Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que
fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han
adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que
se mueven como autómatas y á los que hay que arrear á golpes; mujeres
que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas,
altas y huesudas, que callan con trágico silencio, é inclinándose sobre
los muertos les toman el fusil y la cartuchera.
La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo
de las ruinas. De las profundidades lóbregas contestan otros fulgores
mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles
insectos de la noche.
Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es
el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austríacos,
búlgaros, turcos?... ¡Son tantos contra ellos!
--Debíamos retroceder--continúa el servio--, abandonando lo que nos
estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.
Los largos cordones de mujeres, niños y viejos se habían sumido ya en la
noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en
la aldea los hombres útiles, que hacían fuego al amparo de los
escombros. Una parte de ellos emprendió á su vez la retirada. De pronto,
el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo.
--¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?...
En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de
cincuenta cuerpos humanos sumidos en doloroso sopor ó revolviéndose
entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que hablan logrado
arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche, que restañaban la
sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las
salpicaduras del combate.
El capitán entró en este refugio, que olía á carne descompuesta, sangre
seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los
que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único
farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor,
como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.
Al oír que iban á quedar abandonados á la clemencia del enemigo, todos
intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron á
caer.
Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, llegó hasta el
capitán y los soldados que le seguían....
--¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!
Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su
suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar
á merced del búlgaro ó el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos
completaron lo que las bocas no se atrevían á proferir. Ser servio
equivale á una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban
próximos á morir temblaban ante la idea de perder su libertad.
La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.
--¡Hermano!... ¡hermano!...
El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba el
mirarles.
--¿Lo queréis?--preguntó varias veces.
Todos movieron la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso este
abandono, no debía alejarse la retaguardia dejando á sus espaldas un
servio con vida.
¿No hubiera suplicado el capitán lo mismo al verse en idéntica
situación?...
La retirada, con sus dificultades de aprovisionamiento, hacía escasear
las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.
El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el
trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada,
ruidosa: cuchilladas á ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre.
Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su
categoría, que representaba un honor, y admirados de su hábil prontitud.
--¡A mí, hermano!... ¡A mi!
Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el
cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.
--_¡Tac!... ¡tac!..._--marcaba el capitán, evocando ante mi esta escena
de horror.
Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las
sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. Él había
intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le
llenaban de lágrimas.... Pero este desfallecimiento sólo servía para
herir torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor.
¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... _¡Tac!... ¡tac!..._
--¡Hermano, á mi!... ¡A mí!
Se disputaban el sitio, como si temieran la llegada del enemigo antes de
que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido
instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el
cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible á la picadura
mortal. «¡Hermano, á mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban
sobre los otros cuerpos, que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.
* * * * *
El _bar_ empieza á despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con
galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de
arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos, entre
risas de alegría infantil.
El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el
gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará, nunca, sigue
golpeando maquinalmente la mesa.... _¡Tac!... ¡tac!..._