LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Reverbera en las blancas fachadas el sol de las primeras horas de la

tarde. Procuramos, en nuestros paseos por la plaza de un pequeño pueblo

valenciano, no salirnos de las islas de sombra que trazan los plátanos

sobre la tierra rojiza y ardiente.

Silencio de sueño, calma profunda de siesta veraniega. Los únicos que

vivimos en este ambiente exuberante de luz somos mi amigo y yo, que

conversamos bajo los árboles de la plaza, los niños que ganguean á

gritos sus lecciones en la escuela próxima, siguiendo el venerable

método morisco, y los enjambres de insectos que aletean, zumban y trepan

en torno de los plátanos.

Calla de pronto el coro escolar, y por las ventanas abiertas llega hasta

nosotros la voz de un niño, el más aplicado tal vez, que recita una

fábula: _La cigarra y la hormiga_.

Como el griterío de una muchedumbre alborotada que contesta á

ultrajantes alusiones, suena el _chín-chín_ de numerosas cigarras

moviendo sus cimbalillos entre las cortinas del follaje.

Mi amigo el naturalista se indigna mientras la voz infantil va

desarrollando la acción de la conocida fábula, la cigarra imprevisora y

alegre que canta sin pensar en el porvenir, y cuando llega el invierno,

transida de frío y vacilante de hambre, va en busca de la hormiga para

implorar un préstamo. El animal ordenado y económico, que tiene en torno

los sacos llenos de cosecha y se prepara á invernar en opípara

abundancia, no quiere oír la súplica de la bohemia y añade á su negativa

la burla cruel: «¿No has pasado cantando el verano mientras yo

trabajaba? Pues bien; ahora, baila.»

--Me irrita esta fábula--dice el naturalista--. Es una historia inmoral,

que enseña á los hombres desde su infancia el respeto á la avaricia y á

la crueldad, el culto del egoísmo, la burla soez contra los idealistas,

que piensan en algo más que la satisfacción de los apetitos materiales.

Todo es mentira en este relato inventado hace miles de años. La

imprevisora y loca cigarra de la fábula es un ser laborioso y dulce,

explotado hasta la muerte. En cuanto á la hormiga, modelo de economía

doméstica que los padres ofrecen á los hijos, es una bestia rapaz que

desde el mundo de la pequeña animalidad influye fatalmente sobre los

hombres. Nuestro planeta sufre guerras y se cubre de sangre cada vez que

á un Imperio se le ocurre organizarse como un hormiguero, imitando su

férrea disciplina, su método para la acción, su soberbia, que tiende á

engañar y esclavizar todo cuanto le rodea....

* * * * *

--Esa fábula es una calumnia--continúa mi amigo--. Los caracteres de sus

protagonistas aparecen en ella escandalosamente invertidos. La hormiga

es en realidad un ladrón y la pobre cigarra una víctima.

Al poeta La Fontaine (imitado después por el fabulista español) debemos

el triunfo de este embuste, que, confiado á la memoria de los niños,

resulta inmortal. Supo describir con exactitud el carácter del lobo, del

zorro, del gato y otros animales protagonistas de sus historias. Los

había visto de cerca, eran de su país. En todas las latitudes del mundo

hablan las gentes de la cigarra á causa de la fábula, y sin embargo, son

muy pocos los que han visto cigarras. Este animal sólo existe en la

región asoleada del olivo, y París, donde vivió La Fontaine, no tiene

olivos.

Es indudable que tomó esta historia de los griegos. Los niños de la

Atenas de Pericles, al ir á la escuela con su capacito de esparto lleno

de higos secos y de olivas, se contaban el cuento de la cigarra

imprevisora que tuvo que pedir un préstamo á la hormiga. Lo habían oído

á sus nodrizas y á sus madres cada vez que éstas les recomendaban la

necesidad de ser sobrios y ahorradores. De aquí data el error,

verdaderamente incomprensible en un país como Grecia que tiene cigarras.

La fábula, como casi todas las fábulas, procede del pueblo indostánico,

gran contemplador de la Naturaleza. Los poetas del Ganges, que conocían

exactamente la vida de las bestias, debieron poner la hormiga frente á

otro animal. Los griegos lo sustituyeron con la cigarra (monótono cantor

que metían en jaulas para que meciese sus siestas), y así ha llegado el

relato hasta nosotros, falso é indestructible, como muchas leyendas

gloriosas de la humanidad; viejo y respetable, como el egoísmo de los

hombres, ó lo que es lo mismo, como la historia del mundo.

El sabio Fabre, poeta de los insectos, fué el primero que, en nuestra

época, escuchando á la cigarra en sus tierras de Provenza, se le ocurrió

rectificar con observaciones directas la exactitud de la fábula. Y

quedó al descubierto la gran mentira que ha servido de ejemplo moral á

los hombres y aún continuará sirviendo, pues la humanidad no deshace

camino, ni modifica fácilmente sus ideas elementales.

Fíjese, amigo mío: la cigarra no puede implorar un préstamo para vivir

en invierno, por la simple razón de que sólo vive unas semanas y muere

en el verano. La cigarra no pedirá nunca una limosna á la hormiga

(aunque ésta fuese capaz de concedérsela), porque los granos de trigo y

los cadáveres de moscas y gusanos que guarda el negro pirata en los

almacenes de su imperio subterráneo de nada pueden servirle. La cigarra

no come, chupa. Esta bestia dulce y pacífica carece de mandíbulas y de

boca. Su herramienta para la nutrición es una lanza perforada, una

trompa sutil, con la que agujerea la corteza de las ramas. Su estómago

delicado no puede resistir los cereales y los cadáveres que alimentan á

la hormiga, bestia feroz de quijadas triturantes y patas cortadoras.

Música del sol, habitante de las alturas, poeta del follaje, se nutre

únicamente con el vino de la Naturaleza, con la savia que circula por

las arterias de los árboles. La cigarra no ha ido nunca en la realidad

al encuentro de la hormiga. La ignora ó huye de ella como de un enano

grosero y maléfico. Es la hormiga la que la busca y la acecha para

aprovecharse de su trabajo.

Ya ve cuán lejos estamos de la fábula ofensiva para la moral y la

verdad, y cómo se transforman radicalmente los caracteres de sus

protagonistas.

Cuando la primavera empieza á caldear el suelo, se animan las larvas que

depositaron las cigarras muertas en el año anterior. Surgen de las

entrañas de la tierra por un pozo circular que abren trabajosamente; se

izan á la primera brizna de hierba que encuentran, desgarran su dorso

repeliendo una envoltura seca como pergamino, y aparecen de un color

verde tierno que rápidamente se obscurece. Luego trepan á los árboles,

animando el silencio rumoroso de la Naturaleza con su música incansable.

En las horas de sol, la luz las embriaga con una borrachera ruidosa y

agitan locamente sus címbalos, como los devotos del cortejo de

Dionisios. Cuando todo el pueblo de los insectos desfallece de sed,

ellas son las únicas que viven en una abundancia regalada.

Adivino desde aquí lo que ocurre sobre nuestras cabezas, á pocos pasos

de nosotros, entre esas ramas de las que salen zumbidos y aleteos.

Moscas, abejas de todas clases, y sobre todo hormigas, muchas hormigas,

van errando por las ramas en busca de una fuente. Las flores tienen la

corola agostada por el calor, las hojas duermen contraídas bajo el sol,

la vegetación, marchita, espera el beso fresco del anochecer para

reanimarse, recobrando su vital expansión. Y mientras la muchedumbre

alada ó rampante corre sedienta de un lado á otro, la cigarra se ríe de

esta escasez. Con su rostro, que es sutil, duro y perforante como una

barrena, taladra uno de los innumerables toneles de sus bodegas

inagotables. Sin interrumpir su canto, ha abierto un agujero profundo en

la corteza de una rama hinchada por el calor, llegando hasta la

corriente de savia que circula madura por el sol, como un vino de

generoso fermento. Conservando el tubo de succión hundido en este pozo,

bebe y bebe con sensual inmovilidad, entregada por entero á los encantos

del jarabe y de la estrofa. Es un Anacreonte del follaje, un poeta que

declama á gritos con la copa entre los labios y los ojos en el cielo.

Pero los sedientos la acechan; los parásitos acuden para explotar su

desinterés. Un rezumamiento de líquido azucarado en los bordes del

brocal denuncia los placeres divinos de su recogimiento. Los importunos

alados zumban pedigüeños en torno de la cigarra, interrumpiendo su

musical embriaguez; pero los más temibles de estos intrusos son las

hormigas, bestias de un egoísmo desvergonzado y arrollador. Las más

pequeñas se deslizan por debajo del vientre de la cantora, que,

bonachona y tolerante, levanta las patas traseras para no estorbar su

camino. Las grandes se estremecen de cólera, beben en los raudales que

se escapan del pozo, se alejan para dar un paseo inútil por las ramas y

regresan, cada vez más inquietas y agresivas. Al fin, atacan á la dueña

de la fuente, pretendiendo expulsarla para aprovecharse de su trabajo.

Muerden al músico en el extremo de sus patas, le tiran de las alas,

montan sobre su dorso para pellizcarle las antenas. Algunos bandidos más

audaces se apoderan de su trompa de succión é intentan extraerla del

pozo....

Interrumpo al naturalista. Veo de pronto á los genios despreciados por

las muchedumbres que luego se apropiaron su gloria con un orgullo

nacional; veo á todos los artistas que abren fuentes de idealismo para

la turba grosera, é inmediatamente quedan expulsados de las márgenes de

su obra; veo á los poetas de la acción que derriban muros tradicionales,

y nunca son los primeros que entran por la brecha, pues los sobrepasan

los hábiles que se ocultaban á sus espaldas, prontos á aprovecharse del

esfuerzo.

--¡Lo mismo que en la vida humana!--exclamo con asombro--. ¡Igual que

entre los hombres!

--Sí; igual que entre los hombres--contesta el naturalista, y continúa

su relato.

La cigarra es un elefante comparada con la hormiga, un monstruo

antidiluviano que podría aplastarla desplomándose sobre ella. Pero no

tiene mandíbulas ni es carnicera. Alimentada con néctares florales, su

humor es bondadoso y tolerante, como el de los filósofos que han llegado

á penetrar el secreto de los seres y las cosas. Además, ¡es tan numerosa

la muchedumbre de los enanos egoístas y rapaces!

Al fin, el gigante, cansado de tantas molestias, abandona el pozo, pero

antes de alejarse levanta una pata con soberano desprecio y lanza un

chorro de orina sobre la masa laboriosa.

--La venganza de los poetas--interrumpo yo, sonriendo.

--Sí, la venganza de los poetas. Pero ¿qué importa ese desahogo del

bohemio cantor á la hormiga honrada, económica y amiga del orden? Ya ha

logrado su objeto; ya se ha hecho dueña del trabajo ajeno. Lo malo es

que el pozo se agota en su poder. Como carece de la bomba que atrae á la

dulce savia, sólo puede aprovechar el líquido que existía en el fondo en

el momento de la conquista. Absorbe hasta la última gota, y cuando la

fuente queda seca, marcha en escuadrón á la descubierta de la cigarra,

que ha abierto un segundo manantial, y le roba igualmente el fruto de su

trabajo.

¡Pobre cigarra! ¡Infeliz artista del mundo de las hojas, calumniada en

el mundo superior de los hombres!... Como no almacena, es una bohemia

indigna de respeto; como se alimenta de miel y canta á todas horas, no

trabaja seriamente; como carece de mandíbulas y abandona el sitio á los

que se deslizan á traición por debajo de su vientre, los usureros

subterráneos, las bestias de patas ganchudas que engordan con los

muertos, tienen derecho á robarle su obra.

La hormiga, avara y sin entrañas, la explota y la gobierna á pesar de

su pequeñez, lo mismo que en el mundo de la criminalidad vertical, los

hombrea del «cofre-fuerte», de la mano imantada que atrae á los céntimos

y del paño duro que exprime, dominan á las grandes masas.

Hasta en su muerte se ve explotada la cigarra por el triunfante

parásito. Los restos del Orfeo del ramaje se disuelven en el estómago

del negro burgués subterráneo.

Después de una vida de cinco ó seis semanas, que le parece larguísima,

la cantora cae de lo alto del árbol, extenuada por tanta música, tanta

poesía, tanta embriaguez ruidosa. El sol seca su cadáver y los

transeúntes lo aplastan con sus pies.

Las hormigas salen formando batallones de sus obscuros cuarteles, donde

viven sometidas á una disciplina á la prusiana, obedeciendo á su

emperador, como un pueblo laborioso, culto y metódico.

Van á saquear para enriquecerse; van á invadir otros hormigueros con el

propósito de esclavizar á sus habitantes y que trabajen para los

conquistadores. La razón de Estado guía sus correrías. ¡Por algo la

fábula presenta á estas bestias como modelos de orden y buenas

costumbres!

En su avance triunfal, la vanguardia del ejército encuentra á la caída

cigarra, y los que vivieron de su trabajo vuelven á vivir de su muerte.

Las patas y mandíbulas despedazan la rica pieza, la disecan, la

tijeretean, la parten en migajas para almacenarla en el depósito de

provisiones.

Muchas veces el poeta aún está en la agonía y sus alas baten el polvo

con los últimos temblores. No importa. Su cuerpo se ennegrece cubierto

por el tropel de enemigos. Lo despedazan en vida, tiran de sus

miembros, lo descuartizan con un sabio método de caníbales científicos.

Y esta es, amigo mío, no la fábula, sino la verdadera historia de _La

cigarra y la hormiga_.

--¡Lo mismo que entre los hombres!--exclamo yo.

--Lo mismo que entre los hombres--repite el naturalista.

El préstamo de la difunta · 第 49 / 50 题