Intimidados por la tormenta de las «pasiones populares» y deseosos de
evitarla, Adolfo Itualde y sus hermanas refugiáronse en su casa-quinta.
Hasta allí llegaban, sin embargo, los ecos de la lucha, ¡y de modo harto
expresivo!...
Los partidarios de Pérez enviaban su adhesión a la familia que suponían
lo representara en el pueblo, en forma de felicitaciones para Coca, por
su compromiso. El compromiso era el pretexto de hacer presente su
simpatía. Nadie se daba, pues, por enterado de la rectificación de _La
Mañana_... ¡Y había que aguantar aquel chubasco de inoportunísimas
enhorabuenas!
Los contrarios, gente enemiga de la burguesía, gente grosera y sin
delicadeza, mandaban, en cambio, a los tres miembros de la familia,
terribles anónimos difamatorios contra el supuesto novio... Y los
anónimos eran más copiosos y categóricos que las felicitaciones...
El cartero dejaba en la casa de Itualde, por término medio, desde hacía
dos semanas, una felicitación diaria y tres anónimos. Laura era ya tan
ducha en conocerlos, que por el sobre distinguía la una de los otros.
Los sobres limpios y firmemente escritos eran de felicitaciones; los
sobres sucios, ordinarios y con letra desfigurada o de imprenta, de
anónimos difamatorios... Para mayor brevedad, todo se rompía o iba al
canasto.
Adolfo tomaba las cosas con visible y creciente mal humor. Y Coca no
podía salir de su sorpresa. ¡Ella era la que inventara aquella piedra de
toque de los sentimientos locales, aquel capitán fantástico, aquel
pleito interminable!... Llegaba hasta dudar de sí misma. Suponía que no
había inventado más que... ¡la verdad!
--La verdad en este caso--le decía su hermana--es que la gentuza de este
pueblo es ingenua y envidiosa... Se ha agarrado de este pretexto como
pudiera hacerlo de cualquier otro, para desbordar su maldad y su
tontería. ¡Nada más odioso que los pueblos chicos!...
Y la hermana mayor tenía que hacer grandes esfuerzos para tranquilizar a
la pequeña. Porque Coca, llena de temor y de amargura, tomaba ahora su
asunto por el lado trágico. Antojábansele burlas las felicitaciones y
personales insultos los anónimos. Lloraba en secreto y se quejaba sin
cesar. Temía ser una gran culpable. La mentirilla de inventarse para su
particular uso un capitán Pérez se le presentaba ahora como un verdadero
crimen. Y así como una ave se resguarda en el caliente nido cuando
estalla la tormenta, ella no tenía otro refugio que la inagotable
ternura de su hermana.
Adolfo y Laura propusieron a Coca un viaje a Buenos-Aires, para escapar
del infierno de las habladurías tandilenses, de los artículos y de los
duelos, de las felicitaciones y los anónimos. Con gran sorpresa de
Adolfo, Coca se negó enérgicamente a este viaje, ella siempre la más
deseosa de distraerse y divertirse en casa de sus tíos... Dijo que ello
significaría una huida cobarde, que era mejor afrontar la situación, que
no valía la pena...
Adolfo insistió, rebatiendo tan débiles argumentos... Y se hubiera
llevado a la niña a Buenos-Aires, malgrado, buen grado, a no apoyarla
Laura en su negativa...
Es que los ojos maternales de Laura habían comprendido esa negativa.
Coca quería quedarse en el Tandil porque le interesaba Vázquez. ¡Eso era
todo!
Allá en su fuero interno, durante largas noches de insomnio y hasta de
vergonzantes lágrimas, ¡cuánto había meditado Laura sobre Coca... y don
Mariano! El hecho era que don Mariano no se había fijado en ella, sino
en su hermanita, y que ésta creía ahora corresponderle...
Al principio, pareciole absurdo a Laura el casamiento de Coca y el
estanciero. Ella debía intervenir y oponerse, teniendo en cuenta las
distintas edades y contrarios caracteres... Pero esta oposición, ¿no
obedecería al inconfesable sentimiento de un interés personal? ¿No era
que a ella misma le gustaba para sí ese don Mariano, tan caballero y
bondadoso?... Y en el alma de la joven librose silenciosamente una
verdadera batalla de afectos y razones. De esta batalla resultó que,
poniéndose en guardia contra su propia persona, Laura tomó la decisión
de no oponerse al casamiento de Coca... El candidato era bueno; nada
tenía que objetarle.
Fue así que una noche, en la intimidad de la alcoba, cuando estaban ya
acostadas, hizo Coca a su hermana la esperada confidencia. Vázquez la
pretendía, ella lo aceptaba...
Después de oírla en un largo silencio, Laura, disimulando lo trémulo de
su voz, respondió pausadamente:
--Sólo buenas condiciones le conozco a Vázquez... Pienso que serás feliz
con él, si le quieres... Lo que me temo, y estoy en el deber de no
ocultártelo, es que no le quieras suficientemente... No debes casarte
sino enamorada, ¡completamente enamorada!... Todavía eres demasiado niña
e impresionable. Medita bien antes de dar un paso definitivo. No te
dejes llevar de un rápido impulso, que después ya no habrá remedio...
Hago, pues, mis objeciones contra ti y no contra él...
Al escuchar esta respuesta, tuvo Coca por primera vez en su vida la
impresión de que Laura, esa buena y cariñosa Laura, pudiera ser algo
como una persona distinta e independiente de ella; un ser con ideas y
sentimientos personales diferentes de las ideas y sentimientos de la
hermana a la cual parecía siempre identificarse... Pero, con el egoísmo
de la inocencia, pronto desechó esta vaga y obscura intuición, sin
buscarle causa, para festejar alegremente el consentimiento de Laura, a
quien no dejó dormir en toda la noche con la cháchara de sus
proyectos...
Como dieran las tres de la mañana, Laura indicó a su hermana que
durmiese, con esta última advertencia:
--Vázquez te hará su declaración uno de estos días... Lo único que te
pido es que no lo aceptes inmediatamente. De todos modos no se
descorazonará, porque está bien decidido... Dale una contestación
ambigua y espera por lo menos un mes para consentir en el sí, que es
para toda la vida... Dile, por ejemplo, que tomarás un tiempo antes de
contestar, porque no estás todavía bien segura de quererlo...
Aunque las últimas palabras se ahogaron en la garganta de Laura, Coca
las atrapó al vuelo, respondiendo prontamente:
--¿Estás loca?... ¡Eso sería echar agua al fuego!... Aplazaré la
contestación un mes como me pides; pero con otro pretexto... Le diré que
todavía no estoy segura de que me quiera.
Con esto terminó la conversación, tomando cada una postura para
dormirse...
Después de un larga pausa, todavía dijo Coca:
--Un mes es demasiado, Laura... Esperaré sólo quince días, que ya es
bastante.
Laura no contestó. Hizo como si estuviera absorta en sus oraciones, o
acaso durmiendo ya.
No se dejó esperar la declaración de don Mariano. Con la gravedad del
caso, dijo a Coca su amor y su deseo de hacerla su esposa... Como lo
conviniera con su hermana, Coca le contestó, muy conmovida, que aun no
se conocían bien, ni estaba segura de su cariño. Aplazaba, pues, su
contestación para cuando ambos adquiriesen mejor ese conocimiento y ella
tuviera esa seguridad... Pero con su mirada húmeda, agregaba bien claro:
«Esto es _pour la galerie_... Ten un poco de paciencia, Vázquez, que no
te haré esperar mucho. ¡De mi afecto, bien segura estoy!»
Al poco tiempo, don Mariano apremió a su pretendida:
--Debe contestarme usted pronto, Coca... ¡Esto se va haciendo
inaguantable!... Hace ya dos semanas que usted me tiene en la duda y la
incertidumbre...
Muy formal, respondió Coca:
--¿Dos semanas?... Espere siquiera a que se cumplan... Apenas han pasado
doce días desde que usted me habló. He contado muy bien, ¡doce días!
Vázquez no pudo menos de reírse...
--Entonces me quedan aún tres días de espera para cumplir las dos
semanas... ¡Cuánta cosa puede suceder en tres largos días!
Y así fue. En el breve plazo de los tres días, mejor dicho, esa misma
tarde, sucedió una cosa extraordinaria...
Como era de rigor, había resuelto Coca consultar su probable compromiso
con Adolfo, el jefe natural de la familia...
Aunque en el primer momento Adolfo no recibiese bien la noticia,
pensándolo mejor, aprobó el proyectado enlace. No tenía ningún tilde
serio que oponer a don Mariano. Lo encontraba excelente, aunque tal vez
demasiado maduro para la novia... Y, coincidiendo con lo que antes
observara Laura a Coca, observole él también:
--Mi único temor es que tú te engañes a ti misma y que no estés del todo
enamorada... El más grave de los errores que puede cometer en la vida
una persona honesta, es casarse sin amor. ¡Y a tu edad y con tus
encantos, Coca, ese error sería imperdonable!
Por toda respuesta, Coca abrazó y besó a su hermano, con sus naturales
mimos y zalamerías...
De pronto cruzó una idea por la cabeza de Adolfo...
--¿Y tu capitán Pérez?--dijo.--¿Estás segura de no haberle tenido nunca
una simpatía más viva que a Vázquez?
Ante tal pregunta soltó Coca la más sonora y franca de sus carcajadas...
--¡El capitán Pérez!... ¿Conque tú también te lo tragaste?...--Y refirió
en seguida la historia de esa invención, explicando que no se había
atrevido a contar la verdad a su hermano, por temor de que reprobara su
mentira...
Adolfo reveló la sorpresa más profunda... Meditó, se rió, estornudó,
rascose la frente y, como había ojeado a Renan y leído a France, dijo al
cabo:
--¡En mi vida vi nada más curioso!... ¡Si lo que no inventan estas
mujeres nadie podría inventarlo!... ¿Con que lo del capitancito era un
«truc» para que Vázquez se decidiese?...
--Pero no se lo vayas a contar--imploró Coca.--Me moriría de vergüenza
si me creyese una embustera...
--Pierde cuidado... Vázquez es ahora lo de menos... ¡Lo asombroso es que
hayas agitado de ese modo con tu fantástico personaje a todo el
público!... El caso es interesantísimo ejemplo de cómo nacen los mitos;
de cómo la inofensiva creación de una chica retirada y tranquila puede
dar origen a sólidas creencias y hasta a pasiones políticas... ¡Si no
salgo de mi asombro!
--Hubo un momento--dijo Coca en tono confidencial y aun
supersticioso,--en que yo, ¡yo misma! llegué a creer en el capitán
Pérez... Si no es por Laura, me convenzo de que hay espectros,
transmigración de almas, espiritismo, telepatía, magia, ¡todo lo que se
quiera!
--El hecho es que si un historiador concienzudo revisara más adelante
los documentos y archivos del Tandil, encontraríase con una misteriosa
personalidad en el tal Pérez... ¡Y no le faltarían datos para investigar
su vida y carácter! Los diarios locales le darían entonces pormenores...
Encontraría que lo ha mencionado el comisario, al pedir refuerzo de la
policía local... En los archivos escolares habrá posiblemente algún
parte del maestro explicando la batahola aquella que armaron sus
discípulos con motivo del famoso capitán... Hasta se podía reconstruir
su retrato físico con las caricaturas del semanario cómico...
--Y con la fotografía que yo os mostré, a ti y a Vázquez--terminó
triunfalmente Coca.
--¡Cuántas convicciones, cuántas historias, reposarán sobre bases no
menos falaces!... Porque para los futuros historiadores hará plena fe la
documentación del periodismo y de los archivos tandilenses. ¿Quién
dudaría de la tan probada existencia y hechos no menos comprobados del
capitán Pérez?...
Hubiera seguido Adolfo disertando sobre el tema, a no interrumpirlo el
sirviente, con una carta que acababa de traer el correo...
Fastidiado por la interrupción y por el temor de recibir una nueva
impertinencia o tontería de la gente del pueblo, preguntó a Laura, que
entraba detrás de la carta:
--Adivina qué será... ¿Una felicitación o un anónimo?
--Esta mañana ya recibió Coca una felicitación--repuso
imperturbablemente Laura.--Ahora debe ser un anónimo.
Tomó Adolfo la carta, alegrose al reconocer la letra del sobre, y,
rasgándolo con rápida mano, exclamó:
--¡Es una carta de Ignacio!
--Tiempo era de que escribiese--dijo Laura.--Veinte o más días hace que
no nos daba noticias suyas.
--Cuando ha pasado tanto tiempo sin escribir--observó Adolfo,--ha de ser
porque está para tomarse unas vacaciones y venirnos a ver... ¡Será una
felicidad que podamos festejar con él el compromiso de Coca! Y veremos
lo que diga--añadió chanceando,--porque yo no me atrevo a aprobarlo sin
consultar...
Estaba escrito que Adolfo Itualde iría aquella mañana de sorpresa en
sorpresa... Leyó las primeras líneas de la carta, las volvió a leer, las
releyó de nuevo, restregándose los ojos con la mano como si no viera
bien, frunció el ceño y prorrumpió en un:
--¡No puede ser!... ¡No puedo ser!...
Como electrizadas de curiosidad y de alarma, Laura y Coca preguntaron a
un tiempo:
--¿Qué?...
En la fisonomía de Adolfo se pintaban el pasmo, la duda, el susto, la
risa... mientras decía incoherentemente:
--O es una broma de Ignacio... O Coca me ha engañado... O es una
superlativa coincidencia...
Laura y Coca preguntaban de nuevo:
-¿Qué?... ¿Cuál?...
--Que se nos viene Ignacio con un amigo y compañero... Pide que le
preparen el cuarto de huéspedes, porque el amigo parará tres o cuatro
días con nosotros, aprovechando la temporada de caza... ¡Pero esto no
puede creerse!...
Con franca impaciencia interrogó Laura:
--¿Y con quién se nos viene Ignacio al fin?
Adolfo miró a Coca... miró a Laura... miró la carta... miró al jardín...
y repuso, cómicamente trágico:
--¡Con el capitán Pérez!