¡Ah! Ya respiro. (_Anfitrión y el coro se ocultan cuando oyen las

exclamaciones de Heracles_). Y veo lo que más anhelo, el aire, la

tierra y estos rayos del sol; pero figúraseme que he sufrido grave

borrasca y perturbación en mi juicio, y que abrasa mi aliento, saliendo

de mis pulmones con trabajo, no como antes. ¿Qué es esto? ¿Por qué,

como a una nave,[145] sujetan cuerdas mi pecho y vigorosos brazos, y

estoy sujeto a este trozo de columna, cercado de cadáveres? Flechas

aladas y un arco yacen esparcidos por el suelo, que antes no se

separaban de mí, y me defendían, y yo los conservaba con cuidado. Según

presumo, no he vuelto otra vez a los infiernos por orden de Euristeo,

habiendo venido hace poco. Ni veo el peñasco de Sísifo, ni a Hades,

ni el cetro de la hija de Deméter. Admirado estoy; ignoro en dónde me

hallo. ¡Hola! ¿Hay cerca o lejos algún amigo que disipe mis dudas?

Paréceme que me son desconocidos todos estos objetos.

ANFITRIÓN

Ancianos, ¿me acercaré ya al autor de mis males?

EL CORO

Y yo contigo, para compartir tu desgracia (_Acércanse a él el coro y

Anfitrión, este sollozando y cubierto el rostro_).

HERACLES

Padre, ¿por qué lloras y ocultas tu rostro, apartándole de tu hijo muy

querido?

ANFITRIÓN

¡Oh hijo, que eres mi hijo, aunque desdichado!

HERACLES

Pero ¿cuál es mi infortunio, para que así llores?

ANFITRIÓN

Si algún dios lo sufriese, gemiría.

HERACLES

Tus palabras son graves, pero aún no has dicho lo ocurrido.

ANFITRIÓN

Tú mismo lo ves, si estás en tu juicio.

HERACLES

Di si me acusas de algún crimen que yo haya cometido.

ANFITRIÓN

Te lo diré, si ya no eres esclavo de Hades.

HERACLES

¿Qué es esto? Por dos veces has hablado en términos enigmáticos.

ANFITRIÓN

Estoy observándote, hasta cerciorarme de que has recobrado la razón.

HERACLES

No recuerdo haber padecido nunca dolencia alguna de ese género.

ANFITRIÓN

Ancianos, ¿desato a mi hijo? ¿Qué hago?

HERACLES

Dime también el nombre del que me sujetó, que al verme así me

avergüenzo.

ANFITRIÓN

Piensa solo en tus males, y deja lo demás.

HERACLES

¿Basta, acaso, tu silencio para saber lo que deseo?[146]

ANFITRIÓN

¡Oh Zeus!, ¿impasible contemplas estas desdichas, fraguadas en el solio

de Hera?

HERACLES

¿He recibido, por ventura, algún nuevo daño de esa diosa?

ANFITRIÓN

Olvídate de ella y acuérdate solo de tu infortunio.

HERACLES

¡Perdidos somos! ¿De qué calamidad hablas?

ANFITRIÓN

Mira, contempla estos cadáveres de tus hijos.

HERACLES

¡Ay de mí! ¡Horrible espectáculo! ¡Oh desgracia!

ANFITRIÓN

Guerra nefanda, ¡oh hijo!, has hecho a los tuyos.

HERACLES

¿De qué guerra hablas? ¿Quién los mató?

ANFITRIÓN

Tú y tu arco, y el dios que te sugirió ese crimen.

HERACLES

¿Qué dices? ¿Quién es el asesino? ¡Oh padre, mensajero de desdichas!

ANFITRIÓN

Víctima de tu delirio, deseas oír narración deplorable.

HERACLES

¿También soy yo el asesino de mi esposa?

ANFITRIÓN

Todos estos atentados obra son de la misma mano.

HERACLES

¡Ay, ay de mí! Tristes tinieblas me cercan.

ANFITRIÓN

¡Tus males me hacen llorar!

HERACLES

¿Furioso derribé, pues, mi palacio?

ANFITRIÓN

Solo sé que en todo eres desdichado.

HERACLES

¿Cuándo me acometió la locura? ¿Cuándo se ensañó en mí?

ANFITRIÓN

Al purificar con el fuego tus manos junto al ara.

HERACLES

¡Ay de mí! ¿Cómo no me arranco la vida,[147] cuando he asesinado a

los hijos de mi corazón, o me precipito de algún peñasco escarpado, o

atravieso mi pecho con la espada, para que yo sea también el vengador

de su muerte, o abrase el fuego mi cuerpo para lavar esta infamia que

me agobia? Pero aquí viene Teseo, mi pariente[148] y amigo, que se

opondrá a mi suicidio. ¿Me verán los ojos de mi huésped más amado lleno

de sangre de mis hijos? ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿A qué soledad dirigiré

mis pasos para librarme de estos males? ¡Ay, si pudiera volar por los

aires, o esconderme en la tierra! Ocultaré mi rostro, que me avergüenzo

de mis crímenes, y ya que estoy manchado con esta sangre, no quiero

contaminar a los demás. (_Aparece Teseo con su séquito de guerreros

atenienses_).

TESEO

Acompáñanme otros jóvenes guerreros de Atenas, que acampan a las

orillas del Asopo, para auxiliar a tu hijo, ¡oh anciano! A la ciudad

habitada por los descendientes de Erecteo llevó nueva la fama de que

Lico, después de apoderarse de esta región, os había declarado la

guerra y se preparaba a pelear con vosotros. He venido, pues, a pagar

a Heracles el beneficio que me hizo sacándome de los infiernos, y

por si necesitáis de mi auxilio o del de mis aliados. ¿Qué es esto?

¿Qué hacen aquí estos cadáveres? ¿He venido acaso tarde para evitar

esta desgracia? ¿Quién mató a estos niños? ¿Cúya es esta esposa que

miro? Porque presumo que no han muerto en la guerra, sino que han sido

víctimas de alguna otra calamidad.

ANFITRIÓN

¡Oh rey, dueño de la colina cubierta de olivos!...

TESEO

¿Por qué comienzas tu plática con tan triste exordio?[149]

ANFITRIÓN

Hemos sufrido graves males, obra de los dioses.

TESEO

¿Quiénes son estos niños a quienes lloras?

ANFITRIÓN

Engendrolos mi desventurado hijo, y él mismo los mató; él osó

asesinarlos.

TESEO

Otras palabras quiero oír.

ANFITRIÓN

Y de buen grado te obedeciera.

TESEO

¡Horribles son las que has proferido!

ANFITRIÓN

¡Perdidos somos! ¡Perdidos somos!

TESEO

¿Qué dices? ¿Cómo lo hizo?

ANFITRIÓN

Arrastrado por la locura; los mató con veneno de la hidra de cien

cabezas.[150]

TESEO

Débelo al odio de Hera. ¿Quién es ese que yace entre los muertos,

anciano?

ANFITRIÓN

Mi hijo, mi hijo mísero, que, armado de su escudo, combatió en mortal

pelea a favor de los dioses, y luchó contra los gigantes en los campos

de Flegra.[151]

TESEO

¡Ay, ay de mí! ¿Qué mortal fue nunca tan desdichado?

ANFITRIÓN

No hallarás otro víctima de tantas calamidades ni de tan inauditos

infortunios.

TESEO

¿Por qué el infeliz oculta su cabeza bajo sus vestidos?

ANFITRIÓN

Porque se avergüenza de verte, recordando tu amistad fraternal y la

muerte de sus hijos.

TESEO

También vine a compartir su dolor; descúbrelo.

ANFITRIÓN (_que se arrodilla delante de Heracles_).

¡Oh hijo!, quita ese vestido de tus ojos, sepáralo a un lado, muestra

tu faz al sol, que un noble amigo viene a enjugar tus lágrimas. ¡Por

tu barba, por tus rodillas y tu mano te lo suplico, por el llanto que

vierte este anciano! ¡Hijo mío, aplaca tu ira de fiero león, que te

arrastra fuerza mortífera e impía, y quieres añadir nuevos males a los

que ya sufrimos!

TESEO

Vamos; a ti me dirijo, que yaces en tan deplorable postura; muestra

tu rostro a tus amigos. ¡No hay nube tan negra que pueda encubrirnos

la plaga de tus males! ¿Por qué extiendes hacia mí tu mano, y me

señalas esos muertos? ¿Temes acaso contaminarme si me hablas? No

rehúso compartir tus desdichas, que fui feliz algún día, y no olvido

que me sacaste de las tinieblas a la luz. Detesto a los que muestran

fría gratitud a sus amigos, y al que quiera disfrutar con ellos de sus

placeres y abandonarles en la desgracia. Levántate, descubre tu cabeza

desdichada, míranos. (_Quítale el vestido del rostro_). El mortal que

es noble sufre con resignación la cólera del cielo.

HERACLES

¡Oh Teseo!, ¿no eres testigo del estrago que he hecho en mis hijos?

TESEO

Ya me lo han referido, y mis ojos contemplan el desastre a que aludes.

HERACLES

¿Por qué descubriste mi cabeza a la luz del sol?

TESEO

¿Y por qué no? Tú, siendo hombre, ¿ofendes acaso a los dioses?

HERACLES

Evita, ¡oh desdichado!, mi contagio impío.

TESEO

Nunca contagian los amigos.

HERACLES

Te alabo; no me arrepiento de los beneficios que te hice.

TESEO

Y yo que los recibí, me compadezco ahora de ti.

HERACLES

Digno soy de lástima por haber asesinado a mis hijos.

TESEO

Lamento tu desdicha y la mudanza de tu suerte.

HERACLES

¿Viste nunca a algún otro víctima de mayores males?

TESEO

Desde la tierra llegan los tuyos al cielo.

HERACLES

Dispuesto estoy a morir.

TESEO

¿Crees, acaso, que se cuidarán los dioses de tus amenazas?

HERACLES

Crueles son conmigo, y yo lo seré con ellos.

TESEO

Refrena tu lengua, que agravarás tus dolores si hablas con soberbia.

HERACLES

Tantos son ya mis males, que no hay lugar para más.

TESEO

¿Qué harás? ¿En dónde descargarás tu ira?

HERACLES

Muerto iré al infierno, de donde he venido.

TESEO

Palabras son las tuyas de un hombre vulgar.

HERACLES

Tú me aconsejas así porque no sufres lo que yo.

TESEO

¿Cómo? ¿Así se expresa Heracles, el que padeció tantos trabajos?

HERACLES

No los sufriré tan crueles, suponiendo que pueden tolerarse.

TESEO

¿El bienhechor y grande amigo de los hombres?

HERACLES

De nada me sirve esto, que vence Hera.

TESEO

No consentirá la Grecia que tan temerariamente mueras.

HERACLES

Oye, pues, y mis palabras desvanecerán tus escrúpulos; yo te explicaré

por qué no debo vivir ahora, ni debía vivir antes. Recuerda, en primer

lugar, que este es mi padre, manchado con la sangre del anciano

que engendró a mi madre Alcmena, su esposa.[152] Cuando es vicioso

el tronco de un linaje, es necesario que sean desgraciados sus

descendientes. Zeus, sea quien fuere, me dio el ser y me hizo odioso a

Hera; no te ofendas, anciano, que para mí eres tú mi padre, no Zeus.

Y cuando todavía mamaba envió a mi cuna terribles serpientes aquella

diosa para que me ahogasen.[153] ¿A qué contar los trabajos que después

sufrí, cuando la pubertad sombreó mi labio? ¿Qué luchas no he sostenido

con leones, con tifones de tres cuerpos,[154] con gigantes o con

innumerables centauros? Y después de dar muerte a la hidra, perro de

muchas cabezas que sin cesar renacían, terminé otras muchas empresas,

y fui a los infiernos por orden de Euristeo, para sacar a la luz del

sol al monstruo de tres cabezas que guarda la entrada. Y ahora, por

último, me aflige la desdicha de haber asesinado a mis hijos, para

poner el colmo a los males que se ensañan en mi familia. A tal extremo

he llegado; ni aun me es lícito habitar en mi amada Tebas, porque si

permanezco en ella, ¿qué templo visitaré, qué amigos? Tan grande es

mi desventura que no puedo hablar con nadie.[155] ¿Me encaminaré a

Argos? ¿Cómo, estando desterrado de mi patria? ¿A qué otra ciudad iré?

Me mirarán con malos ojos, porque todos me conocerán y amargamente

murmurarán así de mí: «¿No es ese aquel hijo de Zeus que mató en otro

tiempo a sus hijos y a su esposa? ¿No se irá de aquí a expiar en otra

parte su crimen?». Tristes son las mudanzas de la fortuna para los

que se reputan felices, que quien fue siempre desdichado no siente

los nuevos males que le atormentan. Pienso que algún día ha de ser

tan extremada mi desventura que la tierra me dará voces para que no

la toque, y el mar para que no lo atraviese, y las fuentes de los

ríos, y que sufriré un suplicio análogo al de Ixión en la rueda. Lo

mejor es, por tanto, que ningún griego vuelva a verme, ya que entre

ellos fui feliz. ¿Para qué he de vivir ya? ¿Qué ganaré, hombre inútil

y deshonrado? Dance ya contenta la ínclita esposa de Zeus, hiriendo

el Olimpo con sus pies; logró lo que deseaba, aniquilar por completo

al héroe más ilustre de la Grecia. ¿Quién adorará a semejante deidad?

Por celos de una mortal, amada de Zeus, ha perdido al bienhechor de la

Grecia, de todo punto inocente.

TESEO

La esposa de Zeus ha sido la única autora de todo: con razón lo has

creído. (Más fácil es aconsejarle que soportar sus males). En todos

los seres se ensaña la fortuna, hasta en los dioses, si no son falsas

las narraciones de los poetas. ¿No han contraído entre sí incestuosos

himeneos? ¿Por mandar, no han cargado a sus padres de ignominiosas

cadenas?[156] ¡Y habitan en el cielo y no se afligen mucho recordando

sus faltas! ¿Y qué dirás tú, mísero mortal, que sufres tan impaciente

los males de esta vida, y quieres superar a los dioses? Deja, pues, a

Tebas, si la ley te prohíbe residir en ella, y sígueme a la ciudad de

Palas. Allí, purificando tus manos de este crimen, te daré un palacio,

y parte de mis bienes, y los presentes que me hicieron los ciudadanos

por haber salvado la vida a los catorce jóvenes, después de dar muerte

al toro de Creta. Campos tengo propios en toda esta región: mientras

vivas, tuyos los llamarán los hombres; y cuando mueras y desciendas al

infierno, edificarán en ellos monumentos, se instituirán sacrificios

en tu honor y te rendirá culto toda Atenas. Bello galardón es para

sus ciudadanos alcanzar fama entre los griegos por servir a un hombre

eminente. Y yo te lo debo por haberme salvado; además, no tienes ahora

amigos. Cuando los dioses favorecen a un mortal, no los necesita, que

nos basta su celestial protección si quieren dispensárnosla.

HERACLES

¡Ay de mí! Leve es este consuelo para mitigar mis males. No pienso

probar que los dioses han celebrado himeneos incestuosos, ni he

creído nunca, ni creeré jamás que encadenaron a otros, ni que haya

uno que domine a los demás. El dios que lo es verdaderamente, de

nadie necesita: esas son deplorables invenciones de los poetas.[157]

Pero temo que alguno me llame cobarde si abandono la luz por evitar

mis males. Porque el hombre que no sabe soportar los embates de la

adversidad no podrá resistir tampoco los dardos enemigos. Aguardaré

impávido la muerte; iré a tu ciudad, y desde ahora agradezco infinito

tus dones. Pero ya he sufrido innumerables trabajos que no me hicieron

mella alguna, ni mis ojos derramaron lágrimas, ni creí nunca que

llegara al extremo de derramarlas. Ahora, según parece, debo también

resignarme. Sea así: ya ves cómo me destierro, asesino de mis hijos,

¡oh anciano! Dales sepultura y adorna sus cadáveres, y hónralos con

tu llanto (la ley no me lo permite), acercándolos al pecho de su madre

y depositándolos en sus brazos; unión deplorable, obra involuntaria

de mi mísera locura. Y después que la tierra los reciba en su seno,

habita, infortunado, en esta ciudad y cobra ánimo para sufrir conmigo

estos males. ¡Oh hijos!, el mismo padre que os engendró os ha perdido y

ningún fruto sacasteis de mis triunfos, ni de lo que gané para vosotros

en mis trabajos, la más grata recompensa para vuestro padre. También

te perdí, ¡oh desventurada!, no pagándote como debía, que fielmente

guardaste mi lecho, encerrada tan largo tiempo en mi palacio. ¡Ay de

mi esposa y de mis hijos! ¡Ay de mí! ¡Lastimoso fue mi delito, y ya

me separo de ellos y de mi amada compañera! ¡Oh amargos ósculos! ¡Oh

funestas armas! No sé si conservarlas o abandonarlas, pues pendientes

de mis hombros me reconvendrán así: «Con nuestra ayuda mataste a tus

hijos y a tu esposa; no nos dejas y somos sus asesinos». ¿Y yo las he

de llevar? ¿Qué podré replicarles? Pero sin ellas, instrumentos de tan

gloriosas hazañas en la Grecia, ¿me expondré a que mis enemigos me den

muerte ignominiosa? No las soltaré nunca, para mi mayor tormento. ¡Oh

Teseo!, solo te ruego que ayudes a este desdichado. Acompáñame a Argos

a pedir conmigo el premio que se me prometió si traía al Cancerbero, no

me suceda alguna otra desgracia, sin amigos y afligido por la pérdida

de prendas tan caras. ¡Oh tierra de Cadmo y pueblo entero de Tebas!:

cortad vuestros cabellos, llorad, sepultad a mis hijos, y gemid a un

tiempo por los muertos y por mí. ¡Todos perecimos! Hera nos ha herido:

a ella debemos esta horrible calamidad.[158]

TESEO

Levántate, ¡oh infeliz!; bastantes lágrimas has derramado.

HERACLES

No puedo; rígidos están mis miembros.

TESEO

También las desdichas abaten a los fuertes.

HERACLES

¡Ay de mí! ¡Ojalá que me convierta en monumento imperecedero de mis

males!

TESEO

Basta ya; da la mano a un amigo que te ama.

HERACLES

Cuidado, no llene de sangre tus vestidos.

TESEO

Llénalos, no tengas miedo; poco me importa.

HERACLES (_levantándose_).

Huérfano de mis hijos, tú harás sus veces conmigo.

TESEO

Apóyate en mi cuello; yo te guiaré.

HERACLES (_abrazándole_).

He aquí dos amigos verdaderos, pero el uno es desdichado. ¡Oh anciano!,

así deben ser los tuyos.

ANFITRIÓN

Afortunada es la patria madre de tales hijos.

HERACLES

Teseo, déjame mirar de nuevo a mis hijos.

TESEO

¿Podrá esto consolarte? ¿Sentirás así algún alivio?

HERACLES

Lo anhelo, y quiero abrazar también a mi padre.

ANFITRIÓN

Aquí me tienes, ¡oh hijo!; dulce es para mí tu recuerdo.

TESEO (_mientras Heracles y Anfitrión se abrazan_).

¿Te olvidaste ya de tus trabajos?

HERACLES

Inferiores son a estos todos ellos.

TESEO

Si alguno observa tu abatimiento, no te alabará.

HERACLES

Débil te parezco ahora, no antes, según creo.

TESEO

Seguramente: ¿qué se hizo el famoso Heracles? ¿Es este acaso?

HERACLES

¿Y cómo pensabas cuando yacías mísero en los infiernos?

TESEO

Encontrábame más abatido que otro cualquier hombre.

HERACLES

¿Y cómo dices que los males me humillan?

TESEO

Prosigamos nuestro camino.[159]

HERACLES (_desprendiéndose de los brazos de su padre_).

Adiós, anciano.

ANFITRIÓN

Adiós, hijo.

HERACLES

Que sepultes a los míos como te he dicho.

ANFITRIÓN

Y a mí, ¿quién me sepultará, ¡oh hijo!?

HERACLES

Yo.

ANFITRIÓN

¿Cuándo volverás?

HERACLES

Cuando entierres a mis hijos.

ANFITRIÓN

¿Cómo, pues?

HERACLES

Desde Tebas te llevaré a Atenas. Pero cuida tú de depositar a mis

hijos en su última morada. ¡Triste encargo, en verdad! Nosotros,

que deshonramos a nuestra familia, seguiremos a Teseo como perdida

navecilla. Se engaña el que apetece el poder o las riquezas y las

prefiere a los buenos amigos.

EL CORO

Alejémonos de aquí llenos de tristeza y derramando abundantes lágrimas,

que hemos perdido a nuestro mejor amigo.

ELECTRA

ARGUMENTO

Egisto y Clitemnestra, asesinos de Agamenón, esposo de esta y rey de

Argos y Micenas, después de su muerte casaron a su hija Electra con

un labrador, hombre oscuro, para no exponerse a su venganza ni a la

de sus hijos, y hasta quisieron matar a Orestes, hermano de Electra,

salvándose solo merced a la fidelidad de un viejo servidor de su

padre que lo llevó a la Fócida, al palacio de Estrofio, rey de esta

región y padre de Pílades. Ya hombre, el dios Apolo le ordenó que

vengase a Agamenón, y con este objeto penetró en el territorio argivo,

llegando a la pobre morada en donde vivía su hermana Electra, virgen

aún, merced al respeto que a su elevada alcurnia profesaba su esposo.

Como era tan grande la pobreza de este matrimonio, Electra aconsejó

a su esposo que buscase al servidor de su padre que salvó a Orestes,

pastor entonces de ricos rebaños a las orillas del Tanao, para que

trajese algunos presentes a aquel y a su compañero Pílades. Vino, en

efecto, el anciano, y habiendo reconocido a Orestes por una cicatriz

que tenía en la frente, concertáronse los cuatro (el anciano, Electra,

Orestes y Pílades) para asesinar a Egisto y Clitemnestra. Casualmente

había salido Egisto al campo a ofrecer a las ninfas un sacrificio,

y presentándosele sus mortales enemigos, a quienes no conocía, como

si fuesen extranjeros tesalios, tomaron parte en aquella religiosa

ceremonia, siendo invitados por Egisto, que muere, mientras se

celebraba, a manos de Orestes. Quedaba todavía otra víctima: la madre

de sus asesinos. Electra, para atraerla a su casa, fingió que había

dado a luz un niño, y lo participó a su madre para que viniese. Así

sucedió, y sus propios hijos clavaron en ella sus puñales matricidas.

Entonces se aparecen los Dioscuros, hermanos de Helena y Clitemnestra,

y ordenan a Pílades que se lleve a la Fócida a Electra, casándose con

ella y dando a su esposo el labrador una libra de oro, y que Orestes se

encamine a Atenas a ser juzgado en el Areópago, en donde Apolo será su

defensor.

Como este mismo asunto ha servido a Esquilo y a Sófocles para la

composición de dos tragedias, es conveniente que los estudiosos las

comparen entre sí y noten las diferencias que las caracterizan. Así

lo ha hecho Aug. Guill. Schlegel,[160] cuyo juicio acerca de la de

Eurípides es el siguiente:

«La tragedia de Eurípides es un singular ejemplo de poético, o más bien

dicho, de absurdo antipoético; sería difícil exponer todas las faltas

y contradicciones que contiene. ¿Por qué, verbigracia, engaña Orestes

a su hermana tanto tiempo, sin darse a conocer? ¿Por qué abrevia el

poeta tan fácilmente su trabajo, prescindiendo sin escrúpulo de sus

invenciones, como sucede con el labrador, de cuyo paradero nada se

sabe después que llega el anciano con los presentes? En parte quiso

Eurípides dar a su tragedia novedad, en parte le pareció inverosímil

que Orestes matase al rey y a su esposa en la misma ciudad, y por

evitarlo ha sido aún más inverosímil. Lo trágico de esta obra no es

suyo propio, sino de la fábula, de sus predecesores, de la tradición

primitiva. Su plan no es tampoco de tragedia, sino de un cuadro

familiar, en la significación que tiene hoy esta palabra. Los efectos

de la miseria de Electra hacen una impresión lastimosa; el poeta ha

descubierto su secreto en la grata exposición que ella hace de su

triste estado. Todos los móviles de la acción son extremadamente

superficiales y evidencian que no parten del convencimiento íntimo

del autor; es inexplicable que Egisto conmueva con su generosa

hospitalidad y Clitemnestra con la compasión que muestra a su hija:

la acción, después de cumplida, remata desgraciadamente en deplorable

arrepentimiento, el cual es de tal especie que, sin ofrecer sentido

moral, puede tan solo calificarse de acceso ligero de moralidad. De los

cargos que dirige al oráculo de Delfos nada queremos decir. Como en

toda la composición se revela este espíritu, no puedo comprender qué

objeto se propusiera Eurípides al escribirla, a no ser casar bien a

Electra y hacer feliz al viejo labrador en premio de su continencia. Yo

desearía, en verdad, que se verificase el enlace de Pílades, y que el

labrador recibiese una cuantiosa suma de dinero; así todo acabaría como

una comedia ordinaria, a satisfacción de los espectadores. Advertiré,

para que no se me tache de injusto, que la ELECTRA es quizá la peor

tragedia de Eurípides. ¿Fue acaso su afán de novedades la causa que lo

impulsó a escribir este absurdo? Sin duda sentía que dos predecesores

de tal fama se le hubiesen adelantado. Pero ¿qué necesidad tenía de

medirse con ellos y escribir una ELECTRA?».

De acuerdo enteramente con este juicio de Schlegel, no obstante la

complacencia con que señala todos sus defectos, sin indicar siquiera

una belleza, solo debemos advertir que hasta el mismo Hartung, que

rechaza la crítica de Schlegel, viene después a confirmarla, pues en su

introducción a esta tragedia se limita, sin defenderla, a dar algunas

reglas a los escolares que se dedican al estudio del griego.

En cuanto a la época de su representación, solo podemos atenernos a

las indicaciones que hace el poeta en el texto, siguiendo a M. de

Boissonnade, a Theod. Berghius (en su libro _De reliq. aut. comœd._,

pág. 50), y a Théob. Fix en su _Chronologia fabularum Euripides_,

página XI. En efecto, los Dioscuros (versos 1329-1337), dicen así:

νὼ δ᾽ ἐπὶ πόντον Σικελὸν σπουδῇ

σῴσοντε νεῶν πρῴρας ἐνάλους.

διὰ δ᾽ αἰθερίας στείχοντε πλακὸς

τοῖς μὲν μυσαροῖς οὐκ ἐπαρήγομεν,

οἷσιν δ᾽ ὅσιον καὶ τὸ δίκαιον

φίλον ἐν βιότῳ, τούτους χαλεπῶν

ἐκλύοντες μόχθων σῴζομεν.

οὕτως ἀδικεῖν μηδεὶς θελέτω

μηδ᾽ ἐπιόρκων μέτα συμπλείτω.

Por tanto, en atención a estas clarísimas alusiones que se hacen a la

funesta expedición de Sicilia, al espíritu filosófico irreligioso de

toda ella, al descuido de su versificación y a las faltas que hemos

señalado más arriba, es de presumir que se representara hacia la

olimpiada 91, 4.

PERSONAJES

UN COLONO _de Micenas._

ELECTRA, _hija_ }

Y } _de Agamenón._

ORESTES, _hijo_ }

PÍLADES (_personaje mudo_).

CLITEMNESTRA, _viuda de Agamenón y ahora esposa de Egisto._

CORO DE MUJERES _de Micenas._

UN ANCIANO.

UN MENSAJERO.

LOS DIOSCUROS (_Cástor y Pólux_).

La acción es en el campo, no lejos de Argos.

Se ve en la escena una pobre y rústica casa, de la cual, al romper el

día, sale el colono.

EL COLONO

Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3) · 第 5 / 23 段