Acaso, ya me des o no la razón, no me contestarás, mirándome como

a tu enemiga; mas yo, segura de que al disputar conmigo me has de

reconvenir, responderé anticipadamente a tu acusación, oponiendo mis

cargos a los tuyos. En primer lugar, esta es madre de Paris, autor de

nuestros males; después me perdió el viejo Príamo, y también a Troya,

no matando al niño que anunciaba la triste antorcha,[56] llamado

luego Alejandro. Recuerda, además, que fue juez en la contienda de

las tres diosas, y que Palas prometió a Paris el imperio de la Frigia

y la destrucción de la Grecia; Hera, que reinaría en el Asia y en

los confines de la Europa si salía vencedora; y Afrodita, ponderando

maravillosamente mi hermosura, que sería suya si daba a ella la

palma de la hermosura, no a las otras diosas. Reflexiona ahora en

las consecuencias de este juicio: venció la deidad de Chipre, y mis

nupcias con Paris fueron útiles a la Grecia, libre de bárbaros y de

su tiranía desde que triunfó de ellos en el campo de batalla. Y lo

que contribuyó a la dicha de la Grecia fue fatal para mí: me perdió

mi belleza y me acusan de infame, cuando debía ceñir mis sienes una

corona. Pero dirás que ni siquiera he aludido a mi huida de tu palacio.

Vino mi mal genio protegido por deidad no despreciable, ya le quieras

llamar Alejandro, ya Paris, al cual tú, ¡oh el más descuidado de los

hombres!, dejaste conmigo en tu palacio mientras navegabas de Esparta

a Creta.[57] Veamos, pues; esta pregunta me hago, no a ti...: ¿en qué

pensaba yo cuando desde mi palacio seguí a tu huésped, faltando a mi

patria y a mi honra? Insulta a la misma Afrodita, y serás más poderoso

que Zeus, el cual, superior a los demás dioses, es su esclavo. Así,

¿no debes perdonármelo? Me acusarás quizá especiosamente porque,

después de muerto Alejandro y de descender al seno oscuro de la tierra,

hubiera yo debido, no ligándome a mi lecho ninguna ley divina, dejar

estos palacios y encaminarme a Argos. En efecto, intenté hacerlo;

testigos son los centinelas de las torres y los espías de los muros,

que muchas veces me sorprendieron en las fortificaciones descolgándome

con cuerdas. A la fuerza se casó conmigo Deífobo,[58] mi nuevo esposo,

oponiéndose los frigios. ¿Cómo, pues, ¡oh Menelao!, moriré justamente,

y sobre todo por tu mano, cuando se casó conmigo contra mi voluntad,

ya que esta belleza mía en vez de darme la palma de la victoria me ha

condenado a dura esclavitud? Ahora, si quieres vencer a los dioses, tu

propósito es insensato.

EL CORO

Defiende, reina, a tus hijos y a tu patria, refutando sus elocuentes

palabras; habla bien, a pesar de sus maldades, don en verdad amargo.

HÉCUBA

Defenderé primero a las diosas, y probaré que no es cierto lo que dice.

Yo no creo que Hera y la virgen Palas delirasen hasta el punto de

vender aquella a Argos a los bárbaros, y Palas a Atenas, condenándolas

a sufrir algún día el yugo de los frigios, ya que, como por juego o

diversión, vinieron al Ida a disputar la palma de la hermosura. ¿Por

qué razón había de dar Hera tanto valor a la belleza? ¿Quizá por tener

un esposo superior a Zeus? ¿Anhelaría Palas casarse con algún dios,

habiendo logrado de su padre vivir perpetuamente virgen por odio al

matrimonio? No supongas necias a las diosas por disculpar tu falta,

que nunca persuadirás a los prudentes. Dijiste que Afrodita (lo cual

es ridículo) acompañó a mi hijo al palacio de Menelao. ¿No hubiese

podido, permaneciendo tranquila en el cielo, llevarte a Ilión con la

misma Amiclas?[59] Fue mi hijo de notabilísima hermosura, y tú, al

verlo, la verdadera Afrodita. A todas sus locuras llaman Afrodita los

mortales, y el nombre de esta diosa tiene en ellas su raíz,[60] y tú,

al admirarlo con sus lujosas galas y vestido de oro resplandeciente,

sentiste arder en tu pecho el fuego de la lujuria. Pocas riquezas

poseías en Argos, y al dejar a Esparta esperabas que la opulenta ciudad

de los frigios sufragaría a tus gastos, no bastando a satisfacer tus

placeres el palacio de Menelao.[61] ¡Te atreves a decir que mi hijo te

robó a la fuerza! ¿Qué espartano podrá asegurarlo? ¿Qué voces diste

siendo Cástor adolescente y viviendo todavía su hermano en la tierra,

no entre los astros?[62] Después que llegaste a Troya, y cuando

siguieron tus huellas los argivos y se encendió la guerra, si la

fortuna favorecía a Menelao, lo alababas para atormentar a mi hijo,

aludiendo a tan poderoso rival; y cuando vencían los troyanos, Menelao

era un desdichado. Solo te cuidabas de la fortuna, solo a ella seguías,

no a la virtud. ¿Y añades que quisiste descolgarte con cuerdas desde

las torres, indicando quizá que permanecías allí contra tu voluntad?

¿Cuándo te sorprendieron preparando fatales lazos o afilando homicida

cuchilla? Hubiéralo hecho mujer noble, sensible a la pérdida de su

anterior esposo. Yo, en cambio, te aconsejé así muchas veces: «Vete,

¡oh hija!; mis hijos contraerán himeneo con otras; yo te llevaré a las

naves griegas, y te ayudaré en tu oculta huida; pon término a la guerra

entre griegos y troyanos.» Pero esto te desagradaba, llena de orgullo

en el palacio de Alejandro, y querías ser adorada de los bárbaros.[63]

Y a pesar de todo, sales tan galana y contemplas junto a tu marido el

mismo cielo, ¡oh mujer execrable!, ¡cuando debías aparecer humilde y

desaliñada en tu traje, temblando de horror, con la cabeza rasurada y

fingiendo modestia en vez de impudencia, en expiación de tus anteriores

faltas! ¡Oh Menelao!, no es otro mi objeto sino que honres a la Grecia

dándole merecida muerte, como cumple a tu dignidad, y que desde hoy en

adelanto mueran todas las mujeres que son infieles a sus esposos.

EL CORO

¡Oh Menelao!, acuérdate de tus nobles abuelos y de tu linaje; castiga a

Helena, y evita así las reconvenciones que te hará la Grecia. No podrá

echarte en cara tu molicie, si eres fuerte contra sus enemigos.

MENELAO

Creo, como tú, que esta huyó voluntariamente de mi palacio en busca

de adúltero tálamo, y que solo invoca a Afrodita para cohonestar su

delito. Anda, ve a buscar a los que han de apedrearte, y que tu pronta

muerte expíe los prolongados padecimientos de los griegos, para que

aprendas a no deshonrarme.

HELENA

¡Oh, no; por tus rodillas te ruego que no me mates, imputándome un

crimen, obra de los dioses! ¡Perdóname!

HÉCUBA

No te olvides de los aliados, que por Helena murieron: por ellos y por

mis hijos te lo pido.

MENELAO

Déjame, anciana; solo merece mi desprecio. Que mis servidores la

arrastren a las naves para ser llevada a Grecia.

HÉCUBA

Que no vaya en la tuya.

MENELAO

¿Por qué, pues? ¿Pesa ahora más que antes?[64]

HÉCUBA

No hay enamorado que no ame siempre, piense como quiera la mujer amada.

MENELAO

Se hará lo que deseas: no entrará en la nave en que yo vaya, que no

es despreciable tu consejo. Cuando llegue a Argos morirá indignamente

como merece, y servirá de escarmiento a las demás mujeres, enseñándolas

a ser honestas; y aunque, en verdad, no sea esto fácil empresa, su

suplicio, por el miedo que ha de infundirles, refrenará la femenil

locura, aunque las haga más perversas. (_Vase con Helena_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Así nos abandonas, ¡oh Zeus!, dejando a los griegos

tu templo edificado en Troya, el ara llena de perfumes, la llama de las

libaciones, el humo de la mirra que se elevaba en los aires, la sagrada

ciudadela de Pérgamo, los bosques, los bosques ideos, abundantes en

yedra, regados por la nieve derretida de los ríos, y la cima que el sol

hiere primero, aquella mansión divina que sus rayos purifican![65]

_Antístrofa 1.ª_ — Acabáronse ya tus sacrificios, y el alegre compás

de los coros durante la noche, y las fiestas que se celebraban

a los dioses en las horas destinadas al sueño, y las estatuas

resplandecientes, y los doce plenilunios divinos de los frigios.[66]

Inquiétame, inquiétame, ¡oh rey que habitas en el éter y en palacio

celestial!, penosa incertidumbre de si atiendes o no a mi ciudad

arrasada, que devoró el furor impetuoso del fuego.

_Estrofa 2.ª_ — ¡Oh esposo querido; vagas muerto, insepulto, no lavado

por mis manos, y las naves del mar, agitando sus remos, me llevarán

a Argos, rica en caballos, cercada de altísimas murallas de los

cíclopes![67] Muchedumbre de hijos lloran a las puertas, agarrándose

a nuestros vestidos y clamando en su aflicción: «Ay de mí, madre, que

cuando me abandones, los aqueos me separarán de ti, y en negra nave

de marinos remos me llevarán a la sagrada Salamina, o a la cumbre del

Istmo,[68] que mira a dos mares, en donde se ven las puertas de la

mansión de Pélope.»

_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que en la nave de Menelao, cuando hienda

el mar profundo, caiga en el Egeo el fuego sagrado que vibran tus dos

manos, y la reduzcan a cenizas: de Ilión, mi patria, me arrastran,

llorosa esclava, a la Grecia! ¡Que la hija de Zeus, que se lleva

los dorados espejos,[69] delicia de las vírgenes, nunca llegue a la

Laconia, ni a sus patrios lares, ni a la ciudad de Pirene,[70] ni al

templo de puertas de bronce de la diosa![71] ¡Que Menelao no recobre a

Helena, cuyo malhadado himeneo solo ha servido de oprobio a la Grecia,

país poderoso y de perpetua desventura a las ondas del Simois! ¡Oh

dolor, oh dolor! ¡Nuevas desdichas agobian a mi patria! ¡Oh míseras

esposas de los troyanos, contemplad a Astianacte, sacrificado por orden

de los griegos, que desde las torres lo han precipitado tristemente!

TALTIBIO (_acompañado de esclavos, que traen sobre un escudo el cadáver

de Astianacte_).

¡Oh Hécuba!; la única nave con bancos de remeros del hijo de Aquiles,

Neoptólemo, que queda, se prepara a llevar a las costas ftióticas los

restantes despojos que le han tocado en suerte. Él se hizo antes a la

vela, sabedor de ciertas desdichas que han ocurrido a Peleo, desterrado

de su patria, según dicen, por Acasto, hijo de Pelias.[72] Tal es la

causa que le obligó a retirarse más pronto de lo que pensaba. Creyó

pasar aquí algún tiempo, pero al fin se embarcó con Andrómaca, que

derramaba muchas lágrimas al separarse de esta tierra, lamentándose de

los infortunios de su patria y apostrofando al túmulo de Héctor. Y le

pidió permiso para sepultar a su hijo, precipitado desde las murallas,

muerto horriblemente, y que le sirviese de féretro este escudo cubierto

de bronce, terror de los aqueos, que defendió a su padre, en vez de

llevarlo al palacio de Peleo o al mismo tálamo de su nuevo esposo.[73]

Así no tendrá siempre a la vista tristísimos recuerdos, y hará las

veces de caja de cedro y de marmóreo sepulcro. También dispuso que te

entregase su cadáver, para que, como puedas, lo adornes con peplos y

coronas, ya que ella se ausenta, oponiéndose la precipitación del

viaje de su señor a tributarle los últimos deberes. Nosotros, cuando

engalanes su cuerpo y lo cubra la tierra, clavaremos una lanza en su

tumba, y a ti sola corresponde lo demás. Observarás, sin embargo,

que al pasar las aguas del Escamandro lo lavé y limpié sus heridas.

Ahora le abriremos una hoya, y después, reuniendo nuestros esfuerzos y

haciendo lo que nos han ordenado, nos volveremos a nuestro campo.

HÉCUBA

Dejad ahí el circular escudo de Héctor, recuerdo triste y desagradable

para mí. ¡Oh aqueos!, más dignos de alabanzas por vuestras hazañas que

por vuestros pensamientos: ¿cómo por temor a un niño habéis cometido

un nuevo crimen? ¿Para que no reconstruyese a Troya arruinada? Hombres

inútiles erais cuando la fortuna de las armas favorecía a Héctor, y

perecimos sin embargo, a pesar de nuestros innumerables soldados, y

tomada la ciudad y aniquilados los frigios, todavía os infunde miedo

tan tierno niño. No alabo esta vil pasión, si carece de racional

fundamento. ¡Oh tú el muy querido, qué deplorable ha sido tu muerte!

Si hubieses perdido la vida por tu patria, después de llegar a edad

adulta, de casarte y regir un imperio como el de los dioses, hubieras

sido feliz, si hay felicidad en todo esto. Mas tú, ¡oh hijo!, cercado

de regia pompa, no has sabido apreciarla, y no disfrutaste de los

placeres que tu palacio te ofrecía. ¡Infeliz! ¡Cómo las murallas de tu

ciudad natal, obra de Apolo, han puesto tu cabellera, que tanto cuidó

tu madre, y a la cual prodigó tanto beso! De sus huesos destrozados

brota ahora la sangre, por no nombrar más repugnantes objetos. ¡Oh

manos, qué grata semejanza tenéis con las de su padre, y ahora yacéis

caídas, rotas vuestras articulaciones! ¡Oh dulce boca, que solías

decir grandes cosas con infantil petulancia! ¡Pereciste! Me engañabas

cuando agarrado a mis vestidos me hablabas así: «¡Oh madre, yo cortaré

para ti muchos rizos de mis cabellos, y llevaré muchos niños a tu

sepultura, y te diré palabras que te complazcan!». No tú a mí, que

a pesar de tu edad infantil, yo anciana, desterrada, sin hijos, te

sepulto, ¡oh mísero cadáver! ¡Ay de mí! ¡Aquellos ósculos innumerables,

y mis desvelos en criarte, y mis interrumpidos sueños, todo esto fue

inútil! ¿Qué inscripción, pregunto yo, grabará algún poeta en tu

sepulcro? ¿Que los argivos por miedo te mataron tan niño? Vergonzoso

para la Grecia sería tal epitafio. Pero ya que no disfrutaste de tus

bienes patrimoniales, poseerás al menos un escudo de bronce, en el

cual serás enterrado. ¡Oh escudo, que resguardabas en otro tiempo el

bellísimo brazo de Héctor; ya perdiste a tu dueño incomparable! ¡Cuán

dulce es la señal que dejó en la embrazadura y el sudor que derramó

en tu centro bien torneado, cuando corría copioso de su frente, al

acercarlo a sus mejillas pasando insoportables trabajos! Llevad, poned

estas galas, las únicas que poseo, a ese cadáver desventurado, que los

dioses no me favorecen lo bastante para hacerle funerales suntuosos;

toma los tristes restos de mi pasada grandeza. Necio es el mortal que,

creyéndose siempre feliz, se abandona al placer; la fortuna, cual

furiosa delirante, salta aquí y allí, y a ninguno concede perpetua

dicha.[74]

EL CORO

Mira los despojos frigios que en sus manos traen las cautivas, para que

engalanes el cadáver de Astianacte.

HÉCUBA

¡Oh hijo!, aun cuando no has vencido a tus iguales a caballo ni con

el arco, según costumbre frigia (no obstante la moderada afición de

los troyanos a esta clase de ejercicios), la madre de tu padre te pone

estas galas, resto triste de lo que fue tuyo en otro tiempo, que hace

poco te arrebató Helena, aborrecida de los dioses, causa además de tu

muerte y de la ruina de todo tu linaje.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¡Tocaste, tocaste mi corazón! ¡Oh tú, que hubieses sido

soberano inmortal de mi ciudad!

HÉCUBA

Con los ricos vestidos frigios que debían adornarte al celebrar tu

himeneo con la más noble asiática, cubre ahora tu cuerpo. Y tú, escudo

querido de Héctor, que en días más venturosos ganaste tantos trofeos,

recibe esta guirnalda; aunque tu fama es imperecedera, morirá, sin

embargo, con este cadáver; más justo es honrarte que no a las armas del

astuto y malvado Odiseo.

EL CORO

¡Ay, ay, ay, ay de mí! Amargamente llorado, ¡oh hijo!, te recibirá la

tierra. Llora, madre...

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

Como debes llorar a los muertos.

HÉCUBA

¡Ay de mí, ay de mí!

EL CORO

¡Ay de tus males insufribles!

HÉCUBA

Yo, médico desventurado solo en el nombre, no en realidad, cuidaré como

pueda de parte de tus heridas, ligándolas con vendajes; tu padre te

curará las demás entre los muertos.

EL CORO

Golpea, golpea tu cabeza, que tus manos resuenen. ¡Ay de mí, ay de mí!

HÉCUBA

¡Oh mujeres muy amadas!

EL CORO

¿Qué significan esos clamores?

HÉCUBA

Dignáronse solo los dioses hacerme desgraciada y aborrecer a Troya más

que a las otras ciudades, y de nada sirvieron nuestros sacrificios. Y

sin embargo, debemos confesar que, si no nos precipitasen en el abismo

desde la altura, yacería nuestro nombre en la oscuridad y sin que nadie

se acordase de nosotros en sus cantos, y no seríamos para la posteridad

manantial perenne de poesía. Andad, sepultad este cadáver en mísero

túmulo, que ya ha recibido los fúnebres honores. A mi parecer, interesa

poco a los muertos que se les tributen funerales suntuosos, y más bien

son vana pompa de los vivos.[75]

EL CORO

¡Oh desventura, oh desventura! ¡Mísera madre que, al perderte, perdió

contigo su más consoladora esperanza! Cuando se reputaba muy feliz,

porque eran nobles tus padres, pereciste de muerte cruel. (_Aparecen a

lo lejos guerreros con antorchas encendidas_).

HÉCUBA

¡Hola! ¿Qué es esto? ¿Quiénes son esos hombres que en sus manos llevan

antorchas, y aparecen en las alturas? Alguna nueva desdicha amenaza a

Troya.

TALTIBIO (_que vuelve, aunque manteniéndose a cierta distancia_).

Sepan los capitanes de las cohortes, a quienes se ha ordenado incendiar

la ciudad de Príamo, que en sus manos no ha de estar ociosa la tea;

abrásenla, pues, cuanto antes, para que, derribada en sus cimientos,

tornemos alegres a nuestra patria. Y vosotras, hijas de los troyanos,

para cumplir a un tiempo ambos mensajes, cuando los generales del

ejército hagan sonar las trompetas encaminaos a las naves de los

griegos para alejaros de aquí. Tú, anciana la más infortunada, sígueme;

estos son servidores que vienen de parte de Odiseo, tu señor, para que

abandones a Troya, según dispuso la suerte.

HÉCUBA

¡Ay desventurada de mí! ¡Remate es este y último fin de mis males!

Dejo a mi país natal y a mi ciudad entregada a las llamas. Así, pies

cansados por la vejez, daos prisa a saludarla por última vez, aunque

os cueste trabajo. ¡Oh Troya, hace poco el orgullo de los bárbaros;

no tardarás en perder tu ilustre nombre! Te incendian y nos arrancan

esclavas de tu seno, ¡oh dioses! Pero ¿qué dioses invoco? Antes, cuando

los llamé, no me oyeron. Precipitémonos, pues, en el fuego, pues será

para mí lo más honroso perecer en él.

TALTIBIO

Tus males te hacen delirar, ¡oh desventurada! Lleváosla, pues, sin

demora; es preciso entregarla a Odiseo, a quien ha tocado en el reparto

del botín.

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí! ¡Ay, ay, ay de mí! ¡Oh Cronio!,[76] rey de la Frigia,

tronco de mi estirpe, ¿contemplas impasible los indignos ultrajes que

sufren los descendientes de Dárdano?

EL CORO

Lo ve; la gran ciudad, que ya no lo es, ha perecido; ya no existe Troya.

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí! ¡Ay, ay, ay de mí! Ilión resplandece; el fuego devora ya

el elevado alcázar, y la ciudad entera, y las más altas murallas.

EL CORO

Y como el viento se lleva el humo, así pereció mi patria, cayendo desde

la altura al empuje del hierro; abrasados han sido tus palacios, presa

del fuego y de enemiga lanza.

HÉCUBA

¡Oh patria, madre de mis hijos!

EL CORO

¡Ay, ay de mí!

HÉCUBA

¡Oíd, hijos; reconoced la voz de vuestra madre!

EL CORO

¿Llamas a los muertos con voz lúgubre?

HÉCUBA (_arrodillándose_).

Arrastrando por la tierra mis cansados miembros, e hiriéndola con ambas

manos.

EL CORO

Ahora nos toca a nosotras hincar la rodilla, llamando a nuestros

esposos desdichados, que moran en el infierno.

HÉCUBA

Nos llevan, nos arrastran...

EL CORO

Tu dolor, tu dolor publicas.

HÉCUBA

A los atrios, en donde seré esclava, lejos de mi patria. ¡Ay, ay de

mí! ¡Oh Príamo, Príamo; tú, muerto, insepulto, sin amigos, ignoras mi

desdicha!

EL CORO

La negra muerte cubre tus ojos; un crimen impío se burla de tu

piedad.[77]

HÉCUBA

¡Ay de los templos de los dioses, y de mi ciudad amada!

EL CORO

¡Ay, ay de mí!

HÉCUBA

Mortífera es la llama que os abrasa, y la punta de la lanza que os

hiere.

EL CORO

Pronto caeréis sin gloria en mi suelo adorado.

HÉCUBA

El polvo, semejante al humo, en alas de los vientos me roba la vista de

mi palacio.

EL CORO

Se olvidará el nombre de esta región como todo se olvida; ya no existe

la desdichada Troya.

HÉCUBA

¿Lo habéis visto? ¿Lo habéis oído?

EL CORO

¿El fragor de Pérgamo al derrumbarse?[78]

HÉCUBA

Tiembla la tierra, tiembla la tierra al desplomarse toda la ciudad. ¡Ay

de mí! Trémulos, trémulos miembros, arrastrad mis pies. Vamos a vivir

en la esclavitud.

EL CORO

¡Ay de la ciudad infortunada! Ea, dirige tus pasos hacia las naves de

los griegos.

HERACLES FURIOSO

ARGUMENTO

Once de sus famosos trabajos había ya cumplido Heracles, y estaba

ausente de Tebas para terminar el último, que consistía nada menos que

en traer al Cancerbero de las tinieblas a la luz. En esta ciudad había

dejado a su esposa Mégara, y a tres hijos que había tenido de ella,

bajo la custodia de su padre Anfitrión que, temeroso de las violencias

de que pudieran ser víctimas por parte de Lico, rey de la Eubea,

que mandaba en Tebas apoyado por un partido rebelde y victorioso,

se refugia junto al altar de Zeus Salvador, asilo sacrosanto que

podía resguardarlos de sus iras; pero el tirano entonces inventa el

medio de realizar su sanguinario intento sin tocar el ara, mandando

a sus esclavos que la cerquen de leña y abrasen de este modo a los

heráclidas. Anfitrión y Mégara convienen en tal apuro en someterse a su

voluntad, abandonándoles su vida y la de los hijos de Heracles, siempre

que perezcan de otra manera, y lo consiguen del tirano, y además un

breve plazo para prepararse a la muerte y adornarse en el palacio de

Heracles con sus vestidos y galas funerarias.

Afortunadamente vuelve este héroe de los infiernos, y enterado por

Anfitrión de lo que sucede, y aconsejado por él, entra en su morada,

en donde después sorprende y mata a su enemigo al venir en busca de

sus víctimas. Por desgracia, la diosa Hera, que siempre lo odia, y más

ahora viendo que ha salido triunfante de la última y más peligrosa

prueba, envía a su mensajera Iris y a la Locura para que trastornen su

juicio y lo obliguen a matar a sus hijos. Así acontece, en efecto, y el

héroe, víctima de su delirio, los sacrifica sin piedad con su madre, y

aun intenta asesinar a su padre creyendo que todos eran de la familia

de Euristeo, no de la suya, librando solo al último de la suerte que

le aguarda la intervención de Atenea, que derriba a Heracles con una

piedra, le infunde triste sueño y le devuelve la razón perdida. Al

fin despierta de su letargo, llora su desventura cuando ya no tenía

remedio, y se ausenta de Tebas con su amigo Teseo, que llega en tan

crítico instante deseoso de auxiliarlo contra Lico, encargando a su

padre Anfitrión que dé honrosa sepultura a Mégara y a sus hijos.

Tal es el argumento de esta tragedia, cuya acción parece doble a

primera vista, según opinan críticos tan competentes como A. G.

Schlegel y M. Artaud, quienes aseguran que la primera acaba cuando

Mégara y sus hijos evitan la muerte por la llegada de Heracles y

el castigo de Lico, y que la segunda expone el sacrificio de los

heráclidas y de su desventurada madre. Sin embargo, con la desconfianza

natural a quien intenta refutar juicios tan autorizados, debemos decir

nosotros que esa primera acción es solo un complemento esencialísimo de

la segunda, y está enlazada a ella tan íntimamente que ambas forman una

sola, supuesta la intención del poeta y la misma índole de la tragedia,

dirigida, como dice Aristóteles, a mover la piedad y la compasión.

El principal interés que nos inspira esta obra de Eurípides proviene

de la situación del padre, esposa e hijos de Heracles, los cuales,

amenazados primero de muerte por Lico, se libran de ella por la llegada

del héroe; y cuando su gozo debía ser mayor, cuando se veían ilesos,

cuando nada debieran temer, teniendo a su lado a su padre y protector,

sucumben a manos de este de una manera inesperada. Por consiguiente,

si suprimimos la primera parte se desvanece casi todo el interés de

la segunda, y no aparecen tan claras esas alternativas del destino

que ha querido figurar el poeta. El defecto capital de esta tragedia

no es, pues, ese, en nuestro concepto, sino otro muy distinto, que

salta a los ojos al leerla; a saber: que su trama y su espíritu están

en abierta contradicción, o lo que es lo mismo, que toda ella en su

plan y accidentes supone la existencia de los dioses que determinan la

acción, y en su espíritu la niega. La piedad y la compasión que excita

el poeta cuando paramos la atención en la suerte de Heracles, de su

esposa e hijos, se convierten en indignación y odio contra Hera, que

solo por satisfacer su celosa venganza sacrifica víctimas inocentes,

y contra su esposo Zeus, que siendo el soberano del cielo y padre de

Heracles, contempla impasible la ruina de su propia descendencia.

Esto solo, supuestas aquellas creencias y prescindiendo ahora de las

nuestras, como debemos hacerlo, era inmoral y altamente irreligioso,

justamente tratándose de un espectáculo cuyo objeto era fortificar este

sentimiento y moralizar al pueblo. Por lo demás, es obra, como todas

las de Eurípides, notable por sus bellezas dramáticas aisladas, por su

pintura de afectos, por su poesía sobria y elegante, por sus rasgos

sencillos y por la armónica distribución de sus partes. Hay de ella

una imitación de uno de los Sénecas, no se sabe si del filósofo o del

retórico, como casi todas las suyas llena de singularidades y absurdos,

pues aun siendo español y poeta, y no obstante la cruzada que de algún

tiempo a esta parte se ha levantado a su favor, para nosotros y para

toda persona imparcial y sensata que lea sus imitaciones después de los

originales, es y será siempre un trágico deplorable. El patriotismo

tiene sus límites, y nunca debe hollar los del buen gusto, porque ni

Lucano ni Séneca nos hacen falta, habiendo florecido tan famosos poetas

españoles.

Si intentamos ahora fijar la época en que se representó esta tragedia,

tendremos que contentarnos con presunciones más o menos fundadas,

careciendo de datos positivos y fidedignos, ya transmitidos por los

escoliastas, ya por otros escritores griegos. Parece lo más probable

que la escribió Eurípides ya anciano, según se desprende de estos

versos que pronuncia el coro y que indudablemente aluden al autor:

Οὐ παύσομαι τὰς Χάριτας

Μούσαις συγκαταμειγνύς,

ἁδίσταν συζυγίαν.

μὴ ζῴην μετ᾽ ἀμουσίας,

αἰεὶ δ᾽ ἐν στεφάνοισιν εἴην,

ἔτι τοι γέρων ἀοιδὸς

κελαδεῖ Μναμοσύναν.

ἔτι τὰν Ἡρακλέους

καλλίνικον ἀείδω, κ. τ. λ.

Calcúlase, por tanto, que no es anterior a la olimpiada 90 (420 antes

de J.-C.), y que fue obra de un poeta sexagenario.

PERSONAJES

Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3) · 第 2 / 23 段