III

Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que

fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han

adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que

se mueven como autómatas y á los que hay que arrear á golpes; mujeres

que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas,

altas y huesudas, que callan con trágico silencio, é inclinándose sobre

los muertos les toman el fusil y la cartuchera.

La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo

de las ruinas. De las profundidades lóbregas contestan otros fulgores

mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles

insectos de la noche.

Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es

el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austríacos,

búlgaros, turcos?... ¡Son tantos contra ellos!

--Debíamos retroceder--continúa el servio--, abandonando lo que nos

estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.

Los largos cordones de mujeres, niños y viejos se habían sumido ya en la

noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en

la aldea los hombres útiles, que hacían fuego al amparo de los

escombros. Una parte de ellos emprendió á su vez la retirada. De pronto,

el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo.

--¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?...

En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de

cincuenta cuerpos humanos sumidos en doloroso sopor ó revolviéndose

entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que hablan logrado

arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche, que restañaban la

sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las

salpicaduras del combate.

El capitán entró en este refugio, que olía á carne descompuesta, sangre

seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los

que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único

farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor,

como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.

Al oír que iban á quedar abandonados á la clemencia del enemigo, todos

intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron á

caer.

Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, llegó hasta el

capitán y los soldados que le seguían....

--¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!

Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su

suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar

á merced del búlgaro ó el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos

completaron lo que las bocas no se atrevían á proferir. Ser servio

equivale á una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban

próximos á morir temblaban ante la idea de perder su libertad.

La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.

--¡Hermano!... ¡hermano!...

El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba el

mirarles.

--¿Lo queréis?--preguntó varias veces.

Todos movieron la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso este

abandono, no debía alejarse la retaguardia dejando á sus espaldas un

servio con vida.

¿No hubiera suplicado el capitán lo mismo al verse en idéntica

situación?...

La retirada, con sus dificultades de aprovisionamiento, hacía escasear

las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.

El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el

trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada,

ruidosa: cuchilladas á ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre.

Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su

categoría, que representaba un honor, y admirados de su hábil prontitud.

--¡A mí, hermano!... ¡A mi!

Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el

cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.

--_¡Tac!... ¡tac!..._--marcaba el capitán, evocando ante mi esta escena

de horror.

Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las

sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. Él había

intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le

llenaban de lágrimas.... Pero este desfallecimiento sólo servía para

herir torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor.

¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... _¡Tac!... ¡tac!..._

--¡Hermano, á mi!... ¡A mí!

Se disputaban el sitio, como si temieran la llegada del enemigo antes de

que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido

instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el

cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible á la picadura

mortal. «¡Hermano, á mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban

sobre los otros cuerpos, que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.

* * * * *

El _bar_ empieza á despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con

galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de

arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos, entre

risas de alegría infantil.

El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el

gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará, nunca, sigue

golpeando maquinalmente la mesa.... _¡Tac!... ¡tac!..._

El préstamo de la difunta · 第 18 / 50 题