II

--Gabriel--me dijo--, te he llamado para decirte que ayer, en una

embarcación pequeña, venida de Cartagena, ha llegado a Cádiz el sin par

D. Diego, conde de Rumblar, hijo de nuestra parienta, la monumental y

grandiosa señora doña María.

--Ya sospechaba--respondí--que ese perdido recalaría por aquí. ¿No trae

en su compañía a un majo de las Vistillas o a algún cortesano de los de

la tertulia del Sr. Mano de Mortero?

--No sé si viene solo o trae corte. Lo que sé es que su mamá ha recibido

mucho gusto con la inesperada aparición del niño, y que mi tía, ya sea

por mortificarme, ya porque realmente haya encontrado variación en el

joven, ha dicho ayer delante de toda la familia: «Si el señor conde se

porta bien y es hombre formal, obtendrá nuestros parabienes y se hará

acreedor a la más dulce recompensa que pueden ofrecerle dos familias

deseosas de formar una sola».

--Señora condesa, yo a ser usted me reiría de don Diego y de las

mortificaciones de cuantas marquesas impertinentes peinan canas y

guardan pergaminos en el mundo.

--¡Ah, Gabriel; eso puede decirse; pero si tú comprendieras bien lo que

me pasa!--exclamó con pena--. ¿Creerás que se han empeñado en que mi hija

no me tenga amor ni cariño alguno? Para conseguirlo han principiado por

apartarla perpetuamente de mí. Desde hace algunos días han resuelto

terminantemente que no venga a las tertulias de esta casa, y tampoco me

reciben a mí en la suya. De este modo, mi hija concluirá por no amarme.

La infeliz no tiene culpa de esto, ignora que soy su madre, me ve poco,

las oye a ellas con más frecuencia que a mí... ¡Sabe Dios lo que le

dirán para que me aborrezca! Di si no es esto peor que cuantos castigos

pueden padecerse en el mundo; di si no tengo razón para estar muerta de

celos, sí, y los peores, los más dolorosos y desesperantes que pueden

desgarrar el corazón de una mujer. Al ver que personas egoístas quieren

arrebatarme lo que es mío, y privarme del único consuelo de mi vida, me

siento tan rabiosa, que sería capaz de acciones indignas de mi categoría

y de mi nombre.

--No me parece la situación de usted--le dije--ni tan triste ni tan

desesperada como la ha pintado. Usted puede reclamar a su hija,

llevándosela para siempre consigo.

--Eso es difícil, muy difícil. ¿No ves que aparentemente y según la ley

carezco de derechos para reclamarla y traerla a mi lado? Me han jurado

una guerra a muerte. Han hecho los imposibles por desterrarme, no

vacilando hasta en denunciarme como afrancesada. Hace poco, como sabes,

proyectaron marcharse a Portugal sin darme noticia de ello, y si lo

impedí presentándome aquella noche en tu compañía, me fue preciso

amenazar con un gran escándalo para obligarlas a que se detuvieran. La

de Rumblar me cobró un aborrecimiento profundo, desde que supo mi

oposición a que Inés se desposase con el tunantuelo de su hijo. Mi tía

con su idea del decoro de la casa y de la honra de la familia me

mortifica más que la otra con su enojo, que tiene por móvil una

desmedida avaricia. Si me encontrara en Madrid, donde mis muchas

relaciones me ofrecen abundantes recursos para todo, tal vez vencería

estos y otros mayores obstáculos; pero nos hallamos en Cádiz, en una

plaza que casi está rigurosamente sitiada, donde tengo pocos amigos,

mientras que mi tía y la de Rumblar, por su exagerado españolismo

cuentan con el favor de todas las personas de poder. Suponte que me

obliguen a embarcarme, que me destierren, que durante mi forzada

ausencia engañen a la pobre muchacha y la casen contra su voluntad;

figúrate que esto suceda, y...

--¡Oh!, señora--exclamé con vehemencia--eso no sucederá mientras usted y

yo vivamos para impedirlo. Hablemos a Inés, revelémosle lo que ya

debiera saber...

--Díselo tú, si te atreves...

--¿Pues no me he de atrever?...

--Debo advertirte otra cosa que ignoras, Gabriel; una cosa que tal vez

te cause tristeza; pero que debes saber... ¿Tú crees conservar sobre

ella el ascendiente que tuviste hace algún tiempo y que conservaste aun

después de haber mudado tan bruscamente de fortuna?

--Señora--repuse--, no puedo concebir que haya perdido ese ascendiente.

Perdóneseme la vanidad.

--¡Desgraciado muchacho!--me dijo en tono de dulce compasión--. La vida

consiste en mil mudanzas dolorosas, y el que confía en la perpetuidad de

los sentimientos que le halagan, es como el iluso que viendo las nubes

en el horizonte, las cree montañas, hasta que un rayo de luz las

desfigura o un soplo de viento las desbarata. Hace dos años, mi hija y

tú erais dos niños desvalidos y abandonados. El apartamiento en que

vivíais y la común desgracia, aumentando la natural inclinación,

hicieron que os amarais. Después todo cambió. ¿Para qué repetir lo que

sabes tan bien? Inés en su nueva posición no quiso olvidar al fiel

compañero de su infortunio. ¡Hermoso sentimiento que nadie más que yo

supo apreciar en su valor! Aprovechándome de él, casi llegué hasta

tolerarle y autorizarle, impulsada por el despecho y por mortificar a mi

orgullosa parienta; pero yo sabía que aquella corazonada infantil

concluiría con el tiempo y la distancia, como en efecto ha concluido.

Oí con estupor las palabras de la condesa, que iban esparciendo densas

oscuridades delante de mis ojos. Pero la razón me indicaba que no debía

dar entero crédito a las palabras de mujer tan experta en ingeniosos

engaños, y esperé aparentando conformarme con su opinión y mi desaire.

--¿Te acuerdas de la noche en que nos presentamos aquí viniendo del

Puerto de Santa María? En esta misma sala nos recibió doña Flora.

Llamamos a Inés, te vio, le hablaste. La pobrecita estaba tan turbada

que no acertó a contestar derechamente a lo que le dijiste.

Indudablemente te conserva un noble y fraternal afecto; pero nada más.

¿No lo comprendiste? ¿No se ofreció a tus ojos o a tus oídos algún dato

para conocer que ya Inés no te ama?

--Señora--respondí con perplejidad--, aquel instante fue tan breve y

usted me suplicó con tanta precipitación que saliese de la casa, que

nada observé que me disgustara.

--Pues sí, puedes creerlo. Yo sé que Inés no te ama ya--afirmó con una

entereza tal que se me hizo aborrecible en un momento mi hermosa

interlocutora.

--¿Lo sabe usted?

--Yo lo sé.

--Tal vez se equivoque.

--No: Inés no te ama.

--¿Por qué?--pregunté bruscamente y con desabrimiento.

--Porque ama a otro--me respondió con calma.

--¡A otro!--exclamé tan asombrado que por largo rato no me di cuenta de

lo que sentía--. ¡A otro! No puede ser, señora condesa. ¿Y quién es ese

otro? Sepámoslo.

Diciendo esto, en mi interior se retorcían dolorosamente unas como

culebras, que me estrujaban el corazón mordiéndolo y apretándolo con

estrechos nudos. Yo quería aparentar serenidad; pero mis palabras

balbucientes y cierta invencible sofocación de mi aliento descubrían la

flaqueza de mi espíritu caído desde la cumbre de su mayor orgullo.

--¿Quieres saberlo? Pues te lo diré. Es un inglés.

--¿Ese?--pregunté con sobresalto señalando hacia la sala donde resonaba

lejanamente el eco de las voces de doña Flora y de su visitante.

--¡Ese mismo!

--¡Señora, no puede ser!, usted se equivoca--exclamé sin poder contener

la fogosa cólera que desarrollándose en mí como súbito incendio, no

admitía razón que la refrenara, ni urbanidad que la reprimiera--. Usted

se burla de mí; usted me humilla y me pisotea como siempre lo ha hecho.

--Qué furioso te has puesto--me dijo sonriendo--. Cálmate y no seas

loco.

--Perdóneme usted si la he ofendido con mi brusca respuesta--dije

reponiéndome--; pero yo no puedo creer eso que he oído. Todo cuanto hay

en mí que hable y palpite con señales de vida, protesta contra tal idea.

Si ella misma me lo dice, lo creeré; de otro modo no. Soy un ciego

estúpido tal vez, señora mía, pero yo detesto la luz que pueda hacerme

ver la soledad espantosa que usted quiere ponerme delante. Pero no me ha

dicho usted quién es ese inglés ni en qué se funda para pensar...

--Ese inglés vino aquí hace seis meses, acompañando a otro que se llama

lord Byron, el cual partió para Levante al poco tiempo. Este que aquí

está, se llama lord Gray. ¿Quieres saber más? ¿Quieres saber en qué me

fundo para pensar que Inés le ama? Hay mil indicios que ni engañan ni

pueden engañar a una mujer experimentada como yo. ¿Y eso te asombra?

Eres un mozo sin experiencia, y crees que el mundo se ha hecho para tu

regalo y satisfacción. Es todo lo contrario, niño. ¿En qué te fundabas

para esperar que Inés estuviera queriéndote toda la vida, luchando con

la ausencia, que en esta edad es lo mismo que el olvido? ¡Pues no pedías

poco en verdad! ¿Sabes que eres modestito? Que pasaran años y más años,

y ella siempre queriéndote... Vamos, pide por esa boca. Es preciso que

te acostumbres a creer que hay además de ti, otros hombres en el mundo,

y que las muchachas tienen ojos para ver y oídos para escuchar.

Con estas palabras que encerraban profunda verdad, la condesa me estaba

matando. Parecíame que mi alma era una hermosa tela, y que ella con sus

finas tijeras me la estaba cortando en pedacitos para arrojarla al

viento.

--Pues sí. Ha pasado mucho tiempo--continuó--. Ese inglés se apareció en

Cádiz; nos visitó. Visita hoy con mucha frecuencia la otra casa, y en

ella es amado... Esto te parece increíble, absurdo. Pues es la cosa más

sencilla del mundo. También creerás que el inglés es un hombre

antipático, desabrido, brusco, colorado, tieso y borracho como algunos

que viste y trataste en la plaza de San Juan de Dios cuando eras niño.

No: lord Gray es un hombre finísimo, de hermosa presencia y vasta

instrucción. Pertenece a una de las mejores familias de Inglaterra, y es

más rico que un perulero... Ya... ¡tú creíste que estas y otras

eminentes cualidades nadie las poseía más que el Sr. D. Gabriel de

Tres-al-Cuarto! Lucido estás... Pues oye otra cosa.

»Lord Gray cautiva a las muchachas con su amena conversación. Figúrate,

que con ser tan joven, ha tenido ya tiempo para viajar por toda el Asia

y parte de América. Sus conocimientos son inmensos; las noticias que da

de los muchos y diversos pueblos que ha visto, curiosísimas. Es hombre

además de extraordinario valor; hase visto en mil peligros luchando con

la naturaleza y con los hombres, y cuando los relata con tanta

elocuencia como modestia, procurando rebajar su propio mérito y

disimular su arrojo, los que le oyen no pueden contener el llanto. Tiene

un gran libro lleno de dibujos, representando paisajes, ruinas, trajes,

tipos, edificios que ha pintado en esas lejanas tierras; y en varias

hojas ha escrito en verso y prosa mil hermosos pensamientos,

observaciones y descripciones llenas de grandiosa y elocuente poesía.

¿Comprendes que pueda y sepa hacerse amar? Llega a la tertulia, las

muchachas le rodean; él les cuenta sus viajes con tanta verdad y

animación, que vemos las grandes montañas, los inmensos ríos, los

enormes árboles de Asia, los bosques llenos de peligros; vemos al

intrépido europeo defendiéndose del león que le asalta, del tigre que le

acecha; nos describe luego las tempestades del mar de la China, con

aquellos vientos que arrastran como pluma la embarcación, y le vemos

salvándose de la muerte por un esfuerzo de su naturaleza ágil y

poderosa; nos describe los desiertos de Egipto, con sus noches claras

como el día, con las pirámides, los templos derribados, el Nilo y los

pobres árabes que arrastran miserable vida en aquellas soledades; nos

pinta luego los lugares santos de Jerusalén y Belén, el sepulcro del

Señor, hablándonos de los millares de peregrinos que le visitan, de los

buenos frailes que dan hospitalidad al europeo; nos dice cómo son los

olivares a cuya sombra oraba el Señor cuando fue Judas con los soldados

a prenderle, y nos refiere punto por punto cómo es el monte Calvario y

el sitio donde levantaron la santa Cruz.

»Después nos habla de la incomparable Venecia, ciudad fabricada dentro

del mar, de tal modo, que las calles son de agua y los coches unas

lanchitas que llaman góndolas; y allí se pasean de noche los amantes,

solos en aquella serena laguna, sin ruido y sin testigos. También ha

visitado la América, donde hay unos salvajes muy mansos que agasajan a

los viajeros, y donde los ríos, grandísimos como todo lo de aquel país,

se precipitan desde lo alto de una roca formando lo que llaman

cataratas, es decir, un salto de agua como si medio mar se arrojase

sobre el otro medio, formando mundos de espuma y un ruido que se oye a

muchísimas leguas de distancia. Todo lo relata, todo lo pinta con tan

vivos colores, que parece que lo estamos viendo. Cuenta sus acciones

heroicas sin fanfarronería, y jamás ha mortificado el orgullo de los

hombres que le oyen con tanta atención, si no con tanta complacencia

como las mujeres.

»Ahora bien, Gabriel, desgraciado joven, ¿por lo que digo comprendes que

ese inglés tiene atractivos suficientes para cautivar a una muchacha de

tanta sensibilidad como imaginación, que instintivamente vuelve los ojos

hacia todo lo que se distingue del vulgo enfatuado? Además, lord Gray es

riquísimo, y aunque las riquezas no bastan a suplir en los hombres la

falta de ciertas cualidades, cuando estas se poseen, las riquezas las

avaloran y realzan más. Lord Gray viste elegantemente; gasta con

profusión en su persona y en obsequiar dignamente a sus amigos, y su

esplendidez no es el derroche del joven calavera y voluntarioso, sino la

gala y generosidad del rico de alta cuna, que emplea sabiamente su

dinero en alegrar la existencia de cuantos le rodean. Es galante sin

afectación, y más bien serio que jovial.

»¡Ay, pobrecito! ¿Lo comprendes ahora? ¿Llegarás a entender que hay en

el mundo alguien que puede ponerse en parangón con el Sr. D. Gabriel

Tres-al-Cuarto? Reflexiona bien, hijo; reflexiona bien quién eres tú. Un

buen muchacho y nada más. Excelente corazón, despejo natural, y aquí paz

y después gloria. En punto a posición oficialito del ejército... bien

ganado, eso sí... pero ¿qué vale eso? Figura... no mala; conversación,

tolerable; nacimiento humildísimo, aunque bien pudieras figurarlo como

de los más alcurniados y coruscantes. Valor, no lo negaré; al contrario,

creo que lo tienes en alto grado, pero sin brillo ni lucimiento.

Literatura, escasa... cortesía, buena... Pero, hijo, a pesar de tus

méritos, que son muchos, dada tu pobreza y humildad, ¿insistirás en

hacerte indestronable, como se lo creyó el buen D. Carlos IV que heredó

la corona de su padre? No, Gabriel; ten calma y resígnate.

El efecto que me causó la relación de mi antigua ama fue terrible.

Figúrense ustedes cómo me habría quedado yo, si Amaranta hubiera cogido

el pico de Mulhacén, es decir, el monte más alto de España... y me lo

hubiese echado encima.

Pues lo mismo, señores, lo mismo me quedé.

Cádiz · 第 4 / 40 题