ANFITRIÓN, _padre_ }

Y } _de Heracles._

MÉGARA, _esposa_ }

CORO DE ANCIANOS TEBANOS.

LICO, _rey de Tebas._

IRIS, _mensajera de los dioses._

LA LOCURA.

UN MENSAJERO.

HERACLES.

TESEO, _rey de Atenas._

La acción es en Tebas.

Se ve en el teatro el palacio de Heracles, junto al templo de Zeus

Salvador, cuya ara cerca la familia de aquel héroe. Anfitrión,

abandonando los umbrales del templo, dice así:

ANFITRIÓN

¿Qué mortal no conoce al argivo Anfitrión,[79] padre de Heracles,

que compartió su lecho con Zeus, y a quien engendró en otro tiempo

Alceo,[80] hijo de Perseo?[81] Habitó en esta ciudad de Tebas, en

donde nacieron los hijos de la Tierra,[82] que se sembraron como el

grano, de cuyo linaje salvó muy pocos Ares, heredando sus nietos tan

rico reino. De ellos descendía Creonte, hijo de Meneceo, rey de este

país, padre de Mégara, esposa de Heracles, cuyo himeneo celebraron los

hijos de Cadmo en mi palacio al son de la flauta. Ausente de Tebas mi

hijo, de donde yo emigré, y lejos de Mégara y de sus parientes, quiso

vivir en Argos, ciudad ciclópea, de la cual me desterraron por haber

dado muerte a Electrión; y como deseaba consolarme y restituirme a

mi patria, ofreció a Euristeo,[83] si permitía mi vuelta, nada menos

que pacificar todo el orbe, ya lo atormentase Hera, ya lo guiase el

destino. Y en verdad que ha sufrido duros trabajos; al fin se encaminó

al palacio de Hades, atravesando las bocas del Ténaro,[84] para sacar

a la luz del sol al perro de tres cuerpos, de cuya expedición no

ha vuelto. Antigua tradición hay entre los tebanos de que en otro

tiempo se casó con Dirce[85] cierto Lico, señor de esta ciudad de

siete torres, antes que reinasen en ella Anfión y Zeto, los de los

blancos caballos, hijos de Zeus. Uno de sus descendientes, llamado

como su padre, no tebano, sino oriundo de la Eubea, quitó la vida a

Creonte y reina aquí, habiéndose apoderado de esta ciudad, afligida

por sediciones. Pero a nosotros, según parece, nos perjudica no poco

nuestro parentesco con Creonte, porque mientras Heracles yace en el

seno de la tierra, Lico, ínclito[86] rey de Tebas, quiere exterminar

a sus hijos y matar también a su esposa, para ahogar en sangre su

estirpe, sin perdonarme a mí (si es lícito contarme entre los mortales,

inútil anciano), temiendo que lleguen a ser hombres y venguen a su

abuelo. Y yo (porque mi hijo me dejó en este palacio, encargándome

de la educación de los suyos al bajar al oscuro seno de la tierra),

para salvarlos de la muerte, me he refugiado con su madre en este

ara de Zeus Salvador, erigida por su generoso padre como monumento

de la victoria, que ganó con su lanza, sobre los minias.[87] Y aquí

estamos, careciendo de todo, del sustento, de agua, de vestido y

durmiendo en el duro suelo; nos echaron de nuestro palacio, y aquí nos

acogimos desesperados. De nuestros amigos, unos han probado no serlo

en realidad, y los leales no pueden socorrernos. Así sucede en la

adversidad (¡ojalá que nunca se ensañe ni aun en los que me aman sin

pasión!), piedra segura de toque para conocer a los que nos rodean.

MÉGARA

¡Oh anciano, que en otro tiempo, al frente de guerreros de Tebas,

arrasaste con tanta gloria la ciudad de los tafios![88] ¡Cuán cierto

es que los dioses abandonan a los hombres a su ignorancia! Ni aun me

fue contraria la fortuna, dándome ilustre padre, orgulloso en otro

tiempo con sus riquezas y dueño de un reino cuya codiciosa posesión

suelen disputar numerosas lanzas y ensañarse en sus felices soberanos;

contento con sus hijos, me casó con el tuyo, y llegué a ser la noble

esposa de Heracles. Y todos estos bienes se desvanecieron; ambos, ¡oh

anciano!, moriremos, y con nosotros los heráclidas, tiernos hijuelos

que abrigo bajo el calor de mis alas. Cércanme y me preguntan: «¿Adónde

fue nuestro padre, madre mía? ¿Qué hace? ¿Cuándo volverá?». Engáñales

su infantil inocencia, y lo buscan vanamente. Y yo los distraigo

hablándoles de otras cosas, y me estremezco cuando rechinan las

puertas, y todos se levantan como para abrazar sus rodillas. Ahora,

pues, ¡oh anciano!, ¿cuál es tu esperanza? ¿Cómo podremos salvarnos,

siendo tú solo nuestro defensor? Ni abandonaremos los confines de esta

tierra (puesto que nos lo impide fuerza más poderosa que la nuestra),

ni debemos esperar auxilio de amigos. Dime, pues, lo que piensas, para

no perder tiempo, amenazándonos la muerte y siendo tan débiles para

resistirla.

ANFITRIÓN

¡Oh hija!, no es fácil en tan críticos momentos evitar ligeramente y

sin trabajo tan graves males.

MÉGARA

¿Hay dolor que no sufras, y sin embargo tanto amas la vida?

ANFITRIÓN

Pláceme, en verdad, y aún no desespero del todo.

MÉGARA

Ni yo; pero no esperemos imposibles, ¡oh anciano!

ANFITRIÓN

Ganar tiempo es ya un alivio a nuestras desdichas.

MÉGARA

Pero el que pasa, lleno de tristeza, me atormenta sin descanso.

ANFITRIÓN

No dudes, ¡oh hija!, que nuestros males presentes se trocarán en

bienes, y que algún día vendrá mi hijo, tu bien amado esposo.

Tranquilízate, pues, y enjuga las lágrimas perennes de tus hijos, y

consuélalos, y engáñalos con fingidas palabras, por triste que sea

este recurso. También se cansan las calamidades humanas, y los vientos

no soplan siempre con igual fuerza, y los afortunados no lo son

perpetuamente; todo cambia y se trastorna. El hombre virtuoso siempre

tiene esperanza, y solo el malo desespera.

EL CORO

_Estrofa._ — Apoyado en mi báculo me acerco a la morada y al lecho del

anciano Anfitrión, entonando lúgubre canto, como blanco cisne, y mi voz

y mi aspecto son de fantasmas nocturnos, trémulo, aunque resuelto, ¡oh

hijos sin padre!, ¡oh anciano!, y tú, madre infeliz, que lloras a tu

esposo, ahora en el palacio de Hades.

_Antístrofa._ — No fatiguéis vuestros pies y vuestros miembros,

agobiados por los años, cansándoos como el caballo uncido al yugo que,

al arrastrar el carro por inclinada ladera, se detiene sin aliento.

Ayúdente mis manos y mi vestido, si tropiezan mis pies vacilantes; que

un anciano guíe a otro; en los pasados días sufrimos iguales trabajos,

y jóvenes peleamos juntos, sin deshonrar a nuestra patria celebérrima.

_Epodo._ — Observad sus terribles miradas,[89] semejantes a las de

su padre; ni ha desaparecido su gracia, aunque el infortunio paterno

alcance también a sus hijos; ¡oh griegos, de qué auxiliares, de qué

auxiliares os priváis en la guerra si llegáis a perderlos! Pero veo a

Lico, señor de este país, que se acerca.

LICO

Pregunto al padre y a la esposa de Heracles si me es lícito (y lo es,

en verdad, y puedo preguntaros, siendo señor de este territorio):

¿hasta cuándo queréis prolongar vuestra existencia? ¿En qué esperanza,

en qué auxilio confiáis para no morir? ¿Creéis acaso que vendrá el

padre de estos niños, ahora en los infiernos? Indigna es vuestra

aflicción al ver cercana la muerte, cuando te jactaste vanamente en

toda la Grecia de que Zeus compartió tu lecho, y engendró un nuevo dios

(_A Mégara_), llamándote esposa de varón gloriosísimo. ¿Qué preclara

hazaña ejecutó tu esposo? ¿Dar muerte a la hidra de la laguna,[90]

o a la fiera Nemea?[91] La apresó en sus redes, y dice que la ahogó

en sus brazos. ¿Osáis luchar conmigo por esto? ¿Y bastará para librar

de la muerte a los hijos de Heracles? Ganó fama de esforzado sin

merecerlo, peleando solo con fieras, no en más altas empresas, porque

nunca embrazó el escudo ni manejó la lanza en la refriega; estuvo

pronto siempre a huir, armado solo del arco, la más cobarde de todas

las armas. Pero este no es indicio de fortaleza, sino formar impasible

en las filas sin miedo al surco que abre formidable enemigo. No

atribuyas a crueldad mi propósito, hijo solo de la previsión; sé muy

bien que quité la vida a Creonte, padre de esta, y que poseo su reino.

No consentiré, pues, que estos niños sean hombres, ni dejaré vivir a

quienes se vengarán de mí.

ANFITRIÓN

Defienda Zeus a su hijo; yo, ¡oh Heracles!, probaré por ti la necedad

de este, y no dejaré que te desacredite. Apelo al testimonio de los

dioses para lavarte, ¡oh Heracles!, de la mancha de cobarde, absurdo

inaudito y el más inverosímil. Hablen los rayos y las cuadrigas de

Zeus que te llevaron, desde las cuales clavaste tus rápidas flechas

en el pecho de los gigantes,[92] hijos de la Tierra, celebrando con

los dioses el triunfo de tu gloriosa victoria. Hablen también los

centauros;[93] ve a Foloe,[94] ¡oh tú el peor de los reyes!, y pregunta

cuál es el varón más famoso, y te dirán que mi hijo, el que, según

aseguras, solo es esforzado en apariencia. Si preguntas a Dirfis,[95]

la de los abantes,[96] en donde te criaste, no te alabará, que en

tu patria no has ejecutado hazaña alguna. Desprecias las saetas,

sapientísima invención, como armas ofensivas. Óyeme y rectificarás

tu juicio: el hombre pesadamente armado es esclavo de sus armas, y

cuando los que forman con él en las filas no son valientes, sucumbe

víctima de la cobardía de sus compañeros, y cuando se rompe su lanza

no puede evitar la muerte, puesto que ella sola lo defiende. Pero el

de ojo certero en disparar el arco disfruta del apetecido privilegio,

después de lanzar millares de flechas, de defender a los demás, y

desde lejos se venga de sus enemigos y hiere y ciega con ellas a los

que ven, y no se expone a sus golpes situado en paraje seguro; lo

esencial en el combate es guardar bien el cuerpo y hacer daño a los

enemigos, sin exponerse a los caprichos de la fortuna. Mis palabras

prueban, por tanto, lo contrario de lo que has dicho. Pero ¿por qué

quieres matar a estos niños? ¿Qué te han hecho? Solo eres prudente, a

mi juicio, temiendo, cobarde, a los hijos de varón tan ilustre. Pero es

intolerable para nosotros morir víctimas de tu miedo. Lo justo hubiese

sido que tú padecieses en nuestro lugar, si Zeus nos hiciese justicia,

porque valemos más que tú. Si quieres reinar aquí, déjanos salir

desterrados; nada conseguirás a la fuerza, y serás víctima de ella si

cambia la fortuna. ¡Ay de mí! ¡Oh tierra de Cadmo, que yo te vea, que

ensalces también mis maldiciones! ¿Así ayudas a Heracles y a sus hijos?

Él solo peleó contra los minias y devolvió a Tebas su libertad. No

alabo a la Grecia, ni callaré nunca paciente que sea impasible testigo

de tu vituperable conducta con mi hijo, cuando debía venir al socorro

de estos niños con fuego, con lanzas, con todo linaje de armas, y

premiar los trabajos de Heracles, que ha purgado de enemigos el mar

y la tierra. Ni la Grecia ni la ciudad de los tebanos os socorren,

¡oh hijos!, y cifráis en mí, débil amigo, vuestras esperanzas, cuando

solo sirvo ya para hablar, y trémulos están mis miembros por los años,

y desapareció mi antiguo vigor. Si fuese joven y de robusto cuerpo,

empuñaría la lanza y llenaría de sangre la cabellera de este, para que,

temeroso, huyera de mí más allá de los límites atlánticos.[97]

EL CORO

¿No encuentran ocasión de hablar los hombres buenos, aunque sea lenta

su palabra?

LICO

Desata contra mí tu lengua, que pronto sufriréis justo castigo. Andad,

que vayan unos al Helicón[98] y otros a los valles del Parnaso,[99]

y mandad a los leñadores que corten troncos de encina; y cuando los

trajeren a la ciudad y los amontonéis alrededor del ara, prendedles

fuego y quemadlos a todos, y así sabrán que no reina aquí el difunto

Creonte, sino yo. A vosotros, ancianos, que os oponéis a mis proyectos,

solo aseguro que lloraréis a los hijos de Heracles y los males que

sobrevendrán a vuestras familias; así os acordaréis de que sois mis

esclavos.

EL CORO

Hijos de la Tierra, que sembró Ares en otro tiempo arrancándoos

de la boca voraz del dragón, ¿no levantáis los cetros en que se

apoyan vuestras diestras y ensangrentáis con ellos la cabeza de este

impío? ¿Cómo no siendo tebano, sino un advenedizo, osas tiranizar a

estos jóvenes? Al menos no te atreverás a ofenderme impunemente, ni

poseerás lo que gané con tanto trabajo de mis manos; vete al país de

donde viniste para sufrir el condigno castigo y hacer alarde de tu

insolencia; mientras yo viva no matarás nunca a los hijos de Heracles,

aunque él los haya abandonado y yazga bajo la tierra. Tú has arruinado

este país, y el que tanto le sirvió no obtiene la recompensa merecida.

¿Por ventura no debo acordarme de mis amigos difuntos cuando más me

necesitan? ¡Oh diestra mía! ¡Cuánto anhelas empuñar la lanza, aunque

los años frustren tu deseo! Te haría callar a no ser por esto, ya que

osas llamarme esclavo, y con gloria habitaremos en Tebas, cuya posesión

tanto placer te infunde. Desacertada anduvo entregándose a sediciosos y

pérfidos consejeros; de otro modo nunca hubiese consentido que reinases

en ella.[100]

MÉGARA

Alabo vuestra conducta, ¡oh ancianos!; justo es indignarse contra los

que hacen sufrir a los amigos, pero que ningún daño padezcáis por causa

nuestra de este rey airado. Oye, pues, mi parecer, ¡oh Anfitrión!, si

en tu juicio lo merece. Ciertamente amo a mis hijos, ¿y cómo no, si

los di a luz? La muerte es para mí una desdicha, pero luchar contra la

necesidad, necia pretensión. Ya que hemos de perecer, que sea de otra

manera, no devorados por el fuego y sirviendo de escarnio a nuestros

enemigos, mal más intolerable que la muerte, cuando, por otra parte,

no debemos deshonrar a nuestros abuelos. Gloriosa fama alcanzaste

tú en la guerra para morir sin valor; pero mi ínclito esposo, ¿no

expresó también su deseo de que no viviesen sus hijos mancillados?

Afligen a los nobles las acciones torpes de sus hijos, y yo no debo

olvidar el ejemplo de Heracles. He aquí, pues, mi opinión acerca de

tus esperanzas. Crees que tu hijo vendrá del centro de la tierra, pero

¿qué muerto ha vuelto jamás de los infiernos?[101] ¿Podremos acaso

aplacar con ruegos a Lico? De ninguna manera: que el necio intente

huir de su enemigo; los prudentes, los que han recibido educación

distinguida, solo deben ceder, porque más fácilmente se apiadarán de

ti si te resignas. Ya he pensado en solicitar el destierro de estos

hijos a fuerza de súplicas. Miserable será, no obstante, su suerte

si han de vivir pobres y sin ventura, pues, según dicen, los que dan

hospitalidad a los desterrados solo el primer día los miran con buenos

ojos. Soporta, como nosotros, la muerte que te aguarda. Apelamos a tu

nobleza, ¡oh anciano! El que intente luchar contra las calamidades

que mandan los dioses, por grande que sea su ánimo, no dejará de

ser un insensato, pues nadie logrará evitar lo que ha de suceder

necesariamente.[102]

EL CORO

Si mi brazo fuese vigoroso y os injuriaran, fácilmente castigaría a

quien tal osase; ahora nada somos; así, ¡oh Anfitrión!, piensa en la

mejor manera de evitar esos males.

ANFITRIÓN

Seguramente no es timidez ni afición a la vida lo que me impide morir,

sino mi deseo de salvar a los hijos de mi hijo, aunque, por otra

parte, parezca que pretendo imposibles. He aquí mi cerviz, que ofrezco

al suplicio; hiéranla, sepárenla del tronco, precipítenla de elevado

peñasco; solo te pedimos, ¡oh rey!, que a nosotros dos nos concedas

una gracia: mátame a mí y a esta desventurada antes que a mis hijos,

para no presenciar el espectáculo impío de su martirio llamando a su

madre y al padre de su padre; no esperamos auxilio alguno que nos libre

de la muerte.

MÉGARA

Y yo te ruego suplicante que me concedas otra gracia, para que tú solo

nos dispenses dos a un tiempo: déjame entrar en nuestro palacio, y

preparar las fúnebres galas de estos niños; ahora poco nos echaron de

él. Así, al menos, poseerán los únicos restos de los bienes de su padre.

LICO

Se hará lo que pides; ordeno, pues, a mis servidores que abran las

puertas. Entrad y preparad esas fúnebres galas, que mi odio no va tan

lejos; pero cuando los hayáis vestido, vendré a buscaros para enviaros

a la mansión subterránea. (_Vase_).

MÉGARA

Seguid, hijos míos, los tristes pasos de vuestra madre al hogar

paterno, en donde otros poseen lo que os pertenece, y solo queda

vuestro nombre. (_Entra en el palacio con sus hijos_).

ANFITRIÓN

¡Oh Zeus!, en vano disfrutaste de mi lecho, y en vano te llamábamos

padre de mi hijo; me amas menos de lo que aparentabas; y yo, simple

mortal, te aventajo en virtud, siendo tú dios poderoso, porque no he

hecho traición a los heráclidas. Tú sabías venir furtivamente a ajeno

tálamo, o introducirte en él sin licencia de nadie, pero no salvar a

tus amigos. Eres, por tanto, dios injusto o poco sabio.[103] (_Entra

también en el palacio_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Entona, ¡oh Febo!, alegre canto, pulsando la sonora

cítara con dorado plectro,[104] que yo quiero celebrar con alabanzas,

corona de sus trabajos, al que penetró en las tinieblas subterráneas de

los infiernos, ya le llame hijo de Zeus, ya de Anfitrión; cantar sus

nobles hazañas es honrar a los muertos. Y primeramente mató al león de

la selva de Zeus, y con su cabeza y con la terrible piel de la retinta

fiera abrigó sus espaldas.

_Antístrofa 1.ª_ — E hirió en otro tiempo con su arco mortífero al

linaje de los crueles centauros[105] que vagaban por los montes, y

les dio muerte con sus veloces saetas. Testigo fue el Peneo,[106]

de deleitosa corriente, y las espaciosas y estériles llanuras, y los

valles del Pelión,[107] y las peñas vecinas a Hómola,[108] desde

donde, armados con pinos, devastaban con sus correrías el país de los

tesalios. Y después que mató a la cierva de manchado lomo, envanecida

con sus cuernos de oro, azote de los rústicos labradores, la ofreció a

la diosa de Énoe, cazadora de fieras.[109]

_Estrofa 2.ª_ — Y subió en las cuadrigas, y domó los caballos de

Diomedes,[110] que, furiosos y sin freno, devoraban en sus letales

pesebres ensangrentado pasto, disfrutando el nefando banquete del

placer de desgarrar carne humana. Y pasó el Hebro,[111] de argentadas

ondas, para cumplir el trabajo que le ordenó Euristeo, el tirano de

Micenas, y atravesó las cumbres del Pelión, junto a la corriente del

Anauro.[112] Y con su arco mató a Cicno,[113] asesino de extranjeros,

inhospitalario habitante de Anfanas.

_Antístrofa 2.ª_ — Y llegó al palacio Hesperio, en donde moraban

las vírgenes cantoras, para coger el fruto de los manzanos de hojas

de oro resplandeciente, después de exterminar al dragón rojo, que,

enrollado en el árbol, lo guardaba de todos. Y entró luego en el seno

del espacioso mar, y lo limpió de monstruos para que los mortales

navegaran. Y con sus brazos sostuvo el cielo en su centro, cuando fue

al palacio de Atlas,[114] y merced a su fortaleza la estrellada mansión

de los dioses no vaciló en sus cimientos.

_Estrofa 3.ª_ — Y hendiendo las olas del Euxino, buscó al escuadrón de

las amazonas[115] cerca de la laguna Meótide,[116] en donde desaguan

muchos ríos. ¿Cuántos amigos suyos de la Grecia no lo acompañaron en

demanda del vestido de oro de la virgen, hija de Ares,[117] y del

tahalí mortífero? La ínclita Grecia recibió los despojos de la virgen

bárbara, que se guardan en Micenas. Y cauterizó las heridas de la hidra

de Lerna, perro homicida de mil cabezas, y la mató con sus saetas, y al

pastor de tres cuerpos de la Eritea.[118]

_Antístrofa 3.ª_ — Y en otros combates ganó afortunada palma; y navegó

en busca de Hades, que hace derramar tantas lágrimas, su último

trabajo, y allí murió el desdichado, y aún no ha vuelto. Sin amigos

está su palacio, y la barca de Caronte espera a sus hijos, que, desde

la orilla de la vida, emprenderán peregrinación nefanda e impía, de

la cual jamás se regresa; solo en tu brazo confía tu familia, y no

te presentas. Si mis fuerzas fuesen ahora las de mi juventud; si yo

pudiera vibrar la lanza en la pelea, con mis compañeros de Tebas

socorrería a tus hijos; pero ya pasó ese tiempo.

Veo venir a los hijos de Heracles, antes tan famoso, con sus vestidos

mortuorios, y a su esposa amada, que los guía con tardo paso, y al

anciano Anfitrión. ¡Ay de mí, desventurado, que no puedo contener las

lágrimas que a torrentes brotan de mis viejos ojos!

MÉGARA

Veamos. ¿Quién es el sacerdote, quién el sacrificador de estos

desdichados, quién el verdugo de mi mísera ánima? Prontas están las

víctimas que se han de enviar al infierno. ¡Oh hijos, el carro que

ha de conducirnos después de muertos no ofrecerá bello espectáculo,

confundidos ancianos, jóvenes y madres! ¡Oh hado mío funesto, y de

estos hijos a quienes veo por última vez! Yo, en verdad, os di a

luz; pero os crié para que vuestros enemigos os deshonrasen, para

que os sacrificasen, para servirles de ludibrio. ¡Ay de mí! ¡Cómo se

han desvanecido las esperanzas que en otro tiempo me hizo concebir

vuestro padre! (_A sus hijos_). Él, ahora difunto, te instituía

heredero de Argos, en donde te esperaba el palacio de Euristeo, rey

de la fértil Pelasgia, y cubría tu cabeza con los despojos del fiero

león, que él mismo usaba. Tú habías de ser rey de Tebas, aficionada

a carros, y poseer mis campos, según hubiesen convenido Heracles y

mi padre; y a tu diestra entregaba esa incontrastable clava, vano

don de Dédalo.[119] Y a ti te prometió, por último, que te daría la

Tesalia, que despobló en otro tiempo con sus flechas de largo alcance.

Como sois tres y era tanta la grandeza de su ánimo, os dejaba también

tres reinos. Yo os buscaba bellas esposas y provechosas alianzas del

campo ateniense, de Tebas y de Esparta, para que con tan dulces lazos

vivieseis venturosos. Y todo se desvaneció, y cambió la fortuna, y la

muerte es la esposa que os aguarda, y mis lágrimas infortunadas os

servirán de ablución nupcial. Y vuestro abuelo os ofrece el banquete

de bodas, y seréis yernos del Orco, cruel pariente. ¡Ay de mí! ¿Cuál

de vosotros será el primero, cuál el último que estrecharé contra mi

pecho? ¿A quién besaré? ¿A cuál abrazaré? Ojalá que, como la abeja de

transparentes alas, recoja todas vuestras lágrimas y, reuniéndolas,

derrame abundantes las mías. ¡Oh tú, el muy amado!; si en los infiernos

hay algún muerto que pueda oírme, óyeme, ¡oh Heracles!; mueren tu padre

y tus hijos, y yo también, la que los hombres apellidaban feliz en otro

tiempo por ser tu esposa; socórrenos; ven, aunque no seas más que una

sombra; solo así nos salvarás, y cobardes serán en tu presencia los

asesinos de tus hijos.

ANFITRIÓN

Tú, ¡oh mujer!, te has acordado de cuanto a Hades se debe; yo,

elevando mis manos al cielo, te invoco, ¡oh Zeus!, para que auxilies

a estos niños si en algo quieres servirlos, que no podrás dentro de

poco. Verdad es que te llamé otras muchas veces... Vano es mi deseo;

según parece, moriremos sin remedio. Breve es la vida, ¡oh ancianos!;

pasadla, pues, lo más alegremente que os sea posible,[120] y que no os

visiten los dolores ni de noche ni de día. Porque el tiempo no sabe

acariciar nuestras esperanzas, sino solo volar cuando acaba sus obras.

Contempladme: yo, en concepto de los hombres, disfrutaba de los favores

de la fortuna. Un día me los arrebata veloz, como el ave que hiende los

aires. Ignoro si la felicidad y la gloria han sido siempre duraderas.

Adiós, pues; por última vez veis a vuestro amigo y compañero.

MÉGARA

¿Qué es esto, ¡oh anciano!? ¿Veo acaso al hombre más querido? ¿Qué diré?

ANFITRIÓN

No sé, hija; el estupor embarga también mi ánimo.

MÉGARA

Este, según afirmaban, yacía bajo la tierra, a no ser que nos engañe

algún sueño a la luz del día. ¿Qué diré? ¿Deliro acaso y veo vano

fantasma? Este no es otro que Heracles, ¡oh anciano! Agarraos, ¡oh

hijos!, de los vestidos de vuestro padre; daos prisa, no lo soltéis, ya

que para vosotros en nada cede a Zeus Salvador.[121]

HERACLES

Yo te saludo, palacio y vestíbulo de mis lares; ¡con qué gozo te miro

de vuelta a la luz! ¡Hola! ¿Qué sucede? Delante de él veo a mis hijos,

cuyas cabezas ornan fúnebres galas, y a mi esposa rodeada de hombres,

y a mi padre, que llora alguna desdicha. Me acercaré a ellos, y

averiguaré qué novedad ha ocurrido.

ANFITRIÓN

¡Oh, el más amado de los mortales!; ¡oh luz que alumbras a tu padre!;

ya te veo, ya te salvaste; a tiempo apareces a tus amigos.

HERACLES

¿Qué dices? ¿Qué desgracia ha sobrevenido, ¡oh padre!?

MÉGARA

Estábamos a punto de morir; perdóname, anciano, si te interrumpo, que

las mujeres son en cierto modo más dignas de lástima que los hombres, e

inminente era la muerte de mis hijos y también la mía.

HERACLES

¡Oh Apolo, triste es el exordio de tu discurso!

MÉGARA

Perecieron mis hermanos y mi anciano padre.

HERACLES

¿Qué nueva oigo? ¿De qué manera? ¿Qué lanza les dio muerte?

MÉGARA

Matolos Lico, ínclito[122] señor de este país.

HERACLES

Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3) · 第 3 / 23 段