no se te oculte ningún carro de veloces ruedas que traiga a mi hija a
las naves de los hijos de Dánao. Y si encuentras a los que la conducen,
hazlos volver, apodérate de las riendas y llévalos a las murallas de
los cíclopes.
EL ANCIANO
Así lo haré.
AGAMENÓN
Pero anda, sal cuanto antes de esta plaza.
EL ANCIANO
Mas, dime, ¿cómo darán crédito a mis palabras tu esposa e hija?
AGAMENÓN
Guarda el sello que cubre esta carta. Vete. Ya brilla la aurora y
palidece esta luz, y asoma el fuego de la cuadriga del sol. Sírveme en
mis trabajos. Ningún mortal es dichoso hasta el fin; ninguno ha habido
hasta ahora que no conozca el dolor. (_Vanse Agamenón y el anciano_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — He venido a la arenosa costa de la marítima Áulide
navegando por las ondas de Euripo hasta el angosto estrecho, y dejando
la Cálcide,[241] mi ciudad, bañada por la ínclita Aretusa,[242] que
se precipita en la mar, para ver el ejército de los aqueos y las mil
naves de belicosos guerreros que se dirigen a Troya, mandados por el
blondo Menelao y por el noble Agamenón. Tratan, según cuentan nuestros
esposos, de recobrar a Helena, robada del Eurotas, abundante en cañas,
por el pastor Paris, don que le hizo Afrodita cuando, cerca de la
oculta fuente, la declaró más bella que sus dos rivales Hera y Palas.
_Antístrofa 1.ª_ — Presurosa atravesé el bosque en donde se elevaba el
humo de muchos sacrificios en honor de Artemisa, tiñendo mis mejillas
juvenil rubor por contemplar las trincheras de los que llevan clípeos,
las tiendas de campaña de los hijos de Dánao y los escuadrones de
caballos. Y he visto a los dos Áyax, amigos, al hijo de Oileo y al de
Telamón, gloria de Salamina, y a Protesilao, que con Palamedes, el
nieto de Poseidón, juega con varias figurillas;[243] y a Diomedes,
aficionado a lanzar el disco, y junto a él a Meriones,[244] de la raza
de Ares, portento entre los hombres; y al hijo de Laertes, oriundo de
insulares montes, y a Nireo,[245] el más hermoso de los griegos.
_Epodo._ — Y vi también a Aquiles, ligero como el viento, hijo de
Tetis, discípulo de Quirón,[246] corriendo con sus armas por la arenosa
ribera, disputando a pie la victoria a una cuadriga. Y gritaba el
auriga Eumelo,[247] del linaje de Feres, aguijando los hermosísimos
caballos de insignes frenos llenos de oro: los de en medio, junto al
yugo, eran pintados de blanco, y los otros dos, los de más largas
riendas, que se ayudaban mutuamente en su carrera, de pelo rojo, con
manchas en las piernas, más arriba de su casco sólido; y junto a ellos,
y cerca de la rueda y de sus rayos, corría armado el hijo de Peleo.
_Estrofa 2.ª_ — Vi también sus numerosas naves, espectáculo admirable
y que satisfizo mi juvenil curiosidad, disfrutando de dulce deleite.
Formaba el ala derecha de la armada la escuadra ftiota de los
mirmidones, con cincuenta bajeles impetuosos. Doradas imágenes en su
parte más alta representaban a las nereidas, distintivo de las naves
que llevaban el ejército de Aquiles.[248]
_Antístrofa 2.ª_ — Cerca de ellas estaban los buques argivos, de
igual número de remos, a cuyo frente iba el hijo de Mecisteo,[249]
educado por su abuelo Tálao, y Esténelo, el hijo de Capaneo.[250]
Seguían después las sesenta naves del Ática, mandadas por el hijo de
Teseo,[251] llevando a Palas en ecuestre y alado carro, signo fausto a
los navegantes.
_Estrofa 3.ª_ — Vi también la armada de los beocios, compuesta de
cincuenta naves adornadas de símbolos, y entre ellos, y en la parte más
elevada, a Cadmo,[252] teniendo en sus manos un dragón dorado; Leitos,
el hijo de la Tierra, los mandaba. Vi también a los de la Fócida,[253]
y a los locrenses, iguales en número, capitaneados por el hijo de
Oileo,[254] que abandonó a la ilustre ciudad Troniada.
_Antístrofa 3.ª_ — El hijo de Atreo, de la ciclópea Micenas, iba al
frente de cien naves, y con él su hermano, capitán también, como un
amigo va con otro, para pedir en nombre de la Grecia estrecha cuenta
a la que dejó su palacio para contraer, en las popas de las naves de
Gerenio Néstor,[255] que vino de Pilos, bárbaras nupcias. Vi además una
imagen con pies de toro, símbolo del Alfeo.
_Epodo._ — Doce eran los bajeles de los enianes que obedecían al rey
Guneo, y junto a ellos los príncipes de la Élide,[256] llamados epeos
por todo el pueblo, a las órdenes de Eurito. Las naves tafias, armadas
de brillantes remos, las guiaba Meges, hijo de Fileo, habiendo dejado
las islas Equínadas, inaccesibles a los marineros. Y Áyax, criado en
Salamina, juntaba las últimas del ala derecha a la izquierda, en doce
ligerísimos bajeles, apostado cerca de ellos, según observé al visitar
la flota griega; y si algún buque bárbaro se atreve a atacarla, no
podrá volver, según es de presumir de su formidable aspecto. Oiga lo
que oyere, en mi patria conservaré eterna memoria de tan importante
armada.[257]
EL ANCIANO
Menelao, ¿osas cometer atrocidades que no debías intentar?
MENELAO
Aparta; eres demasiado fiel a tus señores.
EL ANCIANO
Honrosa es la injuria que me haces.
MENELAO
Llorarás si no desistes de tu propósito.
EL ANCIANO
No debiste abrir la carta que yo llevaba.
MENELAO
Ni tú llevarla, si habías de perjudicar a toda la Grecia.
EL ANCIANO
Con otros puedes disputar; pero déjamela ahora.
MENELAO
No la soltaré.
EL ANCIANO
Ni yo tampoco.
MENELAO
Pronto con mi cetro llenaré de sangre tu cabeza.
EL ANCIANO
Pero es glorioso morir por sus señores.
MENELAO
Suelta, que para esclavo hablas demasiado.
EL ANCIANO
Injúriannos, señor: Menelao, ¡oh Agamenón!, me ha arrancado con
violencia tu carta, y desoye la voz de la justicia.
AGAMENÓN
¿Cómo? ¿Qué tumulto es este? ¿Qué sucede en las puertas? ¿Qué
significan estas palabras descomedidas?
MENELAO
Más vale que yo te hable, no este.
AGAMENÓN
Pero, ¿por qué, ¡oh Menelao!, disputas y violentas a este esclavo?
MENELAO
Mírame, para saber cómo he de hablarte.
AGAMENÓN
¿Me impedirá el miedo abrir los párpados, siendo hijo de Atreo?
MENELAO
¿Ves esta tablilla? ¿Conoces su odioso contenido?
AGAMENÓN
La veo, y lo primero que hay que hacer es soltarla.
MENELAO
No antes de enseñar a todos los griegos lo que hay escrito en ella.
AGAMENÓN
¿Sabes acaso, habiendo roto el sello, lo que debías ignorar?
MENELAO
Aflígete, que se han de descubrir tus ocultas maldades.
AGAMENÓN
¿Cómo te apoderaste de ella? ¡Oh dioses, cuánta es tu impudencia!
MENELAO
Esperando a tu hija de Argos, si ha de venir a reunirse con el
ejército.
AGAMENÓN
¿Y por qué tanto interés por mis asuntos? ¿No es inaudito descaro?
MENELAO
Solo porque quería; yo no soy tu esclavo.
AGAMENÓN
¿Y dejará de ser un abuso? ¿No podré gobernar mi casa?
MENELAO
Fácilmente varías de parecer: ahora piensas así, antes de otra manera,
después pensarás de otra distinta.
AGAMENÓN
Sagaz eres en demasía; perjudicial la lengua hábil en hacerse odiosa.
MENELAO
Los ánimos versátiles, no sinceros, son injustos con los amigos. Pero
deseo convencerte, para que ni la ira te desfigure la verdad, ni digas
que te hablo con desprecio. ¿Acuérdaste de cuando deseabas llevar a los
griegos a Troya, no fingida, sino verdaderamente, cuán humilde eras
y cómo estrechabas todas las diestras y dabas acceso en tu palacio a
todo el pueblo, y audiencia aunque no quisieran, mostrándote afable
con exceso, para que te confiasen el supremo mando? Y después, así
que te lo concedieron, variaste de conducta, no fuiste ya amigo de
tus amigos como antes, era difícil verte, y rara vez se te hallaba
en tu palacio. El hombre probo que obtiene el mando, no debe ser tan
inconstante, sino, al contrario, amar más a sus amigos, porque si
la fortuna le sonríe, puede servirles mejor. Tales son tus primeras
faltas. Después que llegaste a Áulide con todo el ejército, para
nada servías, consternado con el contratiempo que te suscitaron los
dioses, oponiéndose a nuestra navegación. Pero los griegos te pedían
que disolvieras la armada, para no sufrir en Áulide inútilmente. ¡Qué
triste era tu semblante y cuánta tu turbación si, capitán de cien
naves, no llenabas con tus soldados los campos de Príamo! Y me mandabas
llamar y me decías: «¿Qué haré? ¿Qué remedio pondré?». Y todo por
temor de perder el mando y la preclara gloria que esperabas conseguir.
Después, cuando Calcas sacrificó y te intimó que mataras a tu hija en
honor de Artemisa, y que solo así podrían navegar los griegos, te llenó
de gozo y prometiste hacerlo; y voluntariamente ordenaste a tu esposa,
no obligado por la fuerza, como no te atreverás a sostener, que enviase
aquí a tu hija con el pretexto de casarla con Aquiles. Luego cambias
de parecer, y averiguamos que remites otras cartas y que no inmolarás
a tu hija, lo cual, en verdad, no te favorece mucho. Así también se
desprende de tus últimas palabras. Lo que a ti, sucede a muchos en la
gestión de los negocios públicos: primero se afanan cuanto pueden, y a
poco decaen vergonzosamente, ya por temor a necias hablillas, ya con
razón, porque no pueden defender a la república. Duélome sobre todo de
la mísera Grecia, que deseaba acometer gloriosa empresa y se ve forzada
a dejar impunes a bárbaros que nada valen, y que se burlarán de ella
por tu causa y por tu hija. A ninguno pondría yo al frente de un estado
ni de un ejército por su interés personal; el que manda en una ciudad
ha de ser prudente; así cualquiera puede gobernarla, con tal de que sea
sensato.
EL CORO
Amargo espectáculo es el de hermanos que se querellan, disputan y dan
voces.
AGAMENÓN
Quiero replicarte como mereces, aunque con dulzura y en pocas palabras,
sin fruncir mi ceño con impudencia, sino con moderación, porque eres mi
hermano. El hombre de bien suele ser con todos respetuoso. Dime, ¿a qué
viene tu desagrado y esos ojos que respiran sangre? ¿Quién te injuria?
¿Qué necesitas? ¿Deseas rescatar tu buena esposa? Yo no puedo dártela;
mal la educaste. Y yo, que en nada pequé, ¿expiaré tus faltas? ¿Te
atormenta mi ambición? ¿O quieres estrechar en tus brazos a tu bella
compañera, sin acordarte del honor ni de la justicia? Son vituperables
deleites de hombre depravado. Y si yo, pensando mal primero, varié
prudentemente de parecer, ¿estaré loco por eso? Más bien tú que,
perdiendo una esposa culpable, gracias a algún dios que te favorecía,
quieres recuperarla. Sus necios pretendientes, ansiosos de casarse con
ella, prestaron a Tindáreo el consabido juramento. Pero la Esperanza
es diosa, según creo, y contribuyó más a ello que tú y tu poder.
Emprende, pues, con su ayuda la guerra, que, a mi juicio, no tardarás
en arrepentirte de tu insensatez. No hay deidad sin inteligencia que
no sepa distinguir el juramento informal y arrancado por la fuerza. Yo
no mataré a mis hijos, ni será justo que tú logres tu deseo castigando
a una mujer pésima, y me consuman las lágrimas noche y día si cometo
iniquidades e injusticias contra los hijos que engendré. Pocas son mis
palabras, pero claras, por lo cual, si no quieres moderarte, cuidaré de
lo que me interesa.
EL CORO
Distintas son estas frases de las pronunciadas antes; pero aconsejan
con razón que miremos por nuestros hijos.
MENELAO
¡Ay, ay de mí! ¡Que sea tanta mi desventura y me abandonen mis amigos!
AGAMENÓN
Sí, si no intentas perder los que tienes.
MENELAO
¿Cómo pruebas que eres también hijo de mi padre?
AGAMENÓN
Deseo ser contigo prudente, no enfurecerme.
MENELAO
Nuestros amigos deben participar de nuestras penas.
AGAMENÓN
Aconséjame haciéndome bien, no llenándome de amargura.
MENELAO
¿No piensas ya acabar con los griegos tu penosa empresa?
AGAMENÓN
La Grecia, sin duda por decreto de algún dios, delira como tú.
MENELAO
¡Envanécete, pues, con tu cetro, vendiendo a tu hermano! Apelaré a
otros recursos y acudiré a otros amigos.
EL MENSAJERO
¡Oh Agamenón, rey de todos los griegos! Tráigote a tu hija, a la que
llamaste Ifigenia en tu palacio. Acompáñanla su madre, tu esposa
Clitemnestra, y tu hijo Orestes, para que goces al verlos tras dilatada
ausencia. Como el camino ha sido largo, lavan sus delicados pies en una
clara fuente, como yeguas sueltas en verde prado, para que saboreen
agradable pasto.[258] Yo me adelanto para que te prepares, porque el
ejército sabe (veloz fama ha corrido por él) que tu hija ha llegado.
Presurosa muchedumbre acude a verla. ¡Bienaventurados los mortales que
alcanzan preclara gloria! Mas dicen: «¿Qué nupcias son estas? ¿De qué
se trata? ¿El rey Agamenón ha mandado llamar a su hija por regocijarse
con su visita?». A otros hubieras oído estas palabras: «Van a iniciar
a esa tierna doncella en los sacrificios de Artemisa, reina de Áulide.
¿Quién se casará con ella?». Pero date prisa en ofrecer los cestos
sagrados,[259] y que tú y el rey Menelao coronéis vuestras cabezas;
celebra con pompa el himeneo, y que en el palacio resuenen la flauta y
las ruidosas danzas, que brilló para la doncella el día de su ventura.
AGAMENÓN
Está bien; pero entra en mi morada, que si es propicia la fortuna, no
nos abandonará en lo demás. (_Vase el Mensajero_). ¡Ay de mí! ¿Qué diré
yo, desventurado? ¿Cómo empezaré? ¿En qué lazo fatal hemos caído? El
destino me previene, y es más sagaz que todas mis intrigas. ¡Cuántas
ventajas trae el nacer en humilde cuna! Licencia tiene el hombre
oscuro para llorar cuanto quiera y decir lo que le plazca, y esto es
indecoroso para los nobles; vanas apariencias gobiernan nuestra vida, y
servimos a la plebe. Temo seguramente dar rienda suelta a mis lágrimas,
y después, en mi desdicha, siento no llorar, víctima de tantas
calamidades. Veamos. ¿Qué diré a mi esposa? ¿Cómo recibirla? ¿Con qué
ojos mirarla? Y ha venido sin ser llamada, añadiendo este nuevo mal a
los que ya sufría. Sin embargo, con razón ha seguido a su hija para
celebrar sus bodas y entregarla a su esposo, ya que tanto la ama, y
solo encontrará aquí hombres pérfidos. A la desdichada virgen (¿pero a
qué la llamo virgen? Hades, según creo, la tomará en breve por esposa)
¡cuánto la compadezco! Paréceme oírla, diciéndome suplicante: «¿Por qué
me matas, padre? ¡Que nupcias como estas celebres tú y todos los que
ames!». Orestes gritará junto a ella no sabiendo lo que sucede, pues
todavía es niño. ¡Ay, ay, cómo me ha perdido Paris, el hijo de Príamo,
causa de todos mis males, por casarse con Helena!
EL CORO
Compasión me mueve, y, mujer peregrina, gimo, como debo, por la
desdicha de mis príncipes.
MENELAO
Hermano, déjame tocar tu diestra.[260]
AGAMENÓN
Sea así; tuya es la victoria, mía la derrota.
MENELAO
Juro por Pélope, el que se llamaba padre del tuyo y del mío, y por
Atreo, que me engendró, que te hablaré con franqueza y sin artificio
ni disimulo. Cuando te vi llorar me compadecí de ti y lloré también, y
abandono ahora mi anterior propósito, por no ser cruel contigo; pienso,
pues, como tú, y te ruego que no mates a tu hija, ni solo atiendas a
mi conveniencia. No es justo que tú gimas y yo goce, que los tuyos
mueran y los míos vean la luz. ¿Qué pretendo? ¿No podré celebrar otras
nupcias gloriosas si las deseo? Y perdiendo a mi hermano, lo cual es
indigno para mí, ¿recibiré a Helena, o lo malo por lo bueno? Como
aturdido joven discurría, hasta que reflexionando un poco he llegado a
comprender que es un verdadero crimen matar a nuestros hijos. Duélome
también de esta infeliz doncella, pensando en los lazos de la sangre
que a ella me unen, y en su sacrificio en aras de mi himeneo. ¿Qué
relación hay entre tu hija y Helena? Acábese la expedición en Áulide.
Tú, hermano, no llenes tus ojos de lágrimas y no me fuerces a llorar.
Y si te inquieta el vaticinio sobre tu hija, a mí no; cédote todo mi
derecho. Repruebo ahora mi cruel propósito, como debo; varié de parecer
por afecto al hijo de mi padre. Costumbre es del hombre de bien elegir
siempre lo mejor.
EL CORO
Has hablado con grandeza, digna de Tántalo, hijo de Zeus: no deshonras
a tus mayores.
AGAMENÓN
Alábote, Menelao, porque, contra lo que esperaba, has pronunciado
palabras razonables, tales cuales debías. Causas de discordia ha de ser
entre hermanos el amor y el deseo de enriquecer su familia: maldigo tal
parentesco, amargo para ellos. Pero la necesidad me obliga a consumar
el sangriento asesinato de mi hija.
MENELAO
¿Cómo? ¿Quién podrá obligarte a matar a tu hija?
AGAMENÓN
Todo el ejército aqueo aquí reunido.
MENELAO
No, si ordenas a Ifigenia que se vuelva a Argos.
AGAMENÓN
En esta parte podría engañarlos, pero no en la otra.
MENELAO
¿Y cuál es la otra? Nunca conviene demostrar demasiado temor a la
muchedumbre.
AGAMENÓN
Calcas declarará los oráculos al ejército de los griegos.
MENELAO
No si lo previenes, lo cual es fácil.
AGAMENÓN
El linaje entero de los adivinos es ávido de males.
MENELAO
Ni provechoso, ni útil en nada en que interviene.
AGAMENÓN
¿Pero no te infunde recelo la idea que me ocurre?
MENELAO
¿Cómo adivinarla?
AGAMENÓN
El hijo de Sísifo lo sabe todo.
MENELAO
Ni a ti ni a mí puede Odiseo dañarnos.
AGAMENÓN
Es siempre astuto y defensor del pueblo.
MENELAO
Domínalo la ambición, mal grave.
AGAMENÓN
No dudes, pues, que asistirá a la asamblea de los griegos, declarará
los oráculos de Calcas y hablará del sacrificio que he prometido;
añadirá que intento engañar a Artemisa, faltando a mi palabra, y
arrastrará al ejército, y matándonos a ti y a mí, mandará a los
griegos que maten también a mi hija. Y si huyo a Argos, me seguirán y
arruinarán las murallas ciclópeas y a mí con ellas, y devastarán mi
reino. Tales son mis desdichas. ¡Oh, cuánta es mi desventura! ¡A qué
angustia me reducen los dioses! Cuida solo, ¡oh Menelao!, atravesando
el campamento, de que nada sepa Clitemnestra antes de inmolar a mi hija
y de entregarla a Hades, para que, ya que soy infortunado, derrame las
menos lágrimas posibles. Y vosotras, extranjeras, guardad silencio.
EL CORO
_Estrofa._ — Felices los morigerados y castos que disfrutan del tálamo
de Afrodita y de sus pacíficos goces libres de rabiosos ardores, cuando
el Amor de cabellos de oro tiende contra nosotros sus dos arcos: el
uno que da venturosa y duradera suerte, y el otro desordenada vida.
Bellísima Afrodita, aparta este último de nuestro lecho: contenta con
modesta hermosura que sean puros mis amores, que yo participe de tus
placeres sin abusar de ellos.
_Antístrofa._ — Diversos son los caracteres de los mortales, diversas
las costumbres, pero las buenas, dicha segura. Una educación escogida
es de gran importancia para alcanzar la virtud. La vergüenza es
sabiduría y da gracia que consuela, haciéndonos elegir lo que nos
conviene, y en opinión de todos nos da inmarcesible gloria. Afanarse
por el cumplimiento de nuestro deber es digno de alabanza; eviten,
pues, las mujeres los amores ilícitos, y sean los hombres modestos sin
afectación, que así servirán mucho a su patria.
_Epodo._ — Tú viniste, ¡oh Paris!, desde donde te educabas,
apacentando los blancos novillos del Ida, al son de tus cantos
bárbaros y modulando con la flauta frigia imitaciones de Olimpo;[261]
gozosas pacían la hierba las vacas, abundantes en leche, cuando te
hicieron su juez las diosas, y de aquí tu embajada a los ebúrneos
palacios de la Grecia, y el amor que al verte sintió Helena, y la
herida que tú recibiste. De aquí también que la discordia, sí, que
la discordia guiase a los griegos con sus lanzas y sus naves contra
la Troya de Pérgamo. (_Ven llegar el carro de Clitemnestra_). ¡Viva!
¡Viva! Grandes son las felicidades de los poderosos: ved a mi reina
Ifigenia, hija del rey, y a Clitemnestra, hija de Tindáreo, ambas de
ilustre prosapia, y que han logrado afortunada suerte. Mucho pueden
los dioses que conceden las riquezas a los mortales no desventurados.
Detengámonos, ¡oh doncellas de Calcis!, ayudemos a la reina a descender
de su carro y depositémosla en tierra con pie firme, extendiendo
suavemente nuestras manos y con benévola sonrisa, para no afligir a la
ínclita hija de Agamenón, que acaba de llegar a este país. Nosotras,
extranjeras, no debemos infundir sobresalto ni terror a estas argivas,
también extranjeras.
CLITEMNESTRA (_desde su carro_).
De buen agüero es para nosotras tu bondadosa acogida y corteses
palabras, y abrigo cierta esperanza de que la desposada que me acompaña
contraerá feliz himeneo. Saca del carro los presentes nupciales que
traigo para la virgen, y llévalos con diligencia al palacio. Tú,
hija, baja también, poniendo en tierra tu pie tierno y poco seguro.
Vosotras, jóvenes de Calcis, recibidla en vuestros brazos y ayudadle
a descender, y a mí también, para apearme cómodamente; y otros
sujeten a los caballos (que son asustadizos y no obedecen a la voz),
y tomad a Orestes, hijo de Agamenón, que todavía no habla. ¿Duermes,
hijo, arrullado por el movimiento del carro? Despierta, afortunado,
y asistirás a la nupcias de tu hermana, que, siendo tú noble, vas a
contraer ilustre parentesco con el nieto de Nereo, igual a los dioses.
Ifigenia, hija mía, ven cerca de mí, cerca de tu madre, y prueba a
estos extranjeros mi dicha, y saluda ya a tu amado padre. ¡Oh rey
Agamenón!, para mí el más venerable de los hombres, ya hemos llegado,
obedeciendo sin tardanza tus mandatos.
IFIGENIA
¡Oh madre! (_Saliéndole presurosa al encuentro_), (y no te enojes
conmigo), estrecharé contra mi pecho a mi padre. Quiero abrazarle
corriendo. ¡Oh padre!, al cabo de tanto tiempo, deseo gozar mirándote;
no te enfades.
CLITEMNESTRA
Abandónate a tan puro placer, ¡oh hija!, que quisiste siempre a tu
padre más que todos tus hermanos.
IFIGENIA
¡Oh padre! Con cuánta alegría te veo tras ausencia tan larga.
AGAMENÓN
Y yo a ti; tú sientes lo que yo.
IFIGENIA
Salve, padre. Alabo tu propósito de hacerme venir junto a ti.
AGAMENÓN
No sé, ¡oh hija!, si afirmarlo o negarlo.
IFIGENIA
¡Ay de mí! Poco halagüeño es ahora tu semblante, tan plácido ha poco al
verme.
AGAMENÓN
Muchos son los cuidados de un rey y de un general.
IFIGENIA
Piensa solo en mí, y olvídate de lo demás.
AGAMENÓN
Y contigo estoy en cuerpo y alma, y no en otra parte.
IFIGENIA
Desarruga, pues, tu ceño y mírame con ternura.
AGAMENÓN
Ya me alegro; siempre me alegro al verte, ¡oh hija mía!
IFIGENIA
¿Y sin embargo derramas lágrimas de tus ojos?
AGAMENÓN
Larga será después nuestra ausencia.
IFIGENIA
No sé lo que dices; no sé lo que dices, padre muy querido.
AGAMENÓN
Cuanto más sensatas son tus palabras, más me mueves a lástima.
IFIGENIA
Diré, pues, sandeces, si así te complazco.
AGAMENÓN
¡Válganme los dioses! No puedo callar; alábote, sin embargo.
IFIGENIA
Quédate en tu palacio, ¡oh padre!, al lado de tus hijos.
AGAMENÓN
Lo deseo en verdad, y siento no poderlo hacer.
IFIGENIA
Perezcan los guerreros con Menelao, origen de nuestros males.
AGAMENÓN
Que a otros harán desdichados, como a mí me hicieron.
IFIGENIA
¡Cuánto ha durado tu ausencia, detenido en Áulide!
AGAMENÓN
Y algún obstáculo me impide también ahora proseguir mi rumbo con el
ejército.
IFIGENIA
¿En dónde dicen que habitan los frigios, padre?
AGAMENÓN
En donde ojalá que nunca habitara Paris, hijo de Príamo.
IFIGENIA
Lejos navegas, padre, abandonándome.
AGAMENÓN
Igual es tu suerte, ¡oh hija!, a la de tu padre.
IFIGENIA
¡Oh! ¡Ojalá que fuese lícito a ambos que yo te acompañara!
AGAMENÓN
Y tú has de navegar ahora adonde te acordarás de tu padre.
IFIGENIA
¿Navegaré sola o con mi madre?
AGAMENÓN
Sola, separada de tu padre y de tu madre.
IFIGENIA
¿Me llevarás a otro palacio, padre?
AGAMENÓN
Hablemos de otra cosa; las doncellas no deben saber esto.
IFIGENIA
Que de la Frigia vuelvas pronto a mi lado, después de realizar tus
proyectos, ¡oh padre!
AGAMENÓN
Antes he de hacer aquí cierto sacrificio.
IFIGENIA
Pero conviene que lo prepares aconsejado por los sacerdotes.
AGAMENÓN
Ya lo verás, porque has de estar cerca del vaso sagrado.
IFIGENIA
¿Danzaremos en coros alrededor del ara, padre?
AGAMENÓN
Más dichosa eres que yo, no sabiendo nada. Pero irás al palacio, para
que te vean las doncellas, después de darme tu diestra y un ósculo
amargo, ya que por largo tiempo te separarás de tu padre. ¡Oh pecho y
mejillas, oh rubios cabellos, cuánto dolor nos ha causado Helena y la
ciudad de los frigios! Pero callemos. Lágrimas incesantes corren de
mis ojos cuando te abrazo. Vete al palacio. A ti ruego, ¡oh hija de
Leda!, que te compadezcas de mí, pues voy a casar mi hija con Aquiles.
Afortunada es esta separación, pero sensible para un padre llevar a
palacio ajeno a los hijos que educó con trabajo.
CLITEMNESTRA