VIII

Todo el Tandil se conmovió con el memorabilísimo acontecimiento de la

llegada del capitán Pérez. No se le hizo una gran recepción pública,

porque, no habiéndose previamente anunciado, su arribo fue imprevisto...

¡Ya les quedaba tiempo a los tandilenses para las manifestaciones!

Ignacio, en cuanto llegó con su amigo, tuvo una larga y reservada

conferencia con su familia. Salió de ella un tanto amostazado y

vacilante... Sin embargo, quiso desde el primer momento hablar claro con

el capitán Pérez, a quien llevó a la fonda...

--Mira, hermanito--le dijo,--me disculparás que te instale en el hotel;

pero hay sus razones, aunque no sé cómo decirlas...

--¿Incomodo en tu casa?

--¡Nada de eso!... ¡Al contrario!... Pero es el caso de que eres muy

conocido y se ha hablado mucho de ti en el Tandil...

Estupefacto, Pérez exclamó:

--¡En el Tandil se ha hablado de mí!...

--¡Pero si yo jamás he estado en el Tandil, ni conozco aquí a nadie, ni

nadie me conoce!... ¿Y qué ha podido decirse contra mi modesta

persona?... ¿Qué dicen en tu casa?...

--¿Qué dicen en mi casa?... ¡Yo mismo no lo sé!... No he podido entender

claramente lo que pensaban mis hermanos, hablando todos al mismo

tiempo... Parece que creen que tú eres un mito...

--Terriblemente indignado, exclamó Pérez, después de un breve juramento

de cuartel:

--¡Yo un mito!... ¡Un mito yo!... ¿Y quién se atreve a decirlo,

quién?...

Procurando explicarse y calmar a su amigo, intervino Ignacio:

--¡Vamos!... Quiero decir que en casa creían que tú eras un personaje

imaginario, una pura invención, una mentira, un fantasma...

--¡Yo un personaje imaginario... una pura invención... una mentira... un

fantasma!... ¿Están locos en tu casa?... ¿Y por quién me tomaban?...

Después de un silencio, Ignacio replicó:

--Yo no los he entendido bien, te repito... No te enojes, que no vale la

pena... Mejor es que por ahora no me hables más del asunto, que ya lo

comprenderás... Mi hermano Adolfo ha hecho lo posible para servirte, y

me pide que le disculpes la mediana instalación del hotel... Te invita

para esta tarde... Siempre comerás en casa... Y aprovecharemos hoy bien

el tiempo, porque en los alrededores abundan perdices y palomas del

monte... Vuelvo a casa y dentro de media hora vengo a buscarte. ¡Hasta

luego!

Fastidiado por el extraño recibimiento en el hotel y las misteriosas

palabras de Ignacio, el capitán Pérez sintió deseos de plantar a su

invitante y volverse a Buenos-Aires; pero se contuvo, resolviéndose a

aceptar la invitación a comer... Y no se contuvo por consideraciones a

su camarada, ni por el atractivo de la caza, y ni siquiera para

descubrir el misterio de la extraña historia de su personalidad en el

Tandil... En el Tandil se quedó porque le atraía la casa de Itualde...

Porque allí había entrevisto a una criatura encantadora, probablemente

la hermana menor de Ignacio, y rabiaba por conocerla...

Conocerla luego y sentirse impresionado fue todo uno, por más que ella

se mostrase silenciosa, esquiva y casi descortés... ¡Hacía dos años que

el pobre capitán, solo y sin familia, no veía más que las indias y las

gauchas del campamento!

Por su parte, Coca hizo, al tratarlo, el más amargo de los

descubrimientos... Descubrió que su sincero cariño a Vázquez no era

verdaderamente amor... ¿Cómo pudo descubrir tal cosa? ¡He ahí un punto

negro que ella no pudo resolver por más que, nerviosa y desvelada,

pensara en él la noche entera! Y esta vez no se atrevió a consultar con

Laura, que dormía el sueño de los justos...

A la mañana del siguiente día, dedicado a descansar del viaje, recibió

Pérez la tarjeta de un tal «Jacinto Luque, redactor de _El Correo de las

Niñas_». E hizo entrar al visitante...

En un lenguaje elevado y poético, Jacinto desbordó sus protestas de

amistad y simpatía... El distinguido capitán había sido calumniado en el

Tandil... Como amigo, Jacinto había tomado su defensa... Hasta hubo de

batirse con un colega de _La Mañana_... Felizmente ya todo estaba

aclarado... Y le daba su enhorabuena por su casamiento con Coca...

Absorto mientras el poeta periodista hablaba, decíase para sí Pérez: «O

este majadero está loco, o yo estoy loco»... Lo de su casamiento con

Coca fue lo que de pronto le sacó de su mutismo...

--¿Con quién dice usted que me caso?--preguntó prontamente.

--¿Cómo?--dijo sonriendo Jacinto.--¿Querría usted negarlo?... Si aquí

los diarios ya dieron la noticia, y se le esperaba a usted...

Rabiando de impaciencia:

--¿Me dirá usted quién es esa Coca?--vociferó el capitán.

Jacinto repuso mansamente:

--Coca Itualde, la hermana menor de la familia, la más deliciosa

criatura del Tandil... ¡Es inútil que usted lo niegue!... ¡Si todo el

Tandil lo sabe!

Extrañas y confusas ideas vibraban en el alma de Pérez. «¿De dónde

habrán sacado los tandilenses todo este intríngulis?--preguntábase.--¿Me

amará la niña sin que yo lo sepa ni la conozca?... Aunque yo no la

conozca, bien pudiera ella haberme conocido de vista y de nombre, cuando

estuve en Buenos Aires!... ¡No sería la única!... ¡Y qué felicidad

poseer esa belleza, para mí, para mí solo!»

Atusándose gallardamente los mostachos, hizo hablar a Jacinto como

adivinando sus deseos... Y poco a poco fue sabiendo todo lo que podía

saber, aunque se lo explicaba a su modo...

Por curiosidad revisó algunos números atrasados de _El Correo de las

Niñas_ y _La Mañana_, que traía su visitante en el bolsillo. Advirtió

que sus señas particulares eran perfectamente conocidas en el pueblo;

sólo se equivocaban en creerlo rico, no siendo él, ¡ay! más que una rata

de cuartel... Pero, ¿qué le importaba ser pobre si era querido y tenía

un glorioso porvenir?... Y, ¿quién podía haber revelado sus señas sino

la fiel memoria, el expansivo amor de una mujer que lo quería, y tal

vez sin esperanza?... ¡Todos conocían ese amor en el Tandil! Podía,

pues, parafrasear y aplicarse el antiguo adagio madrileño:

Todo el Tandil lo sabía,

¡Todo el Tandil, menos él!

Ahora se comprendía la singular reserva de Coca en la primera visita que

él hiciera en casa de Itualde; comprendía por qué no le hablara, por qué

parecía huirle... ¡Pobrecita!... Iba a ser ella la mejor pieza de su

cacería en el Tandil, ¡ella, la blanca palomita del monte!

Y si el primer día de conocer a Pérez, Coca, «la blanca palomita del

monte», hizo a su vez un primero y amargo descubrimiento, el segundo día

hizo un segundo y no menos amargo... Habiendo descubierto ya que no

amaba a Vázquez como novio, descubrió que podía muy bien amar así a

Pérez... ¡Y al tercer día descubrió que ya lo amaba!

Aquello fue un recíproco _coup de foudre_... Pérez le declaró su

pasión... Coca no pudo aceptarlo; le dijo que esperase y se echó a

llorar... Y lloró sin cansarse en brazos de Laura, que muy solícita la

consolaba... No hubiera acaso hallado fin aquel llanto, si no se

presentara pronto don Mariano...

Venía remozado, por lo menos diez años, con un elegante trajecito a

cuadros y los bigotes retorcidos... Recibiole solemnemente Laura,

encerrose con él, y le habló, muy nerviosa, incoherente casi, presa de

la más honda simpatía, como contrita y avergonzada...

Coca era una chicuela... ¡Había que perdonarle!... ¡Ella creyó estar

enamorada de Vázquez, y ahora resulta que no lo estaba!... Tenía que

confesárselo, aunque siempre dispuesta a cumplir su compromiso, si él lo

exigía... Don Mariano no debía por eso juzgar mal a las mujeres... ¡Era

ello una desgracia, una desgracia irreparable, ocurrida a él, tan luego

a él, el más digno y generoso de los hombres!... Pero podía distraerse,

olvidar, paseando y viajando... ¡Ya se casaría más tarde, puesto que su

temperamento era el de un hombre de hogar, y como lo merecía por sus

méritos y condiciones!...

Pálido, inmóvil, escuchaba don Mariano aquel desborde de palabras, hasta

que Laura, no pudiendo contener más la emoción, calló y dejó correr

silenciosamente sus lágrimas... Era evidente que sufría, que sufría una

verdadera tortura de femenina compasión, y hasta de arrepentimiento,

pues que se acusara de tener ella un poco la culpa de lo que pasaba, por

no haber intervenido a tiempo como debiera, siendo hermana mayor y mejor

conocedora de la vida... Y en su actitud dramática, la ternura y la

bondad nimbaban la figura de la joven con una resplandeciente aureola de

belleza.

En su fuero interno, don Mariano recordó, por lógica asociación de

ideas, cómo fuera despachado por aquella primera novia que tuvo allá en

sus mocedades. Ella lo llamó por teléfono para decirle que no volviese

más a su casa, sin una palabra, ¡sin una mirada que atenuase tan brutal

resolución!... ¡Cuánta mayor nobleza y sentimiento había en la pena de

esta pobre muchacha soltera, casi solterona ya, que ahora le hablaba en

nombre de su hermana menor!

Sin asomo de ironía, con voz viril aunque trémula, don Mariano trató de

consolar a la que hubo de ser su cuñada... ¡Los papeles se invertían!...

--No llore Laura...--le rogó.--Yo le agradezco su amistad y su

benevolencia... No me olvidaré en la vida de lo que acaba de decirme...

¡Es usted muy buena!...--Y para demostrar mejor su agradecimiento,

tomole la mano y se la besó respetuosamente.

Al ver la digna y caballerosa reserva de don Mariano, Laura,

sobreponiéndose a su exaltación y sonriendo a través de su llanto:

--Sólo me queda rogarle que nos considere siempre sus

amigos...--dijo.--Comprendo que usted dejará de visitarnos por un

tiempo; pero, si no se va a Buenos-Aires, tendrá usted que aguantar

nuestra presencia... Pues con Adolfo iremos a verlo frecuentemente a la

estancia, para que no esté allí solo como un monje, con sus

pensamientos... siempre que usted no nos cierre la puerta...

Vázquez repuso, con enternecida gratitud:

--Es esto muy amable de su parte, Laura... Espero que cumpla su

promesa... ¡Y crea que será para mí un gran placer recibir en mi casa a

mis queridos amigos Adolfo y Laura Itualde!

Y con un movimiento impremeditado, en cierto modo inconsciente, Vázquez

sacó del bolsillo el pequeño estuche del primer regalo que traía a

Coca... Se encontró un tanto perplejo y embarazado con la cajita en la

mano... Y de pronto, dijo, pronunciando en tono suplicante una rápida

ocurrencia del momento:

--Tengo que pedirle un servicio, un gran servicio, Laura...

Laura hizo un expresivo ademán, como contestando que su mayor felicidad

sería poder cumplir el servicio a pedirse...

--He traído un obsequio para su señorita hermana... Le ruego que me lo

acepte usted como recuerdo...

Temiendo que el obsequio fuese una joya de alto precio, Laura balbució:

--Pero yo no puedo recibir de usted ese obsequio... Sería incorrecto...

--Recíbalo usted, como me lo ha prometido, y guárdelo como un recuerdo,

aunque no quiera usarlo...

Y, diciendo esto, don Mariano se despidió.

Cuando, después de contar a Coca su conversación con Vázquez, salvo lo

del obsequio, estuvo Laura sola en su aposento, abrió el estuche...

Adentro había una valiosa sortija de dos magníficas piedras, un

brillante y un rubí.

«¡Vamos!--se dijo Laura.--La guardaré como en depósito, para devolverla

más adelante...» Y ocultó la alhaja en el fondo de un cajón, junto a

algunas otras joyas que recibiera de su madre.

A los pocos días, el capitán Pérez pidió a Coca en matrimonio... Y

Laura, yendo con su hermano a visitar a Vázquez, le contó toda la

historia, rogándole no fuera a suponer un manejo torpe y desleal de

parte de Coca...

Al despedirse, don Mariano pidió a Laura un nuevo servicio... Que le

aceptara también las obras de Lamartine; habíalas encargado cuando

estuvo en Buenos-Aires, y le llegaban ahora, muy bien encuadernadas...

¿Qué iba a hacer él con esos libros de _jeunes filles_ en la

estancia?... Y Laura tuvo que aceptar este otro obsequio, antes

destinado a Coca, y que don Mariano le enviaría ahora a su casa...

Casualmente se encontraba ella en esos momentos sin lectura.

Al recibir Laura los libros, de la estancia, en una artística caja de

caoba, Coca no pudo menos de curiosearlos... Y descubrió en la portada

del primer tomo, leyéndola en voz alta, la siguiente dedicatoria del

obsequiante: «Para mi mejor sino mi único amigo, la señorita Laura

Itualde».

Ruborizose Laura hasta la raíz de los cabellos al oír semejante frase...

Y Coca, siempre espontánea y sincera, le dijo en voz baja:

--Creo que tú vas a ganar la apuesta... Te casarás con Vázquez... Me

alegro y te felicito... Si la coquetería y la mentira triunfan a veces,

también triunfan otras veces la buena fe y la bondad... Lo reconozco.

Quiso hacerle callar Laura... Pero ella prosiguió, después de una pausa:

--Pues si ganas la apuesta, cumplirás lo prometido... ¡Acuérdate!... La

que casara con Vázquez debía dotar a su hermana... Pérez no tiene con

qué casarse... Tú y Vázquez, ya casados, para que también me case yo, me

regalarán una casita en Buenos-Aires... Adolfo me la amueblará... ¡Y

todos seremos muy felices!... ¡Acuérdate!...

...En efecto, en la próxima visita de Adolfo y Laura a la estancia de

Vázquez, dijo Vázquez a Laura:

--Tengo todavía un servicio que pedirle...

Laura guardó silencio...

--Tengo que pedirle me acepte un nuevo regalo que he recibido de

Buenos-Aires...

Laura hizo un ademán significando que, si era un objeto de valor, estaba

ya decidida a no aceptarlo...

Comprendiéndola, el estanciero manifestó, con un rápido ademán, que no

se trataba ya de nada valioso... Y dijo, simplemente:

--Es un anillo de compromiso.

Thespis (novelas cortas y cuentos) · 第 46 / 47 题