--Hoy voy a beber mucho--me dijo el inglés--. Si Dios no hubiese hecho a
Jerez, ¡cuán imperfecta sería su obra! ¿En qué día lo hizo? Yo creo que
debió de ser en el sétimo, antes del descanso, pues ¿cómo había de
descansar tranquilo si antes no rematara su obra?
--Así debió de ser.
--No; me parece que fue en el célebre día, cuando dijo: «Hágase la luz»;
porque esto es luz, amigo mío, y quien dice la luz, dice el
entendimiento.
--Señó miloro--dijo Poenco acercándose a mi amigo para hablarle con
oficioso sigilo--; María de las Nieves está ya loquita por vucencia. Se
hizo todo, y ya tiene su pañolón, sus zarcillos y su basquiña. Si no hay
nada que resista a ese jociquito rubio; y como vucencia siga aquí, nos
vamos a quedar sin donceyas.
--Poenco--dijo lord Gray--déjame en paz con tus doncellas, y lárgate de
aquí, si no quieres que te rompa una botella en la cara.
--Pues najencia, me voy. No se enfade mi niño. Yo soy hombre discreto.
Pero sabe vucencia que ofrecí dos duros a la tía Higadillos que llevó el
pañolón... cétera; cétera.
Lord Gray sacó dos duros y los tiró al suelo sin mirar al tabernero,
quien tomándolos, tuvo a bien dejarnos solos.
--Amigo--me dijo el inglés--ya no me queda nada por ver en las negras
profundidades del vicio. Todo lo que se ve allá abajo es repugnante. Lo
único que vale algo es este vivífico licor, que no engaña jamás, como
proceda de buenas cepas. Su generoso fuego, encendiendo llamas de
inteligencia en nuestra mente, nos sutiliza, elevándonos sobre la vulgar
superficie en que vivimos.
Lord Gray bebía con arte y elegancia, idealizando el vicio como
Anacreonte. Yo bebía también, inducido por él, y por primera vez en la
vida, sentía aquel afán de adormecimiento, de olvido, de modificación en
las ideas, que impulsa en sus incontinencias a los buenos bebedores
ingleses.
Resonó un cañonazo en el fondo de la bahía.
--Los franceses arrecian el bombardeo--dije asomándome al ventanillo.
--Y al son de esta música los clérigos y los abogados de las Cortes se
ocupan en demoler a España para levantar otra nueva. Están borrachos.
--Me parece que los borrachos son otros, milord.
--Quieren que haya igualdad. Muy bien. Lombrijón y Vejarruco serán
ministros.
--Si viene la igualdad y se acaba la religión, ¿quién le impedirá a
usted casarse con una española?--dije regresando junto a la mesa.
--Yo quiero que me lo impidan.
--¿Para qué?
--Para arrancarla de las garras que la sujetan; para romper las barreras
que la religión y la nacionalidad ponen entre ella y yo; para reírme en
las barbas de doce obispos y de cien nobles finchados, y derribar a
puntapiés ocho conventos, y hacer burla de la gloriosa historia de diez
y siete siglos, y restablecer el estado primitivo.
Decía esto en plena efervescencia, y no pude menos de reírme de él.
--Hermoso país es España--continuó--. Esa canalla de las Cortes lo va a
echar a perder. Huí de Inglaterra para que mis paisanos no me rompieran
los oídos con sus chillidos en el Parlamento, con sus pregones del
precio del algodón y de la harina, y aquí encontré las mayores delicias,
porque no hay fábricas, ni fabricantes panzudos, sino graciosos majos;
ni polizontes estirados, sino chusquísimos ladrones y contrabandistas;
porque no había boxeadores, sino toreros; porque no hay generales de
academia, sino guerrilleros; porque no hay fondas, sino conventos llenos
de poesía; y en vez de lores secos y amojamados por la etiqueta, estos
nobles que van a las tabernas a emborracharse con las majas; y en vez de
filósofos pedantes, frailes pacíficos que no hacen nada; y en vez de
amarga cerveza, vino que es fuego y luz, y sobrenatural espíritu...
»¡Oh, amigo! Yo debí nacer en España. Si yo hubiese nacido bajo este
sol, habría sido guerrillero hoy y mendigo mañana, y fraile al amanecer
y torero por la tarde, y majo y sacristán de conventos de monjas, abate
y petimetre contrabandista y salteador de caminos... España es el país
de la naturaleza desnuda, de las pasiones exageradas, de los
sentimientos enérgicos, del bien y el mal sueltos y libres, de los
privilegios que traen las luchas, de la guerra continua, del nunca
descansar... Amo todas esas fortalezas que ha ido levantando la
historia, para tener yo el placer de escalarlas; amo los caracteres
tenaces y testarudos para contrariarlos; amo los peligros para
acometerlos; amo lo imposible para reírme de la lógica, facilitándolo;
amo todo lo que es inaccesible y abrupto en el orden moral, para
vencerlo; amo las tempestades todas para lanzarme en ellas, impelido por
la curiosidad de ver si salgo sano y salvo de sus mortíferos remolinos;
gusto de que me digan «de aquí no pasarás», para contestar «pasaré».
Yo sentía inusitado ardor en mi cabeza, y la sangre se me inflamaba
dentro de las venas. Oyendo a lord Gray, sentime inclinado a abatir su
estupendo orgullo, y con altanería le dije:
--Pues no, no pasará usted.
--¡Pues pasaré!--me contestó.
--Yo amo lo recto, lo justo, lo verdadero, y detesto los locos absurdos
y las intenciones soberbias. Allí donde veo un orgulloso, le humillo;
allí donde veo un ladrón, le mato; allí donde veo un intruso, le arrojo
fuera.
--Amigo--me dijo el inglés--me parece que a usted se le van los humos de
la manzanilla a la cabeza. Yo le digo como Lombrijón a Vejarruco:
«Camaraíta, ¿eso que ha dicho es conmigo?».
--Con usted.
--¿No somos amigos?
--No: no somos ni podemos ser amigos--exclamé con la exaltación de la
embriaguez--. ¡Lord Gray, le odio a usted!
--Otro traguito--dijo el inglés con socarronería--. Hoy está usted
bravo. Antes de beber, habló de matar a un hombre.
--Sí, sí... Y ese hombre es usted.
--¿Por qué he de morir, amigo?
--Porque quiero, lord Gray; ahora mismo. Elija usted sitio y armas.
--¿Armas? Un vaso de Pero Jiménez.
Me levanté fuera de mí, y así una silla con resolución hostil; pero lord
Gray permaneció tan impasible, tan indiferente a mi cólera, y al mismo
tiempo tan sereno y risueño, que sentime sin bríos para descargarle el
golpe.
--Despacio. Nos batiremos luego--dijo rompiendo a reír con expansiva
jovialidad--. Ahora voy a declarar la causa de ese repentino enfado y
anhelo de matarme. ¡Pobrecito de mí!
--¿Cuál es?
--Cuestión de faldas. Una supuesta rivalidad, Sr. D. Gabriel.
--Dígalo usted todo de una vez--exclamé sintiendo que se redoblaba mi
coraje.
--Usted está celoso y ofendido, porque supone que le he quitado su dama.
No le contesté.
--Pues no hay nada de eso, amigo mío.--añadió--. Respire usted tranquilo
las auras del amor. Me parece haberle oído decir a Poenco que usted anda
a caza de esa Mariquilla, que no de las Nieves, sino de los Fuegos
debería llamarse. A usted le han dicho que yo... pues, diré como
Poenco... «cétera, cétera». Amigo mío, cierto es que me gustaba esa
muchacha; pero basta que un camaraíya haya puesto los ojos en ella para
que yo no intente seguir adelante. Esto se llama generosidad; no es el
primer caso que se encuentra en mi vida. En celebración de paz, acabemos
esta botella.
Al frenesí que antes había yo sentido sucedió un entorpecimiento y
oscuridad tal de mis facultades intelectuales, que no supe qué responder
a lord Gray, ni realmente le respondí nada.
--Pero, amigo mío--prosiguió él, menos afectado que yo por la
bebida--hemos sabido que a Mariquilla de las Nieves la corteja...
¡cortejar!, hermosa palabra que no tiene igual en ningún idioma... pues
decía que la corteja un guapo de Jerez que se me figura es más
afortunado que nosotros. Sin duda a ese es a quien usted quiere matar.
--¡A ese, a ese!--dije sintiendo que se me despejaban un tanto los
aposentos altos.
--Cuente usted conmigo. Currito Báez, que así se llama el jerezano, es
un necio presumido y matasiete, que con todo el mundo arma camorra.
Deseo tener cuestión con él. Le provocaremos.
--¡Le provocaremos, sí, señor; le provocaremos!
--Le mataremos delante de toda la gente del bronce, para que vean cómo
sucumbe un tonto a manos de un caballero... Pero no sabía que estuviera
usted enamorado. ¿Desde cuándo?
--Desde hace mucho, mucho tiempo--respondí viendo cómo daba vueltas la
habitación delante de mis ojos--. Éramos niños; ella y yo estábamos
abandonados y solos en el mundo. La desgracia nos impelió a
compadecernos, y compadeciéndonos, sin saber cómo, nos amamos. Padecimos
juntos grandes desventuras, y fiando en Dios y en nuestro amor vencimos
inmensos peligros. Llegué a considerarla como indisolublemente unida a
mí por superior destino, y mi corazón fortalecido por una fe sin
límites, no padeció en mucho tiempo los martirios de celos,
desconfianzas, temores ni amorosos sobresaltos.
--Hombre: eso es extraordinario. ¡Y todo por María de las Nieves!...
--Pero todo se acabó, amigo mío. El mundo se me ha caído encima. ¿No lo
ve usted, no lo ve usted caer a pedazos sobre mi cabeza? ¿No ve usted
estas montañas que me machacan los sesos? Mi cerebro hecho trizas salta
en piltrafas mil y salpicando se esparce por las paredes... aquí...
allí... más allá. ¿No lo ve usted?
--Ya lo veo...--repuso lord Gray, rematando una botella.
--El mundo se me cayó encima. Se apagó el sol... ¿No lo ve usted,
hombre; no advierte las horribles tinieblas que nos rodean? Todo se
oscureció, cielo y tierra, y el sol y la luna cayeron, como ascuas de un
cigarro... Ella y yo nos separamos: leguas y más leguas, días y días y
más días se pusieron entre nosotros; yo alargaba los brazos ansiando
tocarla con mis manos; pero mis manos no tocaban sino el vacío. Ella
subió y yo me quedé donde estaba. Yo miraba y no veía nada... estaba
escondida: ¿dónde?, dirá usted... dentro de mi cerebro. Yo me metía las
manos en la cabeza y escarbaba allí dentro; pero no la podía coger. Era
una burbuja, una partícula, un átomo bullicioso y movible que me
atormentaba en sueños y despierto. Quise olvidarla y no pude. De noche
cruzaba los brazos y decía: «aquí la tengo; nadie me la quitará...».
Cuando me dijeron que me había olvidado, no lo quería creer. Salí a la
calle y todo el mundo se reía de mí. ¡Espantosa noche! Escupí al cielo y
lo dejé negro... Me metí la mano en el pecho, saqué el corazón, lo
estrujé como una naranja y se lo arrojé a los perros.
--¡Qué inmenso e ideal amor!--exclamó lord Gray--. Y todo eso por
Mariquilla de las Nieves... Beba usted esa copa.
--Supe que amaba a otro--añadí sintiendo que mi cerebro despedía una
lumbre vagorosa y desparramada, llama de alcohol que trazaba mil figuras
en el espacio con sus lenguas azules--. Amaba a otro. Una noche se me
apareció. Iba de brazo con su nuevo amante. Pasaron por delante de mí y
no me miraron. Yo me levanté y tomando la espada, herí en el vacío, y en
el vacío surgió un manantial de sangre. La vi que se llegaba hacia mí
pidiéndome perdón. La manga de su vestido tocó mi rostro, y me quemó.
¿Ve usted la quemadura, la ve usted?
--Sí, la veo, la veo. ¡Y todo por María de las Nieves!... Hombre es
gracioso. A ver a qué sabe este Montilla.
--Yo quiero matar a ese hombre, o que él me mate a mí.
--No, a él, a él. ¡Pobre Currito Báez!
--Le mataré, le mataré, sí--exclamaba yo con furor, poniendo mi puño
cerrado en el pecho de lord Gray--. ¿No siente usted cómo baila el mundo
bajo nuestros pies? El mar entra por esa ventana. Ahoguémonos juntos y
todo se concluirá.
--¿Ahogarme? No--dijo el inglés--. Yo también amo.
A pesar de mi lastimoso estado intelectual presté atención vivísima a
sus palabras.
--Yo también amo--prosiguió--. Mi amor es secreto, misterioso y oculto,
como las perlas, que además de estar dentro de una concha están en el
fondo del mar. No tengo celos de nadie, porque su corazón es todo mío.
No tengo celos más que de la publicidad; odio de muerte a todo el que
descubra y propale mi secreto. Antes me arrancaré la lengua que
pronunciar su nombre delante de otra persona. Su nombre, su casa, su
familia, todo es misterioso. Yo me deslizo en la oscuridad, en oscuridad
profunda que no proyecte sobra alguna, y abro mis brazos para recibirla,
y los oscuros cuerpos se confunden en el negro espacio. Bullen átomos de
luz, como estos que ahora nos rodean, y en las puntas de nuestros
cabellos palpita con galvánica fuerza, embriagadora sensibilidad. ¿No
percibe usted estas ondas que vienen del cielo, no siente usted cómo se
abre la tierra y despide cien mil vidas nuevas, creadas en esta corola
donde estamos, y en cuyos bordes nos movemos a impulso de la suave y
embalsamada brisa?
--¡Sí, lo veo, lo veo!--respondí llevando el vaso a mis labios.
--Amigo mío, Dios hizo perfectamente al amasar este barro del mundo.
Habría sido lástima que no lo hiciera. La materia vivificada por el amor
es sin duda lo mejor que existe después del espíritu. Yo adoro el
universo lleno de luz, pintado con lindos colores, sombreado por
amorosas opacidades que cubren el discreto amor; yo adoro la naturaleza
que todo lo hizo hermoso, y detesto a los hombres corruptores del
elemento donde habitan, como ensucian los sapos la laguna. Mi alma se
arroja fuera de este lodazal y busca los aires puros; huye de las
infectas madrigueras de la civilización, abiertas en fango pestilente y
se baña en los rayos de oro que cruzan los espacios.
»Olvidaba decir a usted que para hacer más encantadora mi aventura, la
historia, es decir, diez y siete siglos de guerras, de tratados de
privilegios, de tiranía, de fanatismo religioso, se oponen a que sea
mía. Necesito demoler las torres del orgullo, abatir los alcázares del
fanatismo, burlarme de la fatuidad de cien familias que cifran su
orgullo en descender de un rey asesino, D. Enrique II, y de una reina
liviana, doña Urraca de Castilla; apalear cien frailes, azotar cien
dueñas, profanar la casa llena de pintarreados blasones, y hasta el
mismo templo lleno de sepulcros, si la refugian en él.
--¿La va usted a robar, milord?--pregunté en un instante de rápida
lucidez.
--Sí; la robaré y me la llevaré a Malta, donde tengo un palacio. He
pedido un barco a Inglaterra.
Sentí súbito estremecimiento, como si mi conturbada naturaleza hiciera
un esfuerzo colosal para recobrar su perdido aliento.
--Lord Gray--dije--somos amigos. Soy discreto. Yo le ayudaré a usted en
esa empresa, que no será fácil por desgracia.
--No lo será... veremos--repuso exaltado después de beber con ardiente
anhelo--. Yo le ayudaré a usted a matar a Currito Báez.
--Sí, le mataré; así tuviera mil vidas. Pero permítame usted que le
pague su auxilio, ofreciéndole el mío para robar a esa mujer, y
burlarnos de diez y siete siglos de guerras, de tratados, de
privilegios, de fanatismo, de religión, de tiranía.
--Bien, amigo Gabriel; venga esa mano. ¡Viva lo imposible! El placer de
acometerlo es el único placer real.
--Yo quisiera estar en los secretos de usted, milord.
--Lo estará usted.
--Yo mataré a mi hombre.
--Y pronto. Venga esa mano.
--Ahí va.
--Ahora bajemos--dijo lord Gray en el apogeo de su delirio.
--¿A dónde?
--Al mundo.
--El mundo se ha hecho pedazos, no existe--dije yo.
--Lo compondremos. Una vez se me rompió en mil pedazos un vaso etrusco
que compré en Nápoles. Yo recogí los trozos uno a uno y los pegué
perfectamente... ¡Oh, amada mía! ¿Dónde estás que no te veo? Este
perfume de flores, esta música me anuncian que no estás lejos. Sr. de
Araceli, ¿no la oye usted?
--Sí, una música encantadora--respondí, y era verdad que creí oírla.
--Ella viene envuelta en la nube que la rodea. ¿No advierte usted la
deslumbradora claridad que entra en la pieza?
--Sí, la veo.
--Mi amada viene, Sr. de Araceli; ya entra; aquí está.
Miré a la puerta y la vi; era ella misma, rodeada de una luz dorada y
pálida como la manzanilla y el Jerez que habíamos bebido. Quise
levantarme; pero mi cuerpo se hizo de plomo, mi cabeza pesó más que una
montaña y cayó entre mis brazos sobre la mesa, perdiendo de súbito toda
noción de existencia.