III

La suerte acudió en seguida á sonreirle.

Triunfaron inesperadamente los «colorados». Ellos, que llevaban hechas

tantas revoluciones, volvieron á apoderarse del gobierno del modo más

pacífico y prosaico. El doctor Sepúlveda, siempre en Buenos Aires,

consiguió que el gobierno federal enviase á su provincia una comisión

interventora encargada de examinar los actos administrativos de los

enemigos. Esta intervención puso al descubierto cosas censurables--como

ocurre siempre en tales casos--, y el resultado fué que los «blancos»

tuvieron que abandonar el poder y entraron á gobernar los «colorados».

Volvió Morales á su patria con el orgullo y la aureola de un mártir

político. El grande hombre del partido, que era ahora gobernador de la

provincia, le estrechó la mano, honor que hizo llorar al mestizo.

--Te conozco, héroe; eres un superviviente de la noche inolvidable. Ya

quedan pocos.... ¿Qué deseas obtener?...

Morales era de fácil contentamiento. Quería, simplemente, entrar en la

Policía. Llevaba muchos años recibiendo golpes de los enemigos, y

deseaba, á su vez, darse el gusto de devolverlos.

Sus antiguos amigos lo encontraban en las calles de la ciudad con

zapatos--¡un tormento!--, levitilla azul de botones dorados, y un casco

inglés, blanco. La espada ya no la llevaba bajo el brazo ni oculta en el

pantalón. Le pendía de la cintura, como á los militares, como á todos

los que representan el orden y pueden pegar.

Su carrera fué rápida, y al término de ella le salió al encuentro la

gloria. No hubo en todo el país un policía más valiente. ¿Qué puede

temer un hombre que lleva en el pecho un talismán de plumas de

caburé?... Cuando había algo difícil y peligroso que hacer, sus jefes

daban siempre la misma orden:

--¡Que llamen á Morales!

En vano los rebeldes á la autoridad sacaban sus pistolas en tabernas y

bailes. Antes de que disparasen, el mestizo se las arrebataba de un

manotazo. Algunas veces conseguían hacer fuego; pero las balas se

limitaban á agujerear su casco ó ciertas superfluidades del uniforme,

sin tocar nunca su carne. Y él salía de estas pruebas sonriente y

tranquilo, como de cosas ordinarias y bien sabidas de antemano.

En cambio, la certeza de ser invulnerable le proporcionaba un gran

empuje para la acción. No teniendo que preocuparse de la defensa,

concentraba todas sus potencias en el ataque, y no había mano más pronta

y ágil que la suya. Si alguien se negaba á obedecerle, veía

inmediatamente desdoblarse al mestizo, hasta convertirse en una compañía

entera de Morales, todos espada en mano. Recibía un cintarazo por la

izquierda, y al volverse encontraba un segundo Morales que le atizaba

por la derecha. Luego un tercer Morales le tiraba al cráneo por lo alto,

un cuarto lo hacía saltar golpeandole entre las piernas, y así

sucesivamente, hasta que pedía misericordia.

Los más valientes de la provincia empezaron á hablar de él con temor,

adivinando su secreto.

--Es inútil hacer nada contra su persona. Debe tener un _payé_.

Sus jefes le hubieran hecho oficial, pero no sabía leer. Se limitaron á

darle los galones de cabo, y él creyó necesario, para el ornato de su

nueva dignidad, dejarse crecer en forma de bigote los contados pelos de

su rostro cobrizo.

En los días de gran mercado, las mujeres del campo, que venían á la

capital montadas á estilo de hombre en sus caballejos de largo pelaje,

admiraban al célebre policía. Le llamaban don Morales, poniendo el _don_

ante el apellido, como es de uso en el país. Todas ellas palidecían al

ver al héroe, pretendiendo atraerlo con las más dulces miradas de sus

ojos oblicuos.

Una mañana, estando de servicio en el Mercado, don Morales se tropezó

con cierto _gringo_ corpulento, forzudo y rojo, al que había conocido

años antes en el Paraguay.

--¡Don Macperson!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?...

Se abrazaron. El policía lo despreciaba, como á todos los extranjeros,

pero al mismo tiempo sentía por él una gran admiración.

El desprecio era porque ignoraba el _guaraní_ y hablaba mal el español,

signos evidentes de inferioridad mental. Además, como todos los

_gringos_, tenía los pies enormes y calzaba zapatos que parecían navíos,

lo que denuncia un origen ordinario en un país donde los hombres

ostentan el pie pequeño y alto de empeine, lo mismo que una dama.

Lo admiraba porque era capaz de pasar un día entero con su noche sin

levantarse de la mesa, vaciando botella tras botella. Además, tenía la

elocuencia de un predicador cuando ensalzaba las virtudes curativas del

_whisky_, remedio infalible para todos los disgustos y todas las

enfermedades.

Morales hasta conocía sus manías. Cuando había bebido más de una copa,

se irritaba si le llamaban inglés.

--Mi no ser inglés--decía en un español balbuceante--; mi ser escocés.

Llevaba un sinnúmero de años viviendo en la América del Sur. Había sido

buscador de esmeraldas en Colombia, minero de plata en el Perú y de

estaño en Bolivia, exportador de salitre en Chile, ganadero en

Argentina, vendedor de hierba _mate_ en Paraguay y borracho consecuente

en todas partes. Unas veces se veía patrono, otras modesto empleado; tan

pronto daba dinero á los simples conocidos, como solicitaba un préstamo

para continuar sus viajes. Ahora--según declaró á Morales desde las

primeras palabras--se ocupaba en comprar novillos, como representante de

cierta casa del Uruguay que fabricaba carne líquida para los niños y los

adultos débiles.

Esta carne líquida le hacía sonreír de lástima. ¡Habiendo _whisky_ en la

tierra!...

Morales vaciló mirando su propio uniforme. Era una autoridad, y sólo

podía entrar en las tabernas para imponer respeto. Pero luego se

enterneció mirando al _gringo_. ¡Un viejo compañero!...

--Oiga, don Macperson, ¿si fuésemos á tomar una copa?...

Entraron en una taberna del Mercado, y el dueño, en atención á Morales,

les puso una mesilla en el fondo del corral. No había _whisky_, pero

sacó una ginebra que arrancó elogios al extranjero.

--Beba, Don; beba todo lo que quiera--dijo el policía--. Ya sabe que yo

aprecio mucho á los ingleses, y ahora que soy alguien en mi país....

--Mi no ser inglés; mi ser escocés.

Recordó Morales la manía de su amigo. Muy bien; él apreciaba también

mucho á los escoceses. Y después de esto, como si solicitase la

admiración del _gringo_, habló de sus hazañas y del respeto medroso con

que le miraban todos.

--Lo sé, lo sé--dijo el extranjero.

Había oído hablar mucho del cabo don Morales, y su asombro era sincero,

aunque algo molesto para el héroe. No podía comprender que este mozo

pequeño, enjuto y enclenque en apariencia inspirase miedo á nadie. Lo

contempló con una curiosidad algo irónica desde la altura de su

corpulencia; le acarició los brazos con sus manazas, sonriendo al

encontrar inmediatamente el hueso bajo los músculos nervudos pero

delgados.

Un recuerdo surgido repentinamente en su memoria hizo esta sonrisa más

insolente aún. Se vió en un hierbal del Paraguay algunos años antes,

teniendo una disputa con Morales, que era su peón. El mestizo tiraba de

la espada; pero él, de un manotazo, le quitaba la espada, propinándole

después unos cuantos puñetazos de boxeador que le dejaban inánime en el

suelo.

Por un fenómeno de simpatía mental, Morales evocó al mismo tiempo este

recuerdo, pero añadiéndole una segunda parte. Se vió tendido al

anochecer en los hierbales, esperando al _gringo_, que después de darle

los puñetazos iba á pasar la noche en Asunción. Al tenerle cerca, le

disparaba un pistoletazo. Quedaba mal herido el escocés, guardaba cama

varias semanas, y luego de restablecerse se iba del país, convencido de

que no es prudente tener cuestiones con la gente cobriza.

Se miraron largamente los dos hombres.

--¡Famoso Morales!... ¡Encontrármelo hecho un héroe!...

--¡Este don Macperson! ¿Por qué lo querré tanto?...

Y se estrecharon las manos por encima del tarro de ginebra, que empezaba

á estar casi vacío.

Pero ya no se miraban lo mismo que antes. Detrás de sus pupilas

persistía el mal recuerdo del pasado.

El policía mostraba empeño en que le admirase el otro. Toda la ginebra

descendida á su estómago pareció alborotarse con la sospecha de que el

_gringo_ no creía en su valor y tenía por mentiras las hazañas que

llevaba realizadas.

De su español aprendido en Buenos Aires, prefería el escocés una palabra

que siempre había irritado á Morales. Cuando le contaban cosas

inverosímiles, levantaba los hombros, diciendo con desprecio:

--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_!

Adivinó que en el pensamiento del _gringo_ estaba resonando

incesantemente la misma palabra en aquellos momentos. «¿Las valentías

del cabo Morales? ¡_Macanas_! ¡Todo _macanas_!»

El deseo de verse admirado le hizo ser humilde y revelar su secreto.

--Vea, don Escocés. Si soy valiente, reconozco que no hay en ello gran

mérito. Aunque quisiera ser cobarde, no podría. Tengo un _payé_

poderosísimo: llevo en el pecho tres plumas de caburé. Usted es casi del

país; usted sabe lo que es eso. No hay hombre ni fiera que pueda nada

contra mí.

--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_!

Ya había surgido la terrible palabra. El policía empalideció al verse

desmentido con un tono de desprecio.

--Pero ¿no le digo que tengo un _payé_?... Mírelo. A usted solo se lo

enseño.

Y se desabrochó la levitilla y la camisa, mostrando la pequeña bolsa de

cuero sudada y negruzca que pendía sobre su pecho.

--¡_Macanas!... ¡Macanas_!--repitió el extranjero, apurando el resto de

la botella de barro y empezando otra que acababa de traer el dueño del

cafetín.

Irritado Morales, habló de su infortunado camarada Jaramillo, del doctor

germánico, del caburé, del caimán «el Abuelo»; contó toda su historia,

sin que el otro cambiase de actitud.

El mestizo se puso de pie. Podía el _gringo_ dudar de las virtudes de su

madre, si gustaba de ello; por eso no dejarían de ser amigos. En

realidad, él no estaba seguro de quién había sido su padre. Las gentes

del país prescinden con frecuencia del casamiento, por los muchos

papelotes, molestias y gastos que exige. ¿Pero dudar de su talismán?...

¿Tener por falsa su historia?...

--Oiga, don Inglés.

El escocés quiso protestar al oir que le llamaban así, paro se quedó con

la boca entreabierta por la sorpresa, dándose cuenta de que este error

era intencionado y representaba un insulto.

--Oiga, don Inglés. Vamos á hacer una prueba.

Había sacado de un bolsillo de su pantalón una pistola de dos cañones de

enorme calibre. Él tenía sus armas á la vista y sus armas ocultas.

Se la ofreció al extranjero; y éste, que también se había puesto de pie

con mal gesto, la tomó sin saber lo que hacía.

--Yo puedo matarlo á usted, si quiero, y usted, en cambio, no puede

hacerme nada á mí.... Pero no abusaré. Prefiero que se convenza por sus

propios ojos. A ver si así se le ablanda esa cabezota dura de bruto que

tiene.... ¡Tire!

Se abrió con ambas manos sus ropas, mostrando el pecho desnudo y la

prodigiosa bolsita. Podía el gringo hacer fuego sin cuidado. Se lo decía

él con aire de reto.

Macperson, á pesar de su embriaguez, reconoció que la proposición era

absurda. Aquel mestizo se había vuelto loco, y en su soberbia confianza

hasta parecía burlarse de él.

--Tiene usted miedo de tirar, y hace bien. La bala rebotará sobre mi

pecho y puede herirle á usted. Coloqúese de modo que no le alcance.

El otro, como si no entendiese estas recomendaciones, se había limitado

á poner horizontal la pistola, apuntando al pecho que tenía enfrente.

--¡Mira que tiro!--dijo al fin con tono de amenaza--. Déjate de

_macanas_, ó tiro.

Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos.

--¡Tira, _gringo_ del demonio, para que puedas convencerte!... ¡Cuando

te digo que tengo un _payé_!...

--¡Mira que hago fuego!--volvió á repetir el otro con voz aún más

sombría.

--¡Tira de una vez, hijo de perra!... Tú no eres escocés.... Tú eres....

No pudo seguir.

--¡Ya que lo quieres!...

Y el _gringo_ apretó los dos gatillos al mismo tiempo.

Una nube blanca se extendió ante sus ojos.

Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales

tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una

sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser

el último de sus gestos.

El préstamo de la difunta · 第 21 / 50 题