Si Apolo no trastornase tu juicio, no amenazarías impunement

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También se han modernizado los nombres propios de personas

y lugares, y los gentilicios.

* Los nombres de los dioses y héroes no aparecen con la denominación

latina, utilizada por el traductor, sino con la griega, como hizo el

autor. Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final

del libro.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

OBRAS DRAMÁTICAS DE EURÍPIDES

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO CCXXII

OBRAS DRAMÁTICAS

DE

EURÍPIDES

VERTIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO AL CASTELLANO

POR

EDUARDO MIER Y BARBERY

Traductor del alemán de las obras dramáticas de Schiller

de la «Biblioteca Clásica».

Grajis ingenium, Grajis dedit ore

rotundo Musa loqui.

HORAC., _Epist. ad Pis._

TOMO II

MADRID

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO

Calle del Arenal, núm. 11.

—

1909

ES PROPIEDAD

MADRID. — Imprenta de Perlado, Páez y C.ª, Quintana, 33.

LAS TROYANAS

ARGUMENTO

Eurípides intenta representar en esta tragedia uno de los episodios

más terribles que siguieron a la toma de Ilión por los griegos, y con

dicho objeto acumula varios incidentes trágicos, casi todos de su

invención. Supone que los vencedores, que aguardaban vientos favorables

para soltar sus naves, se reparten las esclavas, reservándose los más

famosos capitanes las más distinguidas, ya para su servicio, como

sucede a Hécuba respecto de Odiseo, ya para sus placeres, como acontece

a Casandra y Andrómaca respecto de Agamenón y Neoptólemo. No contentos

con esto, sacrifican a Políxena, hija de Hécuba y de Príamo, a los

manes de Aquiles, y precipitan a Astianacte, nieto de aquellos reyes,

desde las altas torres de Troya, temerosos de dejar con vida a este

tierno retoño del linaje de Príamo, que más adelante podría reedificar

su ciudad, a la que incendian también en presencia de la mísera viuda,

antes reina y ahora esclava.

No hay, pues, en ella acción verdadera, ni causa ni obstáculos que la

aceleren o detengan. Carece, por tanto, de unidad dramática, a no ser

que supongamos que Hécuba es aquí, como en la tragedia que lleva su

nombre, el foco o centro en donde convergen estos sucesos. Como toca en

suerte al astuto y cruel Odiseo, autor principal de sus últimas y más

acerbas desdichas; como Poseidón pronuncia el prólogo, y juntamente con

Atenea se prepara a emplear sus fuerzas en hacer desastrosa la vuelta

de los griegos a su patria; como los coros aluden a los viajes de

Odiseo y a sus trabajos, y como se sabe, por último, que LAS TROYANAS

son la última pieza de una trilogía, cuyas dos primeras representaban

el reconocimiento de Paris por sus padres y el suplicio de Palamedes,

a causa de los infernales artificios del héroe de la _Odisea_, debemos

suponer que el objeto del poeta ha sido probar lo vario e instable

de las cosas humanas, puesto que los favorecidos hoy por la fortuna

pueden ser mañana víctimas de los mayores sufrimientos. Partiendo de

tal hipótesis no es posible desconocer la trágica grandeza de esta

composición. Los cuadros más lúgubres se suceden unos a otros, formando

grupos patéticos inimitables, y los rudos embates de la adversidad

humillan en incesante acometida la vanidad y el orgullo humanos. Desde

este punto de vista no podemos considerar como episodios inútiles el

desvarío de Casandra, ni el diálogo de Helena con Hécuba y Menelao.

Dolor grande para una madre es ver a su hija frenética, y más sabiendo

que su delirio es efecto de infausto y deshonroso himeneo, y dolor el

presenciar la impunidad en que queda su mayor enemiga. Debemos decir,

sin embargo, que, a nuestro parecer, Eurípides se deja llevar demasiado

lejos de su afán de hacer efecto en el auditorio; que amontona con

profusión los incidentes desgarradores, siendo algunos innecesarios,

y que a veces, como ocurre con las lamentaciones de Hécuba ante el

cadáver de Astianacte, después de las bellísimas quejas de su madre

Andrómaca, es frío, inoportuno y algo declamatorio.

Séneca ha imitado esta tragedia en la suya titulada _Troades_,

condensando en ella la acción de la _Hécuba_, de Eurípides, y de LAS

TROYANAS. Incurre en sus faltas ordinarias, acompañadas como siempre

de brillantes rasgos. Su estilo afectadamente sentencioso, sus

disputas filosóficas, su mal gusto, su hinchazón y ampulosidad, y su

poco conocimiento de la escena la deslucen y afean, sobre todo cuando

sus imitaciones se leen después de los originales. La francesa de

Châteaubrun es mejor, aunque con ese sabor transpirenaico al cual nunca

podremos acostumbrarnos.

Representose LAS TROYANAS en la olimpiada 91, 1 (416 antes de J.-C.),

ateniéndonos a las siguientes palabras de Eliano. _Var. Hist._, II, 8:

κατὰ τὴν πρώτην καὶ ἐνενηκοστὴν Ὀλυμπιάδα..., ἀντηγωνίσαντο ἀλλήλοις

Ξενοκλῆς, ὅστις ποτὲ οὗτός ἐστιν, Οἰδίποδι καὶ Λυκάονι καὶ Βάκχαις καὶ

Ἀθάμαντι σατυρικῷ. Τούτου δεύτερος Εὐριπίδης ἦν Ἀλεξάνδρῳ καὶ Παλαμήδῃ

καὶ Τρῳασὶ καὶ Σισύφῳ σατυρικῷ.

Resulta, pues, de ellas que concurrieron a este certamen Xenocles,

con la trilogía compuesta de _Edipo, Licaón_ y _Las Bacantes_, y el

drama satírico titulado _Atamante_, y Eurípides con la trilogía de

_Alejandro, Palamedes_ y LAS TROYANAS, y el drama satírico denominado

_Sísifo_. El escoliasta de Aristófanes, en _Las Avispas_, al verso

1326, confirma el testimonio de Eliano, diciendo: ὑστερεῖ ἡ τῶν Τρῳάδων

κάθεσις ἔτεσιν ἑπτα. «_Las Avispas_ se representaron siete años después

que LAS TROYANAS»; y como se sabe que esta comedia de Aristófanes se

representó en la olimpiada 89, 2, concuerda el testimonio el escoliasta

con el de Eliano.

PERSONAJES

POSEIDÓN, _dios del mar._

ATENEA, _diosa de la guerra y de la sabiduría._

HÉCUBA, _exreina de Troya._

CORO DE CAUTIVAS TROYANAS.

TALTIBIO, _heraldo de los griegos._

CASANDRA, _profetisa, hija de Hécuba._

ANDRÓMACA, _viuda de Héctor._

MENELAO, _rey de Micenas._

HELENA, _esposa de Menelao y de Paris._

La acción es delante de Troya.

Se ve en el teatro una vasta tienda de las que forman el campamento

griego, y en el fondo la ciudad de Ilión y su alcázar. Cerca de la

tienda yace Hécuba, y dentro las cautivas troyanas.

POSEIDÓN

Yo, Poseidón, vengo del salado abismo del mar Egeo,[1] en donde las

nereidas[2] danzan en coros con sus pies bellos. Desde que Febo y

yo edificamos las altas torres de piedra de este campo troyano,[3]

he favorecido siempre a la ciudad de los frigios, que ahora humea,

destruida por el ejército argivo. Porque Epeo, el focidio del

Parnaso,[4] fabricando por arte de Palas un caballo preñado de armas,

introdujo en las torres esta carga funesta, que en adelante será

llamada por los hombres el corcel bélico,[5] por contener en su

vientre ocultas lanzas. Desiertos los bosques sagrados, los templos de

los dioses destilan sangre, y Príamo moribundo cayó al pie del altar

de Zeus Herceo.[6] Mucho oro y muchos despojos frigios han llevado los

griegos a sus naves; ahora esperan que sople un viento favorable que,

hinchando sus velas, les proporcione el placer de abrazar a sus esposas

e hijos, ya que al cabo de diez años se han apoderado de esta ciudad. Y

yo, vencido por Hera, diosa argiva, y por Atenea, que juntas derribaron

a los frigios,[7] abandono la ínclita Ilión y mis altares, que si reina

en ella triste soledad, sufre detrimento el culto de los dioses y no

suelen ser adorados como antes. Muchos alaridos de esclavas resuenan

en las orillas del Escamandro,[8] mientras sus dueños las sortean, y

unas tocan al pueblo arcadio, otras al tesalio, y otras a los hijos de

Teseo, generales de los atenienses.[9] Todas las troyanas no sujetas

a la suerte y reservadas a los principales del ejército están aquí, y

Helena con ellas, la lacedemonia hija de Tindáreo, cautiva también,

según las leyes de la guerra. Quienquiera puede contemplar a la

mísera Hécuba, que yace en tierra delante de las tiendas, derramando

abundantes lágrimas por la pérdida de tantas prendas amadas. Su hija

Políxena ha sido sacrificada, sin saberlo ella, sobre el túmulo de

Aquiles, y también perecieron Príamo y sus hijos, mientras que el

rey Apolo inspiraba el delirio en la virgen Casandra,[10] impía y

rebelde a las órdenes del dios, convertida hoy a la fuerza en esposa

adulterina de Agamenón. Adiós, pues, ciudad feliz en otro tiempo y

brillantes torres; si no te hubiese arruinado Palas, la hija de Zeus,

aún subsistirías sobre tus cimientos.

ATENEA

¿Puedo hablar a un pariente de mi padre, gran dios, y entre los dioses

venerado, depuesta nuestra antigua enemistad?

POSEIDÓN

Habla, que si los parientes se conciertan, ¡oh reina Atenea!, pueden

conciliar los ánimos discordes.

ATENEA

Alabo tu afable respuesta; vengo a hablarte de un asunto, ¡oh rey!, que

a ambos interesa.

POSEIDÓN

¿Acaso a anunciarme nuevos mandatos de algún dios? ¿Quizá del mismo

Zeus o de algún otro?

ATENEA

No; tráeme a tu presencia Troya, y recurro a tu poder para que me

ayudes.

POSEIDÓN

¿Acaso no la odias ya, y te has compadecido de ella al verla devorada

por las llamas?

ATENEA

Contesta a mi primera pregunta: ¿me comunicarás tus proyectos, y

querrás asociarte a los míos?

POSEIDÓN

Sí; pero deseo conocer tu voluntad, y si has venido por favorecer a los

griegos o a los troyanos.

ATENEA

Anhelo ahora llenar de júbilo a los troyanos, mis anteriores enemigos,

y que sea infortunada la vuelta del ejército aqueo.

POSEIDÓN

¿Cómo cambias así de parecer, y odias y amas con pasión, dejándote

llevar del viento de la fortuna?

ATENEA

¿No tienes noticia del insulto que han hecho a mi divinidad y a mi

templo?

POSEIDÓN

Sí, cuando Áyax arrastraba por fuerza a Casandra.[11]

ATENEA

Y, sin embargo, nada sufrió, ni aun oyó nada de los griegos.

POSEIDÓN

Y con tu auxilio arrasaron a Ilión.

ATENEA

Por eso quiero afligirlos.

POSEIDÓN

Dispuesto estoy a complacerte, Pero ¿cuál es tu propósito?

ATENEA

Deseo que sea infortunada su vuelta.

POSEIDÓN

¿Que sufran desdichas mientras permanecen en tierra, o cuando entren en

el salado mar?

ATENEA

Cuando naveguen hacia su patria desde Ilión, Zeus les enviará lluvias

y fuerte granizo; el aire acumulará negras nubes, y hasta ha prometido

darme su fulmíneo fuego para desbandarlos e incendiar sus naves. Haz

tú lo que puedas; que graves borrascas retiemblen en el Egeo, y que

revuelvan sus ondas saladas, y se llene de cadáveres el estrecho puerto

de la Eubea.[12] Así respetarán los aqueos mis templos y venerarán a

los demás dioses.

POSEIDÓN

No hablemos ya más, que no es necesario. Haré lo que anhelas, y

removeré el mar Egeo; las riberas de Miconos,[13] las rocas de Delos,

Esciros, Lemnos y el promontorio Cafereo se llenarán de cadáveres. Pero

vete al Olimpo, recibe de manos de tu padre los fulmíneos dardos y deja

que la armada aquea desate sus cables. Necio es cualquier mortal que

conquista una ciudad y abandona sus templos y sepulcros, sagrado asilo

de los muertos. Inevitable es su ruina.

HÉCUBA (_que se incorpora_).

Alza del suelo tu cabeza, ¡oh desventurada!; levanta tu cuello; ya no

existe Troya, y nosotros no reinamos en ella. Sufre este nuevo golpe de

la fortuna; navega siguiendo su corriente, navega por donde te lleve

la suerte, y no vuelvas contra sus olas la proa de la vida, que te

arrastra deidad caprichosa.

¡Ay, ay de mí! ¡Ay, ay de mí! ¿Cómo no he de llorar, sin patria, sin

hijos y sin esposo? ¡Oh fastuosa pompa de mis mayores! ¡Cómo has venido

a tierra! ¡Nada eras!

¡Tantas deberían ser mis quejas, tantos mis lamentos, que no sé por

dónde empezar! ¡Desdichada de mí! ¡Tristemente reclino mis miembros,

presa de insoportables dolores, yaciendo en duro lecho!

¡Ay de mi cabeza! ¡Ay de mis sienes y de mi pecho! ¡Cuánta es mi

inquietud! ¡Cuánto mi deseo de revolverme en todos sentidos para dar

descanso a mi cuerpo y abandonarme a perpetuos y lúgubres sollozos!

¡También los desdichados entonan su canto y dan al viento tristes ayes!

_Estrofa 1.ª_ — ¡Proas ligeras de las naves, que arribasteis con

vuestros remos a la sagrada Ilión, atravesando el mar purpúreo y los

abrigados puertos de la Grecia al son de las flautas y de odiosos

cantos, y os sujetaron, ¡ay de mí!, en la ensenada de Troya con cables

torcidos por arte egipcio para rescatar la aborrecida esposa de

Menelao, deshonra de Cástor[14] y afrenta del Eurotas,[15] por cuya

causa fue degollado Príamo, padre de cincuenta hijos, y cayó sobre mí,

sobre la desdichada Hécuba, esta calamidad!

_Antístrofa 1.ª_ — ¡Ay de mí! ¡Funesto destino, que me obligas a

habitar ahora en las tiendas de Agamenón! ¡Llévanme, vieja esclava,

de mi palacio, y lúgubre rasura me ha despojado de mis cabellos![16]

Míseras compañeras de los guerreros troyanos, míseras vírgenes y

desventuradas esposas, ¡lamentémonos, que humea Ilión! Como madre

alada levanta el grito por sus hijuelos cubiertos ya de pluma, así yo

comenzaré mi canto, no como en otro tiempo, apoyada en el cetro de

Príamo cuando celebraba a los dioses, resonando como pocos al compás

frigio mis pies ligeros.

PRIMER SEMICORO (_que sale de la tienda_).

_Estrofa 2.ª_ — Hécuba, ¿a qué esos clamores?, ¿a qué esos gritos?,

¿qué pretendes? Oí en las tiendas tus lamentos, y el miedo se apoderó

de las troyanas, que lloran en ellas su esclavitud.

HÉCUBA

¡Oh hijas!, ya se mueven los remos de las naves argivas.

PRIMER SEMICORO

¡Ay de mí, desventurada! ¿Qué quieren? ¿Me llevarán, ¡ay mísera!, a las

naves, arrancándome de mi patria?

HÉCUBA

No lo sé; pero mucho me lo temo.

PRIMER SEMICORO

¡Ay, ay! ¡Infelices troyanas! Venid y sabréis los trabajos que os

aguardan; salid de las tiendas; los argivos se preparan a navegar.

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí! No llaméis ahora a mi lado a Casandra, bacante furiosa,

que la afrentarán los griegos y doblará mi dolor. ¡Ay de ti, mísera

Troya! ¡Pereciste con los desdichados que te abandonan, vivos y muertos!

SEGUNDO SEMICORO (_que sale de la tienda_).

_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ay de mí! Temblando dejé la tienda de Agamenón

para oír de tus labios, ¡oh reina!, si los argivos me han condenado a

muerte o si los marineros se aprestan a agitar en las popas los remos.

HÉCUBA

¡Oh hija, respira y reanímate! El terror embarga tus miembros.

SEGUNDO SEMICORO

¿Ha venido algún heraldo de los griegos? ¿Quién será el dueño de esta

mísera esclava?

HÉCUBA

Pronto lo decidirá la suerte.

SEGUNDO SEMICORO

¡Ay, ay de mí! ¿Cuál de los argivos o de los ftiotas[17] me llevará

lejos de Troya a alguna isla?

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí! ¿A quién serviré yo, infeliz anciana, en qué país,

en qué país, abeja ociosa, mísera imagen de la muerte, trasunto de

impalpables manes? ¿Guardaré quizá algún vestíbulo, o cuidaré de los

niños[18] que me confíen, después de disfrutar en Troya de regios

honores?

EL CORO (_júntanse los dos semicoros_).

_Estrofa 3.ª_ — ¡Ay, ay de mí! ¿Qué lamentaciones bastarán para

deplorar tu indigna suerte? No tejeré con la lanzadera telas ideas

de varios colores. Por última vez saludo los cuerpos de mis hijos,

por última vez; más graves serán mis trabajos,[19] ya en el lecho de

los griegos (¡maldita noche!, ¡funesto destino!), o miserable sierva,

trayendo agua de las puras ondas de Pirene.[20] ¡Ojalá que vayamos

a la región preclara y afortunada de Teseo! Al menos que yo no vea

al revuelto Eurotas, mansión odiosa de Helena, en donde serviría a

Menelao, el destructor de Troya.

_Antístrofa 3.ª_ — Sagrada es la tierra que baña el Peneo,[21] asiento

bellísimo del Olimpo, abundante en riquezas, según dice la fama, y en

sabrosos frutos. ¡Que vaya yo a ella, ya que no sea a la región sagrada

y divina de Teseo! Alabáronme las coronas que premian la virtud de los

habitantes de la Etnea,[22] amada de Hefesto, enfrente de la Fenicia, y

madre de los montes Sículos. Los navegantes celebran también la tierra

vecina al mar Jónico, regada por el Cratis,[23] de apuesta y blonda

cabellera, que con sus sagradas fuentes le da vida, derramando la dicha

en sus márgenes populosas. Pero he aquí un heraldo del ejército griego,

que sin duda llega con ligeros pasos a comunicarnos nuevas órdenes.

¿Qué trae? ¿Qué dice? Ya somos esclavas de la Dóride.[24]

TALTIBIO

Te acordarás, ¡oh Hécuba!, de haberme visto en Troya en distintas

ocasiones de heraldo del ejército aqueo; yo, Taltibio, a quien tú

conoces, ¡oh mujer!, vengo a anunciarte una ley sancionada por todos

los griegos.

HÉCUBA

Esto, esto, ¡oh amigas!, es lo que temía hace tiempo.

TALTIBIO

Ya habéis sido sorteadas, si tal es la causa de vuestros temores.

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí! ¿A qué ciudad de la Tesalia, de la Ftía o de la Beocia,

a qué ciudad iré, di?

TALTIBIO

Cada cual ha tocado a distinto dueño; una sola suerte no ha decidido a

la vez de todas.

HÉCUBA

¿Y a quién servirá cada una? ¿Cuál de las hijas de Ilión ha sido

afortunada?

TALTIBIO

Lo sé; pero pregúntamelo poco a poco, no todo a un tiempo.

HÉCUBA

¿Quién será el dueño de mi hija? Di, ¿quién será el dueño de la mísera

Casandra?

TALTIBIO

La eligió para sí el rey Agamenón.

HÉCUBA

Para ser esclava de su lacedemonia esposa.[25] ¡Ay de mí, ay de mí!

TALTIBIO

No; ocultamente le acompañará en su lecho.

HÉCUBA

¿La virgen de Febo, a quien el dios de cabellos de oro concedió el don

de vivir sin esposo?[26]

TALTIBIO

Hiriole el Amor, y se apasionó de esa fatídica doncella.

HÉCUBA

Deja las sagradas llaves, hija, y las guirnaldas, también sagradas, que

te adornan.

TALTIBIO

¿No es acaso honor insigne compartir el lecho del rey?

HÉCUBA

¿Y dónde está mi hija, la que me arrancasteis ha poco de los brazos?

TALTIBIO

¿Me preguntas por Políxena, o por alguna otra?

HÉCUBA

¿De quién será esclava?

TALTIBIO

La han destinado al servicio del túmulo de Aquiles.[27]

HÉCUBA

¡Ay de mí! ¡La que di a luz destinada a servir a un sepulcro! Pero ¿qué

significa esa ley de los griegos? ¿Qué esa costumbre, ¡oh amigo!?

TALTIBIO

Alégrate de la dicha de tu hija; su suerte es buena.

HÉCUBA

¿Qué has dicho? ¿Ve el sol mi hija?

TALTIBIO

Esclava es del destino, que la libra de males.

HÉCUBA

¿A quién tocó la mísera Andrómaca,[28] esposa de Héctor, el de la

broncínea loriga?

TALTIBIO

El hijo de Aquiles la eligió también para sí.

HÉCUBA

Y yo, ¿cúya esclava soy, cuando para sostener mi blanca cabeza necesito

de un báculo que me ayude a andar?

TALTIBIO

Odiseo, rey de Ítaca, es tu dueño, y tú serás su esclava.

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí! Golpea tu cabeza rasurada, desgarra con las uñas tus

mejillas. ¡Ay, ay de mí! La suerte me obliga a servir a un hombre

abominable y pérfido, enemigo de la justicia, que desprecia las leyes,

y todo lo trastrueca y resuelve con su engañosa lengua haciéndonos

odiar lo que más amábamos. ¡Lloradme, oh troyanas! ¡Yo he muerto,

desventurada de mí! ¡Yo he muerto! ¡No puede ser más funesto mi destino!

EL CORO

Ya sabes, ¡oh mujer venerable!, lo que te aguarda; pero ¿cuál de los

aqueos o de los griegos es mi dueño?

TALTIBIO

¡Ea, servidores!; llevaos de aquí cuanto antes a Casandra, para que

yo la entregue a nuestro general, y las demás a sus distintos dueños.

¡Ah! ¿Qué antorcha arde allá dentro? ¿Incendian las troyanas la

tienda, o qué hacen? ¿Quizá por no ir a Argos desde aquí se abrasan

voluntariamente, ansiosas de morir? Trabajo nos cuesta, cuando somos

libres, sufrir tales desdichas. Abre, abre, no sea que su interesada

resolución perjudique a los griegos y me obliguen a responder de ella.

HÉCUBA

No es eso; nada incendian; es mi hija Casandra que, arrebatada por su

delirio, viene hacia aquí corriendo.

CASANDRA[29]

_Estrofa._ — Levántala en alto, vuélvela a un lado, trae la luz;

mirad, mirad; yo venero con antorchas, yo ilumino este templo. ¡Oh

Himeneo, oh rey Himeneo! Feliz esposo y feliz yo, que entre los argivos

celebraré nupcias reales. ¡Oh Himeneo, oh rey Himeneo! Ya que tú, ¡oh

madre!, lloras y suspiras por mi difunto padre, por mi patria amada,

yo, en mis bodas, enciendo esta antorcha en loor tuyo, para que tú

brilles. ¡Oh Himeneo, Himeneo! Derrama tu luz, ¡oh Hécate!, y alumbra

las nupcias de las vírgenes, según costumbre.

_Antístrofa._ — Que tu pie hienda el aire, ¡oh tú que vas al frente

de los coros! ¡Viva, viva, viva, como en los tiempos en que era feliz

mi padre! Sagrado es el carro, guíalo tú, Febo: en tu templo, ceñida

de laurel, yo soy sacerdotisa, Himeneo, ¡oh Himeneo, Himeneo! Danza,

madre, alza tu pie, danza conmigo a uno y otro lado, que mi amor es

grande. Celebrad el himeneo de la esposa con alegres cantares y sonoros

vítores. Andad, vírgenes frigias de bellos mantos; cantad al esposo

destinado fatalmente a acompañarme en el lecho, después que se celebren

nuestras bodas.

EL CORO

¿No sujetarás, ¡oh reina!, a esa doncella delirante, no se precipite en

su veloz carrera en medio del ejército argivo?

HÉCUBA

Tú, Hefesto, llevas sin duda la antorcha en las nupcias de los

mortales; pero funesta es la llama que agitas ahora y contraria a

nuestras pomposas esperanzas. ¡Ay de mí, hija! ¡Cómo había yo de pensar

en cierto tiempo que celebraras estas bodas entre soldados enemigos

y bajo la lanza argiva! Dame la antorcha, que la tuerces, ¡oh hija!,

corriendo delirante a una y otra parte, y todavía no está sano tu

juicio. Guardadla (_da la antorcha a sus servidores para que la guarden

en la tienda_), troyanas, y contestad con lágrimas a sus cánticos

nupciales.

CASANDRA

Orna, madre, mi sien victoriosa, y alégrate de mis regias nupcias, y

guía mis pasos, y si no te obedezco pronto, arrástrame con violencia,

porque si Apolo existe, más funesto que el de Helena será el himeneo

que contrae conmigo Agamenón, ese ínclito rey de los aqueos. Yo lo

mataré y devastaré su palacio, pagándome lo que me debe por haber

dado muerte a mi padre y a mis hermanos. Pero pasemos esto por alto:

no hablaré de la segur, que herirá mi cuello y el de otros, ni de las

luchas parricidas, que brotarán de mis nupcias, ni de la ruina de la

familia de Atreo;[30] solo me detendré en esta ciudad, más feliz que

sus enemigos (que el dios me inspira, y el delirio me dejará libre

algunos instantes), los cuales, por la posesión de una mujer, por

perseguir a Helena, perdieron a muchos. Su mismo general, tan prudente,

sacrifica lo que más ama[31] en aras de los que más detesta, trueca

los goces domésticos que le ofrecen sus hijos por una mujer, y los

vende a su hermano, y eso que huyó de grado, no robada por fuerza. Y

murieron muchos después que llegaron a las orillas del Escamandro, no

por defender su país, ni sus elevadas torres; y los que mató Ares no

vieron sus hijos, ni fueron vestidos por última vez por manos de sus

esposas, sino yacen en país extranjero. Iguales desdichas acaecían en

sus hogares: sus mujeres morían viudas, y otras perdían sus hijos,

habiéndolos criado en vano, sin ofrecer sacrificios en su sepulcro.

¡Seguramente merece alabanza tan desastrosa expedición! Más vale callar

ahora todo esto y que mi musa no cante tales infamias. En cambio los

troyanos daban la vida por su patria, que es la más pura gloria, y

al menos los muertos en la guerra eran llevados a sus casas por sus

amigos, y cubríalos después una capa de su tierra natal, y vestíanlos

las manos de sus parientes. Los frigios que no morían en la batalla

vivían con sus esposas e hijos, placer negado a los griegos. En cuanto

al destino de Héctor, tan cruel a tus ojos, has de saber que murió

después de alcanzar por su valor renombre famoso. Y lo debió a la

llegada de los argivos, pues a no venir, su esfuerzo quedaría ignorado;

Paris se casó con la hija de Zeus, y de no ser así, acaso en su país

hubiese contraído algún oscuro himeneo. El hombre prudente debe evitar

la guerra; pero si se llega a ese extremo, es glorioso morir sin

vacilar por su patria, e infame la cobardía. Así, madre, no deplores

la ruina de Troya, ni tampoco mis bodas, que perderán a los que ambas

detestamos.[32]

EL CORO

¡Cuán dulcemente sonríes pensando en tus desdichas domésticas!

Profetizas lo que acaso no suceda.

TALTIBIO

Si Apolo no trastornase tu juicio, no amenazarías impunemente a mis

capitanes con tus fatídicos augurios. Los ilustres, y los que llama

el vulgo sabios, en nada aventajan a los más humildes, si observamos

que aquel gran rey de todos los griegos, el hijo amado de Atreo,

solo se enamora de esta bacante, cuya mano rechazaría yo, a pesar

de mi pobreza. El aire (pues tu razón no está sana) se llevará tus

maldiciones contra los argivos y tus alabanzas a los frigios. Mas

sígueme ahora a las naves, bella esposa de mi general. Tú, Hécuba,

harás lo mismo cuando lo mande el hijo de Laertes; serás esclava de una

mujer casta,[33] según dicen los que han venido a Troya.

CASANDRA

Cruel es, sin duda, el siervo; ¿qué quiere decir heraldos? Aborrecidos

son de todos estos mensajeros de reyes y ciudades. ¿Aseguras tú que

mi madre irá al palacio de Odiseo? ¿Y los oráculos de Apolo, según

los cuales ha de morir aquí? Ya no te insultaré más. ¡Infeliz Odiseo!

Ignora los males que ha de sufrir; tan codiciados como el oro serán

después por él los míos y los de los frigios. Diez años de penalidades

le restan, además de las que aquí ha experimentado, y volverá solo a

su patria; errante atravesará los escollos del angosto estrecho,[34]

en donde habita la cruel Caribdis, y verá al cíclope que mora en los

montes[35] y se alimenta de carne humana, y a la ligur Circe,[36] que

transforma a los hombres en cerdos, y naufragará en el mar salado, y le

aguardan el apetecido loto[37] y los bueyes sagrados del Sol,[38] cuya

carne dará voces amargas para Odiseo. En una palabra: irá en vida al

reino de Hades y, después de escapar de los peligros de la mar, sufrirá

en su palacio innumerables desdichas. Pero ¿a qué referir los trabajos

de Odiseo? Anda, llévame a celebrar mi himeneo en los infiernos. Como

eres malvado, ¡oh general de los griegos!, te sepultarán de noche, no

de día, aunque, a tu juicio, te sonría la más envidiable suerte. Y mi

desnudo cadáver, el de la sacerdotisa de Apolo, será arrojado también

a los valles que riega el agua del torrente, cerca del sepulcro de

mi esposo, para servir de pasto a las fieras. Adiós, coronas del dios

más querido, fatídicas galas; adiós, fiestas que antes me deleitaban.

Lejos de mí, arrancadas con violencia, que, puro todavía mi cuerpo,

las entrego, ¡oh rey profeta!, a los alados vientos para que te las

lleven. ¿En dónde está la nave del general? ¿Adónde he de subir? Ahora

no esperarás con impaciencia viento favorable que hinche tus velas,

porque, al arrebatarme de esta tierra, te acompañará una de las tres

Furias. Adiós, madre mía, no llores; ¡oh cara patria, y vosotros,

hermanos que guarda la tierra, hijos todos de un mismo padre!; pronto

me veréis llegar vencedora a la mansión de los muertos, después de

devastar el palacio de los Atridas, autores de nuestra ruina. (_Vase

con Taltibio_).

EL CORO

Vosotras, las que cuidáis de la mísera anciana Hécuba, ¿no la habéis

visto caer en tierra sin habla? ¿No la sostenéis? ¿Consentiréis que así

padezca esa anciana, ¡oh mujeres negligentes!? Levantadla de nuevo.

HÉCUBA (_postrada en tierra_).

¡Dejadme en tierra, ¡oh doncellas!, que no me placen vuestros cuidados!

En tierra debo yacer, víctima ahora de estos males, y antes y después.

¡Oh dioses!; bien sé que no me favorecéis, pero debemos, no obstante,

invocaros cuando la adversidad se ensaña en alguno de los nuestros.

Agrádame recordar los bienes de que he disfrutado, y así será mayor la

lástima que exciten mis males presentes. Fui reina y me casé en real

palacio, y en él di a luz nobilísimos hijos, no solo por su número,

sino porque fueron los más esclarecidos de los frigios. Ninguna otra

mujer troyana, griega ni bárbara podrá vanagloriarse nunca de haberlos

procreado iguales. Y sucumbieron al empuje de la lanza griega, y yo los

vi muertos y corté estos cabellos que miráis para depositarlos en sus

tumbas; lloré también a su padre Príamo, no porque otros me contasen

su muerte, sino presenciándola con estos ojos, cuando fue asesinado

junto al ara de Zeus Herceo, mientras se apoderaban sus enemigos de

la ciudad. Las vírgenes, destinadas a ser la más preciosa joya de sus

esposos, educadas fueron para deleite de mis enemigos, y las arrancaron

de mis brazos, y no abrigo la más remota esperanza de que vuelvan a

verme, ni yo tampoco a ellas. Y el último, mi mal más grave, es que

yo vaya ahora a la Grecia, esclava y anciana, y que en mi vejez sufra

intolerables trabajos, ya guardando las puertas y las llaves, cuando

soy madre de Héctor, ya amasando el pan y reclinando en el duro suelo

mi arrugado cuerpo, después de haber descansado en regio lecho, y

cubriéndolo de viles andrajos que deshonran y envilecen a los que antes

fueron felices. ¡Oh desventurada de mí! Por solo una mujer, ¡cuántos

males he sufrido y sufro! ¡Oh hija, oh Casandra, bacante que habla con

los dioses! ¡Qué desdicha incomparable acaba al fin con tu castidad!

Y tú, mísera Políxena, ¿en dónde estás? ¡Ninguna de mis hijas ni de

mis hijos, siendo tantos, me socorre en mi aflicción! ¿A qué, pues, me

levantáis? ¿Cuál será mi esperanza? Guiad mis pies, delicados ha poco

en Troya y ahora esclavos, a mi vil lecho, y llevadme a un precipicio

para lanzarme en él y morir allí consumida por las lágrimas. No

creáis nunca que los opulentos son dichosos hasta no llegar su última

hora.[39]

EL CORO

_Estrofa._ — Entona, ¡oh musa!, canto fúnebre y nuevos versos

acompañados de lágrimas, deplorando la suerte de Troya, porque ahora

comenzaré en su alabanza con voz clara triste canción, y lloraré su

ruina y mi funesta suerte, cautiva en la guerra, merced al caballo

de madera que abandonaron los griegos a las puertas con sus dorados

arreos, llenas sus entrañas de armas. Y el pueblo exclamó desde la

roca tróade: «Andad, que libres ya de trabajos podéis traer a Troya

esta imagen sagrada de la virgen, hija de Zeus». ¿Qué doncella no fue?

¿Qué anciano no abandonó su hogar? Animados con alegres cánticos, se

precipitaron ciegos en el abismo que había de perderlos.

_Antístrofa._ — Todos los frigios acorren a las puertas ansiosos

de llevar al templo de Atenea la dolorosa ofrenda labrada por los

argivos en silvestre abeto, instrumento de muerte para la Dardania,[40]

presente grato a la virgen inmortal que desconoce el himeneo; ciñéronlo

con lazos de retorcido lino, como si fuese el negro casco de una

nave, y arrastrándolo se encaminaron a la suntuosa morada de Palas,

funesta enemiga de mi patria. Apenas había terminado esta fiesta nos

envolvieron las tinieblas de la noche, y en toda ella no dejaron de

oírse la flauta líbica y los alegres cánticos de las vírgenes frigias

al compás de sus danzas ruidosas, mientras en las casas daba negro

resplandor a los que dormían la luz de las antorchas.

_Epodo._ — Yo entonces, formando coros, celebraba en mi albergue a

la virgen que habita en los montes, a la hija de Zeus. Voz funesta se

oyó a la sazón en la ciudad, morada de los hijos de Pérgamo,[41] y los

tiernos niños, agarrándose de los vestidos de sus madres, extendían

aterrados sus brazos, y Ares salió de su emboscada por obra de la

virgen Atenea. Alrededor de los altares morían los frigios, y en los

aposentos destinados al sueño, y en el silencio de la noche, nos

arrebataban nuestros esposos, y nos vencía la Grecia, madre de jóvenes

guerreros, y llenaba de perpetuo luto a la patria de los frigios.

¿Ves, Hécuba, a Andrómaca en peregrino carro? Contra su pecho

palpitante estrecha al caro Astianacte, tierno hijo de Héctor.

HÉCUBA

¿Adónde te llevan así, ¡oh mujer desdichada!, confundida con las armas

de bronce de Héctor y con los despojos de los troyanos,[42] ganados

en la guerra, que servirán al hijo de Aquiles para coronar los templos

ftióticos?

ANDRÓMACA

Llévanme mis señores los aqueos.

HÉCUBA

¡Ay de mí!

ANDRÓMACA

¿A qué gimes, cuando yo debo entonar fúnebre canto?

HÉCUBA

¡Ay, ay de mí!

ANDRÓMACA

Por estos dolores...

HÉCUBA

¡Oh Zeus!

ANDRÓMACA

Y por esta calamidad.

HÉCUBA

¡Hijos míos!

ANDRÓMACA

En otro tiempo lo fuimos.

HÉCUBA

Adiós dicha, adiós Troya.

ANDRÓMACA

¡Infeliz!

HÉCUBA

Adiós, nobles hijos.

ANDRÓMACA

¡Ay, ay de mí!

HÉCUBA

¡Ay también de mí! ¡Cuán deplorables son mis...!

ANDRÓMACA

Males.

HÉCUBA

Calamidad funesta.

ANDRÓMACA

De la ciudad...

HÉCUBA

Que humea.

ANDRÓMACA

¡Vuelve a mis brazos, oh esposo!

HÉCUBA

¿Llamas a mi hijo, que está debajo de la tierra, ¡oh desventurada!?

ANDRÓMACA

¡Escudo de tu esposa!

HÉCUBA

Mas tú, azote en otro tiempo de los griegos, tú, que eres mi

primogénito, llévame a los infiernos y descansaré al lado de Príamo.

ANDRÓMACA

¡Tal es nuestro anhelo! ¡Tan sensible su falta! Tantos los dolores

incesantes que sufrimos, asolada nuestra patria, desde que los

dioses nos fueron adversos, y se libró tu hijo de la muerte,[43] el

que arruinó los alcázares de Troya con su odioso himeneo. Cadáveres

ensangrentados yacen junto al templo de Palas para servir de pasto a

los buitres, y Troya sufre el yugo de la esclavitud.

HÉCUBA

¡Oh patria, oh desdichada! Te deploro al dejarte (ya ves mi triste

fin), al abandonar mi palacio en donde nacieron mis hijos. ¡Oh prendas

amadas!, vuestra madre, sin hogar, se separa de vosotros. ¡Cómo las

lamentaciones, cómo las lágrimas suceden a las lágrimas en nuestra

familia! Pero el que muere, ni llora ni siente los dolores.

EL CORO

¡Qué gratos son a los afligidos los sollozos y el lúgubre luto, y los

cantos que expresan su pena!

ANDRÓMACA

¡Oh madre de Héctor, guerrero que en otro tiempo mató con su lanza a

muchos argivos!, ¿tú contemplas esto?

HÉCUBA

Veo que los dioses ensalzan lo que nada vale, y humillan lo que parece

de más precio.

ANDRÓMACA

Me llevan con mi hijo, como parte del botín, y mi libertad se trueca en

servidumbre, víctima de horribles mudanzas.

HÉCUBA

Inevitable es la necesidad; ahora poco me arrancaron por fuerza a

Casandra.

ANDRÓMACA

¡Ay, ay de mí! Algún otro Áyax, según parece, tropezó con tu hija; pero

varios son los males que te afligen.

HÉCUBA

Y para mí no tienen término ni medida; espantosa es mi lucha.

ANDRÓMACA

Pereció tu hija Políxena, sacrificada en el túmulo de Aquiles, ofrenda

hecha a cadáver exánime.

HÉCUBA

¡Ay de mí, desventurada! Este es el enigma a que aludió hace poco

Taltibio, oscuro entonces y ahora claro.

ANDRÓMACA

Yo misma la vi, y descendí de este carro, la cubrí con su peplo, y

lloré sobre su cadáver.

HÉCUBA

¡Ay, ay hija mía, impío sacrificio! ¡Ay, ay de mí otra vez; triste ha

sido tu muerte!

ANDRÓMACA

Murió, como sabemos, pero más feliz es su suerte que la mía, aunque yo

viva.

HÉCUBA

No es lo mismo, ¡oh hija!, vivir que morir; la muerte es la nada,[44] y

a la vida queda la esperanza.

ANDRÓMACA

¡Oh madre!, ¡oh tú, que siempre lo fuiste mía!, óyeme atenta, y que

mis consoladoras palabras mitiguen tu amargura. Yo aseguro que el

que no nace es igual al que se muere; pero más vale morir que vivir

con trabajos, que así no se sienten los males. El mortal feliz que

experimenta una calamidad languidece de tristeza recordando su anterior

dicha; pero Políxena ha muerto como si no hubiese visto la luz; casi

no tuvo tiempo para llorar sus infortunios; pero yo, que llegué a la

cumbre de la felicidad y alcancé no escasa gloria, caigo despeñada

por la fortuna. Yo, en el palacio de Héctor, cumplía las santas

obligaciones propias de mi estado. En primer lugar, como mancilla

la buena fama de las mujeres no estar en su casa, ya falten, ya no,

renuncié a salir, y vivía encerrada en ella; no me agradaba el trato de

amigas elegantes;[45] mi única maestra era mi conciencia, naturalmente

pura, y en verdad bastábame con ella; callábame delante de mi esposo

y siempre le sonreía; solo en ocasiones sostuve mi parecer, cediendo

otras. Perdiome mi reputación de honesta esposa, que llegó hasta el

ejército aqueo porque después de cautivarme ha querido casarse conmigo

el hijo de Aquiles, y serviré en el palacio de los que mataron a mi

marido. Y si me olvido de mi amado Héctor y abro mi corazón a mi nuevo

esposo, creerán que le falto; si, al contrario, le aborrezco, me

odiarán mis dueños. Verdad es que, según dicen, basta una sola noche

para que la mujer deponga su odio en el lecho conyugal;[46] mas yo

detesto a la que pierde a su primer amante y ama pronto a otro. Ni aun

la yegua que se separa de su compañera, con la cual fue alimentada,

lleva sin trabajo el yugo, aunque sea bestia y muda y carezca de razón

y en sus afectos no pueda compararse con el hombre. Esposo sin igual

fuiste para mí, ¡oh Héctor querido!, por tu prudencia, por tu linaje,

por tus riquezas y por tu valor, y al recibirme pura del palacio de

mi padre, fuiste también el primero que te acercaste a mi tálamo

virginal. Y tú pereciste, y yo navego esclava a sufrir en Grecia dura

servidumbre. La muerte de Políxena, que tú deploras, ¿no es acaso un

mal inferior a los míos? Ni aun esperanza me queda, último bien de los

mortales, ni me engaño a mí misma hasta pensar que gozaré algún día de

mejor fortuna, cuando solo el creerlo sería grato.

EL CORO

Tu calamidad es igual a la mía; al llorar tu suerte me recuerdas mis

penas.

HÉCUBA

Jamás entré en nave alguna, y solo las conozco por haberlas visto

pintadas, y por lo que de ellas me han contado. Pero si los marineros

sufren la tempestad que no se desencadena en toda su furia, y por

salvarse trabajan contentos, y el uno atiende al timón, el otro a

las velas y el otro desagua la sentina del buque, y cuando la mar se

revuelve con violencia, se resignan y se abandonan a merced de las

olas, así yo también, presa de tantos males, estoy muda,[47] y me

someto a mi desgracia, y renuncio a las lamentaciones, cediendo a la

mísera borrasca que han enviado los dioses. No te cuides, ¡oh hija!, de

la muerte de Héctor, que no le devolverán la vida tus lágrimas; respeta

ahora a tu señor, y sedúcelo con los dulces atractivos de tu cariñoso

trato. Y si lo hicieres, llenarás de alegría a tus amigos, y podrás

educar a este hijo del que lo fue mío, última esperanza de Troya, para

que tus descendientes reedifiquen a Ilión y vuelva a existir nuestra

ciudad. Pero mientras nos desahogamos en no interrumpidos coloquios,

¿qué heraldo griego se acerca, mensajero de nuevas órdenes?

TALTIBIO

Tú que fuiste en otro tiempo esposa de Héctor, el más esforzado de los

frigios, no me aborrezcas, que contra mi voluntad vengo a anunciarte

los públicos decretos de los dánaos pelópidas.

ANDRÓMACA

¿Qué sucede? Tus palabras me anuncian nuevos males.

TALTIBIO

Han decretado que este niño... ¿Cómo lo diré?

ANDRÓMACA

¿Que no sea el mismo su dueño y el mío?

TALTIBIO

No será esclavo de ningún griego.

ANDRÓMACA

¿Dejan aquí al único frigio que sobrevive?

TALTIBIO

No sé cómo dulcificar la pena que voy a causarte.

ANDRÓMACA

Alabo tu temor, a no ser que me participes faustas nuevas.

TALTIBIO

Matarán a tu hijo; tal es la terrible desdicha que te amenaza.

ANDRÓMACA

¡Ay de mí! ¡Cuánto peor es esto que un himeneo!

TALTIBIO

El parecer de Odiseo triunfó en la asamblea de los griegos...

ANDRÓMACA

¡Ay, ay de mí otra vez! ¡No es igual nuestro infortunio!

TALTIBIO

...sosteniendo que no debía vivir el hijo de tan esforzado guerrero.

ANDRÓMACA

Ojalá que así triunfe cuando se trate de los suyos.

TALTIBIO

Será precipitado desde las torres de Troya. Así se hará, y tú parecerás

más prudente si no lo retienes obstinada y sufres con fortaleza tu

desdicha; no creas que, siendo impotente para oponerte a sus órdenes,

conseguirás nada; nadie te socorrerá. Recuerda que pereció tu ciudad

y tu esposo, que tú eres esclava y nosotros bastante fuertes para

dominar a una sola mujer; no te resistas ni cometas torpezas, que te

harán odiosa, ni maldigas tampoco a los griegos. Porque si tus palabras

excitan el furor del ejército, ni este niño será sepultado, ni podrás

llorarlo; pero si callas y te resignas, no quedará insepulto su

cadáver y los griegos serán contigo más complacientes.

ANDRÓMACA

¡Oh hijo de mis entrañas, oh hijo muy querido, morirás por mano de

tu enemigos, abandonando a tu mísera madre! La nobleza de tu padre,

fuente de salvación para otros, es causa de tu muerte, y su valor

te es funesto. ¡Oh lecho mío infeliz, oh himeneo que me trajiste en

otro tiempo al palacio de Héctor no para dar la vida a una víctima

de los dánaos, sino un soberano a la fértil Asia! ¡Oh hijo! ¿Lloras?

¿Presientes acaso tu desdicha? ¿Por qué te agarras a mí y estrechas mi

vestido, tierno hijuelo, que te cobijas bajo mis alas?[48] ¿No vendrá

Héctor a salvarte, empuñando su famosa lanza y pasando de la luz a

las tinieblas? ¿No los parientes de tu padre, no el poder frigio?

¿Exhalarás el alma, cayendo sin conmiseración desde las alturas,

precipitado en letal salto? ¡Oh dulce carga, la más amada de los brazos

de una madre! ¡Oh dulce hálito! ¡En vano, pues, envuelto en estos

pañales te alimentó mi pecho; en vano sufrí por tu causa y me acabaron

los trabajos maternales! ¡Ahora (nunca más será) abraza a tu madre,

acércate a la que te dio a luz, échame tus bracitos al cuello, dame un

beso! ¡Oh griegos, autores de bárbaros males!, ¿por qué matáis a este

niño inocente? ¡Oh hija de Tindáreo!, no era tu padre Zeus: muchos

fueron en verdad; algún mal genio, después la Envidia, el Asesinato y

la Muerte y todos los males que produce la tierra. ¡Nunca diré que te

engendró Zeus para perder a tantos bárbaros y griegos! ¡Que tú mueras,

que tus bellísimos ojos devastaron torpemente los ínclitos campos de

los frigios! Ea, pues, lleváoslo; precipitadlo, si queréis; devorad

sus carnes; mátannos los dioses, y no podremos librar a mi hijo de

la muerte. Ocultad mi cuerpo miserable y llevadme a la nave: ¡feliz

himeneo el mío, perdiendo antes a mi hijo!

EL CORO

¡Mísera Troya: por una mujer, por odiosas nupcias murieron innumerables

guerreros!

TALTIBIO

Anda, niño, deja ya los dulces abrazos de tu desventurada madre, y

sube a las altas almenas de las torres de tu padre, en donde rendirás

el alma como han ordenado los griegos. Lleváoslo, pues. Para anunciar

tales desdichas sería preciso no tener entrañas y ser más impudente de

lo que yo soy.

HÉCUBA

¡Oh hijo, oh hijo de mi hijo desdichado!: inicuamente nos arrancan

tu vida a mí y a tu madre. ¿Qué haré? ¿Qué haré yo por ti, ¡oh

desventurado!? ¡Solo estas heridas en nuestra cabeza y estos golpes en

nuestro pecho! ¡Solo podemos esto! ¡Ay de mí, ay de mi ciudad! ¡Ay de

mí por tu causa! ¿Qué mal no sufrimos, cuál nos falta, para que acaben

de una vez conmigo? (_Retíranse Taltibio, Andrómaca y Astianacte_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Oh Telamón,[49] rey de Salamina,[50] abundante en

abejas y cercada del mar, próxima a la santa colina en donde enseñó

Atenea el primer ramo de verde oliva,[51] celestial corona, gloria

de la espléndida Atenas: tú viniste antes de la Grecia con el hijo

de Alcmena, armado del arco, guerrero esforzadísimo, a derribar, a

derribar a Ilión, nuestra ciudad.[52]

_Antístrofa 1.ª_ — En cuyo tiempo capitaneó la flor de la Grecia,

enfurecido por la negativa de Laomedonte de entregarle los

caballos,[53] e Ilión contempló sus naves, que cortaban las ondas,

junto al Simois, de caudalosa corriente, y sujetó con los cables sus

popas, y de ellas sacó las flechas que tiraba su certera mano y que

dieron a Laomedonte la muerte, y demolió con la encendida tea las

murallas construidas por arte de Apolo, y devastó el campo troyano.

Ensangrentada lanza destruyó a Troya dos veces en dos asaltos distintos.

_Estrofa 2.ª_ — En vano, pues, recostado con molicie entre doradas

copas, ¡oh hijo de Laomedonte!, llenas los vasos en que bebe Zeus,

honrosísimo cargo; el fuego devora a la tierra que te crió. Las riberas

del mar resuenan, y como el ave que clama por sus hijuelos, así lloran

unas a sus esposos, otras a sus hijos, otras a sus madres ancianas. Ya

no existen tus deleitosos baños, ya no existen tus gimnasios, y tú,

junto al trono de Zeus, ostentas tranquilo tu semblante gracioso y

juvenil, y la lanza griega ha devastado la tierra de Príamo.

_Antístrofa 2.ª_ — Amor, amor que viniste en otro tiempo al palacio

de Dárdano por orden de los dioses. ¡Cuán soberbiamente ensalzaste

entonces a Troya! ¡Qué estrechos lazos contrajo con los dioses! No

lo diré para afrenta de Zeus; pero la luz de la Aurora, de blancas

alas, grata a los mortales, alumbra a esta región mortífera y

contempla impasible la ruina de Pérgamo, aunque de aquí fuese oriundo

el esposo[54] que en su tálamo la hizo madre de sus hijos, y fue

transportado entre los astros por la cuadriga dorada, consoladora

esperanza de su patria; pero los amores de los dioses de nada han

servido a Troya.

MENELAO

¡Oh cabellera del sol, que difundes la hermosa luz de este día en que

recuperaré a mi esposa Helena; yo soy ese Menelao que sufrió infinitos

males, y este el ejército aqueo! Vine a Troya, no tanto, según piensan,

por mi esposa cuanto por vengarme del hombre que, engañando a los que

le daban hospitalidad, robó a Helena de mi palacio. Pero con el favor

de los dioses pagó su delito, y él y su patria cayeron al empuje de

las armas griegas. Ahora me llevaré esta lacedemonia (no la doy de

buen grado el nombre de esposa que tuvo en otro tiempo) que se halla

aquí con las demás esclavas troyanas. Los que a fuerza de trabajos

la recobraron batallando, me la dan para matarla, o, si no quiero,

para llevarla a Argos. Yo he resuelto no sacrificarla en Troya, sino

conducirla a Grecia en mi nave para darle allí la muerte y vengar a los

amigos que han perecido en esta guerra. Ea, pues, servidores, id allá y

traedla arrastrándola por sus cabellos, tan manchados de sangre. Cuando

soplen vientos favorables nos acompañará a la Grecia.

HÉCUBA

¡Oh Zeus!, tú que llevas a la tierra y que en ella moras, quienquiera

que seas, impenetrable a nuestro entendimiento, ya una ley de la

naturaleza, ya una invención de los mortales,[55] yo te venero: por

oculta senda riges con justicia los negocios humanos.

MENELAO

¿Qué hay? ¡Cómo diriges a los dioses nuevas preces!

HÉCUBA

Te alabaré, Menelao, si matas a tu esposa. Pero cuida al verla de que

el amor no te ciegue, que deslumbra los ojos de los mortales, derriba

las ciudades e incendia los palacios. ¡Tales son sus atractivos! Yo la

conozco bien, y tú y los que sufrieron tantas desdichas deben también

conocerla.

HELENA (_a quien sacan a la fuerza de la tienda_).

Exordio es este, ¡oh Menelao!, que infunde pavor; a la fuerza me

arrastran tus siervos fuera de esta tienda. Pero aunque casi segura de

que me aborreces, quiero, no obstante, preguntarte qué habéis decretado

tú y los griegos acerca de mi vida.

MENELAO

No te has expuesto a los azares de un juicio; todo el ejército, que te

odia, te pone en mis manos para que yo te la quite.

HELENA

¿Puedo yo responderte que, si muero, será injustamente?

MENELAO

No vengo a disputar contigo, sino a matarte.

HÉCUBA

Óyela, Menelao, para que no muera sin defensa, y nosotras, si lo

permites, le replicaremos: tú ignoras las faltas que cometió en Troya,

y todas juntas serán bastantes para perderla y condenarla a muerte sin

demora.

MENELAO

Sería menester para acceder a vuestros ruegos que hubiera tiempo para

ello; pero si quiere hablar, que hable. Sepa, sin embargo, que a tu

intercesión lo debe, no a sus méritos.

HELENA

Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3) · 第 1 / 23 段