II

El segundo día de la movilización, la gente agolpada en las

inmediaciones de la estación del Este las vió llegar vestidas de negro,

con un traje sobrio y casi monacal, un pequeño sombrero semejante á una

gorra, un bolsito de mano y un paquete con lo más indispensable para la

vida: dos camisas, dos pares de medias.

Las vírgenes locas se iban sin ruido, sin frases heroicas, sin dos

líneas en los periódicos. Sus relaciones mundanas las habían aprovechado

para conseguir rápidamente sus deseos. Marchaban á Verdún, á la

frontera, al lugar del peligro, donde todos esperaban que ocurriese el

primer choque. Llevaban una carta para los directores del servicio

sanitario. Parecían más altas, más robustas, de paso más firme. Su

belleza de parisienses á la moda había desaparecido. Eran mujeres

iguales á las que lloraban ó gritaban de entusiasmo al otro lado de la

verja; sin colorete, sin artificios, con el pelo libre de postizos, con

las mejillas limpias y los ojos agrandados por una emoción que había

venido á sustituir los antiguos retoques del lápiz negro: ojos serenos

que miraban al porvenir heroicamente, adivinando la proximidad de la

desgracia.

Y se perdieron entre la multitud de hombres uniformados, caballos y

cañones. Y su recuerdo se perdió igualmente en la memoria de todos los

que una semana antes comentaban sus palabras y gestos. La gente

necesitaba pensar en su propia suerte; el peligro no dejaba tiempo para

mirar el exterior. ¡Pobres vírgenes locas! ¡Infelices muñecas de París

arrebatadas por la tempestad cuando daban vueltas y sonreían con sus

bocas pintadas, á los sones de una cajita de música!...

De tarde en tarde, las damas reunidas para hacer tejidos de lana

destinados al ejército evocaban su nombre al pasar revista á los muertos

y los ausentes. «¿Las pequeñas Maxeville?...» Realizaban proezas á su

modo en los hospitales del frente de guerra. Donde ellas estaban, los

hombres se morían sonriendo. En algunas ocasiones habían llegado hasta

los mismos lugares de combate, oyendo el silbido de los proyectiles. El

nombre de la mayor aparecía citado en una orden del día.

Y siempre el mismo comentario final: «Eran buenas. Algo locas, pero de

hermoso corazón.»

Transcurrió un año de guerra. Un día circuló la noticia de que Berta

había muerto, víctima de su abnegación. Poco después ya no la nombraron.

¡Eran tan frecuentes los heroísmos! ¡Desaparecían diariamente tantos

nombres conocidos!...

El préstamo de la difunta · 第 23 / 50 题