La suerte acudió en seguida á sonreirle.
Triunfaron inesperadamente los «colorados». Ellos, que llevaban hechas
tantas revoluciones, volvieron á apoderarse del gobierno del modo más
pacífico y prosaico. El doctor Sepúlveda, siempre en Buenos Aires,
consiguió que el gobierno federal enviase á su provincia una comisión
interventora encargada de examinar los actos administrativos de los
enemigos. Esta intervención puso al descubierto cosas censurables--como
ocurre siempre en tales casos--, y el resultado fué que los «blancos»
tuvieron que abandonar el poder y entraron á gobernar los «colorados».
Volvió Morales á su patria con el orgullo y la aureola de un mártir
político. El grande hombre del partido, que era ahora gobernador de la
provincia, le estrechó la mano, honor que hizo llorar al mestizo.
--Te conozco, héroe; eres un superviviente de la noche inolvidable. Ya
quedan pocos.... ¿Qué deseas obtener?...
Morales era de fácil contentamiento. Quería, simplemente, entrar en la
Policía. Llevaba muchos años recibiendo golpes de los enemigos, y
deseaba, á su vez, darse el gusto de devolverlos.
Sus antiguos amigos lo encontraban en las calles de la ciudad con
zapatos--¡un tormento!--, levitilla azul de botones dorados, y un casco
inglés, blanco. La espada ya no la llevaba bajo el brazo ni oculta en el
pantalón. Le pendía de la cintura, como á los militares, como á todos
los que representan el orden y pueden pegar.
Su carrera fué rápida, y al término de ella le salió al encuentro la
gloria. No hubo en todo el país un policía más valiente. ¿Qué puede
temer un hombre que lleva en el pecho un talismán de plumas de
caburé?... Cuando había algo difícil y peligroso que hacer, sus jefes
daban siempre la misma orden:
--¡Que llamen á Morales!
En vano los rebeldes á la autoridad sacaban sus pistolas en tabernas y
bailes. Antes de que disparasen, el mestizo se las arrebataba de un
manotazo. Algunas veces conseguían hacer fuego; pero las balas se
limitaban á agujerear su casco ó ciertas superfluidades del uniforme,
sin tocar nunca su carne. Y él salía de estas pruebas sonriente y
tranquilo, como de cosas ordinarias y bien sabidas de antemano.
En cambio, la certeza de ser invulnerable le proporcionaba un gran
empuje para la acción. No teniendo que preocuparse de la defensa,
concentraba todas sus potencias en el ataque, y no había mano más pronta
y ágil que la suya. Si alguien se negaba á obedecerle, veía
inmediatamente desdoblarse al mestizo, hasta convertirse en una compañía
entera de Morales, todos espada en mano. Recibía un cintarazo por la
izquierda, y al volverse encontraba un segundo Morales que le atizaba
por la derecha. Luego un tercer Morales le tiraba al cráneo por lo alto,
un cuarto lo hacía saltar golpeandole entre las piernas, y así
sucesivamente, hasta que pedía misericordia.
Los más valientes de la provincia empezaron á hablar de él con temor,
adivinando su secreto.
--Es inútil hacer nada contra su persona. Debe tener un _payé_.
Sus jefes le hubieran hecho oficial, pero no sabía leer. Se limitaron á
darle los galones de cabo, y él creyó necesario, para el ornato de su
nueva dignidad, dejarse crecer en forma de bigote los contados pelos de
su rostro cobrizo.
En los días de gran mercado, las mujeres del campo, que venían á la
capital montadas á estilo de hombre en sus caballejos de largo pelaje,
admiraban al célebre policía. Le llamaban don Morales, poniendo el _don_
ante el apellido, como es de uso en el país. Todas ellas palidecían al
ver al héroe, pretendiendo atraerlo con las más dulces miradas de sus
ojos oblicuos.
Una mañana, estando de servicio en el Mercado, don Morales se tropezó
con cierto _gringo_ corpulento, forzudo y rojo, al que había conocido
años antes en el Paraguay.
--¡Don Macperson!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?...
Se abrazaron. El policía lo despreciaba, como á todos los extranjeros,
pero al mismo tiempo sentía por él una gran admiración.
El desprecio era porque ignoraba el _guaraní_ y hablaba mal el español,
signos evidentes de inferioridad mental. Además, como todos los
_gringos_, tenía los pies enormes y calzaba zapatos que parecían navíos,
lo que denuncia un origen ordinario en un país donde los hombres
ostentan el pie pequeño y alto de empeine, lo mismo que una dama.
Lo admiraba porque era capaz de pasar un día entero con su noche sin
levantarse de la mesa, vaciando botella tras botella. Además, tenía la
elocuencia de un predicador cuando ensalzaba las virtudes curativas del
_whisky_, remedio infalible para todos los disgustos y todas las
enfermedades.
Morales hasta conocía sus manías. Cuando había bebido más de una copa,
se irritaba si le llamaban inglés.
--Mi no ser inglés--decía en un español balbuceante--; mi ser escocés.
Llevaba un sinnúmero de años viviendo en la América del Sur. Había sido
buscador de esmeraldas en Colombia, minero de plata en el Perú y de
estaño en Bolivia, exportador de salitre en Chile, ganadero en
Argentina, vendedor de hierba _mate_ en Paraguay y borracho consecuente
en todas partes. Unas veces se veía patrono, otras modesto empleado; tan
pronto daba dinero á los simples conocidos, como solicitaba un préstamo
para continuar sus viajes. Ahora--según declaró á Morales desde las
primeras palabras--se ocupaba en comprar novillos, como representante de
cierta casa del Uruguay que fabricaba carne líquida para los niños y los
adultos débiles.
Esta carne líquida le hacía sonreír de lástima. ¡Habiendo _whisky_ en la
tierra!...
Morales vaciló mirando su propio uniforme. Era una autoridad, y sólo
podía entrar en las tabernas para imponer respeto. Pero luego se
enterneció mirando al _gringo_. ¡Un viejo compañero!...
--Oiga, don Macperson, ¿si fuésemos á tomar una copa?...
Entraron en una taberna del Mercado, y el dueño, en atención á Morales,
les puso una mesilla en el fondo del corral. No había _whisky_, pero
sacó una ginebra que arrancó elogios al extranjero.
--Beba, Don; beba todo lo que quiera--dijo el policía--. Ya sabe que yo
aprecio mucho á los ingleses, y ahora que soy alguien en mi país....
--Mi no ser inglés; mi ser escocés.
Recordó Morales la manía de su amigo. Muy bien; él apreciaba también
mucho á los escoceses. Y después de esto, como si solicitase la
admiración del _gringo_, habló de sus hazañas y del respeto medroso con
que le miraban todos.
--Lo sé, lo sé--dijo el extranjero.
Había oído hablar mucho del cabo don Morales, y su asombro era sincero,
aunque algo molesto para el héroe. No podía comprender que este mozo
pequeño, enjuto y enclenque en apariencia inspirase miedo á nadie. Lo
contempló con una curiosidad algo irónica desde la altura de su
corpulencia; le acarició los brazos con sus manazas, sonriendo al
encontrar inmediatamente el hueso bajo los músculos nervudos pero
delgados.
Un recuerdo surgido repentinamente en su memoria hizo esta sonrisa más
insolente aún. Se vió en un hierbal del Paraguay algunos años antes,
teniendo una disputa con Morales, que era su peón. El mestizo tiraba de
la espada; pero él, de un manotazo, le quitaba la espada, propinándole
después unos cuantos puñetazos de boxeador que le dejaban inánime en el
suelo.
Por un fenómeno de simpatía mental, Morales evocó al mismo tiempo este
recuerdo, pero añadiéndole una segunda parte. Se vió tendido al
anochecer en los hierbales, esperando al _gringo_, que después de darle
los puñetazos iba á pasar la noche en Asunción. Al tenerle cerca, le
disparaba un pistoletazo. Quedaba mal herido el escocés, guardaba cama
varias semanas, y luego de restablecerse se iba del país, convencido de
que no es prudente tener cuestiones con la gente cobriza.
Se miraron largamente los dos hombres.
--¡Famoso Morales!... ¡Encontrármelo hecho un héroe!...
--¡Este don Macperson! ¿Por qué lo querré tanto?...
Y se estrecharon las manos por encima del tarro de ginebra, que empezaba
á estar casi vacío.
Pero ya no se miraban lo mismo que antes. Detrás de sus pupilas
persistía el mal recuerdo del pasado.
El policía mostraba empeño en que le admirase el otro. Toda la ginebra
descendida á su estómago pareció alborotarse con la sospecha de que el
_gringo_ no creía en su valor y tenía por mentiras las hazañas que
llevaba realizadas.
De su español aprendido en Buenos Aires, prefería el escocés una palabra
que siempre había irritado á Morales. Cuando le contaban cosas
inverosímiles, levantaba los hombros, diciendo con desprecio:
--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_!
Adivinó que en el pensamiento del _gringo_ estaba resonando
incesantemente la misma palabra en aquellos momentos. «¿Las valentías
del cabo Morales? ¡_Macanas_! ¡Todo _macanas_!»
El deseo de verse admirado le hizo ser humilde y revelar su secreto.
--Vea, don Escocés. Si soy valiente, reconozco que no hay en ello gran
mérito. Aunque quisiera ser cobarde, no podría. Tengo un _payé_
poderosísimo: llevo en el pecho tres plumas de caburé. Usted es casi del
país; usted sabe lo que es eso. No hay hombre ni fiera que pueda nada
contra mí.
--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_!
Ya había surgido la terrible palabra. El policía empalideció al verse
desmentido con un tono de desprecio.
--Pero ¿no le digo que tengo un _payé_?... Mírelo. A usted solo se lo
enseño.
Y se desabrochó la levitilla y la camisa, mostrando la pequeña bolsa de
cuero sudada y negruzca que pendía sobre su pecho.
--¡_Macanas!... ¡Macanas_!--repitió el extranjero, apurando el resto de
la botella de barro y empezando otra que acababa de traer el dueño del
cafetín.
Irritado Morales, habló de su infortunado camarada Jaramillo, del doctor
germánico, del caburé, del caimán «el Abuelo»; contó toda su historia,
sin que el otro cambiase de actitud.
El mestizo se puso de pie. Podía el _gringo_ dudar de las virtudes de su
madre, si gustaba de ello; por eso no dejarían de ser amigos. En
realidad, él no estaba seguro de quién había sido su padre. Las gentes
del país prescinden con frecuencia del casamiento, por los muchos
papelotes, molestias y gastos que exige. ¿Pero dudar de su talismán?...
¿Tener por falsa su historia?...
--Oiga, don Inglés.
El escocés quiso protestar al oir que le llamaban así, paro se quedó con
la boca entreabierta por la sorpresa, dándose cuenta de que este error
era intencionado y representaba un insulto.
--Oiga, don Inglés. Vamos á hacer una prueba.
Había sacado de un bolsillo de su pantalón una pistola de dos cañones de
enorme calibre. Él tenía sus armas á la vista y sus armas ocultas.
Se la ofreció al extranjero; y éste, que también se había puesto de pie
con mal gesto, la tomó sin saber lo que hacía.
--Yo puedo matarlo á usted, si quiero, y usted, en cambio, no puede
hacerme nada á mí.... Pero no abusaré. Prefiero que se convenza por sus
propios ojos. A ver si así se le ablanda esa cabezota dura de bruto que
tiene.... ¡Tire!
Se abrió con ambas manos sus ropas, mostrando el pecho desnudo y la
prodigiosa bolsita. Podía el gringo hacer fuego sin cuidado. Se lo decía
él con aire de reto.
Macperson, á pesar de su embriaguez, reconoció que la proposición era
absurda. Aquel mestizo se había vuelto loco, y en su soberbia confianza
hasta parecía burlarse de él.
--Tiene usted miedo de tirar, y hace bien. La bala rebotará sobre mi
pecho y puede herirle á usted. Coloqúese de modo que no le alcance.
El otro, como si no entendiese estas recomendaciones, se había limitado
á poner horizontal la pistola, apuntando al pecho que tenía enfrente.
--¡Mira que tiro!--dijo al fin con tono de amenaza--. Déjate de
_macanas_, ó tiro.
Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos.
--¡Tira, _gringo_ del demonio, para que puedas convencerte!... ¡Cuando
te digo que tengo un _payé_!...
--¡Mira que hago fuego!--volvió á repetir el otro con voz aún más
sombría.
--¡Tira de una vez, hijo de perra!... Tú no eres escocés.... Tú eres....
No pudo seguir.
--¡Ya que lo quieres!...
Y el _gringo_ apretó los dos gatillos al mismo tiempo.
Una nube blanca se extendió ante sus ojos.
Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales
tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una
sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser
el último de sus gestos.