¡Oh Argos,[161] antigua ciudad y corriente del Ínaco,[162] desde el

cual Agamenón navegó en otro tiempo hacia los campos troyanos llevando

la guerra en mil naves! Muerto Príamo,[163] que reinaba en Ilión, y

tomada la ínclita ciudad de Dárdano, volvió a Argos y depositó en los

elevados templos[164] muchos trofeos de bárbaros. Y aunque allí fue,

en verdad, afortunado, pereció en su palacio por engaño de su esposa

Clitemnestra,[165] y a manos de Egisto, hijo de Tiestes. Y al morir

dejó el antiguo cetro de Tántalo, y Egisto reina en esta tierra, casado

con su esposa, la hija de Tindáreo. De los herederos de su nombre

que quedaron en su patria al navegar hacia Troya, a saber, Orestes

y Electra, el primero, en gran peligro de muerte por el odio que le

profesaba Egisto, fue llevado ocultamente por un viejo servidor de su

padre al palacio de Estrofio, en la Fócida, para educarse en él, y la

mano de Electra, que permaneció en el hogar paterno, fue solicitada por

los próceres griegos cuando llegó a la pubertad. Pero Egisto la retenía

en su palacio y no la dio a ninguno, temiendo que engendrara hijos

argivos, vengadores de Agamenón; hasta quiso asesinarla, muy receloso

que, de otra cualquier manera, se enlazase a algún hombre ilustre,

y fue salvada por su madre, que si tuvo un motivo aparente[166]

para asesinar a su esposo, no se atrevió, temerosa del escándalo, a

ensañarse en sus hijos. Tal fue la razón que movió a Egisto a ofrecer

un premio al que matase al hijo desterrado de Agamenón y a casarme

con Electra. Aunque mis padres fueron ciudadanos de Micenas (que

en esta parte a nadie envidio, pues mi linaje es preclaro, aunque

carezca de bienes, causa de mi oscuridad), la entregó a un esposo poco

distinguido, para no exponerse a tanto peligro. Porque si la poseyese

un hombre poderoso por su dignidad, lo excitaría a vengar el asesinato

impune de Agamenón, y el castigo alcanzaría a Egisto. Yo puedo decir,

poniendo a Afrodita por testigo, que jamás manché su lecho, y que

todavía permanece virgen. Sería para mi vergonzoso empañar el lustre

de estos hijos de varones opulentos, y deploro, aunque solo sea su

pariente en el nombre, que el desdichado Orestes, si vuelve alguna

vez a Argos, contemple el miserable consorcio de su hermana. Quien

dijere que soy un necio, porque he recibido una virgen en mi hogar y

continúa inmaculada, sepa que la continencia no es joya de las almas

pervertidas, y que el que así pensare será el verdadero necio.

ELECTRA (_llevando un cántaro en la cabeza_).

¡Oh negra Noche, madre de los dorados astros (que me ves llevando en

mi cabeza este cántaro para llenarlo de agua de la fuente, no obligada

por la pobreza, sino para probar a los dioses la injuria que me hizo

Egisto,[167] y quejarme a mi padre en el seno del vasto éter)! Porque

la malvada hija de Tindáreo, mi madre, me expulsó de su palacio por

complacer a su esposo, tratándonos a mí y a Orestes como si no fuéramos

sus hijos, mientras daba otros a Egisto.

EL COLONO

¿Por qué, ¡oh infortunada!, te fatigas por mi causa, pasando trabajos,

educada antes con regalo, y no descansas a pesar de mis ruegos?

ELECTRA

Te miro como a un amigo, y eres para mí tan venerable como un dios,

porque no me insultaste en mis desdichas. Dulcísimo consuelo es para

los mortales encontrar alivio en su desgracia, como yo en ti. Conviene,

por tanto, que aun sin mandármelo, y a medida de mis fuerzas, te ayude

en el trabajo para que sea menos molesto, y sufrir contigo cuando tú

sufres; que si fuera de casa tienes ocupación bastante, yo debo cuidar

de ella para que, al regresar cansado, nada te falte. (_Retíranse en

dirección opuesta, y al poco tiempo aparecen Pílades y Orestes_).

EL COLONO (_alejándose_).

Anda, pues, si te agrada, que la fuente no está lejos; yo, así que

amanezca, llevaré al campo los bueyes, y sembraré la tierra, que el

perezoso, aunque siempre tenga en los labios el nombre de los dioses,

no ganará el sustento sin fatiga.

ORESTES

Para mí, ¡oh Pílades!, eres el más leal de los hombres, y al mismo

tiempo mi amigo y huésped, y tú solo permaneces fiel al desdichado

Orestes, que tanto sufría por causa de Egisto, asesino de mi padre y

cómplice de mi depravada madre. Vengo al territorio argivo por orden

secreta del dios Apolo, sin saberlo nadie, para castigar con la muerte

a los asesinos de Agamenón. Esta noche he visitado su sepulcro, y

llorado allí, y ofrecídole las primicias de mis cabellos,[168] y

derramado sobre el altar la sangre de una oveja, ignorándolo los

tiranos que dominan en este pueblo. Pero mis pies no pasarán las

murallas, que vengo aquí con dos objetos: para refugiarme en otro

país, si algún espía me conoce, mientras busco a mi hermana (que, según

dicen, se ha casado y ya no es virgen), y para verla y participarla mis

proyectos de venganza y saber con certeza lo que sucede en la ciudad.

Ahora, pues, que la aurora muestra su rostro refulgente, dejemos esta

senda; algún labrador o alguna esclava podrán vernos, y entonces

preguntaremos si mi hermana habita en estos parajes. En efecto, se

acerca una esclava, que en su rasurada cabeza trae un cántaro de agua

de la fuente; sentémonos y averigüemos de ella, si podemos, algo de lo

que nos trae a esta región. (_Ocúltanse detrás de un matorral. Llega

Electra con el cántaro de agua_).

ELECTRA

_Estrofa 1.ª_ — Apresura tus pasos, que ya es hora; entra, entra

lamentándote. ¡Ay de mí, ay de mí! Engendrome Agamenón y pariome

Clitemnestra, la odiosa hija de Tindáreo, y las gentes me llaman la

desdichada Electra, con razón, es verdad, por los duros trabajos que

sufro y por mi triste vida. ¡Oh padre, tú yaces en la morada de Hades,

degollado por tu esposa y por Egisto!

_Mesodo_.[169] — Anda, pues, quéjate como siempre; disfruta de tus

tristes goces.

_Antístrofa 1.ª_ — Apresura tus pasos, que ya es hora; entra, entra

lamentándote. ¡Ay de mí, ay de mí! ¿En qué ciudad, en qué casa sirves,

¡oh hermano miserable!, dejando en el hogar paterno a tu hermana, mujer

infeliz, presa de acerbos dolores? ¡Oh Zeus, Zeus, ven a librar a esta

mísera de tantos males; ven a vengar el cruelísimo asesinato de un

padre; ven alguna vez a Argos!

_Estrofa 2.ª_ — Baja esta carga de mi cabeza para dar a mi padre

quejas nocturnas, con voz clara, lamentos, cantos, fúnebres plegarias.

¡Oh padre, que yaces enterrado!; oye mis sollozos de cada día, mientras

desgarro con las uñas mi cuello y lastimo mi cabeza sin cabellos para

llorar tu muerte.

_Mesodo._ — ¡Ah, ah!, redobla tus golpes; como si el canto del cisne

llamase a las ondas del río a un padre carísimo, asesinado en dolorosos

lazos,[170] así yo te lloro, ¡oh mísero Agamenón!

_Antístrofa 2.ª_ — Tú lavaste por última vez tu cuerpo en el lecho

acerbísimo de la muerte. ¡Ay de mí, ay de mí, ¡oh padre!, herido por

cruel segur y por crueles asechanzas a tu vuelta de Troya! Tu esposa

no te recibió con guirnaldas ni coronas, que la cuchilla de dos filos

de Egisto te causó grave ofensa, y así conservó mi madre su adúltero

amante. (_Entra el coro de mujeres argivas_).

EL CORO

_Estrofa 3.ª_ — ¡Oh Electra, hija de Agamenón!; llegué, por fin, a

tu rústico albergue... Ha venido un hombre oscuro, un montícola de

Micenas de los que se alimentan de leche, anunciando a los argivos

que prevengan el sacrificio para dentro de tres días, y que todas las

vírgenes se reúnan en el templo de Hera.

ELECTRA

No me engalanan resplandecientes vestidos, ¡oh amigas!, ni ostento

dorados collares, ni asisto a los coros de doncellas argivas, danzando

con pie ligero, que, desgraciada, son las lágrimas mis coros, las

lágrimas mis cuidados cotidianos. Mira si mi cabeza descuidada y mis

rasgados vestidos convienen a la hija del rey Agamenón, el que tomó a

Troya en otro tiempo.

EL CORO

_Antístrofa 3.ª_ — Poderosa es Hera. Ya que he venido, recibe este

palio,[171] que tejí para ti, y estos adornos dorados que aumentan la

nativa gracia. ¿Crees acaso que bastan tus lágrimas, si no veneras a

los dioses, para vencer a tus enemigos? Serás feliz, ¡oh hija!, no

gimiendo, sino orando con frecuencia.

ELECTRA

Ningún dios oye los clamores de la infeliz Electra, ni se acuerda de

los sacrificios que ofreció mi padre. Lloro al que ya murió; a Orestes,

que vive errante, hollando miserable extraña tierra, acaso esclavo,

cuando es hijo de ínclito padre. Verdad es que yo habito en una pobre

cabaña, atormentando mi alma el destierro del hogar paterno y morando

en sus ásperas rocas, mientras mi madre, casada con otro, duerme en

lecho nupcial, manchado con la sangre de su esposo.

EL CORO

Helena, hermana de tu madre, fue causa de muchos males que afligieron a

los griegos y a tu linaje.

ELECTRA

¡Ay de mí, oh mujeres!; dejemos ya los lamentos; ciertos extranjeros,

ocultos aquí cerca, salen de repente de su emboscada; huye tú por

esa senda, que yo me refugiaré en mi cabaña, y escaparemos de estos

criminales. (_Orestes le sale al encuentro_).

ORESTES

Detente, ¡oh desdichada!; no temas.

ELECTRA (_cayendo ante la estatua de Apolo que está a la puerta de su

cabaña_).

¡Oh Febo Apolo,[172] ruégote suplicante que me salves!

ORESTES

Más bien que a ti, mataría a otros más odiosos.

ELECTRA

Vete, no toques a quien no debes.

ORESTES

A nadie podría tocar con mejor derecho.

ELECTRA

Pero ¿por qué te ocultas armado cerca de mi cabaña?

ORESTES

Detente y oye, y pronto pensarás como yo.

ELECTRA

Sea, pues; cedo porque eres más fuerte.

ORESTES

Te traigo noticias de tu hermano.

ELECTRA

¡Oh mensajero muy amado!; ¿está vivo o ha muerto?

ORESTES

Vive; quiero darte primero alegres nuevas.

ELECTRA

Que seas feliz; que los dioses premien palabras tan gratas.

ORESTES

Tal es mi deseo: que los dos seamos dichosos a un tiempo.

ELECTRA

¿En qué país vive ese mísero desterrado?

ORESTES

Sufre, y no obedece las leyes de una sola ciudad.[173]

ELECTRA

¿Carece acaso del sustento cotidiano?

ORESTES

Aunque no le falte, siempre es pobre un desterrado.

ELECTRA

¿Qué te encargó para mí?

ORESTES

Que averiguara si vives, y cuáles son tus males.

ELECTRA

Tú mismo observas mi cuerpo descarnado.

ORESTES

Enflaqueciéronlo los dolores para hacerme gemir.

ELECTRA

Y cortados los cabellos, sin rizos que me adornen.

ORESTES

¿Sientes acaso la ausencia de tu hermano y la muerte de tu padre?

ELECTRA

¡Ay de mí! ¿Qué prendas serán para mí más caras?

ORESTES

¡Ay, ay! ¿Cuáles son, a tu juicio, los sentimientos de tu hermano?

ELECTRA

Ausente, no presente, nos ama.

ORESTES

¿Por qué habitas aquí, lejos de la ciudad?

ELECTRA

Estoy casada, ¡oh extranjero!, en funesto matrimonio.

ORESTES

Deploro la suerte de tu hermano. ¿Quizá con alguno de Micenas?

ELECTRA

No, seguramente, como mi padre hubiera deseado.

ORESTES

Explícate para decirlo a Orestes.

ELECTRA

Vivo en esta casa lejos de él.[174]

ORESTES

El que habita en ella debe ser algún cavador o boyero.

ELECTRA

Un hombre pobre, aunque noble y piadoso conmigo.

ORESTES

¿Qué especie de piedad es la suya?

ELECTRA

Jamás subió a mi lecho.

ORESTES

¿Su castidad es sobrehumana, o hija del desprecio?[175]

ELECTRA

No ha querido deshonrar a mis padres.

ORESTES

¿Y cómo no se alegró de casarse contigo?

ELECTRA

Sabe que el que me dio a él en matrimonio no tenía derecho de hacerlo,

¡oh extranjero![176]

ORESTES

Ya entiendo; teme que Orestes lo castigue.

ELECTRA

Sin duda; pero además es hombre humilde.

ORESTES

Noble es su conducta y digna de premio.

ELECTRA

Si regresa alguna vez el ausente.

ORESTES

¿Y cómo lo consintió tu madre?

ELECTRA

Las mujeres, ¡oh extranjero!, aman más a los esposos que a los

hijos.[177]

ORESTES

¿Qué objeto se propuso Egisto al injuriarte así?

ELECTRA

Que tuviese hijos tan oscuros como su padre.

ORESTES

¿Para que no te vengasen?

ELECTRA

Tal fue su propósito, y ojalá que lo expíe.

ORESTES

¿Sabe acaso el esposo de tu madre que permaneces virgen?

ELECTRA

No, se lo hemos ocultado.

ORESTES

¿Y estas amigas tuyas que nos escuchan?

ELECTRA

A nadie dirán tus palabras ni las mías.

ORESTES

¿Qué hará, pues, Orestes, si viene a Argos?

ELECTRA

¿Lo preguntas? Son palabras ociosas. ¿No han llegado ya las cosas al

extremo?

ORESTES

¿Pero cómo dará muerte a los asesinos de su padre?

ELECTRA

Osando imitarlos.

ORESTES

¿Y te atreverías a asesinar con él a tu madre?

ELECTRA

Con la misma segur con que asesinaron a Agamenón.

ORESTES

¿Podré decirlo a él? ¿Estás decidida?

ELECTRA

Moriría de gozo si derramara la sangre de mi madre.[178]

ORESTES

¡Qué placer para Orestes si nos oyese!

ELECTRA

Y yo no lo conoceré si lo veo, ¡oh extranjero!

ORESTES

Nada tiene de extraño, separándoos tan jóvenes.

ELECTRA

Solo uno de mis amigos podría reconocerlo.

ORESTES

¿Quizá el que, según dicen, le salvó la vida?

ELECTRA

Sí, el ayo de mi padre, ya muy anciano.

ORESTES

¿Sepultaron a tu padre después de muerto?

ELECTRA

Sí, arrojándolo del palacio.

ORESTES

¡Ay de mí! ¿Qué has dicho? Tormento es para un hombre sentir demasiado

los males ajenos. Habla, sin embargo, para que, instruido, lleve a tu

hermano tristes nuevas que debe, no obstante, oír. La compasión, que

no afectaría a un hombre grosero, aflige en ciertos casos a los más

cultos, pues no carece de peligro la sabiduría de los sabios si pasa

los límites ordinarios.[179]

EL CORO

Iguales son nuestros deseos,[180] ¡oh extranjero!, desde que te he

oído. Lejos de la ciudad, ignoro esas desdichas, y ya anhelo saberlas.

ELECTRA

Hablaré si conviene, y conviene sin duda, contar a un amigo mis

infortunios y los de mi padre. Ya que me instigas a declarártelos,

¡oh extranjero!, suplícote que los refieras a Orestes, pues también

le alcanzan, y que, en primer lugar, sepa cuál es mi traje, cuánto

mi desaliño, bajo qué techo habito yo, nacida en regia morada; yo

he de tejer mis peplos (o andar desnuda, careciendo de vestido) y

traer el agua del río; no tomo parte en los coros ni en las sagradas

fiestas, y huyo de las demás mujeres, siendo virgen; huyo de Cástor,

que es de mi linaje, y con el cual me desposaron mis padres antes

que volase al cielo.[181] Y mi madre se sienta en el trono entre

despojos de troyanos, y la sirven esclavas asiáticas, cautivas de mi

padre, que prenden sus palios frigios con broches dorados. Pero la

negra sangre de Agamenón mancha todavía el pavimento, y su asesino se

sirve de sus carros, empuñando gozoso en sus ensangrentadas manos el

cetro con que rigió a los griegos. No se acuerdan de su sepulcro, ni

le ofrecen libaciones, ni ramos de mirto, ni en la pira presentes de

ningún género. Pero el esposo de mi madre, el ínclito Egisto, según

dicen, orgulloso con su amor, insulta al sepulcro y arroja piedras al

marmóreo monumento de mi padre, y se atreve a proferir contra nosotros

estas palabras: «¿Dó yace el niño Orestes? Si lo sabe, ¿por qué no

te defiende?». Tales injurias sufre ausente. Suplícote, pues, ¡oh

extranjero!, que así se lo digas, pues muchos lo desean, siendo yo su

intérprete, y mis manos, mi lengua, mi alma contristada, mi cabeza,

mis cabellos y su propio padre; es vergonzoso que él aniquilara a los

frigios y que Orestes no pueda matar a un solo hombre, cuando es joven

e hijo de tan famoso padre.

EL CORO

Veo al que llaman tu esposo cansado del trabajo, que se apresura a

llegar a su morada.

EL COLONO

¿Quiénes son esos extranjeros que están a la puerta? ¿Qué motivo los

trae a mis umbrales? ¿Me necesitarán acaso? Indecoroso es para una

mujer conversar con hombres jóvenes.

ELECTRA

¡Oh carísimo!, nada sospeches de mí; sabrás lo que sucede; estos

extranjeros me traen nuevas de Orestes. Dispensadme vosotros estas

palabras.

EL COLONO

¿Qué dicen? ¿Vive y ve la luz?

ELECTRA

Vive, según aseguran, y al parecer no mienten.

EL COLONO

¿Y se acuerda de su padre y de tus desdichas?

ELECTRA

Así lo creo, pero poco puede un desterrado.

EL COLONO

¿Y qué nuevas traen de su parte?

ELECTRA

Los envía para averiguar mis males.

EL COLONO

Algunos sabrán ya por sí mismos al verte; de los demás les habrás

informado.

ELECTRA

Ya los conocen; nada les he callado.

EL COLONO

Más valiera llevarlos primero a casa. Id a ella, y recibiréis por tan

alegres nuevas la hospitalidad que yo puedo daros; llevaos allá su

equipaje, ¡oh siervos!, y no os opongáis a mi propósito, pues venís de

parte de un ser querido al hogar de quien lo ama; y aunque pobre, no

será villana mi conducta.

ORESTES

¿No es este, ¡oh dioses!, el hombre que respeta ocultamente tu

virginidad, no queriendo ofender a Orestes?

ELECTRA

Llámanle el esposo de esta desgraciada.

ORESTES

¡Ah! No hay señal cierta para conocer la nobleza,[182] porque los

ingenios de los mortales suelen padecer extrañas perturbaciones. Yo vi

a un hijo de ilustre padre que no lo era, y después a hombres honrados

hijos de otros malvados, y pobreza de espíritu en un opulento, y

grandeza de ánimo en un miserable. ¿Quién, pues, podrá distinguirla

y juzgar rectamente? ¿Atenderá a las riquezas? Sin duda será mal

juez. ¿Se decidirá por los que nada poseen? La pobreza tiene sus

inconvenientes; la necesidad obliga a veces a ser malo. ¿Apelará a las

armas? ¿Pero quién, mirando una lanza, podrá testificar de la bondad

del que la lleva? Lo mejor es abstenerse de juzgar. Este hombre, no

distinguido entre los argivos, ni de familia ilustre, sino un pobre

labrador, es, sin embargo, excelente. ¿No sabréis vosotros, los que os

alucináis con falsas imágenes, llamar nobles a los hombres ateniéndoos

a su índole y costumbre? Estos gobiernan bien las ciudades y las

familias, y los ricos sin seso son estatuas del ágora. Un brazo robusto

no resiste mejor la lanza enemiga que uno débil, pues la verdadera

fuerza es la energía y el valor natural. (_A Electra_). Por esta razón,

ya presente, ya ausente el hijo de Agamenón, que nos manda, aceptemos

la hospitalidad que nos ofrecen; entrad, pues, ¡oh siervos! Más quiero

que me hospede un pobre atento que un rico. Alabo la recepción que este

hombre nos ha hecho, aunque exigiera quizá más si, feliz tu hermano,

me trajese a una casa también feliz. Quizá venga él, que Apolo ha

pronunciado sus oráculos; las adivinaciones humanas solo compasión me

inspiran. (_Retíranse Pílades, Orestes y los servidores, que entran en

la casa_).

EL CORO

La alegría, ¡oh Electra!, fortalece ahora mi corazón más que antes;

acaso la fortuna, que tan tristemente ha caminado hasta ahora, se

detenga y nos favorezca.

ELECTRA

¿Cómo te has atrevido, ¡oh desgraciado!, a recibir en tu casa tan

ilustres huéspedes, conociendo tu pobreza?

EL COLONO

Porque si, como parecen, son nobles, ¿no lo agradecerán, ya coman bien,

ya mal?

ELECTRA

Puesto que erraste, siendo tanta tu miseria, ve en busca del anciano

servidor de mi padre que, desterrado de la ciudad, guarda el ganado en

las orillas del río Tanao,[183] límite de la tierra argiva y del suelo

espartano, y dile que venga y traiga presentes para los extranjeros.

Se alegrará y dará gracias a los dioses de que viva el joven a quien

salvó en otro tiempo. Del palacio paterno y de nuestra madre nada

recibiremos, que no habría tan mala nueva para ese miserable como la de

saber que vive Orestes.

EL COLONO

Iré, pues que te agrada, en busca de ese anciano; pero llégate a casa y

prepara lo necesario. Como quiera, encontrará cualquier mujer abundante

alimento. De lo que estoy seguro es de que, al menos, tenemos lo

bastante para saciarlos un día. Cuando pienso en estas cosas siempre

recuerdo lo que valen las riquezas para ofrecer la hospitalidad y curar

el cuerpo si lo ataca alguna dolencia; pero con poco se satisface la

necesidad de cada día, porque, estando harto, lo mismo es el rico que

el pobre.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Ínclitas naves, que arribasteis un día a Troya con

innumerables remos, danzando entre coros de nereidas, mientras que

el delfín, apasionado de la flauta,[184] envolvía las cerúleas proas

llevando al hijo de Tetis, a Aquiles de pies ligeros, y al rey Agamenón

a las orillas del Simois, que riega los campos de Ilión.

_Antístrofa 1.ª_ — Pero las nereidas, al dejar las riberas de la

Eubea, llevaban las cinceladas armas que labró Hefesto en sus dorados

yunques,[185] y buscaron a Aquiles por el Pelión y las altas y sagradas

arboledas del Osa,[186] y por las grutas de las ninfas, testigos de sus

amores, en donde el centauro Quirón[187] educó a este sol de la Grecia,

hijo de la marina Tetis y veloz auxiliar del Atrida.

_Estrofa 2.ª_ — Contome cierto griego que volvió de Troya al puerto

de Nauplia, que en tu escudo, ¡oh hijo de Tetis!, estaban esculpidos

estos signos, terror de los frigios: en el cerco, Perseo volando sobre

los mares con sus talares alígeras, mostrando la cabeza ensangrentada

de la Gorgona, con Hermes, nuncio de Zeus, rústico hijo de Maya,[188]

y en el centro el Sol resplandeciente con sus alados caballos, y los

coros etéreos de astros, las Pléyades,[189] y las Híades, formidables

a los ojos de Héctor. En su casco de áureas figuras, las Esfinges,[190]

oprimiendo entre sus garras su famosa presa; en la loriga, que protege

su cuerpo, la leona Quimera,[191] de rápido curso, respirando llamas, y

en sus uñas el caballo Pegaso de Pirene.

_Antístrofa 2.ª_ — Por último, en su mortífera lanza una cuadriga de

fogosos caballos, envueltos en oscuro polvo. Al rey de tales guerreros

mataste, ¡oh Tindáride!, mujer malvada, a tu mismo esposo, y los dioses

en castigo decretarán tu muerte, y algún día, sí, algún día veré correr

la sangre por tu cuello. (_Llega el viejo ayo de Agamenón_).

EL ANCIANO

¿En dónde, en dónde está mi dueña y veneranda virgen, la hija de

Agamenón, que eduqué en otro tiempo? De arduo acceso es esta casa para

los pies de un anciano, lleno de arrugas. Preciso es, sin embargo, ver

a mis amigos, a pesar de mi encorvado cuerpo y vacilantes rodillas. ¡Oh

hija!, ya que te veo junto a tu casa; tráigote este tierno cordero del

rebaño de mis ovejas, y guirnaldas, y enjutos quesos, y este tesoro

añoso de Dioniso, que perfuma el ambiente, escaso, en verdad, pero de

dulce sabor cuando se vierte en la copa. Que alguno lo lleve a la casa

para los huéspedes, mientras yo enjugo con mis vestidos las lágrimas

que derraman mis ojos.[192]

ELECTRA

¿Por qué lloras, anciano? Después de tanto tiempo, ¿renuevan mis males

tus dolores, o gimes por Orestes, mísero desterrado, y por mi padre,

que en vano educaste en otro tiempo para ti y para tus amigos?

EL ANCIANO

Vanamente, es verdad; no puedo menos de llorar, que de paso visité su

sepulcro, y solo derramé abundantes lágrimas, prosternado en tierra, y

ofrecí libaciones del vino que he traído para tus huéspedes, y deposité

alrededor del túmulo ramos de mirto; y en la misma pira vi vellón de

negra oveja, y sangre recién vertida, y rizos de una rubia cabellera.

Me admiré, ¡oh hija!, de que hubiese osado ningún hombre acercarse al

túmulo, y no será ningún argivo, sino acaso tu hermano, que ha venido

ocultamente, y ha tributado al mísero sepulcro de tu padre los honores

debidos. Mira los cabellos de que hablo y compáralos con los tuyos, por

si son como estos, cual suele suceder entre hermanos.

ELECTRA

No es de sabio lo que hablas, ¡oh anciano!, si crees que mi animoso

hermano ha vuelto y se esconde por miedo de Egisto. Además, ¿cómo

han de ser iguales los rizos de ambos, cuando los unos serían de un

hombro noble, educado en la palestra, y los otros de una mujer que se

peina con frecuencia?[193] Es, pues, imposible lo que pretendes, que

encontrarás, ¡oh anciano!, muchos cabellos parecidos, aunque no sean

parientes los que los llevan.

EL ANCIANO

Compara al menos su huella, examina los pasos impresos, a ver si el pie

es igual al tuyo, ¡oh hija!

ELECTRA

¿Cómo se ha de imprimir la huella de los pies en la endurecida tierra?

Y aunque así fuera, nunca es igual la de dos hermanos, si son varón y

hembra, sino mayor la del primero.

EL ANCIANO

¿Y no podrías reconocer, si estuviese de vuelta, la tela que tejiste

con tu lanzadera, y en la cual lo oculté en otro tiempo para salvarlo

de la muerte?

ELECTRA

¿Ignoras que yo era jovencilla cuando huyó Orestes de este país? Y

aunque la hubiera tejido, ¿cómo, siendo entonces niño, tendría ahora el

mismo vestido, a no ser que crezca con el cuerpo? Así, pues, o algún

peregrino se cortó el cabello, observando el abandono del sepulcro, o

algún argivo, favorecido por las tinieblas.

EL ANCIANO

¿Pero en dónde están los huéspedes? Quiero verlos y preguntarles por tu

hermano. (_Salen de la casa Pílades y Orestes con su séquito_).

ELECTRA

De mi morada salen con pies ligeros.

EL ANCIANO

Y en verdad que parecen nobles, aunque la sola apariencia sea indicio

falaz, pues muchos, nobles de aspecto, son villanos. Voy, sin embargo,

a saludarles.

ORESTES

Salve, ¡oh anciano! ¿De cuál de tus amigos, ¡oh Electra!, es esta

sombra?

ELECTRA

Es el que educó a mi padre, ¡oh huésped!

ORESTES

¿Qué dices? ¿El que ocultó a tu hermano?

ELECTRA

El que lo salvó, si de él queda algo.

ORESTES

¡Hola! ¿Por qué me mira como si examinara una obra curiosa de plata

cincelada? ¿Me confunde con alguno?

ELECTRA

Acaso se alegra; creyéndote igual a Orestes.

ORESTES

Varón amado en verdad; ¿con qué objeto da vueltas?

ELECTRA

Yo misma me admiro, ¡oh huésped!, observándolo.

EL ANCIANO

¡Oh amada hija Electra!, da gracias al cielo.

ELECTRA

¿Por qué? ¿Está presente o no?

EL ANCIANO

Y acepta el rico tesoro que un dios te ofrece.

ELECTRA

He aquí cómo imploro a los dioses. ¿Pero qué dices, anciano?

EL ANCIANO

Mira con atención a este hombre muy amado, ¡oh hija!

ELECTRA

Temo, ya hace rato, que no está cabal tu juicio.

EL ANCIANO

Lo pierdo, en efecto, viendo a tu hermano.

ELECTRA

¿Qué extrañas palabras has proferido?

EL ANCIANO

Que veo aquí a Orestes, hijo de Agamenón.

ELECTRA

¿En qué señal te fundas que me inspire fe?

EL ANCIANO

Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3) · 第 6 / 23 段