De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo
perdido.
Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros
celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la
esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase
lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos
después del pecado original.
Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita
mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del
follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo
llamaba:
--Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor?
Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer
sobre las rodillas de nuestra madre.
El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico.
--Cuando le veas--continuaba Eva--, dile que estoy muy arrepentida de mi
desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué
espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué _buffet_ tan
distinguido!... ¡Ay, las tortas celestiales!...
Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas
celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los
bienaventurados.
En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para
sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas,
recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las
pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el _pudding_. Pero
ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas
deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés
paradisíacos de cinco á siete de la tarde.
--Dile también--continuaba Eva--que ahora trabajamos y sufrimos mucho.
Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras
excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda
rencor.
--Se hará como se pide--contestaba el pequeñuelo.
Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes.
Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una
respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles
celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde
la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres
alados.
--Sé quién eres, pequeño--decía--. La semana pasada te vi rondando por
estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó?
Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban
palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir
cosas desagradables á una señora.
--¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!--insistía Eva--. ¡Vamos,
habla!
Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le
respondió:
--Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su
recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven
todavía?...»
Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena
crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía
en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la
dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para
dar un paseo por la tierra.
Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un
mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva:
--Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga
á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la
tierra!... Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me
pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas
desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.»
Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un
campo próximo.
¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!... El tío Correa
la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de
España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la
puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día
siguiente.
La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de
la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama
y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa
de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no
estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de
hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba!
El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con
mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y
rehecho, preguntándose con desconsuelo:
--¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje?
Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme.
Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba
visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que,
por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta
austeridad.
Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo
y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera
tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se
componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra
entera había empezado á gritar.
Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran
demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en
maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de
costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado
durante meses y meses.
--¿Cómo presento estos granujas á Dios?... El Todopoderoso va á creer
que soy una sucia y una mala madre.... Porque el Señor es hombre, y los
hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos.
Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el
responsable del abandono en que vivían sus hijos.
Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de
muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre
no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después
empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un
establo, bajo llave, á pesar de sus protestas.
Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última
mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer
las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine
por los pelos alborotados.
En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del
cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas
innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos
«¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito.
Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había
traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos
en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento
hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo
cultivados por Adán.
Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de
arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de
oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para
decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los
años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que
habitaba el Paraíso.
--Los soldados son así--explicó el tío Correa--. Allá donde van se lo
comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven
á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar
el toque de asalto....
Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las
palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó
con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se
subieron á los árboles.
El viejo segador rió un poco, añadiendo después:
--El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y
mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido
mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca.
Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar.
El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno
un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol.
Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas
formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y
altos dignatarios de la corte celestial.
--El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima--prosiguió el
viejo--. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha
metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la
barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?»
Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el
único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos
como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica.
--¡Qué asiento, hijos míos!--dijo el tío Correa con entusiasmo--. Ancho,
blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de
esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura
de pueblo rico.
Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán,
sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer
para ganar el sustento de él y su familia.
--¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!--decía el Señor, mientras una sonrisa
agitaba su barba resplandeciente--. Eso te enseñará á no desobedecer á
tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra.
¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo
tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así
aprenderás lo que cuesta la libertad.
El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido
rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que
veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje
fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones
no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética
creación?...
Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las
actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer
con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al
mismo tiempo sonreía, segura de sí misma.
--Y el Todopoderoso--continuó el tío Correa--no pudo menos de reconocer
cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había
considerado feísimos.
--Continúa siendo la misma frívola de siempre--murmuró el Señor
dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y
se mantenía ahora de pie detrás de su sillón--. Es la misma cabeza de
chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe
adornarse con gusto.
Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde
silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el
corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió
con un tono de benevolencia:
--No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por
segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y
debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si
la retirase, me desconocería á mí mismo.... Pero ya que he venido á
veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no
puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son
inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos....
Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro
hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva,
tráeme á tus pequeños.
Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó
atentamente.
--Ven aquí, tú--dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada
penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo
mientras escuchaba gravemente la conversación--. Te confiero el poder
de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia;
interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás
el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal,
cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las
mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos
pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación
será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los
hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un
día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no
temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de
equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten
como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si
alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en
errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría
disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la
cosa juzgada».
El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho.
Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la
mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano
derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las
comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si
protestaban.
Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos
pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán
bien disciplinado.
Y el Señor le dijo:
--Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á
la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no
impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que
serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de
poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los
hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos
que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á
ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá
del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como
criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por
el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las
gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es
un verdadero héroe!»
»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será
apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten
resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás
jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á
la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de
atrocidades...pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres
victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos,
los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando
tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo,
incendia las ciudades, mata, destruye, roba.... Esto no impedirá que los
poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si
fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y
cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color
especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de
una cárcel.... Puedes retirarte. ¡Que avance otro!.
El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez
verdosa y los ojos de mirada astuta.
Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y
dijo finalmente:
--Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y
banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como
si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en
provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones
financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar
sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa
irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al
suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras
incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo
responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para
sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones
débiles.
»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente
bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas
inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios,
envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas
de esta especie, contentándote con proteger á los pintores.
»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu
nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los
tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas
que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos
acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con
que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando
que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de
trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó
más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos
dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los
hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é
indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un
ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses.... Acuérdate
de esto y sigue tu camino.
Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó.
--Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír--dijo el tío Correa--.
Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe
todo, vió que era el hijo preferido de su madre.
Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á
este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un
garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero;
pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada,
reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor.
El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal
disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su
amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una
mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la adulación. Tenía á la
vez algo de comediante y de rey.
No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se
mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el
respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración
de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante
del escultor encargado de su futura estatua.
Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de
pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el
sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en
el mundo, y decía gravemente:
--Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo
tomar un poquito de pan?
La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener
tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de
sus trajes.
--Ven aquí, vida mía--suplicaba Eva--. Hazme el favor de divertir á tus
hermanos con uno de tus discursos.
Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin
saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su
obra.
--Tú serás el rey de la tierra--declaró el Todopoderoso--; tú serás el
Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo,
tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá;
el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el
banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas
sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien,
y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de
la tierra.
»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos
indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de
tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un
genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única
esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que
habla mejor que todos», dirán las gentes.
»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una
nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos,
nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas
fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu
sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz,
confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al
mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin
cansancio, y el mundo será tuyo.