IV

Habiendo afirmado Jacinto Luque la suma distinción del capitán Pérez,

todos los «dandies» del Tandil, declararon conocerlo, siquiera de vista.

El presunto novio de la beldad local llegó así a tener cierto renombre

en el pueblo. Los innumerables pretendientes de Coca excusaban su

derrota adornando al vencedor de excepcionales cualidades. Por lo menos,

era buen mozo y rico...

La prueba de su riqueza era el espléndido regalo que enviara últimamente

a su novia... La bombonera que mencionó don Mariano Vázquez se había

convertido, para aquellas imaginaciones meridionales, en un cofre

artístico lleno de piedras preciosas; perlas, diamantes, rubíes,

zafiros... ¿Quién podía hacer semejantes obsequios en el Tandil?...

¡Esas mujeres! ¡Bien las conocería Mefistófeles cuando aconsejó a Fausto

que regalara aquellas magníficas joyas a la pequeña y modesta Margarita!

No pudiendo guardar secreto por más tiempo, Jacinto Luque publicó en _El

Correo de las Niñas_, la siguiente noticia:

«Aunque temamos pecar de indiscretos, nuestros buenos deseos de

informar al amable público tandilense que nos favorece, impídenos

guardar silencio más tiempo sobre una novedad sensacional. Se trata

de un noviazgo últimamente concertado entre una de las más

distinguidas señoritas de esta localidad y un conocido caballero

bonaerense. He ahí sus respectivas siluetas:

_Ella._--Tiene la belleza de una hurí del séptimo cielo de Mahoma y

la gracia de una andaluza. Es joven como una mañana y fresca como

la flor cuyo nombre lleva y que suele reputarse «la reina de las

flores». Más que por este nombre, conócesela por un gracioso

diminutivo, que consta de cuatro letras, principia por la tercera

del alfabeto y rima con «boca» y con «tapioca».

_Él._--Es oficial del ejército argentino. Aunque joven, ostenta ya

los galones de capitán, y pronto será sargento mayor, y luego

teniente coronel. Tiene aire marcial, no es alto ni bajo, usa

bigote. Goza de verdadero prestigio entre los compañeros y

superiores que han sabido avalorar sus excelentes prendas. Su

apellido, de cinco letras, es uno de los más comunes y

generalizados en gente de origen español. Termina con la última

letra del alfabeto y principia con la misma que «prócer» y

«pueblo». ¡Feliz coincidencia, que bien podemos reputar como

augurio de que alguna vez será un Prócer del Pueblo!»

Tan precisos eran los datos y tan claras las señas, que ningún lector ni

lectora de _El Correo de las Niñas_ dudó un instante de quiénes fueran

los «silueteados». Hasta las modistas y los almaceneros del Tandil

sabían perfectamente que el suelto se refería a Coca Itualde y el

capitán Pérez.

Por si alguno dudaba todavía, _La Mañana_, el diario de Publio Esperoni,

confirmó la noticia, esta vez con nombres y apellidos. El suelto, breve

y displicente, limitábase a decir que «el capitán Pérez había pedido la

mano de la señorita Rosa Itualde». El casamiento iba a verificarse a fin

de año y el matrimonio fijaría su residencia en la capital federal...

¡Nada más decía _La Mañana_!

¡Cuál no sería el asombro de Laura y Coca cuando, sin preparación previa

a causa de su vida retirada, leyeron las noticias de _El Correo de las

Niñas_ y _La Mañana_!

--¿Será éste el Pérez que yo he inventado?--preguntaba Coca, entre

divertida y fastidiada.

--¡Vaya una gracia con el Pérez que inventaste!--respondió Laura.

--Sí, pero lo inventé en familia,--agregaba Coca,--para nosotras y no

para que estos indiscretos de los periódicos la creyeran y repitieran...

¡Sólo Vázquez puede haberla contado!... ¡Francamente, yo lo creía más

discreto!... ¡Ya me las pagará!

--Deja tranquilo a Vázquez, que él no tiene la culpa. La culpa es tuya y

nada más que tuya, que estabas continuamente insistiendo con la bromita

de tu Pérez... ¡Alguna vez iba a divulgarse la noticia, si tú, la

interesada, parecías hacer para ello lo posible!... ¿Querías que Vázquez

te guardara eternamente el secreto?... Además, todavía no sabemos si ha

sido él... ¡Y debemos presumir que en ningún caso él ha dado la noticia

a esos papeluchos, y menos en esa forma asertiva y categórica!

--¡Es para morirse de risa... esto de que me casen con un personaje de

mi propia invención!

--No es sólo para reírse, Coca. También hay que desmentir la noticia,

pues que te perjudica...

--Pero si el novio es un fantasma imaginario...

--No importa. La gente te creerá comprometida... ¡Hay que desmentir hoy

mismo!...

--¿Descubriendo que no existe semejante capitán Pérez?... ¡Por favor,

Laura!...

--No hay necesidad de decir eso. Daremos por cierta la existencia de tu

capitán, y sólo negaremos tu compromiso. Deja que yo hable con Adolfo,

para que él pida una rectificación en _La Mañana_. Y pierde cuidado...

¡No descubriré tu mentirilla, para no avergonzarte, como lo merecías,

por faltar a la verdad!

Coca dio un beso a Laura para desenojarla y agradecerle su intervención.

Laura habló con Adolfo. Y Adolfo «se apersonó» a Publio Esperoni,

pidiendo «rectificara» la noticia.

Recibiole Publio cortésmente y se lo prometió. Mas su rectificación no

fue un verdadero desmentido. Como _La Mañana_ se pretendía infalible,

limitose a decir que «la noticia anunciada del próximo enlace de la

señorita Rosa Itualde y el capitán Pérez era todavía prematura. Hacíase

esta rectificación a pedido de su hermano, el distinguido caballero don

Adolfo Itualde, gerente de la sucursal del Banco de la Nación.»

Nadie creyó el desmentido. El capitán Pérez siguió siendo, para todo el

Tandil, el pretendiente predilecto de Coca, su novio o su futuro

novio...

El mismo don Mariano, presumiendo toda la culpa de su indiscreción,

dejó de ir unos días a la casa de Itualde... Cuando fue, después de

enviar cómo heraldo un gran canasto de la más hermosa fruta de su

estancia, encontró a sus amigos como de costumbre... Sólo Coca le hizo

sus recriminaciones. ¿De quién sino de él podía haber partido la

mentirosa noticia?

Vázquez estaba tan cortado y confundido ante la niña, como un reo

homicida ante su juez. Se disculpó en cuanto pudo. Habían exagerado y

tergiversado sus palabras, dichas al descuido... Él había creído

simplemente, por las continuas bromas, que el capitán fuera uno de

tantos festejantes...

Coca lo negó:

--¡Nada de festejante!... Un amigo, nada más que un amigo cualquiera...

Ni siquiera un amigo íntimo y preferido como usted, al que antes

considerábamos poco menos que de la familia...

El dardo dio justo en el blanco. «¡Conque el capitán Pérez no era más

que un amigo--pensaba Vázquez,--y yo soy un amigo mucho más querido que

él!...» La antigua idea del especial afecto que había despertado en

Coca, retornaba pues a su espíritu... ¿Y por qué no podría ser

cierta?... ¡Pasiones más extraordinarias se veían a cada momento!

Sin apurarse, poco a poco, se insinuaría él en el ánimo de la agraciada

niña. Para escapar a las indiscretas miradas de los tandilenses, el

mismo capitán Pérez le serviría de pantalla...

V

Porque, mientras don Mariano continuaba callado y pacientemente su obra

de ganarse la voluntad de Coca, corrían en el pueblo innumerables

anécdotas e historietas acerca del oficial. Los amigos de las de Itualde

lo defendían y ensalzaban, le atacaban los enemigos...

Entre esos enemigos, sintiéndose desairado por la esquiva beldad, el más

temible era Publio Esperoni. Publio Esperoni podía bien considerarse un

mal sujeto. Hacía gala de serlo, hacía profesión de serlo... Sin Dios y

sin patria, atacaba con implacable ironía de anarquista lo que

desdeñosamente llamaba los «prejuicios sociales», es decir, ¡Dios y la

patria! Su acerada pluma, guiada por su espíritu venenoso, abría heridas

y levantaba ampollas en la epidermis de los pacíficos e inofensivos

burgueses del Tandil.

Odiando sinceramente a su afortunado rival el capitán Pérez, esperaba

ansioso la oportunidad del desquite. Pronto se le presentó esta

oportunidad. Los grandes diarios populares de Buenos-Aires dieron cuenta

al público, en sus últimos números, de un presunto escándalo en el

ejército nacional. Habíase levantado un sumario contra varios oficiales,

a quienes se acusaba nada menos que de traición a la República... Sus

nombres permanecían aún reservados...

Pues _La Mañana_ del Tandil insinuó vagamente alguno de esos nombres.

Publicó un extenso artículo titulado «Los traidores a la patria»,

comentando y abultando la noticia de los periódicos bonaerenses... Y al

final agregaba que, según datos enviados por sus bien informados

corresponsales de la capital federal, ellos conocían los nombres de los

oficiales indignos, tan severa y justamente acusados... Aunque no se

pudiera todavía afirmar con seguridad, parece que entre ellos figuraba

el capitán P. Era sin embargo de desearse que sólo por un error judicial

y militar se incluyese en la ignominiosa lista el nombre de este

oficial, amigo de una de las más respetables familias de la localidad.

El «capitán P.» no podía ser sino el capitán Pérez... Y todo el Tandil

se conmovió con la noticia. ¿Sería verdad?... ¿Qué harían ahora los

Itualde?... Pero nadie se conmovió más que Jacinto Luque, el joven poeta

barbilampiño y melenudo, redactor de _El Correo de las Niñas_. Con su

viva inteligencia y su conocimiento del periodismo local pronto sospechó

que se trataba de una insidia de Esperoni. Confirmole esta idea el hecho

de no hallar, en los periódicos de Buenos-Aires, ni la más remota

referencia a ningún capitán Pérez...

Profundamente indignado contra el redactor de _La Mañana_, que tantas

veces le ridiculizara y burlase, publicó en su periódico un suelto

terrible destinado a desmentir la atroz imputación. Se titulaba «El

honor y la calumnia» y se subtitulaba «Un Dreyfus argentino».

«Es realmente lamentable--decía--que un diario que se precia de serio,

_La Mañana_, publique tan pérfidas y calumniosas insinuaciones como la

que aparece en el número de hoy... No tenemos por qué ocultarlo: la

insidiosa inicial del «capitán P.», se refiere al capitán Pérez... ¡Más

valiese haberlo nombrado!... Nosotros conocemos a este distinguido

militar, con cuya amistad altamente nos honramos... Le sabemos

pundonoroso y honesto... La noticia de que esté mezclado en la traición

últimamente descubierta es falsa, absolutamente falsa. Lo garantizamos

bajo nuestra fe de periodistas y de ciudadanos...»

_La Mañana_ contestó este suelto. Decía que en su poder obraban

documentos sensacionales que publicaría más adelante... Por entonces se

limitaba a asegurar que el capitán Pérez (ya que el colega lo nombraba)

estaba acusado... _La Mañana_ deseaba de todo corazón que fuese inocente

y se le absolviese... Hasta lo esperaba... Pero había sus

comprometedoras presunciones y sus sólidos comprobandos, que ya

conocerían a su tiempo los lectores...

Al leer estas pérfidas líneas, se extremeció Jacinto con justa cólera.

Vibrante como una arpa agitada por los esqueléticos dedos del huracán,

su alma estalló en protestas e imprecaciones. Publicó así _El Correo de

las Niñas_ un nuevo suelto «poniendo en su lugar a la pluma viperina que

arrojaba diariamente su ponzoña, desde las columnas de _La Mañana_,

sobre todo lo más santo y respetable: el honor, la libertad, la

religión, la familia, la patria...»

El «asunto Pérez» degeneraba en una cuestión personal entre los dos

periodistas. Pues Publio contestó la última tirada de Jacinto llamándolo

«afeminado esteta»... El «afeminado esteta» le mandó sus padrinos, y el

de la «pluma viperina» nombró los suyos...

Cuatro largos días pasábanse ya los padrinos discutiendo sin descanso en

el Club Social las condiciones del duelo... Los representantes de

Jacinto pretendían que Jacinto era el ofendido, los de Publio que lo era

Publio. Ambos se arrogaban pues el derecho de la elección de armas...

Para Luque, el arma debía ser el nobilísimo acero de la espada; para

Esperoni, buen tirador de pistola, la pistola... Aun aceptando la

pistola los de Jacinto, los de Publio exigían condiciones imposibles: a

diez pasos de distancia y tirar indefinidamente hasta que uno de los

adversarios quedase tendido en el campo del honor...

El Tandil presentaba entretanto el animado aspecto de una ciudad griega

durante las guerras del Peloponeso. La población entera se agitaba y

hablaba en todos los sitios, públicos y privados...

Un grupo de señoras de la sociedad de beneficencia llamada de las «Damas

del Divino Rostro», compuesto de la presidenta primera, la

vice-presidenta tercera y la secretaria segunda, fue a ver al comisario.

Se solicitaba la intervención de la policía para impedir un encuentro

sangriento entre los dos distinguidos caballeros... Y el comisario

prometió hacer cuanto pudiera para evitarlo.

No tuvo necesidad de hacer mucho, porque los mismos padrinos lo

evitaron. Llegaron por fin a ponerse de acuerdo haciéndose recíprocas

concesiones. Publio no había afirmado nada deshonroso respecto del

capitán Pérez; se limitaba a dar una noticia, tal cual le fuera

comunicada de la capital federal, y hasta poniéndola en duda... Por

consiguiente, Jacinto retiraba sus calificaciones de «pluma viperina» y

de «pérfida calumnia»... No dejando ya en pie lo de la «pluma viperina»

y la «pérfida calumnia», quedaba en nada lo de «afeminado esteta»... Y

así de seguido, hasta resultar, naturalmente, que nadie tuvo jamás la

intención de ofender a nadie y que los dos duelistas eran unos perfectos

caballeros. En constancia de ello firmaban las actas los cuatro padrinos

de un tenor.

Publicadas las actas al siguiente día en _La Mañana_ y en _El Correo de

las Niñas_, ocupaban tres largas columnas, las tres primeras y de

preferencia... Con ello, aumentó, si cabe, la popularidad del capitán

Pérez en el pueblo del Tandil...

La pacífica solución del «lance personal» dejaba sin embargo en blanco

el problema de la culpabilidad del capitán Pérez. ¿Era traidor? ¿No era

traidor?... Tal era el dilema que corría en todas las bocas.

Unos se declaraban por la culpabilidad del capitán Pérez, otros por su

inocencia. Y las discusiones violentas y sutiles arreciaban como en las

grandes crisis políticas. Es que en el fondo del asunto había una

verdadera cuestión política. Los conservadores y moderados se declaraban

perecistas, antiperecistas los radicales y liberales. Del temperamento y

de las ideas dependía pues el estar o en contra o en favor del acusado,

por su condena o por su absolución.

Cuando dos tandilenses se encontraban en la calle, en el club, en los

negocios, en cualquier parte, la pregunta de rigor era ésta:

--¿Y qué piensa usted de la Cuestión?

El interrogado contestaba, si era perecista, que se trataba de una

perversa intriga; si antiperecista, que el ejército nacional debía

depurarse de sus malos elementos...

Naturalmente, no siempre coincidían las ideas de los interlocutores. Y

al chocarse las opiniones contrarias, se iniciaban interminables

contiendas. Los contendientes barajaban en sus largas peroratas y

mariscalendas las fundamentales ideas de honor, patria, verdad,

progreso, etc., etc. Estas ideas eran en gran parte tomadas de la prensa

local. Porque aun después del «lance de honor», _El Correo de las Niñas_

y _La Mañana_ siguieron tratando el asunto Pérez, si bien evitaban

incurrir de nuevo en ingratas cuestiones personales y de campanario.

Más de una vez se temió que las discusiones degenerasen en disputas, las

disputas en peleas, las peleas en batallas... Algunos bofetones y

botellazos volaron en la estación ferroviaria y en el Club Social...

También hubo sus trifulcas en la escuela. Marciano Esperoni, un sobrino

de Publio, se permitía vociferar contra el capitán Pérez, al cual

prodigaba los epítetos más injuriosos y hasta obcenos... Al oírle,

Atanasio Luque, el hermano menor de Jacinto, replicole como se

merecía... Y sin respeto al maestro, que estaba presente, los dos

alumnos, después de insultarse a gusto, se vinieron a las manos... Los

antiperecistas (futuros radicales) tomaron inmediatamente la parte del

pequeño Esperoni, los perecistas (futuros conservadores) la de Luque...

¡Y tal fue la batahola, que tuvo que venir la policía a aplacarla! Los

pisos, los bancos, los mapas, los pizarrones, todo quedó para siempre

salpicado de sangre arrancada de las narices a feroces soplamocos.

Alarmado por la exaltación general de los ánimos, el comisario pidió a

la provincia se reforzara la policía con nuevo personal...

El cura, desde el púlpito, fulminó a los antiperecistas, declamando

contra la calumnia y la difamación. ¡Menester era cortar, una por todas,

las siete cabezas de esa hidra feroz, para salvar el honor de la patria

y la santidad de la iglesia!

También las bellas artes contribuyeron a la terrible lucha de ideas que

tenía por teatro el pueblo del Tandil. En un semanario cómico popular,

el _Pica-pica_, de furiosas ideas radicales y por ende netamente

antiperecista, aparecieron una serie de caricaturas del «Gran Capitán»

(ya se podía llamar a Pérez como a Gonzalo de Córdova). Representábasele

en ellas de puerco, de serpiente, de «clown», y hasta de «mascarita», es

decir, ¡poniéndose por careta la noble imagen de Dreyfus!...

El «maestro» Thigi, director de la única banda de música que había en el

pueblo, era compositor y perecista. Por eso compuso una marcha militar

titulada «La marcha del capitán Pérez», que, en los conciertos populares

de los jueves, arrancaba los aplausos de una mitad del público y la

rechifla de la otra... Dos o tres anarquistas llegaron a interrumpir la

preciosa música, que tenía sus pujos de wagneriana, con retumbantes

rebuznos, para los cuales poseían particular habilidad. El «maestro

Thigi» mandó entonces al del bombo que cubriera los rebuznos, en

cualquier momento que se oyeran, con estruendosos golpes. Pero los

rebuznos eran más fuertes que el bombo, y echaban a perder los mejores

efectos de la pieza... Para acallarlos tuvo que intervenir el comisario,

con amenazas y juramentos...

El comisario deseaba permanecer neutral. Se decía sólo partidario del

orden y del derecho. Mas nadie ignoraba que, en el fondo de su sensible

corazón de patriota (un comisario tiene corazón como los demás hombres),

inclinábase hacia la causa del capitán Pérez; conceptuábala como la

Causa de la Justicia y de la Patria. Esta tendencia oficial contenía un

tanto los avances y rabiosos desmanes de antimilitaristas y anarquistas.

«La paz reinaba en Varsovia»... ¡Felizmente para el Tandil!

Thespis (novelas cortas y cuentos) · 第 43 / 47 题