Interrumpiose para almorzar, y después, casi a la fuerza, la obligó la
mamá a descansar un buen rato. Quísola llevar de paseo en carruaje; pero
la niña se resistió de tal modo, que también la señora se quedó en casa.
Y en cuanto pudo, volvió Lita al trabajo, y lo continuaba, aunque con
los intervalos que su mamá le imponía...
Llevaba ya tejido un buen principio a la hora en que Ramón volvía de la
escuela. Deseó verle, mostrárselo y hacerlo su confidente esta vez
más... Por eso pidió ella misma un nuevo descanso para que la llevasen
al patio del servicio. La señora accedió, encantada.
Estallando por hablar, en cuanto estuvo cerca de Ramón, le preguntó, con
inusitada formalidad:
--¿Tienes honor, Ramón?
Ramón contestó, no muy seguro:
--Creo que sí, niña...
--¿Puedes darme tu palabra de honor?
--Sí, niña, si usted lo manda...
--¡Dame tu palabra de honor de que no dirás nada a nadie de lo que voy a
decirte!
--Le doy mi palabra de honor, sí...
--Pues escucha...
Y Lita contó a su modesto amigo todo lo que había pasado desde la noche
anterior: la aparición del hada madrina, su oferta y promesa, cómo había
puesto ella manos a la obra...
--Ahora tienes que decirme--terminó,--¿cuántos días faltan para los
treinta días?
Ramón, que la escuchara pensativo, rió como un loco a esta pregunta,
respondiendo:
--Para los treinta días faltan... ¡treinta días!
Lita se impacientó:
--¡Tonto! Pregunto en qué día de qué mes se cumplirán los treinta
días... ¡Parece increíble que un grandulón que multiplica por mil
números en su pizarra no sepa sacar esta cuenta!
--Sí sé, sí sé--repuso Ramón vivamente.--Hoy estamos a cinco de
junio... junio debe tener treinta días... Será entonces el cinco de
julio...
--¿El cinco de julio estaré sana?
--Si Dios quiere...
--Pues apunta la fecha para no olvidarla...
Ramón sacó una libreta y un lápiz del bolsillo, y apuntó la fecha...
Lita le dijo, dando un suspiro de satisfacción:
--Gracias.--Y añadió:--¿El cinco de julio? ¿Eh? ¡El cinco de Julio!
--Ya está apuntado... Estese tranquila, niña, que no lo olvidaré...
¿Quiere que le muestre un abanico de papel de colores que le he traído
del mercado? ¡Voy corriendo a buscarlo!...
Disponíase Ramón a correr en busca del abanico; pero Lita lo contuvo,
con aire importante:
--Me lo mostrarás otro día, Ramón. Ahora estoy muy apurada. Debo
continuar pronto mi trabajo. Llévame pues al otro patio...
Mientras la arrastraban, Lita iba repitiéndose la mágica fecha, para que
no la olvidase su memoria de pajarito... Todavía al despedirse de Ramón
hasta el día siguiente, le recomendó otra vez:
--¡No vayas a perder el apunte!
Ramón se alzó de hombros ante tanta insistencia, y se volvió a la cocina
ligeramente disgustado por la poca atención que mereciera su abanico de
papel de colores...
La mamá sufrió un desencanto al ver que Lita no quería jugar más tiempo
con Ramón, y trató en vano de distraerla para que no se fatigase
demasiado...
Al acostarse, Lita hizo que le dejaran junto a la cama su cesta de
trabajo. Pues su mamá le había regalado una lindísima, con flores
artificiales y moños de cinta punzó. Y antes de cerrar los ojos, Lita
marcó con la uña una señal en la baranda de la cama, para anotar que
había transcurrido el primer día...
Pero no podía dormirse. Estaba demasiado nerviosa con las agitaciones
del día. Su mamá, aunque lo notara, no quiso darle el remedio recetado
por el médico. Sabía que su regazo era el mejor calmante para la hijita
enferma. Por eso colocó muchos almohadones en una «chaisse longue», sacó
a Lita de la cama, y se acostó con ella sobre los almohadones. Puso su
cabeza muy alta para no dormirse, pues si se dormía un movimiento
cualquiera podía quebrar la cintura de la niña inválida y matarla. Lita
recostó su cabeza febril en el pecho de su mamá, y dejándose cantar
lindas canciones en voz baja, quedose más profunda y tranquilamente
dormida que si le hubieran propinado todo el frasco del remedio recetado
por el médico de los anteojos de oro y del reloj que hacía tic-tac hasta
en el bolsillo.