VI

Intimidados por la tormenta de las «pasiones populares» y deseosos de

evitarla, Adolfo Itualde y sus hermanas refugiáronse en su casa-quinta.

Hasta allí llegaban, sin embargo, los ecos de la lucha, ¡y de modo harto

expresivo!...

Los partidarios de Pérez enviaban su adhesión a la familia que suponían

lo representara en el pueblo, en forma de felicitaciones para Coca, por

su compromiso. El compromiso era el pretexto de hacer presente su

simpatía. Nadie se daba, pues, por enterado de la rectificación de _La

Mañana_... ¡Y había que aguantar aquel chubasco de inoportunísimas

enhorabuenas!

Los contrarios, gente enemiga de la burguesía, gente grosera y sin

delicadeza, mandaban, en cambio, a los tres miembros de la familia,

terribles anónimos difamatorios contra el supuesto novio... Y los

anónimos eran más copiosos y categóricos que las felicitaciones...

El cartero dejaba en la casa de Itualde, por término medio, desde hacía

dos semanas, una felicitación diaria y tres anónimos. Laura era ya tan

ducha en conocerlos, que por el sobre distinguía la una de los otros.

Los sobres limpios y firmemente escritos eran de felicitaciones; los

sobres sucios, ordinarios y con letra desfigurada o de imprenta, de

anónimos difamatorios... Para mayor brevedad, todo se rompía o iba al

canasto.

Adolfo tomaba las cosas con visible y creciente mal humor. Y Coca no

podía salir de su sorpresa. ¡Ella era la que inventara aquella piedra de

toque de los sentimientos locales, aquel capitán fantástico, aquel

pleito interminable!... Llegaba hasta dudar de sí misma. Suponía que no

había inventado más que... ¡la verdad!

--La verdad en este caso--le decía su hermana--es que la gentuza de este

pueblo es ingenua y envidiosa... Se ha agarrado de este pretexto como

pudiera hacerlo de cualquier otro, para desbordar su maldad y su

tontería. ¡Nada más odioso que los pueblos chicos!...

Y la hermana mayor tenía que hacer grandes esfuerzos para tranquilizar a

la pequeña. Porque Coca, llena de temor y de amargura, tomaba ahora su

asunto por el lado trágico. Antojábansele burlas las felicitaciones y

personales insultos los anónimos. Lloraba en secreto y se quejaba sin

cesar. Temía ser una gran culpable. La mentirilla de inventarse para su

particular uso un capitán Pérez se le presentaba ahora como un verdadero

crimen. Y así como una ave se resguarda en el caliente nido cuando

estalla la tormenta, ella no tenía otro refugio que la inagotable

ternura de su hermana.

Adolfo y Laura propusieron a Coca un viaje a Buenos-Aires, para escapar

del infierno de las habladurías tandilenses, de los artículos y de los

duelos, de las felicitaciones y los anónimos. Con gran sorpresa de

Adolfo, Coca se negó enérgicamente a este viaje, ella siempre la más

deseosa de distraerse y divertirse en casa de sus tíos... Dijo que ello

significaría una huida cobarde, que era mejor afrontar la situación, que

no valía la pena...

Adolfo insistió, rebatiendo tan débiles argumentos... Y se hubiera

llevado a la niña a Buenos-Aires, malgrado, buen grado, a no apoyarla

Laura en su negativa...

Es que los ojos maternales de Laura habían comprendido esa negativa.

Coca quería quedarse en el Tandil porque le interesaba Vázquez. ¡Eso era

todo!

Allá en su fuero interno, durante largas noches de insomnio y hasta de

vergonzantes lágrimas, ¡cuánto había meditado Laura sobre Coca... y don

Mariano! El hecho era que don Mariano no se había fijado en ella, sino

en su hermanita, y que ésta creía ahora corresponderle...

Al principio, pareciole absurdo a Laura el casamiento de Coca y el

estanciero. Ella debía intervenir y oponerse, teniendo en cuenta las

distintas edades y contrarios caracteres... Pero esta oposición, ¿no

obedecería al inconfesable sentimiento de un interés personal? ¿No era

que a ella misma le gustaba para sí ese don Mariano, tan caballero y

bondadoso?... Y en el alma de la joven librose silenciosamente una

verdadera batalla de afectos y razones. De esta batalla resultó que,

poniéndose en guardia contra su propia persona, Laura tomó la decisión

de no oponerse al casamiento de Coca... El candidato era bueno; nada

tenía que objetarle.

Fue así que una noche, en la intimidad de la alcoba, cuando estaban ya

acostadas, hizo Coca a su hermana la esperada confidencia. Vázquez la

pretendía, ella lo aceptaba...

Después de oírla en un largo silencio, Laura, disimulando lo trémulo de

su voz, respondió pausadamente:

--Sólo buenas condiciones le conozco a Vázquez... Pienso que serás feliz

con él, si le quieres... Lo que me temo, y estoy en el deber de no

ocultártelo, es que no le quieras suficientemente... No debes casarte

sino enamorada, ¡completamente enamorada!... Todavía eres demasiado niña

e impresionable. Medita bien antes de dar un paso definitivo. No te

dejes llevar de un rápido impulso, que después ya no habrá remedio...

Hago, pues, mis objeciones contra ti y no contra él...

Al escuchar esta respuesta, tuvo Coca por primera vez en su vida la

impresión de que Laura, esa buena y cariñosa Laura, pudiera ser algo

como una persona distinta e independiente de ella; un ser con ideas y

sentimientos personales diferentes de las ideas y sentimientos de la

hermana a la cual parecía siempre identificarse... Pero, con el egoísmo

de la inocencia, pronto desechó esta vaga y obscura intuición, sin

buscarle causa, para festejar alegremente el consentimiento de Laura, a

quien no dejó dormir en toda la noche con la cháchara de sus

proyectos...

Como dieran las tres de la mañana, Laura indicó a su hermana que

durmiese, con esta última advertencia:

--Vázquez te hará su declaración uno de estos días... Lo único que te

pido es que no lo aceptes inmediatamente. De todos modos no se

descorazonará, porque está bien decidido... Dale una contestación

ambigua y espera por lo menos un mes para consentir en el sí, que es

para toda la vida... Dile, por ejemplo, que tomarás un tiempo antes de

contestar, porque no estás todavía bien segura de quererlo...

Aunque las últimas palabras se ahogaron en la garganta de Laura, Coca

las atrapó al vuelo, respondiendo prontamente:

--¿Estás loca?... ¡Eso sería echar agua al fuego!... Aplazaré la

contestación un mes como me pides; pero con otro pretexto... Le diré que

todavía no estoy segura de que me quiera.

Con esto terminó la conversación, tomando cada una postura para

dormirse...

Después de un larga pausa, todavía dijo Coca:

--Un mes es demasiado, Laura... Esperaré sólo quince días, que ya es

bastante.

Laura no contestó. Hizo como si estuviera absorta en sus oraciones, o

acaso durmiendo ya.

No se dejó esperar la declaración de don Mariano. Con la gravedad del

caso, dijo a Coca su amor y su deseo de hacerla su esposa... Como lo

conviniera con su hermana, Coca le contestó, muy conmovida, que aun no

se conocían bien, ni estaba segura de su cariño. Aplazaba, pues, su

contestación para cuando ambos adquiriesen mejor ese conocimiento y ella

tuviera esa seguridad... Pero con su mirada húmeda, agregaba bien claro:

«Esto es _pour la galerie_... Ten un poco de paciencia, Vázquez, que no

te haré esperar mucho. ¡De mi afecto, bien segura estoy!»

Al poco tiempo, don Mariano apremió a su pretendida:

--Debe contestarme usted pronto, Coca... ¡Esto se va haciendo

inaguantable!... Hace ya dos semanas que usted me tiene en la duda y la

incertidumbre...

Muy formal, respondió Coca:

--¿Dos semanas?... Espere siquiera a que se cumplan... Apenas han pasado

doce días desde que usted me habló. He contado muy bien, ¡doce días!

Vázquez no pudo menos de reírse...

--Entonces me quedan aún tres días de espera para cumplir las dos

semanas... ¡Cuánta cosa puede suceder en tres largos días!

Y así fue. En el breve plazo de los tres días, mejor dicho, esa misma

tarde, sucedió una cosa extraordinaria...

Como era de rigor, había resuelto Coca consultar su probable compromiso

con Adolfo, el jefe natural de la familia...

Aunque en el primer momento Adolfo no recibiese bien la noticia,

pensándolo mejor, aprobó el proyectado enlace. No tenía ningún tilde

serio que oponer a don Mariano. Lo encontraba excelente, aunque tal vez

demasiado maduro para la novia... Y, coincidiendo con lo que antes

observara Laura a Coca, observole él también:

--Mi único temor es que tú te engañes a ti misma y que no estés del todo

enamorada... El más grave de los errores que puede cometer en la vida

una persona honesta, es casarse sin amor. ¡Y a tu edad y con tus

encantos, Coca, ese error sería imperdonable!

Por toda respuesta, Coca abrazó y besó a su hermano, con sus naturales

mimos y zalamerías...

De pronto cruzó una idea por la cabeza de Adolfo...

--¿Y tu capitán Pérez?--dijo.--¿Estás segura de no haberle tenido nunca

una simpatía más viva que a Vázquez?

Ante tal pregunta soltó Coca la más sonora y franca de sus carcajadas...

--¡El capitán Pérez!... ¿Conque tú también te lo tragaste?...--Y refirió

en seguida la historia de esa invención, explicando que no se había

atrevido a contar la verdad a su hermano, por temor de que reprobara su

mentira...

Adolfo reveló la sorpresa más profunda... Meditó, se rió, estornudó,

rascose la frente y, como había ojeado a Renan y leído a France, dijo al

cabo:

--¡En mi vida vi nada más curioso!... ¡Si lo que no inventan estas

mujeres nadie podría inventarlo!... ¿Con que lo del capitancito era un

«truc» para que Vázquez se decidiese?...

--Pero no se lo vayas a contar--imploró Coca.--Me moriría de vergüenza

si me creyese una embustera...

--Pierde cuidado... Vázquez es ahora lo de menos... ¡Lo asombroso es que

hayas agitado de ese modo con tu fantástico personaje a todo el

público!... El caso es interesantísimo ejemplo de cómo nacen los mitos;

de cómo la inofensiva creación de una chica retirada y tranquila puede

dar origen a sólidas creencias y hasta a pasiones políticas... ¡Si no

salgo de mi asombro!

--Hubo un momento--dijo Coca en tono confidencial y aun

supersticioso,--en que yo, ¡yo misma! llegué a creer en el capitán

Pérez... Si no es por Laura, me convenzo de que hay espectros,

transmigración de almas, espiritismo, telepatía, magia, ¡todo lo que se

quiera!

--El hecho es que si un historiador concienzudo revisara más adelante

los documentos y archivos del Tandil, encontraríase con una misteriosa

personalidad en el tal Pérez... ¡Y no le faltarían datos para investigar

su vida y carácter! Los diarios locales le darían entonces pormenores...

Encontraría que lo ha mencionado el comisario, al pedir refuerzo de la

policía local... En los archivos escolares habrá posiblemente algún

parte del maestro explicando la batahola aquella que armaron sus

discípulos con motivo del famoso capitán... Hasta se podía reconstruir

su retrato físico con las caricaturas del semanario cómico...

--Y con la fotografía que yo os mostré, a ti y a Vázquez--terminó

triunfalmente Coca.

--¡Cuántas convicciones, cuántas historias, reposarán sobre bases no

menos falaces!... Porque para los futuros historiadores hará plena fe la

documentación del periodismo y de los archivos tandilenses. ¿Quién

dudaría de la tan probada existencia y hechos no menos comprobados del

capitán Pérez?...

Hubiera seguido Adolfo disertando sobre el tema, a no interrumpirlo el

sirviente, con una carta que acababa de traer el correo...

Fastidiado por la interrupción y por el temor de recibir una nueva

impertinencia o tontería de la gente del pueblo, preguntó a Laura, que

entraba detrás de la carta:

--Adivina qué será... ¿Una felicitación o un anónimo?

--Esta mañana ya recibió Coca una felicitación--repuso

imperturbablemente Laura.--Ahora debe ser un anónimo.

Tomó Adolfo la carta, alegrose al reconocer la letra del sobre, y,

rasgándolo con rápida mano, exclamó:

--¡Es una carta de Ignacio!

--Tiempo era de que escribiese--dijo Laura.--Veinte o más días hace que

no nos daba noticias suyas.

--Cuando ha pasado tanto tiempo sin escribir--observó Adolfo,--ha de ser

porque está para tomarse unas vacaciones y venirnos a ver... ¡Será una

felicidad que podamos festejar con él el compromiso de Coca! Y veremos

lo que diga--añadió chanceando,--porque yo no me atrevo a aprobarlo sin

consultar...

Estaba escrito que Adolfo Itualde iría aquella mañana de sorpresa en

sorpresa... Leyó las primeras líneas de la carta, las volvió a leer, las

releyó de nuevo, restregándose los ojos con la mano como si no viera

bien, frunció el ceño y prorrumpió en un:

--¡No puede ser!... ¡No puedo ser!...

Como electrizadas de curiosidad y de alarma, Laura y Coca preguntaron a

un tiempo:

--¿Qué?...

En la fisonomía de Adolfo se pintaban el pasmo, la duda, el susto, la

risa... mientras decía incoherentemente:

--O es una broma de Ignacio... O Coca me ha engañado... O es una

superlativa coincidencia...

Laura y Coca preguntaban de nuevo:

-¿Qué?... ¿Cuál?...

--Que se nos viene Ignacio con un amigo y compañero... Pide que le

preparen el cuarto de huéspedes, porque el amigo parará tres o cuatro

días con nosotros, aprovechando la temporada de caza... ¡Pero esto no

puede creerse!...

Con franca impaciencia interrogó Laura:

--¿Y con quién se nos viene Ignacio al fin?

Adolfo miró a Coca... miró a Laura... miró la carta... miró al jardín...

y repuso, cómicamente trágico:

--¡Con el capitán Pérez!

Thespis (novelas cortas y cuentos) · 第 44 / 47 题