ciudad?
MÉGARA
Una sedición le dio el cetro de Tebas, la de las siete puertas.
HERACLES
¿Y por qué te embarga tal terror, y a este anciano?
MÉGARA
Porque intentaba matar a tu padre, a mí y a tus hijos.
HERACLES
¿Qué dices? ¿Por qué temía a mis hijos, huérfanos?
MÉGARA
No vengasen algún día la muerte de Creonte.
HERACLES
¿Y por qué los veo revestidos de un traje que solo a los muertos
conviene?
MÉGARA
Pusímonos ya nuestras fúnebres galas.
HERACLES
¿Y habíais de morir víctimas de la tiranía? ¡Cuánta es mi desventura!
MÉGARA
Y sin amigos: dijéronnos que habías sucumbido.
HERACLES
¿Y quién os trajo esa nueva, causa de vuestro abatimiento?
MÉGARA
Los mensajeros de Euristeo.
HERACLES
Pero ¿por qué habéis dejado mi palacio y mis lares?
MÉGARA
A la fuerza arrancaron a tu padre de su lecho.
HERACLES
¿Y no se avergonzó de insultar así a un anciano?[123]
MÉGARA
La vergüenza habita lejos de la violencia.
HERACLES
¿Y porque me ausento os abandonan los amigos?
MÉGARA
¿Y quiénes lo son del desgraciado?
HERACLES
¿Se olvidaron ya de la lucha que sostuve contra los minios?
MÉGARA
La desgracia, para decírtelo otra vez, no conoce amigos.
HERACLES
¿No arrojaréis esas lúgubres cintas que ornan vuestros cabellos, y
miraréis la luz, contemplándola gozosos con vuestros ojos, en vez de
las tinieblas infernales? Ya que hay necesidad de mi brazo, buscaré al
nuevo tirano y derribaré su palacio, y después de cortarle la cabeza
la echaré a los perros para que la devoren, y someteré con esta clava
victoriosa a todos los tebanos que me han abandonado después de recibir
de mí tantos beneficios; mis aladas saetas arrancarán a otros la vida,
y con su estrago llenaré de muertos el Ismeno, y de sangre las claras
ondas de Dirce. ¿A quién he de socorrer con más razón que a mi esposa,
a mis hijos y a este anciano? De nada me servirían mis trabajos si los
sufrí sin provecho alguno mío, y no doy cima a este ahora. Yo debo
morir defendiéndolos, ya que ellos habían de perecer en breve por causa
de su padre. ¿Qué no se dirá de mí si después de vencer a la hidra y al
león por orden de Euristeo no puedo auxiliar a mis infortunados hijos?
No me llamarán, como antes, Heracles el de las gloriosas hazañas.
EL CORO
Justo es que un padre ayude a sus hijos, y un hijo a su padre anciano y
a su compañera.
ANFITRIÓN
Digno es de ti, ¡oh hijo!, amar a tus amigos y aborrecer a tus
enemigos; pero no te precipites.
HERACLES
¿Y cómo, ¡oh padre!, puede haber precipitación en esto?
ANFITRIÓN
El rey tiene muchos auxiliares miserables, aunque los hombres los
llamen opulentos, que promovieron la sedición y perdieron la ciudad por
despojar a los otros;[124] sus gastos y su vituperable holganza han
dado fin a sus bienes. Te han visto llegar a la ciudad; guárdate, pues,
de morir, contra lo que te figuras, si se reúnen tus adversarios.
HERACLES
Poco me importaría que toda la ciudad me viera, pues al observar cierta
ave en paraje infausto, comprendí que alguna calamidad había ocurrido a
mi familia, y sin rodeos, deliberada y públicamente, he venido aquí.
ANFITRIÓN
Está bien; acércate ahora a saludar a tus lares, que vea tu rostro el
hogar paterno. El rey en persona vendrá a arrastrar a la muerte a tu
esposa e hijos, y a sacrificarnos a los demás. Estate, pues, allí, y
sin peligro saldrá todo como deseas, y no alborotarás tu ciudad, ¡oh
hijo!, hasta no acabar esta empresa.
HERACLES
Así lo haré, y bien me aconsejaste; iré a mi palacio. Al fin, de vuelta
de los subterráneos sin sol, donde moran Hades y su esposa, saludaré
primero a mis dioses domésticos.
ANFITRIÓN
¿Y descendiste verdaderamente al palacio de Hades, hijo mío?
HERACLES
Y traje a la claridad del día a la fiera de tres cabezas.
ANFITRIÓN
¿En lucha vencedora, o por concesión de la diosa?
HERACLES
Después de vencerla; también tuve la fortuna de ser iniciado en los
santos misterios.[125]
ANFITRIÓN
¿Y está ahora esa fiera en el palacio de Euristeo?
HERACLES
En la selva de Deméter y en la ciudad de Hermíone.[126]
ANFITRIÓN
¿Ignora acaso Euristeo que has vuelto a la tierra?
HERACLES
No lo sabe; yo, a mi regreso, deseaba visitar cuanto antes a mi familia.
ANFITRIÓN
¿Y cómo estuviste tanto tiempo en el infierno?
HERACLES
Me detuve por sacar de él a Teseo, ¡oh padre!
ANFITRIÓN
¿Y en dónde está? ¿Fue a su patria?
HERACLES
Encaminose a Atenas, lleno de alegría al verse fuera del Orco.[127]
Pero seguid a vuestro padre a su palacio, ¡oh hijos!; vuestra entrada
en él os será más grata que vuestra salida. Cobrad ánimo y no derramad
a torrentes las lágrimas. Tú también, ¡oh esposa!, reanímate y no
tiembles; soltad mis vestidos, que no soy ningún ave, ni quiero huir de
mis amigos. ¡Ah! ¡No me obedecen, sino los estrechan con más fuerza!
¡Tan inminente era el peligro! Como si fuesen navecillas los llevaré
de la mano y los remolcaré, que no me opongo a salvarlos. Todos los
hombres son semejantes: aman a sus hijos los que más valen, y los que
nada son; en punto a riquezas hay diversidad entre ellos: unos las
tienen, otros no; pero todos los aman igualmente.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Grata es para mí la juventud, no la vejez, carga más
pesada que los peñascos del Etna, que agobia mi cabeza y oscurece con
sus tinieblas la luz de mis ojos.[128] Ni todo el lujo del imperio
del Asia, ni un palacio lleno de oro valen para mí lo que ella, que si
es muy dulce en la opulencia, también lo es en la pobreza. Aborrezco
la triste y letal senectud; ojalá que desaparezca bajo las olas, pues
nunca debió acercarse a los hombres y a las ciudades, sino volar por
los aires.
_Antístrofa 1.ª_ — Si la prudencia y la humana sabiduría fuesen
patrimonio de los dioses, disfrutaríamos de doble juventud los que
la mereciésemos por nuestras virtudes, para que, después de muertos,
volviésemos a ver de nuevo el sol y viviésemos dos veces, y así se
distinguirían los buenos de los malos como los marineros distinguen las
innumerables estrellas del firmamento. Pero ahora no hay señal alguna
para conocerlos, y vivimos vida agitada, pensando solo en acumular
riquezas.
_Estrofa 2.ª_ — No cesaré de adorar a las Gracias y a las Musas,
unidas en dulcísimo consorcio. Que yo no viva sin las nueve hermanas,
y que las coronas ornen siempre mis sienes. Todavía el anciano poeta
celebra a Mnemósine;[129] todavía cantaré el triunfo de Heracles, ya en
el templo de Dioniso, que nos da aromático vino, ya al son de la lira
de siete cuerdas y de la flauta líbica; aún alabaremos a las Musas, que
me invitaron a formar estos coros.
_Antístrofa 2.ª_ — Himnos entonan las delíades,[130] danzando en
bellos grupos a las puertas del templo en loor de los bienaventurados
hijos de Leto; yo, anciano poeta, como el cisne[131] cantaré también
himnos en tu palacio, ¡oh Heracles!, con voz trémula; fausto argumento
me da para ello el hijo de Zeus, que, superando con sus hazañas a sus
nobles progenitores, ha logrado con sus trabajos que los mortales vivan
tranquilos, sin miedo a las fieras. (_Sale Anfitrión del palacio, y
aparece Lico_).
LICO
A tiempo sales del palacio, ¡oh Anfitrión!; no habéis tardado poco en
vestiros el traje mortuorio. Pero ve y ordena que lo dejen ya los hijos
y la esposa de Heracles, según prometisteis espontáneamente, sabedores
de vuestra próxima muerte.
ANFITRIÓN
¡Oh rey! Me persigues sin apiadarte de mi suerte, y tu conducta es
insolente, cuando sabes que ha muerto mi hijo, y que, por lo mismo que
mandas, debías ser mesurado y compasivo. Pero ya que nos obligas a
morir, necesario es someternos a nuestro destino y obedecerle.
LICO
¿En dónde está Mégara? ¿Dó los hijos del hijo de Alcmena?
ANFITRIÓN
Figúraseme, en cuanto puedo presumir desde aquí fuera...
LICO
¿Qué? ¿En qué te fundas?
ANFITRIÓN
Que pide suplicante en el santuario de sus lares...
LICO
Seguramente suplica en vano que la salven.
ANFITRIÓN
Y en vano llama también a su esposo.
LICO
Que ni la oye, ni jamás vendrá.
ANFITRIÓN
No, a no ser que algún dios lo resucite.
LICO
Ve a buscarla, y arráncala del palacio.
ANFITRIÓN
Sería cómplice de este asesinato si lo hiciera.
LICO
Nosotros, libres de esos terrores que la religión te inspira, traeremos
a los hijos y a la madre. Seguidme, servidores, para que, libres de
inquietud, logremos al fin el descanso apetecido.
ANFITRIÓN
Ve tú también; ve adonde debes ir; quizá otro se encargue de lo
restante. Pero ya que obras mal, lo sufrirás también. ¡Oh ancianos!
Buen camino lleva; en lazos mortales ha de enredarse el malvado que
espera matar a otros. Pero iré y le veré caer, que es grato presenciar
la ruina de un enemigo cuando paga la pena de su delito.
PRIMER SEMICORO
Truécase la suerte; el que antes era gran rey, descenderá a los
infiernos. ¡Ay de la justicia! ¡Ay de las alternativas del destino!
SEGUNDO SEMICORO
Tarde llegaste, ¡oh tú que injuriabas a quienes valían más que tú!,
adonde expiarás con la vida tu crimen.
PRIMER SEMICORO
Pero veamos, ¡oh anciano!, lo que sucede en el palacio, y si alguno se
encarga de realizar mi deseo. (_Acércanse a la puerta del palacio_).
LICO
¡Ay, ay de mí!
PRIMER SEMICORO
Ya escucho desde aquí canto grato a mis oídos; cercana está la muerte.
Los clamores y los gemidos del rey son el prólogo que precede a su
ruina.
LICO
¡Oh tierra entera de Cadmo! ¡Pérfidamente muero!
SEGUNDO SEMICORO
¡Así mataste a otros! Sufre, pues, ahora la pena que mereces, que tal
debe ser el castigo de tus delitos.
PRIMER SEMICORO
¿Qué mortal, acusando injustamente a los dioses, profiere necias
injurias contra los celestiales bienaventurados, diciendo que nada
pueden?
SEGUNDO SEMICORO
Ancianos, ya no existe el impío. El silencio reina en el palacio;
volvamos a nuestros coros; felices son aquellos a quienes amo.
(_Vuelven los semicoros a su puesto, y se reúnen de nuevo_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Danzas, danzas y festines se celebran en la ciudad
sagrada de Tebas; trocáronse las lágrimas, trocose la fortuna, y se
oirán, se oirán nuestros cantos. Pereció este nuevo rey, y el antiguo
impera, recién venido de las orillas del Aqueronte. Inopinadamente se
realizó nuestra esperanza.
_Antístrofa 1.ª_ — Los dioses, los dioses no se olvidan cuando es
conveniente premiar a los piadosos o castigar a los impíos. El oro y
la fortuna borran la modestia del corazón humano, y consigo traen la
arbitrariedad y la injusticia. El que huella las leyes no arrostra las
vicisitudes de la suerte, y el inicuo rompe por sí mismo el negro[132]
carro de la felicidad.
_Estrofa 2.ª_ — ¡Oh Ismeno!, corónate de guirnaldas;[133] danzad
vosotras, moradas brillantes de esta ciudad de siete puertas, y tú,
Dirce de bellas ondas, y vosotras, vírgenes ninfas del Asopo, andad,
dejad las aguas de vuestro padre y cantad en coro la gloriosa lucha
y la preclara victoria de Heracles. ¡Oh rocas de Apolo, cubiertas de
selvas, y Helicón, albergue de las musas!; alabad con alegre algazara
mi ciudad, alabad mis murallas, en donde apareció un linaje de hombres
sembrados que, embrazando sus escudos de bronce, formaron armado
escuadrón y dejaron en herencia esta tierra a los hijos de sus hijos,
luz sagrada de Tebas.
_Antístrofa 2.ª_ — ¡Oh lecho, que en dulce consorcio fuiste visitado
por un mortal y por Zeus, fogoso amante de la ninfa, hija de Perseo!;
si no lo dudé en otro tiempo, ahora lo creo más firmemente, porque no
lo esperaba; probado está el incomparable valor de Heracles, que volvió
del centro de la tierra, después de haber visto el palacio infernal
de Hades. Prefiero tu imperio al de reyes degenerados, como el que ha
sucumbido en esta lucha, señal de que la justicia agrada todavía a los
dioses. (_Aparécese la Locura en negro carro encima del palacio, e
Iris a su lado_). ¡Hola!, ¡hola! ¿Volvemos, ¡oh ancianos!, a sentir el
aguijón del temor? ¿Qué fantasma es ese que veo sobre el palacio? Huye,
huye, aligera tu tardo paso, aléjate de aquí. ¡Oh rey Apolo, líbrame de
estos males!
IRIS
No os alarméis, ancianos, de ver a la Locura, hija de la Noche, y a
mí, Iris,[134] mensajera de los dioses; no venimos a hacer daño a esta
ciudad, sino a la familia de un solo hombre, llamado hijo de Zeus y
de Alcmena. Porque antes de terminar sus duros trabajos, guardábalo
el destino, y no permitía Zeus que ni Hera ni yo le infiriésemos la
más leve ofensa; pero ya que ha obedecido las órdenes de Euristeo,
Hera y yo queremos castigarlo,[135] obligándolo a matar a sus hijos y
a derramar la sangre de sus más allegados parientes. Anda, pues, hija
virgen de la negra Noche, de corazón inexorable; inspírale la locura,
trastorna su juicio hasta que extermine a sus hijos y se muevan sus
pies en danzas insensatas; agítalo, envuélvelo en tus redes letales,
para que sus hijos, muertos a sus manos siendo su más bella corona,
atraviesen el estrecho Aqueronte, y sepa lo que es la ira que a Hera y
a mí animan; nada valdrán los dioses, y mucho los mortales, si no sufre
ese castigo.
LA LOCURA
Nací de padre y madre nobles, de la sangre del Cielo y de la Noche, y
ni me es dado aborrecer a mis amigos, ni ofender a los que lo son de
los hombres. Pero quiero hacer una advertencia a ti y a Hera antes que
te vayas, por si la tenéis en cuenta. Ni en la tierra ni en el Olimpo
es desconocido este héroe a cuyo palacio me enviáis, pues pacificó
regiones inaccesibles y el alborotado mar, y solo él reconstruyó los
altares de los dioses que abandonaron los impíos, y por todo esto te
aconsejo que no le suscites graves males.[136]
IRIS
No te opongas a mis deseos y a los de Hera.
LA LOCURA
La senda que yo trazo es la mejor.
IRIS
La esposa de Zeus no te ordenó que vinieses aquí para mostrarte afable.
LA LOCURA
Sea testigo el Sol de que la obedezco contra mi voluntad. Si es
necesario que yo cumpla vuestros mandatos sin vacilar, como el perro
del cazador, iré allá; ni la mar con sus olas que braman, ni el
horrible terremoto, ni el incontrastable rayo, fuente de dolores, me
igualarán cuando me enseñoree del pecho de Heracles, y pulverice los
techos, y derribe su palacio, matando antes a sus hijos; y él no sabrá
que los sacrifica, habiéndolos engendrado, hasta que no se vea libre de
mi rabia.
Ved cómo el toro, pronto a embestir, sacude ya su cabeza y revuelve
en silencio sus ojos extraviados, de mirar siniestro, y respira con
trabajo, y muge terriblemente, invocando a las Furias del Tártaro.
Luego te atormentaré más y te llenaré de terror. Vete al Olimpo, Iris;
levanta tus pies generosos, que voy a penetrar invisible en la regia
morada de Heracles. (_Retíranse Iris y la Locura_).
EL CORO
¡Gime, ay de mí, ay de mí, ¡oh ciudad!, que cortan tu flor, el hijo
de Zeus! ¡Grecia infeliz, que pierdes tu bienhechor, víctima de los
furores de la Locura, que no desaparece al son de las flautas! Causa
de muchos gemidos, alejose en su carro y aguijó sus caballos para
hacer el mal, que es la Gorgona,[137] hija de la Noche, cuyas sierpes
silban a un tiempo con sus cien cabezas, la Locura de ojos ardientes.
Pronto destruye un dios su felicidad, pronto expirarán los hijos a
manos de su padre. ¡Ay de mí, desventurado! ¡Oh Zeus! En breve las
crueles Furias, rabiosos ministros de venganza, azotarán a tu linaje,
que se extinguirá. ¡Oh palacio! ¡Danza sin tímpanos,[138] sin el
grato tirso de Dioniso! ¡Oh palacio!, que inundará de sangre, no del
jugo de báquicos racimos. Huid, ¡oh hijos!; ya suena, ya suena el
canto de guerra, y comienza a perseguir a sus hijos; la Locura no se
desencadenará en vano en el palacio. ¡Ay de mí, ay de mis desdichas;
ay, ay de mí, que lloro a su padre anciano, y a la madre de estos
niños, en mal hora nacidos! Mirad, mirad; la tempestad conmueve el
edificio, el techo se desploma. ¡Ay de mí! ¿Qué haces, hijo de Zeus?
Desorden infernal promueves en tu morada, como Palas en otro tiempo
luchando con Encélado.[139]
EL MENSAJERO (_que sale del palacio_).
¡Ancianos de blancos cabellos!
EL CORO
¿Por qué me llamas con esas voces?
EL MENSAJERO
Terribles sucesos ocurren no lejos de aquí.
EL CORO
No preguntaré a ningún adivino.
EL MENSAJERO
¡Perecieron sus hijos!
EL CORO
¡Ay, ay de mí!
EL MENSAJERO
Llorad, que lo merece esta desdicha; cruel muerte fue la suya.
EL CORO
Cruel también su padre, ¡oh!
EL MENSAJERO
Es increíble lo que hemos sufrido.
EL CORO
¿Cómo cuentas tan lamentable, tan lamentable desgracia, causada por
un padre a sus hijos? Dime cómo la cólera divina ha descargado en esa
familia, y cuál ha sido el fin miserable de los nietos de Creonte.
EL MENSAJERO
Preparadas estaban las víctimas ante el ara de Zeus para purificar
el palacio, libre ya del odioso cadáver del rey de este país;[140]
asistía a esta ceremonia el coro de sus bellos hijos, y Heracles y
Mégara, y ya el cesto sagrado circulaba en torno del ara y guardábamos
silencio. Cuando el hijo de Alcmena se disponía a tomar con su diestra
el tizón y sumergirlo en el agua lustral, detúvose sin decir palabra,
y al verlo vacilar, miráronle sus hijos. Pero ya no era él; había
perdido el juicio, y tenía los ojos extraviados y llenos de sangre,
y de su poblada barba caía copiosa espuma. Entonces dijo con risa
insensata: «¡Oh padre!, ¿a qué preparo el agua lustral antes de matar
a Euristeo, y anticipo inútilmente esta expiación, que podrá hacerse
después? Cuando traiga aquí su cabeza purificaré mis manos de sangre.
Derramad el agua y tirad los cestos. ¿Quién me da el arco? ¿Quién
mi arma terrible? Iré a Micenas; llevemos palancas y azadones para
derribar con su corvo hierro la ciudad en donde habitaron los cíclopes,
después de edificarla con ayuda de su regla roja y de haber observado
los astros». Se apartó un poco, y no habiendo allí carro alguno, él lo
afirmaba, y fingió subir en él, y agitaba la mano como si manejase el
aguijón. Y a un mismo tiempo infundía risa y miedo en sus servidores,
y uno de ellos se expresó así, mirando a los demás: «¿Está loco
nuestro señor, o se divierte con nosotros?». Mientras tanto él subía y
bajaba las escaleras, y apareciéndose de repente en el aposento de los
hombres, aseguraba que había llegado a la ciudad de Niso,[141] cuando
realmente no había salido de su palacio. Recostándose luego en tierra
como si estuviera en aquella ciudad, preparó su alimento, pero a los
pocos instantes decía hallarse en las cumbres frondosas del Istmo, y
despojándose de sus vestidos luchaba solo, y se proclamaba vencedor,
hablando a espectadores imaginarios. Profiriendo contra Euristeo
palabras horribles, creía hallarse en Micenas. Su padre, estrechando su
robusta mano, le habló así: «¡Oh hijo!, ¿qué sufres? ¿Qué peregrinación
es esta a que aludes? ¿Acaso te ha trastornado el juicio la muerte
de los que ha poco perecieron a tus golpes?». Pero él, creyendo ver
al padre de Euristeo en ademán suplicante, lo rechaza, y amenaza a
sus hijos con su ligera aljaba y su arco, persuadido de que eran los
de Euristeo. Ellos, consternados, huyeron en diversas direcciones,
refugiándose uno bajo los vestidos de su mísera madre, otro detrás
de una columna, y el último, en fin, como temblorosa ave, cerca del
altar. Mégara exclamó: «¡Oh padre!, ¿qué haces? ¿Matas a tus hijos?».
El anciano y todos los servidores dan voces; pero él, persiguiendo
al pobre niño alrededor de la columna con pasos terribles, cuadrose
enfrente y le hirió las entrañas, y cayó en tierra, tiñendo con su
sangre, al morir, las columnas de piedra. Dio entonces un grito de
júbilo, y vanagloriándose de su acción, dijo: «Ya murió un hijo de
Euristeo, y yace en tierra en expiación de la enemistad paternal».
Y tiende el arco contra el otro, que temblaba al pie del altar,
pensando escaparse. Cayó el desdichado de rodillas ante su padre, y
extendiendo sus manos hacia su cuello y barba, dijo: «¡Oh padre muy
amado, no me mates!; hijo tuyo, hijo tuyo soy, no de Euristeo». Pero
él, revolviendo con furor sus ojos gorgónicos, y viendo que estaba
demasiado cerca para dispararle sus saetas, como el herrero que golpea
en la encendida masa descargó su clava en la blonda cabeza del niño y
desbarató sus huesos. Y después que dio muerte al segundo de sus hijos,
fue en busca de la tercera víctima. Prevínole su madre mísera, y cerró
las puertas; pero él entonces, como si se hallase junto a los muros
de los cíclopes, remueve la tierra, da golpes en las puertas con las
palancas y, arrancando los postes, postró en tierra de un flechazo al
hijo y a la madre. De allí corre apresurado a matar al anciano; mas se
apareció Palas, según creímos, blandiendo en su mano aguda lanza, y
tiró una piedra enorme que, dándole en el pecho, impidió que perpetrase
su rabioso crimen, y le infundió sueño; cayó al suelo, recostándose
en un trozo de columna que quedó en pie en el umbral después de caer
el techo. Y nosotros, cuando volvimos, lo atamos con cuerdas a ella
ayudados del anciano, para que al despertar no derramase más sangre.
El desdichado, ya sin esposa y sin hijos, duerme mísero sueño. No hay
mortal más infortunado.
EL CORO
Celebérrimo e increíble fue en la Grecia el asesinato que en la región
argólica osaron cometer las hijas de Dánao;[142] pero supéralo este,
y aún es más deplorable que tan antiguo crimen. Yo puedo decir que la
muerte que dio Procne[143] a su generoso y único hijo redundó en honor
de las musas; pero tú, ¡oh desventurado!, asesinaste rabiosamente a
los tres que engendraste. ¿A cuál gemiré o lloraré, por cuál entonaré
fúnebre plegaria o pronunciaré los versos que cantan los coros
infernales? ¡Ay, ay de mí! (_Ábrense las dos puertas del palacio y se
ve a Heracles dormido y atado a un trozo de columna, rodeado de los
cadáveres de su mujer e hijos_). Ved cómo se abren las dos puertas y
se descubren los altares del palacio; contemplad los míseros hijos,
que yacen cerca de su infortunado padre, mientras duerme profundamente
lejos de este estrago, y los lazos y multiplicados nudos que envuelven
su cuerpo, atado a la columna de piedra. Como el ave que llora a sus
hijuelos implumes, así se acerca aquí el anciano con tardo paso,
atravesando esta escena horrible. Helo ya aquí.
ANFITRIÓN
Ancianos de Tebas, ¿no guardaréis silencio para que olvide durmiendo
sus males?[144]
EL CORO
Por ti lloro y gimo, y por estos hijos, y por el varón ilustre que ganó
tan preclaras victorias.
ANFITRIÓN
Alejaos; no hagáis ruido, no gritéis, para que no despierte, pues
duerme plácida y sosegadamente.
EL CORO
¡Ay de mí! ¡Cuántos horrores!
ANFITRIÓN
¡Ah, ah! Vosotros me desesperáis.
EL CORO
El que estaba tendido en tierra se levanta.
ANFITRIÓN
¿No os lamentaréis en silencio, ancianos? Cuidado no despierte y rompa
las cuerdas que lo sujetan, y pierda a la ciudad, y pierda a su padre,
y acabe de derribar el palacio.
EL CORO
¡Imposible, imposible!
ANFITRIÓN
Calla, que observaré cómo respira; vamos, me acercaré a escuchar.
EL CORO
¿Duerme?
ANFITRIÓN
Sí, duerme sueño parricida; mató a su esposa, mató a sus hijos, los
hirió con su rechinante arco.
EL CORO
Gime, pues...
ANFITRIÓN
Gimo...
EL CORO
Por la muerte de sus hijos.
ANFITRIÓN
¡Ay de mí!
EL CORO
Y por el tuyo.
ANFITRIÓN
¡Ah, ah!
EL CORO
¡Oh anciano!...
ANFITRIÓN
Calla, calla, que ha despertado y se revuelve. Ea, pues, me ocultaré en
el palacio.
EL CORO
No tengas miedo, que las tinieblas envuelven los párpados de tu hijo.
ANFITRIÓN
Mirad, mirad. Agobiado por males tan intolerables no temo dejar la luz,
sino que cometa también el crimen de matar a su padre y aumente sus
infortunios, y que además de las Furias, que ya lo agitan, vengan las
que castigan a los parricidas.
EL CORO
Debiste morir cuando vengaste la muerte de los hermanos de tu esposa,
derribando la ciudad de los tafios, bañada por las olas.
ANFITRIÓN
Huid, ancianos, huid de este palacio; huid de este hombre furioso,
que despierta de su sueño. Pronto presenciaréis un nuevo asesinato, y
alborotará a la ciudad de Tebas.
EL CORO
¡Oh Zeus! ¿Por qué tan sin mesura odias a tu hijo y lo sumerges en este
abismo funesto?
HERACLES (_que vuelve en sí poco a poco_).