Al encontrarme en la calle miré a las rejas y las vi cerradas.
Atormentado por el recuerdo de lo que había visto y oído, revolviendo en
mi cabeza pensamientos de venganza, proyectos de barbarie, y no sé qué
ideas impías y locas, dije para mí:
--Ya no me queda duda. Mataré a ese maldito inglés.
En las mil alternativas y vicisitudes de mi vida, bajé, subí, caí y
levanteme; creí tocar con mis manos fatigadas el fondo de aquel mar de
la borrascosa desventura, donde transcurrió mi niñez, y fuerzas
ignoradas me sacaron de nuevo a la superficie; luché y padecí, deseé la
muerte y amé la vida; grandes vaivenes y sacudidas experimenté; pero
cuando subía, y bajaba, y luchaba, y vivía, y moría, jamás dejé de
percibir aquella luz, encendida ante la desgracia, lejana estrella a
quien consideraba como expresión de lo divino y sobrenatural que hay en
la existencia. Pero ya la luz se había apagado, y volviendo los ojos en
derredor, yo no veía sino espantosas oscuridades. Lo que yo creía
perfecto ya no lo era; lo que yo juzgué mío, tampoco era mío, y pensando
en esto no cesaba de exclamar:
--Mataré a ese condenado lord Gray. Ahora comprendo la satisfacción de
matar a un hombre.
Turbado por los celos, mi corazón, que hasta entonces había como
florecido, despidiendo un sentimiento apacible y contemplativo cual el
de la religión, ardía ahora con apasionado centelleo, y lo que había
amado, por extraordinaria contradicción más digno de ser amado le
parecía. Sentía ansia de destrucción, y mi amor propio, mi orgullo
herido clamaban al cielo, haciendo a toda la creación solidaria de mi
agravio. Yo creía que el universo entero estaba ofendido, y que cielo y
tierra respiraban anhelo de venganza. Crucé varias calles, repitiendo:
--Mataré a ese inglés, le mataré.
Al volver una esquina creí distinguirle y apresuré el paso. Sí, era él.
Dios me lo ponía delante; le vi de espaldas y corrí; mas cuando estaba
junto a él y antes que me viera, pensé que no era prudente precipitar un
hecho que debía tener justificación completa. Procurando serenarme, dije
para mí:
--Tengo la seguridad de sorprenderle dentro de la casa. Entretanto,
esperemos.
Le toqué en el hombro, y él, al volverse, me miró impasible, sin mostrar
ni alegría ni desagrado.
--Lord Gray--le dije--ha tiempo que estoy esperando la última lección de
esgrima.
--Hoy no tengo humor para lecciones.
--La necesitaré pronto.
--¿Va usted a batirse? ¡Qué felicidad! ¡Hoy tengo yo un humor!... Deseo
atravesar a cualquiera.
--Yo también, lord Gray.
--Amigo mío, proporcióneme usted un hombre con quien romperme el alma.
--¿Tiene usted <i>spleen</i>?
--Horroroso.
--Y yo. Los españoles también solemos padecer esa enfermedad.
--Es muy raro. En buena ocasión me ha salido usted hoy al encuentro.
--¿Por qué?
--Porque tenía una mala tentación. Estaba en lo más negro de la negrura
del <i>spleen</i>, y pasó por mí la idea de pegarme un tiro o de arrojarme de
cabeza al mar.
--Todo por un amor desgraciado. Cuénteme usted eso y le daré buenos
consejos.
--No me hacen falta. Yo me entiendo solo.
--Yo conozco a la mujer que le trae a usted a tan lastimoso estado.
--Usted no conoce nada. Dejemos esa cuestión y no hablemos más de ella.
Aquella vez, como otras muchas, lord Gray esquivaba tratar el asunto.
--¿Con que quiere usted que le dé una lección?--me dijo después.
--Sí; pero tal, que con ella aprenda de una vez todo lo que encierra el
noble arte de la esgrima; porque, milord, tengo que matar a uno.
--Es cosa fácil. Le matará usted.
--¿Vamos a casa de milord?
--No; vamos al ventorrillo de Poenco. Beberemos un poco. ¿Y cuándo va
usted a matar a ese hombre?
--Cuando tenga la certeza de su alevosía. Hasta hoy tengo indicios que
casi son datos evidentes; de los cuales resultan sospechas que casi son
la misma certidumbre. Pero necesito más, porque mi alma, crédula hasta
lo sumo, forja sutilezas y escrúpulos. La pícara quiere prolongar su
felicidad.
Él calló y yo también. Silenciosamente llegamos a Puerta de Tierra.
Había en casa del señor Poenco gran remesa de majas y gente del bronce,
y las coplas picantes, con el guitarreo y las palmadas, formaban
estrepitosa música dentro y fuera de la casa.
--Entremos--me dijo lord Gray--. Esta graciosa canalla y sus costumbres
me cautivan. Poenco, llévanos al cuarto de dentro.
--Aquí viene lo güeno--exclamó Poenco--. Desapartarse todo el mundo.
Abran calle; calle, señores... espejen, que pasa su majestad miloro.
--Muchachos, ¡viva miloro y las cortes de la Isla!--gritó el tío
Lombrijón levantándose de su asiento y saludándonos, sombrero en mano,
con aquel garbo majestuoso que es tan propio de gente andaluza--. Y en
celebración del santo del día, que es la santísima libertad de la
imprenta, señó Poenco, suelte usted la espita y que corra un mar de
manzanilla. Todo lo que beba miloro y la compaña lo pago yo, que aquí
está un caballero pa otro caballero.
El tío Lombrijón era un viejo robusto y poderoso, de voz bronca y gestos
gallardos y caballerescos. Era traficante en vinos y gozaba opinión de
hombre rico, así como de gran galanteador y mujeriego, a pesar de la
madurez de sus años.
Lord Gray le dio las gracias, pero sin imitarle ni en el tono ni en los
movimientos, diferenciándose en esto de la mayor parte de los ingleses
que visitan las Andalucías, los cuales tienen empeño en hablar y vestir
como la gente del país.
--Oigasté, tío Lombrijón--dijo otro a quien llamaban Vejarruco, y que
era joven y curtidor en el Puerto--. A mí no me falta ningún hombre
nacío.
--¿Por qué lo dices, camaraíya y en qué te he faltado?--dijo Lombrijón.
--Bien lo sabes, camaraíya--repuso Vejarruco--. En que asina que vi
venir a miloro y la compañía, dije al señor Poenco: «Lo que beba miloro
y la compañía, corre de mi cuenta; que aquí hay un caballero pa otro
caballero».
--¡Zorongo!--exclamó Lombrijón--. Pero di, Vejarruco, ¿eso es conmigo?
--¡Cachirulo!, contigo es.
--Estira más esa estampa, que no te veo bien.
--Alarga el jocico pa que te tome el molde de él.
--¡Carambita! ¿Usté no sabe que cuando me pica un mosquito le
desmondongo al momento?
--¡Sonsoniche! ¿Usté no sabe que cuando le pego un pezco a un hombre
tiene que pedir prestaos dientes y muelas para comer?
--Basta ya, que se me van regolviendo los sentidos garrofales--dijo
Lombrijón--. Señores, empiecen a cantar el <i>requieternam</i> por ese
probesito Vejarruco.
--Alentaíto está el viejo.
--Pues allá va la lezna.
Lombrijón se llevó la mano al cinturón en ademán de sacar la navaja, y
todos los presentes, principalmente las mujeres, empezaron a gritar.
--Señores, no temblar--indicó Vejarruco.
--No se batirán--me dijo lord Gray--. Todos los días hacen lo mismo y
después no hay nada.
--No he traído el escarbador de dientes--dijo Lombrijón, encontrándose
sin armas.
--Pues ni yo tampoco--añadió Vejarruco.
--Camaraíya, por eso no ha de quedar. Usté está amarillo. Señores,
cuando eché mano al cinturón me relucieron las uñas, y pensó que era
jierro.
--¡Zorongo! Camará, usté ha escondido la lezna para que no haya
compromiso.
--Tú te la habrás metío en el garguero.
--Yo no la traigo, por humaniá--repuso Vejarruco--porque como tengo esta
mano tan pesá, se necesita mucha prudencia pa no matar caa momento.
--Vaya, déjenlo para después--dijo Poenco--y a beber.
--Lo que hace por mí, no tengo prisa... Si Vejarruco se quiere confesar
antes que le endiñe...
--Lo que es por mí... cuando Lombrijón quiera el pasaporte para la
<i>secula culorum</i>, se lo daré.
--Pelillos a la mar--dijo Poenco--; y pos que los dos han de morir,
mueran amigos.
--No hay por qué ofenderse, comparito. ¿Usté se ha ofendío?--preguntó
Lombrijón a su antagonista.
--¡Cachirulo! Yo no, ¿y usté?
--Tampoco.
--Pues vengan esos cinco mandamientos.
--Allá van, y vivan las Cortes y viva miloro.
--Para cortar la cuestión--dijo lord Gray--yo pagaré a todo el mundo.
Poenco, sírvenos.
Las majas que allí había obsequiaron a lord Gray con sonrisas y dichos
graciosos; pero el inglés no tenía humor de bromas.
--¿Ha venido María de las Nieves?--preguntó a una.
--Pesaíto está con María de las Nieves. ¿Nosotras somos aljofifas?
--Si miloro va esta noche a mi casa--dijo en voz baja otra, que era, si
no me engaño, Pepa Higadillos--verá lo bueno. Mi marío ha ido a comprar
burros, y me divierto pa matar la soleá.
--A donde irá miloro esta noche es a mi casa--indicó otra que era ya
matrona--. A mi casa va toda la sal del mundo, y si miloro quiere poner
un par de pesetas a un caballo, no tengo comeniente... Mi casa es muy
principal...
Lord Gray se apartó con hastío de aquella gente, y entramos en un
cuarto, donde el tabernero recibía tan sólo a cierta clase de personas,
y la mesa junto a la cual nos sentamos viose al punto cubierta del rico
tributo de aquellas viñas costaneras, que no tuvieron ni tienen igual en
el mundo.