Don Mariano, un cuarentón bien parecido y mejor conservado, se presentó
como amable hombre de mundo. Manifestose alegre y decidor. Si tuvo una
novia inconstante en otro tiempo, esa novia parecía ya harto olvidada.
Dio durante la comida alguna broma a Adolfo, con una «elegante señorita»
que había visto en la ventana de una casa vecina. Adolfo protestó
ingenuamente; él no volvería a casarse...
--Se encuentra usted demasiado bien así--dijo Vázquez--con unas hermanas
como las que usted tiene... ¡Feliz de usted!... Pero esta felicidad no
puede durarle toda la vida... Ellas se casarán alguna vez...
--¡Oh no!...--interrumpió Coca.
--¿Y por qué no se casa usted?--preguntó Adolfo a su amigo.
--En cuanto a mí--contestó Vázquez, con un vago dejo de tristeza--debo
decir que siento no haberme casado... ¡Sobre todo cuando visito un
«home» tan alegre y cariñoso como éste!
--¡Pero aun está usted a tiempo de casarse, señor Vázquez!--interrumpió
otra vez Coca, como distraídamente y como arrepintiéndose luego de su
distracción...
Vázquez no se dio por entendido, y siguió hablando, ahora de temas
indiferentes. Describió su establecimiento, exponiendo sus planes y
proyectos con juvenil animación. Terminó insinuando su deseo de que lo
honrasen pronto con su visita de buenos vecinos de campo...
--Aunque mi hospitalidad y mi mesa de solterón--añadió--no serán tan
confortables como las de esta casa...
Coca hizo un gesto como diciendo que no les importaba la casa y la mesa,
sino el dueño de casa y amigo... Mientras éste, saboreando el postre, un
dulce de fresas, exclamaba sinceramente:
--¡En mi vida comí nada más delicado!
--Es obra de Laura--observó Coca, faltando impudentemente a la verdad,
porque ella era la autora del dulce.--Esta Laurita tiene unas manos de
oro para la cocina... Yo la envidio; pero prefiero pasear o leer a
perder mi tiempo en esas labores caseras. Y miró a su hermana mayor para
que no la fuera a desmentir. ¡Cada cual debía desempeñar hasta el fin el
papel que se impusieran!
* * *
Y desempeñando su papel, por seguir la broma, Laura ofreció más dulce a
Vázquez... Luego le convidó con un licor de su cosecha... y dejó que
admirara su habilidad--esta vez verdadera--en el arreglo de la casa...
A su vez, Coca no olvidó un momento de hacerse la coquetuela, melindrosa
y casquivana. Dijo que la música le atacaba los nervios, que detestaba
el campo, que su ideal era el _dolce far niente_, y cien necedades
más...
Vázquez le preguntó si tenía novio, y ella se puso muy colorada al
contestar débilmente que no, como si dijera: «Los tengo a montones».
--Supongo que todavía hay jóvenes de buen gusto en el mundo--dijo
galantemente Vázquez.
Con femenina impertinencia, Coca le repuso:
--Los jóvenes de buen gusto no me han de querer a mí, pobre y rústica
campesina...
Después de comer, Coca ofreció bombones al estanciero, en su rica caja
de porcelana de Saxe, resto de los antiguos lujos de la casa.
--¡Hermosa bombonera!--observó Vázquez, admirándola.
--Un recuerdo del corso de las flores, en la última temporada que
pasamos en Buenos-Aires...--aclaró Coca, afectando cortedad.
--¿Regalo de quién?...
--¡Oh, no suponga usted nada!... De un buen amigo y compañero de armas
de mi hermano Ignacio... el capitán Pérez...
Y así soltó, aprovechando la ausencia de su hermano Adolfo, que se había
levantado a traer cigarros, el primer nombre que se le vino a la
cabeza... Dijo «Pérez» como podría haber dicho «Fernández», «Rodríguez»
o «Martínez». Lo importante era inventarse un novio, ya que no lo tenía
verdadero, para despertar celos en Vázquez... ¡Los hombres debían sentir
los celos antes del amor!...
Laura miró con asombro a su hermana, y no se atrevió a aclarar el punto,
dejando correr la invención del «capitán Pérez», el pretendiente
fantasma...
Despidiose Vázquez y volvió al cabo de tres o cuatro días. Sus visitas
menudearon desde entonces. Venía a jugar al ajedrez con Adolfo. Se hizo
íntimo de la casa...
En presencia de Coca, nunca se olvidaba de mentar al capitán Pérez, con
cualquier pretexto...
Una vez, Adolfo preguntó:
--¿Quién es ese capitán Pérez?
Levemente turbada, sin mirarle, Coca le repuso:
--Un amigo de Ignacio... Creemos que ahora está con él en el campamento
de Mendoza, pues era de su mismo batallón...
Viniendo en auxilio de su hermana, Laura agregó:
--Lo conocimos y tratamos mucho en casa de tía Viviana, a donde iba casi
diariamente.
«Es extraño que no hablaran antes de tal capitán Pérez», pensó un
momento Adolfo, sin dar al militar mayor importancia...
Por el contrario, Vázquez parecía darle importancia... Y nunca se
olvidaba de colocar a su respecto alguna palabrita, que Coca escuchaba
simulando una displicencia afectada...
El personaje imaginario llegó así a ser familiar en la casa. La misma
Laura, que afirmaba haberlo conocido y tratado en casa de la tía
Viviana, se prestaba a una broma que parecía inocente... El capitán
Pérez era simpático, buen mozo, alegre, en fin, poseía numerosas
condiciones que la buena voluntad pudiera suponer en cualquier sujeto
militar joven... Tenía un brillante porvenir... Se había batido una vez
en duelo... Y el capitán Pérez esto... y el capitán Pérez aquello...
Estando una tarde Vázquez de visita, recibieron del campamento de
Mendoza la fotografía de los oficiales del cuerpo, que les enviaba
Ignacio, últimamente ascendido a teniente primero. Laura lo buscó en el
grupo y se lo indicó a don Mariano... Y Coca, anticipándose a un deseo
de éste, señaló con su dedito rosado un oficial cualquiera, diciendo,
con agradable sorpresa:
--Y aquí está el capitán Pérez...
--¿Cuál? ¿cuál?--preguntaron a un tiempo Adolfo y don Mariano, no
pudiendo precisar la indicación de Coca.
Coca, imperturbable, señaló:
--El tercero a la izquierda de Ignacio... Ese que tiene la mano puesta
en la cintura.
El «que tenía la mano puesta en la cintura» era uno de tantos, sin señas
particulares, de bigote y de uniforme como los demás...
--Está bastante parecido--observó Laura, dando un pellizco en el brazo a
su traviesa hermanita.
--Regular...--contestó ésta.--Es más buen mozo.
Con más sorna que ironía, intervino Vázquez:
--Pues en el retrato parece un negro...
--¡Un negro! ¡un negro!--exclamó Coca indignada.--¡Si es más blanco que
usted!...
--Es que la fotografía es bastante mala--observó Adolfo, con su
acostumbrada buena fe.
Los originales son sin duda mejores que el retrato--agregó Vázquez.--¿No
es verdad, Rosa?
Sólo después de un rato, Coca se dio por entendida:
--¿Me habla usted a mí, Vázquez?... Llámeme «Coca» entonces, como todo
el mundo, ¡por favor!... Yo no sabría a quién habría hablado usted, si
me llama «Rosa»... «Coca» me llaman todos mis amigos... ¡Y creo que
tengo bien el derecho de pensar que usted es uno de ellos, y de los
mejores!
Don Mariano asintió, inclinándose con galantería y sonrojándose
levemente:
--Mil gracias por considerarme un amigo, aunque un poco paternal...
¡Pues «Coca» llamaré mientras viva a la más bonita niña que he conocido!
Al oírle, Coca le amenazó graciosamente con su abanico chinesco...
--Si es usted un amigo tan paternal, principie por no hacerme
cumplimientos ni adularme. ¡Los piropos son un veneno para las niñas
frívolas y coquetas como yo!
Y miró a Vázquez con la más tierna de sus miradas y le sonrió con la más
mona de sus sonrisas, como diciéndole: «Pero no importa que las lisonjas
sean un veneno. Yo soy golosa de ese veneno como un ratoncillo... ¡Sobre
todo cuando viene de persona tan simpática como tú!»
¡Era demasiado para don Mariano!... ¡Con qué gusto se cambiaría por
aquel afortunado capitán Pérez!... ¡Y pensar que tan odioso militarejo
pudiese llegar de un momento a otro a destruir el pequeño e inocente
placer de su amistad con la deliciosa criatura, como un asno que arranca
con los dientes, al pasar por un jardín, una florida mata de claveles!