LAS PLUMAS DEL CABURÉ

I

Morales iba á seguir disparando su mauser, pero Jaramillo, que estaba,

como él, con una rodilla en tierra y la cara apoyada en la culata del

fusil, le dijo á gritos, para dominar con su voz el estruendo de las

descargas:

--Es inútil que tires; no lo matarás. Ese hombre tiene un _payé_ de gran

poder.

Habían desembarcado, cerca de media noche, en el muelle de la ciudad.

Dos vaporcitos los habían transbordado de la otra orilla del río Paraná.

Eran poco más de cien hombres, reclatados en el Paraguay ó en la

gobernación del Chaco, casi todos ellos hijos del Estado de Corrientes,

que andaban errantes, fuera de su país, por aventuras políticas ó de

amor. Mezclados con estos rebeldes autóctonos iban unos cuantos hombres

de acción, amadores del peligro por el peligro, que se trasladaban de

una á otra de las provincias excéntricas de la Argentina, allí donde era

posible que surgiesen revoluciones.

Confiando en la audacia inverosímil que representaba este golpe de mano,

en la sorpresa que iban á sufrir los adversarios, avanzaron por las

calles como por un terreno conocido, dirigiéndose al cuartel de la

policía. Los vecinos que tomaban el fresco ante sus casas saltaban de

las sillas y desaparecían, adivinando lo que significaba este rápido

avance de hombres armados.

Cuando los invasores llegaron frente al cuartel, vieron cómo se cerraban

sus puertas y cómo salían de sus ventanas los primeros fogonazos. ¡Golpe

errado! Pero nadie pensó en huir. Porque la sorpresa fracasase, no iban

á privarse del gusto de seguir cambiando tiros con los aborrecidos

contrarios.

--¡Viva el doctor Sepúlveda! ¡Abajo el gobierno usurpador!

Y repartidos en grupos ocuparon todas las bocacalles que daban á la

plaza, disparando contra el cuartel.

Un hombre gordo y obscuro de color, oficial de la policía, se mostraba

en una de las ventanas con una tranquilidad asombrosa. Extendiendo un

brazo, disparaba su revólver contra los rebeldes:

--¡Canallas! ¡Hijos de...tal! ¡Perros!

Luego, sacando otro brazo, disparaba el segundo revólver, se metía

adentro para cargar sus armas y volvía á aparecer.

La mayor parte de los asaltantes parecieron olvidar el motivo político

que los había traído hasta allí. Ya no pensaban en el «gobierno

usurpador» ni en asaltar el cuartel. Toda su atención la concentraron en

aquel hombre que seguía insultándoles sin tomar precauciones. Llovían

las balas en torno de su persona, pero ni una sola lograba tocarle.

--No gastes tus cartuchos, hermano--continuó Jaramillo, con una

expresión fatalista--. Ese hombre posee un talismán, un _payé_ que le

hace invulnerable como el diablo.... ¿Quién sabe si lleva en el pecho

alguna pluma de caburé?

Morales cesó de disparar. Tenía una ciega confianza en la sabiduría de

su compañero. Además, conocía desde su niñez el poder de una pluma de

caburé.

--¡Viva el partido blanco! ¡Abajo Sepúlveda! ¡Mueran los colorados!

Era el refuerzo enemigo que llegaba. Sonaron nuevos tiros en el fondo de

las calles. Pasada la primera sorpresa, acudían las otras fuerzas del

gobierno en socorro del cuartel.

--Esto se acabó. Hay que retirarse--dijo Jaramillo.

Los dos camaradas corrieron hacia el muelle, doblando el cuerpo para

hacerse más pequeños ante las balas con que los perseguía el enemigo.

Otros siguieron defendiéndose rudamente á sus espaldas.

Llegaron al puerto á tiempo para ver cómo uno de los vaporcitos huía río

arriba, perdiéndose en la noche, y cómo el otro empezaba á apartarse del

muelle de madera. Esto no extrañó á Jaramillo.

--¡Qué puede esperarse de extranjeros, de _gringos_ que carecen de

fervor político y no son del partido!...

Es natural, tratándose de dos capitanes genoveses.

Pero él y Morales, con su agilidad de hijos de la selva, saltaron en el

vacío negro, cayendo precisamente sobre el borde de la cubierta

fugitiva. Unos milímetros menos, y se perdían en el agua lóbrega poblada

de caimanes.... ¡Que Dios protegiese á los valientes que se quedaban en

tierra!

Cuando las luces del puerto empezaron á borrarse en la obscuridad,

Jaramillo, considerándose seguro, empezó á formular sus protestas.

--¿A quién se le ocurre hacer revoluciones á media noche?... Es la peor

de las horas, cuando todo el mundo vive y está despierto. Eso podrá ser

en los países donde hace frío y la gente se acuesta temprano, ¿pero

aquí?... Aquí, la hora mejor para la revolución es la una de la tarde.

Todos los oyentes aprobaron con gestos silenciosos. Desembarcando á la

hora de la siesta, habrían entrado por las calles sin que nadie los

viese, lo mismo que á través de una ciudad muerta; habrían sorprendido

el cuartel, matando á la guardia, que seguramente estaría tendida á la

sombra y roncando.

--Es una locura--continuó Jaramillo--intentar ataques de noche en un

país como el nuestro. No hay mas que acordarse de lo que pasa en la

selva.

Como todos eran hijos de la selva, persistieron en sus muestras de

aprobación. Durante las horas de sol y de calor era cuando la selva

dormía, sin un estremecimiento, sin un latido, con una calma de tumba.

Luego, al morir la tarde, despertaba la vida; los insectos empezaban á

zumbar, los pájaros sacudían sus alas, los cuadrúpedos estiraban sus

patas, y en la sombra todos se agitaban para ofender ó para defenderse,

para devorar ó ser devorados. La vida renacía con el fresco de la noche,

reanudando sus aventuras y sus tragedias.

Morales admiró una vez más la sabiduría de su amigo. Era hijo de un

brujo y había heredado muchos de los secretos paternales.

A veces, esta vida nocturna de la selva se paralizaba con una larga

pausa de angustioso silencio.

Era porque rondaba cerca el jaguar, el tigre americano, de piel pintada

á redondeles, al que los indios guaraníes, en su lenguaje, apodan «el

Señor».

Otras veces, el silencio tenía un motivo más claro y determinado. Un

grito estridente rasgaba la lobreguez, un alarido feroz, que hacía

estremecer á los que lo escuchaban. Este grito inmenso salía de la

garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de

mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que

vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban á temblar

cuando oían este alarido.

Morales no había logrado ver nunca al pájaro diminuto, soberano de la

selva, pero lo conocía de fama desde su niñez.

Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor

templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma

abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre á la cabeza del

adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No había

cráneo que pudiera resistir á sus perseverantes picotazos, iguales á

golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán, blindado de

planchas duras como un navío de guerra.

Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé.

El préstamo de la difunta · 第 19 / 50 题