--Vámonos, no sea que mi madre quiera salir por aquí y nos sorprenda.
Nos apartamos de allí.
--¿Qué te parece lo que hemos oído?
--Una infamia, una alevosía, un crimen sin ejemplo--exclamé no pudiendo
contener la cólera que me dominaba.
--¿Qué te parece la Inesita?... Buena pieza en verdad...
--Ese inglés de los demonios, ese monstruo que nos ha enviado aquí la
Gran Bretaña es el ser más odioso, más abominable que existe en la
tierra. Por mi parte, digo que le aborrezco, que le abomino; que sin
piedad le mataría, que me bebería su sangre... Adiós, me voy.
--¿Te vas?
--Sí: no quiero estar más en esta casa.
--Pero hombre, tú estás tonto. Si te he traído aquí para que me ampares.
Tú no sabes que ahora mi señora mamá, después que ponga fin a la
justiciada de allá, ha de venir a emprenderla conmigo por la escapatoria
de ayer tarde. ¿Olvidas, hombre ligero y frívolo, que has de atestiguar
que me viste ayer ocupado en dar vueltas a la noria?
--No quiero farsas, ni falsos testimonios, ni tengo para qué ver a doña
María... Adiós.
--Hombre cruel, detente. Mi madre sale.
En efecto, en el corredor atrapome la señora condesa, la cual después de
mostrarse sorprendida y no muy agradablemente con mi presencia, me
saludó, obligándome a pasar a la sala.
--¿Estabas aquí?--preguntó a su hijo.
--Sí, señora: Gabriel y yo estábamos en mi cuarto leyendo unos libros de
aritmética, y él me enseñaba a encontrar la quinta parte por un medio
nuevo; y como ayer cuando estuvimos viendo dar vueltas a la noria, yo
aposté a que no podía ser tal cosa, vino hoy a demostrármelo.
--¿Conque estuvieron ustedes ayer tarde en la noria?
--Sí, señora; dando vueltas a la noria... quiero decir, viendo.
--Es un entretenimiento inofensivo...
--Sí, señora... e instructivo.
--Propio de jóvenes de cabeza sentada--dijo doña María--. Sin embargo,
he oído que a la noria va mucha gente de mal vivir.
--No señora, de ninguna manera. Canónigos, militares de coronel para
arriba, señoras mayores, frailes...
--Mi hijo es algo distraído, y por eso temo... Pronto será libre y dueño
de sus acciones, porque en los asuntos de un hombre casado, sobre todo
si está en cierta posición, no deben entrometerse las madres.
--Exactamente. ¿Y cuándo se casa D. Diego?
--Ya no hay día seguro--respondió doña María, con firmeza.
--Y en verdad, Sr. D. Diego--dije yo volviéndome hacia mi amigo--que se
lleva usted la más hermosa muchacha que hay en todo Cádiz.
--Lo que es eso...--dijo la condesa con afectación--mi hijo puede estar
satisfecho de la suerte que le ha cabido en su elección, mejor dicho, en
nuestra elección, pues nosotras lo hemos arreglado todo. Para que nada
falte a esa muchacha, tiene hasta aquellas sutiles cualidades de ingenio
y amabilidad que la harán uno de los más bellos adornos de la corte,
cuando la haya. Y no se diga que a una joven mayorazga, destinada a
casarse con otro mayorazgo, se la debe sujetar y comprimir para que ni
hable, ni trate con personas de mundo. Eso no; eso sería ridículo, y
nada hay más contrario a la alteza y sonoridad de ciertas familias que
verlas representadas en la corte por una damisela encogida, vergonzosa,
que se asusta de la gente y no sabe decir más que <i>buenas tardes</i> y
<i>buenas noches</i>.
--Pues maldita la gracia que me hace--dijo D. Diego con
desabrimiento--ver a mi novia muy amartelada con lord Gray en este
salón.
Doña María se puso encendida.
--Este joven--dije yo--no eleva su entendimiento hasta los altos
principios de la educación castiza. ¿Pues acaso su mujer va a ser monja?
A las que van a ser monjas o solteras, bueno que se las enseñe a no
levantar los ojos del suelo; pero a las que van a casarse y a ser
grandes señoras... Pero hombre, ¿está usted loco? Mi amigo es un necio,
un caviloso, señora. ¿Apostamos a que por estas y otras imaginaciones
ridículas va a dar en la flor de decir que no se casa?
--¡Cómo!--exclamó la dama--. Mi hijo no será capaz de tal simpleza.
--Sí, señora, sí seré capaz--dijo D. Diego sin poder contener el ímpetu
de sus celos.
--¡Diego, hijo mío!
--Sí, señora, lo que dice Gabriel es verdad, no quiero casarme, al menos
hasta ver...
--No puede darse necedad mayor--dije--. Porque lord Gray haya conseguido
con su buena apostura, sus finos modales, su talento...
--Mi hijo no me dará tan gran pesadumbre.
La condesa, por hallarse en presencia de un extraño, no soltó la ira que
a borbotones quería escapársele del pecho, al ver en su hijo la
obstinada genialidad, que amenazaba echar por tierra todos sus
proyectos; mas conociendo yo que aquel volcán necesitaba cumplido
desahogo por el cráter de la boca y quizás por el de las manos, juzgué
prudente retirarme.
--¿Se marcha usted?--me dijo--. Ya, una persona discreta no puede
soportar las bachillerías y antojos de este inconsiderado niño.
--Señora--repuse--D. Diego es un niño obediente y hará lo que su madre
le mande. Beso a usted los pies.
Quiso D. Diego salir conmigo; pero la condesa le detuvo, diciendo con
enojo:
--Caballerito, tenemos que hablar.
Yo anhelaba respirar fuera de aquella casa.