Mientras don Mariano se desvelaba recordando las gracias y donaires de
Coca, Coca conversaba largamente con Laura sobre don Mariano. Las dos
hermanas dormían en la misma habitación desde que muriera su madre. Y,
una vez apagadas las luces, antes de dormirse, aprovechaban ese momento
de silencio e intimidad para hacerse sus inocentes confidencias y
comunicarse sus temores y esperanzas.
--Tú no has cumplido bien con nuestro pacto--decía Coca a Laura.--En vez
de tomar la «pose» de niña buena y hacer gala de tus caseros talentos,
te achicas y enmudeces cuando viene Vázquez... Te limitas a sonreírte de
mis manejos, y en el fondo los execras, hallándome indigna de ti...
--¡Indigna de mí!...
--No me vas a decir que apruebas mi proceder, porque yo sé que por
dentro me lo desapruebas... ¡Pero no podrás ya pensar que no sea
excelente mi sistema de hacer la niña mal criada!... A don Mariano se le
cae la baba cuando me mira...
Después de un momento, con voz ligeramente sorda, Laura repuso:
--Si resultas vencedora no es por tu «sistema», como dices, sino porque
eres más joven y más bonita que yo...
--¡Más joven y más bonita que tú!--interrumpió fogosamente Coca.--¡Si tú
eres la más buena, la más inteligente y la más linda de todas las
mujeres del mundo! Ese tontuelo de don Mariano no ha de tener ojos ni
seso cuando no te elige a ti, que pareces mandada hacer para él!... ¡Los
dos sois generosos y tranquilos, los dos aficionados a la lectura y a la
música, los dos de una edad correspondiente!...
Dejando pasar otra pausa, y con voz todavía más apagada, dijo Laura:
--Pues ya lo ves, él te ha elegido... y me ha desairado.
--Ni te ha desairado, ni me ha elegido... Soy yo quien no le ha dado
tregua un momento... Y si alcanzara el triunfo, tú tendrías un poco la
culpa de mi triunfo... ¿Por qué no has aplicado tú también tu sistema de
conquistarlo, como convinimos?... Es necesario no dejarse andar. Ayúdate
y Dios te ayudará..... ¡Pues yo quiero que te ayudes, hermanita! Y para
empezar, mañana harás algún postre exquisito, que mandaremos a
Vázquez...
Con más energía de la que al caso correspondiera, protestó Laura:
--¡No faltaba más!... ¡Puedes estar segura de que no haré semejante
cosa!
--Entonces, yo lo haré por ti. Fabricaré algo bueno y se lo enviaré en
tu nombre... El inconveniente es que no sé si contaré mañana con los
elementos indispensables. En todo caso, se me ocurre prepararle unas
empanadas de vigilia, de esas «especiales» que yo sé amasar...
--¡Por Dios, Coca!--exclamó alarmada Laura.--¡No vayas a mandar
empanadas de vigilia! ¡Mira que hemos pasado la Cuaresma!
--¡Empanadas de vigilia o cualquier otra cosa! ¡Mañana mismo las tendrá
Vázquez en tu nombre!.....--afirmó Coca con decisión.
Deseó luego las buenas noches a su hermana para cortar toda réplica,
diose vuelta hacia el lado de la pared, y quedó pronto dormida como un
pajarito. Entretanto, escuchando su fácil y rítmica respiración, Laura
se revolvía insomne entre las sábanas. Agitábanla pensamientos tan
vagos y tristes, que no acertaba ni hubiera querido confesárselos a sí
misma...
A la mañana siguiente Coca se puso muy temprano a la obra. Sin atender a
las protestas de su hermana, que amanecía con dolor de cabeza, amasó y
coció unos delicados pastelitos criollos. Y, escondiéndose de Laura,
mandóselos en su nombre a don Mariano, «para que los probase, ya que
había sido tan amable de elogiar en dos o tres ocasiones sus habilidades
de repostera.»
En la misma tarde pasó don Mariano por la casa de sus amigos a agradecer
la atención.
--Eran deliciosos sus pastelitos. Se notaban en ellos las manos de una
hada benéfica--dijo a Laura.
Sin atreverse a aceptar un agradecimiento que no mereciera, Laura
parecía turbada... Adolfo, que estaba presente, contestó entonces por
ella:
--No son obra de Laura, Vázquez, sino de Coca...
--Laura fue quien los hizo y los mandó--afirmó ésta osadamente.
--¡No me explico entonces cómo es a ti, Coca, a quien se los he visto
amasar esta mañana, cuando pasaba por el jardín!--exclamó Adolfo sin la
menor malicia.
Hízose un silencio embarazoso... Observando que también se sonrojaba
Coca, don Mariano pensó: «Parece que la chica es la de los pasteles...
Es muy extraño que me los mandara con el nombre de su hermana...» Y,
aunque quisiera desecharla, desarrollábase en su espíritu una idea bien
halagadora para su vanidad de cuarentón. Coca debería sentir hacia él
viva y juvenil simpatía... ¿Por qué, sino por eso, le enviara su pequeño
obsequio? ¿Por qué, sino por eso, ocultaba su nombre bajo el de su
hermana, ruborizándose luego de su ingenuo subterfugio?...
Y en la memoria de Vázquez fueron precisándose una serie de pequeños
detalles, que bien pudieran considerarse síntomas de la simpatía de
Coca... El agrado con que siempre le recibiera, el rubor que solía
enrojecerle las mejillas cuando le hablaba, las cariñosas miradas que
más de una vez sorprendió en sus ojos claros y límpidos... ¡El obstáculo
era ese maldito capitán Pérez! Evidentemente, algo había pasado entre
ella y él... De otro modo no se explicaban las frecuentes alusiones y
chanzas que acerca del oficial provocaba la misma Coca, ¡sin duda por
tenerlo siempre presente!...
Preocupado con estos pensamientos salió Vázquez de la casa de Itualde, y
tan preocupado, que tropezó en la calle con un transeúnte...
--¡Vamos, don Mariano--lo interpeló éste--que me atropella usted!...
Anda usted distraído... Las malas lenguas dicen que está usted
enamorado, y casi me siento en disposición de creerlo...
Levantó Vázquez la cabeza. Viendo que era el juez de paz quien le
hablaba, se apresuró a disculparse y a preguntarle, con voz cortante,
casi con fastidio:
--No veo cómo pueden las malas lenguas decir que yo esté enamorado,
señor juez... ¿De quién?...
--No podría ser sino de alguna de las señoritas de Itualde, puesto que
ellas son las únicas personas que le interesan a usted en Tandil...
--Visito a Adolfo; siempre fui su amigo... No veo nada de particular en
ello... Y, por otra parte, las señoritas de Itualde son dos: ¡Con las
dos no he de casarme!...
--Al principio--explicó el juez de paz--se creyó que usted pretendía a
la mayor, a Laura. Después hemos sabido que es a la Coca...
--¿Cómo han podido saber tal cosa?
--Muy fácilmente... Observándolo a usted las pocas veces que se ha
encontrado con ellas en público, al salir de la iglesia o en la plaza...
Entonces se ha visto que usted hablaba más con la menorcita que con la
mayor, y la gente ha notado lo que pasaba...
--¿Qué importa a la gente lo que pasaba... si es que algo pasaba?
--Es que en estos pueblos de campo no hay más distracción que ocuparse
de lo que hacen los demás...
Vázquez rectificó:
--Y de lo que no hacen... ¡Bonita ocupación!--Y añadió, cambiando de
tono:--Pues sépase usted que Coca tiene un novio, o festejante...
--¡Cómo!--replicó incrédulo el juez de paz.--¡Si no se ve con nadie en
Tandil!
--Podría tener el novio ausente... Y le diré a usted que presumo lo
tenga... Para más datos, puedo asegurarle que él le ha regalado una
preciosa bombonera de Saxe... ¿Aun duda usted?... Para que no dude más
le agregaré que, según creo, es militar...
Viendo que todavía vacilaba el juez de paz, Vázquez no pudo contenerse,
y dijo:
--Se llama el capitán Pérez.
Apenas enunciado este nombre, arrepintiose de enunciarlo don Mariano...
Pero se arrepintió tarde... Se desmintió, y no le creyeron... No le
quedaba más recurso que pedir encarecidamente silencio y reserva al juez
de paz... Hacíalo así cuando el juez le interrumpió despidiéndose:
--Vaya tranquilo, don Mariano, que no lo diré a nadie... ¿Por quién me
toma usted?... ¡Detesto los cuentos e intrigas como al propio demonio!
No habría andado veinte pasos el juez de paz después de despedirse de
don Mariano, cuando tropezó con el médico. Y no habría hablado veinte
palabras, cuando ya le dio la noticia, muy confidencial y secretamente,
de que la menor de las de Itualde, la _beauty_ del Tandil, tenía un
novio en Buenos-Aires, el capitán Pérez... No se sabía eso con certeza;
pero había muchos datos para presumirlo. ¿Cómo explicar de otro modo su
desvío para con la juventud dorada del pueblo?...
El médico contó la noticia esa misma tarde, pidiendo reserva, en la
tertulia del boticario... De la tertulia del boticario pasó ella al Club
Social, donde fue la novedad del día...
Esa noche era jueves, y había concierto popular y paseo en la plaza
principal del pueblo. Todo Tandil estaba allí. La novedad del día,
saliendo del Club Social, cayó como una bomba entre la «selecta y
numerosa concurrencia». Los admiradores y cortejantes de Coca recibieron
general rechifla...
Entre ellos sobresalían dos periodistas: Publio Esperoni, secretario de
redacción de _La Mañana_, y Jacinto Luque, cronista de _El Correo de las
Niñas_.
Publio Esperoni recibió la noticia sin pestañear, con ostensible
incredulidad, tirándose los negros mostachos...
Jacinto Luque, poeta barbilampiño y melenudo, tal vez por contradecir a
su execrado rival, dijo que la noticia era cierta... Él la sabía desde
algún tiempo atrás... No había querido publicarla para que «otros»
persistieran en el desairado papel de pretendientes...
--¡Qué maldad!--exclamó Lolita Sartori.
Y Filomena Lorenzana preguntó:
--¿Qué tal persona es ese capitán Pérez?
Dándose aires de hombre de mundo, Jacinto repuso:
--¡Excelente sujeto!... No lo he tratado mucho; pero lo encontré a
menudo durante mis permanencias en la capital federal. ¡Frecuenta la
mejor sociedad bonaerense!
--¡Claro!--interrumpió sarcásticamente Publio.--¡Si frecuenta la mejor
sociedad bonaerense, tiene que haberse encontrado a menudo con Luque en
los salones elegantes!
Riose Lolita Sartori de la impertinencia de Publio, y Jacinto comprendió
que se burlaban de él... Dudaban de que hubiera conocido al capitán
Pérez... Para vencer esa incredulidad, hombre de rápida y fogosa
imaginación, _ipso facto_ inventó él y contó cómo le conociera, ¡oh, de
un modo bastante chusco!... Estaba él en un baile, conversando con la
joven y distinguida dueña de casa, sentados ambos en el comedor... Como
hablaba al oído de su compañera, tenía agachada la cabeza...
--¡Las cosas que le estaría diciendo el muy pícaro!--interrumpió Lolita.
Jacinto prosiguió impávido su historieta. Tenía agachada la cabeza, de
modo que el cuello de la camisa se le separaba un poco del pescuezo, en
la parte de atrás, dejando algo como una rendija... ¡Pues por esa
rendija sintió de pronto que se le colaba un líquido helado y le corría
a lo largo de la espina dorsal!... Dio vuelta la cabeza dispuesto a
castigar severamente al bromista, encontrándose con un apuesto capitán
que tenía en la mano una botella de champaña «frappé»... ¡Era el capitán
Pérez!... El lo increpó duramente pidiéndole su tarjeta para mandarle al
siguiente día sus padrinos...
Otra vez Lolita, esa pizpireta incorregible, tan movediza como la
«Piedra movediza» de su pueblo, dijo burlonamente:
--¡Así me gustan los hombres, altivos y valientes!
--Verá usted--terminó Jacinto.--No hubo tal duelo... El capitán Pérez,
que es un cumplido caballero a quien conoce toda la sociedad bonaerense,
me dio sus explicaciones. Estaba sirviéndose champaña y le empujaron el
codo... ¡Debía, pues, disculparlo!... Y como lo cortés no quita a lo
valiente, ¡lo disculpé!... ¿Tenía él acaso la culpa de que le empujaran
el codo?