Cuando el capataz Doroteo dejó de trabajar para irse con los
revolucionarios, Guadalupe no dudó un momento en seguirle.
Un mejicano debe ir á todas partes con su mujer, hasta á la guerra. Lo
mismo los defensores del gobierno que los revolucionarios, llevaban con
ellos á sus mujeres, apodadas «soldaderas», que eran las que remediaban
la ausencia de administración militar, cuidando cada una del alimento de
su hombre.
Durante las marchas iban á vanguardia, rodeadas de enjambres de niños y
con las ropas de la familia formando un lío sobre su cabeza. Lo robaban
todo, arrasaban los campos, como una nube de langosta, y cuando las
tropas hacían alto, encontraban ya la hoguera ardiendo y la comida en su
punto. Los primeros contactos entre ambos bandos los realizaban casi
siempre las dos vanguardias de «soldaderas». Olvidando momentáneamente
su antagonismo, se vendían unas á otras lo que consideraban superfluo.
El defensor del gobierno, por mediación de su compañera, facilitaba
víveres al rebelde. Otras veces ocurría lo contrario.
La moneda carecía casi siempre de valor en estas transacciones. El bando
falto de municiones sólo quería vender su pan á cambio de cartuchos, y
el que los tenía los entregaba, ansioso de comer, sin fijarse en que,
horas después, estos mismos proyectiles podían darle la muerte. Al
entablarse el combate, las «soldaderas» y sus enjambres de chiquillos se
retiraban á retaguardia. Otras veces, si el momento era angustioso, la
hembra se mezclaba en la pelea para sostener al compañero herido y
seguir tirando con su fusil.
Guadalupe vivió así; hizo marchas interminables á pie ó á la grupa del
caballo de su hombre. Pero como Doroteo obtuvo rápidamente sus primeros
ascensos, pronto se elevó sobre la muchedumbre de «soldaderas» de tez
amarillenta, cabellera aceitosa y ojos ardientes, asombrosamente flacas.
Fué la capitana Martínez, luego la comandanta, y ya no tuvo que avanzar
al trote junto á los jinetes, llevando sobre su cabeza el colchoncillo y
las ropas que constituían el ajuar andante del matrimonio. Doroteo,
excelente esposo, había matado á un oficial del gobierno para regalarle
á ella su caballo.
Al ser coronel, su generosidad marital deseó algo más.
--¡Si pudiese robar un automóvil para «la vieja»!...
«La vieja» era Guadalupe, que tenía entonces veintiséis años. No
resultaba difícil hacerse dueño de un automóvil. Abundaban mucho en un
país vecino á los Estados Unidos y con la frontera libre. No había
revolucionario de alguna graduación que no tuviese el suyo. La
importancia de los jefes se medía por los parques de automóviles que
llevaban detrás de ellos.
Y la coronela hizo la guerra en un vehículo americano. Su adquisición
sólo costó á Martínez dos palabras breves y el apoyar su revólver en el
pecho del primitivo dueño.
El chófer era un mestizo de enorme sombrerón y descalzo, que llevaba el
fusil entre las dos manos fijas en el volante. Dentro iba Guadalupe y
toda su casa: un lío de colchones, dos sacos para la ropa sucia, una
criadita mestiza que se sentaba á sus pies, tres gatos y un perro en la
banqueta, junto á la señora, y un loro que se paseaba por la capota
recogida, sirviendo de remate trasero á este vehículo triunfal. Todos
los automóviles ignoraban la limpieza desde muchos meses. La lluvia y el
barro habían cubierto su exterior con una costra parda y agrietada.
Parecían forrados de piel de elefante. Como la esposa de Martínez era
relativamente esbelta, su vehículo se limitaba á chillar por la falta de
aceite y de aseo. Otros tenían un muelle roto y saltaban sobre sus
ruedas, acostándose como una barca próxima á zozobrar. Siempre se
inclinaban del lado donde acostumbraba á sentarse la generala ó la
ministra, con la abrumadora majestad de su centenar de kilos carnales.
Los revolucionarios marchaban como lo permitían las exigencias
topográficas: unas veces en fila, extendiéndose leguas y leguas; otras
en masa horizontal á través de las llanuras, llevando en torno un
segundo ejército de mujeres y chiquillos. Lo mismo habían avanzado en
otros siglos las grandes invasiones históricas. Eran como las antiguas
naciones en marcha, que arrastraban detrás de ellas los seres y los
muebles que forman la familia.
Algunas veces llegaban á ser veinte mil, todos á caballo, sin
medicamentos, sin víveres, confiando al azar la vida del día siguiente.
Cada uno hacía la misma recomendación al camarada: «Si me hieren en el
pecho ó en el estómago, dame un tiro en la cabeza. Prefiero esto á
quedar vivo junto al camino.»
No podían ser considerados como caballería, á pesar de que todos iban
montados. Carecían de armas blancas y no podían dar una carga. Eran
infantes que sólo echaban pie á tierra en el momento de empezar el fuego
contra el enemigo. Hasta los generales llevaban el rifle atravesado
sobre el delantero de la silla.
La única infantería era la de los _yaquis_, indios montañeses que no
habían querido aprender de los conquistadores españoles el arte de
cabalgar y mostraban aún cierta repugnancia ante el caballo. Estos
_yaquis_ figuraban como enemigos de todos los gobiernos desde la época
de Porfirio Díaz, que cometió el sacrilegio de implantar en sus tierras
el telégrafo y el ferrocarril. Se dejaban convencer fácilmente por los
revolucionarios, con la esperanza de que éstos les librasen de
innovaciones vergonzosas. En los combates eran los únicos que se batían
avanzando.
La muchedumbre montada, al emprender su marcha todos los amaneceres,
veía á los _yaquis_ tranquilos en su campamento, como si pensasen
quedarse allí. Cuando al llegar la noche, después de una larga jornada á
caballo, se detenían para descansar, encontraban instalados ya á los
mismos indios en el lugar designado de antemano, como si hubiesen
llegado volando y sin fatiga aparente. Puestos en cuclillas escuchaban
con atención religiosa el repiqueteo de los tamborcillos pendientes de
las muñecas de sus jefes, instrumentos que servían á la vez para sus
fiestas y para transmitir órdenes.
La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre á estos recuerdos de
la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de
las balas parecía irritar sus nervios. Un día, para recoger á su hombre
herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consideró
poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra.
Las «soldaderas» hablaban de ella como de una gloria de su sexo,
colocándola al nivel de los jefes más célebres de la revolución. Los
hombres, por galantería instintiva, admiraban su hazañas, exagerándolas,
como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ejército repitió lo mismo al
hablar de los esposos Martínez. «Él es un buen soldado, un
valiente...pero como hay muchos. Ella vale más. ¡Qué mujer!...»
Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuyó
á aumentar su fama. Guadalupe tenía mal carácter. Muchas veces, al
rozarse su automóvil con el de alguna generala--igualmente cargado de
colchones, sacos de ropa sucia, cuadrúpedos, aves y numerosos
chiquillos--, empezaban á insultarse ambas damas por si la una pretendía
cortar el paso á la otra. La coronela, sin consideración á su grado
inferior, recordaba á la generala las aventuras amorosas de su señora
madre ó la época en que sus tías lavaban la ropa de los soldados. Hasta
que el heroico Martínez, avisado del incidente, acudía á todo galope
para meter su caballo entre ambas furias.
Los hombres, al recordar que esta mujer se batía lo mismo que ellos,
encontraban lógico que se considerase superior á las otras, gordas aves
domésticas que se habían lanzado al campo para marchar detrás de los
combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de
los residuos de la victoria.
Su fidelidad matrimonial era también muy admirada. Uno de los grandes
jefes había recibido de ella varios latigazos cierto día que osó algunos
atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acabó por
arrepentirse, y á impulsos de la admiración, fué en adelante un
protector de Martínez y de su esposa.
Cuando Doroteo llegó á general, sus envidiosos atribuyeron toda la
carrera del héroe á la influencia de Guadalupe. «No es que sea menos
valiente que los demás--decían--; pero á causa de su compañera, los de
arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedarían
ignoradas.»
Al terminar la guerra, cuando Martínez pasó á ser defensor del gobierno
recién constituído, Guadalupe no quiso prolongar sus hazañas militares.
Era ridículo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al
campo á perseguir á los rebeldes, muchos de los cuales había conocido
ella meses antes como amigos, teniéndolos por excelentes personas.
Renanció a las costumbres violentas de campaña, á los largos galopes, al
automóvil sucio y hasta á las palabrotas aprendidas en sus años de
existencia varonil. Fué en adelante la «señora generala» y quiso
rivalizar con Martínez en esplendores de lujo.
Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de
las joyas que en ciertos días la cubrieron desde la garganta al vientre.
Doroteo había trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia
mezclados en la revolución. No tenía hijos, como los otros, pero tenía
á Guadalupe; y siempre que en sus correrías veía algo vistoso y de
precio, sacaba el enorme revólver de su funda, diciendo: «Esto para mi
vieja...y esto otro también.»
Total: que la esposa del héroe de Cerro Pardo poseía una colección
enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales á las que
habían comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del Méjico
anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del país.
Guadalupe huía de la ostentación en los días ordinarios y se limitaba á
llevar simplemente media docena de sortijas de brillantes, un reloj con
pulsera de platino en una muñeca, otro igual en la muñeca opuesta y un
tercer reloj más grande colgando del cuello.
Así se mostraba por las tardes á la admiración pública, ocupando uno de
los ocho automóviles que poseía el héroe como recuerdo de sus campañas.
Su paseo favorito era la calle central de la ciudad, una alameda con
árboles seculares, de cuyas ramas pendían á veces hombres ahorcados.
Eran ladrones, mestizos incorregibles que hurtaban gallinas, hortalizas
y otras cosas igualmente preciosas á pesar de los decretos del general.
Y Martínez, que era enemigo inexorable del robo, les aplicaba sin
compasión la pena decretada por su dictadura revolucionaria.
Guadalupe casi tenía una corte. Las damas del pasado régimen--la
aristocracia del país--la visitaban y adulaban, para defender de este
modo su tranquilidad y sus bienes. Los subordinados de su esposo, cuando
deseaban algo, preferían pedírselo á la generala, como si creyesen más
en su autoridad que en la de Martínez. Ella los tuteaba con una bondad
superior. Volvía á ser la compañera de armas que se había encargado
muchas veces de guisar en el campo para su marido y todos los de su
Estado Mayor.
Recordaba con cierta nostalgia los años de guerra, pero tenía por mejor
el tiempo actual. ¡Ojalá no se acabasen nunca los insurrectos y su
marido fuese perpetuamente comandante de operaciones!...
Martínez se sentía menos contento en su interior. Empezaba á pesarle la
autoridad de su esposa. ¿De qué le servía haber llegado á héroe
nacional, si Guadalupe le inspiraba un miedo superior á su voluntad? No
valía la pena haber hecho una revolución para verse privado de realizar
sus gustos.
Luego de pensar esto, miraba á su mujer largamente, con una reflexiva
atención que ella no llegaba á adivinar, acostumbrada á tener en poco
todo lo de su marido. Aún la encontraba hermosa á los treinta y tantos
años, lo mismo que cuando se casaron. Producto de varios cruzamientos de
españoles con indias, tal vez había además en sus venas cierta parte de
sangre africana. Unos ojos grandes, húmedos y ligeramente oblicuos; una
dentadura fuerte y deslumbrante entre los labios gruesos de rosa
obscuro; una carne pomposa y pálida, y una cabellera exuberante, negra y
con tendencia á rizarse apenas la abandonaba el peine, eran los
componentes principales de su belleza.
Así la vió Doroteo durante diez años, como si fuese una criatura
insensible al tiempo, y así la hubiese visto siempre.
Pero un día se dió cuenta de que empezaba á disgregarse su armonía
corporal, como si las tres sangres que existían en ella se hubiesen
cansado de permanecer revueltas, aislándose, para asomar cada una por
separado á la superficie. Sobre la tez blanca empezó á esparcirse una
especie de viruela subcutánea, formada de puntos negros pequeñísimos,
como granos de pólvora. En una mejilla y en otras partes menos visibles
se marcaban ó desaparecían, según los días, grandes manchas violáceas.
Era la madurez precoz de la criolla de diversos orígenes. Además, ¡sus
palabras rudas y violentas, su ignorancia, su deseo de mantenerlo
sometido, tratándole despectivamente en presencia de las gentes!...
Martínez vió todo esto de pronto, pero fué porque acababa de encontrar
un término de comparación en otra mujer.