Por fin llegamos a casa de lord Gray. Toqué fuertemente a la puerta y un
criado soñoliento y malhumorado bajó a abrirnos.
--El señor no está--nos dijo.
Creyendo que nos engañaba, empujé puerta y portero para abrir paso, y
entramos diciendo:
--Sí está. Me consta que está.
Como la casa de lord Gray era centro de aventuras, y allí entraban con
frecuencia hombres y mujeres a distintas horas del día y de la noche, el
criado no puso obstáculo a que invadiéramos imperiosamente la casa, y
guiándonos a la sala, encendió luces, sin cesar de repetir:
--El señor no está, el señor no ha venido esta noche.
Inés, desfallecida, dejose caer en un sillón. Yo recorrí la casa toda, y
en efecto, lord Gray no estaba. Después de mis pesquisas Inés y yo nos
miramos con angustiosa perplejidad, confundidos ante la inutilidad del
arriesgado paso que habíamos dado.
--No están, Inés. Lord Gray ha tomado sus precauciones y es inútil
pensar en impedir la fuga.
--¡Inútil!--exclamó con dolor--. No sé qué pensar. Llévame otra vez a mi
casa. ¡Dios mío santísimo, si me sienten llegar contigo!... ¡Si doña
María se levanta y ve que Asunción y yo no estamos allí!... ¡Esto ha
sido una locura! ¡Desgraciada Asunción! ¡Tan buena y tan loca!
Inés lloraba con vivo dolor la pérdida de su amiga.
--Para mí es como si hubiera muerto--añadió--. ¡Que Dios la perdone!
--Engañado por su aparente santidad, jamás creí que tuviera tan ciega
pasión por un hombre.
--Su hipocresía es superior a todo lo que puede concebirse. Ha aprendido
a disimular con tal arte sus sentimientos, que todos se engañan respecto
a ella.
--Para decírtelo todo de una vez, Inés, yo creí que la que amaba a lord
Gray eras tú. Todos, incluso Amaranta, creían lo mismo.
--Ya lo sé. Yo misma tengo la culpa de esto, porque deseando evitar a mi
amiga las crueles reprensiones y castigos de su madre, callaba y sufría
siempre, y las sospechas caían sobre mí. Conmigo tenían cierta
tolerancia, y como sólo se trataba de cartitas y tonterías, dejé correr
el engaño, pasando por casquivana... Algunas veces me apropiaba
deliberadamente las faltas de Asunción, por el beneficio que me
traían... ¿no entiendes? Mi mayor gusto era ver rabiar a D. Diego,
diciendo que no se casaría nunca conmigo.
--Él espera que pronto le darás tu mano.
Por primera vez en aquella noche la vi reír.
--Yo sabía--añadió después--que todas las sospechas caían sobre mí, y
callaba. Jamás hubiera delatado a la pobre Asunción. Esperaba arrancarle
de la cabeza esa locura, y en una ocasión creí conseguirlo. Lord Gray
ponía en juego mil ingeniosas estratagemas... ¿Tú sabes todo lo que pasó
el día que fuimos a las Cortes?... ¡Hombre más original!... Yo esperaba
que siguieras yendo a casa por la noche... te hubiera informado de
todo... Pasaron días y meses, y entretanto, sola y abandonada de todos,
necesitaba valerme de mis propios esfuerzos para ir prolongando,
prolongando mi situación, con la esperanza de verme libre algún día...
Pero marchemos al punto de aquí. ¡Dios mío, qué tarde!
--Inés, te he recobrado, te he reconquistado después de creerte perdida
para siempre--afirmé olvidando la situación en que nos encontrábamos--.
Has resucitado para mí. ¡Querida mía, imitemos la conducta de Asunción y
lord Gray, y vámonos por esos mundos!
Me miró con severidad.
--¿Deseas volver a aquella horrible prisión, más cerrada y más sombría
que la casa de los Requejos?--le dije con exaltación, estrujando sus
manecitas entre las mías.
--Más vale esperar--me contestó--. Llévame a mi casa.
--¡Otra vez allá!--exclamé deteniéndola en su marcha con la barrera de
mis brazos, que hubieran querido ser muralla indestructible para
separarla del resto del mundo--. ¡Otra vez allá! Ya no te volveré a ver
más. Se cerrarán las puertas de ese purgatorio presidido por doña María,
y adiós para siempre. Querida mía, vamos a casa de la condesa; allí te
convenceremos. Sabrás lo que importa más que nada en el mundo.
Inés demostraba gran impaciencia.
--¡Pero un momento más, un momento! Pasan meses sin verte. Sabe Dios
hasta cuándo no nos veremos. ¿No sabes lo que me pasa? El gobierno ha
dispuesto que salga una expedición para desembarcar en Cartagena y
socorrer a las partidas de Castilla. Me han designado para formar parte
de ella. Pobre soldado, tengo que obedecer. ¿Cuándo nos volveremos a
ver? Nunca. No te separes de mí esta noche. Salgamos de aquí, y te
llevaré al lado de la condesa, tu prima.
--¡No, a casa, a casa!
--La puerta de aquella mansión me parece que es la losa de tu sepulcro.
Cuando se cierre, dejándote dentro, todo se acabó.
--No, yo no quiero salir como Asunción, acechando el sueño de su madre
para escapar. Yo no quiero salir así de mi encierro, sino en pleno día,
con las puertas abiertas y a la vista de todos. Vámonos. ¡Qué locura he
hecho esta noche, Dios mío! Asunción, ¿dónde estás? ¿Has muerto ya para
mí y para los demás?... No puedo estar aquí ni un instante más. Me
parece que siento la voz de doña María llamándome, y los cabellos se me
erizan de espanto.
Inés se dirigió a la salida. En el mismo instante oímos ruido de un
coche en la calle. Aguardamos, sintiendo que alguien subía, y por fin
abriose la puerta de la sala, y apareció lord Gray. Estaba sombrío,
fosco, agitado, nervioso.
Nos miró con asombro, quiso reír, pero su colérico semblante no echaba
de sí más que rayos. Temblaba de ira, iba de un lado para otro de la
sala, como un tigre en su jaula, nos miraba, nos decía algo inconexo,
risible, estúpido, y luego hablaba consigo mismo en monosílabos
incomprensibles, mezclando la lengua inglesa con la española.
--Sr. de Araceli, buenas noches... Y usted, niña, ¿qué hace aquí? ¡Ah!,
ya... Mi casa sirve de refugio a los amantes... Son ustedes más
afortunados que yo... ¡Condenación eterna para las niñas mojigatas!...
Un hombre como yo... No debí acceder... ¡Por San Jorge y San
Patricio!...
--Lord Gray--dije--hemos venido a esta casa con móvil muy distinto del
que usted supone.
--¿En dónde está Asunción?--exclamó Inés con vehemencia--. No, no saldrán
ustedes de Cádiz. Voy a alborotar toda la ciudad.
--¿Asunción?--repuso el inglés pateando con cólera y elevando el puño--.
He sido un necio... pero mañana veremos... El demonio me lleve si
cedo... ¿Qué decía usted? Asunción... es una niña honradita y
formalita... ¡Maldito <i>bigotism</i>!... Mucho lloro, mucho hipo, mucho
suspirito... ¡Mala peste!... ¿Qué decía usted?... Perdone usted... Estoy
nervioso... despido fuego y electricidad... Pues como decía, Asunción...
--¡Sí!, ¿dónde está? Es usted un malvado.
--La pobrecita niña está ya de vuelta en casa rezando el <i>Confiteor</i>
con las manecitas cruzadas delante del altarejo... ¡Malditas sean las
niñas piadosas!... Parece que su voluntad ha de ser de roca, y es cera
de iglesia. Están buenas para sacristanes... Pues sí. En su casa está ya
de vuelta. El seráfico arcangelillo se asustó al verse solo conmigo en
lugar extraño... ¡No les gusta más que la sacristía!... Lloró, rabió,
quiso matarse, escandalizó la casa de aquella ilustre doña Mónica a
donde la llevé... Jamás me ha pasado otra como esta... ¡Pobre gatita,
cómo mayaba! ¡Qué lastimeros ayes! ¡Qué gritos para clamar por su
honor!... Nada; es preciso ser fraile o sacristán... En fin, ya está
otra vez en su casa, a donde acabo de llevarla sigilosamente, lo mismo
que la saqué... Señora doña Inesita, veo que es usted mujer resuelta...
Usted se ha echado a la calle con este insigne mancebo... No hay que
hacer aspavientos de honor y demás bambolla... La señora condesa me lo
ha contado todo esta tarde desde la cruz a la fecha... Ella quería que
yo me comprometiese a librarla a usted de su cautiverio, y convine en
ello... Pero ustedes lo han sabido arreglar. Así se hace... Esta noche
las contrariedades y las desdichas son para mí... Pero mañana... tomaré
precauciones... O hizo Lucifer a las mojigatas para reírse de los
enamorados, o las hizo Dios para castigarlos... Recapacitemos; ¡las hizo
Dios, Dios, Dios!...
--Salgamos al instante de aquí--dijo Inés--. Este hombre está loco. Si
es cierto que la infeliz ha vuelto a casa, pronto lo sabremos.
Impulsado por una determinación súbita, dije al inglés:
--Milord, ¿me presta usted su coche?
--Está a la puerta.
--Pues vamos.
Bajamos. Cogí a Inés en mis brazos, y subiéndola en la alta carroza (una
de las singularidades del Cádiz de entonces, introducida por lord Gray)
dije al cochero:
--A casa de la señora de Cisniega, en la calle de la Verónica.