tuvieses mejores pensamientos, porque es grande tu hermosura y la de tu
hermana Helena!; pero sois dos hermanas igualmente frívolas e indignas
de Cástor. La una consintió en su rapto y tú perdiste al más ilustre de
los griegos, pretextando que le dabas muerte por haber degollado a tu
hija, pues no todos saben como yo la verdad del caso, y que tú, antes
de cerciorarte de ello y a poco de separarte de tu esposo, peinabas al
espejo los rubios rizos de tu cabellera. Pero la mujer que, ausente de
su esposo, se adorna para agradar, merece vituperio; nunca sale de su
casa sino en demanda de traiciones. Tú fuiste la única griega que se
alegraba de los triunfos de los troyanos, nublándose tus ojos cuando
sucumbían, y deseando que Agamenón no volviese de Troya. Y justo motivo
tenías para ser casta, pues en nada le aventaja Egisto, y los griegos
le eligieron general; y por lo mismo que tu hermana Helena había
cometido tales maldades más gloria reportarías, porque los delitos
ajenos ofrecen a los justos útil enseñanza. Pero aun suponiendo, como
dices, que mi padre matase a tu hija, yo y mi hermano, ¿qué daño te
hemos hecho? ¿Por qué, después de muerto tu esposo, no nos llevaste al
palacio paterno en vez de traer a él otro lecho, y das una corona en
precio de su crimen, ni destierras a tu esposo en vez de a tu hijo, ni
por vengarme lo asesinas, cuando él en vida me ha hecho perecer, no
una, como mi padre a mi hermana, sino dos veces? No hay duda que si un
asesinato se venga con otro, yo y tu hijo Orestes vengaremos en ti el
de nuestro padre. Si su muerte fue justa, lo será también la tuya. Todo
el que se casa con una mujer malvada solo por sus riquezas o ilustre
linaje, es un necio; que un himeneo modesto y casto es la bendición de
una familia.[218]
EL CORO
La fortuna juega un gran papel en los casamientos de las mujeres, y
hace la felicidad o la desdicha de los mortales.
CLITEMNESTRA
Obedeces, ¡oh hija!, a la ley natural amando al que te engendró.
También sucede que unos hijos quieren solo a sus padres, y otros
prefieren a la madre. Te perdono, porque no siempre, ¡oh hija!, me
alegran mis recuerdos. ¿Pero así estás sin purificarte, y mal abrigada,
y recién parida, sin embargo? ¡Oh, cuán desgraciada soy, solo por mi
causa, excitando las iras de mi esposo más de lo justo!
ELECTRA
Tarde gimes, cuando no puedes remediarlo. Mi padre ha muerto; ¿cómo no
llamas a tu hijo, que anda errante lejos de su patria?
CLITEMNESTRA
Tengo miedo; así me lo aconseja mi interés, no el suyo, porque, según
dicen, se enfurece al recordar el asesinato de Agamenón.
ELECTRA
¿Y por qué nos trata tu esposo con tanto rigor?
CLITEMNESTRA
Tal es su carácter, pero no mejor el tuyo.
ELECTRA
Lo siento, aunque no me indigno.
CLITEMNESTRA
Ya no te hará ningún daño.
ELECTRA
Se llena de orgullo porque habita en mi palacio.
CLITEMNESTRA
¿Lo ves? ¿Promueves nuevas disputas?
ELECTRA
Me callo: le temo, y yo me entiendo.[219]
CLITEMNESTRA
No hables más de esto. ¿Para qué me llamabas, hija?
ELECTRA
Según creo, tienes ya noticia de mi parto; sacrifica en mi nombre,
porque yo ignoro la costumbre observada cuando tiene el niño diez días,
y no es extraño, por ser el primero.
CLITEMNESTRA
Eso corresponde a la que te asistió en el parto.
ELECTRA
Nadie me ayudó, y sola di a luz un hijo.
CLITEMNESTRA
¿No tenéis ningún amigo?
ELECTRA
Nadie codicia pobres amistades.
CLITEMNESTRA
Iré, pues, para sacrificar a los dioses, ya que el niño tiene el tiempo
debido;[220] pero así que recibas esta gracia volveré al campo, en
donde mi esposo sacrifica a las ninfas. Vosotros, servidores, llevad
a los pesebres los caballos uncidos a la lanza, y regresad cuando
calculéis que he concluido el sacrificio, pues también debo complacer a
mi esposo. (_Entra en la casa_).
ELECTRA
Entra en mi pobre casa; cuida de que su ennegrecido techo no deslustre
tu peplo; sacrificarás como conviene a los dioses. Pronto está el cesto
para los sagrados auspicios, y aguzado el cuchillo que dio muerte al
toro, junto al cual caerás tú misma herida; en el palacio de Hades te
casarás también con quien dormías en el imperio del Sol: tan grande
será la gracia que te dispense en pago de la pena que debes a mi padre.
(_Entra tras ella_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Una cadena terrible forman los males, y vientos varios
agitan a las familias. Mi príncipe, sí, mi príncipe sucumbió en otro
tiempo en el baño, y resonó el pavimento, y resonaron las almenas
de piedra del palacio mientras él exclamaba: «¡Oh mujer criminal!,
¿por qué me matas cuando vuelvo a mi patria amada después de diez
sementeras?».
_Antístrofa 1.ª_ — Pero sonó la hora de la venganza para esta
infame, que profanó el lecho nupcial y mató con sus propias manos a
su esposo desdichado, que regresaba tarde a su patria, a los muros de
los cíclopes, que se elevan en los aires, blandiendo ella misma el
puñal afilado. ¡Oh mísero esposo, qué ofensa tan grande te hizo esta
furia ensañándose criminal en ti, como salvaje leona que mora en las
espesuras de los montes!
CLITEMNESTRA (_dentro_).
¡Por los dioses, hijos, no matéis a vuestra madre!
EL CORO
¿Oyes una voz bajo el techo?
CLITEMNESTRA
¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
EL CORO
Deploro que sucumba a manos de sus hijos. La justicia divina ejerce su
ministerio cuando la ocasión se presenta. Adversa es tu suerte, ¡oh
desgraciada!, pero impíos fueron también tus hechos.
Vedlos, vedlos aquí manchados con la sangre de su madre, que salen de
la casa, señal manifiesta de la victoria, como los lamentos que oímos
antes. Nunca hubo palacio más funesto que el habitado por los hijos de
Tántalo. (_Al salir Electra y Orestes ábrense las puertas, y se ven los
dos cadáveres de Clitemnestra y Egisto_).
ORESTES[221]
_Estrofa 2.ª_ — Ensalcemos a la Tierra y a Zeus, que ve cuanto hacen
los mortales; contemplad, ¡oh dioses!, estos crímenes sangrientos y
nefandos; dos cuerpos tendidos en tierra al golpe de mi mano, único
remedio a mis desdichas.
ELECTRA
Lamentables son en verdad, ¡oh hermano!; autora soy también de ellos.
Con furor me he ensañado en esta madre que me dio a luz.
ORESTES
¡Oh madre infortunada y criminal que me diste la vida! ¡Oh calamidad,
oh calamidad, obra voluntaria de tus propios hijos! Sin embargo, has
expiado el asesinato de mi padre.
_Antístrofa 2.ª_ — Me instigaste, ¡oh Febo!, a cumplir esta venganza,
y cometiste horrible y manifiesto delito, y desataste funesto himeneo
en la tierra helénica. ¿A qué ciudad iré? ¿Qué hombre piadoso me dará
hospitalidad y mirará tranquilo el rostro del matador de su madre?
ELECTRA
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Y yo, ¿adónde iré? ¿Qué coro podré formar? ¿Quién
me querrá por esposa? ¿Qué hombre querrá recibirme en su lecho conyugal?
ORESTES
Como el viento, sí, como el viento has cambiado; ahora piensas
piadosamente, antes no, y excitaste a tu hermano, ¡oh hermana amada!,
a cometer terribles atentados que no aprobaba. ¿No viste cómo la
desdichada se despojó de su manto, me presentó su pecho para que lo
hiriera, ¡ay de mí, ay de mí!, y, enterneciéndome, arrastró por tierra
el cuerpo que me engendrara?
ELECTRA
Sé que vacilaste al oír el flébil clamor de la madre que te dio a luz.
ORESTES
Así habló, tocando mi barba: «¡Oh hijo mío, por los dioses te lo
pido!». ¡Y besaba mis mejillas, y se me cayó el arma de las manos!
EL CORO
¿Cómo te has atrevido, ¡oh desgraciada!, a presenciar el asesinato de
tu madre?
ORESTES
Yo la maté ocultando mi rostro con el palio y atravesando su cuello con
mi espada.
ELECTRA
Pero yo te animé y esgrimí también el acero.[222]
ORESTES
Envuelve en el manto a tu madre, quítala de nuestra vista, lava sus
heridas. (_Dirigiéndose al cadáver de Clitemnestra_). ¡Oh madre de tus
asesinos!
ELECTRA (_mientras cubre el cadáver_).
He aquí cómo amigas y enemigas te ocultamos bajo nuestros vestidos,
última víctima de nuestra familia.
EL CORO
Mirad cómo aparecen ciertos seres sobrenaturales sobre lo alto de la
casa; quizá sean algunos dioses, porque así no vienen los mortales.
¿Por qué se presentan de este modo a los hombres?
LOS DIOSCUROS (_habla Cástor_).
Oye, hijo de Agamenón, que te hablan los gemelos hijos de Zeus,
hermanos de tu madre, Cástor y mi hermano Pólux. Después que aplacamos
en la mar una borrasca fatal a las naves, vinimos a Argos, en donde
presenciamos el asesinato de nuestra hermana, madre tuya. La justicia
se ha cumplido, pero tú no has sido su ministro, que Apolo, Apolo...
Pero es mi rey y callo, pues aunque sabio, no pudo inspirarte
sabiduría. Mas después de todo, es menester resignarse, porque se
han de obedecer los decretos del destino y de Zeus: que Electra sea
esposa de Pílades y la lleve consigo; abandona tú a Argos, pues
habiendo asesinado a tu madre, no debes entrar en ella. Las terribles
Furias, diosas de feroces miradas, te perseguirán errante, víctima del
delirio; pero encamínate a Atenas y abraza la sagrada imagen de Palas,
que ahuyentará a tus perseguidoras, azotándolas también con crueles
dragones, y no osarán acercarse a ti, y te protegerá con la terrible
égida y la cabeza gorgónica. Hay allí cierta colina de Ares, en donde
los dioses se juntaron primero para dar sus votos y fallaron sobre el
homicidio de Halirrotio,[223] hijo del rey del mar, que pereció a
manos del dios cruel de la guerra, enfurecido a causa de las impías
nupcias que celebró con su hija, desde cuyo suceso es para los dioses
santísima o irrevocable la sentencia que allí se pronuncia.[224] En
este mismo lugar te sujetarás al fallo que recaiga en tu causa. Votos
iguales salvarán tu vida y no morirás por tu crimen, pues Febo será
responsable de haberte aconsejado el parricidio. Y las crueles diosas,
presas de profundo dolor, se precipitarán en una sima cerca de esa
eminencia, oráculo sagrado desde entonces y temido de los hombres. Ley
será en adelante para la posteridad que el reo se salve siempre que el
mismo número de votos lo condene y lo absuelva. Conviene que después
habites a las orillas del Alfeo, en la Arcadia, cerca del templo
Liceo,[225] y se fundará además una ciudad que lleve tu nombre.[226]
Esto es lo que te digo. El cadáver de Egisto será enterrado por los
argivos. Menelao, dueño ya de los campos troyanos, y su esposa Helena,
llevarán a tu madre a Nauplia, en donde le darán sepultura. Helena
viene ahora del palacio de Proteo,[227] dejando a Egipto; no ha estado
en Troya, pues Zeus, para suscitar guerras y muertes de hombres, envió
a Ilión una falsa imagen suya.[228] Pílades llevará a su virgen esposa
a la tierra aquea,[229] y al país de los focidios[230] al esposo de tu
hermana,[231] tu pariente solo en el nombre, dándole una libra de oro.
Tú irás por el Istmo a la afortunada roca de Cécrope,[232] y cuando
cumplieres tu fatal destino y expiares tu parricidio, serás feliz,
libre de estos males.
EL CORO
¡Oh hijos de Zeus!, ¿nos dais licencia de hablaros?
LOS DIOSCUROS
Podéis hacerlo, si no os habéis contaminado.
ORESTES
Y yo, ¿puedo hablar con vosotros, ¡oh hijos de Tindáreo!?
LOS DIOSCUROS
También tú, porque a Febo imputo este crimen sangriento.
EL CORO
¿Cómo siendo dioses y hermanos de esta, ahora cadáver, no habéis
alejado de aquí a las Furias?
LOS DIOSCUROS
El destino lo ordenaba y la voz imprudente de Febo.
ELECTRA
¿Y qué me mandó Febo? ¿Qué oráculos me prescribieron dar muerte a mi
madre?
LOS DIOSCUROS
Crimen común y común destino, y el delito de vuestro padre os perdió a
ambos.
ORESTES
¡Oh hermana mía! Hoy que te veo después de tanto tiempo, me alejan al
punto de tu presencia, y te abandono, y tú a mí.
LOS DIOSCUROS
Ya tiene hogar y esposo; solo en dejar la ciudad de los argivos
participa de tus males.
ORESTES
¿Y qué cosa hay más deplorable que ser desterrado de su patria? Pero
yo, reo de la muerte de mi madre,[233] abandonaré los lugares en que
vivió mi padre para sujetarme al fallo de un tribunal extranjero.
LOS DIOSCUROS
No desmayes; resígnate, que vas a la santa ciudad de Atenea.
ELECTRA
Abrázame, ¡oh hermano muy amado!; las horribles imprecaciones de una
madre nos alejan del hogar paterno.
ORESTES
Anda, pues, abrázame tú, y llora como si lo hicieses ante mi sepulcro.
LOS DIOSCUROS
¡Ay, ay! Tristes hasta para los dioses son tus lamentos. Nosotros y los
demás habitantes del cielo nos compadecemos de las desdichas humanas.
ORESTES
¡No te veré ya más!
ELECTRA
¡Ni yo a ti tampoco!
ORESTES
Esta es la última vez que me hablas.
ELECTRA
Adiós, ¡oh ciudad!; adiós por largo tiempo vosotras, mujeres que la
habitáis.
ORESTES
¡Oh hermana fidelísima!, ¿ya te vas?
ELECTRA
Me voy derramando tiernas lágrimas.
ORESTES
Alégrate tú, Pílades, que Electra será tu esposa.
LOS DIOSCUROS
Celebrar su himeneo será, en efecto, su primer cuidado; pero tú, si
has de huir de estas Furias, encamínate a Tebas. Con sus manos armadas
de dragones y su negro cuerpo te acometerán con terrible ímpetu, y te
causarán atroces dolores. Nosotros vamos ahora volando al mar Sículo a
proteger en sus aguas las proas de los bajeles. Cuando atravesamos el
éter no socorremos a los impíos, salvando tan solo de graves trabajos
a los que rinden culto a la Piedad y a la Justicia. Que nadie, pues,
navegue que sea injusto ni perjuro. Yo, dios, lo anuncio a los hombres.
EL CORO
Y yo me despido de vosotros. Entre los mortales es solo feliz el que no
sufre infortunios y está contento con su suerte.
IFIGENIA EN ÁULIDE
ARGUMENTO
Detenida en Áulide[234] la armada griega por vientos contrarios en
su navegación a Troya, declara el adivino Calcas que no soplarán los
favorables hasta que Ifigenia, hija de Agamenón y de Clitemnestra, sea
sacrificada en el ara de Artemisa. Su padre, generalísimo del ejército,
que está descontento e impaciente, instado por su hermano Menelao y
por su propia ambición, accede a tan inhumana exigencia y escribe a su
esposa mandándole que le envíe a Ifigenia para casarla con Aquiles.
Pero se arrepiente después de su resolución, y le escribe otra carta
diciéndole lo contrario. Carece de prólogo, y la acción comienza cuando
el mensajero que ha de llevar la última carta se dispone a cumplir las
órdenes novísimas de su señor. Pero esta última carta es interceptada
por Menelao, y Clitemnestra e Ifigenia sobrevienen, deseosas de
celebrar las bodas anunciadas. La mentira de Agamenón se descubre al
fin; Ifigenia se conforma con su propio sacrificio, y al consumarse
este, desaparece la víctima destinada a sufrirlo, siendo sustituida
milagrosamente por una cierva.
No crea el lector, sin embargo, que el desarrollo y exposición
detallada de esta tragedia nos afecte desagradablemente, como podrá
pensarlo cualquiera si tiene solo en cuenta el argumento de ella,
trazado en las líneas anteriores con la concisión que nos impone la
naturaleza y objeto primordial de nuestra versión. Se desenvuelve
con arte y maestría sin apelar a recursos dramáticos violentos ni
inesperados más o menos verosímiles, y motivados en general los unos en
absoluto, y desapercibidos los otros por el interés de la curiosidad y
por las pasiones que nos mueven al leerla, y que debió ser mucho más
poderoso para los espectadores que asistieron a su representación. A
pesar de la extensión y de los defectos del primer coro, indicados en
las notas; prescindiendo de los largos parlamentos de Agamenón y de
Menelao, y aun haciendo el traductor caso omiso de las interpolaciones
de este drama, que saltan a la vista, de la inexperiencia poética
y escénica que se revelan en su autor o en sus autores, de sus
innovaciones y faltas en la versificación, en los metros usados y
hasta en la cantidad de las sílabas, y del escaso e imperfecto partido
que saca, al parecer, el poeta de algunas partes de su composición; a
pesar de todo esto, que no es poco, repetimos, está tan magistralmente
trazada en su conjunto, ofrece situaciones y complicaciones de
sus personajes tan dramáticas y trágicas como la de la llegada de
Clitemnestra y de Ifigenia y su entrevista con Agamenón, de mérito
extraordinario, y resplandece tal verdad y tanta ternura y naturalidad
en su diálogo, y en las resoluciones varias y hasta contradictorias de
Agamenón, de Menelao y de la misma Ifigenia, y se presentan tan bien la
ambición característica de Aquiles, de Menelao y del mismo Agamenón, la
nobleza, el amor filial y la resignación patriótica de Ifigenia, y un
instinto poético tan recto, un gusto tan ático y seductor y un arte tan
maravilloso e inesperado en la transición, que nos conduce sin sentirlo
de los horrores y temores que nos asaltan en la entrevista de Agamenón
con su esposa e hija, a la placidez y relativa dulzura del desenlace,
que nos llena y encanta a su conclusión, y nos obliga a proclamar no
solo que es su autor Eurípides, sino también que es esta tragedia,
entre todas las suyas que conocemos, una de las más notables.
Racine la ha imitado con la alteración importante de transformar a
Aquiles, el de _los pies ligeros_, discípulo del centauro Quirón,
educado en las selvas y alcanzando a las ciervas en su carrera, y nada
pulido, por tanto, en un galán almibarado, y a la estancia de la
armada griega en Áulide en una sesión dramática del tiempo de Luis XIV.
La lectura y examen de esta tragedia y las manchas que la afean,
juntamente con las noticias que dan acerca de ella el escoliasta de
Aristófanes, Eliano y Hesiquio, su falta de prólogo y el uso de los
anapestos en su principio, han inducido a los helenistas y eruditos a
revisarla y disecarla de tal manera, con tanta desenvoltura y exceso de
libertad y parsimonia de prudencia, que acaso si resucitara Eurípides
le costaría harto trabajo y no poco dolor reconocerla como suya. La
edición de Cambridge, una de las mejores, dice así hablando de la de
Hermann, célebre helenista:
«Posible es que esa edición de la IFIGENIA se haya escrito más
ligeramente de lo que convenía; posible es que los años de su autor
hayan trocado su perspicacia anterior en sutileza; posible que su
indiscutible superioridad en este género de literatura, y el respeto
que merecen a sus compatriotas sus juicios críticos, hayan exagerado su
confianza en sí mismo, estimulándolo a emplear su talento sin la debida
prudencia. No me atrevo a decidir acerca de las causas probables del
hecho; pero, en mi opinión, paréceme evidente que ha empeorado el texto
en vez de mejorarlo». Y no decimos más, porque basta lo citado para los
lectores y para nuestro propósito.
Se representó después de la muerte de Eurípides por el hijo del poeta,
del mismo nombre que su padre, y formaba parte de una trilogía con _Las
Bacantes_ y _Alcmeón_. Se ignora si le acompañaba o no drama satírico,
y la fecha de su representación.
PERSONAJES
AGAMENÓN, _rey de Argos y de Micenas, general de los griegos
en el sitio de Troya._
UN ANCIANO, _servidor de Agamenón._
CORO DE DONCELLAS DE CALCIS (_en la Eubea_).
MENELAO, _hermano de Agamenón y esposo de Helena._
CLITEMNESTRA, _esposa de Agamenón, hija de Tindáreo y
hermana de Helena._
IFIGENIA, _hija de Agamenón y de Clitemnestra._
AQUILES, _hijo de Peleo y de Tetis._
UN MENSAJERO.
La escena es en Áulide, junto al Euripo.[235]
Envuelta en las sombras de la noche se ve en el teatro una tienda
suntuosa próxima al campamento griego. Agamenón sale de ella con
una carta en la mano y como hablando consigo mismo, y pronuncia las
palabras que siguen:
AGAMENÓN (_dirigiéndose a la tienda_).
Hola, anciano, sal de la tienda y ven acá.
EL ANCIANO
Aquí estoy. Aunque viejo, no duermo, ni son torpes mis ojos. ¿Qué nueva
orden quieres darme, rey Agamenón?
AGAMENÓN
Ya la sabrás.
EL ANCIANO
Pronto, pues.
AGAMENÓN
¿Cuál es esa estrella que sigue su curso por el cielo?
EL ANCIANO
Sirio,[236] que guía junto a las siete Pléyades, todavía a la mitad de
su carrera.
AGAMENÓN
Aún no se oye el canto de las aves, ni la mar, y vientos silenciosos se
deslizan en el Euripo.
EL ANCIANO
Pero, ¿a qué sales de tu tienda, rey Agamenón? Todavía descansa Áulide,
y no se mueven los centinelas de las murallas. Entremos.
AGAMENÓN
Feliz eres, anciano; feliz es cualquier mortal que pasa su vida sin
fama y sin gloria, y menos felices los que disfrutan de honores.
EL ANCIANO
Y, sin embargo, son el encanto de los hombres.
AGAMENÓN
Pero ocasionados a peligros; y aun cuando agrade ser el primero, trae
también sus penalidades: ya porque descuidamos el culto de los dioses y
nos castiguen, ya porque nos atormentan los juicios humanos, varios y
descontentadizos.
EL ANCIANO
No alabo tales palabras en boca de un príncipe. Atreo, ¡oh Agamenón!,
no te engendró solo para gozar, sino para que sintieras placer y dolor,
como mortal que eres. Y aunque no quieras, quiérenlo los dioses. Tú, a
la luz de la lampara, has escrito esta carta, que todavía traes en tus
manos, y borraste otra vez sus letras, y la sellaste, y la desataste
y tiraste las tablillas por tierra, derramando abundantes lágrimas, y
poco te faltaba para perder el seso. ¿Qué te aflige? ¿Qué te aflige?
¿Qué novedad ha ocurrido? ¿Qué novedad, rey? Vamos, habla conmigo, que
soy bueno y leal, pues Tindáreo[237] me dio a tu cónyuge al casarte
como prueba de su liberalidad, y he sido su fiel compañero.
AGAMENÓN
Tres vírgenes dio a luz Leda, hija de Testio:[238] Febe, Clitemnestra,
mi esposa, y Helena, cuya mano pretendieron los mancebos más nobles
y ricos de la Grecia. Atroces amenazas profería, abundante sangre se
preparaba a derramar cualquiera de ellos que no la lograse. Tindáreo,
su padre, dudaba, pues, si la daría o no a alguno, preocupándole cuál
sería el partido más acertado. Y se le ocurrió entonces obligar a
los pretendientes, con juramento, juntando sus diestras y ofreciendo
libaciones mientras el fuego consumía a las víctimas y pronunciaban
terribles imprecaciones, a socorrer al que se casase con su hija si
alguno la robaba de su palacio, arrancándola del lecho de su dueño, y
que pelearían con él y derribarían su ciudad a mano armada, ya fuese
griega, ya bárbara. Después que así lo hicieron todos y que el astuto
viejo ejecutó su sagaz proyecto, dejó en libertad a su hija de elegir
uno de ellos, el más favorecido por Afrodita, y ella (ojalá que nunca
la tomase por esposa) prefirió a Menelao. Cuando desde la Frigia vino a
Lacedemonia este juez de diosas (según es fama entre los hombres) con
sus brillantes vestidos, lleno de oro resplandeciente y con su bárbaro
lujo, enamorado de Helena y ella de él, la llevó a los pastos de Ida,
ausente Menelao en lejanos países. Su esposo, al volver, recorrió toda
la Grecia y recordó el antiguo juramento que sus rivales prestaron a
Tindáreo, con arreglo al cual debían ayudar al ofendido. Por esta causa
resolvieron los griegos hacer la guerra; tomaron las armas, y vinieron
al estrecho de Áulide con naves y clípeos, y con muchos caballos y
carros, y me eligieron su capitán por deferencia a Menelao, mi hermano.
¡Ojalá que otro cualquiera obtuviese en mi lugar esta dignidad! Reunido
el ejército, permanecemos en Áulide sin poder navegar. El adivino
Calcas[239] contesta a nuestras preguntas y vacilaciones diciéndonos
que sacrifiquemos a Ifigenia, mi hija, para honrar a Artemisa, que
mora en este suelo, y que si así lo hacemos, seguiremos nuestro rumbo
y destruiremos a los frigios; y que si no, nada lograremos. Cuando
lo supe, ordené a Taltibio[240] que licenciase sin dilación todo el
ejército, ya que nunca conseguirá de mí que dé muerte a mi hija; pero
después mi hermano, estrechándome vivamente, me ha persuadido que
consienta en tales atrocidades. Y he escrito a mi esposa que me envíe
a Ifigenia como para casarla con Aquiles; le pondero la grandeza de
este, y le digo que no quiere navegar con los aqueos a no tener en la
Ftía esposa de nuestra sangre: he pensado convencer a Clitemnestra
pretextando el falso matrimonio de su hija; pero la verdad, entre todos
los griegos, solo la sabemos yo, Calcas, Odiseo y Menelao. Pero cuanto
prometí entonces sin razón, lo borro ahora de estas tablillas mejor
aconsejado, favorecido por las sombras de la noche; y habiéndolas
desatado y sellado de nuevo, las entregaré a un anciano fiel a mi
linaje y a mi esposa. Ahora llevarás a mi esposa la carta que me has
visto abrir y sellar varias veces, diciéndote antes su contenido.
EL ANCIANO
Dímelo, decláramelo, para que, al hablar, mi lengua lo confirme.
AGAMENÓN
Además de mi carta anterior, te remito esta, ¡oh hija de Leda!, para
que no venga tu hija al estrecho sinuoso de la Eubea, a Áulide,
abrigada de las olas. El año próximo inmediato celebraremos su himeneo.
EL ANCIANO
Pero ¿cómo Aquiles, viéndose engañado, no se encolerizará, indignándose
contra ti y contra tu esposa? Peligroso es esto. Dime lo que piensas.
AGAMENÓN
Aquiles solo es el pretexto, no la verdadera causa de su venida, y nada
sabe de tales nupcias, ni de nuestros proyectos, ni que yo haya dado
palabra de casarlo con mi hija, ni de entregársela.
EL ANCIANO
Grave es lo que meditas, rey Agamenón, pues en vez de casar a tu hija
con el hijo de la diosa, piensas sacrificarla a los griegos.
AGAMENÓN
¡Ay de mí, he perdido el juicio! ¡Ay, ay de mí, me precipito en mi
daño! Pero vete ligero y olvídate de tu edad.
EL ANCIANO
Ya corro, ¡oh rey!
AGAMENÓN
Que no te detengas en las fuentes umbrosas ni te dejes dominar por el
dulce sueño.
EL ANCIANO
Ruégote que pronuncies palabras de buen agüero.
AGAMENÓN