No quedaba la menor duda. En la carta leída varias veces sucesivamente y
en voz alta por los tres hermanos hasta aprenderse el párrafo de
memoria, Ignacio decía bien claro: «Se nos conceden unas cortas
vacaciones que aprovecharé yendo a visitarlos al Tandil. Llevaré conmigo
a un camarada, el capitán Pérez, con quien me liga estrecha amistad.
Pérez se muere por la caza y sabemos que por allá hay perdices.
Prepárenle una habitación. Es un buen muchacho, de constante buen humor.
Contamos con que el amigo estanciero de quien ustedes tanto me hablan en
sus cartas, el señor Vázquez, nos permita cazar en su campo... Pasado
mañana a la noche tomamos el tren. No nos detendremos en Buenos-Aires;
al día siguiente de que ustedes reciban esta carta, nos recibirán a
nosotros en cuerpo y alma.»
Anonadada, repetía Coca:
--¡En cuerpo y alma!... ¿Quién lo creyera?... ¡En cuerpo y alma!...
Laura explicó el caso como una mera casualidad. ¡Habría tantos Pérez en
el ejército!...
Coca pidió, ahora con más razón, que no se le dijera una palabra a
Vázquez. Ella se arreglaría con él, sin descubrir aún su broma...
Y Adolfo, encarando la cuestión por el lado práctico, opinó que convenía
evitar el encuentro de Coca y el capitán. Pero, ¿cómo?... Coca no podía
huir a Buenos-Aires el día que llegaba al Tandil su hermano, después de
año y medio de ausencia... A Ignacio no podía enviársele telegrama
alguno, para que aplazase la invitación a Pérez, pues que ya venían los
dos en viaje... Alojar a Pérez en la casa era impropio, después de lo
sucedido... Mandarle al pésimo hotel del pueblo era cruel... ¡Qué
problema de más difícil solución!... Observó Coca que recordaba el de
aquel pobre hombre que tenía que transportar al otro lado del río una
cabra, una col y un lobo, sin que la cabra se comiera la col, ni el lobo
la cabra. Contaba para ello con un pequeño bote dentro del cual sólo
cabía cada vez una de las tres cosas. Y no podía dejar, en ninguna de
las dos orillas, ni al lobo con la cabra, ni a la cabra con la col...
Después de mucho discutir, los tres hermanos convinieron en arreglarle a
la visita una pieza en el hotel, e invitarlo diariamente a almorzar y a
comer. Coca lo evitaría, explicándose con don Mariano...
Don Mariano supo en el día la terrible noticia. ¡El capitán Pérez estaba
_ad portas_!... Sin perder un momento, requirió una contestación
categórica de Coca... Y Coca, que no quería otra cosa, le juró que jamás
había amado al capitán Pérez...
Vázquez le preguntó aún:
--¿Está usted segura, Coca, de no haberlo querido... y de que nunca
hubiese llegado a quererlo?...
¡Si estaría segura!... Por eso repuso, mirando hondamente al estanciero:
--¿Llegar a quererlo?... Creo que antes me hubiera enamorado de un
títere o de un árbol... ¡Puede usted creerme!
Había que creerla... ¡Feliz don Mariano!... ¿Conque el capitán Pérez era
como un títere o un árbol?... ¡Oh don Mariano, mil veces feliz!
Habiendo tomado tan favorable giro la plática, el pretendiente instó y
apremió a su pretendida para que de una vez lo aceptase como novio...
Coca se hizo de rogar bastante... Discutió todavía... ¿Podía estar
segura del amor de Vázquez?... ¡Eran tan inconstantes los hombres!... Y
razonando así, entretuvo un buen rato al estanciero, como una gatita
blanca que juega con un ovillo de seda roja...
Agotada la paciencia de Vázquez, él la amenazó con irse y no volver más
si no lo aceptaba o rechazaba definitivamente esa tarde... ¡No era él un
adolescente para prolongar mucho tiempo esa femenina política del «tira
y afloja»!
Como Coca lo sabía firme y decidido, temió que ejecutase demasiado
pronto su amenaza, y le dio el «sí», ¡el ansiado «sí»!... ¡Ya eran
novios!
Después de proclamar oficialmente en la casa el noviazgo y recibir los
parabienes de estilo, Vázquez tomó una discreta y delicada resolución...
Resolvió irse esa noche a Buenos-Aires, por una semana, para evitar su
encuentro con el capitán Pérez. A su vuelta, despachado el capitán,
arreglaríase el casamiento para fin de año.