Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus
contertulios, se expresaba así:
--Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de
la _Gringuita_.
Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante:
--¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!
Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante,
decía con gravedad:
--La _Gringuita_ es una joven muy apreciable, que gana su vida y
mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo
asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar
tanto.... Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti.
Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se
educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver
al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus
hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente
solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á
esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico
completamente diferente.
Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas
maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo
conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las
principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las
innovaciones que proyectaba.
Algunas solteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el
entusiasmo pedagógico de los hombres.
--¡Claro!... ¡La _Gringuita_ es tan primorosa!...
Martínez figuraba entre los protectores de la maestra.
--Yo soy un hombre de progreso, ¿saben?--decía al hablar de ella--; por
eso me interesan los proyectos de esa niña que ha estudiado con los
_gringos_. Su pobre padre tuvo una excelente idea al enviarla á Nueva
York para que aprendiese lo que no sabemos nosotros. La aprecio mucho,
por su seriedad sobre todo. En cuanto á su hermosura, de la que tanto
hablan las malas lenguas, ¡pchs!...
El general hacía un gesto de duda que casi llegaba á ser despectivo.
Tenía razón: la belleza de Dora no era extraordinaria. La maestrita
poseía el encanto de la juventud, una juventud ágil y sana, mantenida
por los deportes y la higiene.
Pero lo que se callaba Doroteo era que él la prefería á las beldades del
país por lo mismo que resultaba distinta á todas. Como recuerdo de su
madre--una extranjera que se había casado en Méjico con el maestro para
producir media docena de hijos y morirse inmediatamente--, tenía el pelo
de un rubio ceniciento y los ojos verdes claros. En cambio, todas las
mujeres del país eran morenas pálidas, con cabelleras de un negro
intenso.
Dora iba vestida con unos trajecitos baratos, sencillos y elegantes, que
el general había admirado muchas veces en los periódicos ilustrados.
Tocaba el piano, cantaba en inglés y tenía la soltura y las formas
gimnásticas de un muchacho.
La generala centelleaba de joyas, iba envuelta en sedas y bordados, como
la imagen de la Virgen patrona de la ciudad; llevaba peinetas altas como
torres sobre su apretada cabellera; tocaba la guitarra y prescindía de
sentarse en los sillones y en todo mueble que tuviese brazos, por miedo
á no poder introducir entre ellos sus exuberancias dorsales.
Cuando la maestrita se ponía bajo un rayo de sol, su cutis blanco
parecía dorarse con la luminosidad de un vello finísimo semejante al de
los frutos en sazón. Igual había sido Guadalupe en otros tiempos, pero
ahora un bigote cada vez menos discreto empezaba á entenebrecer su boca.
El héroe visitaba con frecuencia la escuela de Dora, lanzando discursos
á los niños, en los que repetía que la revolución se había hecho
especialmente para el fomento de la enseñanza. También se apresuraba á
entrar en el salón de su mujer siempre que le avisaban que la maestrita
hacía tertulia á doña Guadalupe. Delante de la gente balbuceaba
preguntas sobre los progresos de los _gringos_, abriendo los ojos con
asombro cuando la joven le hablaba de la grandeza de su amada Columbia
University, en la que había pasado sus mejores años.
--Usted dirigirá una Universidad igual ó parecida, señorita: yo se lo
prometo. El gobierno dará los millones que se necesiten para
construirla. Y si no los da, soy capaz de.... En fin, ¿qué no haré yo
por la instrucción? ¿qué no haré por...?
Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala.
Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba
á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que
parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar
el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde.
Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se
celebraban fiestas en la Comandancia.
--¡Pobre viejo!--le decía Guadalupe--. ¿No ves que aburres á esa pobre
señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti.
¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!... Que probasen á hacerlo francamente,
y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el _foyer_ del teatro,
donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de
la patria.
Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel
á su secretario.
--Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había
aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la
guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la
ortografía. ¿Qué me dice de ellos?
El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su
franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su
arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse
únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por
los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre
quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera
estrofa.
--Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como
firma, la misma que llevan: _El caballero de la ardiente mirada_. Es un
apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he
guardado para mí.
Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió
otra orden.
--Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y
dígale que _El caballero de la ardiente mirada_ y el general Martínez
son una misma persona.
No consideró suficiente esta indiscreción, en vista de la serena
indiferencia de la maestra, y pocos días después hizo una visita á la
escuela, declarando á Dora de pronto todos los deseos, las esperanzas y
las contrariedades que formaban lo que él llamaba «el mayor amor de mi
vida».
--¡Oh, general!... ¡Haberse fijado en una pobrecita como yo!...
Parecía próxima á desmayarse de sorpresa, como si nunca hubiese
sospechado esta pasión, extrañándose de ella con toda la ingenuidad de
que es capaz el disimulo femenil. Pero hacía meses que se había dado
cuenta del enamoramiento del héroe, riendo á solas de sus tímidas
insinuaciones.
En vano Martínez habló de su amor. La maestrita movía la cabeza
negativamente. La existencia no era para ella una sucesión de delicias.
Graves deberes la obligaban á mirar las cosas con seriedad. Era pobre:
debía mantener y educar á sus hermanos.
--Yo me casaré con usted--dijo Martínez con un tono dramático, como si
arrostrase el mayor de los peligros--. Comprenderá usted que he pensado
en eso antes de hablarla. Usted no es una «pelada»; usted es una
señorita, una profesora que ha estudiado, y yo respeto mucho á las
personas científicas....
Luego añadió triunfalmente:
--Por algo nos hemos batido en la revolución, para algo hemos
establecido el divorcio.
Los enemigos de la revolución afirmaban que era más urgente que el
divorcio dar una ley obligando á las parejas á casarse, pues la mayoría
de las gentes del país, para evitar gastos y molestias, prescindían de
las formalidades del matrimonio, viviendo en estado natural, como sus
ascendientes. Pero Doroteo se sentía ahora satisfecho de haber dado su
sangre por el triunfo del divorcio.
Dora no participaba de este entusiasmo. Pareció asustarse de verdad,
temblando ante la idea de casarse con Martínez, más aún que si éste
hubiese intentado una violencia contra ella.
--¡Qué horror!... ¡Divorciarse usted de la generala!... ¡Tener yo por
enemiga á doña Guadalupe!...
Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su
venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó
por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero
esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir
su despotismo?...
Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los
encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía
prever.
Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á
resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de
operaciones.
¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía
entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se
acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora
era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario
de la instrucción y del progreso robando á una señorita del
profesorado!... Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo
su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele
un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con
un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!»
Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la _Gringuita_ tenía
un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en
la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra
el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no
impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe
nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al
lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la
revolución?...
Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus
tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de
la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez.
Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del
lado de los que iban á triunfar.
Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en
excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones
como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á
quedar anulado por innecesario.
Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas
parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos
mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver
al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una
temporada.
Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros
generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los
nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión
orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le
pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se
estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo
importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún
insurrecto.
Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo
maestro, como si esto representase una injusticia para él.
--Sea usted leal--decía con amargura--, manténgase disciplinado, y no le
darán nada.... ¡Pensar que no me he sublevado nunca y siempre he estado
con los gobiernos!
Doña Guadalupe se preocupaba más aún que su esposo del nuevo estado
político. Los gobernantes de ahora eran compañeros de revolución á los
que no habían visto en varios años. Era preciso buscar un puesto de
reposo bien retribuído, hasta que hubiesen otra vez insurrectos en el
campo y jefaturas de operaciones. La verdadera historia de Méjico no iba
á cortarse para siempre.
Pensó en la conveniencia de que Martínez hiciese un viajecito á la
capital para reanudar amistades. Luego dudó de sus condiciones para este
trabajo. Era mejor que fuese ella. Precisamente su protector de los
tiempos revolucionarios, aquel personaje del que había tenido que
defenderse con el látigo, figuraba entre los gobernantes provisionales
y era uno de los que aspiraban á la presidencia de la República.
Los periódicos de la capital anunciaron la llegada de la generala
Martínez, «digna compañera del héroe de Cerro Pardo»; y pocos días
después ocurrió el hecho inaudito, inexplicable, que produjo más emoción
y extrañeza trañeza en el país que la mayor parte de las revoluciones
anteriores.
Una mañana, los habitantes de la ciudad gobernada por Martínez vieron
agruparse en el paseo de la Alameda y la plaza principal varios
centenares de jinetes con grandes sombreros y la carabina apoyada en un
muslo. Los jefes gritaban indignados:
--¡Han violado la Constitución!...
Los transeúntes empezaron á correr para meterse en sus casas. Que
hubiesen violado á la Constitución les importaba poco. La pobre estaba
hecha á estas pruebas y podía considerarse la persona más violada de
todo Méjico. En su vida no había servido para otra cosa. Pero la gente,
que se imaginaba vivir libre por algún tiempo de la calamidad de las
sublevaciones militares, huía miedosa al ver que volvían á empezar.
Martínez, con botas altas, dos revólveres al cinto y su gran sombrero
campesino de fieltro adornado con el águila de general, escuchaba á su
jefe de Estado Mayor.
--Todo está listo. Nuestra gente se muestra conforme. Ya se aburría de
tanta paz. ¿Qué grito damos?
--«¡Han violado la Constitución! ¡Abajo el gobierno!»--dijo gravemente
el caudillo.
--Eso ya lo hemos gritado, general. Pero falta un viva. ¿A quién le
damos viva?
Martínez se rascó la cabeza por debajo del sombrero.
--No sé.... Esperemos. Hay que pensarlo. Yo veré qué personaje quiere
ponerse á la cabeza de nuestra revolución. No faltará alguno. Debemos
salvar la patria.
Por el momento, los sublevados sólo pudieron gritar: «¡Han violado la
Constitución!» Pero ellos, por su parte, también deseaban violar algo; y
como en toda sublevación mejicana bien ordenada y que se respeta,
empezaron por asaltar, carabina en mano, las tiendas de los extranjeros
ó á derribar sus puertas si estaban cerradas, llevándose el dinero y los
géneros. Además, golpearon é hirieron á unos cuantos olvidadizos del
pasado que se atrevían á protestar y hablaban de sus cónsules, como si
las revoluciones de los años anteriores no les hubiesen enseñado nada.
Los soldados querían terminar pronto su trabajo. Estaban enterados del
programa de todo general que se subleva en una ciudad. Lo primero es
marcharse antes de que lleguen las fuerzas mejor organizadas que
guarnecen la capital con toda su artillería. Después vuelven á ella si
han adquirido nuevas fuerzas en el campo.
Lo mismo ocurrió esta vez. Doroteo Martínez se fué de la ciudad con sus
«leales»; pero como necesitaba consolarse de que hubiesen violado á la
Constitución, se llevó á viva fuerza á Dora. Sus hermanitos lloraron
mostrando los puños impotentes á un automóvil en el que gritaba y se
agitaba la maestrita sin poder librarse de sus raptores.
Todo el resto de la nación se asombró tanto como el vecindario de la
ciudad. Una sublevación no tenía nada de extraordinario. En diez años no
se había visto otra cosa. ¿Pero sublevarse Martínez, que siempre había
estado de acuerdo con los que mandaban?...
En el Palacio de Méjico, el presidente provisional, los ministros y los
personajes que dirigían al gobierno se miraban con extrañeza al comentar
este acto inexplicable.
--Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Si
deseaba algo, no tenía mas que haberlo pedido.
El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás del
sublevado. Algunos hablaron de meter inmediatamente en la cárcel á
varios personajes de la capital para someterlos á un Consejo de guerra.
El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de su
esposa parecía más indignado que los otros, para librarse de este modo
de toda sospecha de complicidad.
Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombre
que no se había sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando los
antiguos insurrectos acordaban mantenerse en paz, anunciaron á la
generala Martínez.
Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y tenían
aficiones literarias, creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía con
más bigote; los ojos le brillaban de tal modo, que era difícil mirarla
de frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero de
terciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de su
vida de salón.
--¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?--gritó el
protector antes de saludarla--. ¿No merece que...?
Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca la
había visto tan interesante: ni aun cuando se defendió de él con el
látigo.
--Vengo á pedir al gobierno--dijo solemnemente la amazona--que me dé el
mando de un batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón.
Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas.
El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar con
cierto interés risueño á la generala, dejando á su compañero la tarea de
contestarle.
--¡Calma, doña Guadalupe!--dijo éste--. Hablemos en serio. Un batallón
no se le entrega á una mujer.
--Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán á
perseguirle. Ya sabe usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir como
simple soldado.
El personaje intentó desviar la conversación, para no repetir su
negativa.
--Pero ¿por qué se ha sublevado ese hombre? ¿Qué mal le ha hecho el
gobierno?...
La generala contestó con un gesto de extrañeza. ¿Qué tenía que ver el
gobierno en tal asunto?... Luego, sus ojos se humedecieron con lágrimas
de cólera. Su voz se puso ronca y apretó los puños:
--¡Si él los quiere mucho á todos ustedes!... Acabo de hablar con
personas que vienen de allá, y sé bien lo que digo. No; ese canalla no
se ha sublevado contra el gobierno. Se ha sublevado únicamente contra
mí.... ¡Contra mí, que soy su mujer!