Benito Pérez Galdós

1878

I

En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla,

donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan

discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día

era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros

compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban,

el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de

estar separado de Cádiz; examinamos al paso las obras admirables de

Torregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes y

personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre

si se percibían claramente o no las posiciones de los franceses al otro

lado de la bahía; echamos unas cañas en el figón de Poenco, junto a la

Puerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de

Dios, para marchar cada cual a su destino. Repito que era en Febrero, y

aunque no puedo precisar el día, sí afirmo que corrían los principios de

dicho mes, pues aún estaba calentita la famosa respuesta: «La ciudad de

Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al

señor D. Femando VII. 6 de Febrero de 1810».

Cuando llegué a la calle de la Verónica, y a la casa de doña Flora, esta

me dijo:

--¡Cuán impaciente está la señora condesa, caballerito, y cómo se conoce

que se ha distraído usted mirando a las majas que van a alborotar a casa

del señor Poenco en Puerta de Tierra!

--Señora--le respondí--juro a usted que fuera de Pepa Hígados, la

Churriana, y María de las Nieves, la de Sevilla, no había moza alguna en

casa de Poenco. También pongo a Dios por testigo de que no nos detuvimos

más que una hora y esto porque no nos llamaran descorteses y malos

caballeros.

--Me gusta la frescura con que lo dice--exclamó con enfado doña Flora--.

Caballerito, la condesa y yo estamos muy incomodadas con usted, sí

señor. Desde el mes pasado en que mi amiga acertó a recoger en el Puerto

esta oveja descarriada, no ha venido usted a visitarnos más que dos o

tres veces, prefiriendo en sus horas de vagar y esparcimiento la

compañía de soldados y mozas alegres, al trato de personas graves y

delicadas que tan necesario es a un jovenzuelo sin experiencia. ¡Qué

sería de ti--añadió reblandecida de improviso y en tono de confianza--,

tierna criatura lanzada en tan temprana edad a los torbellinos del

mundo, si nosotras, compadecidas de tu orfandad, no te agasajáramos y

cuidáramos, fortaleciéndote a la vez el cuerpecito con sanos y gustosos

platos, el alma con sabios consejos! Desgraciado niño... Vaya se

acabaron los regaños, picarillo. Estás perdonado; desde hoy se acabó el

mirar a esas desvergonzadas muchachuelas que van a casa de Poenco y

comprenderás todo lo que vale un trato honesto y circunspecto con

personas de peso y suposición. Vamos, dime lo que quieres almorzar. ¿Te

quedarás aquí hasta mañana? ¿Tienes alguna herida, contusión o rasguño,

para curártelo en seguida? Si quieres dormir, ya sabes que junto a mi

cuarto hay una alcobita muy linda.

Diciendo esto, doña Flora desarrollaba ante mis ojos en toda su

magnificencia y extensión el panorama de gestos, guiños, saladas muecas,

graciosos mohínes, arqueos de ceja, repulgos de labios y demás signos

del lenguaje mudo que en su arrebolado y con cien menjurjes albardado

rostro servía para dar mayor fuerza a la palabra. Luego que le di mis

excusas, dichas mitad en serio mitad en broma, comenzó a dictar órdenes

severas para la obra de mi almuerzo, atronando la casa, y a este punto

salió conteniendo la risa la señora condesa que había oído la anterior

retahíla.

--Tiene razón--me dijo después que nos saludamos--; el Sr. D. Gabriel es

un chiquilicuatro sin fundamento, y mi amiga haría muy bien en ponerle

una calza al pie. ¿Qué es eso de mirar a las chicas bonitas? ¿Hase visto

mayor desvergüenza? Un barbilindo que debiera estar en la escuela o

cosido a las faldas de alguna persona sentada y de libras que fuera un

almacén de buenos consejos... ¿cómo se entiende? Doña Flora, siéntele

usted la mano, dirija su corazón por el camino de los sentimientos

circunspectos y solemnes, e infúndale el respeto que todo caballero debe

tener a los venerandos monumentos de la antigüedad.

Mientras esto decía, doña Flora había traído luengas piezas de damasco

amarillo y rojo y ayudada de su doncella empezó a cortar unas como

dalmáticas o jubones a la antigua, que luego ribeteaban con galón de

plata. Como era tan presumida y extravagante en su vestir, creí que doña

Flora preparaba para su propio cuerpo aquellas vestimentas; pero luego

conocí, viendo su gran número, que eran prendas de comparsa de teatro,

cabalgata o cosa de este jaez.

--¡Qué holgazana está usted, señora condesa!--dijo doña Flora--, y ¿cómo

teniendo tan buena mano para la aguja no me ayuda a hilvanar estos

uniformes para la <i>Cruzada del Obispado de Cádiz</i>, que va a ser el

terror de la Francia y del Rey José?

--Yo no trabajo en mojigangas, amiguita--repuso mi antigua ama--y de

picarme las manos con la aguja, prefiero ocuparme, como me ocupo, en la

ropa de esos pobrecitos soldados que han venido con Alburquerque de

Extremadura, tan destrozados y astrosos que da lástima verlos. Estos y

otros como estos, amiga doña Flora, echarán a los franceses, si es que

les echan, que no los monigotes de la Cruzada, con su D. Pedro del

Congosto a la cabeza, el más loco entre todos los locos de esta tierra,

con perdón sea dicho de la que es su tiernísima Filis.

--Niñita mía, no diga usted tales cosas delante de este joven sin

experiencia--indicó con mal disimulada satisfacción doña Flora--; pues

podría creer que el ilustre jefe de la Cruzada, para quien doy estos

puntos y comas, ha tenido conmigo más relaciones que la de una afición

purísima y jamás manchadas con nada de aquello que D. Quijote llamaba

<i>incitativo melindre</i>. Conociome el Sr. D. Pedro en Vejer en casa de mi

primo D. Alonso y desde entonces se prendó de mí de tal modo, que no ha

vuelto a encontrar en toda la Andalucía mujer que le interesara. Ha sido

desde entonces acá su devoción para mí cada vez más fina, espiritada y

sublime, en tales términos que jamás me lo ha manifestado sino en

palabras respetuosísimas, temiendo ofenderme; y en los años que nos

conocemos ni una sola vez me ha tocado las puntas de los dedos. Mucho ha

picoteado por ahí la gente suponiéndonos inclinados a contraer

matrimonio; pero sobre que yo he aborrecido siempre todo lo que sea obra

de varón, el señor D. Pedro se pone encendido como la grana cuando tal

le dicen, porque ve en esas habladurías una ofensa directa a su pudor y

al mío.

--No es tampoco D. Pedro--dijo Amaranta riendo--con sus sesenta años a

la espalda, hombre a propósito para una mujer fresca y lozana como

usted, amiga mía. Y ya que de esto se trata, aunque le parezcan

irrespetuosas y tal vez impúdicas mis palabras, usted debiera

apresurarse a tomar estado para no dejar que se extinga tan buena casta

como es la de los Gutiérrez de Cisniega; y de hacerlo, debe buscar varón

a propósito, no por cierto un jamelgo empedernido y seco como D. Pedro,

sino un cachorro tiernecito que alegre la casa, un joven, pongo por

caso, como este Gabriel, que nos está oyendo, el cual se daría por muy

bien servido, si lograra llevar a sus hombros carga tan dulce como

usted.

Yo, que almorzaba durante este gracioso diálogo, no pude menos de

manifestarme conforme en todo y por todo con las indicaciones de

Amaranta; y doña Flora sirviéndome con singular finura y amabilidad,

habló así:

--Jesús, amiga, qué malas cosas enseña usted a este pobrecito niño, que

tiene la suerte de no saber todavía más que la táctica de cuatro en

fondo. ¿A qué viene el levantarle los cascos con...? Gabriel, no hagas

caso. Cuidado con que te desmandes, y mal instruido por esta pícara

condesa, vayas ahora a deshacerte en requiebros, y desbaratarte en

suspiros y fundirte en lágrimas... Los niños a la escuela. ¡Qué cosas

tiene esta Amaranta! Criatura, ¿acaso el muchacho es de bronce?... Su

suerte consiste en que da con personas de tan buena pasta como yo, que

sé comprender los desvaríos propios de la juventud, y estoy prevenida

contra los vehementes arrebatos lo mismo que contra los lazos del

enemigo. Calma y sosiego, Gabriel, y esperar con paciencia la suerte que

Dios destina a las criaturas. Esperar sí, pero sin fogosidades, sin

exaltaciones, sin locuras juveniles, pues nada sienta tan bien a un

joven delicado y caballeroso, como la circunspección. Y si no aprende de

ese Sr. D. Pedro del Congosto, aprende de él; mírate en el espejo de su

respetuosidad, de su severidad, de su aplomo, de su impasible y jamás

turbado platonismo; observa cómo enfrena sus pasiones; como enfría el

ardor de los pensamientos con la estudiada urbanidad de las palabras;

cómo reconcentra en la idea su afición y pone freno a las manos y

mordaza a la lengua y cadenas al corazón que quiere saltársele del

pecho.

Amaranta y yo hacíamos esfuerzos por contener la risa. De pronto oyose

ruido de pasos, y la doncella entró a anunciar la visita de un

caballero.

--Es el inglés--dijo Amaranta--. Corra usted a recibirle.

--Al instante voy, amiga mía. Veré si puedo averiguar algo de lo que

usted desea.

Nos quedamos solos la condesa y yo por largo rato, pudiendo sin testigos

hablar tranquilamente lo que verá el lector a continuación si tiene

paciencia.

Cádiz · 第 3 / 40 题