I
Eran dos hermanas, Berta y Julieta, huérfanas de un diplomático que
había hecho desarrollarse su niñez en lejanos países del Extremo Oriente
y la América del Sur; dos hermanas libres de toda vigilancia de familia,
jóvenes, de escasa renta y numerosas relaciones, que figuraban en todas
las fiestas de París. Los tés de la tarde que se convierten en bailes
las veían llegar con exacta puntualidad. Una ráfaga alegre parecía
seguir el revoloteo de sus faldas.
--Ya están aquí las señoritas de Maxeville.
Y los violines sonaban con más dulzura, las luces adquirían mayor brillo
en el crepúsculo invernal, los hombres entornaban los ojos acariciándose
el bigote, y algunas matronas corrían instintivamente sus sillas atrás,
apartando los ojos como si viesen de pronto, formando montón, todas las
perversiones de la época.
Ninguna joven osaba imitar los vestidos audaces, los ademanes
excéntricos, las palabras de sentido ambiguo que formaban el encanto
picante y perturbador de las dos hermanas. Todos los atrevimientos
perturbadores del gran mundo encontraban su apoyo. Habían dado los
primeros pasos hacía la gloria bailando el _cake-walk_ en los salones,
hace muchos años, ¡muchos! cinco ó seis cuando menos, en la época remota
que la humanidad gustaba aún de tales vejeces. Después apadrinaron la
«danza del oso», el tango, la machicha y la furlana.
Su inconsciente regocijo, al ir más allá de los límites permitidos,
escandalizaba á las señoras viejas. Luego, hasta las más adustas
acababan por perdonarlas. «Unas locas estas Maxeville.... ¡Pero tan
buenas!»
Todos conocían su existencia en un quinto piso, sin otra servidumbre que
una vieja doméstica que hacía oficios de madre, suspirando al recordar
las extinguidas grandezas de Su Excelencia el ministro plenipotenciario.
Todos se daban cuenta de sus esfuerzos sonrientes y dolorosos para
conservar el antiguo rango con una modesta pensión procedente del padre
y una corta renta de la madre; sus habilidades taumatúrgicas para
mostrarse bien vestidas á poco precio; su adopción de modas audaces,
destinadas al fracaso, para ocultar con pretexto de originalidad el
escaso valor de su indumentaria.
Las gentes murmuradoras denunciaban sus ocultos convenios con modistas y
sombrereras, que les proveían gratis para que propagasen sus
invenciones. Pero aquí se detenía la maledicencia. De sus costumbres, de
su vida en la casa, ni una palabra. Las rancias familias diplomáticas
que habían conocido al ministro jamás tuvieron que amonestarlas por una
imprudencia irreparable.
El despecho de los hombres era también un certificado de su honestidad.
Corrían hacia ellas, atraídos por su exterior desenvuelto. Se
atropellaban unos á otros, como en una empresa fácil donde todo el éxito
estriba en llegar antes que los demás. Risas provocativas, ojeadas
misteriosas, palabras que parecían de esperanza.... Y poco después, uno
por uno, los conquistadores desandaban el camino, cabizbajos y
encolerizados, como un perro que se imagina encontrar un hueso y rompe
sus colmillos en una piedra.
--Unas astutas las pequeñas Maxeville; unas malignas, que, faltas de
dote, buscan un marido á su modo.
Los mismos que decían esto habían acabado por designarlas con un mote.
Las señoritas de Maxeville fueron en adelante «las vírgenes locas».
Todo resultaba exacto en este apodo, el defecto y la cualidad. Nadie
ponía en duda su locura, ni lo otro. Eran como los directores de ciertos
Bancos, que charlan en el ventanillo de la caja, sonríen, remueven las
llaves, infunden esperanzas, pero no hacen el más pequeño préstamo á
crédito, ni el más leve anticipo sobre promesas lejanas.
Las vírgenes locas iban á triunfar finalmente en su desesperada batalla
con los hombres. La mayor, Berta, había conquistado la voluntad de un
ingeniero ruso, que se mostraba dispuesto á hacerla su esposa. La menor
casi había conseguido lo mismo con un oficial joven; sólo le quedaba por
vencer la resistencia de una madre orgullosa y tradicionalista, que
vivía en provincias....
En esto, un trompetazo desgarrador, insolente, brutal, cortó el ambiente
de músicas sensuales y danzas voluptuosas con que se adormecían los
humanos. Y la gente feliz corrió de un lado á otro, en pavoroso
revoltijo, como los pasajeros de un trasatlántico que bailan en los
dorados salones, vestidos de etiqueta, y de pronto escuchan, la voz de
alarma de un tripulante: «¡Fuego en las bodegas!»