IV

Lord Gray vivía cerca de las Barquillas de Lope. Su casa, demasiado

grande para un hombre solo, estaba en gran parte vacía. Servíanle varios

criados, españoles todos a excepción del ayuda de cámara que era inglés.

Dábase trato de príncipe en la comida, y durante toda ella no tenían un

momento de sosiego los vasos, llenos con la mejor sangre de las cepas de

Montilla, Jerez y Sanlúcar.

Durante la comida no hablamos más que de la guerra, y después, cuando

los generosos vinos de Andalucía hicieron su efecto en la insigne cabeza

del <i>mister</i>, se empeñó en darme algunas lecciones de esgrima. Era gran

tirador según observé a los primeros golpes; y como yo no poseía en tal

alto grado los secretos del arte y él no tenía entonces en su cerebro

todo aquel buen asiento y equilibrio que indican una organización

educada en la sobriedad, jugaba con gran pesadez de brazo, haciéndome

más daño del que correspondía a un simple entretenimiento.

--Suplico a milord que no se entusiasme demasiado--dije conteniendo sus

bríos--. Me ha desarmado ya repetidas veces para gozarse como un niño en

darme estocadas a fondo que no puedo parar. ¡Ese botón está mal y puedo

ser atravesado fácilmente!

--Así es como se aprende--repuso--. O no he de poder nada, o será usted

un consumado tirador.

Después que nos batimos a satisfacción, y cuando se despejaron un tanto

las densas nubes que oscurecían y turbaban su entendimiento, me marché a

la Isla, a donde me acompañó deseoso, según dijo, de visitar nuestro

campamento. En los días sucesivos casi ninguno dejó de visitarme. Su

afectuosidad me contrariaba, y cuanto más le aborrecía, más desarmaba él

mi cólera a fuerza de atenciones. Mis respuestas bruscas, mi mal humor,

y la terquedad con que le rebatía, lejos de enemistarle conmigo,

apretaban más los lazos de aquella simpatía que desde el primer día me

manifestó; y al fin no puedo negar que me sentía inclinado hacia hombre

tan raro, verificándose el fenómeno de considerar en él como dos

personas distintas y un solo lord Gray verdadero, dos personas, sí, una

aborrecida y otra amada; pero de tal manera confundidas, que me era

imposible deslindar dónde empezaba el amigo y dónde acababa el rival.

Érale sumamente agradable estar en mi compañía y en la de los demás

oficiales mis camaradas. Durante las operaciones nos seguía armado de

fusil, sable y pistolas, y en los ratos de vagar iba con nosotros a los

ventorrillos de Cortadura o Matagorda, donde nos obsequiaba de un modo

espléndido con todo lo que podían dar de sí aquellos establecimientos.

Más de una vez se hizo acompañar al venir desde Cádiz por dos o tres

calesas cargadas con las más ricas provisiones que por entonces traían

los buques ingleses y los costeros del Condado y Algeciras; y en cierta

ocasión en que no podíamos salir de las trincheras del puente Suazo,

transportó allá con rapidez parecida a la de los tiempos que después han

venido, al Sr. Poenco con toda su tienda y bártulos y séquito mujeril y

guitarril, para improvisar una fiesta.

A los quince días de estos rumbos y generosidades no había en la Isla

quien no conociese a lord Gray; y como entonces estábamos en buenas

relaciones con la Gran Bretaña, y se cantaba aquello de

La trompeta de la Gloria

dice al mundo <i>Velintón</i>...

(lo mismo que está escrito) nuestro <i>mister</i> era popularísimo en toda la

extensión que inunda con sus canales el caño de Sancti-Petri.

Su mayor confianza era conmigo; pero debo indicar aquí una

circunstancia, que a todos llamará la atención, y es que aunque

repetidas veces procuré sondear su ánimo en el asunto que más me

interesaba, jamás pude conseguirlo. Hablábamos de amores, nombraba yo la

casa y la familia de Inés, y él, volviéndose taciturno, mudaba la

conversación. Sin embargo, yo sabía que visitaba todas las noches a doña

María; pero su reserva en este punto era una reserva sepulcral. Sólo una

vez dejó traslucir algo y voy a decir cómo.

Durante muchos días estuve sin poder ir a Cádiz, a causa de las

ocupaciones del servicio, y esta esclavitud me daba tanto fastidio como

pesadumbre. Recibía algunas esquelas de la condesa suplicándome que

pasase a verla, y yo me desesperaba no pudiendo acudir. Al fin logré una

licencia a principios de Marzo y corrí a Cádiz. Lord Gray y yo

atravesamos la Cortadura precisamente el día del furioso temporal que

por muchos años dejó memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olas

de fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrecho

istmo para abrazarse con las olas de la bahía. Los bancos de arena eran

arrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horroroso

viento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permitía

formar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ángeles de

la justicia. Veinte buques mercantes y algunos navíos de guerra

españoles e ingleses estrelláronse aquel día contra la costa de

Poniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde se

cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadáveres

y los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y árboles deshechos.

Lord Gray, contemplando por el camino tan gran desolación, el furor del

viento, los horrores del revuelto cielo, ora negro, ora iluminado por la

siniestra amarillez de los relámpagos, la agitación de las olas verdosas

y turbias, en cuyas cúspides, relucientes como filos de cuchillos, se

alcanzaban a ver restos de alguna nave que se hundía luego en los

cóncavos senos para reaparecer después; contemplando lord Gray, repito,

aquel desorden, no menos admirable que la armonía de lo creado, aspiraba

con delicia el aire húmedo de la tempestad y me decía:

--¡Cuán grato es a mi alma este espectáculo! Mi vida se centuplica ante

esta fiesta sublime de la Naturaleza, y se regocija de haber salido de

la nada, tomando la execrable forma que hoy tiene. Para esto te han

criado ¡oh mar! Escupe las naves comerciantes que te profanan, y prohíbe

la entrada en tus dominios al sórdido mercachifle, ávido de oro,

saqueador de los pueblos inocentes que no se han corrompido todavía y

adoran a Dios en el ara de los bosques. Este ruido de invisibles

montañas que ruedan por los espacios, chocándose y redondeándose como

los guijos que arrastra un río; estas lenguazas de fuego que lamen el

cielo y llegan a tocar el mar con sus afiladas puntas; este cielo que se

revuelca desesperado; este mar que anhela ser cielo, abandonando su

lecho eterno para volar; este hálito que nos arrastra, esta confusión

armoniosa, esta música, amigo, y ritmo sublime que lo llena todo,

encontrando eco en nuestra alma, me extasían, me cautivan, y con fuerza

irresistible me arrastran a confundirme con lo que veo... Esta

alteración se repite en mi alma; esta rabia y desesperado anhelo de

salir de su centro, propiedad es también de mi alma; este rumor, donde

caben todos los rumores de cielo y tierra, ha tiempo que también

ensordece mi alma; este delirio es mi delirio, y este afán con que

vuelan nubes y olas hacia un punto a que no llegan nunca, es mi propio

afán.

Yo pensé que estaba loco, y cuando le vi bajar del calesín, acercarse a

la playa e internarse por ella hasta que el agua le cubrió las botas,

corrí tras él lleno de zozobra, temiendo que en su enajenación se

arrojase, como había dicho, en medio de las olas.

--Milord--le dije--volvámonos al coche, pues no hay para qué convertirse

ahora en ola ni nube, como usted desea, y sigamos hacia Cádiz, que para

agua bastante tenemos con la que llueve, y para viento, harto nos azota

por el camino.

Pero él no me hacía caso, y empezó a gritar en su lengua. El calesero,

que era muy pillo, hizo gestos significativos para indicar que lord Gray

había abusado del Montilla; pero a mí me constaba que no lo había

probado aquel día.

--Quiero nadar--dijo lacónicamente lord Gray, haciendo ademán de

desnudarse.

Y al punto forcejeamos con él el calesero y yo, pues aunque sabíamos que

era gran nadador, en aquel sitio y hora no habría vivido diez minutos

dentro del agua. Al fin le convencimos de su locura, haciéndole volver a

la calesa.

--Contenta se pondría, milord, la señora de sus pensamientos si le viera

a usted con inclinaciones a matarse desde que suena un trueno.

Lord Gray rompió a reír jovialmente, y cambiando de aspecto y tono,

dijo:

--Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cádiz.

--El lamparín no quiere andar.

--¿Qué lamparín?

--El caballo. Le han salido callos en la jerraúra. <i>¡Ay sé!</i> Este

caballo es muy respetoso.

--¿Por qué?

--Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelaítas, se hacen

cortesías y se preguntan cómo ha ido de viaje.

--¿Quién es Pelaítas?

--El violín del Sr. Poenco. <i>¡Ay sé!</i> Si usted le dice a mi caballo:

«vas a descansar en casa de Poenco, mientras tu amo come una aceituna y

bebe un par de copas», correrá tanto, que tendremos que darle palos para

que pare, no sea que con la fuerza del golpe abra un boquete en la

muralla de Puerta Tierra.

Gray prometió al calesero refrescarle en casa de Poenco, y al oír esto

¡parecía mentira!, el lamparín avivó el paso.

--Pronto llegaremos--dijo el inglés--. No sé por qué el hombre no ha

inventado algo para correr tanto como el viento.

--En Cádiz le aguarda a usted una muchacha bonita. No una, muchas tal

vez.

--Una sola. Las demás no valen nada, señor de Araceli... Su alma es

grande como el mar. Nadie lo sabe más que yo, porque en apariencia es

una florecita humilde que vive casi a escondidas dentro del jardín. Yo

la descubrí y encontré en ella lo que hombre alguno no supo encontrar.

Para mí solo, pues, relampaguean los rayos de sus ojos y braman las

tempestades de su pecho... Está rodeada de misterios encantadores, y las

imposibilidades que la cercan y guardan como cárceles inaccesibles más

estimulan mi amor... Separados nos oscurecemos; pero juntos llenamos

todo lo creado con las deslumbradoras claridades de nuestro pensamiento.

Si mi conciencia no dominara casi siempre en mí los arrebatos de la

pasión, habría cogido a lord Gray y le habría arrojado al mar... Hícele

luego mil preguntas, di vueltas y giros sobre el mismo tema para

provocar su locuacidad; nombré a innumerables personas, pero no me fue

posible sacarle una palabra más. Después de dejarme entrever un rayo de

su felicidad, calló y su boca cerrose como una tumba.

--¿Es usted feliz?--le dije al fin.

--En este momento sí--respondió.

Sentí de nuevo impulsos de arrojarle al mar.

--Lord Gray--exclamé súbitamente--¿vamos a nadar?

--¡Oh! ¿Qué es eso? ¿Usted también?

--¡Sí, arrojémonos al agua! Me pasa a mí algo de lo que a usted pasaba

antes. Se me ha antojado nadar.

--Está loco--contestó riendo y abrazándome--. No, no permito yo que tan

buen amigo perezca por una temeridad. La vida es hermosa, y quien

pensase lo contrario, es un imbécil. Ya llegamos a Cádiz. Tío Hígados,

eche aceite a la lamparilla, que ya estamos cerca de la taberna de

Poenco.

Al anochecer llegamos a Cádiz. Lord Gray me llevó a su casa, donde nos

mudamos de ropa, y cenamos después. Debíamos ir a la tertulia de doña

Flora, y mientras llegaba la hora, mi amigo, que quise que no, hubo de

darme nuevas lecciones de esgrima. Con estos juegos iba, sin pensarlo,

adiestrándome en un arte en el cual poco antes carecía de habilidad

consumada, y aquella tarde tuve la suerte de probar la sabiduría de mi

maestro dándole una estocada a fondo con tan buen empuje y limpieza, que

a no tener botón el estoque, hubiéralo atravesado de parte a parte.

--¡Oh, amigo Araceli!--exclamó lord Gray con asombro--. Usted adelanta

mucho. Tendremos aquí un espadachín temible. Luego, tira usted con mucha

rabia...

En efecto; yo tiraba con rabia, con verdadero afán de acribillarle.

V

Por la noche fuimos a casa de doña Flora; pero lord Gray, a poco de

llegar, despidiose diciendo que volvería. La sala estaba bien iluminada,

pero aún no muy llena de gente, por ser temprano. En un gabinete

inmediato aguardaban las mesas de juego el dinero de los apasionados

tertuliantes, y más adentro tres o cuatro desaforadas bandejas llenas de

dulces nos prometían agradable refrigerio para cuando todo acabase.

Había pocas damas, por ser costumbre en los saraos de doña Flora que

descollasen los hombres, no acompañados por lo general más que de una

media docena de beldades venerables del siglo anterior, que, cual

castillos gloriosos, pero ya inútiles, no pretendían ser conquistables

ni conquistadas. Amaranta representaba sola la juventud unida a la

hermosura.

Saludaba yo a la condesa, cuando se me acercó doña Flora, y

pellizcándome bonitamente con todo disimulo el brazo por punto cercano

al codo, me dijo:

--Se está usted portando, caballerito. Casi un mes sin parecer por aquí.

Ya sé que se divirtió usted en el puente de Suazo con las buenas piezas

que llevó allí el Sr. Poenco hace ocho días... ¡Bonita conducta! Yo

empeñada en apartarle a usted del camino de la perdición, y usted cada

vez más inclinado a seguir por él... Ya se sabe que la juventud ha de

tener sus trapicheos; pero los muchachos decentes y bien nacidos

desfogan sus pasiones con compostura, antes buscando el trato honesto de

personas graves y juiciosas que el de la gentezuela maja y tabernaria.

La condesa afectó estar conforme con la reprimenda y la repitió, dándola

más fuerza con sus irónicos donaires. Después, ablandándose doña Flora y

llevándome adentro, me dio a probar de unos dulces finísimos que no se

repartían sino entre los amigos de confianza. Cuando volvimos a la sala,

Amaranta me dijo:

--Desde que doña María y la marquesa decidieron que no viniera Inés,

parece que falta algo en esta tertulia.

--Aquí no hacen falta niñas, y menos la condesa de Rumblar, que con sus

remilgos impedía toda diversión. Nadie se había de acercar a la niña, ni

hablar con la niña, ni bailar con la niña, ni dar un dulce a la niña.

Dejémonos de niñas: hombres, hombres quiero en mi tertulia; literatos

que lean versos, currutacos que sepan de corrido las modas de París,

diaristas que nos cuenten todo lo escrito en tres meses por las

<i>Gacetas</i> de Amberes, Londres, Augsburgo y Rotterdam; generales que nos

hablen de las batallas que se van a ganar; gente alegre que hable mal de

la regencia y critique la cosa pública, ensayando discursos para cuando

se abran esas saladísimas Cortes que van a venir.

--Yo no creo que haya tales Cortes--dijo Amaranta--porque las Cortes no

son más que una cosa de figurón, que hace el rey para cumplir un antiguo

uso. Como ahora estamos sin rey...

--¿Pues no ha de haber? Nada; vengan esas Cortes. Cortes nos han

prometido, y Cortes nos han de dar. Pues poco bonito será este

espectáculo. Como que es un conjunto de predicadores, y no baja de ocho

a diez sermones los que se oyen por día, todos sobre la cosa pública,

amiga mía, y criticando, criticando, que es lo que a mí me gusta.

--Habrá Cortes--dije yo--porque en la Isla están pintando y arreglando

el teatro para salón de sesiones.

--¿Pero es en un teatro? Yo pensé que en una iglesia--dijo doña Flora.

--El estamento de próceres y clérigos se reunirá en una iglesia--indicó

Amaranta--y el de procuradores en un teatro.

--No, no hay más que un estamento, señoras. Al principio se pensó en

tres; pero ahora se ha visto que uno solo es más sencillo.

--Será el de la nobleza.

--No, hija, serán todos clérigos. Esto parece lo más propio.

--No hay más estamento que el de procuradores, en que entrarán todas las

clases de la sociedad.

--¿Y dices que están pintando el teatro?

--Sí, señora. Le han puesto unas cenefas amarillas y encarnadas que

hacen una vista así como de escenario de titiriteros en feria... En fin,

monísimo.

--Para esta festividad quiere sin duda el Sr. D. Pedro los cincuenta

uniformes amarillos y encarnados que le estamos haciendo, todos

galoneados de plata y cortados en forma que llaman de española antigua.

--Me temo mucho--dijo Amaranta riendo--que D. Pedro y otros tan

extravagantes y locos como él, pongan en ridículo a Cortes y

procuradores, pues hay personas que convierten en mojiganga todo aquello

en que ponen la mano.

--Ya principia a venir gente. Aquí está Quintana. También vienen Beña y

D. Pablo de Xérica.

Quintana saludó a mis dos amigas. Yo le había visto y oído hablar en

Madrid en las tertulias de las librerías, pero sin tener hasta entonces

el placer de tratar a poeta tan insigne. Su fama entonces era grande, y

entre los patriotas exaltados gozaba de mucha popularidad, conquistada

por sus artículos políticos y proclamas patrióticas. Era de fisonomía

dura y basta, moreno, con vivos ojos y gruesos labios, signo claro esto,

así como su frente lobulosa, de la viril energía de su espíritu. Reía

poco, y en sus ademanes y tono, lo mismo que en sus escritos, dominaba

la severidad. Tal vez esta severidad, más que propia, fuera atribuida y

supuesta por los que conocían sus obras, pues en aquella época ya habían

salido a luz las principales odas, las tragedias y algunas de las

<i>Vidas</i>; Píndaro, Tirteo y Plutarco a la vez, estaba orgulloso de su

papel, y este orgullo se le conocía en el trato.

Quintana era entusiasta de la causa española y liberal ardiente con

vislumbres de filósofo francés o ginebrino. Más beneficios recibió de su

valiente pluma la causa liberal que de la espada de otros, y si la

defensa de ciertas ideas, que él enaltecía con todas las galas del

estilo y todos los recursos de un talento superior y valiente cual

ninguno; si la defensa de ciertas ideas, repito, no hubiera corrido

después por cuenta de otras manos y de gárrulas plumas, diferente sería

hoy la suerte de España.

Más simpático en el trato que Quintana, por carecer de aquella

grandílocua y solemne severidad, era D. Francisco Martínez de la Rosa,

recién llegado entonces de Londres, y que no era célebre todavía más que

por su comedia <i>Lo que puede un empleo</i>, obra muy elogiada en aquellos

inocentes tiempos. Las gracias, la finura, la encantadora cortesía, la

amabilidad, el talento social sin afectación, amaneramiento ni empalago,

nadie lo tenía entonces, ni lo tuvo después, como Martínez de la Rosa.

Pero hablo aquí de una persona a quien todos han conocido, y a quien

vida tan larga no imprimió gran mudanza en genio y figura. Lo mismo que

le vieron ustedes hacia 1857, salvo el detrimento de los años, era

Martínez de la Rosa cuando joven. Si en sus ideas había alguna

diferencia, no así en su carácter, que fue en la forma festivamente

afable hasta la vejez, y en el fondo grave, entero y formal desde la

juventud.

No sé por qué me he ocupado aquí de este eminente hombre, pues la verdad

es que no concurrió aquella noche a la tertulia de doña Flora, que estoy

con mucho gusto describiendo.

Fueron, sí, como he dicho, Xérica y Beña, poetas menores de que me

acuerdo poco, sin duda porque su fama problemática y la mediocridad de

su mérito hicieron que no fijase mucho en ellos la atención. De quien me

acuerdo es de Arriaza, y no porque me fuera muy simpático, pues la

índole adamada y aduladora de sus versos serios y la mordacidad de sus

sátiras me hacían poca gracia, sino porque siempre le vi en todas

partes, en tertulias, cafés, librerías y reuniones de diversas clases.

Este llegó más tarde a la tertulia.

Después de los que he mencionado, vimos aparecer a un hombre como de

unos cincuenta años, flaco, alto, desgarbado y tieso. Tenía como D.

Quijote los bigotes negros, largos y caídos, los brazos y piernas como

palitroques, el cuerpo enjutísimo, el color moreno, el pelo entrecano,

aguileña la nariz, los ojos ya dulces, ya fieros, según a quien miraba,

y los ademanes un tanto embarazados y torpes. Pero lo más singular de

aquel singularísimo hombre era su vestido, a la manera de los de

Carnaval, consistente en pantalones a la turquesca, atacados a la

rodilla, jubón amarillo y capa corta encarnada o herreruelo, calzas

negras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la plaza de

toros y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en el

suelo, y hacía con el ruido de las pisadas un compás triple, cual si el

personaje anduviese con tres pies.

Parecerá a algunos que es invención mía esto del figurón que pongo a los

ojos de mis lectores; pero abran la historia, y hallarán más al vivo que

yo lo hago pintadas las hazañas de un personaje, a quien llamo D. Pedro,

para no ridiculizar como él lo hizo, un título ilustre, que después han

llevado personas muy cuerdas. Sí; vestido estaba como he pintado, y no

fue él solo quien dio por aquel tiempo en la manía de vestir y calzar a

la antigua; que otro marqués, jerezano por cierto, y el célebre Jiménez

Guazo y un escocés llamado lord Downie, hicieron lo mismo; pero yo por

no aburrir a mis lectores presentándoles uno tras otro a estos tipos tan

característicos como extraños, he hecho con las personas lo que hacen

los partidos, es decir, una fusión, y me he permitido recoger las

extravagancias de los tres y engalanar con tales atributos a uno solo de

ellos, al más gracioso sin disputa, al más célebre de todos.

Al punto que entró D. Pedro, oyéronse estrepitosas risas en la sala;

pero doña Flora salió al punto a la defensa de su amigo, diciendo:

--No hay que criticarle, pues hace muy bien en vestirse a la antigua; y

si todos los españoles, como él dice, hicieran lo mismo, con la

costumbre de vestir a la antigua vendría el pensar a la antigua, y con

el pensar el obrar, que es lo que hace falta.

D. Pedro hizo profundas reverencias y se sentó junto a las damas, antes

satisfecho que corrido por el recibimiento que le hicieron.

--No me importan burlas de gente afrancesada--dijo mirando de soslayo a

los que le contemplábamos--ni de filosofillos irreligiosos, ni de ateos,

ni de francmasones, ni de <i>democratistas</i>, enemigos encubiertos de la

religión y del rey. Cada uno viste como quiere, y si yo prefiero este

traje a los franceses que venimos usando hace tiempo, y ciño esta espada

que fue la que llevó Francisco Pizarro al Perú, es porque quiero ser

español por los cuatro costados y ataviar mi persona según la usanza

española en todo el mundo, antes de que vinieran los franchutes con sus

corbatas, chupetines, pelucas, polvos, casacas de cola de abadejo y

demás porquerías que quitan al hombre su natural fiereza. Ya pueden los

que me escuchan reírse cuanto quieran del traje, si bien no lo harán de

la persona porque saben que no lo tolero.

--Está muy bien--dijo Amaranta--. Está muy bien ese traje, y sólo las

personas de mal gusto pueden criticarlo. Señores, ¿cómo quieren ustedes

ser buenos españoles sin vestir a la antigua?

--Pero señor marqués (D. Pedro era marqués, aunque me callo su

título)--dijo Quintana con benevolencia--¿por qué un hombre formal y

honrado como usted, se ha de vestir de esta manera, para divertir a los

chicos de la calle? ¿Ha de tener el patriotismo por funda un jubón, y no

ha de poder guarecerse en una chupa?

--Las modas francesas han corrompido las costumbres--repuso D. Pedro

atusándose los bigotes--y con las modas, es decir, con las pelucas y los

colores, han venido la falsedad del trato, la deshonestidad, la

irreligión, el descaro de la juventud, la falta de respeto a los

mayores, el mucho jurar y votar, el descoco e impudor, el atrevimiento,

el robo, la mentira, y con estos males los no menos graves de la

filosofía, el ateísmo, el democratismo, y eso de la soberanía de la

nación que ahora han sacado para colmo de la fiesta.

--Pues bien--repuso Quintana--si todos esos males han venido con las

pelucas y los polvos, ¿usted cree que los va a echar de aquí vistiéndose

de amarillo? Los males se quedarán en casa, y el señor marqués hará reír

a las gentes.

--Sr. D. Manolo, si todos fueran como usted que se empeña en combatir a

los franceses, imitándolos en usos y costumbres, lucidos estábamos.

--Si las costumbres se han modificado, ellas sabrán por qué lo han

hecho. Se lucha y se puede luchar contra un ejército por grande que sea;

pero contra las costumbres hijas del tiempo, no es posible alzar las

manos, y me dejo cortar las dos que tengo, si hay cuatro personas que le

imiten a usted.

--¿Cuatro?--exclamó con orgullo D. Pedro--. Cuatrocientas están ya

filiadas en la <i>Cruzada del obispado de Cádiz</i>, y aunque todavía no hay

uniformes para todos, ya cuento con cincuenta o sesenta, gracias al celo

de respetables damas, alguna de las cuales me oye. Y no nos vestimos

así, señores míos, para andar charlando en los cafés y metiendo bulla

por las calles, ni imprimiendo papeles que aumenten la desvergüenza e

irrespetuosidad del pueblo hacia lo más sagrado, ni para convocar Cortes

ni cortijos, ni para echar sermones a lo dómine Lucas, sino para salir

por esos campos hendiendo cabezas de filósofos y acuchillando enemigos

de la Iglesia y del rey. Ríanse del traje en buena hora, que en cuanto

sean despachados los mosquitos que zumban más allá del caño de

Sancti-Petri, volveremos acá y haremos que los redactores del <i>Semanario

Patriótico</i> se vistan de papel impreso, que es la moda francesa que más

les cuadra.

Dicho esto, D. Pedro celebró mucho con risas su propio chiste, y luego

tomó Beña la palabra para sostener la conveniencia de vestir a la

antigua. ¿Verdad que era graciosa la manía? Para que no se dude de mi

veracidad, quiero trasladar aquí un párrafo del <i>Conciso</i> que conservo

en la memoria:

«Otro de los medios indirectos--decía--pero muy poderoso, para renovar

el entusiasmo, sería volver a usar el antiguo traje español. No es

decible lo que esto podría influir en la felicidad de la nación. ¡Oh,

padres de la patria, diputados del augusto congreso! A vosotros dirijo

mi humilde voz: vosotros podéis renovar los días de nuestra antigua

prosperidad; vestíos con el traje de nuestros padres, y la nación entera

seguirá vuestro ejemplo».

Esto lo escribía poco después aquel mismo Sr. Beña, poeta de

circunstancias, a quien yo vi en casa de doña Flora. ¡Y recomendaba a

los padres de la patria que imitasen en su atavío al gran D. Pedro,

pasmo de los chicos y alboroto de paseantes! ¡Qué bonitos habrían estado

Argüelles, Muñoz Torrero, García Herreros, Ruiz Padrón, Inguanzo, Mejía,

Gallego, Quintana, Toreno y demás insignes varones, vestidos de

arlequines!

Y aquel Beña era liberal y pasaba por cuerdo; verdad es que los

liberales como los absolutistas, han tenido aquí desde el principio de

su aparición en el mundo ocurrencias graciosísimas.

Quintana preguntó a D. Pedro si la <i>Cruzada del obispado de Cádiz</i>

pensaba presentarse a las futuras Cortes en aquel talante el día de la

apertura.

--Yo no quiero nada con Cortes--repuso--. ¿Pero usted es de los bolos

que creen habrá tal novedad? La regencia está decidida a echar la tropa

a la calle para hacer polvo a los vocingleros que ahora no pueden

pasarse sin Cortes. ¡Angelitos! Déseles la novedad de este juguete para

que se diviertan.

--La regencia--repuso el poeta--hará lo que la manden. Callará y

aguantará. Aunque carezco de la perspicacia que distingue al señor D.

Pedro, me parece que la nación es algo más que el señor obispo de

Orense.

--Verdaderamente, Sr. D. Manuel--dijo Amaranta--eso de la soberanía de

la nación que han inventado ahora... anoche estaban explicándolo en casa

de la Morlá, y por cierto que nadie lo entendía; eso de la soberanía de

la nación si se llega a establecer va a traernos aquí otra revolución

como la francesa, con su guillotina y sus atrocidades. ¿No lo cree

usted?

--No, señora; no creo ni puedo creer tal cosa.

--Que pongan lo que quieran con tal que sea nuevo--dijo doña Flora--;

¿no es verdad, Sr. de Xérica?

--Justo, y afuera religión, afuera rey, afuera todo--vociferó D. Pedro.

--Denme trescientos años de soberanía, de la nación--dijo Quintana--y

veremos si se cometen tantos excesos, arbitrariedades y desafueros como

en trescientos años que no la ha habido. ¿Habrá revolución que contenga

tantas iniquidades e injusticias como el solo período de la privanza de

D. Manuel Godoy?

--Nada, nada, señores--dijo D. Pedro con ironía--. Si ahora vamos a

estar muy bien; si vamos a ver aquí el siglo de oro; si no va a haber

injusticias, ni crímenes, ni borracheras, ni miserias, ni cosa mala

alguna, pues para que nada nos falte, en vez de padres de la Iglesia;

tenemos periodistas; en vez de santos, filósofos; en vez de teólogos,

ateos.

--Justamente; el Sr. de Congosto tiene razón--replicó Quintana--. La

maldad no ha existido en el mundo hasta que no la hemos traído nosotros

con nuestros endiablados libros... Pero todo se va a remediar con

vestirnos de mojiganga.

--Pero en último resultado--preguntó la condesa--¿hay Cortes o no?

--Sí, señora, las habrá.

--Los españoles no sirven para eso.

--Eso no lo hemos probado.

--¡Ay, qué ilusión tiene usted, Sr. D. Manuel! Verá usted qué escenas

tan graciosas habrá en las sesiones... y digo graciosas por no decir

terribles y escandalosas.

--El terror y el escándalo no nos son desconocidos, señora, ni los

traerán por primera vez las Cortes a esta tierra de la paz y de la

religiosidad. La conspiración del Escorial, los tumultos de Aranjuez,

las vergonzosas escenas de Bayona, la abdicación de los reyes padres,

las torpezas de Godoy, las repugnantes inmoralidades de la última Corte,

los tratados con Bonaparte, los convenios indignos que han permitido la

invasión, todo esto, señora amiga mía, que es el colmo del horror y del

escándalo, ¿lo han traído por ventura las Cortes?

--Pero el rey gobierna, y las Cortes, según el uso antiguo, votan y

callan.

--Nosotros hemos caído en la cuenta de que el rey existe para la nación

y no la nación para el rey.

--Eso es--dijo D. Pedro--el rey para la nación, y la nación para los

filósofos.

--Si las Cortes no salen adelante--añadió Quintana--lo deberán a la

perfidia y mala fe de sus enemigos; pues estas majaderías de vestir a la

antigua y convertir en sainete las más respetables cosas, es vicio muy

común en los españoles de uno y otro partido. Ya hay quien dice que los

diputados deben vestirse como los alguaciles en día de pregón de Bula, y

no falta quien sostiene que todo cuanto se hable, proponga y discuta en

la Asamblea, debe decirse en verso.

--Pues de ese modo sería precioso--afirmó doña Flora.

--En efecto--dijo Amaranta--y como se reúnen en un teatro la ilusión

sería perfecta. Prometo asistir a la inauguración.

--Yo no faltaré. Sr. de Quintana, usted me proporcionará un palco o un

par de lunetas. ¿Y se paga, se paga?

--No, amiga mía--dijo Amaranta burlándose--. La nación enseña y pone al

público gratis sus locuras.

--Usted--le dijo Quintana sonriendo--será de nuestro partido.

--¡Ay, no, amigo mío!--repuso la dama--. Prefiero afiliarme a la <i>Cruzada

del obispado</i>. Me espantan los revolucionarios, desde que he leído lo

que pasó en Francia. ¡Ay, Sr. Quintana! ¡Qué lástima que usted se haya

hecho estadista y político! ¿Por qué no hace usted versos?

--No están los tiempos para versos. Sin embargo, ya usted ve cómo los

hacen mis amigos; Arriaza, Beña, Xérica, Sánchez Barbero no dejan

descansar a las prensas de Cádiz.

Beña y Xérica se habían apartado del grupo.

--¡Ay, amigo mío!, que no oiga yo aquello de

¡Oh! Velintón, nombre amable

grande alumno del dios Marte.

--Es horrible la poesía de estos tiempos, porque los cisnes callan,

entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechan

los grajos para chillar. ¿Y dónde me deja usted aquello de

Resuene el tambor;

veloces marchemos...?

--Arriaza--indicó Quintana--ha hecho últimamente una sátira preciosa.

Esta noche la leerá aquí.

--Nombren al ruin...--dijo Amaranta, viendo aparecer en el salón al

poeta de los chistes.

--Arriaza, Arriaza--exclamaron diferentes voces salidas de distintos

lados de la estancia--. A ver, léanos usted la oda <i>A Pepillo</i>.

--Atención, señores.

--Es de lo más gracioso que se ha escrito en lengua castellana.

--Si el gran Botella la leyera, de puro avergonzado se volvería a

Francia.

Arriaza, hombre de cierta fatuidad, se gallardeaba con la ovación hecha

a los productos de su numen. Como su fuerte eran los versos de

circunstancias y su popularidad por esta clase de trabajos

extraordinaria, no se hizo de rogar, y sacando un largo papel, y

poniéndose en medio de la sala, leyó con muchísima gracia aquellos

versos célebres que ustedes conocerán y cuyo principio es de este modo:

«Al ínclito Sr. Pepe, Rey (en deseo) de las Españas y (en visión) de sus

Indias.

Salud, gran rey de la rebelde gente,

salud, salud, Pepillo, diligente

protector del cultivo de las uvas

y catador experto de las cubas».

. . . . . . . . . . . . . . . .

A cada instante era el poeta interrumpido por los aplausos, las

felicitaciones, las alabanzas, y vierais allí cómo por arte mágico

habíanse confundido todas las opiniones en el unánime sentimiento de

desprecio y burla hacia nuestro rey pegadizo. Por instantes hasta el

gran D. Pedro y D. Manuel José Quintana parecieron conformes.

La composición de Pepillo corrió manuscrita por todo Cádiz. Después la

refundió su autor, y fue publicada en 1812.

Dividiose después la tertulia. Los políticos se agruparon a un lado, y

el atractivo de las mesas de juego llevó a la sala contigua a una buena

porción de los concurrentes. Amaranta y la condesa permanecieron allí, y

D. Pedro, como hombre galante no las dejaba de la mano.

Cádiz · 第 6 / 40 题