¿Qué podía yo decir? Nada. ¿Qué debía hacer? Callarme y sufrir. Pero el
hombre aplastado por cualquiera de las diversas montañas que le caen
encima en el mundo, aun cuando conozca que hay justicia y lógica en su
situación, rara vez se conforma, y elevando las manecitas pugna por
quitarse de encima la colosal peña. No sé si fue un sentimiento de noble
dignidad, o por el contrario un vano y pueril orgullo, lo que me impulsó
a contestar con entereza, afectando no sólo conformidad sino
indiferencia ante el golpe recibido.
--Señora condesa--dije--, comprendo mi inferioridad. Hace tiempo que
pensaba en esto, y nada me asombra. Realmente, señora, era un
atrevimiento que un pobretón como yo, que jamás he estado en la India ni
he visto otras cataratas que las del Tajo en Aranjuez, tenga
pretensiones nada menos que de ser amado por una mujer de posición. Los
que no somos nobles ni ricos, ¿qué hemos de hacer más que ofrecer
nuestro corazón a las fregatrices y damas del estropajo, no siempre con
la seguridad de que se dignen aceptarlo? Por eso nos llenamos de
resignación, señora, y cuando recibimos golpes como el que usted se ha
servido darme, nos encogemos de hombros y decimos: «paciencia». Luego
seguimos viviendo, y comemos y dormimos tan tranquilos... Es una
tontería morirse por quien tan pronto nos olvida.
--Estás hecho un basilisco de rabia--me dijo la condesa en tono de
burla--, y quieres aparecer tranquilo. Si despides fuego... toma mi
abanico y refréscate con él.
Antes que yo lo tomara, la condesa me dio aire con su abanico
precipitadamente. Sin ninguna gana me reía yo, y ella después de un rato
de silencio, me habló así:
--Me falta decirte otra cosa que tal vez te disguste; pero es forzoso
tener paciencia. Es que estoy contenta de que mi hija corresponda al
amor del inglés.
--Lo creo señora--respondí apretando con convulsa fuerza los dientes, ni
más ni menos que si entre ellos tuviera toda la Gran Bretaña.
--Sí--prosiguió--, todo suceso que me dé esperanzas de ver a mi hija
fuera de la tutela y dirección de la marquesa y la condesa, es para mí
lisonjero.
--Pero ese inglés será protestante.
--Sí--repuso--, mas no quiero pensar en eso. Puede que se haga católico.
De todos modos, ese es punto grave y delicado. Pero no reparo en nada.
Vea yo a mi hija libre, hállese en situación tal que yo pueda verla,
hablarla como y cuando se me antoje, y lo demás... ¡Cómo rabiaría doña
María si llegara a comprender...! Mucho sigilo, Gabriel; cuento con tu
discreción. Si lord Gray fuera católico, no creo que mi tía se opusiera
a que se casase Inés con él. ¡Ay!, luego nos marcharíamos los tres a
Inglaterra, lejos, lejos de aquí, a un país donde yo no viera pariente
de ninguna clase. ¡Qué felicidad tan grande! ¡Ay! Quisiera ser Papa para
permitir que una mujer católica se casara con un hombre hereje.
--Creo que usted verá satisfechos sus deseos.
--¡Oh!, desconfío mucho. El inglés aparte de su gran mérito es bastante
raro. A nadie ha confiado el secreto de sus amores, y sólo tenemos
noticias de él por indicios primero y después por pruebas irrecusables
obtenidas mediante largo y minucioso espionaje.
--Inés lo habrá revelado a usted.
--No, después de esto, ni una sola vez he conseguido verla. ¡Qué
desesperación! Las tres muchachas no salen de casa, sino custodiadas por
la autoridad de doña María. Aquí doña Flora y yo hemos trabajado lo que
no es decible para que lord Gray se franquease con nosotras, y nos lo
revelara; pero es tan prudente y callado, que guarda su secreto como un
avaro su tesoro. Lo sabemos por las criadas, por la murmuración de
algunas, muy pocas personas de las que van a la casa. No hay duda de que
es cierto, hijo mío. Ten resignación y no nos des un disgusto. Cuidado
con el suicidio.
--¿Yo?--dije afectando indiferencia.
--Toma, toma aire, que te incendias por todos lados--me dijo agitando
delante de mí su abanico--. Don Rodrigo en la horca no tiene más orgullo
que este general en agraz.
Cuando esto decía, sentí la voz de doña Flora y los pasos de un hombre.
Doña Flora dijo:
--Pase usted milord, que aquí está la condesa.
--Mírale... verás--me dijo Amaranta con crueldad--y juzgarás por ti
mismo si la niña ha tenido mal gusto.
Entró doña Flora seguida del inglés. Este tenía la más hermosa figura de
hombre que he visto en mi vida. Era de alta estatura, con el color
blanquísimo pero tostado que abunda en los marinos y viajeros del Norte.
El cabello rubio, desordenadamente peinado y suelto según el gusto de la
época, le caía en bucles sobre el cuello. Su edad no parecía exceder de
treinta o treinta y tres años. Era grave y triste pero sin la pesadez
acartonada y tardanza de modales que suelen ser comunes en la gente
inglesa. Su rostro estaba bronceado, mejor dicho, dorado por el sol,
desde la mitad de la frente hasta el cuello, conservando en la huella
del sombrero y en la garganta una blancura como la de la más pura y
delicada cera. Esmeradamente limpia de pelo la cara, su barba era como
la de una mujer, y sus facciones realzadas por la luz del Mediodía
dábanle el aspecto de una hermosa estatua de cincelado oro. Yo he visto
en alguna parte un busto del Dios Brahma, que muchos años después me
hizo recordar a lord Gray.
Vestía con elegancia y cierta negligencia no estudiada, traje azul de
paño muy fino, medio oculto por una prenda que llamaban <i>sortú</i>, y
llevaba sombrero redondo, de los primeros que empezaban a usarse.
Brillaban sobre su persona algunas joyas de valor, pues los hombres
entonces se ensortijaban más que ahora, y lucía además los sellos de dos
relojes. Su figura en general era simpática. Yo le miré y observé
ávidamente, buscándole imperfecciones por todos lados; pero ¡ay!, no le
encontré ninguna. Mas me disgustó oírle hablar con rara corrección el
castellano, cuando yo esperaba que se expresase en términos ridículos y
con yerros de los que desfiguran y afean el lenguaje; pero consolome la
esperanza de que soltase algunas tonterías. Sin embargo no dijo ninguna.
Entabló conversación con Amaranta, procurando esquivar el tema que
impertinentemente había tocado doña Flora al entrar.
--Querida amiga--dijo la vieja--, lord Gray nos va a contar algo de sus
amores en Cádiz, que es mejor tratado que el de los viajes por Asia y
África.
Amaranta me presentó gravemente a él, diciéndole que yo era un gran
militar, una especie de Julio César por la estrategia y un segundo Cid
por el valor; que había hecho mi carrera de un modo gloriosísimo, y que
había estado en el sitio de Zaragoza, asombrando con mis hechos heroicos
a españoles y franceses. El extranjero pareció oír con suma complacencia
mi elogio, y me dijo después de hacerme varias preguntas sobre la
guerra, que tendría grandísimo contento en ser mi amigo. Sus refinadas
cortesanías me tenían frita la sangre por la violencia y fingimiento con
que me veía precisado a responder a ellas. La maligna Amaranta reíase a
hurtadillas de mi embarazo, y más atizaba con sus artificiosas palabras
la inclinación y repentino afecto del inglés hacia mi persona.
--Hoy--dijo lord Gray--hay en Cádiz gran cuestión entre españoles e
ingleses.
--No sabía nada--exclamó Amaranta--. ¿En esto ha venido a parar la
alianza?
--No será nada, señora. Nosotros somos algo rudos, y los españoles un
poco vanagloriosos y excesivamente confiados en sus propias fuerzas,
casi siempre con razón.
--Los franceses están sobre Cádiz--dijo doña Flora--, y ahora salimos
con que no hay aquí bastante gente para defender la plaza.
--Así parece. Pero Wellesley--añadió el inglés--ha pedido permiso a la
Junta para que desembarque la marinería de nuestros buques y defienda
algunos castillos.
--Que desembarquen; si vienen, que vengan--exclamó Amaranta--. ¿No crees
lo mismo, Gabriel?
--Esa es la cuestión que no se puede resolver--dijo lord Gray--, porque
las autoridades españolas se oponen a que nuestra gente les ayude. Toda
persona que conozca la guerra ha de convenir conmigo en que los ingleses
deben desembarcar. Seguro estoy de que este señor militar que me oye es
de la misma opinión.
--Oh, no señor; precisamente soy de la opinión contraria--repuse con la
mayor viveza, anhelando que la disconformidad de pareceres alejase de mí
la intolerable y odiosísima amistad que quería manifestarme el inglés--.
Creo que las autoridades españolas hacen bien en no consentir que
desembarquen los ingleses. En Cádiz hay guarnición suficiente para
defender la plaza.
--¿Lo cree usted?--me preguntó.
--Lo creo--respondí procurando quitar a mis palabras la dureza y
sequedad que quería infundirles el corazón--. Nosotros agradecemos el
auxilio que nos están dando nuestros aliados, más por odio al común
enemigo que por amor a nosotros; esa es la verdad. Juntos pelean ambos
ejércitos; pero si en las acciones campales es necesaria esta alianza,
porque carecemos de tropas regulares que oponer a las de Napoleón, en la
defensa de plazas fuertes harto se ha probado que no necesitamos ayuda.
Además, las plazas fuertes que como esta son al mismo tiempo magníficas
plazas comerciales, no deben entregarse nunca a un aliado por leal que
sea; y como los paisanos de usted son tan comerciantes, quizás gustarían
demasiado de esta ciudad, que no es más que un buque anclado a vista de
tierra. Gibraltar casi nos está oyendo y lo puede decir.
Al decir esto, observaba atentamente al inglés, suponiéndole próximo a
dar rienda suelta al furor, provocado por mi irreverente censura; pero
con gran sorpresa mía, lejos de ver encendida en sus ojos la ira, noté
en su sonrisa no sólo benevolencia, sino conformidad con mis opiniones.
--Caballero--dijo tomándome la mano--, ¿me permitirá usted que le
importune repitiéndole que deseo mucho su amistad?
Yo estaba absorto, señores.
--Pero milord--preguntó doña Flora--; ¿en qué consiste que aborrece
usted tanto a sus paisanos?
--Señora--dijo lord Gray--, desgraciadamente he nacido con un carácter
que si en algunos puntos concuerda con el de la generalidad de mis
compatriotas, en otros es tan diferente como lo es un griego de un
noruego. Aborrezco el comercio, aborrezco a Londres, mostrador
nauseabundo de las drogas de todo el mundo; y cuando oigo decir que
todas las altas instituciones de la vieja Inglaterra, el régimen
colonial y nuestra gran marina tienen por objeto el sostenimiento del
comercio y la protección de la sórdida avaricia de los negociantes que
bañan sus cabezas redondas como quesos con el agua negra del Támesis,
siento un crispamiento de nervios insoportable y me avergüenzo de ser
inglés.
»El carácter inglés es egoísta, seco, duro como el bronce, formado en el
ejército del cálculo y refractario a la poesía. La imaginación es en
aquellas cabezas una cavidad lóbrega y fría donde jamás entra un rayo de
luz ni resuena un eco melodioso. No comprenden nada que no sea una
cuenta, y al que les hable de otra cosa que del precio del cáñamo, le
llaman mala cabeza, holgazán y enemigo de la prosperidad de su país. Se
precian mucho de su libertad, pero no les importa que haya millones de
esclavos en las colonias. Quieren que el pabellón inglés ondee en todos
los mares, cuidándose mucho de que sea respetado; pero siempre que
hablan de la dignidad nacional, debe entenderse que la quincalla inglesa
es la mejor del mundo. Cuando sale una expedición diciendo que va a
vengar un agravio inferido al orgulloso leopardo, es que se quiere
castigar a un pueblo asiático o africano que no compra bastante trapo de
algodón.
--¡Jesús, María y José!--exclamó horrorizada doña Flora--. No puedo oír a
un hombre de tanto talento como milord hablando así de sus compatriotas.
--Siempre he dicho lo mismo, señora--prosiguió lord Gray--, y no ceso de
repetirlo a mis paisanos. Y no digo nada cuando quieren echársela de
guerreros y dan al viento el estandarte con el gato montés que ellos
llaman leopardo. Aquí en España me ha llenado de asombro el ver que mis
paisanos han ganado batallas. Cuando los comerciantes y mercachifles de
Londres sepan por las <i>Gacetas</i> que los ingleses han dado batallas y las
han ganado, bufarán de orgullo creyéndose dueños de la tierra como lo
son del mar, y empezarán a tomar la medida del planeta para hacerle un
gorro de algodón que lo cubra todo. Así son mis paisanos, señoras. Desde
que este caballero evocó el recuerdo de Gibraltar, traidoramente ocupado
para convertirle en almacén de contrabando, vinieron a mi mente estas
ideas, y concluyo modificando mi primera opinión respecto al desembarco
de los ingleses en Cádiz. Señor oficial, opino como usted: que se queden
en los barcos.
--Celebro que al fin concuerden sus ideas con las mías, milord--dije
creyendo haber encontrado la mejor coyuntura para chocar con aquel
hombre que me era, sin poderlo remediar, tan aborrecible--. Es cierto
que los ingleses son comerciantes, egoístas, interesados, prosaicos;
pero ¿es natural que esto lo diga exagerándolo hasta lo sumo un hombre
que ha nacido de mujer inglesa y en tierra inglesa? He oído hablar de
hombres que en momentos de extravío o despecho han hecho traición a su
patria; pero esos mismos que por interés la vendieron, jamás la
denigraron en presencia de personas extrañas. De buenos hijos es ocultar
los defectos de sus padres.
--No es lo mismo--dijo el inglés--. Yo conceptúo más compatriota mío a
cualquier español, italiano, griego o francés que muestre aficiones
iguales a las mías, sepa interpretar mis sentimientos y corresponder a
ellos, que a un inglés áspero, seco y con un alma sorda a todo rumor que
no sea el son del oro contra la plata, y de la plata contra el cobre.
¿Qué me importa que ese hombre hable mi lengua, si por más que charlemos
él y yo no podemos comprendernos? ¿Qué me importa que hayamos nacido en
un mismo suelo, quizás en una misma calle, si entre los dos hay
distancias más enormes que las que separan un polo de otro?
--La patria, señor inglés, es la madre común, que lo mismo cría y
agasaja al hijo deforme y feo que al hermoso y robusto. Olvidarla es de
ingratos; pero menospreciarla en público indica sentimientos quizás
peores que la ingratitud.
--Esos sentimientos, peores que la ingratitud, los tengo yo, según
usted--dijo el inglés.
--Antes que pregonar delante de extranjeros los defectos de mis
compatriotas, me arrancaría la lengua--afirmé con energía, esperando por
momentos la explosión de la cólera de lord Gray.
Pero este, tan sereno cual si se oyese nombrar en los términos más
lisonjeros, me dirigió con gravedad las siguientes palabras:
--Caballero, el carácter de usted y la viveza y espontaneidad de sus
contradicciones y réplicas, me seducen de tal manera, que me siento
inclinado hacia usted, no ya por la simpatía, sino por un afecto
profundo.
Amaranta y doña Flora no estaban menos asombradas que yo.
--No acostumbro tolerar que nadie se burle de mí, milord--dije, creyendo
efectivamente que era objeto de burlas.
--Caballero--repuso fríamente el inglés--, no tardaré en probar a usted
que una extraordinaria conformidad entre su carácter y el mío ha
engendrado en mí vivísimo deseo de entablar con usted sincera amistad.
Óigame usted un momento. Uno de los principales martirios de mi vida, el
mayor quizás, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante mí todas
las personas que trato. No sé si consistirá en mi posición o en mis
grandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento,
no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos.
Apenas me permito expresar una opinión cualquiera, todos los que me oyen
aseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi carácter ama la
controversia y las disputas. Cuando vine a España, hícelo con la ilusión
de encontrar aquí gran número de gente pendenciera, ruda y primitiva,
hombres de corazón borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vano
charol de la cortesanía.
»Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lo
pudiera estar en Londres, sin hallar obstáculos a la satisfacción de mi
voluntad, en medio de una vida monótona, regular, acompasada, no
expuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres ni
con cosas, mimado, obsequiado, adulado... ¡Oh, amigo mío! Nada aborrezco
tanto como la adulación. El que me adula es mi irreconciliable enemigo.
Yo gozo extraordinariamente al ver frente a mí los caracteres altivos,
que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra mía; gusto de
ver bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun por
el pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de una
independencia intransigente y enérgica, por lo cual asisto con júbilo a
la guerra de España.
»Pienso ahora internarme en el país, y unirme a los guerrilleros. Esos
generales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros,
taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiración hasta lo sumo. He
estado en academias militares y aborrezco a los pedantes que han
prostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reduciéndolo a
reglas necias, y decorándose a sí mismos con plumas y colorines para
disimular su nulidad. ¿Ha militado usted a las órdenes de algún
guerrillero? ¿Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier?
¿Cómo son? ¿Cómo visten? Se me figura ver en ellos a los héroes de
Atenas y del Lacio.
»Amigo mío, si no recuerdo mal, la señora condesa dijo hace un momento
que usted debía sus rápidos adelantamientos en la carrera de las armas a
su propio mérito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honroso
puesto en la milicia. ¡Oh, caballero!, usted me interesa vivamente,
usted será mi amigo, quiéralo o no. Adoro a los hombres que no han
recibido nada de la suerte ni de la cuna, y que luchan contra este
oleaje. Seremos muy amigos. ¿Está usted de guarnición en la Isla? Pues
venga a vivir a mi casa siempre que pase a Cádiz. ¿En dónde reside usted
para ir a visitarle todos los días...?
Sin atreverme a rechazar tan vehementes pruebas de benevolencia, me
excusé como pude.
--Hoy, caballero--añadió--es preciso que venga usted a comer conmigo. No
admito excusas. Señora condesa, usted me presentó a este caballero. Si
me desaíra, cuente usted como que ha recibido la ofensa.
--Creo--dijo la condesa--que ambos se congratularán bien pronto de haber
entablado amistad.
--Milord, estoy a la orden de usted--dije levantándome cuando él se
disponía a partir.
Y después de despedirnos de las dos damas, salí con el inglés. Parecía
que me llevaba el demonio.