Yo no corría, volaba, y en poco tiempo llegué a la calle de la Amargura,
mortificado por el recelo de acudir tarde. Un hombre que se lanza
desesperado al crimen no experimenta en el instante de perpetrar su
primer robo, su primer asesinato, emoción tan viva como la que yo
experimenté cuando introduje la llave, cuando le di vueltas poco a poco
para evitar todo ruido, cuando empujando la puerta ya abierta, esta
cedió ante mí sin rechinar, merced a las precauciones que con este fin
había tomado D. Diego. Entré, y por un rato halleme desorientado en la
profunda oscuridad del zaguán; pero a tientas y cuidadosamente pude
llegar al patio, donde la claridad del cielo que por la cubierta de
vidrios entraba, me permitió marchar con pie más seguro. Abriendo la
segunda puerta que daba paso a la escalera, subí muy despacio asido al
barandal.
El corazón me latía con loca presteza, pareciéndome tan desmesuradamente
ensanchado, que experimenté la sensación de llevar dentro del pecho un
objeto mayor que la casa en que estaba. Me tenté la espada, por ver si
estaba en mi cintura, y probé si salía con holgura de la vaina. En las
sombras que me rodeaban, creía ver a cada instante la imagen de lord
Gray y otra imagen, corriendo ambas fuera de la casa profanada.
Verdaderamente, señores, discurriendo con serenidad, no podía darme
cuenta del objeto de mi arriesgada expedición allí dentro. ¿Iba a
satisfacer en la persona de lord Gray mi anhelo de venganza, iba a
gozarme en mi propio desaire o a impedir la violenta determinación de
los locos amantes? Yo no lo sabía. En mi pecho bullían ardientes
furores, y se quemaba mi frente circundada por anillo de candente
hierro. Los celos me llevaban en sus alas negras llenas de agudas uñas
que desgarran el pecho, y dejándome arrastrar, no podía prever cuál
sería el término de mi viaje.
Al llegar al corredor de cristales que daba vuelta a todo el patio,
percibí con claridad los objetos, por la mucha luz de la luna que allí
penetraba. Entonces medité, y formulando vagamente un plan, dije:
--Aquí buscaré un sitio donde ocultarme. Lord Gray no puede haber
llegado todavía. Le espero, y cuando venga le saldré al paso.
Puse atento el oído, y creí sentir un rumor vago. Parecíame ruido de
faldas y pasos muy tenues. Aguardando un rato, al cabo distinguí una
forma de mujer que salía al corredor por la puerta menos próxima al
sitio donde yo me encontraba. Había allí un alto, pesado y negro ropero
que proyectaba sombra muy oscura sobre sus costados, y junto a él me
guarecí. Atisbé la figura que se acercaba, y al punto la reconocí. Era
Inés. Acercábase más, y al fin pasó por delante de mí. Yo me aplasté
contra la pared: hubiera querido ser de papel para ocupar el menor
espacio posible.
A la escasa luz pude advertir en ella una gran confusión. Inés iba hacia
la escalera, volvía, tornaba a adelantar, retrocediendo después. Sus
ademanes indicaban zozobra vivísima, más que zozobra, desesperación.
Exhalaba hondos suspiros, miraba al cielo como implorando misericordia,
reflexionaba después con la barba apoyada en la mano, y al fin volvía a
sus anteriores inquietudes.
--Es que le espera--dije para mí--. Lord Gray no ha venido.
Inés entró de repente en las habitaciones y salió al poco rato con un
largo mantón negro sobre la cabeza. Andaba con gran cautela, y sus
delicados pies parecía que apenas esfloraban los ladrillos del piso.
Volvió a pasar junto a mí, dirigiéndose a la escalera, pero retrocedió
otra vez.
--Está loca--pensé--se dispone a salir sola. Sin duda él le espera en la
calle.
La muchacha descendió dos o tres peldaños, y tornó a subir. Entonces
observé claramente su rostro; estaba muy inmutada. Balbucía o ceceaba, y
su soliloquio, en que se le escapaban voces articuladas, era de los que
indican una gran agitación del alma. Algunas voces tenues y confusas que
salían de sus labios, llegaron a mi oído y percibí con toda claridad
estas dos palabras: «<i>Tengo miedo</i>».
Al pasar cerca de mí, no sé si sintió mi respiración o el roce de mi
cuerpo contra la pared, porque me era imposible permanecer en absoluta
quietud. Estremeciose toda, miró al rincón, y de seguro me vio, es
decir, vio un bulto, un fantasma, un ladrón, cualquiera de esos
vestigios o imaginarios duendes de la noche, que asustan a los niños y a
las muchachas tímidas. En el paroxismo de su miedo, tuvo, sin embargo,
bastante presencia de ánimo para no gritar; quiso correr, mas le
faltaron las fuerzas. Maquinalmente salí de mi escondite, dando algunos
pasos hacia ella, la vi temblorosa con los ojos desencajados y las manos
abiertas, acerqueme más, y le dije en voz muy baja:
--Soy yo; ¿no me conoces?
--Gabriel--dijo como quien despierta de un mal sueño--. ¿Cómo has
entrado aquí? ¿Qué buscas?
--No me esperabas sin duda.
Su acento de profunda sorpresa no indicaba pesadumbre ni contrariedad.
Después añadió:
--No parece sino que te ha enviado Dios en socorro mío. Acompáñame:
tengo que salir a la calle.
--¡A la calle!--exclamé más desconcertado aún.
--Sí--dijo recobrando la zozobra que al principio había advertido en
ella--; quiero traerla aunque sea arrastrada por los cabellos... ¡Ay!
Gabriel, estoy tan angustiada que no sé cómo contarte lo que me pasa.
Pero vamos, acompáñame. No me atrevía a salir sola a estas horas.
Diciendo esto tomaba mi brazo, y con impulso convulsivo me empujaba
hacia la escalera.
--Esta casa está deshonrada... ¡Qué vergüenza! Si mañana despierta doña
María y no la encuentra aquí... Vamos, vamos. Yo espero que me
obedecerá.
--¿Quién?
--Asunción. Voy a buscarla.
--¿En dónde está?
--Se ha marchado... Ha huido... Vino lord Gray... En la calle te
contaré...
Hablábamos tan bajo que nos decíamos las palabras en el oído. En un
instante y andando con toda la prisa que permitía la oscuridad de la
casa, bajamos, abrimos las puertas y nos encontramos en la calle.
--¡Ay!--exclamó al ver cerrar por fuera la puerta--. En mi
atolondramiento se me olvidaba, al querer salir, que no tenía llaves
para abrir la puerta.
--Pero ¿a dónde vas tú, a dónde vamos?
--Corramos--dijo aferrándose a mi brazo.
--¿A dónde?
--A la casa de lord Gray.
Aquel nombre encendió de nuevo mi sangre, y pregunté con desabrimiento:
--¿Y a qué?
--A buscar a Asunción. Tal vez lleguemos a tiempo para impedir su fuga
de Cádiz... Está loca esa muchacha, loca, loca, loca... Gabriel, ¿con
qué objeto entrabas esta noche en la casa? ¿Ibas a buscarme?... ¿Ibas de
parte de mi prima?
--Pero lord Gray... Explícame eso.
--Lord Gray entró esta noche. Asunción le esperaba... levantose
callandito de su cama y se vistió. Yo desperté también... Asunción se
llega a mi cama cuando iba a partir, y besándome, en voz muy bajita me
dijo: «Inés de mi corazón, adiós, me voy de esta casa». Yo salté de mi
cama, quise detenerla, pero la pícara lo tenía todo muy bien dispuesto y
salió con gran ligereza. Quise gritar, pero tuve miedo... La idea de que
despertase doña María en aquel instante me hacía temblar... Se fueron
muy despacito, y cuando me quedé sola... ¡Ay! La insensatez de esa
muchacha, a quien todos tienen por santa, me enardecía la sangre. Lord
Gray la ha engañado; lord Gray la abandonará... Vamos, vamos pronto.
--¡Me parece que estoy soñando! De modo que Asunción... ¿Pero qué vamos
a hacer, qué vamos a decir a Asunción y a lord Gray?
--¿Y eso dice un hombre, un caballero, un militar que lleva una espada?
Cuando les vi salir sentí un impulso de cólera... quise correr tras
ellos... luego me ocurrió llamar a los de la casa... pero después,
pensando que lo mejor sería impedir la fuga de Asunción, discurrí si
podría traerla de nuevo a casa, con lo cual la condesa no se enterará de
nada... Yo pedí auxilio al cielo y dije: «Dios mío, ¿qué puede hacer una
mujer, una pobre y desvalida mujer, contra la perfidia, la astucia y la
fuerza de ese maldito inglés? Dios poderoso, ayúdame en esta empresa».
Cuando yo decía esto te me presentaste tú.
--¿Y cuál es tu intención?
--Yo dudaba si salir o no. Era una locura salir... ¿Qué hubiera podido
lograr sola? Nada. Ahora es distinto. Me presentaré en casa de ese
bandido; procuraré convencer a esa desgraciada de la miserable suerte
que le espera. ¡Oh!, nunca la creí capaz de acto tan abominable... Haré
lo posible por traérmela conmigo. Un hombre me acompaña, no temo a lord
Gray, y veremos si persiste en sus viles proyectos delante de mí.
--No persistirá. Lo que está pasando es un plan admirable de la
Providencia.
--La pobre Asunción es una tonta. Su fondo es bueno, pero con la
santidad, con el encierro y con lord Gray se le ha convertido la
imaginación en un hervidero. Nos queremos mucho. Varias veces he
conseguido de ella con mis cariñosas amonestaciones más que su madre con
el rigor y toda la Iglesia católica con sus santidades... Volverá,
volverá con nosotros... ¡Qué peligroso paso!... ¡Ella y yo fuera de
casa!... Corramos, corramos. La casa de ese hombre está en el fin del
mundo.
--Lord Gray abandonará su presa. Ya pronto llegamos. Lord Gray tendrá el
castigo que merece.
--¡Así te oyera Dios! ¡Pobre Asunción! ¡Pobre amiga! ¡Tan buena y tan
loca! Se me parte el corazón al considerarla deshonrada y perdida para
siempre. La arrancaremos de manos de su seductor... No, no huirá de
Cádiz... Aún faltan muchas horas para el día... Vamos, corramos pronto.