II

Morales y Jaramillo debían tal vez sus apellidos y la poca sangre

europea que corría por sus venas á dos conquistadores españoles llegados

al país siglos antes; pero en realidad eran dos mestizos guaraníes,

pequeños, ágiles, débiles de miembros aparentemente, y con una

resistencia asombrosa para la fatiga y las privaciones.

Unidos por una amistad fraternal, se presentaban juntos á buscar trabajo

en las cortas de árboles, en las explotaciones de hierba _mate_ ó en los

desmontes de un ferrocarril que estaban construyendo los _gringos_.

Trabajaban con verdadero furor, como si se peleasen á muerte con un

enemigo. Los capataces recién llegados de Europa parecían asombrados. ¿Y

aún dicen que los indios son perezosos?... Pero al cobrar el jornal de

la semana desaparecían, y sus protectores y admiradores los esperaban en

vano todo el lunes siguiente. Sólo cuando quedaba consumido el último

centavo en las tabernas donde hay acordeón y baile, pensaban en reanudar

el maldecido trabajo.

Las beldades cobrizas, descalzas, de gruesa trenza entre los omoplatos y

falda blanca ó de color rosa, se asomaban á las puertas de sus ranchos

para verlos pasar. Llevaban el calzón claro sujeto al tobillo por ligas

de piel, los pies metidos en danzantes babuchas, un poncho avellanado

cubriendo el busto, y un pañuelo rojo en el cuello. Este último era para

ellos el detalle más precioso de su indumentaria. Podrían ir rotos y con

las carnes más secretas al aire, pero sin un pañuelo rojo, ¡nunca! Era

la señal del partido, el símbolo de los «colorados», así como los otros,

los adversarios, llevaban siempre en el cuello un pañuelo blanco.

Los dos traían bajo el brazo sus espadas; no espadas viejas y con

agarrador de madera, como los pobretones, sino con empuñadura de

coruscante dorado y vaina de cuero, iguales á las que usaban los

guardias municipales de la ciudad. De sus remotos ascendientes de la

conquista les quedaba un amor irresistible á la espada. Las armas de

fuego eran buenas para las revoluciones. Las querellas de amor y de

bebida debían ventilarse, tizona en mano, á espaldas de la taberna.

Con el enfundado acero bajo el brazo, envueltos en su poncho y levantada

el ala del fieltro sobre la frente, parecían dos caricaturas de los

hidalgos de capa y espada, sus legítimos abuelos.

Cuando la policía visitaba los bailes indígenas, ocultaban ellos sus

armas metiéndoselas en la faja, á lo largo del calzoncillo, lo que les

obligaba á continuar la danza con una pierna rígida, lo mismo que si

estuviesen paralíticos.

Un día, en uno de estos bailes, Morales, que era el menos listo de los

dos pero el más dispuesto á la pelea, metió su espada por el vientre de

cierto individuo que se empeñaba en danzar con la misma moza que él,

echándole las tripas afuera.

--Aquí no ha pasado nada. ¡Siga la fiesta!

Se llevaron al muerto. Su familia se encargaría de levantarle una

capillita al borde del camino y de ponerle cirios todas las noches. Un

simple incidente; algo que se ve todos los días.

Pero la policía entrometida no quiso aceptar el suceso con la misma

calma que la gente, y prendió á Morales.

--Una venganza política--dijo éste al entrar en la cárcel--. Bien se ve

que mandan los usurpadores. ¡Como soy colorado!...

Al registrarlo en presencia del juez, encontraron que debajo de sus

ropas llevaba el cuerpo cubierto de plumas de avestruz. Jaramillo hacía

lo mismo. Era un secreto de su padre el brujo; el mejor medio para

vencer en agilidad á los enemigos.

Le dió rabia ver cómo reía el juez ante tal descubrimiento. Todos los

abogados jóvenes, que habían estudiado en Buenos Airea y despreciaban á

los nativos, eran unos ignorantes.

--A no ser por estas plumas, doctor--dijo Morales--, el difunto tal vez

me habría matado. Mire cómo fui yo el más ligero y le clavé por el

vientre.

Le quitaron las plumas, le quitaron la espada, é iban á quitarle la

libertad durante un buen número de años, por ser el muerto de los del

pañuelo blanco, cuando Morales se escapó de la penitenciaría,

refugiándose en el Paraguay, cuya frontera sólo está á dos horas de

distancia.

Jaramillo, que andaba desorientado durante su ausencia, quiso seguirle,

y para justificar la fuga y no ser menos que su amigo, mató á otro

«pañuelo blanco» antes de pasar á la vecina nación.

Trabajaron en los llamados «hierbales» donde se cosecha el _mate_, té

del país puesto de moda por los jesuítas en otros tiempos, cuando

gobernaban la República teocrática de las Misiones, fundada por ellos

entre el Brasil, el Paraguay y la Argentina.

Deseosos de volver á su patria, los dos interrumpieron su trabajo

repetidas veces para tomar parte en las intentonas revolucionarias del

partido. El grande hombre de los «colorados», el doctor Sepúlveda, vivía

tranquilamente en Buenos Aires, esperando el momento de regenerar su

provincia. Mientras tanto, los partidarios del doctor hacían toda clase

de esfuerzos para lograr su triunfo: revoluciones de día, revoluciones

de noche; sublevaciones en la ciudad, sublevaciones en el campo.

La gente de Buenos Aires apenas prestaba atención á estas hazañas y

revueltas en la lejanísima provincia. ¡La Argentina es tan grande!

Además, todo esto ocurría en un extremo del país, vecino al Brasil y al

Paraguay; en una tierra que es argentina políticamente, pero por la raza

es más bien paraguaya, y cuyos habitantes hablan generalmente el

guaraní.

Después del sangriento fracaso de aquella intentona nocturna, los dos

volvieron á trabajar en el Paraguay, en la recolección del _mate_. Ellos

eran los más inmediatos consumidores, pues sentados al borde del gran

rio en las horas de descanso, chupaban incesantemente el canuto hundido

en la pequeña calabaza rellena de hierba olorosa y de agua caliente que

sostenían en una mano.

Hablaban de la tierra natal con voz lenta y entornando los ojos, como si

fueran á dormirse. Algunas veces, la conversación recaía sobre Jaramillo

padre y su prodigiosa ciencia.

--Yo le vi--decía Morales con respeto--curar á los enfermos en menos que

se reza un credo. Les chupaba la parte enferma ó ponía la boca en su

boca, aspirando su aliento. Luego escupía un gusano, una piedra, una

culebra pequeña ó una araña. Era la enfermedad que acababa de sacarles

del cuerpo.... Algunos se morían; pero era porque les faltaba paciencia

para esperar la curación y llamaban al médico.

--El mejor de sus secretos--insinuaba Jaramillo--es el que cura la

mordedura de las víboras. Me lo reveló poco antes de morir. Vale más que

una herencia de muchas talegas de onzas de oro.

--Dímelo, hermano--suplicaba Morales.

Su amigo parecía sobresaltarse.

--No lo esperes. Únicamente se puede revelar el secreto el día de

Viernes Santo. Si lo cuento otro día, perderé mi poder curativo hasta el

Viernes Santo del año siguiente.

Pero Morales empezó á importunar á su compañero con una tenacidad

infantil durante semanas y semanas. Se acordaba de haber visto operar á

Jaramillo padre cierto día que un vecino había regresado á su rancho con

el brazo hinchado y negro por la mordedura de una serpiente. El brujo le

había puesto unos remedios enérgicos sobre la herida, murmurando luego

una invocación misteriosa sobre el reptil, muerto de un garrotazo.

Tú no eres un buen compañero--decía Morales con tristeza--. Yo te miro

como mi única familia, y tú guardas secretos conmigo.

Jaramillo no quería quedarse desarmado por su indiscreción. ¿Y si le

mordía á Morales uno de estos bichos venenosos al andar descalzo por los

hierbales?...

--No hay miedo--decía el otro--. Acuérdate que me diste unas ligas de

piel de anta, y las víboras huyen de mis pies al percibir el olor de

este cuero.

Al fin, una tarde, Jaramillo hizo un esfuerzo, sacrificándose por la

amistad.

--Ya que lo quieres....

Y cerrando los ojos le reveló el gran secreto. No había mas que

inclinarse sobre la serpiente muerta y decirle en voz baja: «No eres

víbora, que eres grillo.»

Inmediatamente el veneno perdía su poder ponzoñoso dentro del cuerpo de

la víctima.

--¿Nada más?--preguntó Morales con visible decepción--. ¿Eso es todo?

Eso era todo. Pero las palabras había que decirlas en guaraní. Las

serpientes, por ser del país, no pueden entender el español, lengua de

Buenos Aires.

--Y ahora--terminó con melancolía Jaramillo--tendré que esperar hasta,

el próximo Viernes Santo.

De pronto empezó á hacer frecuentes viajes á Asunción, la capital del

Paraguay. Su amigo, alarmado por estas ausencias, le obligó á confesar

la causa.

--Lo he visto--dijo Jaramillo misteriosamente.

Aunque no dió el nombre de lo que había visto, bastó el tono de su voz

para que Morales adivinase á quién se refería.

Era el caburé. No podía ser otro. Los dos hablaban con frecuencia de él.

¡Quién tuviera una pluma de caburé, para ser invulnerable y por lo

mismo el hombre más valeroso de la tierra!... Hasta el mismo Jaramillo

padre, con toda su sabiduría, no había conseguido ver nunca un caburé en

sus manos. Era muy difícil apoderarse de él. Por esto repitió el hijo,

con una expresión de orgullo:

--Lo he visto: como te veo á ti.

Su poseedor era un _gringo_ que vivía en Asunción sin más objeto que

estudiar los animales y las plantas del país; un doctor alemán, gordo,

rubicundo, de gafas doradas, muy amigo de bromear con las gentes simples

del campo, para sonsacarles noticias. En el patio de su casa, que era

tan grande como un claustro de convento, tenía numerosos pájaros y

cuadrúpedos, y en mitad de él, ocupando una jaula especial, como rey de

esta pequeño é inquieto mundo, al que podía hacer enmudecer con sólo un

grito, estaba el caburé.

Al encontrar el doctor varias veces á Jaramillo inmóvil en la puerta de

su casa, mirando desde el otro lado de la cancela al famoso pájaro, le

había hecho pasar para mostrárselo de cerca.

--¡Qué joya! ¿eh?...--decia con orgullo--. Me cuesta más oro que pesa.

Es una verdadera casualidad tener uno vivo.

Pero daba por bien empleados sus sacrificios pensando en el volumen de

ochocientas páginas que iba á escribir, para Berlín, sobre el caburé y

sus costumbres, libro que le valdría el premio de varias Academias.

A los dos amigos se les ocurrió lo mismo: robar la prodigiosa bestia ó

llevarse cuando menos algunas de sus plumas.

El golpe sólo podía darse á la hora de la siesta. Jaramillo amaba esta

hora como la más segura. Morales se quedaría en la calle para auxiliar á

su compañero. ¿Quién puede adivinar lo futuro? Tal vez gritase el

alemán, y fuese preciso matarlo. ¡Una vida menos significa tan poco!...

Entró Jaramillo en la casa saltando la tapia del patio trasero. Luego se

deslizó, con los pies descalzos, por los frescos corredores, sin

producir ruido alguno. Al pasar junto á una puerta oyó ronquidos. El

alemán, deseoso de amoldarse en todo á las costumbres del país, dormía

la siesta.

El mestizo salió al patio grande, deteniéndose frente á la jaula del

centro, rodeada de arbustos con flores enormes, rojas y de cinco puntas,

llamadas «estrella federal».

Allí estaba la célebre bestia: una especie de mochuelo diminuto, de pico

breve y encorvado. Se miraron fijamente, lo mismo que si fuesen á

entablar un combate. Los ojos redondos del animal, unos ojos de oro con

una cuenta negra en el centro, contemplaron al hombre ferozmente. Luego

parpadearon, como vencidos por la mirada humana.

Jaramillo no quiso perder tiempo. Con una contorsión de muñeca arrancó

el candado de la jaula. Luego avanzó la diestra audazmente, y á pesar de

su deseo de mantenerse silencioso, lanzó un rugido.

--¡Ah, pájaro del diablo!...

Tenía un dedo atravesado de parte á parte. No era un picotazo; era una

puñalada. Un berbiquí ardiente acababa de perforarle la carne y el

hueso.

Sobreponiéndose al dolor, cerró la mano ensangrentada para aprisionar á

su enemigo. Deseaba ahogarlo y al mismo tiempo no quería oprimirle de

una manera mortal, pues la pluma del caburé sólo conserva sus milagrosas

cualidades cuando ha sido arrancada estando la bestia viva.

Con la otra mano libre le despojó de las plumas de atrás, y el animal

lanzó un alarido al mismo tiempo que repetía su picotazo.

El grito espeluznante fué seguido de un profundo silencio. Los animales

del patio callaron medrosos, ocultándose en lo más profundo de sus

viviendas. Pareció que se inmovilizaba la vida en todo el barrio.

A impulsos del dolor, el mestizo había arrojado al caburé contra el

suelo de la jaula, huyendo luego hacia la calle. El pájaro, viendo la

jaula abierta, saltó fuera de ella como si pretendiese perseguir á su

enemigo; pero después torció de rumbo, subiéndose al alero del tejado

para desaparecer finalmente.

Jaramillo descorrió el cerrojo de la cancela, saliendo á la calle. Allí

le esperaba su fiel Morales. No llevaba espada--esta expedición era de

las de arma corta--; pero tenía la mano puesta por debajo del poncho en

el puño de una faca, por lo que pudiera ocurrir.

--¿Qué es eso, hermano?--preguntó al ver la diestra ensangrentada de su

compañero--. ¿Quién te ha herido?

El otro levantó los hombros con indiferencia, limitándose á mostrarle

tres plumas pequeñas que llevaba entre los dedos.

Desde aquella tarde cambió radicalmente la vida de los dos. Jaramillo

tuvo que ir en busca de un curandero amigo de su padre. Su dedo herido

se había puesto negro, y era preciso cortarlo para que la podredumbre

venenosa no le llegase al corazón. El mago indígena afiló en una piedra

el mismo cuchillo de que se servía para rascarle el barro á su caballejo

y para partir el pan. La amputación fué dolorosa; pero á Jaramillo le

bastaba mirar la bolsita que llevaba pendiente sobre el pecho, con las

plumas del caburé dentro, para recobrar su valor. Bien podía sufrirse un

poco á cambio de tan poderoso talismán. Morales estaba triste y hablaba

con timidez, como el que desea hacer una petición y no se atreve,

midiendo su importancia. Al fin se decidió.

--Hermano, ¿si me dieses una de las plumas?... Piensa que siempre nos lo

hemos partido todo, como si fuésemos de la misma madre. Tú tienes tres

plumas; ¿qué te cuesta regalarme una? Serás igualmente poderoso con dos.

Basta una sola para que nadie pueda herirte.

Pero aunque Jaramillo no había frecuentado la escuela, sabía que tres

son más que dos, y estaba seguro de que, conservando las tres plumas, su

poder resultaría más grande. Además, no podía admitir que Morales, luego

de conservar sus dedos completos, quisiera igualarse con él. Le gustaba

tenerlo bajo el imperio de su superioridad.

Y efectivamente, Morales empezó á sentirse esclavo. Su amigo era ahora

otro hombre. Le hacía ejecutar su propio trabajo mientras él descansaba;

le exigía su dinero; hasta le quitó una paraguaya de tez blanca y andar

arrogante que al principio se había mostrado prendada de él.

«Debo matarlo--empezó á pensar--. Ya no podemos vivir juntos.»

Pero tuvo que repeler inmediatamente este mal pensamiento. Era imposible

matar á Jaramillo mientras guardase su talismán, la bolsita con plumas

de caburé, que le hacía invulnerable.

Y el déspota, animado por la resignación fatalista de Morales, extremó

sus audacias. Un día lo abofeteó porque no le obedecía con rapidez, y al

salir indemne de este atrevimiento, repitió á todas horas sus

atropellos.

«¿A qué no se atreverá, llevando en el pecho lo que lleva?», se decía

Morales con envidia.

Ni los hombres ni las fieras podían inspirar miedo á Jaramillo. En una

taberna del campo se batió con cinco paraguayos de los más bravos,

resultando ileso y vencedor. Nadaba en el río todos los días, á pesar de

que ninguno de los que trabajaban en el hierbal osaba hacerlo, por miedo

al «Tatita», ó sea al «Abuelo» en la lengua del país.

Este «Abuelo» era un «yacaré», un caimán famoso por su tamaño desde el

lugar donde se forma el río de la Plata hasta lo más alto del Paraná.

Los viejos del país, que saben adivinar la edad de los caimanes, le

atribuían unos cuatrocientos años. Tal vez había visto de pequeño cómo

los primeros españoles remontaron el río en sus naves de velas cuadradas

con leones y castillos pintados.

--Allá está «el Tatita»--decían los del hierbal.

Y señalaban una especie de tronco rugoso y verde que descansaba en el

barro de una isleta cercana, lo mismo que un árbol muerto traído por la

corriente.

Como desde la última revolución paraguaya eran abundantes los mausers en

los ranchos, empezaba un tiroteo contra la bestia centenaria. Algunos

tiradores le marcaban el lomo á balazos. Tarea inútil: los proyectiles

levantaban esquirlas de su coraza, pero el enorme lagarto apenas se

movía, como si todos estos balazos fuesen para él leves cosquilleos. Si

los cazadores se aproximaban, finalmente, en una barca, se dejaba ir

perezosamente al fondo del río, levantando una corona de espumas

amarillentas.

Morales había nadado de pequeño entre los yacarés, sin gran emoción.

Pero eran caimanes tan inexpertos y tiernos como él. Los temibles son

los viejos, á los que llaman «cebados» por haber comido carne de hombre.

Así que la prueban una vez, quedan aficionados á ella para siempre, ¡y

este «Abuelo» llevaba pasadas por su estómago tantas generaciones

humanas!...

Siempre que Jaramillo se lanzaba a nadar, Morales, por un recuerdo de

su antigua amistad, le hacía la misma recomendación:

--¡Cuidado con «el Tatita»!

El otro se alejaba, braceando alegremente, hacia el centro del río, en

busca de las aguas profundas. ¡El cuidado que podía inspirarle un yacaré

más viejo que las Américas!...

Un domingo, cuando Morales, sentado en la orilla, terminaba de fumar un

cigarro paraguayo, que hacía caer por las comisuras de sus labios dos

chorros de zumo negro, Jaramillo se echó al río. Morales, por estar en

alto, pudo ver algo obscuro y enorme que se deslizaba entre dos aguas

con la velocidad de un torpedo, viniendo en ángulo recto al encuentro

del nadador.

--«El Tatita»--se dijo--. Sólo puede ser él.

Su camarada agitó los brazos desesperadamente, lanzó un alarido, y á

continuación desapareció, como si tirase de él una fuerza irresistible.

Más que el hecho en sí, aturdió y desconcertó á Morales la posibilidad

de que pudiese ocurrir. Todas las creencias de su vida temblaron,

próximas á derrumbarse. Era para perder la fe.

--No, no es posible; Jaramillo tiene un talismán; Jaramillo no puede

morir....

Instintivamente fué hacia el lugar donde el nadador había dejado sus

ropas. Una sonrisa de certidumbre, de confianza recobrada, dilató su

rostro.

--¡Bien decía yo!...

Sobre las ropas estaba la bolsita, el irresistible _payé_. El muerto se

había despojado de él antes de echarse al río, tal vez por distracción,

tal vez por algún otro motivo desconocido de Morales.

Éste pensó que existe una Providencia, como aseguran los padres

misioneros. Luego se imaginó que tal vez aquel yacaré tan viejo como el

río era alguna divinidad misteriosa que se encargaba de vengar á los

humildes.

Y sin vacilación se colgó del cuello la bolsita, con el mismo aire de un

soberano que se ciñese la corona del mundo.

El préstamo de la difunta · 第 20 / 50 题