Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor.
Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera.
Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto
de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero
calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de
bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro
hijos?... Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal.
Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á
quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto.
Al fin murmuró, aproximándose á Adán:
--Voy á enseñar los otros al Señor.
--Ya es tarde--objetó el marido--. Sería pedirle demasiadas cosas, y el
Señor puede enfadarse.
Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á
visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su
divino amo para que diese por terminada la visita.
Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con
toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos
siglos acompañando á su soberano.
--Majestad, se hace tarde--insinuó suavemente--. El sol se ocultará
dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los
años de Su Majestad, prolongar esta visita.
Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de
este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban
el esplendor de su cabellera de oro.
Pensaba en Lucifer.
Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él.
Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado,
como todos los rebeldes que no triunfan.
Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los
escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su
poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos.
No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una
segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran
demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero
el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas
durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su
derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha.
El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con
refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el
cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de
batallas de las cuales no saldría siempre vencedor.
Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás
podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el
cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido.
--Majestad--insistió el guerrero--, dejemos cuanto antes á estos
importunos.
El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas
chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los
rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal
violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta
no lo hubiese hecho peor.
La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas,
mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de
Miguel.
Eva le cerró el camino.
--Majestad: un instante.
Y corrió al establo, abriendo la puerta.
--¡No he dicho toda la verdad!--gritó con una voz emocionada por el
remordimiento--. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños!
¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los
olvide!
El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y
repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las
cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable.
Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con
estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el
porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación.
¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á
crecer!...
--Vamonos, Señor--dijo empujando dulcemente á su soberano--. No hay que
dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan.
Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda
presuntuosa.
--No puedo hacer nada, pobre mujer--dijo el Señor excusándose--. No me
queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No
llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez
encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante.
Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas:
--¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el
donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me
contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación.
¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?...
El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste
apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente
encontró una solución gracias á su sabiduría infinita.
También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su
chiquillería repugnante.
El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva:
--No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será
ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos,
sirviéndoles eternamente.
Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así:
--Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la
tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los
descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en
el establo.
Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de
pronto, una voz surgió de la penumbra:
--¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres?
El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de
oyentes, preguntando:
--¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta
historia?
El segador medio oculto en la obscuridad, añadió:
--Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, no
existirían mujeres actualmente, y las hay en todas partes...tal vez
demasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo pregunto es cuál fué
la suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunas
al Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todas
en el establo en compañía de nuestros pobres abuelos?
Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge de
una reunión electoral cuando el discurso del candidato queda cortado por
una objeción imprevista.
Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza,
mirando al suelo con una expresión de inquietud y de duda.
De pronto sonrió, triunfante.
--Bien se ve--dijo con una voz dulzona--que el que ha hecho esa pregunta
es joven y sin experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bien las
necesidades de las mujeres para perder el tiempo en peticiones
inútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puede
dar nada á las mujeres después que han nacido.
Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y el
interés acogían sus palabras.
--Antes de que ellas nazcan--continuó--, Dios puede darles la belleza y
la gracia á manos llenas, y hasta algunas veces les da la discreción y
el talento. Pero después que están en el mundo, su única esperanza es el
hombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre. Para ellas
es el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañas
de los soldados, el dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercen
con más facilidad la dureza de la justicia.... No; las mujeres no tienen
nada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y los
hombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor al
dinero, no hacen en el fondo mas que trabajar por ellas y para ellas.