Al recobrarla lenta y oscura, la voz del señor Poenco fue el accidente
que me dio a conocer que había mundo. Lord Gray había desaparecido.
Reconocime y me encontré estúpido; pero la vergüenza, motivada por el
recuerdo de mi envilecimiento, vino más tarde. ¡Y qué vergüenza aquella,
señores! Mucho tiempo tardé en perdonarme.
Pero echemos un velo, como dicen los historiadores, sobre el infausto
suceso de mi embriaguez, y sigamos el cuento.
Desde tal día, el servicio en la Cortadura y en Matagorda me entretuvo
algún tiempo, y no me fueron posibles aquellas visitas, ya tristísimas,
ya alegres, que hacía a Cádiz; pero al fin, como el asedio no era
penoso, disfruté de algún vagar, y un día púseme en camino de la calle
Ancha, con intento de resolver allí qué dirección tomar.
En tiempos normales era la calle Ancha el sitio donde se reunía la
caterva de mentirosos, desocupados, noveleros y toda la gente curiosa,
alegre y holgazana. Allí iban también de paseo a la hora de medio día en
invierno y por las tardes en verano las damas a la moda y los
petimetres, abates y enamorados, ocurriendo con estos mil lances y
escenas de que nos ha dejado retrato muy vivo D. Juan del Castillo en
sus sainetes urbanos, no menos graciosos y verdaderos que los populares
y consagrados a la majeza.
Pero en 1811, y después que las Cortes se trasladaron a Cádiz, la calle
Ancha, además de un paseo público, era, si se me permite el símil, el
corazón de España. Allí se conocían, antes que en ninguna parte, los
sucesos de la guerra, las batallas ganadas o perdidas, los proyectos
legislativos, los decretos del gobierno legítimo y las disposiciones del
intruso, la política toda, desde la más grande a la más menuda, y lo que
después se ha llamado chismes políticos, marejada política, mar de fondo
y cabildeos. Conocíanse asimismo los cambios de empleados y el
movimiento de aquella administración que, con su enorme balumba de
consejos, secretarías, contadurías, real sello, juntas superiores,
superintendencias, real giro, real estampilla, renovación de vales,
medios, arbitrios, etc., se refugió en Cádiz después de la invasión de
las Andalucías. Cádiz reventaba de oficinas y estaba atestada de
legajos.
Además, la calle Ancha obtenía la primacía en la edición y propaganda de
los diferentes impresos y manuscritos con que entonces se apacentaba la
opinión pública; y lo mismo las rencillas de los literatos que las
discordias de los políticos, lo mismo los epigramas que las diatribas,
que los vejámenes, que las caricaturas, allí salieron por primera vez a
la copiosa luz de la publicidad. En la calle Ancha se recitaban, pasando
de boca en boca, los malignos versos de Arriaza, y las biliosas
diatribas de Capmany contra Quintana.
Allí aparecieron, arrebatados de una mano a otra mano, los primeros
números de aquellos periodiquitos tan inocentes, mariposillas nacidas al
tibio calor de la libertad de la imprenta, en su crepúsculo matutino;
aquellos periodiquitos que se llamaron <i>El Revisor Político</i>, <i>El
Telégrafo Americano</i>, <i>El Conciso</i>, <i>La Gaceta de la Regencia</i>, <i>El
Robespierre Español</i>, <i>El Amigo de las Leyes</i>, <i>El Censor General</i>, <i>El
Diario de la Tarde</i>, <i>La Abeja Española</i>, <i>El Duende de los Cafés</i> y <i>El
Procurador general de la Nación y del Rey</i>; algunos, absolutistas y
enemigos de las reformas; los más, liberales y defensores de las nuevas
leyes.
Allí se trabaron las primeras disputas de las cuales hicieron luego
escandalosa síntesis los autores respectivamente de los dos célebres
libros <i>Diccionario manual</i> y <i>Diccionario crítico-burlesco</i>, ambos
signo claro de la gran reyerta y cachetina que en el resto de siglo se
había de armar entre los dos fanatismos que ha tiempo vienen luchando y
lucharán por largo espacio todavía.
En la calle Ancha, en suma, se congregaba todo el patriotismo con todo
el fanatismo de los tiempos; allí, la inocencia de aquella edad; allí,
su bullicioso deseo de novedades; allí, la voluble petulancia española
con el heroico espíritu, la franqueza, el donaire, la fanfarronada, y
también la virtud modesta y callada. Tenía la calle Ancha mucho de lo
que llamamos Salón de conferencias, de lo que hoy es Bolsa, Bolsín,
Ateneo, Círculo, Tertulia, y era también un club.
Cualquiera que entonces entrase en ella por las calles de la Verónica o
Novena y la atravesase en dirección a la plaza de San Antonio, habríase
creído transportado a la capital de un pueblo en pleno goce del más
acabado bienestar y aun de la paz más completa, si no mostrara otra cosa
la multitud de uniformes militares, tan varios como alegres, que
abundantemente se veían. Gastaban las damas gaditanas ostentoso lujo, no
sólo por hacer alarde de tranquilidad ante las amenazas de los
franceses, sino porque era Cádiz entonces ciudad de gran riqueza,
guardadora de los tesoros de ambas Indias. Casi todos los petimetres y
la juventud florida en masa, lo mismo de la aristocracia que del alto
comercio, se habían instalado en los diferentes cuerpos de voluntarios
que en Febrero de 1810 se formaron; y como en tales cuerpos ha dominado
siempre, por lo común, la vanidad de lucir uniformes y arreos de gran
golpe de vista, aquello fue una bendición de Dios para el lucimiento de
sastres y costureras, y los milicianos de Cádiz estaban que ni pintados.
Debo advertir que se portaron bien y con verdadero espíritu militar en
todo lo muy difícil y arriesgado que durante el sitio se les confió;
pero su principal triunfo estaba en la calle Ancha entre muchachas
solteras, casadas y viuditas.
Llamábanse unos los <i>guacamayos</i>, por haber elegido el color grana para
su uniforme, y estos formaban cuatro batallones de línea. Menos vistoso
y deslumbrador era el vestido de los dos batallones de ligeros, a
quienes llamaron <i>cananeos</i>, por usar cananas en vez de cartucheras.
Otros, por haber aplicado profusamente a sus personas el color verde,
fueron designados con el nombre de <i>lechuguinos</i>, si bien hay quien
atribuye este apodo a la circunstancia de pertenecer los tales
<i>lechuguinos</i> a los barrios de Puerta de Tierra y extramuros, donde se
crían lechugas. Con los mozos de cuerda y trabajadores formose un
regimiento de artillería, y como eligieran para decorarse el morado, el
rojo y el verde, en episcopal combinación, fueron llamados los
<i>obispos</i>, y no hubo quien les quitara el nombre durante todo el
transcurso de la guerra. Otros, que militaron en la infantería, y eran
modestísimos en estatura y traje, fueron designados con el mote de
<i>perejiles</i>, y a las personas graves que habían formado una milicia
urbana y exornádose con un levitón negro y cuello encarnado, se les
tituló los <i>pavos</i>. Todos llevaban nombre contrahecho, y hasta el cuerpo
que se formó con los desertores polacos, no pudo llamarse nunca de los
<i>polacos</i>, sino de las <i>polacras</i>.
Todo este inmenso, variado y pintoresco personal de guacamayos,
cananeos, obispos, perejiles y pavos discurría por la calle Ancha y
plaza de San Antonio, llamada entonces <i>Golfo de las damas</i>, en las
horas que dejaba libres el servicio, menos penoso y arriesgado allí que
en Zaragoza. Formaban los variados uniformes, a los cuales se añadían
los nuestros y los de los ingleses, la más animada y alegre mescolanza
que puede ofrecerse a la vista; y como las señoras no llevaban sus
guardapiés y faldellinas de luto, sino por el contrario, de los más
brillantes rasos blancos, amarillos o rosa, con mantillas quier blancas,
quier negras, y cintas emblemáticas, y cucardas patrióticas a falta de
flores, júzguese de cuán bonita sería aquella calle Ancha, la cual, como
calle, y aun desierta y abandonada por el alegre gentío, es, con sólo el
adorno de sus lindas casas, de sus balcones siempre pintados y de sus
mil vidrios, lo más bonito que existe en ciudades del Mediodía.
Desde que llegué hube de encontrar muchos amigos, y comenzó el preguntar
y el responder, de esta manera:
--¿Qué dice hoy <i>El Diario Mercantil</i>?
--Llama ladrones a todos los amigos de las reformas, y dice que llegará
día en que el obispo de Orense ponga un grillete al pie a los pícaros
que le encausaron por no querer jurar.
--Pues para ser enemigo de la libertad de la imprenta, <i>El Diario
Mercantil</i> no se muerde la lengua.
--¡Pero qué bien le contesta hoy <i>El Conciso</i>! Le dice que <i>los
matacandelas de toda luz de la razón, no quisieran que alumbrase al
mundo más luz que la de las hogueras inquisitoriales.</i>
--Peor les trata <i>El Robespierre Español</i>, que dice: «<i>El antiguo
edificio romanesco-gótico-moruno de las preocupaciones caerá, y
quedaranse a la luna de Valencia tanto vampiro, cárabo y lechuzo
como...</i>
Lámparas mata y el aceite chupa».
--Pero veamos qué dice <i>El Concisín</i>.
Y sacaron un diminuto papel, húmedo aún como recién salido de la prensa,
el cual era una especie de suplemento, hijuela y lugarteniente de <i>El
Conciso</i> grande, y en su lenguaje figuraba un niño que venía a contarle
a su papá lo que ocurría por las Cortes.
--<i>El Concisín</i> dice: «Después del Sr. Argüelles, que habló con tanta
elocuencia como de costumbre, antojósele a Ostolaza dar al viento el
repiqueteo de su voz clueca y becerril, y entre las risas de las
tribunas y el alborozo del paraíso, defendió a los uñilargos y
pancirrellenos que viven del arca-boba de la Iglesia».
--Hombre, los trata con demasiada benevolencia.
--Ellos nos llaman a nosotros <i>herejotes y calabazones</i>.
--Si no se puede sufrir a esa canalla. Hay que poner una horca en el
Golfo de las Damas para colgar serviles, empezando por los de capilla y
acabando por los de faldón.
--Deje usted que nos sacudamos a Soult, y los cananeos dejaremos a
España como una balsa de aceite. ¿Y qué se sabe del lord?
--Va sobre Badajoz.
--Massena viene en retirada desde Portugal.
--Los franceses han abandonado a Campomayor.
--Pronto se unirá Castaños a Wellington.
--Señora doña Flora de Cisniega, tenga usted felices días.
--Felices, señores guacamayos. Lord Gray, felices, y usted, Sr. de
Araceli, téngalos muy buenos, aunque no sea sino por lo caro que se
vende.
Al mismo tiempo que doña Flora, se presentó ante mí lord Gray. Hablome
la dama con cierto sonsonete reprensivo que me hizo mucha gracia.
Recibía al mismo tiempo plácemes y finezas de todos los del corrillo, y
cortesía va, cortesía viene, la rodeamos llevándola calle adelante como
en procesión, con cola de cortesanos.
--Señores--dijo doña Flora--la libertad de la imprenta es cosa que ha de
darnos muchas jaquecas. ¿No han visto ustedes cómo se atreve <i>El Revisor
Político</i> a ocuparse de mis tertulias, y de si van o no van a ellas
filósofos y jacobinos? ¿Pues acaso entra en mi casa persona que no sea
digna del mayor respeto? No se han atrevido esos pícaros diaristas a
nombrarme, pero harto se conoce a quién va dirigido el dardo.
--Señora--dijo un guacamayo--la libertad de la imprenta, según dijo
Argüelles en las Cortes, allí donde tiene el veneno tiene también la
triaca. Pues ellos andan con alusioncitas, devolvámoselas, y no pequeñas
como nueces, sino gordas como calabazas, y no rellenas de plomo frío
cual las bombas de Villantroys, sino de fuego y metralla cual las
nuestras.
--¿Qué quiere decir eso, amiguito?
--Que a nuestra disposición tenemos <i>El Robespierre Español</i>, <i>El Duende
de los Cafés</i> y al pícaro <i>Concisín</i> que se encargarán de poner cual no
digan dueñas a los apaga-candelas.
--La alusión, señora doña Flora--dijo un obispo--ha salido sin duda de
la tertulia de Paquita Larrea, la esposa del Sr. Böhl de Faber.
--¿Qué más que escribir una sátira de la tal tertulia con mucha sal y
pimienta, retratando a todos los que van a ella, y mandarla al
<i>Robespierre</i> para que la estampe?--añadió un pavo.
--No quiero que se diga que la sátira se ha fraguado en mi casa--dijo
doña Flora--. En paz con todo el mudo es mi mote, y si a mis tertulias
van tantas personas honradas y discretas es por pasar el tiempo
cultamente, y no para enredos e intriguillas.
--Es preciso defender la libertad hasta en las tertulias--dijo un
obispo, o un lechuguino, que esto no lo recuerdo bien.
--En las trincheras es mejor--repuso doña Flora--. No quiero reñir con
Paquita Larrea, que si ella recibe a los Valientes, Ostolazas, Teneyros,
a los Morros y Borrulles, yo tengo el gusto de que vayan a mi casa los
Argüelles, Torenos y Quintanas, y no porque los haya escogido en el haz
de los que llaman liberales, sino porque casualmente concordaron en
ideas.
--No nos prive usted del placer de hacer una letrilla al menos en honor
de los tertulios de la Larrea--dijo un perejil.
--No, señor perejil--repuso ella--reprima usted sus bríos liberales, que
ya voy viendo que la dichosa libertad de la imprenta es un azote de
Dios, y un castigo de nuestros pecados, como dice el Sr. D. Pedro del
Congosto.
Debo indicar, que doña Francisca Larrea, esposa del entendido y digno
alemán Böhl de Faber, era mujer de mucho entendimiento, escritora, lo
mismo que su marido a quien eran muy familiares los primores de la
lengua castellana. De este matrimonio, nació Eliseo Böhl, a quien
debemos las mejores y más bellas pinturas de las costumbres de
Andalucía, novelista sin igual y de fama tan grande como merecida dentro
y fuera de España.
Luego que la nube de guacamayos, cananeos y demás tropa voluntaria
descargó el nublado de sus adulaciones y cortesías, doña Flora,
aprovechando un claro de la conversación, me dijo:
--¡Muy bien, Sr. D. Gabriel! Días y más días sin pasar por casa. Después
de aquella tremenda y borrascosa escena con D. Pedro, pocas veces has
ido por allá. Y no quedó poco comprometido mi honor...
--Señora, francamente, temo que el señor D. Pedro me ensarte con su gran
espadón, porque de que está celoso como un turco no me queda duda
alguna. Su señoría el gran cruzado, va a tomar una venganza terrible por
el grandísimo agravio que le he hecho.
Conté a lord Gray en breves palabras lo ocurrido.
--No temas nada--dijo doña Flora--. Ahora te agradeceré que vayas a casa
a llevar a la señora condesa un recadito que me importa mucho.
--Con mil amores. ¿Pero está allí D. Pedro?
--¡Qué ha de estar!
--Respiro.
--Pues bien. Vas a casa al momento, y dices a Amaranta, que si quiere
ver a Inés y aun hablarla, vaya a las Cortes. Ella tiene cédula para la
tribuna.
--¿Qué dice usted?--exclamé con asombro--. ¿Que Inés está en las Cortes?
--Sí, se han plantado en San Felipe las tres niñas beatas. ¿Qué te
parece? Hace un rato volvía yo de la secretaría de Consolidación y
Contaduría general, en la plazuela de San Agustín, y me las encontré con
D. Paco. Díjome el buen preceptor, que las pobrecitas hacía dos semanas
que estaban suplicando a la señora doña María que las dejase salir a dar
un paseíllo por la muralla; y por último parece que los muchos ruegos y
continuas lamentaciones ablandaron la roca de las terquedades de la
condesa, que permitió a sus tres cautivas esparcirse un poco en el día
de hoy, durante hora y media. Bajo la tutela de D. Paco, en quien tiene
confianza sin límites la señora, dejolas esta salir, después de
vestirlas a lo monjil en tales modos, que parece van pidiendo para la
<i>Archicofradía de los Clavos y Sagradas Espinas de Hermanas Siervitas
con voto de pobreza</i>.
»Dioles orden expresa de pasearse desde la Aduana hasta el baluarte de
la Candelaria, yendo y viniendo tres veces, sin que por causa alguna
infringiesen esta premática paseantil, ni traspasasen la línea indicada,
ni menos se internasen en las calles de Cádiz, por donde después que
están aquí las Cortes, discurren, como dice el Sr. Teneyro, todos los
pecados y vicios en endemoniada procesión... Pero, ¿qué hacen mis niñas?
Verás. En cuanto llegaron a la calle del Baluarte amotináronse,
empeñándose en que D. Paco las había de llevar a las Cortes, porque
tenían gran curiosidad, sed devoradora de ver tan bonito espectáculo;
gruñó el pobre preceptor, chillaron ellas, se aferró él al programa que
le trazara su ama, rebeláronse las chicas, negándose a ir a la muralla,
y luego le acribillaron a pellizcos y alfilerazos. Presentación propuso
a las otras dos arrojar a D. Paco al mar, y después le quitaron el
sombrero para guardarlo en rehenes y privarle de tan útil prenda, si no
las llevaba al Congreso Nacional.
»Una de ellas tenía una papeleta de tribuna, que sin duda algún galán
travieso le dio con el fin que puede suponerse. Antes los galanes,
cuando no podían comunicarse con sus amadas, las citaban en las
iglesias, donde la religiosa oscuridad protegía el trasiego de las
cartitas, el apretón de manos u otro desahogo de peor especie, mientras
los padres embobados contemplaban las llamaradas del cuadro de Ánimas
del Purgatorio. Hoy cuando no puede haber reja ni correo, los amantes se
suelen citar en la tribuna de las Cortes. Es esta una invención
donosísima, ¿no es verdad, lord Gray? Sin duda está muy en boga en los
parlamentos de Inglaterra, y ahora nos la introducen en España para
mejoramiento de las costumbres.
Lord Gray, que había puesto atención a lo que doña Flora nos contaba,
repuso con malicia:
--Señora mía, deme usted licencia para retirarme, porque tengo una
ocupación, un quehacer imprescindible no lejos de aquí.
--Sí, vaya usted, vaya usted. Ahora deben estar en la discusión de los
señoríos jurisdiccionales. Mucho ruido, mucho barullo en las tribunas.
Usted entrará en la de los diplomáticos, que está mano a mano con la de
señoras. Corra usted, adiós.
Dejome lord Gray en las garras de doña Flora, la cual continuó así:
--El pobre D. Paco se defendió hasta que no pudo más. ¡Pobre señor! No
tuvo más remedio que bajar la cabeza ante el número y llevarlas a las
Cortes. Cuando le encontré y me contó el lance, iba el pobre tan
cari-entristecido, cual si lo llevaran a ajusticiar, y me dijo: «Ay de
mí, si doña María llega a saber esto... ¡Malditas sean las Cortes y el
perro que las inventó!».
--¿Estarán todavía allá?
--Sí; corre a avisárselo a la condesa. La pobrecita hace tiempo que está
arando la tierra por ver a Inés dentro o fuera de su cárcel, y no puede
conseguirlo, pues a ella no la admiten allá, y se pasan meses y meses
sin que se les permita dar un paseo con el ayo. Conque ve a decírselo y
tú mismo la acompañarás a San Felipe. No tardes, hijo, y en seguida a
casa derechito que tengo que hablarte. ¿Comerás hoy con nosotros?
Me despedí con gran precipitación de doña Flora, dejándola en poder de
los guacamayos, y me alejé de allí; pero en vez de correr hacia la calle
de la Verónica, mi curiosidad, mi pasión y un afán invencible me
impulsaron hacia la plaza de San Felipe, olvidando a Amaranta y a doña
Flora, fija el alma y la vida toda en las tres muchachas, en D. Paco, en
lord Gray, en las Cortes, en los diputados y en la discusión sobre
señoríos jurisdiccionales.