XIV

Al encontrarme en la calle miré a las rejas y las vi cerradas.

Atormentado por el recuerdo de lo que había visto y oído, revolviendo en

mi cabeza pensamientos de venganza, proyectos de barbarie, y no sé qué

ideas impías y locas, dije para mí:

--Ya no me queda duda. Mataré a ese maldito inglés.

En las mil alternativas y vicisitudes de mi vida, bajé, subí, caí y

levanteme; creí tocar con mis manos fatigadas el fondo de aquel mar de

la borrascosa desventura, donde transcurrió mi niñez, y fuerzas

ignoradas me sacaron de nuevo a la superficie; luché y padecí, deseé la

muerte y amé la vida; grandes vaivenes y sacudidas experimenté; pero

cuando subía, y bajaba, y luchaba, y vivía, y moría, jamás dejé de

percibir aquella luz, encendida ante la desgracia, lejana estrella a

quien consideraba como expresión de lo divino y sobrenatural que hay en

la existencia. Pero ya la luz se había apagado, y volviendo los ojos en

derredor, yo no veía sino espantosas oscuridades. Lo que yo creía

perfecto ya no lo era; lo que yo juzgué mío, tampoco era mío, y pensando

en esto no cesaba de exclamar:

--Mataré a ese condenado lord Gray. Ahora comprendo la satisfacción de

matar a un hombre.

Turbado por los celos, mi corazón, que hasta entonces había como

florecido, despidiendo un sentimiento apacible y contemplativo cual el

de la religión, ardía ahora con apasionado centelleo, y lo que había

amado, por extraordinaria contradicción más digno de ser amado le

parecía. Sentía ansia de destrucción, y mi amor propio, mi orgullo

herido clamaban al cielo, haciendo a toda la creación solidaria de mi

agravio. Yo creía que el universo entero estaba ofendido, y que cielo y

tierra respiraban anhelo de venganza. Crucé varias calles, repitiendo:

--Mataré a ese inglés, le mataré.

Al volver una esquina creí distinguirle y apresuré el paso. Sí, era él.

Dios me lo ponía delante; le vi de espaldas y corrí; mas cuando estaba

junto a él y antes que me viera, pensé que no era prudente precipitar un

hecho que debía tener justificación completa. Procurando serenarme, dije

para mí:

--Tengo la seguridad de sorprenderle dentro de la casa. Entretanto,

esperemos.

Le toqué en el hombro, y él, al volverse, me miró impasible, sin mostrar

ni alegría ni desagrado.

--Lord Gray--le dije--ha tiempo que estoy esperando la última lección de

esgrima.

--Hoy no tengo humor para lecciones.

--La necesitaré pronto.

--¿Va usted a batirse? ¡Qué felicidad! ¡Hoy tengo yo un humor!... Deseo

atravesar a cualquiera.

--Yo también, lord Gray.

--Amigo mío, proporcióneme usted un hombre con quien romperme el alma.

--¿Tiene usted <i>spleen</i>?

--Horroroso.

--Y yo. Los españoles también solemos padecer esa enfermedad.

--Es muy raro. En buena ocasión me ha salido usted hoy al encuentro.

--¿Por qué?

--Porque tenía una mala tentación. Estaba en lo más negro de la negrura

del <i>spleen</i>, y pasó por mí la idea de pegarme un tiro o de arrojarme de

cabeza al mar.

--Todo por un amor desgraciado. Cuénteme usted eso y le daré buenos

consejos.

--No me hacen falta. Yo me entiendo solo.

--Yo conozco a la mujer que le trae a usted a tan lastimoso estado.

--Usted no conoce nada. Dejemos esa cuestión y no hablemos más de ella.

Aquella vez, como otras muchas, lord Gray esquivaba tratar el asunto.

--¿Con que quiere usted que le dé una lección?--me dijo después.

--Sí; pero tal, que con ella aprenda de una vez todo lo que encierra el

noble arte de la esgrima; porque, milord, tengo que matar a uno.

--Es cosa fácil. Le matará usted.

--¿Vamos a casa de milord?

--No; vamos al ventorrillo de Poenco. Beberemos un poco. ¿Y cuándo va

usted a matar a ese hombre?

--Cuando tenga la certeza de su alevosía. Hasta hoy tengo indicios que

casi son datos evidentes; de los cuales resultan sospechas que casi son

la misma certidumbre. Pero necesito más, porque mi alma, crédula hasta

lo sumo, forja sutilezas y escrúpulos. La pícara quiere prolongar su

felicidad.

Él calló y yo también. Silenciosamente llegamos a Puerta de Tierra.

Había en casa del señor Poenco gran remesa de majas y gente del bronce,

y las coplas picantes, con el guitarreo y las palmadas, formaban

estrepitosa música dentro y fuera de la casa.

--Entremos--me dijo lord Gray--. Esta graciosa canalla y sus costumbres

me cautivan. Poenco, llévanos al cuarto de dentro.

--Aquí viene lo güeno--exclamó Poenco--. Desapartarse todo el mundo.

Abran calle; calle, señores... espejen, que pasa su majestad miloro.

--Muchachos, ¡viva miloro y las cortes de la Isla!--gritó el tío

Lombrijón levantándose de su asiento y saludándonos, sombrero en mano,

con aquel garbo majestuoso que es tan propio de gente andaluza--. Y en

celebración del santo del día, que es la santísima libertad de la

imprenta, señó Poenco, suelte usted la espita y que corra un mar de

manzanilla. Todo lo que beba miloro y la compaña lo pago yo, que aquí

está un caballero pa otro caballero.

El tío Lombrijón era un viejo robusto y poderoso, de voz bronca y gestos

gallardos y caballerescos. Era traficante en vinos y gozaba opinión de

hombre rico, así como de gran galanteador y mujeriego, a pesar de la

madurez de sus años.

Lord Gray le dio las gracias, pero sin imitarle ni en el tono ni en los

movimientos, diferenciándose en esto de la mayor parte de los ingleses

que visitan las Andalucías, los cuales tienen empeño en hablar y vestir

como la gente del país.

--Oigasté, tío Lombrijón--dijo otro a quien llamaban Vejarruco, y que

era joven y curtidor en el Puerto--. A mí no me falta ningún hombre

nacío.

--¿Por qué lo dices, camaraíya y en qué te he faltado?--dijo Lombrijón.

--Bien lo sabes, camaraíya--repuso Vejarruco--. En que asina que vi

venir a miloro y la compañía, dije al señor Poenco: «Lo que beba miloro

y la compañía, corre de mi cuenta; que aquí hay un caballero pa otro

caballero».

--¡Zorongo!--exclamó Lombrijón--. Pero di, Vejarruco, ¿eso es conmigo?

--¡Cachirulo!, contigo es.

--Estira más esa estampa, que no te veo bien.

--Alarga el jocico pa que te tome el molde de él.

--¡Carambita! ¿Usté no sabe que cuando me pica un mosquito le

desmondongo al momento?

--¡Sonsoniche! ¿Usté no sabe que cuando le pego un pezco a un hombre

tiene que pedir prestaos dientes y muelas para comer?

--Basta ya, que se me van regolviendo los sentidos garrofales--dijo

Lombrijón--. Señores, empiecen a cantar el <i>requieternam</i> por ese

probesito Vejarruco.

--Alentaíto está el viejo.

--Pues allá va la lezna.

Lombrijón se llevó la mano al cinturón en ademán de sacar la navaja, y

todos los presentes, principalmente las mujeres, empezaron a gritar.

--Señores, no temblar--indicó Vejarruco.

--No se batirán--me dijo lord Gray--. Todos los días hacen lo mismo y

después no hay nada.

--No he traído el escarbador de dientes--dijo Lombrijón, encontrándose

sin armas.

--Pues ni yo tampoco--añadió Vejarruco.

--Camaraíya, por eso no ha de quedar. Usté está amarillo. Señores,

cuando eché mano al cinturón me relucieron las uñas, y pensó que era

jierro.

--¡Zorongo! Camará, usté ha escondido la lezna para que no haya

compromiso.

--Tú te la habrás metío en el garguero.

--Yo no la traigo, por humaniá--repuso Vejarruco--porque como tengo esta

mano tan pesá, se necesita mucha prudencia pa no matar caa momento.

--Vaya, déjenlo para después--dijo Poenco--y a beber.

--Lo que hace por mí, no tengo prisa... Si Vejarruco se quiere confesar

antes que le endiñe...

--Lo que es por mí... cuando Lombrijón quiera el pasaporte para la

<i>secula culorum</i>, se lo daré.

--Pelillos a la mar--dijo Poenco--; y pos que los dos han de morir,

mueran amigos.

--No hay por qué ofenderse, comparito. ¿Usté se ha ofendío?--preguntó

Lombrijón a su antagonista.

--¡Cachirulo! Yo no, ¿y usté?

--Tampoco.

--Pues vengan esos cinco mandamientos.

--Allá van, y vivan las Cortes y viva miloro.

--Para cortar la cuestión--dijo lord Gray--yo pagaré a todo el mundo.

Poenco, sírvenos.

Las majas que allí había obsequiaron a lord Gray con sonrisas y dichos

graciosos; pero el inglés no tenía humor de bromas.

--¿Ha venido María de las Nieves?--preguntó a una.

--Pesaíto está con María de las Nieves. ¿Nosotras somos aljofifas?

--Si miloro va esta noche a mi casa--dijo en voz baja otra, que era, si

no me engaño, Pepa Higadillos--verá lo bueno. Mi marío ha ido a comprar

burros, y me divierto pa matar la soleá.

--A donde irá miloro esta noche es a mi casa--indicó otra que era ya

matrona--. A mi casa va toda la sal del mundo, y si miloro quiere poner

un par de pesetas a un caballo, no tengo comeniente... Mi casa es muy

principal...

Lord Gray se apartó con hastío de aquella gente, y entramos en un

cuarto, donde el tabernero recibía tan sólo a cierta clase de personas,

y la mesa junto a la cual nos sentamos viose al punto cubierta del rico

tributo de aquellas viñas costaneras, que no tuvieron ni tienen igual en

el mundo.

Cádiz · 第 18 / 40 题