contigo un cervatillo en el palacio paterno, y cayendo al suelo
ensangrentado.[194]
ELECTRA
¿Qué dices? Veo, en efecto, esa señal.
EL ANCIANO
¿Y dudas abrazarlo?
ELECTRA
Ya no, ¡oh anciano!, pues me ha convencido la prueba que adujiste. ¡Oh,
por fin viniste, por fin te vuelvo a ver inesperadamente!
ORESTES
¡Y al cabo también te encuentro!
ELECTRA
Cuando jamás lo hubiera pensado.
ORESTES
Ni yo tampoco.
ELECTRA
¿Aquel Orestes eres tú?
ORESTES
Tu solo compañero si, como el pescador, saco una vez la red que pienso
echar. Confío, sin embargo, en que así sucederá, o no merecen fe los
dioses, si los crímenes han de ser superiores a la justicia.
EL CORO
Llegaste, llegaste, ¡oh día tardío!; luciste, mostraste el astro que
alumbra a la ciudad, desterrado antes del hogar paterno, y que ahora
viene errante. Un dios, algún dios nos trae la victoria, ¡oh amiga!;
levanta las manos, esfuerza el habla, implora a los dioses para que tu
hermano entre en la ciudad con favorables auspicios.
ORESTES
Sea así, pues; gozaré en este momento de sus abrazos, y después me
entregaré de nuevo a ellos. Pero tú, anciano, que tan a tiempo llegas,
dime de qué modo podré castigar al asesino de mi padre, y a mi madre,
su cómplice e impía esposa. ¿Tengo en Argos algunos amigos fieles?
¿Cómo la fortuna nos han abandonado todos? ¿A quién podré hablar de
noche o de día? ¿Qué camino seguiré para caer de repente sobre mis
enemigos?
EL ANCIANO
¡Oh hijo, eres desdichado y no tienes un solo amigo! Pocos, por puro
afecto, comparten nuestros bienes y nuestros males. Tú (que has
perdido todos los tuyos y con ellos toda esperanza) ten muy presente
que de ti solo depende recuperar tu palacio paterno y tu ciudad.
ORESTES
¿Y qué haremos para conseguirlo?
EL ANCIANO
Matar al hijo de Tiestes y a tu madre.
ORESTES
He venido a recoger esta palma;[195] pero ¿cómo lograrlo?
EL ANCIANO
Si penetras dentro de las murallas no lo conseguirás, aunque lo desees.
ORESTES
¿Están guardadas por centinelas y armados satélites?
EL ANCIANO
Así es; te teme, sin duda, y no duerme tranquilo.
ORESTES
Piensa, pues, lo que debemos hacer.
EL ANCIANO
Escúchame; algo se me ocurre.
ORESTES
¡Ojalá que sea feliz la idea y yo la apruebe!
EL ANCIANO
Cuando venía hacia aquí encontré a Egisto.
ORESTES
Con atención te escucho: ¿en dónde lo viste?
EL ANCIANO
Cerca de estos campos, en los pastos de sus yeguadas.
ORESTES
¿Qué hacía? Vislumbro una esperanza en mi desesperación.
EL ANCIANO
Según me pareció, preparaba una fiesta a las ninfas.
ORESTES
¿Por los hijos que ya tiene, o por los que espera?
EL ANCIANO
No sé más que lo dicho, que se ceñía para sacrificar toros.
ORESTES
¿Con cuántos hombres? ¿Estaba solo con los esclavos?
EL ANCIANO
No estaba presente ningún argivo, sino algunos siervos.
ORESTES
¿Podrá descubrirme alguno si me ve, ¡oh anciano!?
EL ANCIANO
Son gentes de su servicio que jamás te vieron.
ORESTES
Si vencemos, ¿estarán de nuestra parte?
EL ANCIANO
Propio es de siervos, y útil a tu propósito.
ORESTES
¿Cómo podré acercarme a él?
EL ANCIANO
Si vas adonde sacrifica ahora...
ORESTES
Según parece, está en los campos próximos al camino.
EL ANCIANO
Probablemente te invitará al banquete cuando te vea.[196]
ORESTES
Amarga invitación será, sin duda, si los dioses quieren.
EL ANCIANO
Piensa lo que has de hacer después, según lo que ocurra.
ORESTES
Hablas con prudencia. Y mi madre, ¿en dónde está?
EL ANCIANO
En Argos; pero vendrá pronto a la cena.
ORESTES
¿Por qué no ha acompañado a su esposo?
EL ANCIANO
Temiendo las murmuraciones del pueblo, se ha quedado en su palacio.
ORESTES
Ya entiendo: recela que, como siempre, su conducta infunda sospechas en
sus súbditos.
EL ANCIANO
Así es: la aborrecen por su impiedad.
ORESTES
¿Cómo mataré a los dos a un tiempo?
ELECTRA
A mi cargo queda la muerte de mi madre.
ORESTES
La fortuna nos favorecerá en todo.
ELECTRA
Este anciano nos servirá a ambos.
EL ANCIANO
Cierto; pero ¿cómo piensas asesinar a tu madre?
ELECTRA
Ve, ¡oh anciano!, y di a Clitemnestra que he dado a luz un hijo varón.
EL ANCIANO
¿He de decir que recientemente, o que hace algún tiempo?
ELECTRA
Di que ha llegado el momento de purificarme.[197]
EL ANCIANO
¿Y qué tiene que ver esto con su muerte?
ELECTRA
Cuando sepa que he sufrido los dolores del parto, vendrá sin falta.
EL ANCIANO
¿Por qué? ¿Crees que se cuida acaso de ti, hija?
ELECTRA
Sin duda, y llorará al recordar la humilde condición de mis hijos.
EL ANCIANO
Quizá llore; pero tratemos de nuestro asunto.
ELECTRA
Si llega a venir, morirá sin remedio.
EL ANCIANO
Y entrará por las puertas de tu casa.
ELECTRA
Y entonces será fácil que descienda al Orco.
EL ANCIANO
¡Que yo muera después de verlo!
ELECTRA
Lo primero que has de hacer es servir a este de guía.
EL ANCIANO
¿Adonde Egisto sacrifica ahora a los dioses?
ELECTRA
Busca después a mi madre, y dile lo que te he encargado.
EL ANCIANO
Creerá oírlo de tus mismos labios.
ELECTRA
Ahora te toca a ti, Orestes: la suerte ha decidido que mates primero a
Egisto.
ORESTES
Allá voy, si alguien me enseña el camino.
EL ANCIANO
Yo te llevaré, y no de mala gana.
ORESTES
¡Oh Zeus, tronco de mi linaje,[198] vengador nuestro; compadécete de
nosotros, que hemos sufrido males deplorables!
ELECTRA
¡Apiádate de tus descendientes!
ORESTES
¡Y tú, Hera, que presides en los altares de Micenas, danos la victoria
si pedimos justicia!
ELECTRA
¡Déjanos vengar a mi padre!
ORESTES
¡Y tú, padre mío, que en los infiernos moras, infamemente asesinado,
y soberana Tierra, a quien tiendo mis manos, socorre, socorre a estos
tus hijos muy queridos! ¡Ven, Agamenón, y acompáñente en nuestra ayuda
todos los muertos que contigo aniquilaron a los frigios, y cuantos
detesten a los execrables asesinos! ¿Lo oíste, tú que has sufrido tales
horrores de mi madre?
ELECTRA
Sé bien que todo lo oye mi padre, pero es hora de obrar. Y te recuerdo
que Egisto ha de perecer, porque si vencido, por hado fatal, cayeres,
también yo moriré; y no se dirá que vivo, pues herirá mi cabeza
cuchilla de dos filos. Voy a mi hogar a realizar mis proyectos, porque
si de los tuyos viniese buena nueva, toda la casa saltará de júbilo;
si sucumbes, sucederá lo contrario. Esto te digo.
ORESTES
Ya comprendo.
ELECTRA
Preciso es que pruebes tu valor. (_Vase Orestes_). Vosotras, ¡oh
mujeres!, indicadme con claridad las tumultuosas alternativas de este
combate. Yo esperaré empuñando cortadora espada; jamás se vengarán de
mí mis enemigos, ni vencida injuriarán ni afrentarán mi cuerpo.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Famosa es la antigua tradición, según la cual Pan,
protector de los campos, que espira dulcísonos versos,[199] trajo en
mimbres donosamente tejidos una hermosa cordera de vellón dorado,
amamantada por su tierna madre en las montañas de la Argólida, y
subiéndose en las gradas de piedra, exclamó: «Al ágora, al ágora,[200]
¡oh habitantes de Micenas!: venid y veréis terribles prodigios de
felices tiranos».
_Antístrofa 1.ª_ — Y los coros llenaban el palacio de los Atridas, y
se descubrían los dorados templos, y ardía el fuego en las aras de la
ciudad de los argivos, y la flauta de Lotos, servidora de las musas,
daba suavísimos sonidos, y se entonaban gratos cantos en honor del
dorado cordero y de Tiestes. Seducida por él la esposa amada de Atreo
en oculto lecho, llevó a su palacio el prodigio, y volviendo al ágora,
dijo en alta voz que era suya la cornígera corderilla de maravilloso
vellón dorado.
_Estrofa 2.ª_ — Pero entonces, entonces torció Zeus el brillante
rumbo que siguen los astros, la luz del sol y el rutilante rostro de
la Aurora; la ardiente llama encendida en el cielo descendió por las
llanuras del occidente; las nubes, llenas de agua, se encaminaron a
la constelación ártica, y el seco domicilio de Amón,[201] careciendo
de rocío y privado por Zeus de las bienhechoras lluvias, aparece desde
entonces árido y desierto.
_Antístrofa 2.ª_ — Así dicen; pero yo doy poco crédito a esos
insólitos giros del ardiente Sol, que, por castigar a los hombres,
abandonó su dorado asiento en daño de ellos. Fábulas en verdad
formidables a los mortales y útiles para mantener vivo en los hombres
el culto de los dioses.
¿Por qué no te has acordado de ellas, tú, que mataste a tu esposo,
madre de ínclitos hermanos? Callad, callad; ¿no habéis oído, ¡oh
amigas!, un grito, o me engaña la fantasía, como si escuchase (_Se
detiene y escucha_) el trueno infernal de Zeus?[202] Más claros son ya
estos clamores. (_Llamando en alta voz_). Electra, nuestra dueña, sal
de tu casa.
ELECTRA (_saliendo de su casa_).
¿Qué hay, amigas? ¿Cómo se muestra nuestra fortuna en esta lucha?
EL CORO
Solo sé que he oído el gemido de un moribundo.
ELECTRA (_escuchando_).
Yo también; desde lejos, es verdad, pero lo he oído.
EL CORO
De lejos viene la voz; pero es, sin embargo, clara.
ELECTRA
¿Será de algún argivo este gemido, o de alguno de mis amigos?
EL CORO
No lo sé; es un clamor confuso.
ELECTRA
Me anuncias que debo suicidarme; ¿por qué me detengo?
EL CORO
Aguarda hasta conocer tu suerte.
ELECTRA
No es posible; hemos sucumbido; ¿en dónde están los mensajeros?
EL CORO
Vendrán; no es fácil matar a un rey.
EL MENSAJERO (_que llega corriendo_).
Preclara victoria, ¡oh vírgenes de Micenas!, hemos alcanzado; sepan
todos mis amigos que Orestes ha vencido, y que Egisto, asesino de
Agamenón, yace postrado en tierra; pero demos las gracias a los dioses.
ELECTRA
¿Quién eres tú? ¿Cómo he de creer lo que me dices?[203]
EL MENSAJERO
¿No recuerdas que soy uno de los servidores de tu hermano?
ELECTRA
¡Oh tú, el muy amado!; no te conocí de miedo; ya sé quién eres. ¿Qué
dices? ¿Murió el odioso asesino de mi padre?
EL MENSAJERO
Murió; dos veces te he dicho lo que tanto deseas saber.
ELECTRA
¡Oh dioses, y tú, Justicia, que todo lo ves, al fin venciste! Pero
explícame todos los pormenores de la muerte del hijo de Tiestes.
EL MENSAJERO
Después que salimos de aquí, entramos en el camino trillado por los
carros, junto al cual estaba el ínclito príncipe de Micenas tejiendo
coronas de tierno mirto. Al vernos dijo: «Salve, ¡oh huéspedes!;
¿quiénes sois?, ¿de dónde venís?, ¿en dónde habéis nacido?». Orestes
respondió: «Somos de la Tesalia, y vamos al Alfeo[204] a adorar a Zeus
Olímpico». Al oírlo Egisto replicó: «Hoy me acompañaréis a la cena,
porque sacrificaré bueyes a las ninfas, y mañana temprano saltaréis
del lecho y llegaréis al término de vuestro viaje. Pero entremos en la
casa». Mientras decía esto nos guiaba a ella, y nosotros le seguíamos,
no pareciéndonos bien rechazarlo. Ya dentro, dijo: «Tráiganse baños
cuanto antes a estos huéspedes, para que se acerquen al altar y al
agua lustral». Orestes le contestó así entonces: «Nos hemos purificado
en las ondas puras de un río; pero si es lícito a los extranjeros
sacrificar con los ciudadanos, ¡oh Egisto!, preparados estamos, y no
nos opondremos, ¡oh rey!». Acabada esta plática, y dejando las lanzas
los servidores que formaban su guardia, todos pusieron manos a la
obra. Unos traían el vaso lustral, otros los cestos, otros encendían
el fuego y ponían los vasos alrededor del hogar, y todos hacían gran
ruido en el edificio. El esposo de tu madre derramaba la salsamola[205]
en las aras, profiriendo estas palabras: «Ninfas que habitáis en las
rocas, que yo os sacrifique muchas veces bueyes, y que mi esposa,
la hija de Tindáreo, que está en el palacio, sea, como yo ahora,
afortunada en cuanto emprenda, y desdichados mis enemigos». (Aludía a
ti y a Orestes). Pero mi señor hacía votos contrarios, no, en verdad,
en voz alta, para recuperar su patrimonio. Egisto tomó del cesto un
cuchillo recto; cortó los pelos del novillo, echándolos con su mano
derecha en el fuego; hirió a la víctima en los lomos al levantarla los
sacrificadores, y dijo a tu hermano: «Los tesalios, entre otras artes
insignes, se envanecen de ser maestros en despedazar un toro y domar
caballos. Toma el acero, ¡oh huésped!, y prueba que la fama no miente
cuando así habla de los hijos de Tesalia». Orestes cogió en sus manos
el bien templado cuchillo dórico;[206] sujetó el manto con el broche,
y echándolo hacia atrás, eligió por sacrificador a Pílades, e hizo
que se apartasen los demás servidores; y tomando un pie del novillo,
descubría sus blancas carnes extendiendo la mano, y despojaba sus lomos
de la piel en menos tiempo que tarda el jinete en recorrer dos veces
el estadio.[207] Abría después las entrañas, y Egisto, recibiéndolas
en su mano, las examinaba con cuidado porque faltaba el lóbulo en los
intestinos, y así esta falta como el cuello de la vejiga de la hiel,
presagiaban desdichas al que las escudriñara. Contrajo, pues, su rostro
y, al observarlo, le preguntó mi dueño: «¿Por qué te entristeces?».
«¡Oh huésped! —replicó—; temo fuera de aquí alguna asechanza; el
hijo de Agamenón es mi más mortal enemigo, y también de mi familia».
Él respondió: «¿Temes asechanzas de un desterrado, reinando tú en la
ciudad? ¿No me dará alguno un cuchillo ftío, en vez del dórico,[208]
para que, acabada la exploración, celebremos el banquete, después de
abrir el pecho de la víctima?». Entonces Egisto se apoderó de las
vísceras pectorales y se puso a examinarlas; mas al bajar la cabeza, tu
hermano, levantándose sobre la punta de los pies, le descargó un golpe,
rompiéndole las vértebras y tirando en tierra cuan largo era su cuerpo
palpitante, que se revolcó en su sangre. Enteráronse sus servidores y
tomaron las armas, y todos ellos, muchos en número, atacaron a los dos;
pero los detuvo el valor de Pílades y Orestes, vibrando sus armas, y
el último dijo: «No vengo como enemigo contra esta ciudad ni contra
mis servidores; yo soy el mísero Orestes, que ha castigado al asesino
de su padre. No me matéis, vosotros que sois mis antiguos súbditos».
Contuviéronse ellos al oírlo, y fue reconocido por cierto anciano que
sirvió en su palacio. Regocijáronse entonces, y al punto lo coronaron.
A buscarte viene, a enseñarte la cabeza, no de la Gorgona, sino de
Egisto, a quien aborreces; su sangre paga con triste usura la derramada
por él en otro tiempo.
EL CORO
_Estrofa._ — Prepara los pies para la danza, ¡oh amiga!, como el
potrillo que salta con gracia en el aire. Tu hermano trajo una corona
de más valor que la ganada en lucha victoriosa a las orillas del
Alfeo.[209] Pero canta el himno triunfal en mi coro.
ELECTRA
¡Oh luz, oh crines de los cuatro caballos del Sol, oh tierra y
tinieblas, que antes me envolvíais!; ahora están mis ojos libres y
clara mi vista desde que sucumbió Egisto, el asesino de mi padre. Ea,
amigas; con las galas que guardo en mi casa, coronaré la cabeza de mi
hermano vencedor.
EL CORO
Hace bien en engalanar su cabellera, que nuestros coros seguirán
gratos a las musas. Ahora que al rigor de la justicia perecieron estos
hombres inicuos, gobernarán nuestro país sus antiguos y queridos reyes.
Prosigan, pues, nuestros unánimes y alegres vítores. (_Aparecen Orestes
y Pílades con su séquito, trayendo el cadáver de Egisto. Electra sale
al encuentro de Orestes con coronas y cintas_).
ELECTRA
¡Oh victorioso Orestes, hijo de padre también victorioso en las guerras
de Ilión!; toma para ti estas coronas entrelazadas. Vuelves a mi casa,
no después de recorrer vanamente el estadio, sino después de matar a
nuestro enemigo Egisto, asesino de tu padre y del mío. Y tú, Pílades,
educado por un varón muy piadoso,[210] que estás a su lado, toma de mi
mano otra corona, que te expusiste a iguales peligros. Siempre desearé
vuestra dicha.
ORESTES
A los dioses solo, ¡oh Electra!, la debemos; después puedes alabarme,
que solo soy instrumento suyo y de la Fortuna. No me jacto vanamente
de haber dado muerte a Egisto, y para que nadie lo dude te traigo su
cadáver, ya por si quieres echarlo a las fieras que lo despedacen, o
suspenderlo de un poste y ofrecer sus restos a las aves hijas del Éter.
El que antes se llamaba tu señor es ahora tu siervo.
ELECTRA
De buena gana diría, a no ser por vergüenza...
ORESTES
¿Qué? Habla, ya no tendrás miedo.
ELECTRA
De que me aborrezcan si insulto a los muertos.
ORESTES
No hay quien lo reprenda.
ELECTRA
Nuestra ciudad es descontentadiza e inclinada a la maledicencia.
ORESTES
Di cuanto quieras, hermana; odio inextinguible profesamos siempre a
Egisto.
ELECTRA
Sea, pues:[211] ¿cuál será mi primera injuria? ¿Cuáles otras le
seguirán? Jamás, al levantarme, dejaba de pensar en lo que te diría
al verte, si alguna vez no embargaba el temor mi lengua. Ya llegó ese
día, y ahora, ¡oh Egisto!, me oirás como si vivieras. Tú me perdiste,
huérfana de mi caro padre; también a este, no provocado por agravio
alguno; sedujiste a mi madre, y sin haber peleado contra los frigios
mataste al general de los griegos. Tan lejos fue tu locura que creíste
que no te sería infiel mi madre, con la cual te casaste, profanando el
lecho de mi padre. Sepa, pues, todo el que corrompa a mujer ajena, que
si después se ve obligado a tomarla por esposa, será infeliz si piensa
que guarda para él solo el pudor que antes no tuvo. Desgraciada era tu
suerte, aunque no lo creyeras así: no ignorabas que habías contraído
un himeneo impío, ni mi madre que impío era también su esposo. Como
los dos erais malvados, participasteis ambos de vuestras respectivas
desdichas: tú de la suya, ella de la tuya. Todos los argivos decían a
una: «Aquel es el esposo de esta mujer; esta mujer no es esposa de
este hombre». Y era vergonzoso que una mujer estuviese al frente de
un palacio, no un hombre, y yo aborrezco los hijos que en la ciudad
llevan, no el nombre de su padre, sino solo el de su madre. Si alguno
se casa con esposa más ilustre que él, nadie se acuerda del esposo y
todos de la mujer. Te engañaste muy mucho y diste pruebas de ignorante
si pensabas que eras algo porque tenías riquezas, que nada son y se
disfrutan poco tiempo. Duradero es el ingenio, no ellas; mientras que
poseyéndolo vencemos a los males, la opulencia es injusta y vive con
los malvados, y vuela fácilmente y efímera es su flor. Callo lo que
has hecho con las mujeres (que una virgen no debe decirlo); pero lo
indicaré con reserva, para que se entienda: tu conducta era insolente,
porque morabas en un palacio y eras hermoso. Que un marido tenga
corazón varonil, no rostro virginal. Buenos son los mismos hijos de
Ares, no los hombros bellos, gala de los coros. Muere, pues, necio como
pocos; nunca sospechaste que pagarías la pena merecida. Ninguno me
diga que por haber dado con felicidad el primer paso en la carrera ha
vencido, mientras no llegue a la meta y alcance el término de la vida.
(_Dale con el pie_).
EL CORO
Cometió atentados horribles, y horriblemente os vengasteis tú y tu
hermano. ¡Grande es el poder de la justicia!
ORESTES
Ea, servidores, llevaos ese cadáver y ocultadlo en las tinieblas, para
que no lo vea mi madre antes de morir. (_Llévanse el cadáver_).
ELECTRA
Calla; hablemos de otra cosa.
ORESTES
¿Qué hay, pues? ¿Vienen a socorrerlo de Micenas?
ELECTRA
No; es la madre que me dio a luz.
ORESTES
A tiempo viene a caer en la red.
ELECTRA
Soberbia se presenta con su carro y con su estola.
ORESTES
¿Qué hacemos? ¿Matamos a nuestra madre?
ELECTRA
¿Sientes compasión al verla?[212]
ORESTES
¡Ay de mí! ¡Cómo he de matar a la que me alimentó y me dio a luz!
ELECTRA
Como ella mató a tu padre y al mío.
ORESTES
¡Oh Febo, seguramente es insensato tu oráculo!
ELECTRA
Si es Apolo necio, ¿quiénes serán los sabios?
ORESTES
Cualquiera que me aconseje matar a mi madre, lo cual no es lícito.
ELECTRA
¿Pero qué mal te aguarda vengando a tu padre?
ORESTES
Tendré que huir, reo de parricidio, cuando antes era inocente.
ELECTRA
Y si no vengas a tu padre serás impío.
ORESTES
Yo expiaré el asesinato de mi madre.
ELECTRA
¿Y no serás castigado si no vengas a tu padre?
ORESTES
¿Si el oráculo será obra de algún mal genio, no del dios?
ELECTRA
¿Sentándose en el sagrado trípode? No lo creo.
ORESTES
Ni yo que es piadoso ese oráculo.
ELECTRA
No te desalientes y pierdas el ánimo.
ORESTES
¿La mataré también dolosamente?
ELECTRA
Como a Egisto, su esposo.
ORESTES
Entraré; cruel es esta lucha y cruel será mi acción. Si los dioses lo
quieren, así sea; combate es este para mí dulce y amargo a un tiempo.
EL CORO
Viva la hija de Tindáreo, reina de la tierra argiva, hermana de los
fuertes hijos de Zeus[213] que moran entre los astros del ardiente
éter y socorren a los mortales afligidos en medio de los mares. Salve:
venérote como a los bienaventurados, que grandes son tus riquezas y tu
dicha; tiempo es ya, ¡oh reina!, de rendir homenaje a la fortuna.
CLITEMNESTRA
Bajad del carro, troyanas, y dadme la mano para ayudarme a salir.
Adornados están los templos de los dioses con los despojos frigios,
aunque en mi palacio posea, en vez de la hija que perdí,[214] estas
esclavas escogidas de la tierra de Troya, don exiguo, pero grato.
ELECTRA
¿No me será lícito, ¡oh madre!, a mí, esclava arrojada del hogar
paterno, que habito en pobre casa, tocar tu bienaventurada mano?
CLITEMNESTRA
Para eso sirven estas esclavas; no me atormentes.
ELECTRA
¿Por qué no? Como a cautiva me lanzaste del hogar paterno; sin él,
cautiva soy también como estas, huérfanas de padre, abandonadas.
CLITEMNESTRA
Así pensaba también tu padre de amigos que no lo merecían. Me
explicaré, sin embargo, aunque se crea, y a mi parecer sin razón, que
es interesado el lenguaje de una mujer de mala fama.[215] Si después
de oírme estima alguno que debe odiarme, hágalo en buen hora; si no,
¿por qué aborrecerme? Tindáreo me dio a tu padre, no para que me matase
ni tampoco a mis hijos, y Agamenón, al dejar su palacio, arrastró a
Ifigenia a Áulide, en donde estaban detenidas las naves, pretextando
que la casaría con Aquiles; y allí, llevándola a la pira, manchó con
sangre sus blancas mejillas. Y esto podría perdonarse si lo hubiera
hecho por librar de asedio a Argos o por salvar a su familia y los
demás hijos, perdiendo uno por todos; pero no arrancármela por recobrar
a la libidinosa Helena y porque su esposo no pudo refrenarla. Esto
solo, a pesar de ser injusto, no me habría precipitado a asesinarlo;
pero volvió en compañía de una bacante de inspirado estro,[216] y
compartió con ella su lecho y quiso tener a un tiempo dos esposas en un
mismo palacio. No diré que las mujeres no sean deshonestas; pero aun
siendo cierto, si el esposo peca y rechaza sus abrazos, ella quiere
imitarlo y buscar otro amante. ¡Y para nosotras es ignominioso, y si
los hombres lo hacen nadie se admira! Si hubiesen robado a Menelao,
¿debía yo sacrificar a Orestes por salvar al esposo de mi hermana? ¿Y
el que mató a mi hija no debía morir y yo sí? Yo lo maté; yo le salí
al encuentro, y fueron mis cómplices sus enemigos; si no, ¿qué amiga
hubiese osado ayudarme a perpetrar ese crimen? Di lo que quieras con
toda libertad, y prueba que tu padre no sufrió el castigo merecido.
ELECTRA
Defendiste tu causa, pero es injusta. Conviene a la mujer prudente
ceder siempre a su esposo; de la que así no piense, ni aun hablar
quiero. Acuérdate, ¡oh madre!, de tus últimas palabras concediéndome
completa libertad de replicarte.
CLITEMNESTRA
Lo mismo repito ahora, y no me vuelvo atrás de lo dicho.
ELECTRA
Y después de oírme, ¿no me harás ningún mal, madre?
CLITEMNESTRA
De ningún modo, y seré contigo indulgente.
ELECTRA