraciadísima
y digna de lástima en esta breve vida y luego condenada en la eternidad
de la otra.
--Gabriel--me dijo ella bañado el rostro en lágrimas--no entiendo lo que
me dices. No puedo creer que tú seas capaz de engañarme. ¿Lo que dices
es una locura o qué es...? ¿A dónde me llevas...? Por Dios, no hagas una
locura. Cochero, cochero, a la calle de la Amargura.
--El cochero irá donde yo le mande--exclamé alzando la voz, porque el
ruido del carruaje nos obligaba a hablar a gritos--. Regocíjate, Inés,
alégrate, amiguita. El aspecto de tu existencia va a cambiar desde esta
noche. ¡Cuántas penas, pobrecita, cuántas alternativas y vaivenes en tan
pocos años! Por un lado tú, por otro yo. Ambos sujetos a mil fatigas,
mecidos y arrastrados por este oleaje terrible que ya nos sube, ya nos
baja, ya nos junta, ya nos separa...
--Es verdad, es verdad.
--¡Pobre amiga mía! ¡Quién había de decirte que en tu grandeza serías
tan desgraciada como en tu miseria!
--Sí, es verdad, es verdad... Pero me dejo arrastrar por tu demencia.
¡Llévame a mi casa, por Dios! Después concertaremos...
--Ya está concertado...
--Pero mi familia... Yo tengo nombre y familia...
--A eso voy.
--No, no puedo consentirlo. Es imposible que me engañes... ¡A casa, a
casa! ¡Qué dirán de mí! ¡Virgen Santísima!
--No dirán nada.
--Yo tengo imaginado un gran plan...
--Este plan es el mejor... Tu prima acabará de dártelo a conocer. Al
diablo doña María y la de Leiva.
--Es el jefe de la familia. Ella manda.
--Ahora mando yo, Inés. Obedece y calla. ¿No recuerdas que en todos los
instantes supremos de tu vida has necesitado de mi ayuda? Ahora es lo
mismo. Hace tiempo que buscaba esta ocasión... te atisbaba con vigilante
mirada... quería robarte, como te robé en casa de los Requejos, y al fin
lo he conseguido... Que venga acá doña María a arrancarte de mi poder.
Lo demás te lo dirá tu prima. Ya llegamos.
Fuera que confiaba en mí entonces como en otras ocasiones de su vida,
abandonándose a aquel destino suyo, de que yo había sido tantas veces
celoso ejecutor; fuera que un vago presentimiento la inclinaba a aprobar
mi conducta, lo cierto es que no hizo esfuerzo para resistir cuando
entré con ella en la casa y la conduje arriba, despertando con el
estruendo de mi llegada a todos los habitantes de la casa. Gran susto
tuvo Amaranta al sentir tan a deshora los golpes y voces con que yo me
anuncié. Al salir a mi encuentro, doña Flora y la condesa estaban
aturdidas de puro asombradas.
--¿Qué es esto? ¿Cómo has salido de la casa?--exclamó la condesa,
besándola con ternura--. A Gabriel debemos sin duda esta buena obra.
--Qué placer es estar junto a usted, querida primita--dijo Inés
sentándose en el sofá de la sala tan cerca de Amaranta, que casi estaba
sobre sus rodillas--. Me olvido de la falta que he cometido huyendo de
mi casa, y los gritos de mi conciencia son ahogados por la gran
felicidad que ahora siento. Estaré un ratito, un ratito nada más.
--Gabriel--dijo Amaranta con el rostro inundado de lágrimas--¿cuándo
sale la expedición? Yo pediré permiso para marchar en ella y nos
llevaremos a Inés.
--¡Huir!--exclamó la muchacha con terror--. Yo apareceré a los ojos de
todos como una criatura sin pudor que deshonra y envilece a su
familia... Volveré a casa de doña María.
--¡Fuera engañosas apariencias!--grité yo--. Por más que vuelvas a todos
lados la vista, no encontrarás más familia que la que en estos momentos
te rodea.
La condesa con su mirada penetrante quiso imponerme silencio; pero yo no
podía callar, y los pensamientos que se agitaban con febril empuje en mi
cerebro, afluían precipitadamente a mis labios, dándome una locuacidad
que no podía contener.
--El entrañable amor que te ha manifestado siempre la persona en cuyos
brazos estás, ¿no te dice nada, Inés? Cuando pasaste de la humildad de
tu niñez a la grandeza de tu juventud, ¿qué brazos te estrecharon con
cariño? ¿Qué voz te consoló? ¿Qué corazón respondió al tuyo? ¿Quién te
hizo llevadera la soledad de tu nobleza? Seguramente has comprendido que
entre ella y tú existían lazos de parentesco más estrechos que los que
reconoce el mundo. Tú lo conoces, tú lo sabes, tu corazón no puede
haberse engañado en esto. ¿Necesito decírtelo más claro? La voz de la
Naturaleza antes de ahora, en todas ocasiones, y más que nunca ahora
mismo clamará dentro de ti para declarártelo. Señora condesa, abrácela
usted, porque nadie vendrá a arrancarla de manos de su verdadero dueño.
Inés, descansa tranquila en ese seno, que no encierra egoísmo ni
intrigas contra ti, sino sólo amor. Ella es para ti lo más santo, lo más
noble, lo más querido, porque es tu madre.
Diciendo esto callé; descansé como Dios después de haber hecho el mundo.
Estaba tan satisfecho de haber hablado, que las lágrimas, la turbación,
la emoción silenciosa y profunda de las dos mujeres, abrazadas y
oprimidas una contra otra como queriendo formar una sola persona, me
halagaban más que al orador elocuente los aplausos de la multitud y el
delirio del triunfo. Las últimas palabras las solté como se echa fuera
algo que nos ahoga.